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sábado, 15 de septiembre de 2018

Angst- A veces



A veces me siento triste. A veces identifico los motivos, y a veces no.
A veces resulta que no tengo tantas ganas de hacer chistes, ni de jugar con las palabras. No me apetece llevar la máscara alegre que la mayoría se limita a ver sin ir mucho más allá, ni comportarme como un bufón.  Resulta que, a veces, me gusta aislarme. Estar a solas conmigo mismo. Sincerarme y buscar el modo de valorarme un poco. No es una tarea fácil. No cuando, desde que tengo uso de razón, tengo la sensación de que se me ha valorado lo justo. Se me ha hecho creer que no doy para mucho o, en el peor de los casos, se me ha sobrevalorado para luego dar a entender que no soy tan genial como se creía.

Porque a veces tengo la sensación de que no doy una a derechas. De que haga lo que haga está mal. Se entiende mal. Provoca juicios con los que nunca habría contado. Con los que me siento rematadamente mal, como una persona horrible y desastrosa que es incapaz de tocar nada sin destrozarlo. De hablar sin provocar el caos. Sin que siente mal. Sin que levante ofensas de cualquier tipo.

A veces siento que todas y cada una de mis decisiones son cuestionadas, ninguneadas o malentendidas. Quiero actuar del mejor modo posible, pero el resultado acaba poniéndose patas arriba, hasta el punto de que a veces me resulta preferible no actuar. Cruzarme de brazos y guardar silencio, a la espera de que otros más capaces que yo acierten donde yo no hago más que fallar.

Por eso a veces no soy tan hablador ni tan participativo como se espera de mí. Por eso, a veces prefiero guardar silencio y callarme lo que pienso. Lo que siento. En según qué momentos, resulta preferible mantenerte en un discreto segundo plano y que tu silencio hable por ti. Si el hecho de sentirte cuestionado o juzgado va a ser el mismo, el silencio ahorra el esfuerzo y el desgaste emocional de hablar.


...


A veces, también siento que no entiendo cómo funcionan las cosas. Que vivo en un mundo cuyas reglas se me escapan y que, por más que lo intente, no consigo entender. Que hablo en un idioma diferente, en una frecuencia distinta y a un son que no es el que yo creo conocer. A veces tengo la impresión de que todo pierde sentido y que las cosas funcionan justo al revés de como creo que deberían ser... sin encontrar la razón por la cual esto es así. Y me frustra. Me frustra de un modo que no os podéis imaginar.

Tengo la impresión de que a veces todo sucede a mi alrededor, a mis espaldas, o bien antes o después de que yo esté. De que llego tarde o en mal momento; de que no estoy donde debería, o bien de que no estoy donde me gustaría estar. Otras veces, siento que soy abierta y llanamente un estorbo, alguien con quien los demás no saben qué hacer, con quien ponen demasiada paciencia para nada, hasta que se aburren y acaban olvidándose de mí.

A veces pienso que no me merezco lo bueno que me pase. Que, aunque siempre intente hacer lo correcto, no soy lo bastante bueno como para merecerme nada más que golpes por todos lados. Porque no llego. Porque no estoy a la altura. Porque cualquier criatura viviente a mi alrededor ha hecho más por ganarse las cosas que yo.

A veces siento que doy demasiadas explicaciones. Explicaciones que se entienden justo al revés o que simplemente no se entienden en absoluto; ese es el motivo de que, otras veces, llegue al punto del hastío y no quiera explicar nada y hacer lo que creo que debo hacer (o lo que quiero hacer), que es lo que veo que hace mi entorno en todo momento... para ver como eso tampoco se entiende.

A veces, lo único que quiero es encerrarme y hacerme un ovillo bajo la ventana y dejar que el día pase. Que el mundo se olvide de mí por unas horas y deje de hacerme cargar con más peso sobre mis hombros, de responsabilizarme de todo mal que acontezca. Que dejen de culparme por los pecados de otros, y de pagar conmigo sus propios problemas. Que dejen de cuestionar lo que hago, lo que dejo de hacer, lo que digo y lo que dejo de decir para, por una vez, ponerse en mi lugar y entender que todas esas decisiones, erróneas o no, han tenido su motivo. Su razón de ser.




Sí, me encantaría que mi Universo entendiera por una vez que, aunque me equivoque, siempre que tomo una decisión la tomo porque tengo motivos más que suficientes para ello. Que jamás, JAMÁS, actúo de manera arbitraria o inconsciente. Que siempre, SIEMPRE, pienso MUCHO todo cuanto voy a hacer. A veces me gustaría que, cuando me toman por irracional o por cualquier otra cosa que me tomen, se pusieran en mi lugar y llegasen a la conclusión de que he hecho las cosas como mejor he podido, como mejor he sabido o lo mejor que he creído.

No sé, a veces creo que solo me limito a dar palos de ciego, a la espera de poder acertar alguna vez; de hacer algo a derechas, sin vuelta de hoja. Sin que venga nadie a decirme "Sí, pero". De que me restrieguen por la cara todas y cada una de las miserias de entre lo bueno que he podido hacer. De que otros reconozcan, por una vez, que se habían excedido en sus juicios de valor conmigo y entiendan que yo no soy el enemigo.

A veces me gustaría saber qué es lo que hago tan condenadamente mal para que todo el mundo acabe olvidándose de mí cuando inician según qué andaduras. Cuáles son mis pecados, y lo verdaderamente horribles e imperdonables que son, para acabar siempre en el punto de partida. Para que tanta gente acabe pareciendo odiarme tanto. Para que tantos buenos amigos hayan optado por emprender según qué caminos sin contar conmigo. Para que otros se hayan permitido el lujo de hablarme de según que maneras. De comportarse de según qué formas. De verdad que me encantaría saber qué hace mis fallos tan diferentes de los de los demás para que yo acabe viéndome en según qué situaciones, en según qué conversaciones, mientras que otros, simplemente haciendo lo que les viene en gana, parecen encontrarse a otro nivel. Percibidos de otra manera. Dispensados y justificados, incluso.



A veces necesito destruirme y volverme a recrear. Empezar desde cero y buscar ese lugar que no he conseguido encontrar en toda mi vida. El lugar al que realmente pertenezco y donde puedo mostrarme tal y como soy sin temor a reproches, juicios de valor o reprimendas. Donde aquellos que me rodean vean con total claridad la clase de persona que soy y no pongan en duda mi lealtad ni mis intenciones. Donde nadie ponga palabras que no he dicho en mi boca, ni venga a acusarme de lo que le parezca. Donde nadie me levante la voz para descargar la mala racha por la que están pasando, como si yo fuera un saco de boxeo con el que liberar adrenalina. Donde nadie me sermonee, haciéndome sentir como un retrasado, por lo que se supone que he hecho, viendo la paja en el ojo ajeno pero no la viga en los propios.

A veces necesito desahogarme, pero tiendo a sentirme como la voz que predica en el desierto. Como si hablara con las paredes, o como si cada vez que soltara lo que me oprime el pecho fuera el detonante de una oleada de dedos que me señalan y me hacen sentir peor de lo que ya estaba. Es la sensación de querer gritar, pero tener un cerrojo puesto en la boca. De sentirme silenciado... y lo que es peor: tener que oír que debería decir abiertamente lo que pienso. A veces oigo todo lo que se me dice y llego a la conclusión de que, si me quedo callado, está mal... pero es que si digo lo que pienso, está peor.

A veces siento que no puedo ganar. Que desde el minuto uno ya parezco marcado por una fuerte predestinación al malentendido, al fracaso y a los problemas. Siento que evito los problemas, pero, al hacerlo, provoco otros mayores; otras veces, los afronto y los problemas que ya había se agravan. No sé si las expectativas hacia lo que soy son demasiado altas y decepciono, o son demasiado bajas y provoco que solo se vea lo malo. Llego a un punto en que no tengo ni idea de nada. No entiendo nada. Solo me muevo por una terrible inercia que me lleva de un golpe a otro; me siento arrastrado de una casilla a otra en una especie de juego demencial mientras todos los dedos me señalan a mí. Donde se me culpa de algo, pero no sé de qué. Donde todo parece ser un entramado de misterio y de conversaciones veladas; donde nadie me dice nada, pero esperan que sea yo el que mueva ficha. El que hable. El que solucione. El que salve el día.



A veces siento que todo se vuelve gris a mi alrededor. Que he luchado por mantener vivas según qué cosas, pero sin la habilidad necesaria para ello. Mis únicas herramientas han sido las buenas intenciones, pero no han sido suficientes. Yo mismo no he sido suficiente. Noto cómo los rostros se giran al verme y cómo las conversaciones se acallan cuando entro en la habitación. Sonrisas que se apagan, miradas que se cruzan cuando hablo. A veces siento cómo una voz en mi interior me dice "No te engañes, eres tú", pero no sé por qué. "Tú sabrás", me dice mi Universo, como si con esas dos palabras mágicas se me abriera el Conocimiento Supremo y realmente supiera. Como si, solo diciéndome eso, yo pudiera ya saber qué está mal y cómo debo solucionarlo. Yo debo hablar, pero nadie me habla a mí. Yo debo deshacerme en explicaciones, pero nadie me explica nada. Yo debo dar parte de todo cuanto hago y por qué lo hago, mientras mi entorno hace lo que quiere y no considera que deba decir ni media palabra al respecto.

A veces siento que vivo en un bucle. Que no avanzo y permanezco estancado en lo mismo de siempre, sin evolución, progreso o mejora. Cada día es exactamente igual que el anterior. Un año, una copia de otro, y de otro, y de otro más, por mucho que luche, por mucho que intente o haga, por mucho que proyecte o planifique. Sigo en el mismo sitio, viviendo la misma vida, sin apenas cambios. Que todo se repite una, y otra, y otra vez... y que la única constante soy yo, viviendo la incomprensión. La angustia de no saber qué demonios pasa a mi alrededor. Una y otra vez son las puñaladas en la espalda, los corazones rotos, las palabras que te parten el alma. Las miradas frías, las mentiras, las medias verdades y las verdades ocultas. Los reproches, los insultos y las cosas sacadas de contexto. Los gritos y los silencios. Los sarcasmos y los sermones. La locura desatada, el absurdo y la destrucción total de todo cuanto se creó. Y ahí acabo yo, en mitad de la nada, sentado sobre un puñado de tierra seca, preguntándome cómo se ha llegado a eso. El viento me responde "Has sido tú", pero se calla cuando pregunto acerca de lo que he hecho. Porque no parece interesado en hacerme mejor persona, ni en que aprenda de mis errores. Es como si su único cometido fuera culparme por ellos y nada más.



Por eso a veces siento que quiero romper con todo. Desaparecer. Encontrar almas afines con las que pueda empatizar y sentir, por una vez, que puedo formar parte de algo sin miedo a que ese algo acabe corrupto hasta la médula. Que puedo pensar, hablar y actuar, sin la amenaza constante de que alguien vea malas intenciones en ello. Que se ponga en duda quién soy, lo que soy. Quiero encontrar un Universo en el que pueda estar alegre o triste. Que nadie pisotee mi alegría ni me haga sentir culpable cuando me siento triste.
Pero aquí sigo.

domingo, 18 de marzo de 2018

Angst- Mientras los mundos mueren




Ayer mismo tuve una experiencia que, debo decir, se repite de vez en cuando.
Es lo que sucede cuando estás en un sitio y aparece alguien con quien ya no tienes contacto. Alguien a quien contaste entre tus amigos en su momento y que ahora resulta no ser más que alguien que entra en un sitio donde estás tú, a secas.
Sin saludos.
Sin siquiera miraros a la cara.
Todo ese tiempo que compartisteis, toda esa confianza que depositasteis el uno en el otro, ya no están y no queda rastro de ella. Sois dos desconocidos cuando antes no lo érais.

Me pasa a menudo, sí. Más a menudo de lo que me gusta pensar. A veces la gente me decepciona, a veces la decepciono yo, da igual. La cosa es que lo que había desapareció.
A veces tiendo a pensar que esa constante en mi vida es una señal de que mi Universo personal, de vez en cuando, parece tener la necesidad de reiniciarse. Sucede de una forma cíclica, pero luego hay episodios de rupturas puntuales cada dos por tres.
Esa persona que reapareció ayer, se mire como se mire, forma parte de una etapa de mi vida que ya se cerró. Junto a ella, fueron desapareciendo otros de ese mismo entorno, uno por uno, de forma espaciada pero inexorable. Un mundo del que ya no formo parte. O, pensándolo de otro modo, ya hay mucha, muchísima gente que, bien por las buenas, bien por las malas, ya no forma parte del mío.



Algo en este plan, aunque no tan espectacular.


Supongo que lo fácil es pensar que es siempre culpa mía, ¿verdad? Es decir, cualquiera con sentido común se sentaría delante de mí y me diría "Si te ha pasado con tanta gente diferente, entonces tú eres la causa".
Y sí, podría pensarlo.
Podría coger y decir "Hey, es verdad. Soy una persona terrible y es normal que la gente se acabe hartando de mí. Mis defectos son tan imperdonables que lo normal es acabar dándome la patada tarde o temprano". Podría pensar que, debido a mi penosa actitud, no haya dios que quiera tenerme cerca. Podría incluso abrazar toda una espiral de sentimientos basados en la autoflagelación y seguir los dos millones y medio de consejos paternalistas que me llegan cada vez que alguien me pega una puñalada trapera.

Pero, ¿sabéis una cosa?
Que no.
No pienso agachar la cabeza y asumir que me gano el desprecio de la gente a pulso. No, señor. No en el momento en que escribo estas líneas. No, siendo plenamente consciente de la clase de persona que soy.
Porque sí, cometo errores. Muchos, muchísimos. Creedme, lo sé: pienso en ellos a diario.
¿Y qué? ¿Acaso no los cometéis vosotros? ¿O es que mis faltas son peores que las de los demás?
No, no es esa la cuestión. Quizás lo que hace que sienta que, por una vez, debo clavar los pies y mantenerme firme ante toda la oleada de frases del tipo "Es que tienes que ser de tal manera", "Es que no has hecho las cosas como deberías" y el no menos clásico "La culpa es tuya por (inserte aquí motivo impersonable)" es precisamente el hecho de que sé que no soy esa clase de monstruo que tanta gente ha querido hacerme creer que soy a lo largo de muchos años.


Tras un montón de decepciones, desengaños y experiencias amargas de todo tipo, a veces hay calma entre tempestades. A veces puedes tomar aliento y decir "Alto ahí". Es ahí, justo cuando has respirado hondo y te has parado a pensar, cuando te das cuenta de que si hay algo que siempre has tenido es conciencia. Siempre has tenido todas esas voces dentro de tu cabeza dictándote lo que está bien y lo que está mal. Aun actuando del modo que has visto más correcto dada la situación, siempre has tenido una voz dentro de ti cuestionándote si lo has hecho lo mejor que podías.
Aquellos que tengáis esa voz interior, creo que coincidiréis conmigo cuando digo que es muy, muy pero que muy difícil hacer que esa voz se calle. No importa lo justa que sea esa decisión que tomas, o que tengas por seguro que no has podido tomar ninguna otra más correcta: siempre queda ese resquicio de duda en tu cabeza, en tu corazón, en la boca de tu estómago.


Aunque hagamos lo correcto. Siempre tenemos esa sensación de haber estado por debajo de nuestras propias expectativas.


Respiro hondo y me digo que, pese a lo duro de muchas decisiones que he tomado a lo largo de toda mi vida con respecto a la gente que me rodea, ninguna ha sido tomada a la ligera ni sin sopesar durante un cierto tiempo. En todas y cada una, he sopesado los pros y los contras, y he visualizado todos los escenarios posibles, con todas sus consecuencias. A menudo, las peores consecuencias que he previsto coinciden con el resultado final de mis actuaciones, lo que implica que el desenlace de muchas de ellas, aunque amargo, no era algo que me pillase de sorpresa.
Y aun así, las he tomado, siendo consciente de ello, cuando mucha gente me ha dicho que, para un desenlace así, que ni me moleste en tomarlas.

Y pese a todo las he tomado, ¿por qué?
Porque he considerado que eran lo más justo.
O lo más lógico.
O lo más honesto.
O, sencillamente, porque dentro de lo malo, era lo menos malo a lo que podía aspirar.

Esas decisiones, me consta, me han granjeado muchos problemas con mucha gente. Gente que debe tener conceptos morales diferentes a los míos, o gente que de pronto considera que tener confianza conmigo es una especie de puerta abierta para según qué comportamientos.
No lo sé, ni me importa.
Como digo, sé la clase de persona que soy yo, y me empieza a importar bastante poco la clase de persona que se espera que soy.


¿Y de comerte solo montones de historias?
Ni os cuento.


Conforme pasan los años, me doy cuenta de que en este mundo muchos juegan a juegos que no entiendo, o juegos que no me interesan. Juegos basados en pensar de una manera, decir otra muy diferente y actuar de un modo que no tiene nada que ver. A lo largo de todo este tiempo, he visto cómo muchos han esperado de mí que finja, que diga las cosas de según qué manera, que oculte mi forma de pensar, de sentir o que directamente mienta.
"Mientras X esté delante, no puedes hablar de Y".
"No puedes decir las cosas así, mejor dilas de este otro modo".
"Disimula si no confías en alguien que tienes delante".

Todos esos jugando a sus juegos, todos guardando secretos. Secretos que envenenan, que matan relaciones. Mentiras que encubren secretos, engaños que maquillan la verdad. Pactos de silencio que, en cierto modo, suponen traiciones. Dilemas morales, todo por no atreverse a decir las cosas. Te sientes obligado a llevar máscaras con las que no te sientes cómodo, como en una especie de carnaval donde, a la más mínima, te pueden apuñalar.
Yo no quiero formar parte de eso.

Si hay una cosa que siempre he tenido muy clara es que yo no soy capaz de actuar contra nadie a quien cuento entre los míos. No sin provocación previa. Puedo actuar por error, por supuesto, pero creo que no necesito ni explicar esto último, porque cualquiera que me conoce un poco lo sabe de sobra y no tiene nada que temer de mí, ni motivos para desconfiar.
Y sin embargo, no pocas veces me he sentido atacado sin que nadie tenga las agallas de explicarme a qué viene el ataque. Mi confianza, traicionada. Me he acabado enterando de un cúmulo de cosas que se acumulaba a mis espaldas para acabar estallando como una fosa séptica y salpicándolo todo de inmundicia.
He abandonado a muchos amigos, no tengo reparos en admitirlo. Pero tampoco tengo reparos en admitir que jamás, JAMÁS, he abandonado a alguien que no me haya dejado antes en la estacada. Puedo ser leal, pero no soy un perro que viene a lamer la mano del dueño después de que este lo haya apaleado.
Me he enfrentado a muchísimos amigos, también. A muchos más de los que me habría gustado, pero nunca lo he hecho por gusto. Si me he puesto en contra de gente que he tenido a mi lado, ha sido porque estaban tomando caminos en los que yo no quería verme implicado. Puedo ser leal, sí, pero mi lealtad no es ciega, y hasta yo tengo unos límites.


No hablo de estas cosas como alarde. Al final, lo que te acabas llevando son batallas perdidas, heridas por parte de quien no debería infligírtelas (o no en un mundo medio lógico) y mucho, mucho dolor.
Lo digo por si algún colgado sigue pensando que es guai ser como yo. Los dioses me libren de hacer proselitismo de esto.


Así que me voy a poner soberbio (es curioso, a veces hablamos de "soberbia" cuando sencillamente lo que que estamos haciendo es manifestar nuestra propia dignidad) por un momento. Me lo puedo permitir, considerando que mi vida no ha sido una colección de triunfos precisamente y que mi autoestima nunca ha sido para tirar cohetes. Así que supongo que por un día que diga "Mira, no", no pasa nada. Y si esto supone ofensa alguna para alguien, pues lo siento. Más me ofenden a mí muchas cosas que tengo que tragarme cada dos por tres y me han tenido que parecer geniales.
Me voy a poner soberbio cuando digo que igual no soy yo el que no vale. Que lo mismo es una locura, pero igual es mi Universo personal el que, en líneas generales, no vale un pimiento, si espera que agache la cabeza, que trague mierda y ponga buena cara o que me comporte como un hipócrita. Lo siento mucho si alguno de vosotros espera eso de mí, pero si es así, habéis dado con la persona equivocada. Cometo errores, sí, e insisto. Pero son errores. Cuando me la han jugado a mí, no he visto tales errores en la mayoría de casos: he visto cerdadas hechas con total consciencia y, lo que es más fuerte, sin asomo de arrepentimiento. Incluso he llegado a ver sorna y cachondeo cuando se me ha llegado a tocar la moral a dos manos, para luego juzgar mis decisiones en cuanto yo actúo en consecuencia.


"¿Por qué tan serio?"


Y encima he tenido que "tomármelo bien". Por cojones, pese al hecho de que es harto evidente que yo jamás haría algo así. Ni se me ocurriría, vaya. No adrede, ni a sabiendas.
¿Se supone entonces que yo soy aquí la mala persona? ¿El que toma las decisiones desafortunadas? No, queridos. Hacedme el favor de meteros vuestros juicios de valor por donde os entren, y meteos, ya de paso, en la cabeza, que yo me portaré con vosotros tal y como vosotros os portáis conmigo. Así que en lugar de pensar en lo desproporcionado de mis reacciones, lo mismo podéis hacer examen de conciencia y recapacitar si a lo mejor os habéis comportado de una forma deshonesta conmigo... en el caso de que tengáis conciencia, claro.
En lugar de pensar si soy una persona que no sabe guardar según qué secretos, podríais pensar si vosotros deberíais vivir con tanto secretismo. Porque lo mismo no es el hecho de que alguien pueda revelar un secreto lo que haga peligrar vuestras vidas; puede que sea el hecho de que os pasáis la vida ocultando cosas lo que sea un peligro.
En lugar de pensar y reprocharme que no estoy ahí para daros la palmadita en la espalda o besar el culo a gente que no creo que haya que besárselo, tal vez podríais pararos a pensar que yo no sirvo para los falsos halagos ni para aplaudir putadas. O que esa gente que lo mismo es tan maravillosa para vosotros para mí no lo es por alguna razón de peso. Porque, vamos a ser claros de una vez por todas: ¿A mí cuándo me habéis visto de emprenderla con alguien sin motivo? Aquellos que me conocéis sabéis que, si le echo la cruz a algún ser vivo a este lado de la Vía Láctea, lo hago siempre por varias razones, y generalmente procurando fundarlas muy, muy bien, o todo lo bien que puedo. Así que, por favor, no me vengáis con payasadas de "Disimula ante no sé quién" y "Que no se note que te cae mal". Si queréis fingir y ser hipócritas, adelante. Pero no me forcéis a mí a serlo.


¿Perdona?


Sé que por esta clase de cosas he perdido a muchos amigos... y seguiré perdiéndolos, me temo. Que esto ha hecho que muchos otros se distancien de mí y que otros hasta me eviten. He llegado al punto en que yo no puedo tomar las decisiones de otros. Todos sois libres de elegir, bien seguir a mi lado, bien tomar vuestros propios caminos. Yo he hecho lo mismo con otros muchas veces y aquí sigo. Pero me va quedando cada vez más claro que lo que no puedo es traicionarme a mí mismo, ni a aquello en lo que creo, ni a aquello que creo ser.

¿Qué creo ser?
Buena pregunta. Supongo que solo intento ser lo mejor persona que puedo ser. Intento dar lo mejor de mi mismo, pese a todos mis defectos, a todos mis pecados y a todos mis errores, que no son pocos. Soy una persona con una conciencia que anda todo el santo día martilleándole en el cerebro y que hace lo posible por poder aguantar la mirada cuando se mira al espejo. Soy la clase de persona que intenta dormir bien por las noches, aunque esto último le cuesta bastante.
No creo, pese a lo que digáis, que sea mejor que los demás. Si lo pensáis, bueno... hacédmelo saber, para que lo apunte en la lista de cosas que se suelen decir sobre mí a la ligera. Creo que ya debo ir por los doce volúmenes o así.
No, no creo ser mejor que los demás... pero sí tengo la voluntad de serlo. De mejorar como persona día a día y poder callar de una vez mis voces, pero no por haberlas ignorado, como sé que habéis hecho muchos, sino por conseguir que no tengan nada que decir. Esa es la clase de persona que soy, y la clase de persona a la que aspiro.

Podéis ser testigos de ello, o podéis hacer como muchos de los que han estado a mi lado a lo largo de los años: desaparecer y formar parte de otro de esos capítulos de mi vida que quedan cerrados. Como he dicho arriba, yo no puedo decidir por vosotros.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Angst- Indefensión aprendida



Adelante.
Escribe.
Escribe y refúgiate en tu mundo, en tus palabras. Hazlo porque, a veces, es lo único que te da fuerzas. Soltar lo que llevas dentro, para así poder tomar aliento y ver las cosas con perspectiva. No, no te solucionará la vida ni resolverá tus problemas, eso ya lo sabes. El mundo se encarga él solito de decírtelo día tras día, minuto tras minuto. Pero te dará fuerzas. Es la forma que conoces de gritar sin molestar a nadie. De encontrar un pequeño rincón donde, al menos, puedes estar en paz contigo mismo.
Sin juicios.
Sin reproches.
Solo tú y tus pensamientos.

Y piensas.
Piensas en lo que eres. En lo que has conseguido. En esos pequeños logros del día a día que te dibujan una sonrisa en el rostro. Pero también piensas en aquello que no eres. En lo que se espera de ti y que no te ves capaz de dar. Piensas en todo, en absolutamente todo lo que se te dice, día sí y día también. En lo que se te dice, y en lo que se te calla.
Y te das cuenta de que pareces no estar a la altura de lo que deberías. De que la mayor parte de cosas que haces son erróneas; que aquello por lo que luchas, aquello en lo que crees, es extremadamente difícil o fútil. El mundo entero te hace ver que estás luchando contra molinos y te habla, oh, sí, te habla de lo que te conviene. De lo que debes hacer. De lo que no debes hacer. Lo que pensar, lo que desear.
Sin preguntas.

Pero resulta que no eres capaz, o no te sientes capaz de cubrir esas expectativas. Habrá quien te llame cobarde por ello, quien acuse centenares de carencias en ti. Te dirán que eres tal, cual o tal otra vez. Todo el mundo sabe qué es lo que te conviene. Y tú sólo puedes mirarlos embobado, porque... porque hay días en que ni tú mismo sabes qué es lo que realmente te conviene.
Haz.
No hagas.
Sé.
No seas.
Dí.
No digas.

Dime, ¿has vivido eso alguna vez? ¿Alguna vez has sentido que no haces otra cosa sino vivir sujeto a las expectativas que tu Universo tiene sobre ti? ¿Que lo único que pareces esperar de todo aquello que te rodea es que, por una vez en tu vida, consigas que alguien se sienta orgulloso de ti? Dime, has llegado alguna vez a ese punto de desesperación en que, hagas lo que hagas, elijas lo que elijas, digas lo que digas, lo único que consigas a tu alrededor es justo lo contrario?
Decepción tras decepción.
Reproche tras reproche.
Palabra tras palabra.

Ninguno de ellos cae en saco roto, te lo puedo asegurar. Oh, sé que parece lo contrario. Tras cada reproche siempre la misma canción, ¿no la conoces? Es ese viejo tema recurrente; ese que canta cómo, al mismo tiempo que tú sientes cómo las entrañas se quedan en carne viva ante cada palabra que te recuerda todos tus fracasos, lo único que oyes es que no escuchas. Que todo te da igual. Que eres obtuso, intolerante, de mente estrecha y que solo respetas tu propio criterio.
¿Cuántas veces has oído aquello de que pisoteas a los demás, que sólo lo que tú piensas es lo correcto y que eres incapaz de aceptar una crítica?
¿Cuántas veces te has sentido como una especie de monstruo solo al escuchar toda esa clase de cosas?
¿Cuántas veces te has planteado si realmente eres así de mezquino?

Escribe.
Escribe cómo te sientes, pero cómo te sientes de verdad.
No va a leerte tanta gente, porque quizás no le importe a tanta gente. O bien no lo entiendan. O bien les mueva la curiosidad, solo por saber si has vuelto a las andadas y a escribir lo que ellos esperan que escribas: lenguaje sucio, violencia verbal, rabia contra el mundo.
Pero no. Nuevamente eres una decepción. Sólo eres tú, y quizás eso no es suficiente. Quizás eso no es lo que deberías ser. No, estás aquí, vomitando lo que llevas en las tripas, sacándote las esquirlas de dentro y viendo estúpidamente cómo brota la sangre de las heridas.

Adelante, cuéntale a tu Universo que realmente no eres tan impresionante. No tienes, oh, sorpresa, la solución a todos los problemas. No eres más inteligente que los demás, ni siempre tienes las palabras adecuadas. De hecho, a veces ni siquiera eres tan inteligente como los demás, y tus palabras tienden a provocar conflictos que tú ni siquiera te habías planteado que lo harían. O, del modo contrario, lo entiendes todo al revés y acabas causando un desastre de proporciones catastróficas.
Dilo.
Cada día que pasa entiendes menos el mundo que te rodea. Cada día que pasa es, probablemente, otra muesca en tu cinturón. Más reproches, más reprimendas, más sermones.
Porque hiciste.
Porque no hiciste.
Porque obraste mal.
Porque lo mismo obraste bien, pero no era el momento.

Y te sientes como esos pobres animales de laboratorio, que se quedan paralizados en un rincón de su jaula tras recibir descargas hagan lo que hagan. Y no porque sean unos cobardes, ni porque carezcan de ambición. Ni porque sean obstinados o cortos de miras. Están paralizados porque han llegado a la conclusión de que cualquier cosa que hagan tendrá un resultado perjudicial para ellos. No es que hayan perdido la voluntad; sencillamente, han elegido no elegir.
Es la solución fácil, diréis.
Hay que seguir intentándolo, añadiréis.
Porque no hay que rendirse.

Y puede que sea verdad, pero esas frases, en según qué contextos resultan vacías y por completo carentes de contenido. Imaginad a alguien que pasa hambre. Alguien que se encuentra débil y que apenas puede caminar. Alguien que lo único que puede hacer es miraros con la vista perdida. Probad, pues, a decirle que su problema consiste en dejar de tener hambre. Que lo único que tiene que hacer es recuperar las fuerzas. No os falta razón en vuestro argumento, desde luego, pero tal vez, y solo tal vez porque es posible que me equivoque, no sea eso lo que el hambriento necesita en esos momentos.

Dime, ¿qué necesitas tú, entonces?
Esa es una gran pregunta. Una pregunta cuya respuesta todo el mundo, salvando uno, parece conocer. Todo el mundo, todo tu Universo alrededor, tiene la llave mágica. La solución. Todo el mundo parece saber cuál es la actitud que debes tomar, qué camino debes seguir. Parece todo tan fácil que hasta asusta; especialmente cuando uno, desde dentro, no consigue verlo. No por obstinación, ni por orgullo, no. Podríamos decir que es por falta de entendimiento. ¿Nunca te ha pasado eso de que te están explicando algo que debería ser muy sencillo y, da igual cómo te lo expliquen, no lo entiendes? ¿Alguna vez te has sentido humillado en silencio porque se espera que seas capaz de captar algo a la primera y tú, por el motivo que sea, no lo consigues y lo único que se te ocurre es fingir para que no se note?
Si no es así, eres envidiable.

¿Cuántas veces, por contra, te han hablado acerca de un curso de acción y lo has interpretado al revés? ¿Cuántas veces te has sentido tan estúpido por tu error que te has visto incapaz de hacer nada útil a continuación, a causa del miedo que supone equivocarte de un modo aún más desastroso?
Dime, con total sinceridad, ¿cuántas veces te has sentido como la cosa más inútil sobre la faz de la tierra cuando, de una forma pasmosamente frecuente, recibes constantes informes acerca de todos tus errores? La situación se recrudece, ya no sólo cuando oyes críticas, sino cuando te das cuenta de que ya ni te acuerdas de la última vez que alguien te felicitó por algo que habías hecho bien. Cuando una, una sola de tus decisiones, se vio como un acierto y no como otra de las estupideces que haces todo el rato.
Cuando, para variar, sientes que el Universo a tu alrededor te toma en serio y considera que sí que puedes aportar algo útil.

¿Qué necesitas, pues?
¿Palmaditas en la espalda?
No.
¿Atención?
Por favor.
¿Entonces?
Cuando vives el tiempo suficiente, te das cuenta de que cosas como esas son bastante vacías. No tiene ningún sentido necesitarlas cuando detrás de ellas no hay nada. Y, para bien o para mal, cuando se demandan y se consiguen, el vacío que hay tras ellas es brutal.
Quizás el sentimiento más necesario sería saber que uno forma parte de algo, donde pueda sentirse exactamente al mismo nivel que los demás. Donde pueda hablar sin tapujos, sin miedo al "qué dirán", sin sentirse socavado, cohibido, juzgado; sin tener que escuchar cómo lo mandan a uno callar, sin sentir que molesta a nadie; sin tener que dar explicaciones acerca de lo que haya dicho, hecho, dejado de decir o dejado de hacer; sin dobles lecturas, sin malas interpretaciones; sin desconfianzas ni generar silencios incómodos. Sin enfriamientos, ni distanciamientos, ni abandonos.
Sin que a uno le griten más, por favor.

Por eso escribes. Por desahogarte.
Te sueltas el pelo y dices "Qué demonios"; porque o lo sueltas o revientas... y ya has perdido la cuenta de las veces que has reventado. Porque, ¿qué más da? No es más que otra pataleta, ¿a que sí? Porque a uno no le puede doler nada jamás. Háblale como quieras; dile que se calle, chíllale, llámale lo que te dé la gana. Prueba a amenazarlo, a compararlo con gente que te parece mejor, a ponerlo en entredicho. Atribúyele ideas que no sabes si tiene realmente; acúsale de lo que quieras.  Traiciónalo. Abandónalo. Cúlpale de tus problemas, o págalos con él. Humíllalo. Toma sus carencias y restriégaselas por la cara. Minimiza sus aciertos y réstales importancia. Hazle ver que su vida, su actitud, su forma de pensar, incluso él mismo no son gran cosa. Seguro que es capaz de soportarlo. Y si no lo soporta, ya se le pasará, no es tu problema.

En eso consiste el desahogo.
No consiste en decirle al mundo que eres una víctima. No lo eres. Sencillamente estás cansado. Cansado de no entender, de fracasar, de no sentirte jamás en el lugar correcto. De no tener jamás las palabras correctas, ni las ideas correctas. Cansado de tener esa falta de seguridad cuando haces algo. Cansado de ese miedo cada vez que tomas una decisión, pues puede convertirse en otro detonante para otra reprimenda. Cansado de actuar de buena fe sólo para darte cuenta de que la magnitud de tu error empaña esa buena fe por completo. Cansado de ser recordado por tus errores, por tus momentos de debilidad, por aquello que hiciste y jamás se entendió. Cansado de que te recuerden todo eso como si tú mismo no te lo recordases día a día, o como si no te importase lo que te importa.  Cansado de tener que demostrar no ser lo que han creído que eres. Cansado de acumular polvo en las botas, de ir de aquí para allá, de no terminar jamás de encontrar tu sitio del todo; de valorar tanto cada decisión para que luego ésta sea puesta en entredicho, echada por tierra y pisoteada.
Te sientes mal, muy mal, y no encuentras el modo de sentirte mejor. El Universo a tu alrededor te dice "Estás mal porque quieres; solo tienes que pelear por estar bien", y tú no eres más que ese animal enjaulado, temblando en un rincón. Te preguntas cómo puede ser eso tan fácil para todo el mundo mientras que tú ni siquiera sabes cómo reaccionar.

Suelta toda esa desazón. Conjura a tus propios demonios. Que el resto de los mortales digan, si quieren, que tienes uno, dos o diez motivos ocultos tras tus palabras. Que monten sus propias teorías de la conspiración, si quieren, y que te vean como el monstruo que quieren ver, ya que llegados a cierto punto, no puedes ya convencerles de que vean otra cosa. Que levanten sus propios diagnósticos. Que tasen, evalúen y así limpien sus conciencias. Deja que todos ellos jueguen a sus juegos, que sean ellos los que digan las palabras adecuadas y que esgriman las soluciones. Deja que crean que van a salvar tu vida, aunque realmente no han salvado nada. De haberlo hecho, no estarías aquí, sacándote los cristales de debajo de la piel.

No, quizás escribir no sea la solución a tus problemas, como no lo era llorar cuando eras pequeño. "Llorando no arreglas nada", te decían. Y era cierto.
Pero no era lo que necesitabas.
A veces, solo a veces, necesitamos llorar. Necesitamos hablar. Necesitamos desahogarnos. Necesitamos gritarle al mundo. O bien, necesitamos recluirnos y lamernos las heridas porque sencillamente no tenemos fuerzas para lidiar con según qué cosas. Para aceptar según qué cosas. Para soportar según qué cosas. Es algo humano. Pero lo que no podemos, al menos algunos de nosotros, es limitarnos a tragar saliva, poner la otra mejilla y actuar como si no pasara nada. Sencillamente no podemos sonreír, decir "Eh, ya me pongo bien" y sentirnos mejor solo con desearlo. Para algunos de nosotros las cosas no funcionan así. No son "dos más dos son igual a cuatro". Ojalá, pero no.

Pero, quién sabe. Tal vez todo este desahogo no sea más que otra línea en mi eterna lista de errores. Es más que probable que todo lo que he sacado desde las entrañas no sea más que otro deprimente ejemplo de mi errónea visión del mundo. Que cualquiera medianamente inteligente lea todo esto y pueda sacar otra lista de todo lo que he entendido al revés, de todo aquello que he dicho que debería haberme callado. Quién sabe, puede que la idea misma de desahogarme resulte no ser la correcta y que lo que me toque sea coger y reventar por dentro. O haberme desahogado de otra manera. Lo que sea. Seguro que he fallado estrepitosamente en algo y tarde o temprano aparecerá alguien para decirme lo que tenía que haber hecho. A toro pasado, cuando todo ya está hecho y el error cometido, no antes. Apareciendo de entre las ruinas, en plan deus ex machina, con la opción que tenía que haber tomado en su momento y recriminándome no haber caído en ella.
No soy más que un animal enjaulado y cualquier decisión que tome, al parecer, será puesta en entredicho. Así que lo admito: no he hecho lo correcto, ni lo que se espera de mí. No he hecho nada inteligente, ni probablemente útil.
Me he limitado a hacer aquello que necesito hacer.

martes, 5 de diciembre de 2017

Angst- Otro año




Otro año que acaba.
Otro año en que no hay nada nuevo bajo el sol. No en ciertos contextos, al menos.
¿Que qué pienso de este año? ¿De lo que ha sido?
Que no es más que otro año más, donde llueve sobre mojado.
Empecé el año tirando a mal, formando parte de situaciones que no me gustó vivir, y ante las cuales quizás no tomé la parte más activa. No todo lo que debería, al menos. No visto desde fuera. Por cobardía, seguramente piensan aquellos que fueron testigos; por cansancio, digo yo. Y es que ya venía muy cansado del año anterior. Cansado de participar en una y mil batallas que no me aportaron mucho más aparte de un desgaste emocional enorme. De tener que dar un sinfín de explicaciones cuando pocas veces las recibía. Agachando la cabeza ante según qué cosas, y no por cobardía ni por pereza, no. Por impotencia. Por impotencia pura y dura. Porque, ante según qué situaciones, no sabes qué hacer para no empeorar lo que de por sí está mal. Porque sabes que, cuando abres la boca e intentas explicarte, no haces sino meter la pata una y otra, y otra vez. Hasta que llegas a ese punto de indefensión aprendida, donde directamente te haces un ovillo y cuentas con que esta vez, para variar, la cosa no vaya contigo. Porque si te mantienes en silencio es malo, pero a veces, si lo rompes es infinitamente peor.

Imagino que, llegados a este punto en el tiempo, habréis notado la terrible ironía que supone todo lo que acabo de decir, ¿verdad? Porque, para ser sinceros, este año que ya está terminando no parece sino una segunda parte de lo que supuso  el año anterior. Otro año de sinsabores, de desplantes, de palabras que me duelen y que por lo visto tengo que aceptar de forma sumisa. Otro año de disputas y de decepciones; bien porque me decepcionan a mí o bien porque soy yo el que resulta ser una decepción, para el caso es lo mismo. Otro año donde mis fuerzas se reducen a la mínima expresión y donde ya opto por apagarme como una vela, ya que la alternativa de explotar no me parece mucho más prometedora. Ni sana. Ni siquiera me parece una buena idea. Lo he hecho en el pasado demasiadas veces y no me ha aportado nada. Algo así como lo que me ha aportado callarme, solo que encima avergonzándome de mí mismo.
Otro año en que, por buenas que sean mis intenciones, no consigo hacerme entender, pese a que me explique una y mil veces. Pese a que me repita constantemente y no pare de insistir con lo mismo una y otra vez. Es como si recitara mantras en vete a saber qué lengua y, por más que lo intentara, viera que todo mi Universo personal se queda a cuadros, pensando que he perdido el juicio, que no hago más que cagarla o cualquier otra cosa similar. Otro año donde cada decisión que tomo es puesta en entredicho. Otro año en el que hago las cosas lo mejor que puedo, lo mejor que sé, y no hago sino sentirme juzgado una y otra vez. Juzgado, hallado culpable y sufriendo según qué veredictos.

Otro año en que acabo muy triste y muy solo, sintiéndome el blanco de todos los dedos acusadores, que me echan la culpa de todo cuanto sucede en mi vida, sea yo el verdadero responsable o no. Otro año en que lo único que escucho son reproches y acusaciones sobre lo mal que hago las cosas, soltados a bocajarro, donde se me llama de todo; donde se me dice de todo. Donde me siento tasado, evaluado y declarado indigno. Otro año en que escucho reproches, sí, pero escucho muy pocas voces que me preguntan cómo estoy.

Otro año en que tengo la triste sensación de que cualquiera puede permitirse el lujo de dirigirse a mí en los términos que considere necesarios. Decirme según qué cosas, sinceras o no, de tal manera que lo único que consiguen no es hacerme entender nada, ni abrirme los ojos ante nada; no, lo único que consiguen es hurgar en llagas que ya tenía abiertas, patearme las tripas y luego ignorar cualquier responsabilidad al respecto, como si no les importara nada el efecto que han causado realmente con sus palabras, solo el que buscaban.

Ha sido otro año en el que he tenido la sensación de que no formo parte del mundo que me rodea. Un mundo que parece funcionar en base a otro lenguaje, o seguir otras reglas. Un mundo en el que cada vez parece que pinto menos. Da igual el afecto que ponga o lo mucho que intente formar parte de algo; lo único que encuentro es fracaso. La sensación de que los engranajes siguen moviéndose, pero yo no soy más que una piedra entre ellos. Una piedra que impide que funcionen correctamente. Llamadlo estorbo, escollo o como queráis. La cosa es que así es como me siento. No importa que siempre me haya movido por mis valores (y, aquí podéis creeros lo que os dé la real gana; tengo más que claro que toda mi vida he procurado ser una persona lo más honrada posible); que haya hecho las cosas lo mejor que he podido, viéndome limitado (obviamente, y valga la redundancia) por mis propias limitaciones, que no son pocas. Da igual. La cosa es que la cago, y no solo eso: parece que solo yo la cago, y de peor manera que el resto del planeta.

Es otro de esos años en que tengo la sensación de que soy un inútil, que no hago nada bien. Que cada vez que abro la boca me tendría que haber quedado callado porque, bien sienta mal lo que digo, bien se entiende algo que no tiene nada que ver con lo que he dicho, bien a nadie le importa una mierda. Es otro año de esos en que tengo la sensación de que le importo una mierda a muchos que a mí sí me importan. De que estoy para lo que estoy, y no para nada importante; más bien para echarse unas risas de vez en cuando; para soltar algún chiste malo (o muy malo) de vez en cuando, para que otros me pidan ayuda en según qué cosas y yo la ofrezca sin pedir nada a cambio... o incluso de que la ofrezca sin que nadie me la pida. Es otro de esos años en que siento que, incluso por esto último, también parece que la cago. La cosa es que, da igual lo mucho que me esfuerce en que la gente que considero cercana se encuentre bien; no parezco ser suficiente para la mayoría. No soy lo que debería ser. No lo bastante, al menos. He estado para todo aquel que me ha necesitado y no me arrepiento; pero a la hora de la verdad... A la hora de la verdad, cuando he sido yo el que ha necesitado a otros, lo que me he encontrado, en muchos, muchísimos más casos de los que me gustaría admitir, ha sido la nada. La nada más absoluta. Aquellos que estuvieron mal y que contaron con mi ayuda, cuando se encuentran bien, son gente que parece fingir que ya no existo. Gente que ya ni siquiera está para un "Hey, ¿qué tal el día?". Gente que parece que tiene cosas mejores que hacer en su tiempo libre. Gente mejor.
Es duro tener que reconocer cuando ya no eres necesario cuando antes lo eras. Ni siquiera importante.

Es otro de esos años en que siento en que el mal que hago me sobrevivirá por toda la eternidad, mientras que el bien quedará enterrado con mis huesos, dando absolutamente igual el hecho de que jamás obro mal adrede (y puedo dar mi palabra de esto sin problema alguno. Los que me conocéis sabéis que yo jamás empeño mi palabra en vano). A todos los efectos, acabo sintiéndome como la más insignificante de las mierdecitas, como si yo mismo no valiera como persona.
Otro año en que siento que no he hecho nada remarcable y, si lo he hecho, ya no es que a nadie lo haya reconocido en mayor o menor medida... es que directamente parece que ni siquiera ha importado. No así con mis errores. Creo que no hay uno solo de ellos que no se me haya recordado al menos dos veces, solo para dejarme claro que fui yo quien los cometió, que fueron errores y que lo hice mal. Como si yo no lo supiera. Como si yo mismo no sintiera cada error como un fracaso, de un modo u otro. Como si yo no les diera la más mínima importancia, o como si no temiera volver a cometerlos.

Es otro de esos años en que siento que sigo exactamente en el mismo sitio que... yo qué sé cuánto. Como si, por mucho que intentase romper el círculo (creedme, lo he intentado por activa y por pasiva) estuviese viviéndolo una y otra vez. Y otra, y otra. Imaginad la frustración y la desesperación que supone creer que empiezas algo nuevo para darte cuenta poco después de que has vuelto exactamente al mismo sitio en que estabas. Viviendo en el punto de partida cada día de tu vida.
"Cuanto más cambia una cosa, más parece la misma". Yo podría decir que cuánto más parece cambiar, más duro resulta el impacto con la realidad al ver que no. Que todo sigue prácticamente igual. Una pescadilla que se muerde la cola en un eterno retorno. Un aburrido círculo vicioso que hace que cada día parezca exactamente igual que el anterior.
Que cada año parezca exactamente igual que el anterior.

Es otro de esos años en que siento que el cansancio emocional hace que las cosas me afecten bastante. Sí, es muy fácil decirme eso de que yo decido cuánto me afecta algo. Es tan fácil como cuando estás mal y alguien te dice "No estés triste" y tú, mágicamente, ya te encuentras genial, como si no te hubiera pasado nada. Las cosas no funcionan así. No decidimos cuánto nos afecta algo, por mucho que queramos. Ya nos gustaría, pero no de coña; mucho menos cuando algo nos importa o cuando resulta especialmente doloroso. No nos levantamos una mañana diciendo "Pues ahora todo me importa tres carajos". No si las cosas realmente nos importan. Si tenemos sangre en las venas y sentimientos. Es otro de esos años en que la frase es "No, no estoy enfadado. Ni siquiera molesto. Lo que estoy es sin ganas de nada".

Y es que es otro de esos años en que he tenido que obligarme a salir de casa porque lo único que me apetecía en mi tiempo libre era echarme a dormir o ver alguna serie o película aunque no estuviera prestando demasiada atención y me olvidase un rato después. De decirle a alguien que no puedo quedar cuando me han llamado y sintiéndome fatal (os lo juro) por no haber tenido fuerzas para hacer nada. De sentir que, para alguien que se preocupa por mí, así se lo pago. He llegado a pensar estas cosas de forma literal.
Otro año de esos en que he tenido que hacer según qué cosas, no porque haya querido, sino porque no he tenido más remedio. Opciones tomadas que no siempre han sido las buenas, sino las menos malas de un montón de opciones malas posibles.Y encima de tener que sentirme culpable ante según qué decisiones, cuando sé que cualquiera a mi alrededor las tomaría (o las ha tomado) simplemente porque ha querido y no ha pasado absolutamente nada. Supongo que también estoy cansado de tener que sentirme mal por todo cuanto hago. De pensar si tal o cual cosa que he dicho o hecho ha sentado mal. De tener que disculparme de antemano. De pensar que no hago nada de una forma lo bastante correcta como para que nadie se las tome a mal.

Es otro de esos años en que tengo la sensación de que da igual que intente hacer bien las cosas. Que no tenga problemas en hacer sacrificios por un bien mayor. Que lo único que me motive sea tener un entorno estable y apacible a mi alrededor. Todo eso da igual, porque de un modo u otro acaba todo retorciéndose y convirtiéndose en algo que me cuesta reconocer. Es algo así como si fuera la antítesis de Midas y todo lo que tocase, en lugar de convertirse en oro, se convirtiera en algo que me estalla en plena cara y de lo que me acabo por sentir prácticamente el único responsable. Como si mis buenas intenciones acabasen condenadas a verse como errores irreparables. Como faltas vergonzosas o como algo por lo que debería pagar. Pequeños cargos que siento que se suman contra mí, uno tras otro. Platos rotos por los que intercedo. Actos cuyo peso parece que tengo que cargar sobre las espaldas.

Pero no todo ha sido malo. Ha sido otro año en que solo unos pocos me han demostrado que están ahí. Que han sabido ver cuándo me he encontrado verdaderamente mal y han dedicado tan solo unos segundos de su tiempo en preguntarme qué tal estoy, mientras los demás estaban demasiado ocupados (o les daba demasiado igual) como para darse cuenta. Sin juicios, sin reproches. Solo alguien escuchando, no he pedido mucho más nunca. Quizás porque es lo que me he limitado a hacer yo en la mayoría de casos; quizás porque no he sabido hacer nada mejor que eso.
Supongo que estas etapas de vacío te sirven para darte un poco cuenta de que estamos en este mundo algo más solos de lo que aparentamos, pero no tanto como creemos. A veces, son gente que vive muy lejos de ti; gente a la que ni siquiera has llegado a conocer en persona, o gente a la que has conocido hace relativamente poco la que se acuerda de ti, aunque sea para comentarte alguna chorrada solo para levantarte el ánimo. Quizás no necesitamos más para saber que alguien está ahí, sin importar que esa persona tenga familia, que se pegue trabajando doce horas seguidas o que viva a quinientos kilómetros de distancia. Cuando hablo con esa gente es cuando siento, para variar, que lo mismo no soy tan inútil. Que igual valgo la pena como persona aunque sea un poquito. Al menos no me siento tan mal conmigo mismo, y eso supongo que ya es algo.

Ante todo esto la cuestión que se plantea a partir de aquí es qué me voy a encontrar el año que viene. ¿Será por fin el cambio que espero, que deseo y que (por qué no decirlo) creo que me merezco de una vez? ¿O dentro de trescientos sesenta y cinco días acabaré escribiendo un post exactamente igual que este, y exactamente igual que el del año pasado?
Por si sí o por si no, me parece que no voy a hacer ningún pronóstico. Imagino que entenderéis por qué.

domingo, 13 de agosto de 2017

Angst- La naturaleza del miedo



Se dice que somos la suma de nuestros miedos. Que todos nuestros temores y nuestros asuntos no superados se acumulan en nuestro interior, generando fantasmas que nos persiguen en nuestro día a día. Que del hecho de que superemos o no nuestros temores dependen nuestros actos futuros, nuestros cursos de acción. Tanto si afrontamos un temor como si no lo hacemos, nuestra vida deja de ser la misma para siempre y toma una nueva dirección. Podemos decir así que cada uno de esos fantasmas es un hito en el camino; o una encrucijada, si quieres.

Tendemos a pensar en lo que nos atemoriza como algo objetivamente espantoso. La versión adulta del monstruo en el armario, aunque desprovisto de ese tinte sobrenatural. Aunque a veces puede suceder y, de un modo bastante evidente, sí hay cosas terribles que nos atemorizan (enfermedades, la muerte, o cualquier cosa que suponga una amenaza en potencia para nuestra integridad física), lo cierto es que el miedo no posee una forma específica. Se esconde en nuestro interior y toma las formas más insólitas, hasta el punto de adquirir aquellas que solo tienen significado para nosotros.

El terror puede ser pensar que todo lo que posees, aquello que te proporciona una cierta felicidad, mañana dejará de estar ahí por las razones que sean.
Puedes sentir terror solo de pensar en palabras que no quieres oír, pues su significado acabaría por trastocar buena parte de aquello en lo que crees.
O incluso que seas tú quien pronuncie las palabras desacertadas y causes un daño irreparable a aquellos a los que jamás harías daño de manera voluntaria.
El miedo a fracasar en aquello que te importa.
El miedo a no ser capaz de hacer feliz a la gente que quieres.

Temores más profundos, como ver que ciertos ciclos de tu vida se repiten. Que, de forma indefectible, llega el Invierno y todo se enfría a tu alrededor. Relaciones y sentimientos que se enfrían y mueren. El telón que cae, el espectáculo que termina, las risas que se apagan y el retorno a la oscuridad, a la dispersión. Más terrible se vuelve cuando eres consciente de que lo has vivido una y mil veces, y que las posibilidades de que algo así suceda de nuevo jamás desaparecerán.

El terror a sufrir, a sentir una vez más esa daga helada que te atraviesa de parte a parte. Que te veas a ti mismo condenado a llevar una máscara sonriente cuando por dentro te desgarras y la podredumbre se esparce por tu interior. A que tu alma se parta en dos, a que una parte de ti muera para siempre y los recuerdos más felices se vuelvan tristes. A que te invada la nostalgia, la desazón. Esa horrible sensación de querer recuperar lo perdido y tener la total y más absoluta certeza de que es imposible. De que las cosas no volverán jamás a ser como fueron. De que luchas contra la marea. De que te niegas a reconocer lo inevitable. Que ya no hay nada que hacer.
Aquello que se perdió ya no se puede recuperar.

El miedo se transforma en una visión del futuro en la que echas atrás la mirada y contemplas, desde la más absoluta y aplastante soledad, todos tus errores. Las palabras que no dijiste, y aquellas que dijiste, pero que cayeron en saco roto. Todas tus batallas luchadas y perdidas, de la primera a la última. Como si el destino hubiese querido que llegases a ese punto o, mucho más espantoso aún, como si hubieses tenido tus cartas en la mano y no hubieses encontrado otra forma peor de jugarlas.
El terror es el tiempo que sabes que has perdido, llevando a cabo empresas que esperabas que te llevaran a buen puerto, pero que no han supuesto más que la zozobra, una y otra, y otra vez. Tantas que no te resulta fácil cuantificarlas. Solo puedes ver los mares de polvo y ceniza que has dejado a tu alrededor. Vastas extensiones de tierra árida en la que nada puede crecer, cubiertas por los vestigios de aquello que luchaste por mantener vivo y no fuiste capaz.

Miedo a no hacer las cosas lo bastante bien. A no cumplir las expectativas, ni de otros ni de ti mismo. A acabar por aceptar que no eres más que otra persona insignificante en este mundo, y que no eres más especial que cualquier otro. Ni siquiera pareces especial, a secas. Eres un ser anónimo, y tu huella en el mundo está limitada a tus acciones. Tus acciones no traspasan mucho más allá de tu entorno; y aun limitándote a tu entorno, sabes que no todo lo que haces es importante. Ni siquiera positivo. Porque cometes infinidad de errores, algunos de ellos garrafales. Es entonces cuando piensas que, el día menos pensado, aquellos que hoy en día te quieren se pueden acabar hartando de esos errores. Piensas que igual no te mereces que te soporten, y que demasiada paciencia tienen contigo. Y te sientes culpable, muy culpable, de todos esos errores que has cometido. Puedes disculparte, e incluso pueden perdonarte, pero... ¿eres capaz de perdonarte a ti mismo?

Miedo a la distancia. Al "Se acabó". Al "Hay algo que debo decirte".
Al "Cada uno por su lado". Al "Esa etapa terminó ya".
Miedo al futuro, y a la inestabilidad del presente.
Miedo a que se repitan los horrores del pasado.
Miedo al "Me has defraudado". Al "Esperaba más de ti".
Al "No eres lo bastante bueno para mí".

Al dolor. A la tristeza. A la corrupción de los sentimientos.
Miedo a que esa parte oscura que anida en todos nosotros se apodere de ti y seas incapaz de hallar la luz.
Miedo a las disputas. A los puntos sin retorno. A los fracasos sin arreglo posible.
Miedo a perder todo aquello que te esfuerzas por mantener vivo.

Miedo a mirarte en el espejo una buena mañana y preguntarte a ti mismo cómo las cosas han llegado a esa situación. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Qué fue lo que hiciste tan mal para que todo se viniera abajo? ¿Cómo podrías haberlo arreglado? Y, de saberlo, ¿por qué no lo hiciste? ¿Qué te frenó en su momento? ¿Qué era lo que temías?

Miedo a la idea de destino. A que, hagas lo que hagas por solucionar las cosas, tú mismo seas el que provoque el fracaso. Que sea tu mano, pese a tus buenas intenciones, la que ponga fin a todo cuanto querías salvaguardar. Que, como si de una tragedia clásica, estuvieras abocado a llevar la destrucción a tu alrededor. A sembrar el caos al que siempre has intentado enfrentarte. Que tus ideales, tus buenos propósitos y tus valores no sirvan absolutamente para nada. Que lo único que acabe quedando entre tus manos sea óxido, que dentro de tu corazón no haya más que vacío y que todo a tu alrededor quede cubierto de hielo y hollín.
Frío, suciedad, podredumbre.
Lejos quedaron el calor y la luz. Las risas y las promesas.

Al final, temes, todos nos separamos. Todos tomamos nuevos caminos. Nuestro entorno cambia, nuestros sentimientos cambian. No sirve de nada echar de menos aquello que no va a volver... y sin embargo lo haces. Así que tan sólo puedes arrodillarte sobre esa capa grís de hielo y hollín, agachar la cabeza y lamentarte por aquello que no fuiste capaz de conservar.
Al final del camino, poca cosa queda. El fuego se apaga. Las voces callan. La luz deja paso a las sombras, así como el calor al frío. Lo que está junto, se separa para no volverse a unir jamás. Los muros caen como castillos de naipes. El oro pierde su brillo. La música deja de sonar y los invitados empiezan a marcharse. Solo el dolor está ahí para acompañarte. Solo el dolor, mientras el telón cae y el escenario queda vacío.

lunes, 24 de abril de 2017

Angst- Purgatorio



¿Alguna vez has tenido la sensación de que estás condenado a vivir lo mismo un día y otro? No me refiero, por supuesto, de forma literal, como sucedía en la peli aquella de Bill Murray en que cada vez que se levantaba estaba condenado a vivir el mismo día una y otra vez hasta que hacía las cosas bien. No me refiero a eso, y creo que la mayoría de los que me leéis sois plenamente conscientes de ello.
Me refiero más bien a esa sensación de que tu vida no solo no evoluciona, sino que no tiene visos de hacerlo: esa especie de impresión que tenemos cuando, hagamos lo que hagamos, no parecemos movernos del mismo sitio. Algo así como si estuviéramos condenados a repetir los mismos errores una, y otra, y otra vez. Así hasta que llega un momento en que perdemos la cuenta y nos movemos por una simple inercia. Porque no sabemos ya cómo actuar para dejar de cagarla.

Esa sensación de fracaso constante se puede sumar sin demasiados problemas a la de no sentirte lo bastante bueno para según qué cosas (o para todas, ya que estamos). Como he mencionado muchísimas veces a lo largo de esta sección, de querer, pero no poder. Ni siquiera acercarte a ello. De ser lógicamente descartado entre muchas posibilidades, si bien no contar siquiera entre las opciones. De poner toda tu voluntad, tu esfuerzo, tu corazón y tu alma solo para quedarte en el mismo sitio, contemplando tu universo con una mirada estúpida en el rostro y preguntándote cómo te las apañas para ser una cosa tan inútil.
Frustración, supongo que se llama.


Quizás has sentido eso de contemplar el mundo sintiéndote de lo más solo, sin entender absolutamente nada... y además sintiéndote fatal por eso mismo.


Pasa también cuando, de forma inevitable, tu entorno cambia todo lo que no cambias tú. Todo empieza a fluir y poca cosa permanece, salvo tú, que sigues ahí en medio, con tu cara de idiota, intentando buscar algo a lo que agarrarte y que te permita evolucionar aunque sea un poquito. Que oye, lo intentas, pero a menudo te preguntas para qué, porque ya no es solo lograrlo. Es fracasar de una manera tan estrepitosa que ya llegas al punto de callarte y hacerte una bola en un rincón para que no se note la pedazo de vergüenza que sufres.

Pero volvamos a esa sensación inicial. A la de estar sumido en una situación personal (o laboral, o lo que quieras, porque todo va en el mismo plan) que parece inmutable. Cada día que te levantas, aunque no es el mismo hablando de forma literal, resulta ser un calco del día anterior. El día siguiente, te temes, no será muy diferente. Un día, y otro, y otro más. El tiempo pasa y tú sigues ahí, atrapado. Sin moverte. Sin avanzar, o no avanzando de manera significativa. Reviviendo no solo cada día, sino cada error, de una forma casi inevitable. Sin posibilidad aparente de que llegues a la luz en medio de la oscuridad. Algo así como una especie de purgatorio, donde expías vete tú a saber qué pecado.


Cruces, al menos, cargas con unas pocas.


¿Conclusiones? No llegas a muchas, o no a muchas nuevas. Sabes que tienes que cambiar, que salir de ese purgatorio que es al mismo tiempo tu zona de confort. Eso, por supuesto, supone tener que afrontar un millón de miedos que te superan a día de hoy. La alternativa, seguir sintiéndote una persona de segunda fila. La opción no tomada o ni siquiera tenida en cuenta. No hablamos de algo fácil, pues los humanos somos seres de costumbres, hechos para mantenernos en un entorno seguro y evitando correr todos los riesgos posibles a menos que sea estrictamente necesario. Y es siendo necesario y todavía nos cuesta deshacernos de según qué cosas. Llevar a cabo según qué sacrificios. Cambiar según qué conceptos. Romper según qué esquemas. Imaginadlo en el caso de alguien que ni es especialmente valiente, ni sabio, ni mucho menos fuerte.
Aun de no ser así, enfrentarnos a nosotros mismos siempre es duro. Siempre es la peor de las batallas, porque no existe mayor enemigo que el que llevamos con nosotros. Es quien sabe explotar a fondo nuestros temores más íntimos; quien nos recuerda lo que no somos (y querríamos ser), así como lo que somos (y no queremos ser). Conoce todas nuestras debilidades y sabe cuándo y cómo hacer el máximo daño con el mínimo esfuerzo.


Y menudas hostiacas endiña.


Así que lo único que puedes hacer, hasta que empieces a reunir las fuerzas necesarias es desaparecer durante un período prudencial de tiempo. Reflexionar y tomar perspectiva. Valorar la soledad, para variar, en vez de sentirte aterrorizado por ella. Aprender a aceptar que, si no encuentras tu lugar en un mundo en el que no sientes que perteneces, al menos tendrás que aprender a aceptar la clase de persona que eres, con todo lo bueno y todo lo malo que ello conlleva. Eso, o soñar con refugiarte en tu propio mundo interior, donde nada ni nadie podrá jamás hacerte daño. Quizás algo menos maduro, y no tan sano... pero es una medida de escape como otra cualquiera. A veces incluso necesaria cuando te levantas cada mañana en un bucle y cuando tus progresos no consiguen ponerse a la altura de tus fracasos. Cuando cada dos por tres te recuerdan que no eres lo que deberías ser. Lo que se espera de ti, o de alguien como tú. Que eres, a grandes rasgos, un pobre fracasado con buenas intenciones, pero nada más que eso. No eres gran cosa, ni das para mucho. Hay mil como tú, y de esos mil, probablemente casi todos lo hacen todo mejor que tú. Ni eres especial para prácticamente nadie, ni eres diferente de cualquier otro ladrillo en el muro. El impacto que estás dejando en el universo a tu alrededor no es ni mucho menos tan permanente como crees. Quizás los que te rodean, de aquí a cierto tiempo acaben por olvidarse de ti, tal y como lo hicieran ya muchos otros en el pasado.
Con un panorama así, necesitas escapar a algún lugar donde sí eres lo que siempre has querido ser y, por el motivo que sea, nunca has podido. Donde si dejes esa huella y donde puedas ser tú mismo sin sentirte juzgado ni acusado de nada. Si ese mundo no existe a tu alrededor, por lo menos permítete que exista en tu interior y te proporcione parte del alivio que no eres capaz de encontrar por otros medios. Al fin y al cabo, tener los pies en la tierra tampoco ha mejorado tu vida ni te ha hecho más feliz. De lo contrario, no tendrías que recurrir a algo así.

sábado, 1 de abril de 2017

Angst- Mea Culpa



Imagina un castillo de arena frente a ti. No uno cualquiera, sino uno de esos realmente elaborado. Imagínalo, si quieres, como una impresionante ciudadela, lleno de detalles. Torres, murallas, puentes, portones... añade los detalles que quieras. Tienes el castillo ante ti y te resulta impresionante, pero no del todo perfecto. Conforme observas, te das cuenta de que hay algunas partes que están sin terminar. Otras no están mal, pero consideras que podrían reforzarse un poco para que la estructura tenga algo más de solidez. Así que te acercas e intentas retocarlo un poco. Es en ese momento en que acaricias la arena con tus dedos cuando toda la estructura se viene abajo. La estructura de arena tan espectacular y tan genial que tenías ante ti se desmorona hasta los cimientos. Y tú te quedas ahí en medio, enterrado hasta casi el cuello por lo que tú mismo has causado.

A veces pienso que mi relación con mi entorno es un poco así. Doy lo que creo que es lo mejor de mí mismo, pero de un modo u otro acabo con la sensación de que yo mismo soy el que provoca todos los conflictos, el que asfixia y el que, a largo plazo, resulta siendo incluso un incordio.
Para entender un poco este planteamiento, echemos un vistazo a algunos posts anteriores de esta misma sección: habéis visto cómo, a lo largo de estos, me he sentido cada vez más aislado o he sentido que no pertenezco a este mundo. También os he contado cómo basta oír una palabra en un momento desacertado para sentirme muy, pero que muy mal. Y lo mismo habéis dicho "Pobrecito, menudo universo en el que se mueve".
Y he ahí el error. Error, más mío que vuestro; al fin y al cabo, yo solo os cuento las cosas, pero lo hago desde un punto de vista que, a cada día que pasa, me doy más cuenta de que está sesgado y limitado. Por mi propia ignorancia, podría decirse. Por qué no, por mi propio egoísmo. También creo que por esa tendencia que sufro a sentirme especialmente vulnerable sin motivo aparente. En resumidas cuentas, yo os cuento la película, pero tiene que pasar algo de tiempo para darme cuenta de que ni siquiera yo la estoy viendo como algo real.


Tal vez yo mismo me pongo las cadenas y no veo más que sombras por todas partes...


De ahí que empiece a pensar que yo soy el culpable de todo. De que tal vez la gente no se aleje de mí, sino que inconscientemente yo provoque que sea la gente la que acabe haciéndolo. Puedo tener las mejores intenciones del mundo (y os doy mi palabra de honor de que eso es verdad), pero eso no quita que mi cabeza vaya por otros derroteros. Que me tome a mal cosas que no deberían importarme... más que nada, porque carecen de importancia alguna. Que acabe enzarzado en una y mil discusiones que no tienen el más mínimo objeto, ni el más mínimo sentido, con gente con las que no debería ni tenerlas. Que, por mucho que odie admitirlo, resulte que sea yo el que ni atiende a razones ni escucha.
Es duro cuando te das cuenta de que día a día te esfuerzas por ser mejor y por querer dar lo mejor de ti y no haces más que cagarla por todas partes.

A estas alturas no sé ya ni cuántas veces he podido meter la pata. Solo puedo deciros que son muchas, tantas que a veces hasta me da verdadera vergüenza. No sé si es que a estas alturas no soy capaz de relacionarme de una manera sana con mi entorno o que lo mismo no tengo medida para según qué actitudes. No lo sé. Lo único que sé es que de vez en cuando hago exámenes de conciencia y no me gusta demasiado lo que veo. En contra de lo que pueda parecer (pues sé que muchos de vosotros me habéis llegado a ver como una persona muy, muy arrogante y bastante soberbia), me he sentido muy mal al ver que no soy tan bueno como debería, o como me gustaría ser. Hago lo que puedo, sí, pero no sé si es que eso no es suficiente o es que me paso y acabo cagándola por todas partes. Al final, lo único que saco en claro es que no me siento una persona madura, ni comprensiva ni mucho menos generosa. Y tiene gracia, porque es justo la clase de persona que me gustaría ser, y la que me esfuerzo por ser... pero cuanto más claro veo lo que creo que debe hacerse, más me doy cuenta de que eso genera un tremendo malestar.


Te ves tu reflejo y resulta ser algo así.
Aunque con el pelo algo más corto.


Que sí, que lo mismo os encanta cuando planto los pies en el suelo y le llevo la contra a todo el mundo porque creo que es lo correcto. Eso suena genial visto desde fuera, ¿verdad? Pero desde dentro se ve diferente: al fin y al cabo, cada vez que hago eso... todas y cada una de las veces, estoy generando un terrible conflicto. Conflicto con otras personas (cosa que, aquí donde me veis, detesto. No me gusta discutir. No me gusta enfrentarme a la gente. No me gusta tener roces de ese tipo) y conflicto conmigo mismo, acerca de si he hecho lo correcto, si lo he hecho del modo correcto, si ese conflicto me va a afectar a largo plazo, si realmente va a resultar que soy yo el que está equivocado y no al revés.

Os he comentado muchísimas veces que suelo actuar según aquellos valores en los que creo. Eso también suena muy noble, ¿a que sí? Sin embargo, tener valores no nos pone por encima de los demás. Actuar según ellos hace que tarde o temprano nos encontremos cruzando con gente que también actúa en base a los suyos y acabas con el dilema de si tus valores resultan ser más nobles que los del prójimo. Es ahí cuando tu ideología se desmorona como un castillo de naipes y te planteas de arriba abajo si eres tú el bueno o no eres más que otro agente del Caos. Te nace la pregunta de que, si va a resultar que por mantener tu entorno en orden se te va tanto la pinza que al final lo que estás haciendo es ponerlo todo patas arriba y convertirte tú solito en una de esas cosas contra las que juraste luchar.


Hay que asumirlo: tantos platos rotos no pueden ser solo culpa de los demás.


Ante esto supongo que la reacción más lógica, sana, sensata o madura es actuar de manera que ese tipo de conflictos te importen tres leches. Te das cuenta de que no eres ni lógico,  ni sano, ni sensato ni mucho menos maduro cuando resulta que te das cuenta de que esas cosas sí que te importan. Quizás es porque tu vida, a grandes rasgos, es tan simple que tienes que ocuparla con chorradas de este calibre. Asúmelo: no tienes una casa de la que ocuparte, ni un trabajo que se pueda decir que te ocupe el tiempo que le ocupa a una persona adulta, no tienes una vida en pareja ni responsabilidades que puedan llamarse seria. Te pones a pensarlo y tienes exactamente la misma vida que tenías hace veinte años, cuando todavía ibas al instituto. Quizás es la clase de cosas que te ponen en tu sitio y hacen que, pensándolo mejor, tu opinión realmente no cuenta tanto ante según qué conflictos. La que hace que dejes de mirarte el ombligo de una vez y aceptes que realmente ni tienes tanto por lo que quejarte, o al menos no puedes quejarte de nada que no hayas provocado tú solito.

Es algo muy duro de aceptar y, si lo piensas, es complicado llegar a estas conclusiones sin plantearte qué narices has estado haciendo con tu vida mientras tu entorno parece evolucionar y alcanzar una vida a la que tú ni siquiera pareces aspirar. Es fácil decir, por tanto, que si no has dado según qué pasos es porque no te ha dado la gana y porque vives muy cómodo en tu zona de confort. Lo difícil es sentarte y pararte a pensar que, lo mismo es cierto. Lo mismo no eres una persona tan valiente como aparentas y en el fondo adoptas las posturas cómodas porque el mundo, ese mundo que hay ahí fuera, te resulta demasiado frío y hostil, pobrecito. Es entonces cuando todas las voces que han querido abrirte los ojos a tu alrededor te suenan más y más altas. Tal vez todos aquellos que decías que intentaban arreglarte la vida, y que te decían lo que tenías que hacer en vez de preguntarte qué querías hacer resultaban ser simplemente gente que se preocupaba por ti y que tú, en tu inmadurez y en tu cobardía, te negabas a escuchar. Porque esa zona de confort, como su nombre indica, es muy cómoda. Porque tal vez te has habituado a tener una vida relativamente protegida de todo mal, donde pocas cosas de las que haces te acarrean, de momento, consecuencias.


Y de ahí no sales, oye.


Y pasan los años y ahí sigues, exactamente igual que donde estabas. Y sabes que deberías hacer algo por mejorar, pero las soluciones que encuentras te resultan terroríficas o directamente amenazantes para ese pequeño mundito que te has construido. El reloj pasa a cada segundo. Tu entorno sigue cambiando, evolucionando, mientras que tú sigues ahí, exactamente en el mismo sitio donde estabas ayer, donde estabas hace un año. Donde has estado toda tu vida. Quieres, pero no puedes; o puedes, pero no quieres. Tanto da. La cuestión es que no haces nada.

Así pasa: miras atrás y lo único que te encuentras es un puñado de decisiones mal tomadas, errores como para parar un tren. Una lista interminable de veces en las que eras tú solo contra todo tu Universo, para acabar cayendo en la cuenta de que si todo tu Universo estaba en tu contra era por algo y no por gusto. ¿Cuántas veces creíste tener una idea que podía marcar la diferencia y resultó no ser más que otra cagada que añadir a tu curriculum? ¿Cuántas veces te negaste a escuchar a gente más sensata que tú para acabar dándoles la razón cuando ya era tarde? ¿Cuántas veces has acabado con la impresión de que no haces más que fracasar por todas partes? Tal vez, por tanto, tenga sentido que a veces sientas que algunos te tratan como si fueras idiota; es posible que sencillamente recibas el trato que te mereces, simple y llanamente porque no das para mucho más. Porque no tienes esa madurez que deberías tener a tu edad. Porque careces de la ambición necesaria a estas alturas de la vida. Porque ya deberías haber hecho demasiadas cosas que ni siquiera te planteas hacer.
Porque lo mismo no estás a la altura de lo que se debería esperar de alguien en el punto en que estás tú.


Tal vez esta sea la palabra.


Así que sí, supongo que todo lo que me sucede es culpa mía.
No sé por qué no he asumido ya que mi mundo interior no me va a solucionar la vida. Que lo que me hace feliz lo tengo sencillamente porque sigo mis caprichos, pero no porque realmente merezca tenerlo. No sé por qué no hago más de lo que hago, que de por sí es de poco tirando a nada, y tampoco sé por qué no me enfrento de una vez por todas a este tipo de cosas y me demuestro a mí mismo de lo que soy capaz.
Quizás es que me siento poco capaz de llevar a cabo según qué cosas. Quizás es porque tenéis toda la razón y no soy más que un cobarde. No sé, quizás no soy tan maravilloso como algunos pensáis que soy y no soy más que alguien muy torpe para el mundo en que debe vivir y que, en el fondo, no se merece lo que tiene y que, a la larga, acaba destrozando todo lo que toca.