¿Alguna vez has tenido la sensación de que estás condenado a vivir lo mismo un día y otro? No me refiero, por supuesto, de forma literal, como sucedía en la peli aquella de Bill Murray en que cada vez que se levantaba estaba condenado a vivir el mismo día una y otra vez hasta que hacía las cosas bien. No me refiero a eso, y creo que la mayoría de los que me leéis sois plenamente conscientes de ello.
Me refiero más bien a esa sensación de que tu vida no solo no evoluciona, sino que no tiene visos de hacerlo: esa especie de impresión que tenemos cuando, hagamos lo que hagamos, no parecemos movernos del mismo sitio. Algo así como si estuviéramos condenados a repetir los mismos errores una, y otra, y otra vez. Así hasta que llega un momento en que perdemos la cuenta y nos movemos por una simple inercia. Porque no sabemos ya cómo actuar para dejar de cagarla.
Esa sensación de fracaso constante se puede sumar sin demasiados problemas a la de no sentirte lo bastante bueno para según qué cosas (o para todas, ya que estamos). Como he mencionado muchísimas veces a lo largo de esta sección, de querer, pero no poder. Ni siquiera acercarte a ello. De ser lógicamente descartado entre muchas posibilidades, si bien no contar siquiera entre las opciones. De poner toda tu voluntad, tu esfuerzo, tu corazón y tu alma solo para quedarte en el mismo sitio, contemplando tu universo con una mirada estúpida en el rostro y preguntándote cómo te las apañas para ser una cosa tan inútil.
Frustración, supongo que se llama.
Quizás has sentido eso de contemplar el mundo sintiéndote de lo más solo, sin entender absolutamente nada... y además sintiéndote fatal por eso mismo.
Pasa también cuando, de forma inevitable, tu entorno cambia todo lo que no cambias tú. Todo empieza a fluir y poca cosa permanece, salvo tú, que sigues ahí en medio, con tu cara de idiota, intentando buscar algo a lo que agarrarte y que te permita evolucionar aunque sea un poquito. Que oye, lo intentas, pero a menudo te preguntas para qué, porque ya no es solo lograrlo. Es fracasar de una manera tan estrepitosa que ya llegas al punto de callarte y hacerte una bola en un rincón para que no se note la pedazo de vergüenza que sufres.
Pero volvamos a esa sensación inicial. A la de estar sumido en una situación personal (o laboral, o lo que quieras, porque todo va en el mismo plan) que parece inmutable. Cada día que te levantas, aunque no es el mismo hablando de forma literal, resulta ser un calco del día anterior. El día siguiente, te temes, no será muy diferente. Un día, y otro, y otro más. El tiempo pasa y tú sigues ahí, atrapado. Sin moverte. Sin avanzar, o no avanzando de manera significativa. Reviviendo no solo cada día, sino cada error, de una forma casi inevitable. Sin posibilidad aparente de que llegues a la luz en medio de la oscuridad. Algo así como una especie de purgatorio, donde expías vete tú a saber qué pecado.
¿Conclusiones? No llegas a muchas, o no a muchas nuevas. Sabes que tienes que cambiar, que salir de ese purgatorio que es al mismo tiempo tu zona de confort. Eso, por supuesto, supone tener que afrontar un millón de miedos que te superan a día de hoy. La alternativa, seguir sintiéndote una persona de segunda fila. La opción no tomada o ni siquiera tenida en cuenta. No hablamos de algo fácil, pues los humanos somos seres de costumbres, hechos para mantenernos en un entorno seguro y evitando correr todos los riesgos posibles a menos que sea estrictamente necesario. Y es siendo necesario y todavía nos cuesta deshacernos de según qué cosas. Llevar a cabo según qué sacrificios. Cambiar según qué conceptos. Romper según qué esquemas. Imaginadlo en el caso de alguien que ni es especialmente valiente, ni sabio, ni mucho menos fuerte.
Aun de no ser así, enfrentarnos a nosotros mismos siempre es duro. Siempre es la peor de las batallas, porque no existe mayor enemigo que el que llevamos con nosotros. Es quien sabe explotar a fondo nuestros temores más íntimos; quien nos recuerda lo que no somos (y querríamos ser), así como lo que somos (y no queremos ser). Conoce todas nuestras debilidades y sabe cuándo y cómo hacer el máximo daño con el mínimo esfuerzo.
Así que lo único que puedes hacer, hasta que empieces a reunir las fuerzas necesarias es desaparecer durante un período prudencial de tiempo. Reflexionar y tomar perspectiva. Valorar la soledad, para variar, en vez de sentirte aterrorizado por ella. Aprender a aceptar que, si no encuentras tu lugar en un mundo en el que no sientes que perteneces, al menos tendrás que aprender a aceptar la clase de persona que eres, con todo lo bueno y todo lo malo que ello conlleva. Eso, o soñar con refugiarte en tu propio mundo interior, donde nada ni nadie podrá jamás hacerte daño. Quizás algo menos maduro, y no tan sano... pero es una medida de escape como otra cualquiera. A veces incluso necesaria cuando te levantas cada mañana en un bucle y cuando tus progresos no consiguen ponerse a la altura de tus fracasos. Cuando cada dos por tres te recuerdan que no eres lo que deberías ser. Lo que se espera de ti, o de alguien como tú. Que eres, a grandes rasgos, un pobre fracasado con buenas intenciones, pero nada más que eso. No eres gran cosa, ni das para mucho. Hay mil como tú, y de esos mil, probablemente casi todos lo hacen todo mejor que tú. Ni eres especial para prácticamente nadie, ni eres diferente de cualquier otro ladrillo en el muro. El impacto que estás dejando en el universo a tu alrededor no es ni mucho menos tan permanente como crees. Quizás los que te rodean, de aquí a cierto tiempo acaben por olvidarse de ti, tal y como lo hicieran ya muchos otros en el pasado.
Con un panorama así, necesitas escapar a algún lugar donde sí eres lo que siempre has querido ser y, por el motivo que sea, nunca has podido. Donde si dejes esa huella y donde puedas ser tú mismo sin sentirte juzgado ni acusado de nada. Si ese mundo no existe a tu alrededor, por lo menos permítete que exista en tu interior y te proporcione parte del alivio que no eres capaz de encontrar por otros medios. Al fin y al cabo, tener los pies en la tierra tampoco ha mejorado tu vida ni te ha hecho más feliz. De lo contrario, no tendrías que recurrir a algo así.
Cruces, al menos, cargas con unas pocas.
¿Conclusiones? No llegas a muchas, o no a muchas nuevas. Sabes que tienes que cambiar, que salir de ese purgatorio que es al mismo tiempo tu zona de confort. Eso, por supuesto, supone tener que afrontar un millón de miedos que te superan a día de hoy. La alternativa, seguir sintiéndote una persona de segunda fila. La opción no tomada o ni siquiera tenida en cuenta. No hablamos de algo fácil, pues los humanos somos seres de costumbres, hechos para mantenernos en un entorno seguro y evitando correr todos los riesgos posibles a menos que sea estrictamente necesario. Y es siendo necesario y todavía nos cuesta deshacernos de según qué cosas. Llevar a cabo según qué sacrificios. Cambiar según qué conceptos. Romper según qué esquemas. Imaginadlo en el caso de alguien que ni es especialmente valiente, ni sabio, ni mucho menos fuerte.
Aun de no ser así, enfrentarnos a nosotros mismos siempre es duro. Siempre es la peor de las batallas, porque no existe mayor enemigo que el que llevamos con nosotros. Es quien sabe explotar a fondo nuestros temores más íntimos; quien nos recuerda lo que no somos (y querríamos ser), así como lo que somos (y no queremos ser). Conoce todas nuestras debilidades y sabe cuándo y cómo hacer el máximo daño con el mínimo esfuerzo.
Y menudas hostiacas endiña.
Así que lo único que puedes hacer, hasta que empieces a reunir las fuerzas necesarias es desaparecer durante un período prudencial de tiempo. Reflexionar y tomar perspectiva. Valorar la soledad, para variar, en vez de sentirte aterrorizado por ella. Aprender a aceptar que, si no encuentras tu lugar en un mundo en el que no sientes que perteneces, al menos tendrás que aprender a aceptar la clase de persona que eres, con todo lo bueno y todo lo malo que ello conlleva. Eso, o soñar con refugiarte en tu propio mundo interior, donde nada ni nadie podrá jamás hacerte daño. Quizás algo menos maduro, y no tan sano... pero es una medida de escape como otra cualquiera. A veces incluso necesaria cuando te levantas cada mañana en un bucle y cuando tus progresos no consiguen ponerse a la altura de tus fracasos. Cuando cada dos por tres te recuerdan que no eres lo que deberías ser. Lo que se espera de ti, o de alguien como tú. Que eres, a grandes rasgos, un pobre fracasado con buenas intenciones, pero nada más que eso. No eres gran cosa, ni das para mucho. Hay mil como tú, y de esos mil, probablemente casi todos lo hacen todo mejor que tú. Ni eres especial para prácticamente nadie, ni eres diferente de cualquier otro ladrillo en el muro. El impacto que estás dejando en el universo a tu alrededor no es ni mucho menos tan permanente como crees. Quizás los que te rodean, de aquí a cierto tiempo acaben por olvidarse de ti, tal y como lo hicieran ya muchos otros en el pasado.
Con un panorama así, necesitas escapar a algún lugar donde sí eres lo que siempre has querido ser y, por el motivo que sea, nunca has podido. Donde si dejes esa huella y donde puedas ser tú mismo sin sentirte juzgado ni acusado de nada. Si ese mundo no existe a tu alrededor, por lo menos permítete que exista en tu interior y te proporcione parte del alivio que no eres capaz de encontrar por otros medios. Al fin y al cabo, tener los pies en la tierra tampoco ha mejorado tu vida ni te ha hecho más feliz. De lo contrario, no tendrías que recurrir a algo así.




No hay comentarios:
Publicar un comentario