domingo, 31 de octubre de 2010

Escupiendo Rabia- Hablemos del miedo



Esta semana iba a haber preparado un Spanish Bizarro para celebrar Halloween, pero he visto una noticia muy interesante en este enlace: http://www.impre.com/noticias/internacional/2010/10/13/iglesia-sugiere-disfraces-de-s-216189-1.html#commentsBlock, y he pensado que era más adecuado.

Así que la Iglesia, no contenta con intentar dirigir la vida de la gente opinando sobre absolutamente todo, también se va a encargar de decirle a los niños cómo tienen que divertirse. Se ve que les jode bastante que haya fiestas donde la gente se divierta sin que ellos puedan andar controlando a las masas.

Pero vamos a ahondar un poco en lo que es el Halloween, y vamos a ver si aquí los amigos de las sotanas tienen tanta razón como pretenden.
Vi hace unos días esta misma noticia en la tele, donde decía un sacerdote que me recordaba a Juan Manuel de Prada (idea que acojona, si nos lo planteamos en serio) que era mucho mejor vestirse de santos porque el Halloween es una celebración del Diablo y la Muerte.

La ignorancia mueve el mundo.
Halloween es una fiesta pagana relativamente cristianizada. Proveniente del inglés, su etimología viene a significar "Víspera del Día de Todos los Santos" (All Hallow's Eve) y tiene sus raíces en el Samhain céltico. Datando (que sepamos) desde hace unos 3000 años, esta festividad simbolizaba el final del verano, y de un modo simbólico, la puerta a otra vida. Con el paso de los siglos, los diversos Papas consagrarían una fiesta a todos sus mártires (luego hablaré de ellos), primero el 13 de Mayo y luego... bingo. Al 1 de Noviembre. Nuevos Dioses que aplastan a los Antiguos.

Que la Iglesia considera "diabólico" todo aquello que no puede controlar no es un mito ni una patraña. Es simplemente un hecho. Ahora bien, pasemos al detalle ese de que Halloween es una fiesta oscurantista que se basa en el miedo.

Dejadme que os hable de una religión que lleva unos dos mil años adorando a un hombre que muere como un perro tras azotes, golpes, palizas y torturas. Su principal símbolo, de hecho, es un instrumento de muerte, como podría haber sido una horca, una espada, un hacha o cualquier salvajada similar. Es decir, que el concepto de muerte y viene de serie.
Desde sus orígenes hasta poco antes de la Era Moderna, la Iglesia se convierte en un lugar donde el buen cristiano es aquel que es "temeroso de Dios". Prueba de ellos los Pantocrator (iconos de un Jesús severo e implacable) que pueblan las iglesias del s.XIII. La fe cristiana garantiza la salvación, sí... pero SÓLO si se cree en Cristo. Importa, por tanto, una puta mierda si se es una buena persona o no. SÓLO aquellos que creen en Cristo serán salvados. A los demás, que les zurzan.
En esta época aparece el fantasma de la Inquisición, que crea un Reino del Terror, ajusticiando a todos aquellos que son capaces de pensar por sí mismos. A todos aquellos que se oponen a los rígidos dogmas de la fe. Pensadores, científicos y gente de muy diversa índole en general son torturados o sometidos a terribles interrogatorios. En los casos más extremos (menos de los que creeis, pero aun así, existentes), mueren. Y no hablamos de algo puramente medieval. En España el Santo Oficio perdura hasta el siglo XVIII, más o menos.
Aparece por todas partes la imagen del Infierno, donde las almas arden por la eternidad, sometidas a miles de torturas a manos de Satán. Si lo pensamos, más que como Enemigo de Dios, casi parece el subalterno que le hace el trabajo sucio de ajusticiar a los malos mientras Dios se queda con los que le molan a Él...

La Iglesia dice que el Halloween da miedo, ¿verdad?
Pues hablemos de los santos y los mártires, que tanto les molan.
Tanto como se llenan la boca con sus valores cristianos, no es oro todo lo que reluce. A veces no es más que mierda teñida. Veamos el caso de inquisidores como Pio V que están alegremente en nuestros santorales. Este tipo instauró el Concilio de Trento, vale... pero fue miembro de un tribunal de la Inquisición. Dudo mucho que arrancara confesiones a sus ajusticiados con buenas palabras y piruletas.
San Agustín de Hipona, patrón de mi colegio y uno de los "santos guais" por definición, no era un tío mucho mejor. Si consultais un poco, era un misógino convencido y acusaba a las mujeres de ser las responsables de muchos males. De hecho, este "sabio" promulgaba que las mujeres fuesen segregadas. Amor de Dios por mis cojones.

Los mártires son harina de otro costal. A menudo no fueron más que pobres criaturas que sufrieron de lo lindo por ser fieles a sus ideales cristianos, pero se convirtieron en morbosos estandartes de los valores que la Iglesia quiso.

En el caso de las santas, tenemos casos como el de Eulalia de Mérida, que fue amarrada a un poste y cauterizada tras recibir cortes en la piel. En una de estas cauterizaciones, se le quemó la cabeza y murió. Esta niña, de tan sólo 12 años de edad, aparecía dibujada en una hoguera en mi agenda de la catequesis. Yo tenía 10 años cuando vi su imagen. Subrayo: 10 años. ¿
San Esteban murió lapidado. También aparecía en esta agenda.

María Goretti, ya entrando en el s.XIX, se resistió a mantener relaciones con un hombre puesto que ella ya estaba comprometida con Dios. Tras un intento de violación, su asesino la apuñaló varias veces. La Iglesia defiende no sólo la convicción de sus ideas, sino el hecho de que murió preservando su castidad. A las víctimas de abusos sexuales esta canonización les repatea los hígados y con razón. ¿Cuánta gente muere por sus ideales y no tienen el más mínimo reconocimiento de la Iglesia?
El caso de Maria Goretti me hace pensar en el caso de muchas santas (la mitad de las que he encontrado) a las que ofrecieron matrimonio o a las que intentaron seducir; en estos casos, las santas los rechazaban porque ellas YA estaban comprometidas con Dios. Es decir, se valora la consagración a la deidad, y se demoniza la práctica de la sexualidad libre por parte de una mujer.

Margarita de Antioquía es un caso similar, por ejemplo. En su caso la tortura fue algo más exótica: la azotaron con varillas, le desgarraron la piel con tridentes, le clavaron clavos y fue lacerada con un gancho. Pero la Iglesia está orgullosa de ella: murió virgen. Al igual que ésta y María Goretti tenemos casos como el de Cecilia de Roma, Catalina de Alejandría (bueno, la historia de ésta no ronda exclusivamente en torno a esto) y varias más.

San Pedro Mártir recibió un hachazo en la cabeza (o dos, según la versión) y acabó muriendo apuñalado. Se le suele representar sonriente con el hacha clavado y la cabeza chorreando de sangre. Un amigo me habló de un santo con esta iconografía, que por lo visto está en la capilla de su pueblo. Muy posiblemente sea este.

Santa Águeda murió, no sin que antes algún salvaje le rebanase los pechos. La Iglesia la suele representar con éstos en una bandeja y, en un ejercicio de humor dudoso, la convirtieron en la patrona de los dolores de pecho o el cáncer de mama. Ja, ja, y puto ja. Es que me troncho.

Marcos el Evangelista murió desangrado antes de llegar a la estaca. Le habían enganchado a un poste y lo habían llevado a rastras. Su piel se enganchaba con las piedras del camino y su sangre se derramó copiosamente, de modo que ahí se quedó.

Santo Tomás fue condenado a ser lacerado con ganchos al rojo. Luego le echaron a un horno caliente. Como el fuego no parecía afectarle, le arrearon lanzazos por todo el cuerpo hasta que murió.

Y podría seguir. De hecho, antes de que se me jodiera la conexión y perdiese irremediablemente todos los datos que había encontrado, ya tenía información sobre una docena más de mártires que murieron de todas las formas que se os ocurran, si no más.

Por eso me tengo que reir ante el cinismo y la hipocresía de la Iglesia, una vez más. Los mismos que nos hablan de oscuridad, miedo y muerte son los mismos que los utilizan como elementos durante toda su puta vida. Los que utilizan como iconos en parroquias e iglesias a santos con las cabezas cortadas en unas bandejas o con un hacha incrustado en el cráneo. Los que en el altar nos ponen a un Hombre muriéndose y chorreando de sangre en plena agonía. Me la suda que luego resucite, es morboso.
Es morboso hasta lo indecible pasear esa misma imagen, y la de su Madre llorando a moco tendido mientras contempla cómo a su Hijo lo hacen pulpa a base de hostias. La Iglesia puede decir lo que les salga de los cojones. Yo también. Y yo digo que todo eso es recrearse en el dolor y la miseria.
Pero sigamos.
En la comunión se nos habla de carne y de sangre.
¿Conocéis la simbología del árbol de Navidad? Simboliza el futuro de Cristo, donde las agujas del pino simbolizan los clavos (o las espinas de la corona), las bolas rojas (es decir, las tradicionales) la sangre, y el espumillón es el sudario.
Que no me vengan estos tíos como la sartén al cazo, diciéndole "échate a un lado que echas tizne", porque ellos no son mucho mejores. De hecho, quitaría incluso el "mucho". ¿Por qué? Muy sencillo. Al Cristianismo, si existe algo sobre la faz de la Tierra que les ha tocado soberanamente los cojones ha sido el no poder controlar algo. Yo, al menos, lo veo así. De ahí su costumbre de coger cualquier fiesta pagana (salvo el Carnaval, fíjate tú) y reconvertirla a su rollo.
Halloween, como ya he dicho, es una semicristianización del Samhain celta, convirtiéndose en "Todos los Santos" o "Día de los Difuntos", del mismo modo que la Navidad es la reconversión de la Saturnalia o de la festividad del Sol Invictus que se celebraba en Europa por aquella época (siguiendo este principio, se plantea la hipótesis histórica de que Jesús de Nazaret NO nació en Navidad, sino que eso ha sido algo adecuadamente adaptado para que los nuevos creyentes tuvieran algo que celebrar ese día. Un par de generaciones y, ¡PAF! ya se había olvidado todo. En realidad es una medida muy inteligente, si lo pensais).

Consideran todo lo que tenga que ver con bailes y canciones como demoníaco. Si os fijais, hasta bien entrado el s.XX, las guitarras no empiezan a entrar en las parroquias. Y, cuando lo hacen, ¿os habeis fijado cómo? SI. Cogiendo canciones de Simon y Garfunkel o los Beatles y cambiándoles la letra. La tradición católica se mantiene...

Y no pensemos que eso del miedo es algo que la Iglesia ya no promueve desde hace siglos. Os recuerdo nuevamente la agenda que me regalaron los agustinos. Esa agenda donde aparecían viñetas con el martirio de los santos. Vi esas imágenes en 1990. Sólo unos años después, el personal se rasga las vestiduras cuando se ve una teta por la tele o alguien dice "polla" en horario infantil. De puta risa.

Por tanto, llegados a este punto, cuando la gente dice que el Halloween es una festividad angloamericana que nos han metido con calzador, me gusta pensar que más que eso, en realidad es una fiesta mucho más antigua que el Día de Todos los Santos. Un día que han intentado acallar durante siglos y que, poco a poco, está regresando al lugar donde le pertenece. Con tristeza, pienso que la Iglesia, que está empezando a perder el control de mucha gente (para empezar, de ellos mismos, tal y como cuentan las noticias), lo único que puede hacer es cabrearse. Llamar "perdidos" a aquellos que no se someten al yugo que ellos imponen. Recomendar soberbias memeces para ganar un par de fieles. Acusar de demoníaco y terrorífico a todo aquello que no son capaces de entender. En resumen, comportarse como una manada de perfectos hipócritas que no tienen ni puta idea de dónde se han dejado la cara.

Así que, si me lo preguntais... sí, prefiero ver a un montón de niños sonrientes vestidos de Drácula que no hacen daño a nadie y se lo pasan del carajo, antes que limitarme a comer huesos de santo y pensar en los ganchos que le clavaron a Santo Tomás en las tripas...

miércoles, 27 de octubre de 2010

Escupiendo Rabia- La Ley de Hondt o "Un hombre, un voto, por mis cojones!"



Estaba yo el otro día leyendo mis correos de noticias tranquilamente cuando me llegó, por medio de un amigo, un enlace bastante interesante. Se trataba de la Ley de Hondt.
Yo, en mi infinita ignorancia, me dije "¿Ehto quéh eh loh queh eh?", así que, llevado por mi curiosidad natural, le eché un vistacillo. Resulta que es la ley por la cual las elecciones son lo que son. Antes de que respondais "vale, son una mierda pinchada en un palo", os explico un poco por encimilla lo que he creido entender.

Resulta que, por medio de esta ley, los votos se reparten proporcionalmente a las llamadas circunscripciones. Esto último viene explicado como el culo en la mitad de los enlaces que he consultado, pero he creido (ojo, HE CREIDO; los que sepais de esto, me corregís, como siempre, ¿vale?) entender que se refiere al reparto proporcional por área territorial. El caso es que, tras mucho leer y estrujarme los sesos intentando entender este cacao matemático con algoritmos (ya sabeis que soy de letras y estas cosas cuestan), he entendido que los escaños en un parlamento o senado se reparten proporcionalmente al número de votos que hay por cada área territorial; hasta aquí bien, en teoría. Sin embargo, todo aquel partido que no supere el 3% de votos se queda fuera, porque ese es el requisito mínimo para tener un escaño. Y vosotros direis: "bueno, eso no está tan mal", ¿verdad? En principio no, pero echadle un vistazo a esta página que he encontrado, y mirad en la parte de efectos negativos:


Aquí se explica un poco mejor que yo todo lo que es este sistema. El motivo de este "Escupiendo Rabia" no es el sistema en sí, que puede ser tela de respetable en sitios como Finlandia. El problema es el efecto que tiene en un sitio como España.
Si veis los efectos negativos, da la puñetera casualidad de que favorece el bipartidismo y excluye a lo bestia a los partidos minoritarios, quedándose estos prácticamente sin una representación sólida. ¿Estamos hablando de democracia entonces si contamos con el hecho de que NO TODAS las fuerzas políticas tengan una representación justa?

El amiguete que me pasó el enlace por el cual empecé a conocer un poco de qué va este rollo mostraba un cálculo de lo que sería el Congreso de los Diputados si esta ley no se aplicase. Los Superpartidos que ahora mismo están en el Gobierno y a la cabeza de la Oposición (para mí son el mismo, aunque tengan nombres diferentes) perderían bastante representación (en conjunto, 17 escaños, no hablamos de ninguna tontería)

Veamos detallitos como el hecho de que en Soria un voto valga más que en Madrid. ¿Por qué? La explicación es esta: en Soria hacen falta 47500 votos para obtener un escaño (volvemos al tema de la circunscripción territorial), mientras que en Madrid hacen falta 187000. Aquí ya nos estamos topando de morros con el tema del discutidísimo artículo 14 de la Constitución, al tener que unos votos cuentan más que otros...
Tal y como yo lo veo, aquí se hace un ejercicio de demagogia a lo bestia, donde lo que cuenta no es cuántos voten, sino de dónde vengan esos votos. Lo dicho, lo mismo en Finlandia funciona, pero allí son cinco millones de personas más o menos y sus políticos (me juego la parte del cuerpo que queráis) no están ni la mitad de acomodados en sus escaños de lo que están aquí.

El problema principal es precisamente ese. La persona que escribe la página que os he remitido en un enlace parece pensar lo mismo. La Ley Hont lo que hace es que la tercera fuerza política del país (no hablemos de Belén Esteban aún; me refiero a la que se haya presentado) se convierta en triste mindundi al lado de los dos Gigantes Corporativos Electorales. Eso lo que hace es impedir un cambio de gobierno que, de otra manera, podría ser algo más factible. Por otra parte, un sistema electoral JUSTO jamás permitiría que tuviésemos a los mismos fulanos candidatura sí y candidatura también en el poder.

Algunos de vosotros os preguntareis: ¿Qué efecto tiene eso? Ya lo vemos: que tenemos a una panda de perfectísimos hijos de puta que se chotean en nuestras narices, porque saben que una vez ahí arriba, ya no hay Dios que les baje de la burra, y se sienten con el pleno derecho de hacer lo que les salga del ojo del culo, que ya no se les echa ni con agua hirviendo. Y así pasa. Que nos meten en guerras. Que nos sumen en paro. Que se ríen de nosotros diciendo que les importa una mierda que la gente proteste (pongo como ejemplo a la ex-ministra de Educación, diciendo que no importaba las caceroladas de protesta, que la LOU se iba a implantar. Llega a decir "por mi santo coño" y me lo creo, porque fue lo que le faltó). Que se descojonen con chistes de tan mal gusto como decir que la gente que está formándose se consideran trabajadores (pues a mí no me ha llegado todavía ni una puta nómina, y llevo AÑOS formándome).

Antes pensaba que la culpa era básicamente nuestra (o del pueblo llano, concretando), que vamos a votarles como un rebaño de borregos. Hay que reconocer que muchos sí lo son: que votan a muerte al PPSOE en cualquiera de sus Dos Sagradas Manifestaciones, como el que habla de Ra u Horus para referirse al Dios del Sol, dependiendo del momento del día en que se encuentre; cabezonería que nos lleva, no a la ley de Hont, que sólo se emplea en las elecciones, sino a la ley del Puto Embudo, donde nos comemos lo que nos echan. El ancho para ellos, el estrecho para nosotros.

Olvidaos si pensais que el partido de la Oposición nos va a sacar de la crisis. Por medio del sistema electoral que tenemos, estos tíos saben que ganarán en las próximas, o si no en las siguientes... pero en esencia, saben que no los van a barrer del mapa. Ni a ellos ni a los que ahora mismo nos gobiernan. Por tanto, podéis olvidaros también de que les importe lo que le pase al pueblo. Os recuerdo que tienen sueldos vitalicios y viven mucho mejor de lo que cualquier votante medio vivirá jamás en su miserable vida (ahí me incluyo yo también). A estos tíos lo que les importa es que paguemos sus cenitas. Sus viajes a lo largo y ancho de España, donde putean al partido enemigo (o no tan enemigo, si lo pensais), y se gastan una pasta verdaderamente gansa en trajes, publicidad, seguridad, equipo de luces, sonido, infraestructura, catering, extras... mientras los demás pasamos necesidades. Donde hay cada vez más familias que las pasan putas para llegar a fin de mes.

Salid a la calle, daos un paseo por el centro. Vereis la cantidad de gente que hay ahora en la indigencia. La cantidad de chavales jóvenes, preparados y con unos curriculums que ya hubiesen querido nuestros padres pateándose tiendas para ver si alguien les da un trabajo como dependientes... o teniendo que irse a otro país a trabajar, porque su propio Gobierno no apuesta por ellos.

Que ninguno de estos hijos de madre de dudosa reputación me diga que les importa el futuro de nuestro país, cuando recortan de un modo alarmante la I+D, haciendo que ingenieros y gente que trabaja en proyectos científicos o industriales, que podrían ayudarnos para convertir a España en una potencia económica en un plazo medio, se tengan que buscar la vida en otra parte. Así, cuando esos proyectos lleguen a algo, otro país se llevará el gato al agua con nuestros investigadores, ole vuestros huevos.

Pero tampoco os engañeis con la reforma del Gobierno. Que hayan destituido a un par de fulanos para poner a otros no es una buena noticia, ojalá lo fuera. Recordad que TODOS esos coyotes tienen un sueldo vitalicio. Ahora lo que tendremos es más ministros chupando del bote de por vida.

Y nosotros, los pobres votantes (o no-votantes, pero cohabitando en esta puta jungla) tragando mierda y recibiendo por el extremo estrecho del embudo. Si este fuera un país justo y coherente, los habríamos mandado a tomar por culo hace ya veinte años.
Ahora, que venga alguno de estos un día y me explique, si tiene los huevos que hay que tener, eso de los "valores de la Democracia".

domingo, 24 de octubre de 2010

Mesa de Autopsias- La Chica de al Lado, de Jack Ketchum o "La novela más bestia que he leido en mi vida, pero me la creo"


Recuerdo que hace muchos años, estaba yo en un camping hablando con mi amigo Juan Pedro sobre la genial serie The Sandman, de Neil Gaiman. Yo por aquel entonces no la conocía (era joven e inexperto), pero me habló de un capítulo en concreto titulado 24 Horas, donde un puñado de personas eran sometidas a una especie de juego enfermizo a manos de un tipo que tenía una gema que era capaz de materializar sueños. Recuerdo que me contó que cuando se leyó ese capítulo cogió el autobús para la facultad y observó a la gente. Se le puso mal cuerpo sólo de pensar en la inhumanidad de la historia y la mala condición de algunos.
Pese a lo genial de la historia (defenderé la obra maestra de Gaiman a capa y espada), tengo que decir que, después de esto, mi amigo no tenía ni puta idea sobre lo que es plasmar mala idea. Aviso que en este análisis se revelan partes importantes del argumento y se recomienda su lectura casi mejor DESPUÉS de haber leído la novela. O bien leerla sabiendo que esto no es más que un análisis de los aspectos más relevantes y que incluyen partes de importancia.
Una vez expuesta esta advertencia, arrancamos:

Tras una semana de lectura más que "intensa", por fin he terminado esta novela de Jack Ketchum y la verdad es que las opiniones que he sacado de ella no pueden ser más contradictorias. A estas alturas, no puedo decir si lo que he leido ha sido algo que me ha encantado o que me ha puesto de los nervios... y es que el señor Ketchum, famoso por recrear escenas como poco escabrosas, tiene una habilidad sobrenatural de la que hablaré más adelante.

La Chica de al Lado está concebida como un flashback que abarca prácticamente la totalidad de la novela. Está narrada en primera persona por su protagonista y está focalizada, como cabe esperar en este tipo de narración, internamente en este personaje. Nada de saltos de narrador ni cosas así. Situada en los "felices" (o, tal y como vemos en la novela), paranoicos y reprimidos años 50 en una aparentemente tranquila vecindad de Nueva Jersey. Nada más empezar, se nos cuenta que una chica llamada Meg y su hermana Susan llegan al barrio y se instalan en casa de los Chandler, donde vive una madre soltera con sus tres críos.

Durante casi la primera mitad de la historia, vemos una especie de novela costumbrista. Los niños jugando, las ferias de verano y todo eso.
O eso nos gustaría creer.
En realidad, lo que Ketchum hace es ir abonando el terreno. Y este es uno de los puntos más fuertes de la novela, creedme. El autor se las apaña para hacer que tanto Meg como su hermana nos caigan bien. Que los niños nos parezcan los típicos niños de la época y la región. Y al mismo tiempo, vemos "avances" muy sutiles de lo que nos vamos a encontrar más adelante. Viéndolo de un modo más profundo (o retorcido, si medio sabemos de qué va esto antes de leerlo), al final de cada capítulo, vemos pistas muy claras sobre lo que pasará en la segunda mitad de la novela. Aquí juega un poco con nuestra habilidad para anticiparnos a lo que va a venir... y lo hace de una manera escalofriante, porque a menudo, si somos observadores, acertamos.

Una vez abonado el terreno, resulta que hemos caido como moscas en la tela de araña. Ketchum nos ha tendido una trampa, que es querer avanzar en la novela lo más rápido posible para que, como le pasaba a Dante, salir del Infierno. Y es que no hay otra salida.
¿Por qué? Porque a partir de la segunda mitad de la novela, vamos viendo que lo idílico en realidad es, como decía Gaiman, una costra muy fina de realidad que esconde una capa de escoria muy profunda, y en el fondo de esta se mueven y retuercen cosas que mejor ignorar. Lo que empieza pareciendo disciplina, pasa a convertirse en maltrato. Y el maltrato, conforme avanzamos en la novela, va trascendiendo hasta llegar a cotas que pueden ponernos de los nervios.

Es aquí donde el segundo punto fuerte de la novela cobra importancia: la gradualidad. La acción, que puede parecer lenta en un principio, en realidad se desarrolla in crescendo, de un modo tan sutil y tan logrado que no somos conscientes de ello hasta que es demasiado tarde y nos encontramos atrapados en una espiral de violencia y brutalidad: la joven Meggan, que tan bien nos caía, acaba encerrada en un antiguo búnker emplazado en el sótano de su tía y sometida, literalmente, a prácticamente todo lo que nos podamos imaginar: hambre, sed, abusos físicos, torturas, violaciones, humillaciones físicas de todo tipo y llegando incluso al espeluznante clímax de la ablación. Todo narrado desde el punto de vista del protagonista, que recuerda toda aquella barbaridad de su época de niño.

En cuanto al narrador, Ketchum hace un comentario en el análisis que él mismo hace al final de la novela. Nos explica que, narrando en primera persona y con treinta años de por medio, ahora entiende cosas que de niño no entendía y que es capaz de censurarse en los momentos más fuertes. En realidad, sólo se censura en la escena de la ablación, diciéndonos "No puedo describir esto. Imagínatelo si eres capaz". Lo peor es que es tan cabrón (tomadlo como un término positivo o negativo; para mí es ambas cosas aquí) que nos deja tan sólo a un milímetro de que la escena tenga lugar. Nos lo deja a nuestra imaginación, sí... pero hace que nos las apañemos muy bien. Os juro que podía oir los gritos de la niña en el autobús, cuando estaba leyendo la escena, en serio.
Pero aparte de eso, Ketchum obvia un detalle en su análisis. Y es el hecho del narrador villano. No nos engañemos. Para mí, Davy narra la historia como un villano más. Quizás éste no participa directamente en toda la espiral de vejaciones en la que acaba participando la mitad de los niños del barrio pero, al funcionar como recurso (él es nuestros ojos, y nos muestra gran parte del calvario por el que pasa Meg; si no estuviera él, no habría novela), forma parte de aquellos que la tienen prisionera durante semanas. Hasta que no reacciona y deja de convertirse en el "poli bueno" del grupo, no vemos un ápice de bondad en él. Todo lo más, cobardía. Pero este cobarde al menos tiene un punto de lucidez. Tarde, pero llega. Es cuando llega al punto sin retorno cuando reacciona y cuando tiene que tomar una decisión.

Aquí llegamos al punto de la moral. La novela contiene una fuerte carga de contenido referente a la moral en los niños. Ketchum en un principio había planteado el comportamiento de los críos, según sus propias palabras, en una especie de Señor de las Moscas, y no le falta razón. De ahí que la espiral descendente de violencia se convierta en un crescendo. La idea de poder es demasiado atractiva para ellos.
Pero en realidad, un punto escalofriante, según el autor, es que todo este despliegue de salvajismo viene guiado por un adulto. En este caso, es Ruth, la tía de Meg, que aparece como una mujer muy amable al principio, pero que al entrar en contacto con otra mujer (su sobrina), empieza a derrumbarse mentalmente, para mostrar a la mujer resentida con todo su sexo tras haber sido abandonada por su marido. Este es quizás uno de los pilares argumentales de la novela: cómo la locura y el trastorno pueden convertirse en algo contagioso. Cómo la autoridad de un adulto y la simpleza de su permiso pueden convertir a un ser humano en un  monstruo con todas las letras.

Para mí, el punto más débil de la novela puede radicar en la concepción de algunos personajes. Si bien tenemos personajes terriblemente bien definidos, que pueden caerte bien desde el principio (Meg) u otros que te hacen arquear una ceja para cambiar radicalmente hasta hacer que los odies a muerte (su tía Ruth), otros aparecen pobremente definidos hasta el punto de no saber muy bien quiénes son (véase el caso de los tres hijos de Ruth; todavía me cuesta mucho distinguir a los dos mayores), o personajes episódicos que prometen bastante (la amiga de Denise, por ejemplo), pero que caen rápidamente en el olvido. Lo bueno es que aparece compensado por unos protagonistas que se comen la cámara, si usamos el término cinematográfico.

Interpretación: El otro día me encontré a Alejandro Castroguer, que se ha convertido últimamente en una especie de contertulio cinematográfico y literario. Éste me dijo, al oir el argumento de La Chica de al Lado, que no terminaba de entender por qué se hacían cosas así. Que sonaba a barbarie por la barbarie, pero que su mensaje andaba un poco perdido (no se refirió directamente a la novela, sino a cosas similares). En mi opinión, no es el caso de esta novela; Ketchum me lo dejó entrever en el primer párrafo, pero me lo dejó más que claro al final.
"¿Crees saber lo que es el dolor?", es lo primero que leemos al empezar la narración. No es una frase al azar: es toda una declaración de intenciones. Ketchum nos va a hablar de lo que es sufrir, y no sólo a nivel físico (lo cual es lo evidente y en lo que se cae con mayor facilidad): Meg no sólo sufre por la cantidad de golpes, cortes y demás burradas que le hacen. A lo largo de la historia (y de un modo tan asombrosamente gradual como todo lo demás), vemos viendo cómo su espíritu se va haciendo trizas. Cómo su voluntad se va doblegando poco a poco. La destrucción de una persona, por dentro y por fuera.

Pero claro, Ketchum no se queda ahí, ni mucho menos. Para mí, nos habla del mal. Y, a diferencia de otros escritores, en otras novelas, aquí el Mal (en mayúsculas) no es un vampiro que asola Rumanía, ni un espíritu incorpóreo que hace de las suyas moviendo candelabros. Aquí el mal es nuestro vecino, los niños con los que jugábamos de pequeños. Gente como tú y como yo, que podríamos encontrarnos en la cola del súper o la parada del autobús. El Mal existe y es muy, muy real.
Se nos habla también de las leyes del menor, que están quedando en entredicho hoy en día. En ellas se parte del hecho de que un menor no tiene voluntad moral, que no está formado y que, por tanto, sus crímenes no son punibles.
Eso es una mentira como una catedral. Es pensar que el ser humano es bueno por naturaleza. Los hijos de Ruth Chandler no torturan y violan a Meg SÓLO porque ella les de permiso. Willie, desde el principio de la novela nos cuenta que desea a su prima y, secretamente, deseaba tomarla. Que Ruth le de permiso es simplemente circunstancial. La semilla estaba ahí desde el principio; su madre sencillamente les da ideas y les permite hacer lo que ellos mismos desean, pero que ningún otro adulto normal les habría dejado hacer.
Que nadie nos cuente gilipolleces en los medios, ni por medio de la ley. El Mal existe y todos tenemos parte de él.

He dicho todos, porque el lector no escapa tampoco a esto. Me gusta pensar que una buena novela no es sólo la que entretiene y/o cuenta algo; es la que de algún modo te hace pensar sobre las cosas o sobre ti mismo. Si tienes sangre en las venas, no te costará entrar en la espiral de violencia; es sólo que, en lugar de ponerte de parte de Ruth, acabarás poniéndote de parte de Meg. Me resulta ligeramente incómodo pensar en las cosas que se me pasaron por la cabeza de tener a Ruth y sus hijos delante después de lo que habían hecho.

¿Ha cambiado la civilización en tres mil y pico de años? ¿Somos mejores, más civilizados? Si tenéis fuerzas para leer esta novela, pensad en ello y me escribís para contarme.

Pero, ¿queréis saber que es lo más escalofriante de todo esto? ¿Lo que me hacía soltar el libro con un escalofrío o causarme una sensación de desagrado terrible cuando lo leía en la consulta del médico o en el autobús?
Lo peor es que me lo he creido de pe a pa. Este libro, pese a la cantidad de burradas que aparecen hasta su final, está inspirado en hechos reales y, según el propio Ketchum, suavizado (Al parecer, tuvo lugar en 1965 en Indianapolis. La víctima se llamaba Sylvia Likens, podéis buscar su nombre en Internet). He leido un artículo y la verdad es que he visto pocos detalles; eso sí, en la historia real parece ser que había más gente implicada que se lo pasaba de miedo mientras "jugaban" a aquello. Y los que no participaban, oían los gritos desde fuera pero no hacían nada...

Y esto no ha dejado de suceder. Sigue sucediendo. De vez en cuando en los periódicos aparece alguna Meg o alguna Sylvia Lykens. En sitios lejanos, y en nuestra casa.

La chica que fue víctima de su propio padre durante años, el Monstruo de Amstetten. La joven Natascha Kampusch. Las niñas de Alcásser. La chica secuestrada por su exnovio en Centelles. La pobre Sandra Palo. Todas, y estas muchas más, formaron parte de juegos similares a los que acabaron con la Meg de las que os he hablado. Pero podría ser cualquiera. Esto es lo que nos quiere decir Jack Ketchum. Que este mundo está lleno de tremendos hijos de puta; a algunos los ves de venir y sabes que no son trigo limpio. Otros, en cambio (y he aquí lo importante de esta novela en concreto) son vecinos modélicos, ciudadanos ejemplares, hombres y mujeres que pagan religiosamente sus impuestos... pero por debajo, son verdaderos monstruos. Asesinos natos o hechos a sí mismos, sin ningún demonio que les susurre al hombro.

¿Y es acaso mucho mejor que el criminal aquel que sabe del crimen pero que no hace nada por evitarlo? ¿O por denunciarlo? Pensad en ello.

Como decía Rorschach en aquella escena de Watchmen tras haber hallado los restos de una niña descuartizada, "Este mundo sin timon no fue creado por fuerzas metafísicas. No es Dios que mata a sus hijos. No es el Destino que los destripa o se los da de comer a los perros. Somos nosotros. Sólo nosotros"
Quizás es por esto por lo que La Chica de al Lado me ha causado mucho más miedo y desagrado que casi cualquier otra historia que haya leido jamás.

domingo, 17 de octubre de 2010

Mesa de Autopsias- La Guerra de la Doble Muerte, de Alejandro Castroguer


Iniciamos nueva sección con la idea de destripar y analizar esta novela que me he terminado hará escasos quince minutos. Como podéis ver, se titula La Guerra de la Doble Muerte y está escrita por un tipo muy simpático al que conocí la semana pasada, llamado Alejando Castroguer.

Ya habéis podido leer en blogs anteriores lo reacio que soy a las modas; ya he hablado también sobre lo que es el fenómeno zombi y el escepticismo que me produce ver cómo las editoriales saturan el mercado con decenas de novelas con la misma temática al mismo tiempo. Supongo que esto os hará imaginar que me la leí sin esperar nada más allá de ver un montón de muertos vivientes comiéndose al personal. En otras palabras, que me preparaba para leer algo entretenidillo, pero sin demasiadas pretensiones.

Sin embargo, hubo dos hechos principales que me hicieron darle el beneficio de la duda. Uno, fue el comentario de Juan Pablo, dueño de EnPortada Comics, que viene a ser una especie de Shangri-La espiritual para un humilde servidor. Desde hace años, confío tanto en su criterio como en el de su mano derecha, Peter. Me dijo que Castroguer tenía un estilo particular. Poético, incluso. ¿Poesía en una novela de zombis? Eso llamó mi atención.
El segundo hecho tuvo lugar cuando conocí a Castroguer en persona. No trató de venderme su libro como una obra maestra, sino que me dijo que el lo había hecho lo mejor posible (me incluyó esto en su dedicatoria) y que había intentado escribir una novela de zombis, pero en serio. Eso, por encima de lo que Juan Pablo me había dicho, fue el puntal definitivo que me impulsó a leerme de lleno La Guerra de la Doble Muerte.

Una vez leida la novela, pasaré a hacer la Autopsia a continuación, siendo lo más objetivo que mi propio bagaje mental me permita, con la idea de que aquellos que estéis leyendo estas líneas saquéis vuestras propias conclusiones de lo que me he encontrado aquí.

Como bien he dicho, la GDM parte de dos premisas que son sus bazas más fuertes: la primera es su tratamiento del lenguaje, que desarrollaré en el párrafo siguiente y su enfoque, que trataré un poco más adelante.

Estilo: Como bien apuntaba Juan Pablo, el estilo de la obra hace uso de un lenguaje bastante poético, siendo abundante el uso de símiles y metáforas, lo que confiere a la narración un carácter muy visual. Esto la llena de plasticidad, cosa que puede resultar bastante efectivo a la hora de describir situaciones. Al mismo tiempo, este tratamiento "embellecedor" evita que lo descrito caiga en el morbo de lo desagradable. Las escenas, por tanto, pueden narrar hechos realmente repugnantes (véanse ejecuciones, defenestraciones o canibalismo en su estado más primario) y el lector medianamente acostumbrado a la literatura de terror no tiene por qué sentirse especialmente asqueado al visualizarlas.
Como apunte personal (y por tanto, no ha de ser tenido en cuenta por aquellos que estéis leyendo esto), el único aspecto con el que difiero en este tratamiento es quizás que Castroguer puede ser ligeramente barroco a la hora de describir (especialmente situaciones secundarias), pero también es necesario hacer el apunte de que últimamente lo que he estado leyendo han sido obras que siguen vertientes diametralmente opuestas y apuestan por un minimalismo en el estilo. Mi segunda crítica se referiría a los primeros capítulos de la novela, donde el lenguaje del narrador en algunos puntos parece fusionarse con el de algunos personajes. Afortunadamente, es una impresión pasajera que desaparece conforme va avanzando la historia

Ambientación: Puede ser otro gran punto fuerte de la GDM, si el lector se encuentra ya cansado de historias que tengan como escenario las ciudades de Londres, Nueva York o Bangor, Maine. En este libro, la acción se desplaza a una Andalucía devastada, donde proliferan los detalles geográficos de la mayor parte de la geografía andaluza (si la memoria y mi análisis no fallan, tan sólo Almería, Jaén y Huelva no aparecen como escenarios explícitos de la guerra, aunque sí mencionadas). Se agradecen enormemente detalles claramente locales y culturales, lo que hace que Andalucía no se convierta sólo en un escenario físico, sino en todo un soporte de la cultura española, y más concretamente, de la sureña. Como ejemplo puedo contar (dicho así de pronto), referencias a cómo son las comidas de Navidad españolas, a un par de zombis que anteriormente formaban parte de la Sevilla cani (este detalle me resultó humorístico y realista a partes iguales), a los toros, a la paella... y todo esto sin caer en el tópico.

Contexto: Punto que, desde mi punto de vista, me resulta de lo más interesante de la novela. El enmarque temporal es totalmente contemporáneo, situándose la narración entre 2009 y 2010, con todos los elementos socioculturales que caracterizan a esos años: desde la crisis económica que azota España hasta el fútbol, la GDM funciona como "diario alternativo" de lo que sería la sociedad de esta década. Eso sí, con zombis.
En este punto, puede verse una vena crítica muy incisiva por parte del autor que, si bien a veces pienso que podría explotarla mucho más (véase el tratamiento del Gobierno ante la crisis zombi, la manipulación de los medios y demás), es bueno saber también que no cae en el panfleto fácil. Tal vez el hecho de echar de menos más escenas donde se nos cuenta cómo se ve el despertar de los muertos en otras partes de España nos haga hacer uso de la imaginación y pensar por nosotros mismos en la cantidad de mentiras que podrían surgir a partir de ahí.

Enfoque/ Personajes: Aquí radica lo más novedoso de la obra, puesto que si el lector está esperando ver al cachas, al ex-poli, el chuleta y la animadora recién salida del catálogo de Vecinitas de la revista FHM, ya puede irse olvidando, porque aquí los protagonistas son los zombis.
Castroguer hace uso de un concepto que no deja de ser arriesgado. Si yo tuviera que escribir una novela de muertos vivientes, lo último que haría sería dotarlos de mente y recuerdos, porque para mí un muerto viviente es lo más parecido a una ameba con patas que vive única y exclusivamente para comer. Sin embargo, en la GDM funciona, no me preguntéis cómo, porque ni yo mismo lo sé: aquí los zombis son inteligentes (aunque sus recuerdos andan bastante mermados y confusos, y hacen cosas bastante raras por culpa de ellos, como cepillarse los dientes compulsivamente o decir que vienen de Silent Hill). Si no fuera porque responden al patrón clásico de "sólo se mueren cuando les vuelas los sesos", casi me parecerían más víctimas de un virus similar al que vimos en 28 Días Después, que lo que podemos encontrar en películas como La Noche de los Muertos Vivientes. Prueba de ello es que estos zombis no sólo son capaces de correr; son lo bastante inteligentes como para conducir coches, negociar con soldados, intentar tender trampas a gatos, organizarse en grupos para asaltar un nido de supervivientes y mil cosas más. A mí me cuentan esto de entrada, sin leer la novela y no sabría si pensar que es una blasfemia ante el género o un concepto nuevo, oriundo del particular universo zombi de Castroguer.
Los personajes principales son tres, aunque vemos algunos secundarios que se van intercalando en la narración, lo que hace que la focalización interna se asemeje más a una "obra coral" en algunos momentos. Lo que los une es el hecho de que todos, tanto principales como secundarios, aparecen descritos de un modo "impresionista": nunca se nos da toda la información de golpe acerca de ellos, sino que vamos descubriendo cosas, tanto de su personalidad como de su pasado, a base de "pinceladas" con las que el autor nos va dosificando hasta las últimas páginas de la historia. Al principio, al tratarse de una novela que empieza in medias res, el lector se ve obligado a cooperar y ser un poco paciente. No será hasta más adelante cuando sepa más sobre los personajes que se va encontrando por el camino; de momento, tendrá que conformarse con los datos que va recibiendo. Si el lector tiene cierta experiencia atando cabos, no le resultará del todo complicado deducir quién era Judith antes de resucitar, por ejemplo.
Como he apuntado arriba, quizás el punto más débil en este apartado pueda ser el lenguaje a veces, que al principio de la novela queda "impregnado" del particular estilo del narrador, perdiendo coloquialismo en algunas ocasiones. Otra nota curiosa (que no resulta ni positiva ni negativa, pero sí de interés) es el hecho de ver un adolescente contemporáneo como Jonás tratando de usted a su madre.

Ritmo narrativo: La GDM es una obra que a todas luces procura evitar la tregua. Al tener el enfoque "cuasi-coral" que he comentado antes, las pausas narrativas quedan rápidamente eliminadas al trasladarse la acción a otro punto geográfico, protagonizado por otro personaje. Es por esto por lo que casi siempre están pasando cosas y se evitan momentos, que tal vez algún lector odie, en los que un personaje se detiene a observar el firmamento y plantearse el sentido de la vida, el Universo, y todo lo demás. A esto se suma el frecuente uso de flashbacks, que sirven no sólo para recortar esos momentos de tregua, sino que además perfilan a los personajes, aportando los datos que nos faltaban al principio de la novela. De esta manera, cuando llegamos a las últimas páginas tenemos CASI todas las piezas del puzzle (digo CASI, porque Castroguer se guarda algunos ases bajo la manga en los últimos dos capítulos... me refiero en lo tocante a las historias de Salvador y de Hawthorne. No digo más para no hacer spoiler)

Intertextualidad: En mi encuentro con Alejandro Castroguer, éste me comentó que en la Guerra de la Doble Muerte podrían encontrarse alrededor de ochenta referencias a otras obras, tanto literarias como cinematográficas o musicales. De un modo ameno, nos invitó tanto a mí como a los presentes a descubrir el mayor número de éstas posibles. Dado que he encontrado cerca de la mitad, considero que incluirlas todas en este análisis podría ser algo bastante tedioso para el pobre lector que lleva ya un rato viendo como divago una y otra vez, así que quizás lo dejo mejor para otro post futuro.
Lo que sí es cierto es que la GDM está llena de constantes referencias a... bueno, prácticamente a todo. Desde literatura clásica como La Divina Comedia (voy a tener que revisar mis fuentes literarias, porque yo también tengo tendencia a citar a Dante en mis novelas y voy a parecer un simple plagiador) o Hamlet (los que me conozcáis seguro que os reiréis mucho con respecto a esto último) hasta elementos más contemporáneos como 1984 (una de mis novelas favoritas), Conan o películas como Lo que el viento se llevó o Psicosis. Esto aporta una riqueza cultural de talla considerable a la obra, aunque a veces las referencias aparecen muy seguidas, lo que hace que, aquel que las esté descubriendo todas, tienda a perderse en su propio ego diciendo "¡Eh, esto es de El Nombre de la Rosa!" y pierda un poco el hilo de la narración. También puede pasar que, si no se pilla completamente la referencia, el lector se quede un poco en plan "Bueno, vale, supongo que querrá decir esto", pero sin estar del todo seguro.Por otra parte, las referencias no son en absoluto crípticas y esto no tiene por qué suceder muy a menudo.

Interpretación: Esta es la parte más personal de mi análisis, y por tanto la menos objetiva. Llegados a este punto, sois libres de sacarme a hombros por la puerta grande o ponerme en la picota para tirarme lechugas.
Para mí la GDM, pese a narrar lo que narra (una invasión zombi en Andalucía), lo cual a muchos les podría sonar a guasa, es una historia que esconde mucho más. Nos narra, de un modo encubierto, la crueldad de una guerra. Una guerra en la que no hay ni buenos ni malos: los soldados masacran sin pensárselo a civiles que se han rendido. Hombres, mujeres y niños que caen como guiñapos ante los fusiles en Torremolinos. Al igual que en la Guerra Civil española, la historia se repite y tenemos a los barcos bombardeando las caravanas de refugiados (aquí zombis) en la carretera de Almería. La propaganda lo silencia todo: La plaga en Andalucía está bajo control. Vengan en busca de una vacuna. Todo patrañas que convierten a los civiles en picadillo.
Alejandro Castroguer ya hizo algún comentario al respecto cuando le conocí, lo cual me acerca un poco a la idea que creo que tiene de lo que es la "cultura zombi"; al menos, a su particular punto de vista, más allá de modas. Vamos allá (Alejandro, si he metido la pata, te invito a que me pegues una colleja la próxima vez que nos veamos): En una sociedad occidental que parece necesitar cada día más que revisen sus conceptos de vida, con una crisis económica mundial que azota especialmente a nuestro país, no es difícil pensar que los zombis existan. No nos referimos al monstruo harapiento de los videoclips de Michael Jackson que sale de su tumba, sino al muerto en vida. Mucha gente ha perdido la fe en todo, las esperanzas. Los que no tenemos trabajo, vemos como la situación del paro creciente nos drena el alma (y la paciencia), mientras vemos que nuestro futuro es precisamente que no parece haber ningún futuro. Los que tienen trabajo, se ven cada día más ahogados por unos impuestos que no hacen más que subir. La vida se vuelve más cara y los sueldos y las condiciones laborales (y de vida) se quedan cada vez más estancadas en las circunstancias de hace quince o veinte años.
"Sólo hay vida después de la muerte", dice Juan Francisco Ferré en su comentario a la GDM. En el caso concreto de la novela, es cierto: Judith y sus compañeros de viaje luchan por la supervivencia de un modo mucho más desesperado y fiero que los propios vivos. Cada minuto que pasan en pie es un regalo, ya que ningún soldado les ha abierto la cabeza de un disparo. Aunque lastrados por unos recuerdos irregulares y temerosos de su futuro, al igual que los vivos, éstos viven mucho más el presente. El día a día. Aunque ese día a día consista en encontrar alimento.

Y esto es todo cuanto puedo decir acerca de La Guerra de la Doble Muerte. Espero haber sido todo lo objetivo que mi sentido crítico y mis estudios de crítica literaria de primero desde carrera hasta el curso de doctorado me hayan permitido, y que todo ese tiempo invertido haya servido para algo. Por supuesto, quiero que quede bien claro que estas líneas en ningún caso son la Sagrada Palabra y que las conclusiones que hayáis podido sacar de este análisis tan sólo os inviten a sacar las vuestras propias. Cualquiera que quiera ver otra cosa más allá de esto, ve en una dirección que en absoluto se corresponde con el objetivo que pretendo.

Y por supuesto, si alguno de vosotros tiene algún comentario que hacer, quiere rebatir algo o suscribirlo, o simplemente acordarse un rato de mis antepasados... sed bienvenidos.
Posdata: Lo de mis antepasados no iba en serio.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Escupiendo Rabia: La odisea de hacer un doctorado


Recuerdo la época en que, cuando estábamos en la carrera, oíamos hablar del Doctorado como algo que resultaba terriblemente atractivo. O al menos, nos lo resultaba a aquellos que, a diferencia del zombi medio que pululaba por nuestras aulas, nos gustaba lo que estudiábamos e íbamos a clase a aprender cosas (luego, por supuesto estaban todos esos muertos vivientes, quejicas y lloricas que iban allí a soltar la lagrimita diciendo que habían perdido la fe en la carrera y que no estaban aprendiendo nada. Eso sí, seguían allí, curso tras curso, en vez de buscar algo que llenase más sus vidas). El curso de Doctorado se mostraba, desde lejos, como algo que nos permitiría expandir nuestros horizontes y ampliar nuestra formación académica...

Y luego estaba, por supuesto, el mundo real.

Entrar no fue nada fácil. A mí me pilló en un año complicado, cuando las pseudo-reformas pseudo-educativas de pseudo-Bolonia (ya sabéis lo que pienso de los que mandan, por eso pongo "pseudo"... porque al final, todo es más falso que Judas: el al menos se limitó a ganarse el Infierno por vender a Cristo. En ningún caso se la metió por el culo sin avisar ni a él ni a toda su familia, como hacen los mandamases. A ver quién es peor). Nos amenazaron con acabar con los estudios literarios, con cepillarse las asignaturas de Historia (¿Recordáis lo que os conté sobre distopías? Si no es así, echadle un repaso), etc. Mi doctorado en concreto, si todo iba según lo previsto, tenía tanto futuro como Pocoyo en la ducha de un correccional...

Pero no, al final hubo suerte y nos avisaron de que salía adelante. Sólo necesitábamos el número suficiente de alumnos para que hubiese curso (requisito indispensable). El caso es que esto tampoco fue sencillo; considerando la creciente falta de fe y el auge zombi que ya imperaba en mi facultad hace ya cuatro o cinco años (mucho antes de que apareciesen todas las novelas sobre muertos vivientes que están tan de moda ahora), encontrar gente que tuviera verdadera vocación por ampliar sus estudios era algo más complicado que conseguir el teléfono de Natalie Portman para quedar con ella (y lo que surja) sin que sus guardaespaldas te partan las clavículas a codazos.

"¿Que quieres QUÉ?"


Y aun así, por medio de ciertas vicisitudes que prefiero no narrar aquí, todo salió adelante, contra viento y marea. Los que allí estábamos teníamos bastante ilusión (o casi todos) y eso de ampliar a lo bestia ciertas cosas que habíamos visto en la carrera tenía un atractivo espectacular, por aquel entonces.
Ni que decir tiene que nos lo advirtieron: "esto no es más que otra línea en vuestro curriculum". "Sí", pensaba yo... "pero es la antesala de convertirme en un doctor en Filología". Concretamente, en literatura. La idea, sobre el papel, sonaba muy, muy bien.

Y allá que fuimos. El primer año fue quizás el más duro, en cuanto a volumen de trabajo. Teníamos varios cursos que llevar a cabo, cada uno con su correspondiente trabajo de investigación. Al principio, como es normal, estábamos perdidos, pero nos fuimos poniendo al día y le fuimos cogiendo el tranquillo. No era peor que la carrera, como me había comentado una profesora un año atrás. Podíamos hacerlo.
Bien cierto era que aquí ya empezaban a sugerirse ciertas cosillas que nos hacían intuir que en algún caso nos la estaban metiendo doblada. Por ejemplo, los cursos eran "optativos", pero luego había troncales con dos o tres opciones a elegir, como mucho. Esto significaba que acababas pasando por el aro y teniendo que meterte en alguna asignatura de esas que, durante tu época en la carrera, te hacían plantearte muy seriamente la eficiencia de ir a clase, ya que ir y no ir suponían exactamente lo mismo (salvando quizás que podías entrar una hora más tarde si no ibas, claro). Pero bueno, no pasaba nada. Ya éramos licenciados y habíamos pasado por el Infierno. Esto no iba a ser peor.

Cómo me tragué esas palabras al año siguiente.

Hubo, por supuesto, más reuniones, donde se nos contaría cómo funcionaba el año del DEA (Breve explicación para los legos en la materia: El DEA no es la agencia anti-droga estadounidense, sino el tribunal al que te sometes una vez acabas tu segundo año): haríamos un único trabajo de investigación, y todo iría al final a parar a tribunal, donde se evaluaría lo que habíamos hecho en los dos años de Doctorado.
Por mi parte, seguí las recomendaciones iniciales y elegí el tutor de uno de los cursos en los que había sacado mejor nota en el año anterior. Él y yo habíamos trabajado bastante bien y no parecía haber quejas por ninguna de las partes. Nos reunimos, sentamos las bases de lo que sería mi modus operandi y me puse a trabajar sobre lo que ya había iniciado en el primer año. Todo bien.

Pasan los meses, y uno no para de trabajar. Como formaba parte ya de la rutina y había que hacer otras cosas aparte, decidí hacer un curso FPO mientras me daban la fecha para entregar el trabajo de investigación, que para Junio de aquel año estaba casi casi listo... pero ya sabéis: entre pitos, flautas e historias, como siempre: la cosa se pospuso. Mi tutor no estuvo disponible hasta casi Septiembre, se puso en contacto con el coordinador, que habló con el resto de doctorandos y se barajó Diciembre... al final, la cosa se prolongaría hasta Marzo, pero todavía hay cosas por medio que merece la pena contar.

Si bien en el curso FPO tuve que llevar a cabo un proyecto de empresa (por la cara, porque mi curso era de formación y tenía tanto que ver con montar una empresa como La Matanza de Texas con los Teletubbies), el Doctorado seguía avanzando inexorablemente. Los meses pasaban y pasaban y mi trabajo de investigación iba viendo ya su fecha de presentación.
Ni que decir tiene que no importa que creáis o no en la Astrología. Es un hecho de que, real o metafóricamente hablando, cuando los astros se alinean de determinada manera, los pobres mortales nos jodemos. En este caso, con la de días que hay en un año, el proyecto de empresa del curso FPO y la presentación del DEA sólo se llevaban unas pocas horas: exponía el DEA un 18 de Marzo a las 17.00 y el proyecto de Empresa a la mañana siguiente.

Mieeeeeeeeeeeeerda.


Ya con las fechas sobre el papel te sientes como Damocles, con una pedazo de espada colgando sobre tu cabeza y pensando en qué momento se te va a caer encima. Te dices "venga, que esto no es peor que la carrera" y te sorprendes al descubrir lo mal que te mientes a ti mismo. Pero bueno, también uno intenta ser un profesional, sobreponerse a la presión y todo eso.
En etapas de presión, es frecuente que el tiempo parezca ralentizarse hasta velocidades desconocidas. Necesitas que te den una noticia y esa noticia no parece llegar. Esta situación en concreto tuvo lugar mientras esperaba instrucciones del coordinador del curso de Doctorado (no voy a dar nombres. Los que me conocéis de haber estudiado conmigo en la facultad, sabéis a quién me refiero; los que no, seguramente os habréis cruzado con alguien así en vuestras vidas en algún momento)

Hago un inciso aquí para mencionar que mi relación con este hombre ha tenido más altibajos que la de Obi-Wan con Anakin Skywalker. Si bien era uno de los profesores que más me inspiraron en la carrera y de los que más me animaron a luchar por lo que creo y por hacer bien las cosas, en el doctorado aquella tesón tuvo el efecto contrario y no pudo desanimarme más. A lo largo de ambos cursos de Doctorado ya tuvimos que resistir algunos desplantes: véase mails donde se nos ponía de vuelta y media, acusándonos de no tener interés, de comportarnos como niños, de "crujirnos disimuladamente los nudillos" (menos mal que no nos rascábamos la cabeza, que si no nos echaba del aula a patadas, seguro) e incluso de mirar la hora en clase (esto último no es broma) "como si no os importase la explicación". Algunos compañeros que estaban en tercero y cuarto de carrera nos comentaron que, en sus clases, este hombre se dedicaba a ponernos verde ante ellos (y a nuestras espaldas), los cuales ni tenían nada que ver con el asunto ni les importaba lo que pudiese pasar en los cursos de Doctorado. Para tratarse de alguien que tanto nos hablaba del honor y de la irresponsabilidad de la gente que vivimos en nuestro país, a mí esto último me resultó una acción a todas luces decepcionante. Una actitud que podría tildarse como muy desagradecida, si contamos el hecho (nimio, pero existente) de que un coordinador cobra por cada curso de Doctorado que sale... y de no ser por nosotros, no habría visto un duro.

Imaginad a alguien que va a cuidar a una ancianita sin cobrar dinero por ello... y la ancianita lo que hace es escupirle la sopa a la cara porque está muy caliente. Pues así es más o menos como me sentía yo, al ver que trabajaba y recibía esas cosas.

"¿Te va a poné shulo o qué?"


Una vez descrito el comportamiento tan histrionicamente volcado en detalles casi invisibles para la mayoría de los mortales que destilaba nuestro coordinador (sin contar los arranques de genio online cada vez que esto sucedía), hay que mencionar también que le pillamos en una época en que físicamente no salía de una cuando se metía en otra. Fue por ello por lo que entre el primer año y el segundo no apareció demasiado por escena. Supongo que, llegados a este punto de la narración, pensareis que esto no estaría tan mal. Pues os equivocais. Por culpa de eso es por lo que llegamos al punto justo antes de mi descripción. El punto en que esperaba noticias.

Estas noticias en cuestión se referían a la exposición que había que presentar en el DEA. Después de horas y horas de metodología, donde teníamos la impresión de que no hacíamos nada bien y, lo que es peor, de que JAMÁS lo conseguiríamos... qué menos que pensar que la exposición ante el tribunal tendría que seguir algún tipo de protocolo oscuro y arcano, de esos que salen en los relatos de Lovecraft, pero con más vocales y sin Cosas Con Tentáculos por medio.
Total, que en esas estaba yo. Mi coordinador nos comentó un par de cuestiones y yo entendí que cuando se acercase la fecha de la exposición, nos daría instrucciones precisas. Fue por eso por lo que me centré en sacar adelante el proyecto de empresa. Los días se fueron amontonando y la noción del tiempo se fue diluyendo

Hasta que un fatídico día me da por mirar la fecha: faltaban DOS días para exponer ante el tribunal. Histérico, le mando un correo al coordinador, diciéndole que estoy esperando unas noticias que no me han llegado. Que con lo que sea, me pongo a trabajar.

Respuesta del coordinador: aquí el hombre coge el mail que había mandado y me lo vuelve a enviar, esta vez, poniendo los párrafos en negrita con comentarios bordes para indicar lo cabreado que está (y para darme a entender que soy imbécil). Cosas del tipo "¿No queda acaso suficientemente claro que mi futuro mensaje se centrará en cómo debéis preparar vuestra intervención ante el tribunal?" (sic.) o "¿Qué más esperabas que te indicase?" (sic., también) Al final, resultó que las instrucciones eran mucho más sencillas que todo lo que nos habíamos tragado a lo largo de dos años: típico rollo de interlineado, fuente, tamaño y poco más.

Mi cara al leer aquello fue más o menos así, durante los primeros diez segundos.
Después de reaccionar y ver el despliegue de condescendencia gratuita que me acababa de chupar, fue más parecida a esto.



A todo esto, os digo que leí este correo en un descanso en el curso de FPO. Con semejante despliegue de bordería y de desprecio (porque yo la cagué al no entender el primer correo, vale, pero dudo que nadie se merezca tanta falta de respeto condensada por un error), me fui para la directora del curso y le conté la situación. La mujer, al verme la cara (ya me parezco bastante a Bruce Banner; ahí, yo era más similar a Hulk), me dejó salir inmediatamente, supongo que porque valoraba las instalaciones en las que trabajaba... yo, por mi parte, salí echando hostias para casa, para redactar una memoria en el tiempo record de siete horas. Como no sabía muy bien lo que hacer, ya que esperaba esas instrucciones que nunca llegaron, no había empezado...

Tal y como le prometí al coordinador, la entregué a la mañana siguiente a primera hora. Todavía faltaban 24 horas para que cumpliera la fecha límite de entrega, pero recibí un mail donde me decía que, por falta de tiempo, no iba a revisar mi memoria. En otras palabras, estaba con el culo al aire ante el tribunal.

Llega el día D. Con la memoria en una mano y el resumen en la otra, hice mi exposición. Ya que contaba con que aquello iba a ser un fusilamiento, solicité hacer mi exposición de pie. Como había aprendido a hacerlo en el curso de formación. Al tribunal le pareció bien; mi coordinador, antiguo profesor de varias asignaturas en la carrera, supervisor del curso durante dos años, ni me miró a la cara. Irónico que lo hiciese la catedrática, que era prácticamente ciega (había perdido gran parte de la vista con los años, pero al menos conservaba el respeto y dirigía la cabeza hacia donde sonaba mi voz).

Expuse y expuse. Pese a que no contaba con la aprobación de uno de los miembros del tribunal de entrada, me conseguí ganar a los otros dos. Sin que me hubiesen revisado la memoria. Con el culo al aire.
Llegó el turno de preguntas y comentarios. Si bien me pareció que el miembro del tribunal de otro departamento y la catedrática hicieron comentarios positivos y negativos de mi trabajo (lo que yo llamaría una crítica sincera), mi coordinador, prácticamente sin mirarme a la cara en ningún momento, se dedicó a preguntarme pijadas como lo siguiente:

C: "Veo que hay un libro de arqueología en su trabajo sobre Literatura Medieval y cine"
Yo: "Así es"
C: "No sé si usted es consciente de que en la biblioteca tenemos una bibliografía muy extensa sobre el tema... un sólo libro acerca de esto es una referencia muy pobre, ¿no le parece?"
Yo: "Me consta lo que dice el Doctor (llamémosle X), pero ya habrá notado que el trabajo es sobre LITERATURA y CINE. En ningún momento el Doctor que me tuteló ese trabajo consideró que fuese oportuno extendernos más allá de lo que es un marco referencial, para que yo me documentase en cuanto al contexto histórico".

"No aquí. No delante de testigos".


Tras chicuelinas y verónicas como esta y otras más que demostraron que mi coordinador, más que hacer una crítica constructiva, se estaba dedicando a tocarme las narices comentándome chorradas que no tenían nada que ver con el tema principal de mis trabajos, salí de los aposentos del tribunal y volví a casa. Unos días después, el coordinador volvió a enviarme un correo para decirme que mi nota era Notable. Aquí diréis: "Bueno, pero recapacitó, ¿no?" Nuevamente diré que os equivocais: él me dijo que mi trabajo era demasiado pequeño (mis compañeras, que habían hecho investigaciones en otras materias y por tanto, en absoluto comparables, habían presentado escritos de 100 folios, frente a los 70 que redacté yo) y que, de haber dependido de él, no habría llegado ni a tribunal (tanto cagarse en cómo hacemos las cosas en España, pero en Estados Unidos hay tesis de 40 páginas, mientras que este hombre evalúa a la española: al peso). No contento con eso, ninguneó el trabajo de mi tutor, diciendo que me había puesto (Sobresaliente en su evaluación pre-tribunal) era "exagerada". En resumen, que el hombre no sólo se meó en mi trabajo, sino en el de un compañero.

Y ahora pasan los años y es cuando uno piensa en el curso de Doctorado y en lo que ha sacado en claro de él. ¿Y qué tenemos? Pues sí, tengo una línea más en mi curriculum, eso no se discute; a cambio, gracias al tiempo que eché con las investigaciones perdí la mayor parte del tiempo para prepararme las Oposiciones a Secundaria (entenderéis que las suspendí tras haberme quedado sólo un par de meses o tres para preparármelas). Como todo hijo de vecino, me toca soportar los embates de una crisis económica y laboral, buscando empleo pero sin que éste aparezca por ninguna parte. Al estilo de la Búsqueda del Santo Grial, pero sin armadura ni caballo. Por otra parte, acabé tan quemado de la Universidad que se me quitaron las ganas de hacer la Tesis Doctoral a corto plazo.

No es que haya perdido la fe en la carrera, tampoco me malentendais. El problema quizás es el hecho de que a nadie le gusta que le traten con la punta del pie. Ya te puedes llamar Doctor Maligno, Doctor Infierno o Doctor Who. Me da igual. Nosotros somos los Doctorandos. Somos los que hemos pagado tus cursos de Doctorado, con los que te han subvencionado a ti. Somos los que hemos trabajado lo mejor que hemos podido, ya sea mejor o peor, pero ten por seguro que no hemos ido a tocarnos los cojones. Te recuerdo que ese curso lo hace la gente DESPUÉS de la Licenciatura. En otras palabras, VOLUNTARIAMENTE. Si pretendes que tengamos tu mismo ritmo de vida, que vivamos única y exclusivamente para trabajar, que lo sacrifiquemos ABSOLUTAMENTE TODO (familia, relaciones, etc.) por ser los primeros en conseguir un artículo crítico sobre Hamlet, tengo noticias para ti: vas de culo. El mundo está hecho por seres HUMANOS. Personas que, de muy distinta manera, se relacionan, conversan y, en resumen,VIVEN. Puede que te resulte complicado entenderlo, es posible. Lo que bajo ningún concepto debería resultarte difícil es respetarlo.

"Buajuajuajua, vamos, ven aquí, que yo corregiré tu trabajo".
Pues oye, visto lo visto, casi que me fío más de usted, Doctor Octopus...


¿Y qué pasa con el futuro de los doctorandos?, preguntaréis. ¿Ha compensado esta Odisea? En otras carreras, no sé. En Humanidades, donde suelen tratarnos, como diría Diamanda Galas como "La Mierda de Dios" ("uy, es que eso es Letras, eso no vale para nada"), ya os podéis imaginar. El futuro es el mismo que el de los Licenciados (tal y como están las cosas últimamente, los de Humanidades y todos los demás), sólo que con dos años a las espaladas que dan la impresión de haberse pasado en el Limbo.

Mochila al hombro.
Curriculums en la carpetilla.
A patearse la ciudad para buscar un curro que está muy por debajo de tus posibilidades.
Formado, preparado y parado, pero con menos futuro que nuestros padres.
El Futuro es ahora.

Bienvenidos a la Distopía.

sábado, 9 de octubre de 2010

Mis truños favoritos- Historia de Ricky (Rikki-Oh): Sí, es un truño, pero adoro esta película!!!



Anoche, tras una tardecilla bastante amena y cargada de buenas noticias personales, me encontraba de bastante buen humor para volver a ver esta película. Muchos de vosotros no la conoceréis de nada; otros, a lo mejor sí. Odiada por la inmensa mayoría de gente y amada por el resto, esta película no puede dejarte indiferente. ¿Por qué? Tal vez porque es, lo que mi amigo Carlos, que fue quien me habló de ella, la consideró "un puto clásico". Qué razón tenías, Carlos, que razón tenías.

La peli en sí viene a ser la típica peli de cárceles, al menos en principio. ¿Habéis visto Encerrado, de Stallone, Cadena Perpetua, etc? Bueno, pues esto es algo similar... o lo sería, si sólo nos quedamos con los topicazos de esas pelis y tiramos por el wáter el resto.
Una vez tenemos toda la ristra de clichés, como el que habla de una ristra de ajos, los mezclamos todos con clichés del manga más convencional (personajes ora fríos, ora idealistas a morir, malos que hacen el signo de la victoria cuando hacen alguna fechoría o supermalos que, por algún motivo que no entendemos, se hinchan y hablan con voz de travestí chungo) y ya empezamos a acercarnos a lo que es Historia de Ricky.

La ejecución de la película es pura serie-B. O serie-Z. Vale, digamos que es una serie muy baja, ¿vale? La falta de presupuesto se ve desde los mismos créditos: el doblaje tampoco es que ayude, porque nada más empezar la peli, la voz de un señor con bastante prisa te cuenta que en el futuro las cárceles se privatizan y los presos pasan a formar parte de empresas que se encargan de ellos. Ahí, con dos cojones. Sin tregua. El chiste es que, después del título, vemos que se nos aparece como 3 minutos más tarde, un rótulo que nos dice más o menos lo mismo (coordinación, que lo llaman).

Como en toda peli de cárceles, nos van presentando a los personajes. A diferencia de lo que pasa en las pelis de cárceles, aquí da exactamente igual. Los tíos que nos presentan tienen una historia que no nos vale para mucho... salvo la de Ricky, claro. Este tipo es un manga sobre dos patas. Literalmente. Físicamente es como el primo cutre del non-actor Mark Dacascos y su nivel interpretativo hace que éste parezca el puto DeNiro. Ricky es una especie de tío superfuerte con corazón de Teletubbie que, a modo de "recuerdos", tiene alojadas cinco balas en el tórax (otros se hacen tatuajes; este no, tiene que ir por la vía tremenda). Tiene momentazos de miraditas toscas en plan "¿Estás hablando conmigo?" que hacen que te partas. Lo mismo en un manga cuela. Aquí da risa.

Luego tenemos la escena del vejete. Un vejete al que ha visto cinco minutos. El vejete se suicida y por la santísima cara Ricky aparece en el patio de la cárcel (sin que nadie se pregunte qué hostias hace ahí) para romperle las esposas al cadáver (sí, yo también me pregunté por qué esposar a un muerto) y darle, a modo de regalo póstumo, un trenecito de madera que los malos se habían cargado. Este chico no sólo es un luchador que te cagas, también es un artista, el tío. Los alguaciles se largan con el vejete fiambre en unas parihuelas y dejan allí al bueno de Ricky, gritando "WAAAAAAHHHHHHH", como si fuera su mismísimo padre.

Las escenas de lucha intentan simular al gore... o lo intentarían si no fueran tan artificialmente espectaculares que tuviéramos la impresión de estar viendo un tebeo de los malos adaptado con una torpeza tremenda. Las tripas se salen, los ojos explotan de una colleja (sí, de una colleja, no es coña) y las cabezas revientan gracias a un primo oriental de Bud Spencer.




Así se pega una collega, ¡Qué grande eres, Ricky!

Los secundarios dan tantísima risa como el mismo Ricky: un proto-emo ochentero doblado con voz aflautada, el hijo de un Yakuza sin lengua que aprende a tocar la flauta en cuestión de DOS segundos (lo cual le hace inmensamente feliz), un tío con unos palotes que lanza con cuerdas, el ayudante del alcaide que es tuerto y manco (y aparentemente adicto a las pelis porno, a juzgar por lo que vemos en el despacho) y el hijo del alcaide que es un cruce entre Shin-Chan, Doraemon y cualquier niño tonto.

También hay flashbacks donde se nos cuentan la Historia de Ricky. De joven era un auténtico pazguato (o sea, como ahora, pero con uniforme blanquito para ir al cole) pero muy fuerte. Su tío le enseña Chi-Gong, o algo así, que es un arte marcial la hostia de guapo para canalizar aun más su fuerza (además, sin motivo alguno, Ricky cuenta que quiere proteger a los débiles. Todos tenemos un hobby). Como entrenamiento, se dedican a tirarse lápidas de un cementerio para romperlas con el pecho (viva la profanación). Como postre de esta escena, a Ricky le sale un aura sacado de los Caballeros del Zodiaco. Con esto nos dicen que ahora su poder esta en el punto guai.
Pero a la novia de Ricky se la cargan. Como en las pelis de Charles Bronson, está en el sitio menos indicado: paseando a las tantas por un parque y viendo a los yonquis campar a sus anchas. La secuestran, se escapa, se tira por una ventana y palma. Al enterarse, Ricky cobra venganza. Es omnisciente, sabe donde están los malos y los mata. No sin antes, recibir los cinco balazos que tiene en el pecho.

En la cárcel, Ricky no se termina de adaptar al rollo que llevan los presos. En realidad es muy fácil, consiste en murmurar por lo bajo cada vez que sucede algo, pero eso a Ricky no le va. Lo suyo es soplar hojas de árboles en plan flauta y poco más. Aparte, las injusticias le matan. Es que no puede con ellas. Los de la cárcel plantando opio, y él coge y quema la plantación porque con eso palman inocentes. También está la Banda de los Cuatro dando vueltas: cuatro pavos (el emo, el de los palotes, un yakuza cuyo "fatality" es hacerse un harakiri e intentar estrangularte con sus tripas y Bud Spencer) que corresponden a los pabellones norte, sur, este y oeste, que en realidad son carne de hostia pura. Superfuertes, pero nada que hacer contra Ricky, que se dedica a repartir justicia en una cárcel (WTF???)

Al final, aparece el alcaide, que es una especie de clon de poca monta del nazi aquel que nos encantó en En Busca del Arca Perdida con debilidad por ver peleas de presos a muerte. A diferencia de éste, este alcaide tiene la costumbre de hincharse (efecto secundario del mejor Kung-Fu, según las explicaciones que obtenemos de él mismo). Se enfrenta a Ricky en un combate a muerte que culmina en una picadora de carne. Este es el último paso para la libertad de todos esos pobrecillos que estaban ahí encerrados sin motivo alguno.

Como podéis ver, la peli es mala a morir. ¿Por qué la adoro? Pues quizás porque es tan ingenua que no puedes tomarla en serio: los guardias y los capos son malos, Ricky los presos más buenos que el pan. Está tan mal hecha que da risa (la escena de la cabeza de goma que se clava un clavo en el ojo es digna de verse a cámara lenta). Las escenas, agolpadas entre sí sin demasiado orden ni concierto, se debaten entre el topicazo (véase la cortísima pelea en la ducha) y lo directamente ridículo (como por ejemplo, la secuencia, a la que poco le falta para ser rodada en cámara lenta, donde se ven dos puños acercándose el uno al otro)
El personaje de Ricky es tan plano y simplón, y con un idealismo tan grande que dices "¿De dónde coño se ha escapado este?" (Recomiendo la escena en que sale detrás del ayudante del alcaide, apuntándole con el dedo y gritando "ES UN ASESINO!" ante toda la cárcel, sin contar el hecho de que siente una compasión totalmente incomprensible ante cada tío moribundo al que él mismo ha machacado previamente). En definitiva, la peli propia para pasar un rato de risas entre amigos, no tener que pensar en las cosas trascendentales de la vida y echar un Viernes por la tarde sin tener que rellenar el cerebro con demasiadas preocupaciones.

Muy recomendable verla justo después de Celda 211.

lunes, 4 de octubre de 2010

Mis Truños Favoritos- El Niño con el Pijama de Rayas de Mark Herman, o cómo adaptar un libro sencillo que no has entendido



Nuestro Truño de la semana va a ser esta mierda cinematográfica con la que una vez más los listos de los directores de cine nos la meten doblada "adaptando" (podemos sustituir esta palabra por "meándose", si queréis) un best-seller. En este caso, se trata de la magnífica novela (o casi novela corta, debido a su extensión) de John Boyne.

Sin embargo, al público medio le suele gustar esta peli, ¿por qué? Quizás es porque no habían leido el libro. Y aquí, amiguitos, está la madre del cordero. Ya es harto sabido que los libros suelen ser mejores que las pelis, y no vamos a descubrir la pólvora repitiendo ese aforismo. Quizás lo penoso y lamentable viene cuando tenemos un libro tan sencillo de entender (y de leer), y descubrimos que el director de la película no se ha enterado de un carajo. Ya es triste no pillar algo como El Niño con el Pijama de Rayas; peor aún es coger y demostrarlo a medio planeta.

Como siempre, pasamos a destripar, analizar y diseccionar esto. Si todavía no os habéis echado las manos a la cabeza con semejantes declaraciones (como digo, esta peli suele gustar mucho a la gente), tal vez queráis ver qué vena me ha dado para cagarme en esto.

Para empezar, la historia original nos habla de lo que es una guerra vista por los ojos de un niño. En otras palabras, algo que no entiende ni Dios. Para que nos entendamos un poco mejor, plantea una idea similar a la genial La Vida es Bella, aunque prescindiendo de los toques cómicos y del histrionismo del personaje que encarnaba Roberto Begnini y centrándose en la amistad de dos niños en mitad del Holocausto.
Si la novela de John Boyne tenía algo dotado de frescura, era precisamente el hecho de que el pequeño Bruno, protagonista indiscutible de la historia junto quizás con Shmuel (que desde mi punto de vista es una especie de secundario observado por el propio Bruno, aunque esta es una apreciación personal), no se entera absolutamente de lo que pasa a su alrededor. ¿Motivos? Yo encuentro dos: uno, que la guerra y lo que la rodea es una cosa de adultos y dos, que precisamente por eso, nadie se molesta en darle información alguna.
SPOILER ALERT: Si vamos siguiendo el planteamiento, entonces, no resulta de extrañar que el niño acabe metiéndose con su amiguito en el interior del mismísimo Auschwitz sin saber que está arriesgando su vida.

Pasamos a la película en sí: rodeada de un bombo que ríete tú de la nueva trilogía de Star Wars, la película ya tenía garantizado el éxito de taquilla por venir de la fuente de la que venía. La perrería ha sido que han aprovechado eso para contar chorradas una detrás de otra. Sutiles, pero chorradas.
Para empezar, la historia original nos sitúa en plena Segunda Guerra Mundial. En aquella época (en todo el planeta), los padres eran PADRES. No coleguis, ni esos padres comprensivos que tenemos hoy en día. Lo que tu padre decía, lo hacías. Le tratabas de usted y cuidado con hacer algo que medio faltase al respeto que volaba una hostia. En esta peli, como en todas las que están haciendo hoy en día, cogen y ponen a un padre muy siglo XXI (parece que a los directores y guionistas les da miedo mostrar otras concepciones de la sociedad en sus pelis y hay que "actualizar" todo concepto, se vaya a asustar el público): nada más empezar la película, el padre de Bruno (un tipo de aspecto bonachón y nariz a lo Miliki) coge a toda su familia y les cuenta la situación. Le falta pedirle permiso al niño para irse, al tío. En la novela, el padre se llama Padre (ahí lo llevas). Es un militar, director del campo de concentración más famoso y temido de toda la historia y no le da explicaciones al niño. Se van para la nueva casa y santas pascuas. Para que me entendáis, a mí me recordaba al Capitán de El Laberinto del Fauno, sólo que no tan comunicativo.

Llegamos a lo que es la casa. Todo más o menos bien en esta parte; se adapta con más o menos habilidad a los amiguitos de Bruno y la despedida y todo eso. La hermana de Bruno es igual de odiosa que en el libro y van apareciendo personajes. Todo correcto.
Todo hasta que llegamos a la parte de la Habitación en la que no se puede entrar Bajo Ningún Concepto. Nuevamente, Padre aparece comprensivo y tierno. Porte militar brillante... por su ausencia, claro. Si este tio era un Nazi me sorprende que el ejército alemán tomase Polonia y luego el resto de Europa, en serio. Casi se parecía a Ned Flanders haciendo de director del colegio de Springfield diciéndole a los niños "coged más caramelitos".

Llegamos a Shmuel. En el libro, el niño era lo más parecido a un muerto viviente. Normal, pensando en cómo les dieron a los judíos en aquella época. En la película, la adaptación no puede ser más cutre: han cogido a un niño no sólo sano, sino además que roza lo regordete. Le cortan el pelo a máquina, le ponen un poco de mugre por lo alto, unos dientes rotos de pega y hala, ya tenemos un niño judío. Vamos, que no te lo crees ni de coña. Shmuel estaba delgado, pálido, macilento, con ojeras. Era como una calavera forrada con pellejo, malnutrida y sucia. No un niño del catálogo de ropa del Corte Inglés disfrazado con los dientes de El Cuñao.

Se ponen a hablar. Los diálogos medio medio se respetan. Bruno, efectivamente, no parece saber qué leches es el sitio ese. Hasta que de pronto, cuando le preguntan por qué está ahí, va y suelta "porque soy judío". En el libro, Shmuel tampoco sabía por qué estaba ahí y se encogía de hombros. De manera que ya tenemos un dato extra soltado innecesariamente. Casi da la impresión de que con esto el director se cree que somos idiotas y hay que explicárnoslo todo.

Más cositas. Con una novela tan corta y tanto presupuesto (nada más que por promoción, podemos descartar lo de "Película independiente"), si omites algo de la historia es porque te da la gana. En este caso, se omite la escena de Hitler, al que llaman en el libro "El Furias". Tal vez el Gran Herman pensó que no aportaba nada a la historia. Qué genio, el tio. Ahora veremos sus "añadidos" y compararemos...

Sigue avanzando la película. Resulta que Bruno no puede recibir más información porque no le cabe más en el cráneo. Su hermana, que en el libro quema sus muñecas para pasarse a convertirse en una miembro de las Juventudes Hitlerianas, aquí se dedica a colgar posters de Hitler como el que cuelga hoy en día los de Crepúsculo (en el libro se limitaba a poner chinchetas en los mapas, que simbolizaban los movimientos del ejército alemán). Llega incluso al punto de decirle "eso que hay fuera no es una granja, idiota, es un campo de concentración". En el libro ni de coña suelta eso, porque es una información demasiado relevante. Aquí casi le falta sacarle un proyector con diapositivas para explicarle cómo funciona una cámara de gas.

Vemos que la madre le pega unos vaciles a Padre de quedarte muerto. Se suelta el pelo y se pone a hacer el majarón en lo alto de un columpio, y cada vez que ve a su esposo le suelta chulerías del tipo "Venga, vamos, dile a tus hijos lo que hacéis ahí". Otra muestra del imbecilismo cinematográfico: por mucho que nos duela, la liberación de la mujer como tal empezó algo después de la guerra, y de un modo muy muy, pero que muy sutil. Hoy en día, no se ha avanzado lo suficiente en esta liberación y hay mucho camino por recorrer. En esa época y en un contexto como el de la vida castrense en la Alemania nazi, una mujer era "la señora de". Nada de contradecir al marido ni mucho menos de soltar ese tipo de cosas. ¿Nos gusta? Pues no, pero era así, y no hay motivo alguno para coger y contar una historia de esa época desde un prisma actual. No a menos que se quiera mentir y tergiversar toda una serie de conceptos para tranquilizar a la gente de nuestra época. En resumen, para que sean felices en la ignorancia.

SPOILER ALERT: Llegamos al final de la película. Bruno a estas alturas ya sabe que los que están ahí son judíos y que se dedican a cargárselos. Sin embargo, nos encontramos con un diálogo que, si bien en el libro tenía sentido (Bruno no sabía nada de lo que pasaba) aquí queda por completo absurdo: junto con Shmuel, decide buscar al padre del niño judío más allá de la valla, lo que llevará a ambos niños a morir en la cámara de gas.

En resumen: la película es una especie de versión para subnormales de la novela. Si en el libro jugábamos con nuestro (poco, mucho, o casi nulo) conocimiento del Holocausto para inferir los detalles que nos daban (ejercicio de maestría, a la hora de hacer que el lector sepa mucho más que el protagonista por medio de cuatro datos soltados con cuentagotas), aquí nos hacen croquis y esquemas de la cosa más ínfima, esperando que no nos vayamos a perder. Esto quiere decir que todo el tema principal del libro y una de sus bazas más importantes se nos van por el retrete sin remisión.

La dirección es normalita. La fotografía tiene una buena calidad, pero no se ve ningún genio creativo a la hora de mover la cámara o a la hora de incluir planos, que en muchas partes rozan la estética del telefilme.

La caracterización de personajes, en líneas generales, pasa de lo correcto (el médico judío, por ejemplo, que no está mal, pero tampoco es de las de un Óscar; sin embargo, convence) a lo sencillamente ridículo (nuevamente Shmuel es el ejemplo de lo que un mal equipo de caracterización puede hacer, o como ya he dicho, el autoritario Padre aquí parece un pelele sin autoridad alguna ante su propia familia).

La actualización de conceptos es simplemente vomitiva. Si se quería haber hecho algo con la madre (no habría sido mala idea), en vez de haber ampliado toda la subtrama de Madre con el joven capitán (aquí es más o menos igual de larga que en el libro y con la misma importancia), nos ponen a una Madre a la que se le va la olla por momentos, olvida su papel entero en la sociedad (cuando la educación en las mujeres de la época era tan estricta que ni de broma se les habría ocurrido) y va de mujer liberada del siglo XXI por la vida.

Y lo mejor de todo es: ¿Qué nos queda de la idea del libro? Eso que hemos dicho de intentar mostrarnos la guerra como algo absurdo y lejano para los niños... pues sencillamente, no nos queda prácticamente NADA. Aquí se nos cuenta una historia lacrimógena de amiguitos de ambos lados de la valla que, como pasa en muchos otros Truñazos Made In Hollywood, no traspasan más allá de eso. La película, si cuenta algo, es porque está basada en lo que está basada y algo ha conservado, no porque el director se haya enterado de qué va.

Así que tenemos lo de siempre: directores con mucho ego y poco seso que van de "artistas", aportando su "punto de vista personal" a historias que son lo bastante buenas como para no tener que tocar demasiado, o como para no hacerlo para no cagarla.

Mi consejo: pasad de esta mierda y leeros el libro. Tardaréis lo mismo que en ver la película y vuestra inteligencia se sentirá menos insultada.