martes, 22 de abril de 2014

Mondo Chorra- ¡Feliz 450 cumpleaños, William!, o Homenaje al Master of Putos



Por si alguno no se ha dado cuenta, la cabra tira al monte y oye, con eso de que uno es filólogo y anglista para más señas, no puede evitar tener ciertas filias hacia el señor Shakespeare, también conocido como el Bardo de Stratford y, para mí -cariñosamente- el Master of Putos.
¿Que por qué es Will el Master of Putos? Hacéoslo mirar si no lo sabéis, pequeños, si a estas alturas tengo que explicaros esto. Hablamos de un cabronazo que, a lo largo de estos últimos siglos ha conseguido, no solo convertirse en uno de los autores más vendidos y traducidos de todos los tiempos, sino que se las ha apañado para convertirse en el bastión más incontestable de la literatura inglesa y, yendo más allá, de la universal. Podemos ir de chovinistas con el rollito de "Eso es así porque es inglés", y quedarnos como si hubiéramos cagado, pero no nos pasemos de listos y pensemos que, si el "Ser o no ser" se ha convertido prácticamente en la línea más famosa de toda la historia del teatro (pasando por encima de Moliére o, por mucho que nos duela, queridos patriotillas, el propio Lope de Vega), algún tiempo antes de que los ingleses y los americanos se convirtiesen en los molones oficiales.
Cuando uno es un puto clásico, se pasa por el forro de los cojones eso de la mutabilidad de las modas y mamarrachadas tales como estar en el top de ventas de la Efnás cada mes. Se es un clásico como el que adquiere la condición de leyenda o de héroe: por medio de la posteridad, en base a la admiración a lo largo de los siglos y el reconocimiento de geneneraciones enteras de lectores que, al cerrar una obra, suspiran y dicen "¡Qué tío más hijoputa!" Esto, amiguetes, no te lo da una buena campaña publicitaria, ni un plan de marketing concienzudo; esto lo da que tanto críticos como lectores de a pie coincidan en que tanto lo que se cuenta como lo que se cuenta está trabajado y con un resultado óptimo. Si a eso añadimos el hecho de que puedas sobrevivir, pongamos, más de cincuenta años, ya tenemos el concepto más que establecido.


"¡Queeeee cabroooon!"


El Gran Puto de Stratford, como digo, es uno de esos grandes ejemplos; si algún mamarracho me suelta que se le sigue haciendo la rosca solo porque a los críticos se la pone dura, aparte de que me entren ganas de arrearle con una loncha de jamón de York en los hocicos, le puedo recordar tranquilamente que es uno de los autores más adaptados y versioneados en cine, televisión e incluso cómics (aparte de haber visto adaptaciones de sus obras, solo en Marvel y DC he pillado tropecientas mil referencias a sus obras, bien líneas directamente citadas, bien referencias escénicas) que ha parido madre. No en vano, la primera adaptación al cine (o una de las primeras) que se hizo de sus obras fue prácticamente de la mano con el nacimiento del cine en sí mismo. Hablo de un fragmento mudo de King John, que data nada menos que de 1899 (el cine como tal, nació unos cuatro años antes), y a partir de ahí la cosa no ha parado, con adaptaciones más o menos constreñidas al texto original (el caso que mejor me viene a la cabeza es el Hamlet de Branagh que, en su versión extendida, recita el texto original de la obra, llegando a unas cuatro horas y pico), adaptaciones sui generis (como en el caso del King Lear de Peter Brook o el Titus de Julie Taymor) o lo que llamamos "derivativos", que consisten en coger la temática general de la obra y hacer una adaptación no-literal, en otro escenario y cambiando los nombres de los personajes (casos claritos: West Side Story, derivativo musical de Romeo and Juliet, Ran y Trono de Sangre, de Akira Kurosawa, que adaptan de forma libre (y situando la acción en el Japón samurai) King Lear y Macbeth, respectivamente... o incluso El Rey León, que toma las bases más claras de Hamlet). Todas y cada una de estas adaptaciones, si tan dura se la pone solo a los críticos, curiosamente han calado bastante hondo en la cultura popular, y raro es el que no ha visto al menos una adaptación o derivativo alguna vez (y eso, solo en cine. En literatura lo primero que se me viene a la cabeza es la novela The Nature of Blood, de Caryl Phillips, donde se toma el concepto de Othello y se enfoca desde el punto de vista de la identidad racial). Otra cosa, claro está, es coscarse de ello (admitámoslo, no siempre es fácil, ya que las bases de lo que nos cuenta Shakespeare a veces aparecen de forma muy, muy sutil en las derivaciones).


Incluso en ciencia-ficción hay derivativos: Para muchos (académicos incluidos), Forbidden Planet es una versión muy libre de The Tempest.


Quizás uno de los argumentos más básicos para hablar de esta permanencia en el tiempo como clásico de Shakespeare radica precisamente en la "atemporalidad" de lo que nos cuenta. Es muy ignorante decir que las obras del S.XVII, por definición, se quedan "anticuadas" y que "la gente no entiende lo que se cuenta" (o, más insultante aún, decir que los niños no están preparados para entender una obra de teatro de la época y que hay que adaptarlas para sus jóvenes mentes. Yo mismo he explicado Hamlet a chavales de diez y doce años y la han entendido sin demasiados problemas, llegando incluso a entrar ellos solitos en debates acerca de la moralidad de lo que se cuenta), como he venido leyendo últimamente de alguna que otra compañía de teatro. Precisamente lo que hace que la obra de Shakespeare (salvando excepciones más constreñidas a la época, por ejemplo, como sucede con The Merry Wives of Windsor) para mantenerse a lo largo de los siglos es tocar temas que son fundamentalmente atemporales: si hablamos de género, feminismo o incluso violencia de género, no se puede evitar pensar en Othello, donde vemos que un hombre (ALERTA SPOILER) acaba asesinando a su mujer a causa de los celos. Un tema que, si lo pensamos bien, está de moda hoy en día: la violencia de género y el concepto de la mujer como posesión estaban ahí, quizás no referidos con términos tan modernos y no desde una perspectiva tan chulipiruli como la que tenemos en el s.XXI, pero oye: Shakespeare ya nos hablaba de ello en 1603.
El caso de esta obra me resulta particularmente interesante porque no solo menciona el concepto del género; también nos habla acerca del concepto de integración racial y la identidad del "inmigrante" (lo entrecomillo porque este concepto me resulta demasiado moderno para referirme a él como tal en un contexto renacentista): el personaje de Otelo es de origen "moro", (concretamente, se comenta que proviene de Chipre) y vive en Venecia, donde tenemos que lleva un tiempo viviendo como soldado... por lo que su identidad doble se convierte en otro concepto sobre el que pensar: Al vivir durante años allí y al estar casado con Desdemona, ¿es más italiano que "moro"? ¿Ha perdido su cultura original, la conserva o posee una mezcla de ambas?


Incluso el concepto de Iago, alguien que se nos engancha cual sanguijuela y se dedica a emponzoñarnos la mente, dirigiéndonos en contra de otros, es algo que no solo está presente en literatura.
Mirad a vuestro alrededor y, si no lo tenéis al lado, fijo que encontráis alguno en la oreja de alguien.


Yendo a obras más complejas como Hamlet es cuando nos cagamos vivos, ya que si bien nos podemos quedar en el concepto del héroe trágico que tiene miedo a actuar y son esas dudas las que plantean la mayor parte de sus problemas, podemos ir hilando más fino y descubriendo todo un sinfín de lecturas: desde posibles atracciones incestuosas (no solo entre Hamlet y su madre, sino entre Ophelia y Laertes), manipulaciones en la sombra (¿Es Claudio tan villano como queremos creer? ¿No será que Hamlet realmente está loco? ¿Y, realmente es Gertrude, madre de Hamlet, tan inocente como parece? Es más, aun asumiendo que la aparición del fantasma del padre de Hamlet sea cierta... ¿cómo estamos tan seguros de que ese fantasma dice la verdad a su hijo al pedir venganza?) e incluso dilemas morales más allá de lo que viene siendo la venganza en sí (Ophelia, por ejemplo, no deja de ser una marioneta a manos de Hamlet, supuesto héroe, usada para sus fines y prácticamente desechada cuando no interesa). Y esto, solo con estas dos: podemos ir a más, con temas como la ambición (muy claro en Macbeth, con sus dosis de manipulación) o las escabrosas relaciones dentro de una familia (como en el caso de King Lear, el cual por cierto se utiliza en Estados Unidos para impartir cursos sobre marketing y advirtiendo, poniendo la obra como ejemplo, de lo que puede suceder en negocios familiares)

Esto es, probablemente, una de las cosas que diferencian a un clásico: partimos del hecho de que Shakespeare, como tal, hacía lo que hacían los autores de la época, que era tomar fuentes previas y adaptarlas a su época y aportando su particular estilo. Tomando como ejemplo las obras de arriba, tenemos que Othello está basada en una obra de Boccaccio, y Hamlet, en una tragedia medieval. Lenguaje (incluyendo aquí todos los juegos de palabras, duelos de ingenio entre personajes y demás), algunas subtramas y demás son añadidos por el autor, creando algo diferente al texto original. ¿Nuevo? Pues en parte, ya que si partimos que desde la Grecia clásica prácticamente está todo inventado y que las historias que conocemos no son más que derivaciones unas de otras, pues lo mismo muy nuevo no es. Quizás la novedad consiste en eso, en aportar el estilo personal y hacer que el resultado prevalezca.


Dato curioso: en contra de la creencia popular, el monólogo de "Ser o no ser" no se hace en la escena del cementerio. La calavera del antiguo bufón aparece ya en el último acto de la obra, y Hamlet no está solo, sino que hay un enterrador con él, más su amigo Horacio.


Por eso me tengo que descojonar como señoras como la Quintana, cuando fue pillada a calzón bajado por un caso de plagio hace ya unos cuantos años, vino dándoselas de digna y aludiendo sin pudor que Shakespeare también copiaba. Quizás la auténtica diferencia es que Shakespeare no sabía hacer copy-paste, así como para empezar; él tomaba una base y la interpretaba de su puño y letra, añadiendo una considerable cantidad de cosas. Hasta donde sabemos, no cogió el texto de nadie ni hizo que un señor se lo escribiese, copiando párrafos enteros. Hay una sutil (pero clara) diferencia entre tomar una base y adaptarla y copiar directamente párrafos enteros de lo que ha escrito otro.
Con eso de que un señor escriba por ti también ha habido unas pocas de especulaciones acerca de Shakespeare, por cierto. Desde que puedo recordar, cada vez que alguien (sin mucha idea, por cierto) ha hablado del tema, ha salido el manido y trillado tema de "Pero oye, es que dicen que él no las escribía", quedándose tan panchos. No deja de hacerme gracia que, en una sociedad supuestamente racional, nos traguemos cualquier milonga sin pruebas. Por lo que sabemos, Shakespeare escribió sus obras, puesto que no ha salido ningún dato que rebata esta afirmación; tenemos las versiones originales de las obras por ahí pululando (o las versiones que quedan enteras, claro) con la firma de nuestro amigo y NADA fiable que apoye lo contrario, por lo que dar por hecho un rumor es un acto de fe más que de empirismo o de hacer caso a lo que dictan las pruebas. ¿Digo con esto que Shakespeare, por tanto, escribió TODO lo que aparece firmado por él? No exactamente: lo que digo es que TODAS las pruebas apuntan a ello y no hay NADA sólido que afirme lo contrario. Si vamos de científicos por la vida y nos ponemos en plan "Si no lo veo, no lo creo" con todo, esto no tiene por qué ser menos. Si mañana salen datos que nos dicen que, efectivamente, hubo alguien que escribió por Shakespeare, pues se reescribe lo que sabemos y a tomar por culo... Pero lo ridículo es asumir algo solo porque esa teoría nos mola.



"Pues yo iba a decir que Shakespeare era extraterrestre".
No habrías sido el primero, Iker...


A veces, dichas teorías están respaldadas por argumentos que te hacen pensar en si más de uno fue el espermatozoide más rápido. Una vez escuché que alguien dijo que tras la figura de Shakespeare podría haber una mujer que, bien le decía lo que tenía que escribir, bien era ella la que directamente lo escribía. Teoría chorra sustentada en el hecho de que sus sonetos van dirigidos a un hombre y que, por tanto, como no hay hombre alguno sobre la faz de la tierra que a la hora de escribir pueda ponerse en el pellejo de una mujer (o mujer que pueda ponerse en el pellejo de un hombre, ya puestos), pues hala. Lo mismo tenemos con la teoría de que el amigo Will, bien era homosexual, bien le daba a todo. ¿Es imposible? Claro que no; ahora bien, ¿basar esa afirmación SOLO en lo que leemos en los sonetos? Pensad en la solidez que puede tener una teoría así. Otra cosa, claro está, es que se investigue un poco sobre la vida de Shakespeare y demás y se medio llegue a esa conclusión... pero tampoco podemos decir que haya unas pruebas palpables al respecto.
Y voy más lejos: Si Shakespeare hubiese sido realmente gay o bisexual... ¿Qué coño importa?

Con respecto a lo de la vida de Shakespeare, quizás es aquí donde tenemos la mayor parte de especulaciones sacadas del sobaco jamás paridas. No hace mucho, alguien me preguntó por qué sobre alguien como Cervantes no hay tantas especulaciones acerca de su vida como sucede con Shakespeare. No soy un experto en la vida de Cervantes, pero en el caso de Shakespeare puedo decir que gran parte de las especulaciones se deben a que sobre su vida se sabe de poco tirando a nada. Hay algunos datos sueltos, pero poco más: se sabe que su padre era comerciante de pieles (algunos dicen que fabricaba guantes) y que, en la primera etapa de su vida... bueno, hay un borrón bastante grande; hay cosas que se asumen por contexto histórico (como que luchó en el ejército contra los españoles), pero más allá de eso, se sabe prácticamente nada. Nuestro amigo, que se sepa, no dejó diarios y poca correspondencia se ha conservado de él. Todo lo referente a su ideología, personalidad, etcétera, permanece en el misterio... Lo que ha dado que pensar, en multitud de ocasiones, en un montón de cosas sustentadas en nada. Algo que tiene tanto sentido como pensar que alguien que escribe una novela con neonazis como protagonistas es neonazi, o pensar que para escribir un buen personaje masculino debes ser hombre. Si Shakespeare era racista, feminista, creía en los alienígenas o soñaba con que algún día alguien inventase los comics es algo que no está probado hasta la fecha. Y si no lo está, lo absurdo es dar por sentada la certeza de UNA teoría que sostiene un grupo minoritario que no tiene nada más que aportar que la mera especulación.


He aquí una de las pelis más famosas que se dedicó a contar este tipo de teorías sacadas de la manga.
Que oye, la peli es una comedia y como tal, entretiene. Lo chungo fue escuchar que hubo gente que dio credibilidad a una película que, desde su mismo principio (¿Psicoanalistas en la época de Shakespeare?) no se tomaba en serio a sí misma.


Aquí, una de las más recientes, con un tagline que de por sí ya se ve orientado a captar público.
Lo más gracioso es que sí, que vemos el interrogante en la frase, pero si lo pensamos, estas cosas se hacen más como afirmación que como suposición. Peor aún si consideramos que esas teorías no son más que especulaciones basadas en datos insuficientes. Algo muy similar a la mamarrachada que se hizo con el Rey Arturo hace algunos años, aunque tengo que decir que la peli protagonizada por Clive Owen incluso se inventaba datos que se había demostrado ya que no eran ni ciertos...
Moraleja: no os creáis todo lo que veis en el cine.



De esa especulación nace precisamente pensar que todo lo que dijo Shakespeare quedó registrado, desde el "Buenos días" al vecino al "Me voy a cagar" a su parienta cuando terminaba de comer. De ahí surgen cantidad de soplapolleces new age, como he comentado alguna vez, atribuidas al Bardo. Como buen cazador, me he dedicado una y mil veces a comprobar su veracidad... de todas esas supuestas "citas", solo unas pocas están reflejadas en sus textos (la única prueba con la que contamos para saber que lo dijo); el resto son majaronadas del tipo "BIBEH HAMA SE FELIS CONTIGO MISMO" que rezuman un rollito bastante cursi, que no tiene mucho que ver con lo que escribía este hombre. Pero eso sí, se atribuyen a él, para darle un halo de "molonidad"... Pero oiga, sin leer un carajo, que eso aburre.
Y es que hay gente que, en el momento en que oye hablar de Shakespeare, se piensa que automáticamente se va a escuchar un despliegue de cursiladas vomitivas, cosa que nunca he terminado de entender: sí, Shakespeare escribió Romeo and Juliet... una obra en la que acaba palmando casi media docena de personas, siendo esta tragedia "suave" si la comparamos con cosas tan alegres como Titus Andronicus, donde aparte de morir gente, tenemos temas tan chulimolones como violación, mutilación y canibalismo. Las comedias no es que anden más finas en cuanto a temáticas políticamente incorrectas: si tomamos obras como Twelfth Night, encontramos una mujer que se hace pasar por hombre y se pone al servicio de otra mujer, que se enamora de "él"... ¿O acaso de ella? Los textos cuentan precisamente con tal ambigüedad a la hora de plantearnos las escenas que todo es posible. Pasando a cosas más sátiricas, encontramos que la reina de las Hadas, Titania, se enamora de Bottom, un trabajador del pueblo... estando este transformado en burro, a causa de una flor mágica que la ha hecho enamorarse de lo primero que ve (¿Lucha de clases? ¿Zoofilia? ¿Abuso de drogas?). Y podríamos seguir, si ahondásemos más en la bibliografía.


Titania y Bottom.
No, por favor.
No empecemos con los chistes sobre los atributos del burro, que llevan ya anticuados unos pocos de siglos...
O sí.
Venga, pensemos en lo grande que la tenía el burro.


Y no me quedo solo en el tema: el lenguaje de Shakespeare, en contra de la creencia popular, refleja las distintas clases sociales (supongo que no pensaréis que los "Mechanicals" de A Midsummer Night's Dream iban a usar un lenguaje superculto, siendo una panda de currantes), por no mencionar claras alusiones sexuales, a veces abiertamente groseras (mi favorita, en Othello, con la expresión "To make the beast with two backs" o "Hacer la bestia con dos espaldas" para referirse a un follisqueo). No debemos olvidar que, por muy s.XVII que sea, estamos hablando de una época en que la sexualidad se reflejaba en la literatura de un modo más o menos explícito. Casi contemporánea de Shakespeare es la corriente de la poesía metafísica que, para ser más claros, tenía como uno de sus principales leit motifs el de "Vamos a echar un casquete, que la vida es breve y envejecemos y moriremos", con toda una serie de excusas argumentales para convencer a la amada de que no hay nada malo en frotarse bajo unas sábanas.


Referencias por todas partes: en el comic Y, The Last Man de Brian K. Vaughan, tenemos dos personajes cuyos nombres están inspirados en Shakespeare, como son Yorick (Hamlet) y Hero (Much Ado About Nothing). Incluso el nombre de Hermione, que conocemos por Harry Potter, tiene su referente en un personaje de A Winter's Tale.
Shakespeare y su legado están por todas partes y, cuanto más conscientes somos de ello, más presente sentimos que está.


Sexo.
Violencia.
Humor.
Venganza.

Probad a decirme que estos conceptos no siguen vigentes hoy en día; que mostrar las debilidades humanas, tales como la envidia, el resentimiento, los celos, las dudas o incluso el amor (si pensamos en Romeo and Juliet, por ejemplo, el amor casi parece más una debilidad que una fortaleza y es precisamente el motor de toda una tragedia) y yo me reiré muy fuerte.
Especulaciones, invenciones o mentiras aparte, hay que decir que lo que sí es un hecho es que Shakespeare sigue dando caña a sus cuatrocientos cincuenta tacos. Siglos después de muerto, se le consigue considerando un referente. Multitud de líneas de sus obras permanecen en la memoria colectiva (no solo el famoso "Ser o no ser", sino otras como "Mi reino por un caballo" de Richard III o el "Guárdate de los idus de Marzo", "Grita caos y suelta a los perros de la guerra" o "El mal que los hombres hacen les sobrevive; el bien queda enterrado junto a sus huesos", de Julius Caesar). En el mundo académico, todavía se siguen escribiendo artículos, con publicaciones no solo centradas en Shakespeare, sino en obras concretas (recuerdo, cuando estudiaba mi doctorado, que había una publicación dedicada a estudiar Hamlet de forma exhaustiva).
Han pasado cuatrocientos cincuenta años y aquí lo tenemos, con tanta presencia o incluso más que cuando rulaba por la campiña inglesa, representando sus propias obras.
Ole tus cojones, Will.

lunes, 21 de abril de 2014

Mondo Chorra- El Romanticismo inglés, o "¡Qué vienen los rebeldes!"




Pues va uno, se pone a darle vueltas al tarro y se acuerda de los apuntes de la carrera. Que tal, que Pascual, para eso de buscar un tema del que hablar en el que, posiblemente, es uno de los Blogs Menos Leídos de la Red y se dice a sí mismo "Coño, pues puestos a hablar de algo que uno medio controla, podríamos hablar sobre literatura, que para eso la ha estudiado, ¿que no?"
Y así es como funciona este artículo, pipiolitos míos. Toca hacer un pequeño repaso sobre uno de los períodos más interesantes para mí de la literatura inglesa (podría expandirme a más países, pero es que uno tiene la malsana costumbre de ser anglista), con las figuras más relevantes y eso. Es posible que a alguien un artículo de este corte le puede parecer demasiado "pedante" o "cultureta", considerando el despliegue de animaladas que suelen verse aquí. Para no ser una nota discordante, les diremos a aquellos que se piensan que este blog va solo de hacer el cabestro (y nada más) lo mismo que me dijo la directora de mi carrera cuando escribí la carta al diario Aula Magna cuando la reforma: si solo ven lo que quieren ver, es culpa de ellos y no mía. Y, usando términos más propios de este blog, les sugiero incluso que se vayan a cagar un ratito.

Dicho esto, arrancamos:

El Período Romántico en literatura coincide más o menos con la era de la Revolución Industrial, hacia finales del s.XVIII, y teniendo su punto de máxima expresión ya en el siglo siguiente. Se opone diametralmente al período anterior, conocido como Neoclasicismo, que se caracterizaba por un exacerbado cuidado por las formas y el estilo y un trabajo sobre la técnica que roza la obsesión. Tomando como base ideológica el concepto de revolución y, muy especialmente, usando como inspiración la Revolución Francesa, el Romanticismo busca una ruptura con esta corriente, centrándose más en expresar las emociones que en la búsqueda de la belleza en sí. El autor romántico, por definición, se desmarca de toda esa "corrección" que caracterizaba el mundo Neoclásico: ahora nos encontramos almas atormentadas, ateos declarados, anarquistas, consumidores de estupefacientes, visionarios, amantes de lo esotérico, depresivos e incluso suicidas. Todos estos fulanos, de un modo u otro, se van a desmelenar sobre el papel y van a volcar lo que llevan en las tripas como no se había hecho hasta la fecha.

En cuanto a la temática, nos vamos a encontrar elementos mucho más escabrosos sobre los que escribir: lo sobrenatural va a cobrar una especial presencia, pero esto (aunque sea de lo más llamativo) no es lo único; los autores románticos van a sentir una especial predilección por aquellas figuras que se consideran "lo más bajo de la sociedad", los llamados outsiders: vagabundos o gente de la clase obrera va a convertirse en la figura principal de más de un texto romántico, lo que apoya un poco este concepto de "revolución social" que indicaba arriba. Dicho de otro modo, es como si se "democratizase" el objeto literario y no solo la mujer amada o el héroe tradicional pueden ser protagonistas de un texto: ahora, podemos encontrar a los trabajadores de los suburbios de Londres (véase el poema "London" de William Blake) o un señor que se dedica a recoger sanguijuelas en una playa para ganarse la vida ("The Leech Gatherer", de William Wordsworth). La emoción, como he comentado arriba, cobra tal importancia que se convierte en un puntal esencial en el texto: es por ello que ahora la naturaleza se muestra como una extensión de los sentimientos del personaje protagonista o del poeta; sentimientos que afloran, sin represión alguna. Los autores románticos aman intensamente, víctimas de "flechazos" o arrebatos impulsivos, carentes de racionalismo alguno. Una silueta en mitad de la oscuridad puede ser tomada por una dama y, a partir de ahí, convertirse en la devoción del protagonista, que es capaz incluso de dar su vida por ella, aunque ésta silueta no sea más que un rayo de luz en un bosque. Pasión desatada, desenfrenada y, sobre todo, atormentada. Temas como el suicidio (muy propios en tragedia) se convierten en recurrentes aquí, aunque de un modo menos "razonado" que lo que estábamos acostumbrados a ver hasta ahora (me explico: los suicidios no se producen por razones de honor, para purgar un crimen cometido o cualquier cosa similar; suelen tener más que ver con la desesperación pura y dura, a menudo producida por un terrible desasosiego, un incurable desengaño o un hastío de la vida atroz). Todo vale para patear en la boca ese "refinamiento" de las formas imperante hasta la fecha o, lo que es lo mismo, la Revolución llega para quedarse.


"Sturm und Drang", o "Tormenta e impulso". El lema que daría el pistoletazo de salida a un movimiento artístico.



Si bien tenemos ya precedentes en toda Europa (como es el caso del amigo Goethe en Alemania o nuestros Bécquer o Espronceda), en Inglaterra su figura precursora aparece de la mano de William Blake.
El señor Blake (1757-1827) es de esta clase de amigos que podríamos considerar como "pintoresco", "excéntrico" o incluso "curioso". Un hombre multidisciplinar, que combinaba su faceta de poeta con la de grabador, y que tenía la costumbre de ilustrar sus poemas con un grabado de su puño y letra. Un tipo la mar de creativo, con un lenguaje simbólico de los de echarlo de comer aparte (en el buen sentido de la palabra, hablando de la riqueza y la imaginación que expresa en cada línea). De William Blake se dice que sufría visiones, que probablemente ayudaban a conformar todo un lenguaje propio, basado en gran parte en figuras religiosas (aunque tampoco sería para considerarle precisamente un "beato"): no en vano, tenemos poemas suyos, como "All religions are one", en el que, bueno... deja claro que lo suyo es más un concepto de "espiritualidad" que de "religión" en sí (o de "deísmo", si estamos más cómodos con el término).
Pese a lo tarumba que os puede parecer esta descripción, luego encontramos que todo en Blake resulta coherente y equilibrado. Pongo el ejemplo de su obra más sonada, Songs of Innocence and Experience, en el que encontramos dos grupos de poemas claramente diferenciados, que se contrarrestan unos a otros. Por ejemplo, tenemos "The Lamb" (en clara alusión a la figura de Cristo) y su opuesto en el famosísimo poema "The Tyger" (sí, con "y"), donde se describe con bastante lujo de detalles, la caída de Lucifer... sin entrar en juicios de valor y dándonos a entender que si bien hubo un Dios que lo creó todo, su mayor opuesto (Lucifer-Satán) es también creación suya.


William Blake también le pegaba a la pintura. Manco que era, el cabrito...


Tras William Blake podemos ir hablando de lo que sería, propiamente dicha, la primera generación de poetas románticos en suelo inglés. Traducido, esto viene a suponer las figuras de William Wordsworth (1770-1850), y Samuel Taylor Coleridge (1772-1834).
Estos dos llevaban un rollito similar a lo que los amantes del heavy metal entenderíais hoy en día a lo que hicieron en su momento Marty Friedman y Jason Becker. Para el resto de los mortales, hablamos de dos autores que se complementan entre sí de tal modo que es complicado hablar de uno sin mencionar al otro. Ambos escriben su obra conjunta Lyrical Ballads, donde el concepto de mito y realidad se convierte en uno de los bastiones que la caracterizan... e, insisto, de forma complementaria. ¿Cómo? Pues tomando esto como telón de fondo, pero variando en cuanto a enfoque: si bien Wordsworth toma escenas cotidianas (como el ya mencionado Recolector de Sanguijuelas) y les confiere una apreciación prácticamente mitológica (es decir, mitificando algo que a cualquier humanoide le parecería "cotidiano" e incluso "vulgar"), Coleridge hace justo lo contrario, confiriendo un curioso aire de "cotidianidad" a fenómenos sobrenaturales. Tomamos de esto último como ejemplo, su celebérrimo "Rime of the Ancient Mariner", donde empieza contándonos cómo un fulano va a una boda y le para un marinero con pinta de majarón. El marinero le cuenta una historia y el invitado a la boda, pudiendo mandar al colgado a hacer gárgaras, se ve impedido por una especie de fuerza sobrenatural que le obliga a escuchar; a partir de aquí, se narra toda una epopeya con elementos tan sobrenaturales como maldiciones o la aparición de figuras alegóricas de la talla de la Muerte. Todo para rematar en un mensaje de marcado corte ecologista, así para rematar.
Coleridge además sufría jaquecas de órdago, lo que le hizo acabar sufriendo una seria adicción al láudano (opio) para contrarrestarlas. De ahí que en su poesía notemos un marcado carácter onírico... y no solo en su poesía en sí, sino en su trabajo mismo: tomemos el caso de su inacabado poema "Kubla Khan" que, según cuenta la leyenda, empezó a escribir tras levantarse de un sueño. Por desgracia, alguien entró en la habitación, le distrajo y todo lo que quería contar a continuación se le olvidó. La espontaneidad del período Romántico elevada a su máxima expresión.


"There was a ship"...
Con esta frase empieza el poema de Coleridge sobre el Viejo Marinero. A aquellos que os guste el heavy metal, sabréis que hay una versión de este poema tocada por Iron Maiden, donde se resume toda la historia y donde se narran dos pasajes directamente extraídos del poema.


Llegamos así a la segunda generación de poetas románticos ingleses, comprendiendo aquí a autores como Lord Byron, Pyrce Bysshe Shelley (junto a Mary Wollstonecraft, que se convertiría en su esposa) y John Keats.
Si hasta ahora los autores que he presentado os parecían gente curiosa, con estos vamos a flipar en colores, ya que tenemos a los enfants terribles de la época: controvertidos, revolucionarios y de escándalo en escándalo, personajes como Lord Byron sentarían las bases del artista excéntrico y, a la vez, comprometido con las convulsiones de su época: luchadores de una ideología que hoy en día podríamos considerar "izquierdista" (por no decir abiertamente anarquista en algunos casos), esta generación se pasa por el arco de triunfo cualquier convención social, desafiando a una sociedad que consideran constreñida e hipócrita. Byron (1788-1824), profundizando en el ejemplo, viajó por Europa, luchó en la guerra de independencia de Grecia y protagonizó unos cuantos escándalos por sus devaneos sexuales con personas de ambos sexos (sin mucho pudor, por cierto), cosa que hoy en día igual no nos escandalizaría demasiado... pero recordemos que andamos en el s.XVIII y que esas cosas estaban algo peor vistas que ahora. Habló en el Parlamento en contra de imponer la religión, precisamente por respeto hacia otras creencias, algo que no era muy de esperar en la época en la que vivió.
Su obra más representativa es el "Don Juan", una especie de poema épico, escrito de una forma bastante "clásica" (quizás por oposición a la corriente romántica reinante), llegando a manifestar en él (concretamente, en el III Canto del poema) su desprecio por autores casi contemporáneos a él, como Wordsworth y Coleridge, lo que nos da a entender que Byron era de algún modo un rebelde... incluso entre los propios rebeldes.


No, no es Johnny Depp, sino George Gordon, también conocido como Lord Byron.


Pyrce Bysshe Shelley (1792-1822) era coleguita de Byron, y otro que tal bailaba en cuanto a ideología: este amigo escribió poemas tan "políticamente correctos" como "The Masque of Anarchy", de marcado tono pacifista, o "The Necessity of Atheism", cuyo título habla por sí solo. También escribió sobre temas tan escabrosos como el incesto ("The Revolution of the Golden City"). Apoyaba fervientemente el vegetarianismo (otra cosa bastante poco frecuente en la época) y no menos era conocido por sus escándalos en su vida personal: a los diecinueve años, se fugó con Harriet Westbrook, de tan solo dieciséis, con la que se acabaría casando, y de la que se acabaría cansando, para acabar junto a Mary Wollstonecraft Godwin (1797-1851), también de dieciséis años, que se convertiría más tarde en la autora que conocemos como Mary Shelley.

De hecho, poco después de fugarse con Mary, tenemos la famosa visita a los Alpes, donde, junto a John William Pollidori (1795-1821), el matrimonio jugaría a un juego literario: a lo largo de aquellos días, tomarían la zona como inspiración para escribir un relato cada uno: si bien tenemos que Percy usaría el trasfondo suizo para su "Mont Blanc", quizás lo que más ha trascendido es que Mary empezó a esbozar aquí lo que se convertiría en su famoso Frankenstein o El Moderno Prometeo. Según cuenta la leyenda, la historia surgió tras una pesadilla que la buena moza sufrió, en la que soñaba que una grotesca criatura la contemplaba desde la ventana.


"¡¡¡Coooooño!!!"


Pasamos a John Keats (1795-1821), joven atormentado donde los haya, y con la trayectoria literaria de una llama que brilla, explota y se consume tan rápido como arde. No lo digo por decir, este muchacho perdió la vida a los veinticinco años a causa de la enfermedad de la época (la tuberculosis), con toda una carrera literaria a sus espaldas. Puede que esto, en nuestro siglo de consumo rápido y pelotazos adolescentes, no os resulte gran cosa, pero tenemos que tener en cuenta que, a la edad a la que murió Keats, muchas grandes figuras de la literatura ni siquiera habían empezado a despuntar (Shakespeare, por ejemplo, debía contar con unos treinta años cuando publicó el primer Folio de la Primera Parte de Enrique VI, compuesta hacia 1594). Si a esto añadimos el hecho de que su trayectoria literaria se limita a los SEIS años previos a su muerte (publicando solo los cuatro últimos), creo que lo que decía de la llama unas líneas más arriba no es para nada exagerado.
No puede decirse, además, que Keats fuese precisamente alegre y jovial en su poesía: prueba de su profundo desasosiego y de su hastium vitae en poemas como "When I have fears that I may cease to be" (traducido libremente como "Cuando albergo temores de que pueda dejar de existir"), en el que la sensación de angustia vital es patente, o el asunto del tiempo y la permanencia en textos como "Ode on a Grecian Urn". También se mete en temas sobrenaturales, como en el caso de "La Belle Dame Sans Merci", que tiene ciertas reminiscencias a la temática del vampirismo (coetáneo de la novela The Vampyre de Pollidori, ambas obras escritas en el mismo año, 1819... Que ambos autores nacieran y murieran en los mismos años, como debe entenderse, no es más que otra coincidencia), o en mitológicos, como sucede en "Lamia". Keats es el clásico caso de autor que en vida no fue especialmente reconocido, pero acabaría por convertirse en mito tras su muerte, hasta convertirse en uno de los poetas más estudiados hasta la fecha.

Y hasta aquí, el repasito sobre la literatura romántica en la literatura inglesa, con cierto énfasis en la poesía. He intentado ser lo más breve posible, ya que no es más que un artículo orientativo y no una tesis doctoral. Espero que a aquellos que no tuvieseis mucha idea del asunto os haya parecido interesante... y que aquellos que sí la tengáis no encontréis demasiados gazapos. Salvando algunos datos (como fechas), he tirado prácticamente de lo que recordaba de los apuntes de la carrera, con lo que es posible que haya alguna cosa que haya quedado en el limbo. Como digo siempre, si queréis información fiable al 100%, buscad libritos sobre el tema en las bibliotecas. Allí tendréis más, mejor, más bonito y gratis.

lunes, 7 de abril de 2014

Mondo Chorra- El factor Miedo



De todas las emociones, posiblemente es el miedo una de las que más fascinación ha podido causar al ser humano. Lo que, fisiológicamente, podemos entender como una reacción primaria ante una señal de peligro o una manifestación de nuestro instinto de supervivencia (y, por tanto, presente también en la mayoría de animales), evoluciona a nivel psicológico y cultural hasta conformar toda una mitología y metodología en sí misma. A lo largo de este artículo intentaré hacer un repaso sobre los elementos que rodean el concepto del miedo y cómo tendemos a verlos. Como siempre, y parece ser que tengo que explicarlo cada dos por tres, tengo que advertiros que este artículo NO es un artículo científico. NO cuenta la Verdad Absoluta, ni lo pretende. La única documentación que vais a encontrar serán las referencias a cosas que he vivido o alguna cosa que haya leído por ahí, pero eso solo se tomará como un punto de apoyo a mi argumento a modo de ilustración, JAMÁS como referencia documentada. Los errores o faltas a la verdad que podáis ver aquí NO son fruto de tergiversación, manipulación/omisión informativa o cualquier gilipollez que se os ocurra, sino conclusiones MÍAS, extraídas en base a MI experiencia PERSONAL y NO se pretende dar un punto de vista profesional ni irrefutable. El que lo busque en estas líneas, está haciendo el gilipollas al buscar la Verdad en Internet y no en alguien titulado que sepa orientarle del modo adecuado.
Y, una vez marcada la diferencia entre un blog de OPINIÓN personal y un artículo científico profesional para que nadie se haga la picha un lío y vea donde no hay, arrancamos:

Tal y como lo entendemos, el miedo se origina en el cerebro. Más concretamente, en el llamado "cerebro reptiliano" (encargado de conductas basadas en la supervivencia, como la comida y la respiración) y en el sistema límbico (cuya misión es regular las emociones y también controlar las conductas de evitación del dolor, así como la huida o la lucha). Toda la información que proviene del exterior es recopilada por este sistema y, por medio de lo que se conoce como amígdala, se activan los mecanismos de respuesta hacia lo que ésta identifica como fuente de peligro. En el momento en que la amígdala entra en acción, se producen estos mecanismos de respuesta, que pueden variar: huida, paralización o (más común de lo que parece) enfrentamiento. Sin embargo, tenemos que tener en cuenta que nuestro cerebro es algo más complejo que el animal y no es la amígdala la única responsable de la sensación de miedo: en nuestro cerebro, se da una importante interacción con la corteza cerebral y con el resto del sistema límbico.


La amígdala, señalada en rojo para que nos confundamos.


Hasta aquí, lo que dice la Wikipedia en cuanto a su origen. Quizás no una fuente excesivamente fiable, pero contamos con que sí sea lo bastante cercana a lo que en realidad hace nuestro cerebro cuando percibe una amenaza como real. No obstante, si hay algún neurólogo leyendo esto, se le invita a que complemente esta información.

Pasemos a lo que es el miedo en sí. Para empezar a hablar en lo que entiendo yo por tal, tendría que irme a una charla que se dio hace algunos años en mi ciudad, donde tres escritores de terror (o de lo que se entiende hoy en día como terror, cosa que no termino de ver del todo) hablaban sobre sus libros, así como de otras historias alucinantes que fueron surgiendo a lo largo de la tarde. En un momento dado, un niño de, no sé... unos doce, puede que trece años, se fue para uno de estos escritores y le preguntó si se había planteado en escribir novelas de terror orientadas a niños. La respuesta fue, como poco, interesante:

—No sé. ¿Qué es el terror?

El crío se encogió de hombros, y este autor prosiguió, a fin de profundizar en su respuesta:

—Es decir, ¿qué es lo que te da terror a ti? Porque igual no es muy distinto de lo que me pueda causar terror a mí. O igual sí.

Saltamos un año y pico hacia delante, puede que dos. El mismo tema vuelve a surgir en la ciudad de Valencia, en otra presentación literaria; esta vez, quien presenta su libro es mi amiga y camarada de penurias Elena Montagud, quien cuenta conmigo para que sea yo quien haga de maestro de ceremonias. Ella no ve esa idea muy diferente tampoco, y sostiene que el terror es algo proteico, que cambia de forma según el individuo. El terror, alude mi amiga, no tiene por qué ser un zombi o un vampiro; ni siquiera algo sobrenatural. El terror es aquello que te paraliza y te causa un nudo en el estómago. Lo que te impide reaccionar, te bloquea y hace que no seas capaz de pensar de una forma clara. Es, tal y como muestran algunos de sus relatos, lo que sientes cuando eres incapaz de abrir la boca en tu propia casa. Es una fobia irracional, o no tan irracional: cuando sientes que te van a despedir de un momento a otro, eso es terror. Cuando tienes a un familiar muy grave en cuidados intensivos y te planteas, en serio, lo que te puede pasar si lo pierdes, es terror.


Una de las cosas más aterradoras que conoce muchísima gente es algo tan inofensivo como hablar en público. La gente no te va a pegar, ni siquiera tiene por qué reírse de ti. Sin embargo, suele ser una experiencia bastante aterradora para muchos.


He mencionado arriba que el miedo se produce en el momento en que identificamos una fuente de peligro, pero esta fuente de peligro no tiene en absoluto por qué provenir de una amenaza en el futuro: podemos sentir miedo al recordar algo terrible. Podemos sentir miedo de nosotros mismos al descubrir que hemos hecho algo malo y que no nos creíamos capaces de hacerlo, lo que nos hace pensar más en el presente ("¿Qué clase de persona soy?"). El miedo suele tener un componente de anticipación pero, como indico aquí, no es una condición si ne qua non para que se dé.
Yendo aún más lejos, podemos sentir miedo incluso sin conocer una fuente de peligro concreta. Es lo que entendemos como ansiedad o pánico, que se desarrolla en crisis emocionales de cierta intensidad. Estás tan tranquilo y, de buenas a primeras, sientes un terror creciente que se apodera de ti. Que te corta la respiración, empapa tu piel en sudor frío, te seca la boca y hace que tu corazón se desboque.

A nivel psicológico (o incluso filosófico) casi me atrevo a decir que el ser humano viene a ser una suma de sus miedos. En cierto modo, nos definimos por aquello a lo que tenemos, de una manera muy similar a como cuando decimos que alguien se define por los enemigos que tiene. Al fin y al cabo, el miedo puede ser una reacción lógica y hasta saludable (por eso de la conducta de autoconservación), pero también es un enemigo. El miedo es el enemigo interior que nos limita y que nos impide vivir una vida normal; nos define, sí, y colabora en eso de conformar nuestra personalidad... pero también es capaz de hacer que desarrollemos conductas autodestructivas. Por evitar enfrentarnos a nuestras fobias y terrores más intensos, estamos dispuestos a mortificarnos o sufrir, y no nos importa: un claustrofóbico, por ejemplo, preferiría subir quince pisos a pie antes que meterse en un ascensor. Un niño que tenga miedo a que le hurten sus libros o cualquier otra posesión en el colegio acabará por llevarlo absolutamente todo en la mochila y no separarse de ella, aunque eso implique cargar con ocho kilos a las espaldas. Los ejemplos son múltiples, variando no solo en forma, sino también en intensidad.


Una buena forma de representar el miedo en la literatura lo hemos podido ver recientemente en la saga Harry Potter, representado por el Boggart que, en el universo de J.K. Rowling es una criatura que toma la forma de lo que más aterra a su víctima. De este modo, el Boggart jamás se presenta de dos formas iguales, sino que varía en aspecto dependiendo de a quién se enfrente.


Vemos un buen antecedente de esto en la historia del Rey Mono en la serie de La Cosa del Pantano de Alan Moore. En ella, el Rey Mono era una entidad demoníaca que se alimentaba de los miedos ajenos, tomando la forma de estos. Concretamente, encontramos que el bicho en cuestión se hacía fuerte en un centro para niños autistas o con problemas psicológicos graves. En la imagen, quizás una de las más representativas de lo que quiero decir, vemos cómo la mente hace de las suyas ella solita: una niña sufre un miedo irracional al cáncer, con el que la han asustado desde siempre. No está muy segura de lo que es pero, como dice el texto, "tiene sus propias ideas".
El miedo funciona así: tememos a lo desconocido, pero esos "agujeros informativos" no importan: nuestra mente se las apaña para rellenarlos, y de la forma más terrible posible.



He aquí, quizás, la parte más irracional del miedo: es esa en que nuestra mente asume un sufrimiento con el objetivo de evitar otro sufrimiento. No importa lo que suframos o lo que tengamos que hacer, pero por medio de esas conductas evitamos (o creemos evitar) que eso que nos aterra se nos ponga por delante. Al hacerlo, sin embargo, no caemos en la cuenta de que en realidad cedemos y nos cerramos puertas a lo que podría ser una vida relativamente tranquila: hay miedos justificados, sí, pero muchos otros carecen por completo de un fundamento real. En otras palabras, hay cosas a las que tememos sencillamente porque hemos decidido temerlas. Y, en el momento en que hemos cedido ante un miedo infundado, abrimos la puerta a otros miedos infundados: usando mi experiencia personal como ejemplo, si desarrollas agorafobia durante una crisis de ansiedad (quizás ya la variante patológica de lo que estoy hablando), es terriblemente tentador que otros miedos se instalen en tu interior. El miedo se contagia a sí mismo y, si dejamos que se instale en nuestras vidas y que campe a sus anchas, acabaremos por darnos cuenta de que estamos cediendo terreno más y más cada día.

El miedo, en cierto sentido, posee un atractivo único. En el fondo, muy en el fondo, nos gusta sentir miedo, quizás porque es una manera de hacernos sentir vivos: el miedo, aun de forma controlada, aparece presente en nuestra forma de vida. En espectáculos de riesgo, donde sufrimos al ver cómo alguien se juega la vida; al subirnos a una montaña rusa, con ese pensamiento fugaz de que igual el vagón en el que viajamos se estropea y nos la pegamos a no sé cuántos kilómetros por hora. Películas o libros nos muestran la naturaleza oscura del ser humano o bien nos muestran el terror sobrenatural... que reconocemos como "no real", pero no por ello tiene por qué asustarnos menos. Yendo aún más lejos, tenemos la mitología moderna de las leyendas urbanas que, desde que somos pequeños, nos habla de fenómenos terribles que pretenden ser reales. Tome la forma que tome, el miedo está presente entre nosotros y no existe nadie (o nadie en su sano juicio, al menos) que no tema absolutamente a nada. Todos tenemos algo que perder; todos podemos sentirnos intimidados en un momento dado en nuestra vida. En prácticamente todos nosotros hay una voz que nos dice "No".


El miedo es ese Yago, que nos mal aconseja, con ideas destructivas.


Esa es, precisamente, el arma que muchos emplean: el miedo es una herramienta útil, usada en muchos ámbitos, desde la publicidad hasta la política (como ejemplos, los famosos anuncios de corte gore de la Dirección General de Tráfico o las constantes amenazas veladas que lanzan los partidos políticos día sí y día también si el ciudadano medio no cree en ellos), sin pasar por lo que hace la sociedad en sí misma: desde que somos pequeños, el miedo a ser considerados "diferentes" nos lleva a poner en marcha conductas que, de modo implícito, nos obligan a ser uno con la masa. De aquí nace en muchas ocasiones ese miedo que tienen muchos a decir lo que piensan, o el miedo al "Qué dirán". Ese miedo que tenemos a sentirnos segregados es el miedo que nos obliga a comulgar con ruedas de molino, a obedecer. Es el miedo del que cobardes y poderosos se aprovechan para intimidar a los demás.
He dicho cobardes, sí: a menudo la gente que tiene más miedo es la que siente mayor necesidad de provocarlo en otros, a fin de no mostrarse como los débiles que son. Es por ello que aquellos que se creen poderosos o fuertes intentan constantemente ostentar ese supuesto poder sobre otros, a modo de recordatorio. No es tanto la ley del más fuerte que impera en la naturaleza, como la ley del más aterrador: esos que se dicen fuertes y que ejercen su dominio por medio del miedo en realidad no son más que una panda de cobardes que se dedican a intimidar y a amenazar, pero que raramente llegan a cumplir dichas amenazas. ¿Por qué? Quizás por lo mucho que tienen que perder, ellos los primeros: no en vano, si lo pensamos, la mayor parte de esa gente amenazada o presionada por este tipo de individuos es gente a la que deben mucho. Bien porque esos a los que oprimen son aquellos que sudan por ellos, bien porque sacan beneficio de cualquier otro tipo... pero no pueden permitirse perder a sus víctimas, de ahí que la amenaza no sea más que eso: una amenaza, vacía y vana, que jamás llegan a cumplir en realidad.

Este concepto es lo que matones y otros parásitos sociales emplean como arma para conseguir que otros satisfagan sus necesidades. El modus operandi, aunque complejo y revestido de un sinfín de artimañas, consiste básicamente en el mantra "No me das lo que quiero, pues entonces lanzo mi amenaza". Este concepto se suele basar siempre en una amenaza que busca el virtual "hueco en la armadura" del individuo amenazado: quien ostenta el miedo como arma, busca las debilidades de sus víctimas para volverlas en su contra. Gracias a eso, saben que éstas lo tienen muy difícil para evitar ceder ante la amenaza: bien porque ellos saben muy bien lo que pueden perder, bien porque tocan fibras a nivel personal lo bastante sensibles como para drenar sus fuerzas y convertirlas en marionetas que ceden ante cualquier petición. Saben cómo hacerlo y se aprovechan de ello. Es esa clase de gente "tóxica", término que ahora está muy de moda, capaz de someter la voluntad del prójimo, socavar su autoestima y llevarla a una espiral de humillación y dependencia. Cuando esto sucede, la víctima ve mermadas sus fuerzas para actuar y obedece, prácticamente, por inercia.


A causa de nuestro miedo a enfrentarnos a aquello que nos aterra, podemos optar por perder nuestra dignidad. Aceptar que otros nos juzguen, nos sometan y se burlen de nosotros.
Incluso podemos acabar por pensar que merecemos ser tratados así.


¿Es entonces imposible escapar de un yugo así? No, pero tampoco es fácil. La mayor arma para combatir el miedo, por tópico que resulte, es la voluntad. Incluso llegando a extremos de terror patológico, quien no quiere combatir el miedo no puede hacerlo (de hecho, es queriendo y ya cuesta, imaginad si encima uno no pone de su parte). O no durante mucho tiempo, al menos. Si el miedo, como he comentado arriba, es esa voz que nos dice "No" cada vez que deseamos hacer algo, la voluntad debe ser la sordera que se niega a escuchar a esa voz. La que nos hace plantar la rodilla en tierra cuando estamos tirados por los suelos y ayudarnos a ponernos en pie, ya que, en multitud de ocasiones, somos perfectamente conscientes de que debemos cambiar la situación que vivimos; el problema es que, sencillamente, no podemos. O, mejor dicho, creemos que no podemos.

Las amenazas que otros lanzan sobre nosotros, hablando a un nivel general (y con multitud de excepciones, todo hay que decirlo) suelen ser vacuas y esgrimidas por cobardes que no tienen cojones de meterse con alguien de su tamaño (físico o de otra índole) y que se creen que otras personas les pertenecen. En el momento en que la voluntad se interpone en su camino, la persona que ejerce su poder igual sigue intentando ejercerlo, pero cambia una cosa: la percepción. Tiene que llegar un momento en nuestra vida en que acabamos hartándonos de gente así a nuestro alrededor para que podamos empezar a cambiar las cosas. Para que hagamos acopio de nuestras fuerzas y podamos pensar en una solución que nos saque del hoyo. Por difícil que resulte (que lo es, y mucho), el primer paso es no creernos toda esa mierda que nos sueltan aquellos que intentan ostentar el miedo como un arma. Si ellos dicen que no valemos, tenemos que recordar (y esto, creedme, es MUY difícil) que no hacen sino valerse de mentiras para hacernos ceder. Si no hacen más que recordarnos que, si no les obedecemos, nos espera una vida miserable y desgraciada, nuestro cometido es recordar que no son dioses que pueden ver el futuro. Por mucho que cacareen y nos amenacen, no son dueños de nuestro destino y no tienen ni la menor idea de lo que nos sucederá si nos marchamos de su lado. Si no hacen más que decirnos lo mucho que podemos perder, la mitad de las veces eso es porque más tienen que perder ellos; de lo contrario, no andarían machacándonos con esa perorata.
Toda esa artillería de argumentos agresivos, no podemos olvidarlo jamás, es el recurso primario de los incompetentes. De aquellos que se han arruinado la vida ellos solitos y que, pensando que los que le rodean les deben lealtad incondicional, creen que van a salir a flote a costa de pisotear a otros.


El miedo es Lengua de Serpiente, que envenena nuestros oídos con mentiras y nos anula por completo, convirtiéndonos en gente apocada e incapaz de luchar.


Me gusta pensar que el miedo, ese miedo que anida en nuestros pechos por la noche y nos impide respirar, es el verdadero enemigo. Un enemigo sin rostro, o sin un único rostro, al menos. Un enemigo que, en realidad, es débil y al que le gusta gritar mucho para que no se note. Desde mis experiencias sufridas con el miedo, tanto combatiéndolo como dejándome someter por él (porque uno no es Dios y pierde más batallas de las que gana, hay que admitirlo), puedo decir que combatir el miedo es una forma de guerra. Una guerra interna e íntima, que tiende a resurgir de vez en cuando, a recrudecerse o a pacificarse, dependiendo de lo fuertes que nos sintamos.
Tal y como citaba Frank Herbert en su obra clásica Dune, "El miedo mata a la mente. El miedo es la pequeña muerte que lleva a la destrucción total". Según cita el escritor en esta novela, uno de los métodos para combatirlo es por medio de un mantra o letanía, que se repite constantemente para autoconvencerse de que el miedo, en sí mismo, no es más que una percepción mental y que, como tal, puede controlarse: "Afrontaré mi miedo. Lo haré pasar por encima de mí y a través de mí. Cuando pase, giraré mi ojo interior para escrutar su camino. Y cuando haya pasado, no quedará nada. Solo yo". Independientemente del uso del lenguaje del señor Herbert, que a más de uno le puede sonar "anacrónico" y los chistes facilones sobre cosas que pasan a través de uno y ojetes interiores, lo que sí es bien cierto es el hecho de que racionalizar el miedo por medio de una voluntad más o menos fuerte es un método que suele funcionar para combatirlo. En el momento en que racionalizamos algo tan irracional y asumimos que estamos asustados, la fuente de nuestro miedo es percibida de una forma diferente; en su justa medida, si quieres: la amenaza potencial queda reducida a lo que es en realidad (generalmente, algo mucho menos peligroso y terrible de lo que percibíamos), y nos ayuda a mantener un curso de acción diferente al de "huye-escóndete-moja los pantalones".


William Shakespeare, figura recurrente en este blog, también escribió lo suyo sobre el miedo. Para muestra, un par de botones, como:
 "Ya que no nuestros actos, nuestros miedos serían los que nos acusaran de traidores" (Macbeth, Acto IV , escena 2), dando a entender, en este contexto, que el miedo se muestra por sí mismo y revela nuestra verdadera naturaleza en situaciones límite.
"Nuestras dudas son traidoras, y nos hacen perder a menudo el bien que podríamos ganar, por temor a experimentarlo" (Medida por Medida, Acto I, escena 4). El miedo, bien autoimpuesto, bien impuesto por otros, es esa fuerza que nos impide desplegar las alas, luchar contra la adversidad y atrevernos a buscar la propia felicidad.
El miedo no solo intenta someternos, sino que procura que jamás pensemos en rebelarnos.


Sé que los artículos que escribo en este blog no gustan a todo el mundo: bien por el lenguaje brutal que uso, bien porque no se está de acuerdo con mis opiniones. Bien porque algunos de vosotros pensáis que, en lugar de equivocarme, me dedico a mentiros. Si sois algunos de ellos, tengo un mensaje para vosotros: os estáis quedando en la superficie, en lo que se ve a simple vista y no miráis más allá. Puede sonar pretencioso, lo sé... pero no por ello es menos cierto. Independientemente de la temática, el lenguaje o que veáis demasiadas tetas y no os gusten, hay un mensaje entre líneas en cada uno de los posts que subo. Si hay algo que quiero deciros cada vez que escribo en este blog es precisamente que no tengáis miedo. No debéis tener miedo a decir lo que pensáis; no debéis tener miedo a que lo que lleváis dentro escandalice a otros o que os miren mal por no seguir la nota dominante (siempre y cuando no hagáis apología de cosas ilegales, claro, pero creo que queda claro que en caso alguno me refería a ese tipo de cosas).
Combatir el miedo es una guerra, y toda guerra se inicia con una batalla. Ganaréis vuestra primera batalla cuando oigáis esa voz interior que os dice "No" y podáis responderle "QUE TE FOLLEN".