A lo lejos, sonaba un zumbido, monótono y monocorde.
Por un momento, pareció haberse detenido.
Pero volvió a sonar… de algún modo, sonaba más cercano…
- ¡Mierda!- exclamó Victoria débilmente, mientras se incorporaba. Se había quedado dormida, con la cabeza apoyada sobre la mesa del salón. Durante dos días había estado luchando contra el sueño, trabajando sin parar, investigando en sus libros, sin resultado. Y, cuando menos lo había esperado, el cansancio y el sueño pudieron con ella.
El portero sonó una vez más. Maldiciéndolo para sus adentros primero, y luego a viva voz, se levantó como pudo, con un dolor terrible en la espalda causado por la mala postura que había cogido al haberse quedado dormida mientras estudiaba. Al ponerse en pie, descubrió que las piernas se le habían entumecido. De hecho, su pie derecho estaba prácticamente dormido, así que caminó cojeando. Verla moverse era lo más parecido a una marioneta a la que le habían cortado un par de cuerdas, pero su titiritero seguía tirando de las que quedaban.
Estoy hecha un puto desastre.
- ¿Sí?- respondió. Al hablar, descubrió también que sentía unas punzadas de dolor en las sienes. Una jaqueca en toda regla se avecinaba con la firme intención de instalarse en su cabeza. Genial. Como si las cosas no estuvieran ya lo suficientemente jodidas.
- Victoria, somos nosotros, abre- rogó una voz femenina de tono agridulce al otro lado del portero electrónico. Automáticamente, la chica presionó el botón que abría la puerta del portal, colgó el comunicador y se dirigió a la cocina a por algo de café. Por el camino, se frotaba los ojos, que comenzaban a palpitarle pesadamente bajo los párpados.
¿Por qué puñetas nadie llama antes de venir a mi casa?, pensó. Esto no era cierto, pero no pudo evitar que ese pensamiento se le colase a hurtadillas, de un modo similar al dolor de cabeza. Se sentía malhumorada debido al cansancio, y a la vez desorientada: no tenía ni la menor idea de qué hora era. Una vez en la cocina, vio en el reloj de pared que eran las ocho y cuarto de la tarde. Lo último que recordaba era que Susana, su compañera de piso, le había dicho antes de irse que tenía que comer algo. A partir de ahí, un montón de diagramas, frases crípticas y nombres aún más extraños que danzaron por su mente. Y luego, la negritud del sueño sin sueño.
Victoria vivía con Susana en un piso de alquiler, en un barrio cercano a la estación de tren, prácticamente en el centro de la ciudad. Era una vivienda modesta de dos habitaciones, algo antigua y no demasiado grande, pero muy asequible de precio, para lo bien conectado que estaba con todo. La decoración había sido impersonal al principio, como solía ser frecuente, pero ambas se habían esforzado en humanizarla hasta conseguir que aquello pareciese un hogar. Habían hecho un buen trabajo.
El timbre de la puerta sonó poco después. Con movimientos aún torpes y totalmente carentes de gracia o estilo, Victoria abrió la puerta y recibió a sus invitados.
La dueña de la voz agridulce era Sara, su mejor amiga. La quería tanto que era para ella casi como la hermana que siempre le habría gustado tener. Se habían conocido unos años atrás, cuando estudiaban en la Universidad; conectaron casi inmediatamente y, prácticamente desde entonces, se habían hecho inseparables. Ésta, además, salía con el hermano de Victoria, lo que implicaba que la relación entre ellas fuese incluso más estrecha, si cabía. El hombre en silla de ruedas que venía con ella, un octogenario de aspecto frágil y entrañable, era el abuelo materno de Sara, Marcos Avellaneda. Doctor en Historia Antigua, antaño había ejercido como profesor universitario; tras su jubilación, se había dedicado a investigar con mayor profundidad en el mundo de lo oculto, que le había apasionado desde siempre.
Nada más verse, ambas amigas se fundieron en un abrazo fraterno. Ambas lo necesitaban.
- Tienes mala cara- dijo Avellaneda, tocándole las mejillas con amabilidad cuando Victoria le dio un beso a modo de saludo- Espero que no hayamos venido en mal momento.
- Ehh… no- respondió Victoria. Pese a la jaqueca y al haberse levantado de sopetón, era totalmente cierto. Les necesitaba allí-… es que me he quedado dormida.
- Te hemos estado llamando- dijo Sara, mientras acercaba a su abuelo a la mesa baja del salón-, pero tenías el teléfono apagado.
- ¿Sí?- dijo Victoria, aún aturdida. Se acercó a la mesa sobre la que había estado durmiendo, una ordenada metrópolis de folios y libros coronada por su ordenador portátil, ahora apagado. En una de las calles de aquella ciudad de papel en miniatura encontró su móvil y descubrió que el aparato, efectivamente, se había quedado sin batería. Con la misma manera de proceder que un autómata, lo puso a cargar y regresó a la cocina, dejando que sus invitados se acomodasen como quisiesen- Estoy haciendo café, ¿queréis un poco?
- No, gracias- respondieron los dos.
- Dime- preguntó Avellaneda una vez volvió al salón con una taza caliente en la mano- ¿has averiguado algo?
- Me temo que nada- admitió Victoria. No era necesariamente una experta en la materia, pero a lo largo de los últimos años también había desarrollado un cierto interés por los fenómenos paranormales y el mundo de lo oculto. A diferencia de lo que le sucedía al doctor, su afán por investigar esas cosas no era una ocupación que tuviese como entretenimiento para vaciar las horas muertas. Tenía sus propios motivos-. Mis libros no son malos, pero me parece que esto se me escapa. ¿Qué tal…?- en ese momento, Victoria reparó que estaba hablando solo con él: Sara estaba físicamente mirando por la ventana, pero mentalmente se hallaba lejos de allí- ¿Qué tal vosotros?
- Precisamente por eso hemos venido. Hemos estado echando una mirada por los sótanos de las bibliotecas de media universidad, investigando libros que ni siquiera se encuentran en el catálogo oficial. Y bueno, creo que hemos podido encontrar algo.
Avellaneda abrió una cartera de cuero que tenía en el regazo en la cual Victoria no había reparado hasta ese momento. De ella sacó un cuaderno con algunas anotaciones y decenas de referencias de biblioteca. Podía reconocer a la perfección la letra de médico del anciano y la caligrafía pulcra y redondeada de su amiga. En un breve vistazo a las hojas, distinguió códigos de bibliotecas de al menos tres facultades distintas, incluido el mastodonte arquitectónico de la Biblioteca General. Fue incapaz de hacerse una idea del número de horas que tuvieron que emplear en mirar todos esos libros.
- Hemos estado también en el depósito de la Facultad de Medicina y hemos revisado la colección de libros de ocultismo que tienen allí- indicó Avellaneda mientras Victoria pasaba los ojos, sin prestar demasiada atención, sobre algunos de los títulos que había anotados en la lista. Para alguien que no estuviese muy versado en la materia, aquel comentario acerca de una facultad tan supuestamente científica como la de Medicina debía resultar a todas luces absurdo. Sin embargo, cualquiera que tuviese un mínimo conocimiento, sabía que la colección de libros antiguos sobre Ciencias Ocultas que allí se encontraba había sido la donación de la biblioteca personal de alguien cuya esposa era una ferviente estudiosa del tema.
- ¿Y cómo ha ido el tema?
- Bueno, no querría echar las campanas al vuelo, pero me gustaría pensar que hemos dado con algo interesante.
- ¿Entonces se trata de...?- Victoria miró de reojo hacia su amiga, y luego se volvió a dirigir a Avellaneda en un tono bastante más bajo-... ¿De lo que habíamos pensado al principio?
- Todavía tengo mis dudas de que lo que haya sucedido a tu hermano tenga que ver con el Demonio, Victoria.
- Tú eres el experto, Marcos- aquella frase le había sonado muchísimo menos impertinente en su cabeza que cuando la hubo pronunciado. La jaqueca le estaba pasando factura y ni el café la iba a ayudar. Mientras mantenía aquella conversación, consideró durante una fracción de segundo lo mucho que necesitaba una aspirina.
- Bueno- respondió éste, pasando por alto lo desagradable que había sonado aquella respuesta y se centró más en su falta de seguridad al respecto-, no es más que una teoría, claro... todavía no he tenido oportunidad de comprobarlo...
- En realidad, Marcos, preferiría centrarme en saber cómo podemos salvar a mi hermano, antes que preguntarme quién es el responsable.
- Bueno, entiendo tu postura- respondió el doctor respetuosamente-, y entiendo que estés desesperada, como todos... pero mucho me temo que para encontrar la solución al problema, antes tendremos que dar con la causa, ¿no estás de acuerdo conmigo?
El orgullo de Victoria había tenido días mejores; concretamente, en ese instante, acababa de recibir la patada en el culo más grande que su dueña era capaz de recordar en mucho tiempo. Avellaneda tenía toda la razón del mundo. El pobre anciano inválido intentando ayudar, investigando para dar con la más mínima cosa que pudiese salvar a su hermano, y allí estaba ella echándolo todo por tierra, igual que si fuera una niñata de quince años. Abrumada por la vergüenza, suspiró. Ella y su maldito temperamento. Aquella lengua que no se podía estar quietecita, ni en los momentos en que mejor se estaba callada y escuchaba, para variar. Se sentía como una perfecta imbécil.
- Creo que será mejor que empieces desde el principio- meneó la cabeza, sentándose en el sofá y procurando empezar la conversación desde cero. Le dio un sorbo al café, con la esperanza de que fuese un elixir mágico que la sacase de aquella pesadilla de mierda en la que su vida se había convertido en los últimos días.
- Sí… a ver, ¿estás familiarizada con el término Egrégora?
- Claro, es… es una especie de… campo de energía negativa, ¿no?
- Algo parecido; según piensan algunos ocultistas, cada vez que tenemos deseos destructivos, alimentamos a las Egrégoras, ayudándolas a que se hagan más fuertes. Otros piensan que alguien que se vale de artes ocultas puede invocarlas para llevar a cabo cualquier tarea. En cualquier caso, parecen ir muy ligadas a las emociones.
- ¿Y crees que...?
- Bueno, no me siento del todo seguro para formar un juicio definitivo, pero creo que es muy posible que una de estas criaturas haya sido la responsable de lo que le ha sucedido a tu hermano.
- Supongamos por un momento que es eso, Marcos. Que es una Egrégora. ¿Podríamos ayudar a mi hermano sin hacerle daño?
Avellaneda caviló durante unos momentos, considerando la seriedad de la pregunta.
- Para ser honesto, no te lo sé decir con seguridad, Victoria. Pero hay una cosa que sí sé con seguridad al respecto. Pese a lo que le ha pasado a tu hermano, haría falta mucho más que eso para alterar la esencia vital de un ser humano. Si esa esencia... lo que podríamos llamar su alma, no se ha visto afectada, debería haber esperanzas.
Al igual que hiciera Avellaneda tan solo unos segundos atrás cuando ella hablaba, Victoria escuchó cada palabra, repasándola mentalmente. Pese a no ser nada seguro lo que el viejo doctor le decía, era cierto que era levemente esperanzador en mitad del caos en que su vida, la de su hermano y la de la pobre Sara, se habían convertido. En momentos así, o se aferraba a un clavo ardiendo o se volvía loca. Qué remedio.
- Si lo que dices es verdad, Marcos, ya solo me queda una pregunta por hacerte: con esa información que has descubierto... ¿es posible que hayas podido encontrar algún indicio de dónde podría estar mi hermano?
Avellaneda guardó silencio y bajó la cabeza. Luego, la sacudió.
- Esto es todo… cuanto hemos podido averiguar al respecto.
Victoria se tapó la boca con la mano, conteniéndose para no gritar de pura desesperación. Acto seguido, oyó un sollozo ahogado en la ventana. Sara seguía allí, de pie, con los brazos cruzados, encogida y temblando. Miró al anciano durante un segundo y éste asintió con la cabeza.
Sara. Su mejor amiga. Prácticamente su hermana. La pobre Sara, con la que había compartido mil y una intimidades, mil y una locuras. Mil y una risas. Verla tan destrozada ahora era algo descorazonador. No le salían las palabras de consuelo o de aliento. No sabía qué decirle.
Aunque Victoria lo estaba pasando mal, puesto que todo aquel asunto giraba en torno a su hermano, estaba segura de que Sara debía estar llevándolo incluso peor. Conociéndola como la conocía, no podía hacerse una idea clara del calvario que suponía todo aquello para ella, ya que había sido la última persona en ver a Álex, a eso, justo antes de desaparecer. Lo único que pudo relatar a Victoria de aquel espantoso episodio fue el modo en que aquella cosa la miró. Entre sollozos, al borde de la histeria, solo alcanzó a decir que jamás había visto tanto odio y desprecio en los ojos de nadie en toda su vida. Cuando alguien a quien consideras que es todo para ti, alguien con quien has compartido algunas de las cosas más especiales de tu vida, te mira de esa manera, convertido en algo irreconocible, te rompe el corazón. Una parte de Victoria, de un modo egoista, casi se alegraba de no haber sido ella la que lo hubiese presenciado. Ella misma no sabría cómo habría reaccionado.
Por algún motivo, mientras pensaba en esto, a Victoria le vino el recuerdo de aquella vez que Sara le confesó, roja como una amapola y feliz como una niña, que jamás había estado con nadie antes que con su hermano. Álex no solo ha sido el primero, le había dicho, llena de emoción. No creo que encuentre a nadie mejor en mi vida. ¿Podría existir alguien más especial para ella que su hermano?
Allí estaba, ahora una sombra de lo que había sido, nada que ver con aquel recuerdo. Mirando por la ventana, pensando en él, dondequiera que estuviese.
Se dirigió hacia ella y la abrazó, como solo una amiga del alma podría hacer.
- Le hemos perdido, Victoria- dijo, con la voz rota. Toda la dulzura o la alegría que la hubiera caracterizado en otro momento, brillaban por su ausencia. Su tono era ahora amargo, lúgubre-. Le hemos perdido.
Sin decir nada, dejó que su amiga hundiese el rostro bajo su hombro mientras, con ternura, le daba un beso en la cabeza para indicarle que estaba ahí, junto a ella. Que no la dejaría en la estacada. Era lo mejor que se veía capaz de hacer, puesto que las palabras seguían sin salirle de la garganta. Era frustrante. Toda su vida la habían visto como un referente. Desde siempre, Victoria había apoyado a todo el mundo, había aconsejado y, modestia aparte, no se le había dado mal. Ahora, sin embargo, cualquier cosa que se le pasase por la cabeza decir le sonaba vacía, ridícula. Como una promesa vana.
Tras todos aquellos años en los que había sido capaz de ayudar a tanta gente, ahora se veía obligada a hacer una cura de humildad. Con todo el dolor de su corazón, se veía obligada a admitir que no tenía todas las respuestas. Que no encontraba la solución al problema.
En resumen, Victoria se sentía el mayor de los fraudes.
©Javier Durán Valdeiglesias, 2008

7 comentarios:
Te sigo, y este capítulo me ha dejado súper intrigadísima. ¡Sigue, sigue!
Parece que se ha solucionado el problemita con Blogger.
Como quería decirte desde hacía un buen rato, muchas gracias por el comentario, Gissel! Estos tres primeros capítulos (y parte del siguiente) están centrados en el inicio "in medias res". A partir de ahí, contais ya con algunos acontecimientos que empezarán a tener lugar y que enlazarán con algunos datos acerca de lo que ha sucedido antes de que empiece la historia. Con eso (espero), tendreis suficiente para ir formandoos vuestras propias teorías!
Me ha gustado mucho este capítulo, es mucho más emotivo que los anteriores, el uso del punto de vista de Victoria me parece un acierto, porque es muy fácil empatizar con ella, es un personaje muy real.
Lo que sí te deja es con mucha curiosidad de saber qué le ha pasado al hermano.
Otra cosa es que hasta el momento no consigo ver que relación hay entre los personajes de los distintos capítulos, me va haciendo falta un capítulo que los vaya enlazando antes de que sean demasiados personajes.
Gracias por tu comentario, Raelana! Paso a responder a las cuestiones que mencionas:
Te has anticipado un poquito, la relación entre las distintas tramas empezarás a verlas a partir del próximo capítulo. Quizás no esté todo todo atado desde un principio (sería ponéroslo demasiado fácil), pero sí vas a ir viendo cosas que empiezan a tener relación entre sí. No puedo desvelarte mucho más...
En cuanto a Victoria, bueno... para mí es la protagonista casi casi absoluta de la novela, junto con Sara (a ésta última todavía no la has visto lucirse demasiado, pero ya se irá mostrando cómo es). De hecho, de todos los personajes de la serie, cuenta entre mis favoritos!
Sí, supongo que podríamos decir que es un personaje "real", quizás porque es el que está más desarrollado al principio. En cualquier caso, mi objetivo inicial era que todos quedasen más o menos retratados con el mismo realismo. Esperemos que más adelante se pueda comprobar si lo he conseguido!
Yo a Victoria la he notado como más cercana, los personajes de los capítulos anteriores eran como, no sé explicarlo, resultaban más lejanos, mientras que Victoria es como la gente que conozco.
A Sara la vemos muy de refilón, por este capítulo no tengo ni idea de cómo es.
Pero tampoco hay que dar toda la información de golpe ;)
Bueno, leída esta tercera entrega, he de decir que es la que mas me ha gustado hasta ahora. La que mejor mantiene el equilibrio entre presentación de personajes y presentación de la trama. Logras introducirnos dentro de lo que quieres contar y no salimos hasta que tu nos sueltas. Soberbio inicio de capítulo y frase final demoledora, de las que se quedan. Las chicas muy bien perfiladas, y esa especie de profesor Xavier también muy bien. Comienzas a jugar con el esoterismo y su terminología, a dejarnos con la intriga de que será tal o cual cosa. Muy bien. Diálogos muy ágiles, muy bien trenzados. No cortan la acción, sino que la complementan. Y se ve conforme avanzas que vas encontrando el tono, que te vas sintiendo cómodo.
Sólo le pongo un par de pegas. La primera es que en el segundo párrafo, cuando hablas de el portero, para referirte al portero automático, simplemente dice que es el portero. Conviene aclararlo. Puntualízalo, no es un señor haciendo ring en su puerta, es el portero automático sonando. ;D
Y la otra es una de simple apreciación personal. No me convence la construcción de la frase "Con la misma manera de proceder que un autómata". Me suena algo impersonal, forzada, me rechina un poco. Creo sonaría mejor "Procediendo igual que un autómata" . Pero vamos, esto es una simple opinión personal.
Por lo demás lo dicho. El gusano crecer y crece semana a semana. Y queremos leer mas...
Gracias por tu aportación, Voro!
Vale, voy tomando nota de algunas frases rarillas (residuos del borrador original, me temo)...
Muy importante me resulta el aporte que haces acerca de los diálogos, una de las cuentas pendientes que quedaron de la primera versión de la historia, donde quedaban bastante artificiales. Me ha resultado especialmente complicado que resulten creíbles, pero si convencen al público, puedo darme por satisfecho...
Jajajajaja muy bueno lo de Xavier. Hacía mucho que no escuchaba esa comparativa (ya la hizo alguien en su día al leer los primeros borradores)
Lo del esoterismo y la magia es uno de los puntales, no sólo de el Gusano, sino de la serie entera. Aunque me he tomado ciertas libertades en algunos momentos (ya se irán viendo), he procurado documentarme en la medida de lo posible con la idea de ir conformando un Universo Oscuro coherente y con reglas propias...
En fin, como ya he mencionado en los comentarios anteriores, en próximos capítulos tendréis datos para ir hilvanando las distintas tramas...
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