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lunes, 28 de noviembre de 2011

El Gusano Interior- Capítulos 1 al 6



Según he ido leyendo a tenor de algunas críticas y comentarios (todas constructivas, que nadie vaya afilando las estacas), ha quedado demostrado que la lectura de los capítulos de la novela El Gusano Interior, escrita por un servidor, resulta algo incómoda de leer, por eso de que la recencia de los posts en este blog hace que haya que ir "cavando" hasta llegar al primero. Como Rumbo a la Distopía agradece y se hace eco del feedback de su pequeño (pero fiel) número de lectores, aprovecha los meses en los que esta sección ha quedado inactiva para hacer una recopilación de lo ya visto hasta entonces. Esta vez, lo iremos añadiendo por orden cronológico y no por orden de subida al blog.

Ni que decir tiene que cualquier comentario, sugerencia, pregunta, crítica o insulto descarnado será debidamente tramitado como se merece y respondido a la mayor brevedad posible.

AVISO: Esta NO es la versión corregida y (esperemos) definitiva del texto, sino una beta para testar al público en Internet, así que es posible que encontréis alguna errata o palabra repetida. Esperamos que no os importe.

Dicho esto, pasamos al material:

Capítulo 1:


Capítulo 2:


Capítulo 3:


Capítulo 4:


Capítulo 5:


Capítulo 6:

martes, 31 de mayo de 2011

El Gusano Interior, por Javier Durán: Acto I, capítulo 6



La muchedumbre se arremolinaba ante la capilla. Eran una masa gris, homogénea. Como la leyenda griega del gigante Argos, todas aquellas personas se asemejaban más a una única criatura con decenas de ojos abiertos de par en par. El debate urbano a pie de calle, contenido por la verja exterior y por la cinta blanca y azul de la Policía. Al igual que en las películas de terror, aquella singular especie de vampiros era contenida por un sello que delimitaba el suelo sagrado, que no podían pisar. Por aquí y por allá había agentes del Cuerpo y miembros de los diferentes equipos de investigación. No dejaban de moverse por todas partes. Se daban órdenes unos a otros, casi a gritos; se quejaban de que ciertas cosas no funcionasen como deberían. Estaban al borde de la histeria, correteando como una bandada de pollos sin cabeza. Una escena que podría haber resultado divertida, de no ser por la gravedad de lo que se estaba tratando en el interior del templo.
Por encima y por debajo del murmullo general, los aparatos de radio chasqueaban y silbaban; las voces al otro lado sonaban deformadas, distorsionadas. Lo poco que se podía reconocer de algunas de ellas empleaban una jerga ininteligible para el ciudadano de a pie. Lenguaje críptico salpicado de estática.
De cuando en cuando, alguno de los transeúntes desafiaba el sello de la cinta policial y, asomando la cabeza, preguntaba a los agentes sobre lo sucedido. La respuesta, por lo general, era vaga y escueta, ordenando a continuación que circularan, que no podían quedarse allí. Nadie sabía gran cosa y, lo poco que sabían, lo callaban.

César Domínguez llegó teniendo que abrirse paso entre el gentío casi a codazos, como si en vez de ir a trabajar estuviese intentando colarse en el backstage de una banda de rock. No le gustaban demasiado las muchedumbres, especialmente porque tendían siempre a entorpecerlo todo. ¿Por qué la raza humana se comportaba de un modo tan estúpido cada vez que pasaba algo? Cuando no era el típico imbécil que hacía veinte mil preguntas absurdas, estaba el otro que se creía más listo que un forense y, sin mirar siquiera al cuerpo, ya venía con toda una lista de sospechosos, generalmente gente que le caía mal. ¿Tan difícil era que le dejasen hacer su trabajo, por amor de Dios?
Cuando llegó al cordón, mostró la placa que le identificaba como Inspector de Policía y le permitieron pasar. Al agachar la cabeza para internarse en la iglesia, las voces de los curiosos todavía hormigueaban a sus espaldas.
El interior era el típico caos de costumbre: los especialistas habían tomado la zona literalmente, rastreando cualquier pista que pudiese ser de utilidad. Actuaban con tal minuciosidad que cualquiera que no estuviese familiarizado con su forma de trabajar se habría sentido como si pisase un campo de minas. Tocar algo, pisar donde no se debía, podría suponer no encontrar ese minúsculo detalle que podría ayudar a resolver el caso que se les presentaba.

- ¡Eh, Domínguez!- la voz era de su compañero, Antonio Lafuente-, Llevamos un rato esperando, ¿qué ha pasado?
- Un atasco de los gordos- respondió éste, con tono exasperado, mientras se pasaba la mano por las incipientes entradas de su pelo, cortado casi al cero-; el centro está imposible con la cantidad de obras... y encima toda esa gente ahí fuera, que no dejaba pasar. Que es Martes, por los clavos de Cristo, ¿es que nadie trabaja?

Como toda respuesta, su compañero se encogió de hombros con una expresión de patente estoicismo. El motivo era en parte porque tenía razón y en parte porque no le apetecía iniciar un debate que no llevaba a nada.
César Domínguez tenía treinta y ocho años y se había divorciado hacía seis meses. Ninguna historia especial. Nada revestido de esos tintes casi épicos que aparecen en las películas, ni mucho menos; sencillamente, las cosas habían dejado de funcionar bien con su mujer. Intentaron arreglarlo durante casi dos años, pero la cosa no mejoraba. Transcurrido ese tiempo, ambos descubrieron que habían estado engañándose a sí mismos. Que el tema, a pesar de haber puesto buena voluntad, seguía un curso muy definido. Llegados a cierto punto, intentar salvar un barco que llevaba bastante hundiéndose era absurdo. A ninguno le hizo gracia, evidentemente, pero llegaron a la conclusión de que lo mejor era tirar cada uno por su lado antes de hacerse daño mutuamente. Si se podía contar con algo positivo de todo aquello, era el hecho de que no habían llegado a tener hijos. No habría daños colaterales en la refriega.
Su compañero, como amigo que era también, conocía la historia de principio a fin. Era por eso por lo que se mostraba comprensivo en todo momento ante los pequeños bajones de ánimos que tenía Domínguez. Al fin y al cabo, era una cuestión de empatía: lo que le había pasado no era tan raro ni mucho menos. Podía pasarle a cualquiera, él incluido. Por eso, procuraba limitar la conversaciones de carácter personal al máximo mientras estaban trabajando. Antes no estaban mal pero, ahora, con el divorcio reciente, era inevitable tocar el tema y Domínguez perdía bastante el norte. Fue por eso por lo que, siguiendo esa especie de pacto tácito entre ellos, le llevó directamente al cadáver, sin más preámbulos.

- ¿Éste es el cura?
- Varón, treinta y cuatro años. El sacerdote a cargo de la capilla. Déjame comprobar el nombre- Lafuente revisó algunos papeles que tenía en la mano-... Ah, sí. Peñas, se llamaba.

El cuerpo del Padre Peñas yacía en el suelo, más parecido a un muñeco de trapo de los que los niños rellenaban en San Juan para quemarlos que a un ser humano. A juzgar por la posición antinatural de brazos y piernas, la muerte había sido violenta. Muy probablemente, había recibido una paliza impresionante antes de morir. Su piel, además, tenía un aspecto extraño: pálido, reseco y arrugado. Parecía más un papiro viejo que piel humana.
Domínguez recitó mentalmente las palabras que acababa de oír mientras observaba el cuerpo. Junto a ellos, se encontraba uno de los forenses, que seguía buscando algún otro indicio en él.

- Un momento- dijo, tras haber masticado la información- ¿Has dicho treinta y cuatro? Tiene que tratarse de un error. Mírale: el pelo está completamente blanco, y la piel está seca y acartonada. Al verle, diría que no baja de setenta y cinco u ochenta años, si no más.
- Eso no es lo que aparece en la documentación que hemos encontrado... ni en las fotos que hemos encontrado por aquí- Lafuente tendió a su compañero una foto en la que el sacerdote aparentaba más o menos la edad que tenía. Aparentemente, la foto parecía bastante reciente. Uno, dos años, como muy vieja.
- Fíjate en los dedos. Justo antes de que llegaras, López- señaló con la cabeza al forense- me estaba diciendo que tiene rotos los dedos de ambas manos. A este hombre le torturaron antes de morir.
- ¿Torturado? ¿Crees que se trata de un caso de ajuste de cuentas?
- Según hemos podido comprobar, había trabajado como misionero durante un tiempo. Es posible que tuviera contacto con bandas de narcotraficantes... y quizá éstos tuvieran algún asunto pendiente con él.
- Pues mirad esto- interrumpió López, levantando el brazo de la víctima-. Si estamos hablando de narcotraficantes o bandas organizadas, parece ser que hemos dado con alguien nuevo. ¿Veis estas marcas? Parece ser que le clavaron algún tipo de aguja.
- ¿Drogas?- los inspectores se agacharon, con la intención de ver mejor la herida.
- Es pronto para decirlo, pero creo que no... Además, ¿os habéis preguntado dónde está la sangre? A este hombre le dieron una paliza de muerte y no hay ni una gota en toda la escena del crimen.
- ¿Le apalearon y le desangraron como a un animal?- inquirió Lafuente. Es un modus operandi muy poco frecuente. Habría que investigar entre las mafias sudamericanas... o tal vez algo en África. Este hombre había estado en los dos sitios.
- Para desangrar a alguien lo normal es colgarlo boca abajo y practicarle un corte en el cuello- respondió López-. Debería haber marcas pre-mortem en los tobillos... y no las hay. Ni tampoco tenemos corte. Como mucho, tenemos marcas de manos alrededor de la garganta.
- Sigue sin explicar el estado de la piel y del pelo- añadió Lafuente.

Domínguez examinó los pinchazos con detenimiento. Durante algún tiempo, había trabajado en la unidad de Narcóticos, de modo que conocía las señales que dejaba una jeringuilla hipodérmica. También había visto casi todo tipo de heridas punzantes producidas por navajas, estiletes, punzones e incluso destornilladores. Aquello no encajaba ni con unas ni con otras. Después de tantos años trabajando como Policía, encontraba algo nuevo.

- ¿Qué es eso?- le dijo al forense que estaba examinando el cuerpo, mientras señalaba en un punto concreto en la piel de éste-. Fíjate en el cerco alrededor de las heridas… está como amoratado.
- Habría que hacer más pruebas- respondió el especialista-, pero a priori diría que parece algún tipo de infección.
- Me recuerdan a las picaduras de un insecto. A mi hija le picó una vez una araña y se parecía un poco a eso.
- Debía ser una araña muy grande, Lafuente- el tono de López casi sonaba a sorna. Los científicos eran así. Buena gente, pero unos enteradillos cuando alguien se acercaba a meter el pie en su terreno- Si esto fuesen aguijones de un insecto, tendrían que tener… no sé… el tamaño de un lápiz.
- ¿Alguna teoría, entonces?- preguntó Lafuente.
- Tendré que analizar el componente que ha causado la infección, pero en principio lo del ajuste de cuentas me parece lo más plausible. Es posible que el asesino haya usado algún tipo de arma contaminada con algo. Un veneno, o algún agente nocivo.

Se hizo un silencio sepulcral durante unos instantes. Alrededor, los investigadores seguían rastreando cada milímetro de la capilla. El hormiguero seguía bullendo de actividad, mientras ellos calibraban las posibles explicaciones en sus cabezas. Por fin, al darse cuenta de que todavía no tenían los datos suficientes, cejaron en aquella actividad y pasaron a algo más productivo.

- Bueno, vamos a centrarnos en lo que es la reconstrucción del crimen- Domínguez suspiró profundamente mientras decía estas palabras-... el cura fue asesinado aquí mismo, en la nave central, ¿alguna idea de por dónde pudo entrar el asesino?
- La puerta exterior estaba cerrada por dentro- respondió Lafuente.
- Deducimos entonces que acababa de cerrar la iglesia, ¿no?
- Fíjate en esa escoba- señaló al pedazo de madera, que se encontraba apoyado con indiferencia al lado de la puerta-. Acababa de cerrar y estaba barriendo.
- Acababa de cerrar y estaba barriendo... así que el asesino, una de dos: o entra por otra puerta...
- La de la sacristía, al lado del altar. Tampoco está forzada; es posible que le dejarse entrar, o que tuviese una copia de la llave... bueno, Medina ha dicho antes que hay una ventana arriba que no cierra bien; igual entró por ahí...
- ... O bien entra por la puerta principal... o tal vez incluso le deja entrar el cura... y está con él mientras está barriendo.
- Conversando...
- Pero, por algún motivo, parece ser que la conversación se pone fea y empieza el ataque.
- El cura podría intentar correr, pero la puerta principal está cerrada.
- Eso llevaría a buscar la otra salida, que está demasiado lejos- con una mano, señaló en dirección al altar. Debía haber más de quince metros desde donde estaban hasta la otra puerta.
- Le agarran... uno, por el cuello; quizás algún otro le ayude... y le torturan. ¿Cómo lo ves?
- Pues- Domínguez meneó la cabeza y se palpó las sienes-... no termino de verlo del todo claro, pero es una teoría. Yo me quedaría con esta reconstrucción hasta que tengamos algo más sólido.

El resto de la unidad apareció poco después; habían estado junto al resto del equipo forense, investigando en la sacristía y en el resto del edificio. Era un grupo pequeño, de dos hombres y una mujer. Pese a ser bastante diferentes en aspecto y edad, todos tenían un rasgo en común: la expresión de frustración y confusión en la cara. Domínguez no necesitó ser un genio para deducir lo que querían decir. Ninguno de ellos tenía nada.

- La sacristía estaba impoluta- informó uno de los hombres. Un cuarentón regordete con aspecto bonachón llamado Medina-. No se han llevado nada, por lo que podemos descartar el móvil del robo. Domínguez asintió con la cabeza, confirmando así sus sospechas. Aquello era demasiado profesional, y a la vez demasiado pasional, para ser un simple robo. No cuadraba.
- Y ninguno de los especialistas ha encontrado huellas, por ahora- comentó Aguado, la mujer. También conocida como “La Niña”, porque era la oficial más joven de la brigada. Apenas tenía treinta años y ya había demostrado ser una fuera de serie-, ¿por dónde empezamos?
- Por donde siempre- respondió Domínguez-: lo primero, encontrar al entorno cercano del cura. Localizad a la familia, a gente que le conociese... tenemos que enterarnos si tenía algún enemigo. Alguien con quien tuviese problemas.
«Luego, veremos a ver qué nos dicen los del laboratorio. Tal vez con lo que encuentren en las marcas de la víctima tengamos alguna dirección más sólida.
- ¿Y qué pasa con lo del suelo?- contestó Aguado.
- ¿Con lo del suelo?
- No me ha dado tiempo a decírtelo- intervino Lafuente-. Medina y Martos lo encontraron al entrar. El suelo muestra señales como de quemaduras... con forma de pies.

Se acercó a las señales en las baldosas y las miró durante un buen rato. Efectivamente, tenían el aspecto de quemaduras... pero no había hollín en ellas. Simplemente, la silueta de una suela de un tamaño más que considerable se recortaba a la perfección contra la roca oscurecida. Era como si el envejecimiento de la piedra hubiese sido especialmente rápido y caprichoso. Dado que no entendió la causa, decidió lavarse las manos al respecto. Al menos, hasta que los analistas dijesen algo. Entretanto, tenía que ir atando cabos con las pocas piezas que tenía.
Un trabajo limpio. Metódico y sádico. Tenía toda la pinta de ser obra de un profesional.
¿Pero por qué? ¿Qué tenía este hombre para que le hicieran esto?
Por un momento, se le pasó por la cabeza la posibilidad de que el sacerdote no fuese la víctima, sino que se tratase de un aviso a una tercera persona. Sin embargo, pasó la idea por alto; no tenía prueba alguna de ello y sonaba demasiado rebuscado. Había que pensar en algo más cercano. Más personal.

- Esto no parece del todo normal- comentó Martos, que había permanecido sin decir nada todo el rato-... ¿deberíamos al menos contemplar la posibilidad de llamar a esa unidad nueva de la Unión Europea? ¿La especializada en cosas poco frecuentes?

Domínguez también había oído hablar de esa unidad en alguna ocasión, pero nada mínimamente concreto. Había oído que, hacía cosa de un par de años, o dos años y medio, habían resuelto un conflicto en Londres con bastante eficiencia. Sin embargo, todo lo demás que podía oírse al respecto eran rumores, imprecisos y muy probablemente infundados. Nadie sabía nada, realmente. El hermetismo al respecto era casi total.

- De momento, vamos a dejar las cosas como están- respondió, sin querer ofender la personalidad ligeramente paranoica de su subalterno. Cuando no estaba sospechando cosas raras, era un trabajador bastante comprometido-. No me haría ninguna gracia meter a la Unión Europea en esto y que al final resulte no ser nada.
«Pero sí vamos a hacer una cosa- un circuito de su mente se activó y empezó a funcionar como una maquinaria de engranajes bien calibrada-. Aguado, quiero que compruebes si existe algún grupo organizado de tendencias anticlericales. Gente de extrema izquierda, anarquistas radicales, cualquier cosa que encaje con ese perfil. Comprueba denuncias por amenazas provenientes de sacerdotes... colegios religiosos, en el seminario...
«Ah, y me vais a traer al monaguillo. Le vais a sacar toda la información posible, desde si tiene algún antecedente por pequeño que sea hasta conocer su entorno familiar. Puede ser una de las últimas personas que vio al cura con vida y quizás es de las que mejor le conozca. Quiero que os dé también una lista de los feligreses más frecuentes.

Un momento después, el juez apareció para levantar el cadáver, que retiraron de allí en una bolsa de plástico. El clásico ritual casi funerario, lleno de frialdad. Los agentes de la brigada, cuando sucedían estas cosas, procuraban no pensar en aquel pedazo de carne como un ser humano; de hecho, ni siquiera procuraban mirarlo directamente. No por crueldad ni por falta de respeto, sino por una cuestión de salud mental. Pensar que cada cuerpo que veían retirar era una persona que había tenido una vida o una familia y que, a causa de determinados acontecimientos, todo lo que esa persona había sido en el pasado o sería en un futuro se veía truncado de manera drástica e irreversible... era algo difícil de soportar, si se pensaba con detenimiento. Por eso, la mente humana tendía a insensibilizarse. Eso o convertirlo en algo personal. El primer paso para volverse loco.
Cuando hubieron terminado todo cuanto tenían por hacer, Lafuente y Domínguez salieron del templo acompañados del resto de agentes. Se dirigieron hacia el grupo de curiosos, con intención de cruzar la verja de salida. En la calle, el día era agradable y las calles del centro estaban animadas, lo que propiciaba que hubiese más gente todavía que se acercase a enterarse de lo que había pasado. Domínguez echó una mirada a los transeúntes, asqueado. Cada vez que abandonaba una escena del crimen, lo mismo: esas miradas, la mayoría disfrazadas de confusas. No se lo creía; la mitad de las veces tenía la impresión de que toda aquella gente se acercaba para ver si podía ver al muerto. Nunca había entendido esa obsesión, esa extraña necrofilia visual, esperando ver a la víctima e intentando enterarse de los detalles escabrosos. Para él, un cadáver no era precisamente un objeto de diversión. No le hacía nada de gracia, pese a que formaba parte de su trabajo. Ya no era más que un enorme trozo de carne, inerte y que, generalmente, olía mal. Debía tratarse, pues, de la sensación de la novedad. El gusto humano por lo macabro. El morbo. solo había que ver las cabeceras de los telediarios para entenderlo.

En este caso, la gente incluso estaba preguntando si al cura lo había matado algún monaguillo resentido por haber abusado sexualmente de él. Muchos incluso ya lo daban por hecho: “Ha sido un cura, seguro que le encantaba meterle mano a los críos. Habrá sido una venganza, ¡si es que son todos iguales!” Oír comentarios como aquel hacía preguntarse al detective para qué puñetas se había metido en la academia de Policía y había hecho tantos cursos de criminología y psicología criminal. A la mierda con el principio de presunción de inocencia, ya puestos. ¿Para qué estaba la Ley? Si no estuviesen ellos, si no hubiese unas fuerzas del Orden, probablemente volverían a las prácticas ancestrales de buscar un culpable con una antorcha en la mano y ahorcarlo en la plaza más cercana.
Patético.

Pero, entre las caras de expectación o confusión, Domínguez acertó a distinguir a una cara completamente diferente, que observaba la escena con un aspecto dolorido. Un rostro que, pese a no parecer especial, destacaba sobre la masa gris. Se trataba de un hombre de unos treinta y tantos años, bastante desaliñado, vestido con una cazadora vaquera bastante raída y una camiseta estampada que imitaba salpicones de pintura que no dejaba de tocarse el costado izquierdo. No, ese no era como los demás. Había... había algo, algo especial en su forma de mirar que le llamó la atención, aunque no fue capaz de identificarlo. Ese algo que parecía emanar el hombre le confería una presencia atractiva, que hacía imposible dejar de mirarle. De repente, como si fuese consciente de que le estaba observando, el viandante giró la cabeza y su mirada chocó con la de Domínguez. Era intensa, y penetrante, pero totalmente serena. De esa clase que no se puede resistir mucho tiempo, porque tienes la impresión de que, solo con los ojos, puede acceder a los lados más oscuros de ti. Esos que no te atreves a confesar a nadie. Esos que te dan vergüenza.
Apenas había pasado una fracción de segundo, se rindió, incapaz de soportarlo. Se sentía sucio, indigno. Una mala persona. El peor de los gusanos. Había perdido el duelo y se había visto forzado a bajar la vista.

Un instante después, tan leve que se reducía solo una fracción de tiempo apenas perceptible, Domínguez olvidaría ese fugaz encuentro, como si jamás hubiese sucedido.


 
©Javier Durán Valdeiglesias, 2008

miércoles, 25 de mayo de 2011

El Gusano Interior, por Javier Durán: Acto I, capítulo 5




Sara sueña.
Es uno de esos sueños imprecisos, de los que se tienen cuando no conseguimos dormir bien. Las impresiones están insertas con fragilidad en nuestras mentes, y la mayor parte de lo que percibimos es tan difuso que, al despertar, de ellos solo quedan fragmentos abstractos. Sin imágenes, apenas un sonido. Prácticamente nada.
A su alrededor, las sombras se extienden como manchas de tinta. Oye una voz sin voz, que no hace otra cosa que llamarla insistentemente. Aun sin poder ver, le resulta imposible desoírla. Hay algo hipnótico en ella. Camina a tientas en la oscuridad, con una sensación que no se siente capaz de describir. Ni siquiera está segura de si es algo bueno o malo.
Avanza y avanza, hasta que por fin llega a su objetivo. Su cerebro es incapaz de procesar la información completa. Hay sentidos que parecen apagados o entumecidos. solo el tacto parece algo fiable. Y es el de algo reseco y escamoso.
Un momento.
Algo repele a la joven. En la atemporalidad del sueño, no sabría decir cuánto, pero le parece que pasa una eternidad hasta que consigue darse cuenta.
Sea lo que sea lo que haya tocado, está vivo.

Eran cerca de las nueve y media de la mañana y Victoria ya se encontraba en pie, tomando una ducha. Aquella mañana no le tocaba trabajar. Ventajas de tener las horas laborales concentradas en días concretos de la semana. Debía estar cansada, pero no era así. Se había ido a la cama pronto y, pese a haber pasado dos días prácticamente sin haber dormido, había logrado coger el sueño y descansar de golpe. Gracias a Dios.
Tal vez la razón de aquella mejoría se había debido a que, por primera vez en esos dos días, habían logrado conseguir un par de datos sobre lo que podía estar pasando. De acuerdo, no era nada excesivamente sólido, pero ya había algo: un hilo, o mejor dicho, una finísima hebra de la que tirar. Eso era mejor que ninguna otra cosa. Aquel hecho era, con toda seguridad, el principal sospechoso de haberle dado fuerzas: la sensación de incertidumbre era mucho más vana que la noche anterior. En resumen, se sentía esperanzada.
Aun así, había que ser realista; todavía había mucho trabajo por hacer, y no se podían echar las campanas al vuelo. Había que considerar la posibilidad de que esa pista fuese en una dirección equivocada que, tarde o temprano, podría llevarlas a un callejón sin salida. Pero al menos, ya se sentía picada de nuevo por el gusanillo de la investigación. Alguna Musa la había inspirado para pensar en un par de ideas al respecto. No era la Salvación ni la Panacea Universal, pero servía para motivarla. Tener la moral alta era importante.

Con la cabeza cargada de pensamientos algo más positivos que los que había tenido durante los días anteriores, Victoria salió de la ducha. Sentía que pesaba menos. La suavidad nerviosa que se siente bajo la piel al estar en un estado de relajación la acompañaba. Su respiración era más lenta y pausada. El dolor en la boca del estómago a causa de los nervios no había desaparecido del todo, pero había remitido bastante. Buenas señales.
Se ató una toalla a la cabeza y se puso el albornoz. Abrió la ventana del baño para ventilarlo de la humedad que el agua caliente había dejado en el aire. Mientras se secaba la cabeza, el vaho del espejo se iba retirando, dibujando su rostro reflejado en el cristal. Como de costumbre, aunque sin reparar en ello, la chica observaba su propia imagen.

Era joven; no había cumplido los veinticuatro siquiera. Según su hermano y su mejor amiga era guapa; según ella misma, una chica de aspecto normal. Poseía los rasgos típicos que caracterizaban a las mujeres del sur: pelo negro, ojos castaños, y con un tono de piel bronceado. No demasiado alta, ni tampoco demasiado delgada. Físicamente, Victoria no consideraba tener nada que la hiciese demasiado especial… a excepción de las cicatrices que le rodeaban las muñecas.
Antes de tener por costumbre ponerse muñequeras o brazaletes, de los que tenía en la actualidad una colección muy extensa, la gente solía pensar que había intentado quitarse la vida. Por algún motivo bastante morboso, este es el pensamiento más evidente cuando se ve una chica con dos espantosos cortes en semejante parte… pero en este caso, errónea. La idea del suicidio nunca se había acercado a la cabeza de Victoria ni por asomo. El origen de aquellas marcas era bien distinto. Cuando ella tenía tres años, sus padres murieron en un accidente de coche. La niña quedó huérfana y fue a vivir con su tutor legal, el hermano de su madre. Éste había trabajado hasta hacía algún tiempo en una fábrica, pero a partir de que ésta cerrase, el tío de Victoria había desembocado en una caída en picado producida por el alcohol que prácticamente había destruido su personalidad. De este modo, incapaz de hacerse cargo de la niña y con la mente completamente amargada y enturbiada por la bebida, acabó por encerrarla en el sótano de su casa y, para evitar que escapase, la ató por las muñecas con unas cadenas. Era de ahí, pues, de donde venían aquellas terribles marcas.

Casos así se ven con cierta frecuencia en las noticias. Todos hemos oído hablar alguna vez de esos Monstruos que se esconden bajo la fachada de amables vecinos, de agradables señores que encontramos en la cola del supermercado o en el autobús. Lobos con piel de cordero que abusan de los más débiles: sus esposas, sus propios hijos, hijas, desconocidos...
La pequeña Victoria fue una de esas víctimas, aunque su caso no salió por televisión ni hubo una gran cobertura mediática. Sucedió en una época diferente, donde el impacto de esas cosas trascendía muchísimo menos. La prensa, por aquel entonces, era menos sensacionalista. No obstante, de haber habido recortes de prensa, ella no los habría leído. No le apetecía revolcarse en aquella mierda.
Pese a todo esto, la mujer que era ahora tenía que admitir, llena de furia, que hasta tuvo suerte. Su tío no la forzó ni la sometió a abusos ni vejaciones como las que pueden leerse en centenares de casos similares. Encima tenía que dar las gracias al hijo de puta aquel que la había matado de hambre en un sótano lleno de mugre.
Por eso no le gustaba darle vueltas al asunto. Se le revolvían las tripas al pensar que había más como él en el mundo. Que día a día hay también muchas otras Victorias, encerradas en sótanos, que sufren lo mismo y mil cosas más. Y que no todas salen tan bien paradas, puesto que esa pesadilla que vivió solo duró unos meses; pasado este tiempo, los Servicios Sociales vieron el estado de la pobre niña. El muy bastardo de su tío ni siquiera se molestó en disimular. Simplemente le importaba un carajo. Con presteza, fue puesto a disposición judicial. Acabarían condenándole e iría a prisión. Por una vez, se hizo justicia.
En cuanto a ella, lógicamente, se la llevaron de allí. La pobre criatura apenas recordaría nada de lo que le había pasado, lo que vendría a ser una especie de bendición para ella. Los Servicios Sociales hicieron una rápida investigación en busca de algún otro familiar, pero no lo encontraron. Por eso, acabó ingresando en un orfanato. Ahí fue donde conocería a Álex, al que protegería y querría como su hermano.

Una vez seca, se puso unas braguitas, salió del baño y se fue a su cuarto a vestirse. Un chándal viejo para estar por casa y unas zapatillas. Al calzarse éstas últimas, se sentó en la cama. Ahí, estiró un poco la espalda para comprobar que el dolor de cuello, así como la jaqueca habían desaparecido por completo. Parecía que la cura de sueño no solo había mejorado su actitud, sino también le había aliviado el malestar.
Pero no era su actitud la que tenía mucho que mejorar; Victoria siempre había procurado mostrarse optimista ante las adversidades o, al menos, en la medida de lo coherente. Ella era de la clase de gente que, habiendo solo una posibilidad de solucionar algo, se aferraba a esa posibilidad, ya que era mejor que no tener ninguna.
El problema estaba en darle esperanzas a Sara. La noche anterior estaba destrozada, y con motivo. La última vez que había visto al chico del que estaba enamorada, era algo muy diferente. Además, a diferencia de su abuelo o de ella misma, su amiga no tenía ni la menor idea de ocultismo, ni conocía del todo las circunstancias que rodeaban a su novio; era algo que le aterraba y de lo que prefería saber lo menos posible. A ella lo que le importaba era Álex, y nada más. Sin embargo, ante una crisis de una naturaleza como aquella a la que se enfrentaban, no solo no tenía demasiada idea sobre las posibilidades que tenía de recuperarle, como Victoria: el miedo a lo desconocido, además, aumentaba su desesperación.
Ella, lejos de juzgarla, entendía todo esto. Ambas eran amigas desde que empezaron estudiando Psicología en la facultad y la quería con locura. La mitad de las veces ni siquiera tenían que hablar entre ellas para entenderse: una mirada y estaba todo dicho. Y, en aquellos momentos, era más o menos igual. solo necesitaba verla a los ojos para saber que no había mucho que pudiese decirle.
Era frustrante. Ya era bastante malo no dar con la clave que pudiera salvar a su hermano. Su mejor amiga estaba hecha polvo y ella no sabía qué hacer para que se sintiese mejor. Victoria seguía en blanco todavía, sin encontrar las palabras que la reconfortaran.

Después de haberse vestido, se dirigió a la habitación de Susana. Ésta se encontraba fuera de la ciudad, en una feria inmobiliaria, representando a la empresa para la que trabajaba. Sin embargo, la cama de su compañera de piso estaba igualmente ocupada. Se sentó en un costado y, con mucho cariño, tocó la cara de su ocupante, que seguía dormida. Una muchacha con el cabello del color del trigo y piel pálida como el marfil, ataviada con una camiseta del Pato Lucas que ella le había prestado para dormir. Tenía los párpados ligeramente enrojecidos; se había pasado llorando gran parte de la noche. A Victoria le partía el alma ver como su mejor amiga, por lo general alegre y llena de vida, estaba tan abatida.

- Ummm- dijo Sara al despertar, con los ojos aún cerrados- ¿qué hora es?
- Las... diez menos cuarto- respondió, consultando el reloj del despertador de Susana, que estaba sobre la mesita de noche-. Te he dado unos quince minutos de cancha.
- Sí… vale- lentamente, Sara se incorporó y se frotó un poco los ojos. Finalmente, los abrió del todo. Eran almendrados, de color verde oliva, muy brillantes y expresivos. Al verlos, podría incluso pensarse que había algo felino en ellos. Ahora, sin embargo, eran tristes y tenían un destello acuoso.

La noche anterior, Victoria se había ofrecido a llevarla a ella y a su abuelo a casa en lugar de que éstos cogieran un taxi. A Sara no le gustaba mucho conducir; de hecho, ni siquiera se había presentado al examen de conducir, por lo que llevarla y traerla formaba ya parte de lo habitual. Fue al llegar allí cuando se le ocurrió que lo mejor sería que se quedase a dormir en su piso. La conocía bien y sabía que, si pasaban juntas y a solas algunas horas, podría hablar con ella tranquilamente y tranquilizarla un poco. No sería fácil, desde luego, pero además de optimista, Victoria era una persona bastante tenaz. De este modo, ayudaron a Marcos a acostarse en la cama y volvieron para pasar la noche bajo el mismo techo. A la mañana siguiente, se levantarían temprano para levantarle de la cama y sin problemas.

- Te preguntaría cómo estás- dijo, mientras tocaba las mejillas de su amiga-, pero ya me sé la respuesta.
Sara esbozó una sonrisa lúgubre que denotaba agradecimiento, más que cualquier otra cosa.
- No dejo de darle vueltas a eso. Al odio que me tenía cuando me miró.
La abrazó y le dio un beso en la frente, como hiciera la noche anterior, junto a la ventana del salón. Su amiga lo recibió con afecto. Más que cualquier otra cosa en el mundo, deseaba calor humano.
- Vente, vamos a hacer el desayuno. No pienso obligarte; si tú quieres, me vas a contar lo que pasó y te vas a desahogar. Si no, no pasa nada... pero creo que te vendría bien.
- ¿Vas a ejercer de psicóloga conmigo, Victoria?
- No. Voy a ejercer de tu mejor amiga. Lo siento, Sarita, pero de mí no te vas a librar tan fácilmente.
- No tengo alternativa, ¿verdad?
- No. Ninguna.

Sara no respondió de inmediato. Primero miró hacia un lado, luego hacia otro… y al final, reconoció que Victoria tenía toda la razón del mundo. De haberse dado circunstancias diferentes, ella y cualquier otra se habría quejado de estar sola cuando todo se iba a hacer puñetas. Sin embargo, no así: Sara no estaba sola. Allí estaba su mejor amiga para ayudarla a salir del hoyo, por profundo que éste fuese. Y ella la necesitaba.

- ¡Venga, Sara, vamos a comer algo!

Aunque los padres adoptivos de Victoria eran gente acomodada, ésta había prefirió independizarse cuanto antes. No era tanto una cuestión de orgullo como el deseo de valerse por sí misma. De demostrarse que, pese a ser muy jovencita, podía ser lo bastante responsable como para tener su propia vida sin depender de nadie. Pensamiento de alguien que ya ha perdido una familia y a quien le gusta estar preparada para cualquier eventualidad. Por eso, desde que consiguió aquel empleo en el Ministerio como psicóloga de plantilla, decidió que ya era el momento de abandonar el nido. El resultado era aquel piso junto a Susana. Posiblemente no era el mejor sitio del mundo, pero a ella le hacía feliz.
La cocina era bastante vieja y no muy grande; los muebles, que antaño debían haber sido blancos y ahora tenían un color cremoso e indefinido, hacían juego. Sin embargo, los turnos de limpieza junto con Susana (y alguna que otra discusión provocada a causa de ellos), habían conseguido que por lo menos estuviese limpia.
La hornilla era prácticamente prehistórica, de las últimas de gas, de modo que para calentar la leche, Victoria la encendió con un mechero eléctrico y cogió un cazo donde la vertió. Podía haber usado un microondas, pero no terminaba de fiarse; últimamente hacía un ruido raro y, de no encontrarse en la situación en la que estaban, habría esperado a que Álex se pasase por allí para echarle una mirada y que le dijese qué le pasaba. Esas cosas se le daban muy bien.
Pobrecillo, ¿dónde estará ahora?

- Hay galletas en ese mueble de ahí- le dijo a su amiga, que estaba plantada de pie allí en medio con la cabeza un poco en otro lado-, ¿te importaría cogerlas, tú que estás más cerca?. Victoria sabía que si la mantenía más o menos ocupada, lo tendría algo más fácil. Lo importante era no darle tiempo a rumiar para que no se viniese abajo. Tenía que conseguir que su mente divagase lo menos posible.

Poco después, durante el desayuno, Sara comenzó a hablar. Para su sorpresa, no necesitó presionarla demasiado. Las palabras fueron fluyendo de modo natural, contando con algo más de detalle lo que había visto, y cómo se sentía en mitad de aquella historia. Más o menos lo que ya se esperaba; lo importante era que lo estaba soltando.
Estaba aterrorizada. Desde niña, las cosas paranormales ya le daban miedo… pese a que su abuelo era ocultista y vivía con él desde hacía años. Pero nunca llegó a acostumbrarse a esas cosas; sencillamente, consideraba que no estaba hecha para eso.
Y luego estaba lo de Álex. Sabía que éste era... especial, lo que en cierto momento casi les cuesta la relación. Aquella vez en concreto, al menos, Sara supo mantener la cabeza bien fría y puso en una balanza lo que le daba miedo y lo que le importaba. Y Álex le importaba demasiado como para perderle.
Lo que estaba viviendo ahora era muy diferente. Por supuesto, sabía que él no tenía culpa y que las cosas habían sucedido así de modo accidental, que ella supiese. Eso, sin embargo, no dejaba de atormentarla. Después de todo, ella era una chica normal que había vivido una vida sencilla, con los problemas que podía tener una persona corriente. Y de pronto, de la noche a la mañana, todo se iba a la mierda. Lo peor de todo era que se sentía completamente inútil, ya que lo que estaba pasando la desbordaba; ni siquiera sabía si Álex seguía vivo. Todo eso la estaba matando por dentro.

- En otra ocasión- respondió Victoria con dulzura, rezando porque las palabras que empezaban a formársele en la cabeza no sonasen burdas y vacías- te diría que no sé lo que sientes… pero a mí me pasa algo parecido. Al fin y al cabo, Álex para mí es como mi hermano. Nos hemos criado juntos durante muchos años, ya lo sabes... la idea de perderle a mí también me resulta insoportable. Créeme cuando te digo que entiendo mejor que nadie.
- ¿Y de dónde sacas las fuerzas? Porque te aseguro que a mí ya no me quedan.
- Bueno, yo tampoco estoy hecha de piedra... pero lo que me contó tu abuelo anoche me ha dado un par de ideas.
- ¿Ah, sí?
- Bueno, no es que sean pistas reveladoras... pero he estado pensando en los datos que tenemos y se me han ocurrido algunas cosillas. Si tenemos mucha suerte, puede que nos lleven a algo... pero Sara- la tomó por las manos y la miró a los ojos con seriedad-, antes de ponernos a trabajar, no quiero prometerte nada, ¿vale?
Sara trató de esbozar una sonrisa.
- No te preocupes.
Mírala. Se ha pasado prácticamente todo el fin de semana con su abuelo registrando bibliotecas de arriba abajo y todavía se cree que no está haciendo nada útil.
- Me vas a echar una mano, ¿verdad?
Su amiga la miró fijamente, con aquellos brillantes ojos verdes abiertos de par en par. A juzgar por la expresión de su rostro, parecía que le había pedido realizar una operación a corazón abierto.
- ¿Yo?
- Sara, yo no puedo hacer esto sola. Y no conozco una investigadora de campo con la que trabaje más a gusto que contigo.
- Pero yo no sé nada de ocultismo, ya lo sabes; yo solo me he limitado a apuntar referencias y a buscar en los sitios donde me decía mi abuelo- se detuvo un rato, pensativa. Cambió de expresión una o dos veces, como celebrando un acalorado debate en su fuero interno-… pero quiero ayudar. ¿Qué quieres que haga exactamente?
- Lo que has estado haciendo hasta ahora. Siempre se te ha dado bastante bien investigar; buscar libros; anotar referencias, esas cosas. En la facultad trabajábamos bien juntas, ¿te acuerdas?
Sara dibujó una sonrisa abierta y sincera por primera vez en días. El hecho de recordar días mejores, cuando las cosas eran mucho más sencillas, cuando la mayor complicación era aprobar un examen, parecía tener un buen efecto en ella.
- Sí... vale. Tú dime entonces lo que tengo que hacer y me pongo manos a la obra. ¿Cuál es el plan?
- De momento, el plan será terminar de desayunar y sacar a tu abuelo de la cama. Luego, consultamos el catálogo de la Universidad en el ordenador; tiramos para la biblioteca que nos diga y allí nos metemos en búsqueda y captura de libros, ¿qué te parece?
Ya lo sé, Sara. Sé que piensas que es un plan de mierda. Pero no se me ocurre nada mejor. Yo también tengo miedo; yo también estoy agotada. Yo tampoco tengo ni puñetera idea de lo que hacer para encontrar a mi hermano.
- Bueno, no suena del todo mal- su voz denotaba que no estaba del todo convencida, pero también era patente el hecho de que ni quería mostrarse excesivamente pesimista ni que, por supuesto, quería ofender-. Por lo menos es algo por donde empezar.
- Pues nada. Terminamos de desayunar, vamos para tu casa y a ver qué encontramos.

Ninguna de las dos quería decir abiertamente que en realidad aquello era un plan penoso. Pero, por mucho que lo fuera, tenía un lado positivo, al que se aferraban como un clavo ardiendo: serviría para mantenerlas ocupadas. Evitaría que se quedasen apáticas y muertas de miedo en un rincón, como los conejillos de indias de los laboratorios. Victoria y Sara, como cualquier persona con dos dedos de frente envuelta en algo así, estaban muy asustadas. Sabían que no se enfrentaban a algo natural y que ese algo era además muy peligroso. Sabían además que la vida de su hermano, de su novio, muy probablemente estaba en juego, siendo optimistas. Un error y quizás esa cosa podría matarle. Pero, pese al miedo que tenían, no eran la clase de personas que se quedan en casa a lloriquear y morderse las uñas cuando todo empieza a salirse de madre. A pesar de la locura en que sus vidas se habían convertido en apenas un par de días, ahora contaban con una mínima esperanza. Y, quién sabía: si tenían suerte... si tenían mucha, mucha suerte, tal vez esa esperanza estuviese fundada. Tal vez estuviesen en la línea de investigación correcta y pudiesen encontrar algo que ayudase al pobre Álex.

©Javier Durán Valdeiglesias, 2008

miércoles, 18 de mayo de 2011

El Gusano Interior, por Javier Durán: Acto I, capítulo 4




Con una punzada de dolor que le sacudía las entrañas, Álex se sintió violentamente empujado a la consciencia. Involuntariamente, su físico respondió con un gemido.
¿Qué ha pasado?
Todo a su alrededor le parecía abstracto, irreal. Incluso deforme. Una brisa racheada le acariciaba la cara, como intentando que se sintiese mejor pese al hecho de sentir que las tripas le iban a reventar de un momento a otro.
En el interior de su cabeza, ruido blanco. Su mente era una radio sin sintonizar. No entendía nada. No recordaba nada: ni lo que había estado haciendo, ni qué día era. Lo que había sido de Álex últimamente permanecía borrado de su memoria. A todos los efectos, esa parte de su vida era una tabula rasa. La sensación era abrumadora y angustiosa.
Por fin, abrió los ojos. La información del exterior llegaba a ellos con extraña lentitud, y sin demasiado efecto: veía perfectamente, pero lo que veía no le decía gran cosa. Se encontraba tirado en posición fetal sobre un suelo de piedra de color cremoso. Tenía los miembros entumecidos, lo que le hizo preguntarse cuánto tiempo llevaba ahí.
Intentó incorporarse. Su cuerpo le pareció tan pesado que si alguien le hubiese demostrado que estaba forrado de hormigón armado, no habría tenido problema alguno para creerlo. Fue al llevar a cabo esta operación cuando se dio cuenta del lugar en el que se encontraba: estaba en una cornisa considerablemente estrecha, a varios metros de altura. No habría esperado algo así en la vida. La sorpresa le hizo trastabillar pero, de algún modo, sus reflejos reaccionaron con presteza y pudo agarrarse para mantener una posición segura. Sobreponerse a la impresión fue algo que requirió un buen rato. Más tardó aun en ponerse en pie. Cuando finalmente lo consiguió, el cuerpo le temblaba y la cabeza le daba vueltas, pero se sentía ligeramente mejor, gracias a la brisa que le seguía acariciando el rostro.

Echó un vistazo en todas direcciones, con la firme intención de arañar algún indicio que le indicase qué había pasado. Por qué estaba allí. Cualquier cosa que le avivase los recuerdos le vendría bien. Los edificios de alrededor le decían que se encontraba, sin lugar a dudas, en el centro de la ciudad. La torre de la Catedral era inconfundible entre los viejos edificios que rodeaban aquel tejado. Más al fondo podía ver el monte que coronaba la ciudad, con el castillo emplazado en su cima. A sus pies, la minúscula plaza que se abría y el laberinto de callejuelas peatonales que se ramificaban más allá de la verja que la cercaba le daban pistas para concretar su posición exacta. Se encontraba sobre el tejado de una de las iglesias del casco antiguo, no cabía duda. Si la memoria no le fallaba, a pocos metros de allí debía encontrarse el antiguo palacio en restauración que debía albergar un museo en breve.
Saber dónde estaba, decidió, era ligeramente alentador, pero seguía sin tener ni idea de lo que estaba haciendo allí arriba. Y seguía sin poder recordar nada de lo sucedido en…
¿Qué día es hoy?
Miró al cielo, como si éste tuviese la respuesta a sus dudas aunque, obviamente, era una esperanza vana. La esfera celeste le devolvió la mirada sin expresión alguna.
El mareo no había remitido. No llegaba a tener náuseas; era una sensación extraña, de estómago pesado y reseco, como haberse tragado un ovillo de lana. La cabeza le daba vueltas. Tomando la misma dosis de precaución que cuando se hubo levantado, intentó caminar a lo largo de la cornisa para buscar un modo de bajar de allí, pero todavía seguía muy débil. Su cuerpo se rindió tras apenas un par de metros de exploración. El temblor en las piernas le llevó a tambalearse, para caer de boca sobre la piedra. Tuvo suerte de no haber caído al vacío. Los más de veinte metros que calculaba que debía haber desde aquella cornisa hasta el suelo parecían demasiado para él.
Arrodillado en el suelo, tomó aire para tratar de relajarse; al hacerlo, prestó atención por primera vez a sus manos y se dio cuenta de la razón de su falta de equilibrio: las que tenía ante sí no eran las suyas, sino dos enormes zarpas difusas, dos gigantescas sombras que se apoyaban en la piedra.
Mierda. Igual que cuando la inundación.
Del mismo modo que sucediera aquella vez, unos meses atrás, seguía sin recordar nada, pero imágenes abstractas y subliminales empezaban a formarse en la parte trasera de su mente. No sabía lo que eran con mucha seguridad, pero su subconsciente albergaba la seguridad de que no eran nada agradables.
Así que por fin ha pasado.
El brazo izquierdo le dolía, especialmente en la mano. Era una especie de calambre frío y agudo que se clavaba en nervios y huesos. Observando el dedo anular, comprobó con angustia que aquella cosa seguía soldada a la falange. Lo que sospechaba que debía ser la razón de todo aquello despedía un brillo escarlata, incandescente y cargado de matices. Había algo antinatural, casi inteligente, en aquel destello que se grababa en la retina y se clavaba en la mente como un clavo al rojo vivo. Desde la primera vez que lo vio, Álex nunca supo explicar qué era, pero le atraía tanto como le repelía. Producía escalofríos.
Evitando abandonarse a toda una marea de pensamientos de desesperación, intentó pensar de un modo práctico. Acostumbrarse al cambio físico que aquel estado le causaba. Cuando por fin consiguió acomodarse a su nuevo centro de gravedad, consideró el siguiente paso a seguir: buscar el modo de bajar de allí.
Fueron minutos enteros que se arrastraron, en vano, mientras Álex forzaba a su cerebro para que trabajase. Estaba agotado, tanto física como mentalmente. No tenía ni la menor idea de lo que le había pasado, pero parecía haberle consumido casi todas sus fuerzas. Con gran pesar, se vio obligado a desistir en su búsqueda. Tan exhausto estaba que ni se molestó en dejarse atrapar por el miedo o la desesperación. En una situación como aquella, esos sentimientos trascendían y quedaban amortiguados por una sensación similar a tener el interior de la cabeza forrado de algodón.
Sara.
Victoria.
Pensó en ellas y se preguntó dónde estaban. ¿Qué había pasado? ¿Por qué no recordaba nada? Mientras se hacía estas preguntas, el miedo se le clavó en el alma. Tal vez no se acordaba de lo que había sucedido, o tal vez, no se sentía capaz de aceptar la respuesta.
No.
Por favor, que no sea eso.
Con la mente castigada por el miedo y la desesperación, se apoyó en la pared de la cornisa y cerró los ojos, como si al hacerlo pudiese salir de aquella pesadilla en la que estaba atrapado. Se sentía perdido. Necesitaba abandonarse al sueño, aunque fuese por un instante.
Mientras Álex trataba de relajar su mente, dejó de ser consciente en su alrededor. Poco a poco, la cabeza se le iba. Ese nexo que todos tenemos con el mundo a nuestro alrededor se desvanecía como el vapor mientras su cuerpo se hundía. Las piedras de la iglesia, sólidas hacía un minuto, empezaban a parecer hechas de fango. Y luego, de agua.
Mientras el frío se apoderaba de él, Álex se sumergía en la oscuridad.

El Padre Peñas acababa de cerrar la capilla a los feligreses tras la última misa y, tras haberse cambiado de ropa, estaba barriendo un poco el polvo. No le importaba hacerlo en persona. De hecho, le relajaba y le hacía sentirse en contacto con tareas mundanas, más allá de las espirituales que su condición como sacerdote le imponía. El interior del templo se encontraba tan silencioso y recogido como siempre. Durante la misa no había sido muy diferente. Cada año que pasaba iba notando más y más la escasez de afluencia de feligreses. En la actualidad, ya solo quedaba un puñado de personas mayores y algún penitente suelto. Peñas era comprensivo. Podía entenderlo. Las noticias que venían llegando últimamente de la Iglesia no eran nada favorecedoras. No estaba de acuerdo con muchas de las cosas que decía la Santa Sede, pero se veía obligado a acatarlas. Así pasaba: la fe cristiana, lo que él consideraba el verdadero espíritu del catolicismo, se venía a pique poco a poco. Ya quedaban pocos fieles de verdad: básicamente la gente que provenía de otra generación. De otra época en la que las cosas se veían de maneras diferentes. solo esos creyentes, y los fanáticos. Los que aportaban dinero a raudales, pero de los que no se fiaba un pelo. No le gustaba la gente que basaba una creencia de amor en el odio a los que pensaban diferente. Pero la ironía era que su dinero si contribuía a que la gente necesitada pasase menos necesidades. Al menos, así era en la parroquia que él gestionaba.
Enfrascado estaba con estas divagaciones, cuando oyó los pasos a sus espaldas. Oscar, el monaguillo, se acercaba a él, ya vestido de calle y guiando su bicicleta con la mano. Al sacerdote que había en la parroquia antes de que él asumiera su gestión ese gesto le parecía una ofensa. Una falta de respeto a la Casa del Señor. Peñas pensaba que a Dios no le importaría que un chaval guardase la bici en la sacristía. Seguramente, tenía cosas mejores en que pensar y sería más difícil que algún desalmado le robase al chico el modo que tenía de volver a casa.

- Me voy ya, padre.
- Muy bien, Óscar; yo me quedaré aquí terminando de barrer un poco y me marcho luego.
- Nos vemos mañana, entonces.

Abrió la portezuela de madera y Óscar y su bici salieron por ella para desaparecer más allá de la verja exterior, dejando a Peñas solo entre la tranquilidad de las sombras del templo. Era una iglesia neo-gótica, construida allá por 1920. La única de ese estilo en la ciudad. Arquitectónica y estéticamente una maravilla. Incluso en la oscuridad de la noche recién caída y con las luces apagadas, se podía disfrutar de la luz que inundaba la nave central gracias al gran rosetón que presidía la fachada.
A Peñas le gustaba el arte. No era un experto, pero conocía la intención con la que esas cosas se hacían. Aquel diseño correspondía a una época en que la Iglesia consideró que el templo no debía ser un lugar oscuro y angosto, sino estilizado y lleno de luz. La Luz de Dios, que debía contagiarse en los fieles. Las pesadas piedras de antaño dieron lugar a ojivas y naves estilizadas. Las torres cuadradas, a agujas que se elevaban al mismísimo Cielo como dedos de piedra con la intención de tocarlo. Los ventanucos, a coloridas vidrieras de cristal. Ese tipo de arte, por supuesto, jamás se dio en la ciudad en un primer momento; hubo que esperar siglos, hasta que las antiguas corrientes artísticas volvieran a ponerse de moda. Y aun así, aquella iglesia seguía siendo especial. No había otra igual.
Tras aquellas reflexiones artísticas que solía hacer cada vez que se dedicaba a admirar el interior de la capilla, Peñas se acercó a la sacristía a coger sus cosas. Fue entonces cuando oyó un golpe sordo proveniente de una de las naves laterales. Si no tuviese sentido común, le habría parecido que alguien arrojaba un fardo pesado desde varios metros de altura.
No era la primera vez que algún vagabundo había intentado colársele en la parroquia. Lo que hacían normalmente era esconderse en algún confesionario durante la misa. Generalmente no suponían ningún peligro… la mayoría solo pedían un poco de comida, o dinero. Otros, solo un sitio caliente para resguardarse.
El sacerdote caminó en dirección al lugar donde había oído el ruido. Anduvo durante un rato, sin éxito. Pese a la luz del exterior que caía a través del rosetón, no se había fijado en la cantidad de sombras que albergaban las naves laterales. Era fácil esconderse allí.

Una voz emitió un gemido lastimero a pocos metros de él. Sonaba profunda, y algo le dijo que no precisamente debido al eco de la capilla. Aquel extraño efecto de sonido le heló la sangre, pero no dejó que eso le detuviese.
Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio”.
La voz volvió a quejarse de nuevo, ahora con mayor claridad que antes. Aunque su timbre podía sonar aterrador, pudo comprobar que tenía un deje triste. Aquél que allí había ido a parar estaba sufriendo.

- ¿Quién anda ahí?
Como toda respuesta, un nuevo gemido.
- Ahhh...aaa...yuuu...da...- la voz, mucho más clara y definida ahora, era gutural y cavernosa. Escalofriante.
Aunque camine por el valle de las sombras, ningún mal temeré...”
- Sí, sí, te ayudaré… pero, ¿dónde estás? ¡No puedo verte!

Algo se movió justo a su izquierda. Oculta por las sombras proyectadas por la columna y la pared, se movió algo de enorme tamaño, como un bulto más oscuro que la oscuridad misma que se acurrucaba frente al sacerdote. Una sombra, en el estricto sentido de la palabra. Dibujaba la silueta de un hombre de excepcional altura, ancho de hombros y cubierto por un manto y una capucha. Al verlo, a Peñas le vino a la cabeza la imagen de un sudario, similar a las imágenes que había visto una y mil veces de los leprosos que acudían a Cristo. Pero, a diferencia de éstos, había algo sobrenatural en aquella figura envuelta en sombras. Bajo la capucha, brillaban dos ojos blancos, igual que los de un gato en mitad de la noche. Aunque sin pupilas, tenían una expresión de dolor y agonía. La prueba a la que Dios había sometido a aquella criatura, decidió Peñas, debía ser de las realmente difíciles.

- ¿Qué... qué puedo hacer por ti?
- Necesito... necesito un teléfono- la sombra vomitaba las palabras, más que pronunciarlas. No podía verlo desde allí, pero era muy probable que estuviese herido-. Tengo que saber si están bien...
- ¿Quiénes?

La sombra se apoyó contra la columna. Desde aquel ángulo, el sacerdote calculó que debía medir casi dos metros. Para tener un tamaño tan enorme, se encontraba realmente débil. Estaba temblando y apenas sí podía sostenerse en pie.

- Déjame que te ayude a levantarte, muchacho- dijo Peñas, pero cuando fue a acercarse a la criatura, hubo algo que le hizo pensarlo mejor. Bajo el manto negro, vislumbró el brillo de algo rojo e intenso. La figura se agarraba con fuerza lo que debía ser su brazo izquierdo; ese brillo se encontraba precisamente al final del brazo, aunque el manto ocultaba qué era aquello tan brillante. Algo en su interior le dijo que aquel brillo tenía algo maligno, aunque no supo explicarlo.
- No- la figura volvió a hablar. A medida que le oía más veces, podía advertir que su voz temblaba tanto como su cuerpo-… no recuerdo nada de lo que ha pasado en… no sé cuánto tiempo ¿Qué día es hoy, padre?
- ¿Hoy? Hoy es Lunes.
- ¿Lunes?

Mierda.
Aquella respuesta le sentó a Álex como una bofetada. Había perdido casi dos días de su vida. Lo que había estado haciendo, o dónde había estado, eran un misterio.
Así que por fin ha pasado. Ya he perdido la cabeza. ¿En qué me he convertido?

- Sí, pero... ¿Sabrías decirme qué es lo que te ha pasado?… ¿qué es lo último que recuerdas?
- Recuerdo…- cerró los ojos y los recuerdos por fin fluyeron. Imágenes fantasmagóricas, flashes relampagueantes, se le clavaron en el cráneo causándole dolor tras los globos oculares. Ideas abstractas sobre un duelo mental contra algo horrible le inundaron la memoria, reptando en ellos con viscosidad, como si fueran anguilas. Una sensación de horror le invadió. Minutos antes, le había angustiado la falta de memoria; ahora, estaba seguro de que era mejor no recordar- no, padre… no quiero hablar de eso. Por favor, busque un teléfono. Necesito ayuda.
Pequeño gilipollas. NADIE puede ayudarte.
- Claro- respondió el sacerdote-. Tengo mi teléfono en la sacristía. Dame un minuto y voy por...- de pronto, algo llamó la atención en el rabillo del ojo del sacerdote. A las espaldas de la sombra, a su izquierda, se levantaba la capilla lateral dedicada a Nuestro Señor del Sagrado Corazón. La imagen, iluminada por un reflector halógeno situado a los pies de ésta, representaba a un Jesús con una túnica abierta a la altura del pecho, mostrando un corazón rodeado por una corona de espinas. Lo que le llamó la atención de la talla fue que ésta estaba llorando: podía ver claramente el brillo de las lágrimas iluminado por el reflector. Pese a lo que obviamente catalogaba como “milagro”, el sacerdote no dejo de prestar atención a su extraño visitante, que había quedado en silencio, y ahora comenzaba a temblar.
Odio a los curas.
El dolor de estómago se hizo más intenso.
No. Déjale.
Algo se estaba revolviendo en su interior. Se debatía en su estómago. Se retorcía como una lombriz. Era un dolor insoportable.
Odio a los putos curas. Tú también los odias. Venga, vamos a cargárnoslo. Será divertido.
Su brazo ya no le pertenecía.
Curas de mierda. Malditos maricas follaniños. Y las monjas, ¿te acuerdas de ellas? Malditas monjas asquerosas. Zorras reprimidas. Vamos a matar a este hijoputa.
- Padre…
Y rajar y cortar, y rajar de nuevo...
- Dime, hijo mío.
...Vamos a hacer que llame a su Dios...
- Salga de aquí ahora mismo…
... Me encanta cuando suplican. Cuando lo hacen suena tan patético que dan ganas de seguir cortando.
- ¿Cómo dices?
... Y haré que a ti te encante. Igual que lo del Sábado. Tú y yo nos lo pasamos en grande, aunque no quieras reconocerlo.
- Que salga… no sé cuanto tiempo voy a poder contenerlo.
¿Contenerme? ¿A mí? ¿Estás de broma?
La risa en su interior era fría, cruel y cargada de maldad. Al oírla, el corazón de Álex se desbocó. Por debajo del manto de sombras que le cubría el rostro, se sintió palidecer. Un sudor frío le recorrió la espalda.
- ¿Contener? ¿Contener qué?
- ¡HE DICHO QUE SALGA DE AQUÍ, JODER!

Con un grito agónico, la figura cayó de bruces al suelo y, dando espasmos, empezó a debatirse sobre sí misma. El sacerdote, al ver aquello, echó a correr en dirección a la puerta más cercana: la de la nave principal. A su espalda, oía gruñidos, rugidos y toda clase de gritos humanos y no humanos. Finalmente, un alarido dio paso al más absoluto silencio.
Peñas había olvidado que, cuando Óscar se marchó, ya había cerrado la puerta. Ahora descubrió que tendría que rodear a su visitante, atravesar la capilla entera y llegar hasta la sacristía, donde se encontraba la otra puerta.
La sombra se levantó, poniéndose esta vez en pie. Sus movimientos ahora no denotaban debilidad: se movía grácilmente. Echó a caminar, despacio y despreocupadamente. Del interior de la capucha, bajo la cual no brillaban ojos ahora, emergió una risa burbujeante. Luego, un sonido silbante, como si se quejase de un escozor, y echó a reír otra vez.
A su paso, la capa negra se alzaba y se movía como si tuviese vida propia. A sus pies, las baldosas se ennegrecían.

El Padre Peñas, totalmente presa del pánico se maldecía a sí mismo por abandonar la Casa de Dios ante una criatura poseída por el Demonio… pero un terror irracional se había apoderado de él y se sentía incapaz de tomar la determinación de expulsar a aquel monstruo. En aquel momento, lo que estaba haciendo era intentar huir de allí.
Mientras buscaba las llaves del portón, notó como algo pesado y muy frío le aferraba el hombro. Aquel ser tenía una fuerza sobrehumana; con muy poco esfuerzo, le dio la vuelta y le lanzó al suelo. Se estrelló contra éste con tal violencia que no fue capaz de moverse.
Peñas tenía ante sí a un gigante embozado de negro, encapuchado y con el rostro completamente envuelto en sombras. Alzó su mano izquierda hacia él, y pudo ver por fin de dónde provenía aquel brillo rojizo. Casi hipnotizado por él, apenas percibió aquella garra, aferrarle por el pecho y levantarle en peso con pasmosa facilidad. Lo atrajo ante sí, quedando su rostro muy cerca del de la criatura. Del interior de la capucha emergió una voz, profunda, gutural, que helaba la sangre. Si los muertos tuviesen voz, ésta sería lo más parecido.

- Hola- fue todo cuanto le dijo. El tono sonaba sardónico, incluso festivo. Al sacerdote le pareció un anticipo de lo peor. 
Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.
Estas fueron las últimas palabras que al padre Peñas le dio tiempo a formular en el interior de su cabeza. Mientras, su visitante, reía. El sonido era tan macabro que le recordó más a otro sonido que a una risa.
Le recordó al sonido que hacen los huesos al romperse.


©Javier Durán Valdeiglesias, 2008