lunes, 4 de octubre de 2010

Mis Truños Favoritos- El Niño con el Pijama de Rayas de Mark Herman, o cómo adaptar un libro sencillo que no has entendido



Nuestro Truño de la semana va a ser esta mierda cinematográfica con la que una vez más los listos de los directores de cine nos la meten doblada "adaptando" (podemos sustituir esta palabra por "meándose", si queréis) un best-seller. En este caso, se trata de la magnífica novela (o casi novela corta, debido a su extensión) de John Boyne.

Sin embargo, al público medio le suele gustar esta peli, ¿por qué? Quizás es porque no habían leido el libro. Y aquí, amiguitos, está la madre del cordero. Ya es harto sabido que los libros suelen ser mejores que las pelis, y no vamos a descubrir la pólvora repitiendo ese aforismo. Quizás lo penoso y lamentable viene cuando tenemos un libro tan sencillo de entender (y de leer), y descubrimos que el director de la película no se ha enterado de un carajo. Ya es triste no pillar algo como El Niño con el Pijama de Rayas; peor aún es coger y demostrarlo a medio planeta.

Como siempre, pasamos a destripar, analizar y diseccionar esto. Si todavía no os habéis echado las manos a la cabeza con semejantes declaraciones (como digo, esta peli suele gustar mucho a la gente), tal vez queráis ver qué vena me ha dado para cagarme en esto.

Para empezar, la historia original nos habla de lo que es una guerra vista por los ojos de un niño. En otras palabras, algo que no entiende ni Dios. Para que nos entendamos un poco mejor, plantea una idea similar a la genial La Vida es Bella, aunque prescindiendo de los toques cómicos y del histrionismo del personaje que encarnaba Roberto Begnini y centrándose en la amistad de dos niños en mitad del Holocausto.
Si la novela de John Boyne tenía algo dotado de frescura, era precisamente el hecho de que el pequeño Bruno, protagonista indiscutible de la historia junto quizás con Shmuel (que desde mi punto de vista es una especie de secundario observado por el propio Bruno, aunque esta es una apreciación personal), no se entera absolutamente de lo que pasa a su alrededor. ¿Motivos? Yo encuentro dos: uno, que la guerra y lo que la rodea es una cosa de adultos y dos, que precisamente por eso, nadie se molesta en darle información alguna.
SPOILER ALERT: Si vamos siguiendo el planteamiento, entonces, no resulta de extrañar que el niño acabe metiéndose con su amiguito en el interior del mismísimo Auschwitz sin saber que está arriesgando su vida.

Pasamos a la película en sí: rodeada de un bombo que ríete tú de la nueva trilogía de Star Wars, la película ya tenía garantizado el éxito de taquilla por venir de la fuente de la que venía. La perrería ha sido que han aprovechado eso para contar chorradas una detrás de otra. Sutiles, pero chorradas.
Para empezar, la historia original nos sitúa en plena Segunda Guerra Mundial. En aquella época (en todo el planeta), los padres eran PADRES. No coleguis, ni esos padres comprensivos que tenemos hoy en día. Lo que tu padre decía, lo hacías. Le tratabas de usted y cuidado con hacer algo que medio faltase al respeto que volaba una hostia. En esta peli, como en todas las que están haciendo hoy en día, cogen y ponen a un padre muy siglo XXI (parece que a los directores y guionistas les da miedo mostrar otras concepciones de la sociedad en sus pelis y hay que "actualizar" todo concepto, se vaya a asustar el público): nada más empezar la película, el padre de Bruno (un tipo de aspecto bonachón y nariz a lo Miliki) coge a toda su familia y les cuenta la situación. Le falta pedirle permiso al niño para irse, al tío. En la novela, el padre se llama Padre (ahí lo llevas). Es un militar, director del campo de concentración más famoso y temido de toda la historia y no le da explicaciones al niño. Se van para la nueva casa y santas pascuas. Para que me entendáis, a mí me recordaba al Capitán de El Laberinto del Fauno, sólo que no tan comunicativo.

Llegamos a lo que es la casa. Todo más o menos bien en esta parte; se adapta con más o menos habilidad a los amiguitos de Bruno y la despedida y todo eso. La hermana de Bruno es igual de odiosa que en el libro y van apareciendo personajes. Todo correcto.
Todo hasta que llegamos a la parte de la Habitación en la que no se puede entrar Bajo Ningún Concepto. Nuevamente, Padre aparece comprensivo y tierno. Porte militar brillante... por su ausencia, claro. Si este tio era un Nazi me sorprende que el ejército alemán tomase Polonia y luego el resto de Europa, en serio. Casi se parecía a Ned Flanders haciendo de director del colegio de Springfield diciéndole a los niños "coged más caramelitos".

Llegamos a Shmuel. En el libro, el niño era lo más parecido a un muerto viviente. Normal, pensando en cómo les dieron a los judíos en aquella época. En la película, la adaptación no puede ser más cutre: han cogido a un niño no sólo sano, sino además que roza lo regordete. Le cortan el pelo a máquina, le ponen un poco de mugre por lo alto, unos dientes rotos de pega y hala, ya tenemos un niño judío. Vamos, que no te lo crees ni de coña. Shmuel estaba delgado, pálido, macilento, con ojeras. Era como una calavera forrada con pellejo, malnutrida y sucia. No un niño del catálogo de ropa del Corte Inglés disfrazado con los dientes de El Cuñao.

Se ponen a hablar. Los diálogos medio medio se respetan. Bruno, efectivamente, no parece saber qué leches es el sitio ese. Hasta que de pronto, cuando le preguntan por qué está ahí, va y suelta "porque soy judío". En el libro, Shmuel tampoco sabía por qué estaba ahí y se encogía de hombros. De manera que ya tenemos un dato extra soltado innecesariamente. Casi da la impresión de que con esto el director se cree que somos idiotas y hay que explicárnoslo todo.

Más cositas. Con una novela tan corta y tanto presupuesto (nada más que por promoción, podemos descartar lo de "Película independiente"), si omites algo de la historia es porque te da la gana. En este caso, se omite la escena de Hitler, al que llaman en el libro "El Furias". Tal vez el Gran Herman pensó que no aportaba nada a la historia. Qué genio, el tio. Ahora veremos sus "añadidos" y compararemos...

Sigue avanzando la película. Resulta que Bruno no puede recibir más información porque no le cabe más en el cráneo. Su hermana, que en el libro quema sus muñecas para pasarse a convertirse en una miembro de las Juventudes Hitlerianas, aquí se dedica a colgar posters de Hitler como el que cuelga hoy en día los de Crepúsculo (en el libro se limitaba a poner chinchetas en los mapas, que simbolizaban los movimientos del ejército alemán). Llega incluso al punto de decirle "eso que hay fuera no es una granja, idiota, es un campo de concentración". En el libro ni de coña suelta eso, porque es una información demasiado relevante. Aquí casi le falta sacarle un proyector con diapositivas para explicarle cómo funciona una cámara de gas.

Vemos que la madre le pega unos vaciles a Padre de quedarte muerto. Se suelta el pelo y se pone a hacer el majarón en lo alto de un columpio, y cada vez que ve a su esposo le suelta chulerías del tipo "Venga, vamos, dile a tus hijos lo que hacéis ahí". Otra muestra del imbecilismo cinematográfico: por mucho que nos duela, la liberación de la mujer como tal empezó algo después de la guerra, y de un modo muy muy, pero que muy sutil. Hoy en día, no se ha avanzado lo suficiente en esta liberación y hay mucho camino por recorrer. En esa época y en un contexto como el de la vida castrense en la Alemania nazi, una mujer era "la señora de". Nada de contradecir al marido ni mucho menos de soltar ese tipo de cosas. ¿Nos gusta? Pues no, pero era así, y no hay motivo alguno para coger y contar una historia de esa época desde un prisma actual. No a menos que se quiera mentir y tergiversar toda una serie de conceptos para tranquilizar a la gente de nuestra época. En resumen, para que sean felices en la ignorancia.

SPOILER ALERT: Llegamos al final de la película. Bruno a estas alturas ya sabe que los que están ahí son judíos y que se dedican a cargárselos. Sin embargo, nos encontramos con un diálogo que, si bien en el libro tenía sentido (Bruno no sabía nada de lo que pasaba) aquí queda por completo absurdo: junto con Shmuel, decide buscar al padre del niño judío más allá de la valla, lo que llevará a ambos niños a morir en la cámara de gas.

En resumen: la película es una especie de versión para subnormales de la novela. Si en el libro jugábamos con nuestro (poco, mucho, o casi nulo) conocimiento del Holocausto para inferir los detalles que nos daban (ejercicio de maestría, a la hora de hacer que el lector sepa mucho más que el protagonista por medio de cuatro datos soltados con cuentagotas), aquí nos hacen croquis y esquemas de la cosa más ínfima, esperando que no nos vayamos a perder. Esto quiere decir que todo el tema principal del libro y una de sus bazas más importantes se nos van por el retrete sin remisión.

La dirección es normalita. La fotografía tiene una buena calidad, pero no se ve ningún genio creativo a la hora de mover la cámara o a la hora de incluir planos, que en muchas partes rozan la estética del telefilme.

La caracterización de personajes, en líneas generales, pasa de lo correcto (el médico judío, por ejemplo, que no está mal, pero tampoco es de las de un Óscar; sin embargo, convence) a lo sencillamente ridículo (nuevamente Shmuel es el ejemplo de lo que un mal equipo de caracterización puede hacer, o como ya he dicho, el autoritario Padre aquí parece un pelele sin autoridad alguna ante su propia familia).

La actualización de conceptos es simplemente vomitiva. Si se quería haber hecho algo con la madre (no habría sido mala idea), en vez de haber ampliado toda la subtrama de Madre con el joven capitán (aquí es más o menos igual de larga que en el libro y con la misma importancia), nos ponen a una Madre a la que se le va la olla por momentos, olvida su papel entero en la sociedad (cuando la educación en las mujeres de la época era tan estricta que ni de broma se les habría ocurrido) y va de mujer liberada del siglo XXI por la vida.

Y lo mejor de todo es: ¿Qué nos queda de la idea del libro? Eso que hemos dicho de intentar mostrarnos la guerra como algo absurdo y lejano para los niños... pues sencillamente, no nos queda prácticamente NADA. Aquí se nos cuenta una historia lacrimógena de amiguitos de ambos lados de la valla que, como pasa en muchos otros Truñazos Made In Hollywood, no traspasan más allá de eso. La película, si cuenta algo, es porque está basada en lo que está basada y algo ha conservado, no porque el director se haya enterado de qué va.

Así que tenemos lo de siempre: directores con mucho ego y poco seso que van de "artistas", aportando su "punto de vista personal" a historias que son lo bastante buenas como para no tener que tocar demasiado, o como para no hacerlo para no cagarla.

Mi consejo: pasad de esta mierda y leeros el libro. Tardaréis lo mismo que en ver la película y vuestra inteligencia se sentirá menos insultada.

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