Recuerdo que hace muchos años, estaba yo en un camping hablando con mi amigo Juan Pedro sobre la genial serie The Sandman, de Neil Gaiman. Yo por aquel entonces no la conocía (era joven e inexperto), pero me habló de un capítulo en concreto titulado 24 Horas, donde un puñado de personas eran sometidas a una especie de juego enfermizo a manos de un tipo que tenía una gema que era capaz de materializar sueños. Recuerdo que me contó que cuando se leyó ese capítulo cogió el autobús para la facultad y observó a la gente. Se le puso mal cuerpo sólo de pensar en la inhumanidad de la historia y la mala condición de algunos.
Pese a lo genial de la historia (defenderé la obra maestra de Gaiman a capa y espada), tengo que decir que, después de esto, mi amigo no tenía ni puta idea sobre lo que es plasmar mala idea. Aviso que en este análisis se revelan partes importantes del argumento y se recomienda su lectura casi mejor DESPUÉS de haber leído la novela. O bien leerla sabiendo que esto no es más que un análisis de los aspectos más relevantes y que incluyen partes de importancia.
Una vez expuesta esta advertencia, arrancamos:
Una vez expuesta esta advertencia, arrancamos:
Tras una semana de lectura más que "intensa", por fin he terminado esta novela de Jack Ketchum y la verdad es que las opiniones que he sacado de ella no pueden ser más contradictorias. A estas alturas, no puedo decir si lo que he leido ha sido algo que me ha encantado o que me ha puesto de los nervios... y es que el señor Ketchum, famoso por recrear escenas como poco escabrosas, tiene una habilidad sobrenatural de la que hablaré más adelante.
La Chica de al Lado está concebida como un flashback que abarca prácticamente la totalidad de la novela. Está narrada en primera persona por su protagonista y está focalizada, como cabe esperar en este tipo de narración, internamente en este personaje. Nada de saltos de narrador ni cosas así. Situada en los "felices" (o, tal y como vemos en la novela), paranoicos y reprimidos años 50 en una aparentemente tranquila vecindad de Nueva Jersey. Nada más empezar, se nos cuenta que una chica llamada Meg y su hermana Susan llegan al barrio y se instalan en casa de los Chandler, donde vive una madre soltera con sus tres críos.
Durante casi la primera mitad de la historia, vemos una especie de novela costumbrista. Los niños jugando, las ferias de verano y todo eso.
O eso nos gustaría creer.
En realidad, lo que Ketchum hace es ir abonando el terreno. Y este es uno de los puntos más fuertes de la novela, creedme. El autor se las apaña para hacer que tanto Meg como su hermana nos caigan bien. Que los niños nos parezcan los típicos niños de la época y la región. Y al mismo tiempo, vemos "avances" muy sutiles de lo que nos vamos a encontrar más adelante. Viéndolo de un modo más profundo (o retorcido, si medio sabemos de qué va esto antes de leerlo), al final de cada capítulo, vemos pistas muy claras sobre lo que pasará en la segunda mitad de la novela. Aquí juega un poco con nuestra habilidad para anticiparnos a lo que va a venir... y lo hace de una manera escalofriante, porque a menudo, si somos observadores, acertamos.
Una vez abonado el terreno, resulta que hemos caido como moscas en la tela de araña. Ketchum nos ha tendido una trampa, que es querer avanzar en la novela lo más rápido posible para que, como le pasaba a Dante, salir del Infierno. Y es que no hay otra salida.
¿Por qué? Porque a partir de la segunda mitad de la novela, vamos viendo que lo idílico en realidad es, como decía Gaiman, una costra muy fina de realidad que esconde una capa de escoria muy profunda, y en el fondo de esta se mueven y retuercen cosas que mejor ignorar. Lo que empieza pareciendo disciplina, pasa a convertirse en maltrato. Y el maltrato, conforme avanzamos en la novela, va trascendiendo hasta llegar a cotas que pueden ponernos de los nervios.
Es aquí donde el segundo punto fuerte de la novela cobra importancia: la gradualidad. La acción, que puede parecer lenta en un principio, en realidad se desarrolla in crescendo, de un modo tan sutil y tan logrado que no somos conscientes de ello hasta que es demasiado tarde y nos encontramos atrapados en una espiral de violencia y brutalidad: la joven Meggan, que tan bien nos caía, acaba encerrada en un antiguo búnker emplazado en el sótano de su tía y sometida, literalmente, a prácticamente todo lo que nos podamos imaginar: hambre, sed, abusos físicos, torturas, violaciones, humillaciones físicas de todo tipo y llegando incluso al espeluznante clímax de la ablación. Todo narrado desde el punto de vista del protagonista, que recuerda toda aquella barbaridad de su época de niño.
En cuanto al narrador, Ketchum hace un comentario en el análisis que él mismo hace al final de la novela. Nos explica que, narrando en primera persona y con treinta años de por medio, ahora entiende cosas que de niño no entendía y que es capaz de censurarse en los momentos más fuertes. En realidad, sólo se censura en la escena de la ablación, diciéndonos "No puedo describir esto. Imagínatelo si eres capaz". Lo peor es que es tan cabrón (tomadlo como un término positivo o negativo; para mí es ambas cosas aquí) que nos deja tan sólo a un milímetro de que la escena tenga lugar. Nos lo deja a nuestra imaginación, sí... pero hace que nos las apañemos muy bien. Os juro que podía oir los gritos de la niña en el autobús, cuando estaba leyendo la escena, en serio.
Pero aparte de eso, Ketchum obvia un detalle en su análisis. Y es el hecho del narrador villano. No nos engañemos. Para mí, Davy narra la historia como un villano más. Quizás éste no participa directamente en toda la espiral de vejaciones en la que acaba participando la mitad de los niños del barrio pero, al funcionar como recurso (él es nuestros ojos, y nos muestra gran parte del calvario por el que pasa Meg; si no estuviera él, no habría novela), forma parte de aquellos que la tienen prisionera durante semanas. Hasta que no reacciona y deja de convertirse en el "poli bueno" del grupo, no vemos un ápice de bondad en él. Todo lo más, cobardía. Pero este cobarde al menos tiene un punto de lucidez. Tarde, pero llega. Es cuando llega al punto sin retorno cuando reacciona y cuando tiene que tomar una decisión.
Aquí llegamos al punto de la moral. La novela contiene una fuerte carga de contenido referente a la moral en los niños. Ketchum en un principio había planteado el comportamiento de los críos, según sus propias palabras, en una especie de Señor de las Moscas, y no le falta razón. De ahí que la espiral descendente de violencia se convierta en un crescendo. La idea de poder es demasiado atractiva para ellos.
Pero en realidad, un punto escalofriante, según el autor, es que todo este despliegue de salvajismo viene guiado por un adulto. En este caso, es Ruth, la tía de Meg, que aparece como una mujer muy amable al principio, pero que al entrar en contacto con otra mujer (su sobrina), empieza a derrumbarse mentalmente, para mostrar a la mujer resentida con todo su sexo tras haber sido abandonada por su marido. Este es quizás uno de los pilares argumentales de la novela: cómo la locura y el trastorno pueden convertirse en algo contagioso. Cómo la autoridad de un adulto y la simpleza de su permiso pueden convertir a un ser humano en un monstruo con todas las letras.
Para mí, el punto más débil de la novela puede radicar en la concepción de algunos personajes. Si bien tenemos personajes terriblemente bien definidos, que pueden caerte bien desde el principio (Meg) u otros que te hacen arquear una ceja para cambiar radicalmente hasta hacer que los odies a muerte (su tía Ruth), otros aparecen pobremente definidos hasta el punto de no saber muy bien quiénes son (véase el caso de los tres hijos de Ruth; todavía me cuesta mucho distinguir a los dos mayores), o personajes episódicos que prometen bastante (la amiga de Denise, por ejemplo), pero que caen rápidamente en el olvido. Lo bueno es que aparece compensado por unos protagonistas que se comen la cámara, si usamos el término cinematográfico.
Interpretación: El otro día me encontré a Alejandro Castroguer, que se ha convertido últimamente en una especie de contertulio cinematográfico y literario. Éste me dijo, al oir el argumento de La Chica de al Lado, que no terminaba de entender por qué se hacían cosas así. Que sonaba a barbarie por la barbarie, pero que su mensaje andaba un poco perdido (no se refirió directamente a la novela, sino a cosas similares). En mi opinión, no es el caso de esta novela; Ketchum me lo dejó entrever en el primer párrafo, pero me lo dejó más que claro al final.
"¿Crees saber lo que es el dolor?", es lo primero que leemos al empezar la narración. No es una frase al azar: es toda una declaración de intenciones. Ketchum nos va a hablar de lo que es sufrir, y no sólo a nivel físico (lo cual es lo evidente y en lo que se cae con mayor facilidad): Meg no sólo sufre por la cantidad de golpes, cortes y demás burradas que le hacen. A lo largo de la historia (y de un modo tan asombrosamente gradual como todo lo demás), vemos viendo cómo su espíritu se va haciendo trizas. Cómo su voluntad se va doblegando poco a poco. La destrucción de una persona, por dentro y por fuera.
Pero claro, Ketchum no se queda ahí, ni mucho menos. Para mí, nos habla del mal. Y, a diferencia de otros escritores, en otras novelas, aquí el Mal (en mayúsculas) no es un vampiro que asola Rumanía, ni un espíritu incorpóreo que hace de las suyas moviendo candelabros. Aquí el mal es nuestro vecino, los niños con los que jugábamos de pequeños. Gente como tú y como yo, que podríamos encontrarnos en la cola del súper o la parada del autobús. El Mal existe y es muy, muy real.
Se nos habla también de las leyes del menor, que están quedando en entredicho hoy en día. En ellas se parte del hecho de que un menor no tiene voluntad moral, que no está formado y que, por tanto, sus crímenes no son punibles.
Eso es una mentira como una catedral. Es pensar que el ser humano es bueno por naturaleza. Los hijos de Ruth Chandler no torturan y violan a Meg SÓLO porque ella les de permiso. Willie, desde el principio de la novela nos cuenta que desea a su prima y, secretamente, deseaba tomarla. Que Ruth le de permiso es simplemente circunstancial. La semilla estaba ahí desde el principio; su madre sencillamente les da ideas y les permite hacer lo que ellos mismos desean, pero que ningún otro adulto normal les habría dejado hacer.
Que nadie nos cuente gilipolleces en los medios, ni por medio de la ley. El Mal existe y todos tenemos parte de él.
He dicho todos, porque el lector no escapa tampoco a esto. Me gusta pensar que una buena novela no es sólo la que entretiene y/o cuenta algo; es la que de algún modo te hace pensar sobre las cosas o sobre ti mismo. Si tienes sangre en las venas, no te costará entrar en la espiral de violencia; es sólo que, en lugar de ponerte de parte de Ruth, acabarás poniéndote de parte de Meg. Me resulta ligeramente incómodo pensar en las cosas que se me pasaron por la cabeza de tener a Ruth y sus hijos delante después de lo que habían hecho.
¿Ha cambiado la civilización en tres mil y pico de años? ¿Somos mejores, más civilizados? Si tenéis fuerzas para leer esta novela, pensad en ello y me escribís para contarme.
Pero, ¿queréis saber que es lo más escalofriante de todo esto? ¿Lo que me hacía soltar el libro con un escalofrío o causarme una sensación de desagrado terrible cuando lo leía en la consulta del médico o en el autobús?
Lo peor es que me lo he creido de pe a pa. Este libro, pese a la cantidad de burradas que aparecen hasta su final, está inspirado en hechos reales y, según el propio Ketchum, suavizado (Al parecer, tuvo lugar en 1965 en Indianapolis. La víctima se llamaba Sylvia Likens, podéis buscar su nombre en Internet). He leido un artículo y la verdad es que he visto pocos detalles; eso sí, en la historia real parece ser que había más gente implicada que se lo pasaba de miedo mientras "jugaban" a aquello. Y los que no participaban, oían los gritos desde fuera pero no hacían nada...
Y esto no ha dejado de suceder. Sigue sucediendo. De vez en cuando en los periódicos aparece alguna Meg o alguna Sylvia Lykens. En sitios lejanos, y en nuestra casa.
La chica que fue víctima de su propio padre durante años, el Monstruo de Amstetten. La joven Natascha Kampusch. Las niñas de Alcásser. La chica secuestrada por su exnovio en Centelles. La pobre Sandra Palo. Todas, y estas muchas más, formaron parte de juegos similares a los que acabaron con la Meg de las que os he hablado. Pero podría ser cualquiera. Esto es lo que nos quiere decir Jack Ketchum. Que este mundo está lleno de tremendos hijos de puta; a algunos los ves de venir y sabes que no son trigo limpio. Otros, en cambio (y he aquí lo importante de esta novela en concreto) son vecinos modélicos, ciudadanos ejemplares, hombres y mujeres que pagan religiosamente sus impuestos... pero por debajo, son verdaderos monstruos. Asesinos natos o hechos a sí mismos, sin ningún demonio que les susurre al hombro.
¿Y es acaso mucho mejor que el criminal aquel que sabe del crimen pero que no hace nada por evitarlo? ¿O por denunciarlo? Pensad en ello.
Como decía Rorschach en aquella escena de Watchmen tras haber hallado los restos de una niña descuartizada, "Este mundo sin timon no fue creado por fuerzas metafísicas. No es Dios que mata a sus hijos. No es el Destino que los destripa o se los da de comer a los perros. Somos nosotros. Sólo nosotros"
Quizás es por esto por lo que La Chica de al Lado me ha causado mucho más miedo y desagrado que casi cualquier otra historia que haya leido jamás.

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