domingo, 29 de julio de 2012

Mesa de Autopsias- El Manantial, de Alejandro Castroguer




Tras cosa de año y pico desde que llegase a nuestras librerías La Guerra de la Doble Muerte, el escritor malagueño Alejandro Castroguer vuelve a la carga con su segunda novela publicada, El Manantial. Esta vez, abandona el sello Almuzara para integrarse en Dolmen, editorial que tiene ya cierta costumbre por publicar novelas dedicadas al subgnénero Z (zombies) de terror.

En este post vamos a ir desgranando los elementos que conforman esta novela del modo más objetivo posible. Aprovecho para añadir el detalle de que mi relación de amistad con el autor en ningún caso va a influir sobre mi análisis de la misma, de manera que si alguna mente pensante ha entrado aquí pensando que mi plan es hacer la pelota, encumbrar las cosas hasta la saciedad o lamer penes, le recuerdo que se ha equivocado de blog.

Es muy probable que muchos de los lectores Distópicos noten múltiples referencias a la anterior novela del autor. Esto se hace con la intención de usarla como marco referencial, para así dar cuenta de la evolución literaria de Castroguer hasta la fecha. Reservo un segundo motivo para la conclusión de este artículo.

Dicho esto, vamos arrancando:

Trasfondo/sinopsis: La novela nos plantea un mundo postapocalíptico en el que la Enfermedad ha barrido a la mayor parte de la población, quedando tan sólo unos cuantos supervivientes, en apariencia desorganizados, que se las apañan como pueden para sobrevivir. A diferencia de la mitad de historias de zombies que conocemos (ya no sólo en cuestión literaria; podemos incluir aquí al género cinematográfico también), la historia nos traslada quince años después de la aparición de la plaga. Esto quiere decir que ha habido tiempo para que un nuevo concepto de civilización nazca y se establezca: el concepto de supervivientes, por tanto, ya no se limita a aquellos que habían vivido la mayor parte de su vida en el mundo "civilizado", sino que surge una nueva generación de éstos, prácticamente criada en las ruinas tras el desastre.
En este contexto es donde se crían Abel y Verona, los protagonistas de El Manantial.
Viviendo en un mundo donde el concepto que tenemos de civilización ha desaparecido, ambos crean una cultura nueva, basada en los recuerdos de Padre y entretejida con lo que ellos llaman "juegos". A su alrededor, una horda de Resucitados (aka Hambrientos, aka Parados) que rodean el entorno (aka País) en el que ambos se mueven. Este trasfondo puede recordar, en gran parte (y salvando distancias) a La Carretera de Cormac McCarthy (por el concepto de la supervivencia en un mundo devastado, varios años después del Holocausto), bien a Soy Leyenda de Richard Matheson (por el concepto del humano aislado de todo contacto con otros humanos, rodeado por una masa de criaturas que amenazan desde el exterior). En un concepto algo más amplio, podríamos encontrar una leve referencia a la película Mad Max, en lo tocante a la regresión de los valores de la civilización y al imperio de la Ley del Más Fuerte en el momento en que un Holocausto hace pedazos cualquier sistema social.

En La Carretera ya vimos un mundo que se fue a hacer puñetas y supervivientes que abrazaban prácticas como el canibalismo o el pillaje para sobrevivir.
Igual no es algo tan ficticio como querríamos imaginar.


Estructura externa/ Estructura interna: Externamente, la obra se divide en treinta capítulos (marcados en esta edición con los dibujos de una puerta), los cuales aparecen divididos en tres partes. Una, que ejerce como prólogo y sin numerar, titulada La noche del desastre; la segunda,  Quince años después, abarca desde el capítulo uno hasta el quince. La última se titula Tres meses después y nos lleva desde el capítulo dieciséis hasta el final.
Internamente, la división es más o menos similar, casi correspondiendo con la división en partes: si bien el prólogo sirve para ponernos un poco en situación, la primera parte de esta clasificación interna correspondería a presentar a los personajes principales, Abel y Verona; una vez hecho esto, podría decirse que se salta con cierta rapidez a la segunda, que viene marcada por la aparición de Debisí. Esta concluye justo en el momento en que concluye la segunda parte de la división externa; el tramo que nos lleva a la recta final de la novela tiene lugar en el momento en que aparece el segundo personaje secundario (¿o tal vez principal?), Marcia. Su aparición plantea un giro de los acontecimientos que, al tener lugar, lleva al final de la novela.

Entorno: El escenario de la novela es prácticamente uniforme, limitándose al contexto casi encorsetado de un instituto. Es en este edificio donde transcurre casi la totalidad de la novela, salvando alguna excepción al principio, alguna ensoñación y hacia el final. Este elemento de aislamiento, bastante característico de la novela gótica, pone de manifiesto un hecho importante: todo cuanto ocurra dentro de las cuatro paredes del edificio, sucederá sin intervención alguna del mundo exterior. Sin posibilidad de ayuda o influencia de otras personas. Suceda lo que suceda, no hay posibilidad de escape tampoco. No aparecerá la policía, ni ambulancias. Lo único que hay más allá de las fronteras es el horror.

Aunque el autor no da demasiados detalles, algunos elementos hacen deducir que ha optado por una ambientación estadounidense para la novela: el hecho, por ejemplo, de que Abel sueñe con recorrer el estado de Pensilvania en un Pontiac LeMans, así como la aparición de nombres como Michael, lo sugieren. Sin embargo, al tratarse de una atmósfera en que el mundo tal y como lo conocemos se ha hecho pedazos y los rasgos culturales son poco más o menos que anécdotas y recuerdos (aunque con reservas, como explicaré luego), esto es en realidad lo de menos; si la novela se hubiese ambientado en España, Rusia o Japón habría tenido el mismo resultado.

El marco temporal tampoco aparece claramente especificado, pero los datos culturales que se dan (muy importante el comentario de Marcia hacia Clint Eastwood o la crisis de Cuba) nos hacen pensar que la Noche del Desastre debió tener lugar a finales de los sesenta. Esto, por tanto, implicaría que El Manantial tiene lugar entre unos ucrónicos 1975 y 1979.

The End es uno de esos temas cuyo sonido te hace pensar que ya no queda nada más.
Que todo ha acabado y que lo único que queda es sentarse a contemplar las ruinas.
Un icono de la psicodelia.


Tiempo/tempo/tramas y subtramas: Aquellos que leyeron La Guerra de la Doble Muerte (o bien, aquellos que pudieron leer el pertinente análisis aquí), pudieron comprobar que ésta se iniciaba in medias res, con la escena de un ataque por parte de los Hambrientos en Sevilla; aquí el autor opta por un camino diferente, iniciando la historia con un prólogo que sienta las bases de lo que va a venir más adelante: nos muestra a una Verona de cinco años en La Noche del Desastre, donde todo tuvo su origen.
Esta no es la única variante que separa a ambas novelas entre sí, ya que las tramas vienen a ser diametralmente opuestas: si bien en la primera novela abundaban los flashbacks, que iban aportando información adicional acerca de los personajes o del Desastre en sí, aquí éstos tienen una aparición poco más que testimonial, limitándose a un puñado de recuerdos fragmentados acerca del Mundo de Antes del Desastre. Esto genera una sensación de desasosiego y de falta de comprensión ante una sociedad ya muerta. El Mundo de Entre las Ruinas vive el presente, luchando por la supervivencia. Todo lo Anterior forma parte del mito y la leyenda, si no del olvido.
El concepto coral de La Guerra de la Doble Muerte, con una considerable pluralidad de voces y de acciones a lo largo de la mitad del sur de la Península Ibérica aquí desaparece, focalizando la atención en Abel y Verona.

El tempo, por su parte, es más o menos uniforme; no destaca por una gran velocidad a la hora de expresar las cosas, ganando así en detalle a la hora de describir las acciones. Para según qué acontecimientos, el autor se toma su tiempo, de modo que la sensación de atropello raramente surge a lo largo de la narración.

Personajes: Como ya he mencionado en el apartado anterior, desaparece esa pluralidad de voces, limitando la galería de personajes a prácticamente cuatro: dos principales (Abel y Verona) y dos secundarios (Debisí y Marcia, quedando ésta última a caballo entre un grupo y otro); cabe destacar también la presencia póstuma de Padre, que viene a ejercer un poco de concepto alrededor del cual los protagonistas conforman su particular cultura (aunque no necesariamente respetan literalmente lo que éste les había enseñado, sino que lo interpretan todo a su manera)

Al reducir este marco, las posibilidades de desarrollar más a un personaje aumentan. De este modo, encontramos a un Abel deliberadamente amoral (algo que resulta bastante coherente en un mundo donde las leyes, tal y como las conocemos, no existen), con un temperamento agresivo y una acusada tendencia al sadismo (en el sentido clínico de la palabra, sintiendo excitación sexual ante la expresión de la violencia).
Verona, por su parte, se muestra como un personaje más ambiguo: mucho menos agresiva al principio en lo tocante a la violencia y al placer que se obtiene de ella, pero no por ello un personaje con unos valores morales claro, tampoco: Verona (cuya actitud al principio es más bien la del personaje "pasivo-agresivo", aunque a veces esa actitud oscila entre esto y la pasividad pura y dura) es la clase de personas que pueden surgir en un mundo en el que lo que prima es la supervivencia, y este concepto no sólo implica comer día a día, sino todo un espectro de necesidades que deben verse cubiertas. Por ello, su concepto de lealtad es muy diferente al que podría esperarse ante cualquier heroína en una novela o película. Por eso sus decisiones (a veces directas, a veces simplemente como Poncio Pilatos, dejando que otros decidan por ella) pueden chocar a más de un lector que está viendo lo que hace desde el sofá de casa: porque resulta fácil juzgar a un personaje desde nuestro propio código moral, pero no tanto ponerse en el pellejo de alguien cuya vida pende de un hilo a cada minuto.

Debisí, por su parte, prácticamente ejerce de ejemplo o de "apertura de ojos del lector": hasta su aparición, sólo hemos visto a la pareja interactuar entre sí, o bien con algún Resucitado, de manera que no resulta del todo complicado identificarse con ellos, en calidad de supervivientes. Sin embargo, es la aparición de este personaje la que supone un punto de inflexión y nos muestra que estamos en una época en la que las leyes han desaparecido. Que conceptos como el Bien o el Mal ya no tienen sentido. Lo único que importa es sobrevivir. Protegerse. Seguir adelante. Debisí es quien nos muestra todo esto.

"¿En serio, tío?"
En serio, Debisí.


En cuanto a Marcia, su papel es casi más el de "elemento desestabilizador". Una vez llegada la última parte del libro y solucionada la subtrama referente a Debisí, la acción debería tender a la uniformidad: el particular Microcosmos del instituto de Abel y Verona vuelve a la rutina habitual; Marcia se encarga de desmontar esto, bien en parte debido a las circunstancias, bien en parte a su particular carisma. Sea como fuere, es el elemento del Terror, por encima de los propios Resucitados: es la extraña más allá de la seguridad del hogar, es el elemento ajeno que trae el Cambio. Marcia es la variable aleatoria que conlleva el Caos, y a su paso todo deja de ser lo que era. Para bien o para mal.

Referencias intertextuales: Al contrario de lo que sucedía en La Guerra de la Doble Muerte, las referencias quedan reducidas a su mínima expresión. Al haber desaparecido prácticamente todo vestigio de la cultura previa al Desastre, es de esperar que el componente metacultural vaya por el mismo camino, convirtiéndose más en parte del mito que otra cosa.
De estas referencias, el autor opta por dos: la canción The End, de The Doors y Marcovaldo, de Italo Calvino, que se convierten básicamente en dos puntales alrededor de los cuales gira la vida de Abel y Verona. Tanto la canción como el libro son de los pocos recuerdos que conservan de aquel mundo en el que apenas tuvieron tiempo para vivir; por tanto, al haber desaparecido ese trasfondo, la canción se transforma en una letanía o una oración; el cuento, en algo muy similar a una Biblia para supervivientes. Es el regreso al concepto principal del arte, donde los primeros humanos se reunían alrededor del fuego para contarse historias con las que alimentar sus esperanzas y dar sentido a la vida, más allá de la lucha por subsistir. Nótese también la ironía de ambos conceptos: si bien The End nos habla de El Fin, nosotros encontramos que el Desastre no fue el fin, sino simplemente el origen de una sociedad totalmente nueva. Una sociedad de vuelta a la tribu, donde el ser humano ya no es la especie dominante, sino la presa de los Parados, que son el depredador por definición.
Marcovaldo, por su parte, es una obra urbanita, donde se narra la relación de un obrero con la ciudad, así como sus viajes. En el mundo de Abel y Verona ya no existen ciudades. Tampoco hay muchas posibilidades de viajar. No es de extrañar que ninguno de ambos entienda la mitad de lo que está leyendo; pese a ello, la lectura es incesante. Una y otra vez. El recuerdo por encima del entendimiento.

Existe una tercera referencia, mucho más anecdótica que las anteriores, pero no por ello menos curiosa: me refiero a la aparición, por medio de un sueño, de Aldo Hawthorne. Este misterioso personaje ya aparecía en La Guerra de la Doble Muerte, lo que hace que el autor se haga un guiño a sí mismo, al mismo tiempo que dé la impresión, por unos instantes, de que estamos en el mismo universo de esta novela. Sin embargo, basta con ver el contexto temporal de El Manantial para darnos cuenta de que ambas tienen lugar en universos bastante diferentes entre sí, además de tener lugar en marcos históricos muy separados en el tiempo.

Hawthorne, el hombre de espaldas.


Lenguaje/Estilo: Uno de los puntos más fuertes de la narración. El apartado quizás más complicado de toda la novela, y un auténtico reto para narrar un mundo en el que la mitad de las cosas han dejado de existir, o bien han tomado un significado totalmente diferente. Usando un narrador omnisciente y la técnica habitual de escribir en presente, el autor mantiene el estilo cuidado de La Guerra de la Doble Muerte, al que ha incorporado además la presencia de varios elementos nuevos:

El primero es el uso de un lenguaje agresivo que acompaña al estilo tan marcadamente literario, lo que supone un contraste bastante arriesgado. Hay algún momento puntual incluso en que esto juega un poco en contra de los propios personajes: en uno de los capítulos principales, por ejemplo, encontramos que Abel (cuyo lenguaje es agresivo y bastante soez a veces), se refiere a un objeto que encuentra como "una suerte de escudo". Nótese que para una bestia parda como el personaje, "suerte" es un término quizás demasiado elevado. La explicación puede encontrarse en que parte de su lenguaje puede venir por medio de las enseñanzas de Padre; sin embargo, no deja de resultar algo chocante.

El segundo es el uso de neologismos para describir objetos y elementos que, si bien nosotros podemos conocer, los personajes criados en un mundo postapocalíptico, ignoran por completo. No es de extrañar, por tanto, que un paraguas no reciba ese nombre desde el primer momento y el autor opte por describirlo: no debemos olvidar que estamos viendo las cosas desde los ojos de los personajes. Por tanto, es lógico que si ellos no conocen la palabra, ésta no aparezca mencionada explicitamente.

El tercero es el empleo de todo un léxico referente a términos religiosos. Esto parece deducirse de las enseñanzas de Padre mientras este estuvo cuidando de Abel y Verona, lo que podría hacer pensar que se trataba de un hombre de ciertos valores religiosos; sin embargo, la insistencia del olvido a lo largo del tiempo, hace que todos estos conceptos y vocablos se retuerzan y tergiversen, dando lugar a toda una terminología nueva, con sus propios significados y connotaciones. Este rasgo del lenguaje aparece presente a lo largo de prácticamente toda la novela.

El cuarto, y quizás el menos importante, es el factor del idioma: al tratarse (supuestamente) de personajes angloparlantes, entendemos que entiendan a la perfección la letra de The End de The Doors; de aquí se deduce, por tanto, que lo que leemos está traducido del inglés; si damos este factor por hecho, sin embargo, hay un pequeño desliz a este respecto, y es el hecho del comentario que hace Marcia acerca de los Parados. Según tenemos en esa escena, Verona le explica que llaman así a los Resucitados porque están en una especie de duermevela hasta que oyen algún ruido cerca; Marcia comenta que ese concepto antiguamente se refería a la gente desempleada. Si trasponemos ambos términos al inglés, encontramos que alguien que no se mueve (que está "parado"), en inglés se podría traducir como "stopped", o quizás "still" (quieto); sin embargo, en inglés la palabra para "parado" en calidad de desempleado es simplemente "unemployed", o bien "on the dole", lo que hace que este juego de palabras, siendo puristas en el término exclusivo del idioma, se pierda en su supuesto lenguaje original.

Básicamente, los zombis de El Manantial están así todo el día, hasta que alguien pasa cerca de ellos. Entonces, esa especie de estado en stand-by se activa y pasan al modo "Quiero carne fresca".


Temática: En El Manantial se encuentran los siguientes temas, que paso a describir a continuación:

1) Supervivencia: Quizás el tema más evidente que cabría pensar en una novela de este género; sin embargo, como nota discordante, cabe destacar que el concepto "zombi" aquí es un elemento externo y no necesariamente relevante. Que la amenaza exterior sean zombis, alienígenas o punks cabreados en realidad es lo de menos, ya que el autor se centra más en los humanos (al igual que en La Guerra de la Doble Muerte, no necesariamente peores que los Resucitados), dejando dicha amenaza como simple telón de fondo. Como uno de los temas principales, no es de extrañar que haya un profundo hincapié de principio a fin en esto.

2) Violencia: este es uno de los temas que más han ejercido como reclamo de la novela, hasta tal punto de encontrarnos una etiqueta en la portada donde se nos advierte del contenido extremo de ésta. Pese a que esta violencia aparece presente, hay que decir que no es tan abundante como cabría esperar desde un primer momento, apareciendo concentrada en ciertas partes puntuales y siendo ya algo más constante en el tramo final de la novela. El estilo narrativo del autor, bastante generoso en detalles, puede hacer que algunas de éstas escenas resulten bastante vívidas para el lector.

3) Sexualidad: El segundo factor del que nos advierte la etiqueta de la portada. Algo más presente que el de la violencia, la sexualidad sí aparece de un modo más constante que las escenas de violencia, de un modo o de otro. Cabe destacar que el lenguaje religioso tiende a fusionarse bastante con el lenguaje sexual de estas escenas.

4) Miedo/Venganza: ambas temáticas aparecen íntimamente relacionadas con los tres puntos anteriores, haciendo que el miedo se convierta en una de las herramientas para sobrevivir, del mismo modo que lo es la violencia (por medio de la fuerza) y la sexualidad (usando la propia sexualidad como un arma, lo que hace que esta idea, así como muchas otras, se pervierta). La venganza, de un modo indirecto, se convierte en una forma de supervivencia, sustituyendo al miedo: en el momento en que dejamos de sentir miedo, o que alguna circunstancia nos resulta propicia para dejar de tenerlo, recurrimos a ella para seguir subsistiendo.


Interpretación: El autor, con esta novela, se antepone al concepto del zombi en un mundo de crisis global como el que vivimos (contexto y trasfondo de La Guerra de la Doble Muerte); en esta ocasión nos cuenta que, una vez ha tenido lugar el Desastre y la civilización ha caído, desaparecen las leyes. La moral que conocemos pierde por completo su sentido. Es la vuelta a la Prehistoria, a la cueva. A la caza, a los mitos y a los rituales. A la satisfacción del deseo personal por encima de cualquier otra cosa. El ser humano deja atrás su máscara de racionalismo y civilización y muestra sus verdaderos colores. Los del salvajismo y la conducta predatoria. No existe la democracia, no existe el consenso: lo que existe es el poder, la imposición del más fuerte. El uso del miedo como arma y como seguro afectivo.
Y si bien a veces pueden aparecer factores de cambio, lo que se nos muestra es que en realidad todos tenemos un componente destructivo en nuestro interior: podríamos elegir no ser como nuestros verdugos, pero los actos de éstos pesan sobre los nuestros y, en última instancia, la solución más fácil es la de convertirnos en otros monstruos.
Al final, la enseñanza es clara: los humanos somos peores que los mismos monstruos.

Ejem, cuando hablaba de "zombis en un contexto contemporáneo" no me refería a esto...


Valoración: Como suelo decir, el apartado personal y el que menor importancia tiene, después del análisis objetivo que acabo de soltar hasta ahora. Sin embargo, como uno también tiene sus propios gustos, nunca está de más mojarse el culo y decir lo que piensa.

¿Estamos ante una obra buena o una obra mala? Esta es una pregunta muy complicada o muy clara, dependiendo de lo que se entienda por "bueno" o "malo". Si sois de esos que consideran "bueno" todo aquello que os gusta, hacer esta pregunta carece de sentido. Si, por otra parte, aceptáis que el arte y la crítica parten de valores objetivos a la hora de valorar una obra, este análisis ha tenido más de media docena de apartados para sacar sus conclusiones. Todo lo que se extrapole de ello está más allá de mi competencia.

Por lo que a mí respecta, debo decir que una cosa es la calidad de una obra y otra totalmente independiente, si dicha obra gusta a uno o no. En este caso, la novela, pese a lo bien escrita que me ha parecido (en lo tocante al estilo y la literariedad del lenguaje, Castroguer no ha decaido; y en el resto de apartados, ya habéis visto la enorme cantidad de elementos literarios que la conforman, dándole el nivel de calidad que objetivamente tiene) y que personalmente no me ha llegado a desagradar como historia, para mí no llega al nivel de expectativas en cuanto a impacto que La Guerra de la Doble Muerte había creado.

¿Los motivos? Varios, totalmente subjetivos y para nada fiables, pero es donde entra el gusto de una persona. Porque no siempre la calidad tiene por qué entrarnos por el ojo, o no siempre conectamos con según qué historias.
Quizás porque personalmente me resultaba más interesante el concepto coral de esta primera novela, y del modo en que su trama principal se engarzaba con hechos más o menos actuales; El Manantial va más allá y nos muestra el mundo que podría suceder a la GDM; un mundo claustrofóbico y con personajes realmente demenciales, desde luego, pero con los que yo personalmente no he empatizado demasiado (salvando Verona, con la que empecé a empatizar ya al finalizar la novela).

La violencia puede ser extrema, pero a mí personalmente no me ha resultado tan impactante como la esperaba; ¿por qué? Para empezar, la primera escena violenta tiene lugar entre Abel y un Resucitado, lo cual a mí (personalmente, ojo) es algo que no me impresiona especialmente: llamadme insensible, pero para mí un zombi es poco más que un pedazo de carne sin sentimientos que se mueve y muerde, con lo que, se le haga lo que se le haga, no puedo empatizar con él. Mucho menos sentir lástima.
En el resto de casos la violencia se produce de otro modo, bastante abundante en detalles, y soy consciente de que no todo el mundo es capaz de soportarlas; sin embargo, no he terminado de meterme en este tipo de escenas. Pese a la crudeza de las escenas y el patente esfuerzo del autor por hacerlas creíbles (que en general lo son, gracias a la cuidada puesta en escena), he echado en falta ese factor psicológico de humillación y vejación de una persona (no necesariamente por medio de la violencia): Abel es un tipo particularmente creativo para joderle la vida a alguien, pero más allá de la violencia, no veo ese componente de privación de la dignidad, de arruinar una personalidad (y por extensión, una vida), de convertir a una persona en poco más que mierda, que esperaba encontrar. No, al menos, al nivel que esperaba.

Aquí, un martillo True Temper. Al protagonista de Oldboy le habría encantado tener uno.


Las escenas sexuales están descritas con todo lujo de detalles, lo que las hace interesantes; sin embargo, en los últimos capítulos de la novela, la reiteración se me hizo un poco larga. No hasta el punto de parecerme gratuita, pero sí habría agradecido que estas escenas apareciesen algo más dosificadas.

Como puntos más positivos, cabe destacar el uso en general del lenguaje y la narración; en ningún caso el lector va a tener la impresión de estar leyendo una novela escrita por salir del paso o con resoluciones argumentales sacadas de la manga. La violencia, pese a ser descrita con crudeza, en ningún caso resulta injustificada, lo que me lleva a pensar en lo realmente innecesario de esa nota que añade el autor al principio de ésta (innecesario, pero comprensible, dado este mundo de ultracorrección política y malas lenguas en el que nos movemos): yo al menos no he tenido la impresión  de que se haga apología de la violencia, sino todo lo contrario. Lo que he entendido es que nos quiere decir que, por poco que nos guste la sociedad en que vivimos hoy en día, es lo que nos separa de convertirnos en Abeles y Veronas. A estas alturas de la película, creo que sacar cualquier otra interpretación es asumir la falacia de que la obra es un reflejo tal cual del autor, o querer ver donde no hay. Para mí, cualquiera de las dos cosas son la visión de gente que tiene demasiado tiempo libre y la lengua demasiado larga.

Por último, tengo que decir que la edición, pese a contar con la bonita portada de Alejandro Colucci y detalles como esas puertas que encabezan cada capítulo, o ese mapa del instituto donde tiene transcurso toda la historia, ha sido pobremente corregida y las erratas han aparecido prácticamente en cada capítulo.

En conclusión, podemos hablar de una novela que en caso alguno desmerece al género de terror; incluso, en estos tiempos que corren, donde el zombi se ha convertido en un icono de consumo rápido y salen cuarenta mil novelas fotocopiadas unas de otras, merece la pena encontrar una que busque apartarse de esa vorágine de historias de "señor que se levanta en un hospital y sale a una calle vacía llena de periódicos arrastrados por el viento".
Como mencioné al principio, y como muchos de vosotros os habréis dado cuenta, las referencias a la GDM son constantes. Ya expuse el primer motivo, y ahora es el momento de explicar el segundo: al hacer esta especie de análisis comparativo en una obra y otra, mi segunda intención ha sido demostrar si un mismo autor puede escribir dos novelas de zombis sin que una parezca forzosamente la continuación de la otra, o bien, sin que la segunda plantee lo mismo que la primera. Creo que, sin necesidad de hacer juicios de valor, todos y cada uno de los elementos planteados de El Manantial hablan por sí solos, lo que me lleva a una conclusión mucho más clara y rotunda aún:

En una época en que las editoriales (y ya puestos, muchos autores) deciden arriesgar lo mínimo a la hora de plantear una historia y lanzarse a lo vendible, a "lo que le gusta a la masa", resulta más que de agradecer que todavía haya gente que apueste por una vuelta de tuerca en un género que cada día más huele a quemado. Autores que no se contenten con limitarse a lanzar carnaza al público y quieran ir un poco más allá. Buscar una evolución, una visión personal de una historia. Incluso contar algo más que el simple mata-mata de tíos duros, tiros a mogollón y héroes chulescos. Algo que, por encima del sexo, la violencia y el descuartizamiento de muertos vivientes, te haga reflexionar tras haber cerrado el libro.
Quizás asumir riesgos como éste sea lo que una industria de consumo necesita para reinventarse y reactivarse a sí misma, en lugar de la política de aburrir al público (o por lo menos, al púbico con un cierto criterio, por encima del público que "lo flipa" con cualquier cosa donde salga el tema de moda) con el mismo producto una y otra vez.

lunes, 23 de julio de 2012

Mesa de Autopsias- El Caballero Oscuro: La Leyenda Renace



Tras algunos años de espera (algo más de lo previsto, si contamos el pequeño descanso que se tomó con Origen) el señor Nolan por fin se deja ver con la tercera entrega de Batman.

Si tenemos en cuenta lo mucho que se alabaron las dos partes anteriores, amén de la expectación que ha creado esta última (el secretismo acerca de lo que íbamos a encontrarnos era casi hermético, y del rodaje hemos tenido menos detalles que de la cara de Amancio Ortega), huelga decir que el listón estaba jodidamente alto. ¿Qué más íbamos a encontrarnos después del CAOS, en mayúsculas, que había creado Heath Ledger encarnando al Joker en El Caballero Oscuro?

En este artículo iré desglosando un poco qué es lo que hemos podido encontrar en El Caballero Oscuro: La Leyenda Renace. Es posible que encontréis algunos detalles que desvelen parte del argumento; yo iré advirtiéndolo cada vez que vaya a contar algo revelador, pero mi sugerencia es que echéis un vistazo a este análisis DESPUÉS de haber visto la película. Ahorrará disgustos y muchos "Ya os lo advertí".

Dicho esto, empezamos:

Trasfondo: Este Batman aparece claramente inspirado por varias sagas del personaje, lo que podría convertirla en la entrega de la trilogía que más referencias hace a los cómics publicados por DC; recordemos que en Batman Begins una mitad de la trama estaba inspirada en el Batman: Año Uno de Frank Miller (en parte lo tocante al origen de Batman) y otra se asemejaba El Largo Halloween de Jeph Loeb y Tim Sale(en lo que respecta a la mafia de Gotham, con Salvatore Maroni al mando). En lo que respecta a El Caballero Oscuro la inspiración era algo mas sui generis y, si encontrábamos alguna referencia a cómics, como mucho la podíamos encontrar levemente en el Dark Victory, también de Jeph Loeb y Tim Sale (lo referente a la siniestra personalidad de Harvey Dent y cómo éste va evolucionando de ser un cruzado por la justicia en Gotham a demostrar su lado más oscuro, incluso antes de convertirse en Dos Caras).



En esta tercera entrega, se nos cuenta que han pasado ocho años desde la última aparición del Hombre Murciélago y que Gotham está viviendo una especie de pax romana sin crimen organizado. Bruce Wayne se ha retirado además de la vida pública tras un fracaso con un generador de energía atómica que no terminó de funcionar.
Esta idea recuerda enormemente al principio de la obra cumbre sobre el personaje de finales de los ochenta, El Regreso del Señor de la Noche, de Frank Miller: en esta curiosa novela gráfica, se nos contaba básicamente lo mismo acerca del retiro de Wayne; la diferencia era que habían pasado más años desde su retiro y el millonario ahora aparecía como un señor de mediana edad en un entorno casi futurista, que recordaba más al de Robocop (otro guión de Miller, al menos su segunda parte) que a la Gotham que conocemos.

Sin embargo, no puede decirse que Gotham sea una utopía ni mucho menos, ya que pese a que el crimen organizado ha sido prácticamente erradicado de raíz (gracias al "sacrificio" de Batman que pudimos ver al final de la entrega anterior), siguen existiendo criminales de muy diversa índole. Aquí es donde entra el primer factor que aleja a La Leyenda Renace de las demás entregas: una vez eliminada la mafia de la ecuación (no olvidemos que estuvo más que presente en las anteriores), se impone una evolución en el argumento, un nuevo tipo de amenaza a la que enfrentarse.

La Caída del Murciélago es una de esas sagas de cómic que, al leerlas, piensas que la idea es bastante buena pero que un equipo creativo mediocre (Nunca soporté a Jim Aparo dibujando, y Graham Nolan no es que lo haga mucho mejor) y unas resoluciones como poco chapuceras pueden echar por tierra.
Para más información, píllaosla y me contáis.


Aquí es donde entra Bane en juego.
Bane fue creado hace ya prácticamente veinte años, allá por 1993, y protagonizó el segundo puntal argumental en que se basa esta película: La Caída del Murciélago. Corrían los noventa y los personajes clásicos del cómic necesitaban una revisión, ya que las ventas estaban decayendo y el nuevo público demandaba personajes al estilo X-Force, Youngblood o Spawn. Es decir, criaturas más aguerridas que heroicas, con un acusado sentido de la violencia por encima de la justicia y donde lo importante era el despliegue de testosterona, cadenas, garras y metrelletas. Todo en tamaño XXL.
Superman y el resto de héroes de DC sufrieron ese cambio en mayor o menor medida. En lo que respecta al Hombre de Acero, fue asesinado por un mastuerzo llamado Doomsday (hoy día traducido como Juicio Final) que le mató -literalmente- de una hostia en la boca. Wonder Woman se vio reemplazada por una versión chunga de sí misma que prefería matar sin muchos remordimientos a eso de convertirse en una "embajadora de Themyscira". Green Lantern se volvió majara y mató a mogollón de gente.
En cuanto a Batman, tuvo un encontronazo con un salvaje llamado Bane (otro gigantón con testosterona a cascoporro, como puede verse, era la moda) que lo dejó en silla de ruedas durante una buena temporada.

Este personaje es un concepto totalmente diferente de lo ya visto en las películas anteriores: del concepto conspiratorio de R'as Al Ghul al caos desatado del Joker, aquí lo que entra en juego es una combinación de ambas (la conspiración y el caos están presentes), pero con un factor añadido de brutalidad y fuerza explícita. En la versión cinematográfica, Bane dista mucho de ser una simple némesis de Batman (en los cómics se le quiso plantear como un Anti-Batman, por así decirlo) que quiere hacerse con el control del crimen en la ciudad para pasar a ser un terrorista por derecho propio.

Tierra de Nadie: Un experimento llevado a cabo en DC Comics donde se decidió cancelar todas las series en curso del Detective Murciélago y, durante un año, agruparlas toda en una macro-saga que abarcaría como media docena de títulos mensuales (Batman, Detective Comics, Gotham Knights, Catwoman, Robin y Shadow of the Bat) centrados en una Gotham postapocalíptica.
Una premisa bastante impactante y llevada a cabo de un modo interesante; quizás, demasiado extensa (calculad lo que son seis números al mes durante un año. En la edición española suponen unos veinticinco tomos con dos números cada uno: un total de cincuenta números... y eso que hay líneas argumentales enteras -como la de Catwoman, parte de las de Robin y toda la liberación de Blackgate a manos de Nightwing- que Norma optó por no publicar aquí)


De aquí pasamos, entonces, a la segunda línea argumental en la que se basa la película: Tierra de Nadie. Esta macrosaga, escrita a finales de los noventa, plantea lo que ocurriría en una ciudad si un terremoto de magnitudes tan grandes la arrasara por completo sin posiblidad viable de reconstrucción. En el cómic, el gobierno de los Estados Unidos lo tuvo claro cuando Gotham sufrió semejante cataclismo: dinamitar los puentes de acceso y declarar las ruinas ajenas al terreno norteamericano, quedando en su interior aquellos que desearon quedarse. Una ciudad completamente arrasada y controlada por los principales enemigos de Batman durante más de un año. Frente a este gobierno del terror, el Comisario Gordon, Batman y el resto de sus aliados, que tuvieron que llevar a cabo una guerra estratégica para conquistar cada calle, cada barrio y cada edificio.

[ALERTA: EL SIGUIENTE PÁRRAFO Y LOS DOS SIGUIENTES PUEDEN REVELAR ALGUNA COSA IMPORTANTE DEL ARGUMENTO DE LA PELÍCULA]

En esta versión, no es un terremoto lo que acontece a Gotham, sino Bane. Bane es el responsable de que la ciudad quede sellada y aislada del país, convirtiéndola en su feudo personal y sin dar posibilidad alguna a que sus habitantes puedan huir o refugiarse en otra parte. Una situación de terrorismo de última generación, nunca antes previsto por las autoridades, que se ven con las manos totalmente atadas ante lo sucedido.

¿Qué sucede con Batman? ¿Por qué no está para proteger a su ciudad?
Batman ha regresado, pero descubre que a lo largo de esos ocho años ha perdido algo de práctica. Bane no es ningún idiota, pese a su aspecto y sabe aprovechar este tipo de vicisitudes. Por tanto, sabe como inutilizar al murciélago. Esto nos lleva a La Búsqueda del Murciélago, otro de los puntos argumentales de la película, libremente basado en la saga que llevó al regreso del Batman original a Gotham.

Por último, destacar que todo lo tocante al origen de Bane parece basado en otras sagas y series limitadas del universo del Detective Murciélago: La Venganza de Bane, Bane y el Demonio y, en muy menor medida, El Hijo del Demonio. Con estos datos, ya tenemos lo imprescindible para saber todo lo que podemos ver en la película, pero ojo, no nos engañemos: algunas de estas informaciones han sufrido ciertas variantes con respecto a los cómics originales (que, para variar, dotan de mayor cohesión a un montón de tramas que tardaron años en resolverse definitivamente), de manera que no siempre podemos darlo todo por sabido.

En los cómics, Bane aparecía como un tío que se había criado toda su vida en una cárcel y que, durante un aislamiento que duró casi una década, tuvo una visión en la que se enfrentaba a un murciélago gigante.  De aquí que, en cuanto alcanzase la libertad, desease por encima de todo destruir a Batman.
Una idea que en el cómic ya resultaba forzada jamás iba a funcionar en la película.
De ahí que Nolan haya optado por hacer ciertos cambios al respecto... para dar coherencia al asunto.


Dirección/Fotografía: Sin duda, uno de los puntos clave de la película, muy por encima del argumento y cualquier otro factor de ésta. La Leyenda Renace va de menos a más, empezando de un modo discreto y para nada sorprendente desde el punto de vista artístico (recordemos la visión onírica con la que empezaba la primera parte, con aquel flashback de la infancia de Bruce Wayne y Rachel Dawes, o la impresionante puesta en escena de la segunda parte, con el atraco del Joker a plena luz del día) y esforzándose en ponernos en situación en los ocho años en los que nadie ha sabido nada de Batman.
Conforme avanza, la habilidad de Nolan para manejar la cámara y usar esos planos grandilocuentes que dan un toque de "seriedad" a sus historias empieza a despuntar. De un modo lento y pausado, ya que no vemos escenas que realmente resulten de gran interés hasta casi la primera media hora. Recordemos que, si bien en la primera mitad de Batman Begins la acción se desarrollaba a paso de caracol, era precisamente la espectacular puesta en escena la que compensaba ese efecto de "tiempo detenido" que caracterizaba a la primera parte; en esta, no tenemos esa sensación de tiempo detenido, pero no se ve esa magnificencia tan característica del director, limitándose a escenas más "sencillas" que a lo que nos ha tenido acostumbrados.

Este efecto de "simplismo", como digo, se ve solventado más allá de la primera hora, evolucionando a escenas bastante espectaculares que no tienen mucho que envidiar a El Caballero Oscuro en lo que a escenografía e iluminación se refieren.

Personajes/actuaciones: En este apartado, al igual que un poco la línea argumental, hace referencia constante a las entregas anteriores, donde vemos un repaso de prácticamente todos los personajes que han pasado por la trilogía, con la lógica excepción del Joker, que ni siquiera es mencionado. No obstante, podemos ver a Ducard/R'as Al Ghul en una visión onírica que Bruce Wayne tiene en una celda (¿Coincidencia con la primera parte?), al Espantapájaros en un pequeño cameo, pero interpretado del mismo modo que en las demás películas. Thomas Wayne también tiene su momento de gloria, evocando una frase que era obvio que iba a soltar. Harvey Dent también aparece en numerosas ocasiones, por medio de fotos que parecen negar su identidad como Dos Caras.
La actuación de los personajes está a la altura de Batman Begins, con un reparto que cuenta con estrellas de la talla de Morgan Freeman, Michael Caine, Gary Oldman (tres verdaderos gigantes de la pantalla); una figura principal, desarrollada por un Christian Bale que en algunos momentos recuerda al hombre roto de El Maquinista, que aparece complementado por una sorprendente Anne Hathaway que no desentona demasiado con el elenco que he mencionado (nada que ver con Katie Holmes en la primera parte), haciendo el papel de una Catwoman deliberadamente amoral y que, en muchas ocasiones, parece disfrutar con su trabajo de ladrona.
El papel de Bane recae en un Tom Hardy caracterizado como un terrorista de aspecto salvaje, casi cercano al Mad Max; es necesario decir que gran parte de su expresión facila queda limitada por una máscara que le oculta la mitad del rostro, de modo que tiene que suplirlo con el resto del cuerpo.


En su adaptación al cine, Bane sigue manteniendo el aspecto brutal.
Detalles del cómic, como el "veneno" que aumenta su fuerza (algo así como un adictivo esteroide) han sido suprimidos del guión para basar la pegada del personaje en años de entrenamiento, dolor, y muchísimas ganas de destruir.


Quizás el mayor problema que Hardy se ha encontrado ha sido la sombra de Heath Ledger: hay que reconocer que el malogrado actor nos dejó un villano que será difícil de superar (en estos últimos años se han hecho gran cantidad de películas de superhéroes y cualquier comparación resulta ridícula) y tanto Bane -como personaje- como Hardy -en calidad de actor- no han podido alcanzar el listón. Tal vez de no haber habido un Caballero Oscuro previo a esta película el villano nos habría convencido... pero la comparación era inevitable.
El segundo factor que ha acabado con Bane en España ha sido el pésimo doblaje: se ha optado por una voz profunda y carismática, pero el efecto de reverberación que ésta lleva, sumado a una extraña entonación que roza lo musical, hacen que el personaje pierda carisma cada vez que abre la boca.

Sonido/Música/Efectos especiales: De estos elementos, no hay demasiado que destacar. El director ha optado por hacer una película que supere en espectacularidad a lo ya visto, haciendo que se aleje un poco del aura de verosimilitud que caracterizaba a las anteriores. En esta entrega, por tanto, es más frecuente ver explosiones y escenas que a un espectador poco acostumbrado/amigo del género superheroico convencional le podría hervir las tripas a fuego lento. Cosas como El Murciélago (el nuevo vehículo de Batman), amén de otras escenas no especialmente bien explicadas, hacen que Batman abandone su faceta más humana para adentrarse en la máquina de acabar con el crimen con patas definitiva.
Sin embargo, se ve que pese a la espectacularidad ha habido cosas que no han quedado del todo trabajadas, como una coreografía de lucha bastante floja en comparación con las demás películas, dando incluso una sensación de torpeza en algunos movimientos.
En cuanto a la música, no hay grandes sorpresas. La banda sonora de Hans Zimmer supone un "Más de lo mismo" con respecto a las demás entregas; eso sí, parece ser que Nolan está aprendiendo a quitar la banda sonora en las escenas en que estorba (véase detenidamente Origen para entender aquello a lo que me refiero), dejando algunas con un silencio bastante atronador (como por ejemplo, una conversación crucial entre Bruce Wayne y Alfred)

Aquí, Gordon Levitt. En un principio, cuando vi el reparto, pensé que haría de otro poli más, tal y como hemos visto en entregas anteriores. Pues resulta que no; entre otras cosas, es más bien el ejemplo de poli honrado en una ciudad que siempre ha estado corrupta hasta la médula.


Tono/Interpretación: [ESTE APARTADO PUEDE REVELAR DETALLES IMPORTANTES DE LA PELÍCULA] Quizás uno de los puntales más positivos de la película es precisamente ese tono épico que intenta mantener desde la primera media hora o los primeros tres cuartos. Alan Moore fue el que, hace algunos años, decía que no estaba contento hasta que destruía un personaje y volvía a recrearlo definitivamente. Nolan ha hecho aquí algo parecido, hundiendo a Bruce Wayne en lo más bajo, privándole de su entorno de confianza (por razones distintas) y rebajándolo casi a la categoría de paria. A partir de ahí, todo se convierte en cuesta arriba.
"¿Para qué caemos, Bruce?", decía Thomas Wayne a su hijo, "Para aprender a levantarnos", respondía. Este es quizás el leit motiv de la película, donde nos demuestra que un héroe no puede considerarse como tal hasta que ha tocado fondo, ha sido virtualmente destruido y se ha superado a sí mismo, vencido a sus demonios y ha afrontado sus temores más íntimos con tal de llevar a cabo su empresa. En este caso (y aplicable a la empresa de todo héroe), salvar su hogar y devolverlo a las manos adecuadas.

Por otra parte, no deja de resultar curioso el hecho de que Nolan ha parecido estar más al tanto de la situación actual del mundo a la hora de plantear el guión que en el resto de la saga: no en vano, el primer ataque serio a Gotham se produce en la bolsa, y Bane proclama una "revolución popular" para "devolver Gotham a su pueblo, por encima de toda la corrupción que la domina". Al escuchar esas palabras, no pude evitar pensar en esos grupos de revolucionarios que están surgiendo a cada minuto y que proclaman que es necesario un nuevo orden.
La cuestión es precisamente esa: ¿Qué clase de "nuevo orden"? ¿A qué precio? ¿Acaso ejecutar a los corruptos, sin ver más allá, sin una previsión clara sobre el futuro es la solución? ¿Significa eso que al hacer lo que creemos que es justicia automáticamente mejoraremos las cosas? Bane nos demuestra con sus acciones que una revolución no ha de ser necesariamente buena. No si las manos que la dirigen están manchadas de sangre o no tienen el más mínimo remordimiento a la hora de romperle el cuello al primero que se le pone a uno por delante.
Es algo para pensarlo.

Para muchos como Bane, el fin justifica los medios.
Y si hay que matar a miles de inocentes, poner en peligro la vida de doce millones de personas y acabar con cualquier forma de orden establecido (véase Policía, véase el sistema judicial) para garantizar un nuevo orden en que las cosas funcionen de otro modo, se hace.
Aunque ese nuevo orden no garantice ni paz, ni orden, ni justicia, ni mucho menos vivir sin miedo.


Valoración: Hasta aquí, mi análisis más o menos objetivo de la película; si tenéis que fiaros de algo de lo que os digo, que sea de estas líneas hacia arriba. A partir de ahora, tenemos la impresión que me ha causado la película personalmente. Como siempre, se puede coincidir o no con lo que digo, ya es cuestión de cada uno.

He de decir que a lo largo de los primeros minutos de metraje hasta que la película alcanzó su media hora inicial me estaba decepcionando profundamente: la simpleza de la puesta en escena, el pésimo doblaje y una cierta sensación de no saber en un principio hacia dónde me estaba llevando la historia me estaban haciendo enarcar la ceja en más de una ocasión.
Sin embargo, conforme fue avanzando, mi opinión cambió bastante: en el momento en que se empiezan a insinuar los orígenes de Bane y tenemos toda esa subtrama de destrucción y superación personal, fue cuando vi las cosas de una manera distinta. El Caballero Oscuro: La Leyenda Renace intenta casar el tono épico de Batman Begins y la acción trepidante de El Caballero Oscuro, quedándose en un buen intento. Bueno, pero intento al fin y al cabo. ¿Por qué? Quizás porque contiene un elemento del que carecían las entregas anteriores: éstas contaban con la ventaja de que no estaban narradas como una película de superhéroes al uso. El público meta, más adulto de lo que cabría esperar en Spiderman o las sagas cinematográficas de Batman de los años noventa, se encuentra aquí una tercera parte mucho más espectacular, pero menos verosímil, con aspectos que rozan la ciencia-ficción. Eso, por tanto, supone un derecho de admisión sobre los espectadores, haciendo que los que ya estaban familiarizados con los cómics del Detective Murciélago entendiesen el espíritu de lo que se estaba contando, así como la cantidad de guiños a las historias en las que se basan; sin embargo, el espectador ajeno a este mundo se siente más perdido ante lo que está viendo que en las entregas anteriores.

Caña burra.
Por todo lo alto.
Si llega a haber más héroes al lado de Batman, uno casi podría haber pensado que, más que una peli de Batman, está viendo la adaptación de la JLA.


Este factor, sumado a la larga y terrible sombra de Heath Ledger, hacen que la película pueda resultar decepcionante en más de un espectador. Para mí es algo comprensible, ya que el listón estaba demasiado alto y, viniese el villano que viniese a continuación (he de decir que en el universo "verosímil" de Nolan era el siguiente villano más capacitado en la lista, si lo comparamos con el Sombrero Loco, Killer Croc, Mr. Freeze o Hiedra Venenosa, con la posible salvedad del Pingüino, como nuevo líder mafioso) las iba a pasar putas para estar a la altura de lo que ya se había plasmado.

Como buen intento, para mí se convierte en la entrega más floja de las tres, ya que no tiene la puesta en escena de la primera ni (admitámoslo) un villano a la altura de la segunda; sin embargo, no por ello me atrevo a decir que sea una mala película, ni mucho menos: la historia, pese a su cantidad de elipsis (hay muchas cosas que tenemos que imaginarnos cómo suceden, porque no quedan explicadas y sólo vemos su resolución) y su espectacularidad más propia del cómic original que al universo Nolan, resulta estar bastante bien dirigida, con un notable uso de la fotografía. El reparto hace que no tengamos la impresión de ver a un puñado de chavales de instituto en mallas intentando interpretar, sino a un montón de veteranos del celuloide metidos en el personaje. La acción, observándola de un modo medianamente objetivo, resulta trepidante, con escenas de lo más espectacular, por lo que se puede ver con bastante agrado si uno no va con el listón de Batman Begins y El Caballero Oscuro por delante.

En resumen, no es la mejor de las tres, pero técnicamente es bastante superior a los últimos bodrios que ha firmado Marvel para cerrar sus trilogías.

jueves, 19 de julio de 2012

Escupiendo Rabia- Libertad para tocar los cojones



Parece ser que uno es un apestado, señores.
Un crápula.
Un miserable bastardo más, de esos que pululan por esta sociedad de asco.

Mire usted por donde, yo he decidido no ir a la manifestación que hay hoy convocada.
¿Por qué?, preguntará más de uno y yo, en este país de pensamiento de embudo, resulta que me veo socialmente presionado a dar explicaciones. A tener que justificarme en mis decisiones, cuando casualmente yo no entro en ese juego de fanáticos, que consiste en preguntar a los demás "¿Por qué no sigues mi credo?".

Si habéis leído este blog, os daréis cuenta de que lo que he venido haciendo desde la Noche de los Tiempos es volcar mis pensamientos, mi rabia y mi malestar, ya no por la condición política (no es sino otro factor más), sino por la insufrible conducta del ser humano. Del insoportable Pensamiento Único, o las Consignas Implantadas Por Putos Cojones. Lo que nunca he hecho (y tenéis todos los posts de este blog para comprobarlo) es decirle a la gente lo que tiene o lo que no tiene que hacer con sus vidas.
Por mí como si el resto del mundo decide que lo mejor para salvarnos a todos es zurrirse en Nocilla y bailar la conga; yo ahí tengo la libertad de decir si me parece bien o no. Libertad que todo el que proviene de la masa parece tomarse a la hora de atacar a los "de fuera".
Sea como sea, tomadlo del modo que queráis. Pero que no me vengan a mí diciendo que lo haga yo, y que si no lo hago, tal o cual. Para sermones, lecciones de moral y demás ya tengo a mi madre. Lo demás, no sólo me sobra: me infla los huevos de una manera que no os podéis ni imaginar.

"O estás conmigo o estás contra mí". Esta es la máxima del señor Josef Stalin, que era de todo menos una persona que trabajase por ayudar a los oprimidos.
Resulta descojonante ver cómo aquellos que dicen luchar contra el sistema tirano y opresor, cómo aquellos que enarbolan banderas, que berrean consignas y entonan cánticos de todo tipo, emplean esa máxima acusando a todo bicho viviente que no participe activamente en sus historias de ser partícipes de todo aquello a lo que aborrecen.


Y, como siempre, antes de que el rebelde de turno, con sus pancartas de "Abajo el sistema" o "Muerte a todo el que no sigue mi colectivo", tengo que aclarar una vez más que no estoy en contra de ejercer el derecho de manifestación; todo lo contrario, lo apoyo y me parece incluso necesario que la gente manifieste que está descontenta. Otra cosa es que yo quiera secundarlo o no. Así que el que diga lo contrario y que voy diciendo tal o cual, no es que se equivoque o que me malinterprete. Teniendo en cuenta que suelo hablar más claro que una puta hostia en la nariz, diría que es directamente subnormal o un cabronazo al que le gusta meter palabras en mi boca.
Supongo que esta actitud ante esta gente jode, ¿verdad?
Me imagino que muchos de vosotros os estaréis rasgando las vestiduras, atacando mi falta de respeto ante los que no piensan como yo. Es más fácil sacar esa conclusión que pensar que igual es que la raza humana me resulta cada día más y más aburrida, con su tendencia a polarizarlo todo, a cargar contra sí misma y a esa tendencia a buscar alguien a quien colgar. Más allá de tendencias políticas, religiosas o de tamaño de las gónadas.
Porque parece ser que hay que hablar bien del ser humano en todo momento, se vaya a molestar alguien.
Confundir misantropía y nihilismo con la falta de respeto.
Eso es lo que mola.
Porque cuando lo hacen según qué sujetos, parece que sí que está bien. Cuando lo hace uno, no.
Esto, por tanto, no es demagogia, ni demostrar tener la cultura de un ladrillo, qué va.
Eso sí, si otros te atacan a ti, es una "opinión personal".
Pues para mí es un puto doble rasero.

Pues os voy a decir que, para variar, estoy ya hasta los mismísimos cojones de este doble rasero: de tener que escuchar día tras día como un nutrido grupo de cretinos piden respeto para sí mismos, pero luego son incapaces de ver más allá de sus narices y acusar a los que no están total y absolutamente de acuerdo con ellos de mil y un términos, que varían dependiendo de la ideología.
Os lo digo desde ya.
Que se vayan todos a la mismísima mierda. Este que está aquí ya no puede soportar más este cúmulo de hipocresías, de fariseísmo y de corrección política de diseño que se destila últimamente por todas partes.
Porque esos tíos tan molones, esos que enarbolan banderas, que gritan eslóganes inventados por vete a saber quién, que vomitan ideologías y que predican a nosotros los pobres de espíritu, SÍ parecen sentirse con la superioridad moral para andar diciéndonos a los demás, pobres bastardos, lo que tenemos que hacer con nuestras miserables vidas. Mire usted que suerte tenemos, que hemos dado con ellos para que nos iluminen, nos muestren el camino y nos enseñen el Sentido de la Vida.
Qué haríamos sin ellos.

Sigamos a los líderes.
Y no, no me vengáis con la parida esa de "Nosotros no tenemos líderes", que no me la trago. La Humanidad, desde el principio de los tiempos, ha necesitado siempre alguien a quien seguir. Alguien a quien obedecer.
Alguien ante quien agacharse.
Que ese líder no quiera dar la cara ahora, es otra historia.


Y es que estoy ya hasta los huevos del guerrero de fin de semana, del protestón de poca monta que mira por encima del hombro a los demás, porque "no han abierto los ojos". Tócate las narices, que ahora absolutamente todo bicho viviente (menos él) es gilipollas. Aquí nadie tiene ni puta idea de nada, salvo aquellos que te van de informados por la vida (y a los que luego preguntas por algo en concreto y no saben ni qué coño están defendiendo, o los que te vienen contando cosas que no es que tengas dudas; es que sabes que no son así). Aquellos que te llegan en plan "Tenemos que acabar con el estado fascista y opresor que atenaza nuestras vidas"; aquellos iluminados que, en definitiva, te tocan los cojones de mala manera, haciéndote pensar que eres mala persona si no aceptas sumisamente y sin reservas todo cuanto te suelten.

Porque ojo, amiguitos: resulta que ELLOS sí pueden cagarse en los muertos del prójimo. Ellos sí pueden decirte que tú no tienes ni puta idea de nada. Ellos pueden permitirse el lujo de hablar desde la Verdad Más Absoluta, mientras que cualquier cosa que digamos nosotros los de fuera, cualquier puta cosa se plantea como un ataque personal en toda regla.
Y ante los ataques personales (sean ciertos o no), la opción es contraatacar.
Ladrar.
Gruñir.
Morder.
Chilla más fuerte, ataca con más fiereza.

"¡¡¡Me cago en la putaaaaaaa!!!"

Es la cultura del Paleolítico, donde aquellos "extraños", ajenos a la tribu eran considerados automáticamente como "enemigos". Lo que viene de fuera no provoca seguridad, y es un riesgo que debe ser erradicado. Es el Terror de la Edad Media, donde aquello que se sale del tiesto es acusado inmediatamente de herejía. Antes teníamos Inquisición y Cazas de Brujas. Hoy en día se persigue a aquellos que no comulgan con los ideales de según qué grupo. Se procede a la expulsión social, a la segregación.
Al apedreo colectivo, generalmente a base de aporrear verbalmente a alguien, aunque no se tengan argumentos fundados en su contra. No hacen falta, con chillar fuerte y usar palabras como "Reaccionario" y otras lindezas aprendidas en jueves es suficiente.
Libertad de expresión, lo llaman.
Nadie piensa, sin embargo, que ese derecho está limitado y que tenemos que ejercerlo con un mínimo de responsabilidad y sentido común.
No, vamos todos al ataque, que es más diver.
Es la dictadura de la masa, de los animales de dos patas que imponen su criterio a los demás. Por cojones. Por el culo y sin vaselina.
Acepta y serás amigo.
Duda tan siquiera y serás el enemigo.
Te tendrán por cobarde. Por pro-sistema. Por pro-fascista. Por aburguesado, vendido, cobarde, vago o Dios sabe cuántos términos más que se sacan los seres estos de la manga. Y si ellos lo dicen, está bien: porque ellos son los que luchan y tienen carta blanca. Los demás, que según ellos no hacemos nada (parece ser que eso de participar en unas elecciones, algo demodé y nada cool equivale a la Nada, frente al Todo que supone salir a la calle), estamos por debajo en la escala moral. Por tanto, no tenemos derecho siquiera a decir que no estamos de acuerdo con los autoproclamados rebeldes.
Porque o se está con ellos o contra ellos.
Mis cojones.

Hace un par de días tuve una conversación con un amiguete escritor, que es de los que defienden que no se vaya a votar. Ante eso ya sabéis mi postura: que el que no va a votar y luego se pone a protestar en una manifestación, para mí es como el que folla sin condón porque no le gusta y luego se queja de que le han pegado la sífilis.
Mi amiguete no lo ve así, pero podemos decir que hay un entendimiento entre ambas posturas: no estamos de acuerdo ni tenemos por qué estarlo, pero puede decirse que ambos (en contra de lo que pueda parecer, por la parte que a mí respecta) somos bastante civilizados y sabemos respetar las posturas del otro. El no le dice a la gente que no vaya a votar y yo no le digo a la gente que vote. Tan simple como eso.
La pregunta que yo me hago, entonces, es:
¿Tanto rollo de tolerancia, respeto mutuo y pollas en vinagre y precisamente este acontecimiento es una raya en el agua?
Porque a ver, habida cuenta de lo que pienso yo de todas estas movidas e historias, algunos ya me conocéis (bien en persona, bien de seguir este blog con relativa frecuencia) y tenéis claras algunas cosas:

- Primero: Que una cosa es mi opinión (equivocada o acertada, pero es la mía) y otra cosa es que yo me sienta con los huevazos de decirle a la gente lo que tiene que hacer con su vida.

- Segundo: Que el hecho de que yo no apoye algo no quiere decir que lo censure, que lo vea mal o que directamente acuse de nada a los que quieran manifestarse. Echad un vistazo a otros posts y veréis que he dicho en una y mil ocasiones que, no es que sea algo que me de igual, sino que es algo que se tiene que hacer de vez en cuando.
Otra cosa es que yo coja y, sintiéndome el puto Dios, vaya por la vida diciéndole a la gente "Si no haces lo que te digo, ya verás". O que diga que manifestarse es de gilipollas.
Me reitero: el que haya entendido eso de mis posts, que se vaya a tomar por culo a la de ya, que no le voy a echar de menos.

Ahí lo lleváis.


Y sin embargo, yo me tengo que tragar que me digan lo que tengo que hacer, porque ellos pueden actuar así.
Nadie puede decirles nada, se vayan a molestar o vayan a sentir sus dignidades/libertades vulneradas.
¿Y los demás?
A los demás que nos jodan, porque no estamos salvando el mundo como ellos.
A diferencia de esta gente, yo tengo que chuparme ese tufillo de condescendencia que tienen aquellos que se creen que son los únicos que están haciendo algo. Que son los únicos con derecho a abrir el pico. Aquellos que se autoproclaman con carta blanca para imponer su Código Moral a los demás, so pena de chantaje: "Si te movieras (exactamente del mismo modo) que hacemos nosotros... pero como no lo haces..."
Aquí es cuando yo me hago una pregunta:
¿Y vosotros quién hostias os habéis creído que sois para ir así por la vida, me lo queréis decir? Vosotros, que atacáis una y mil veces a las distintas confesiones (especialmente la católica) por ir imponiendo su credo y por su falta de tolerancia hacia otras formas de pensamiento, ahora resulta que, en vuestra hipocresía más flagrante, venís imponiendo un dogma.
Sí, tíos.
Un puto dogma.

"¿Los que no están con nosotros? Unos pobres perdidos que no alcanzarán la Gloria Eterna. En el fondo me dan mucha pena, porque no saben lo que se siente al formar parte de algo tan Grande y Glorioso como lo que hemos organizado nosotros".


Y al igual que los clérigos a los que tanto atacáis, sois los primeros en demonizar a aquellos que cuestionan vuestras ideas de plexiglás. Los primeros en tocar los cojones hasta que los demás acaban siguiendoos como buenos corderitos. Coño, si en vez de un panfleto político os ponéis a repartir Biblias no hay un Dios que os distinga a unos de otro.
Pero resulta que moláis.
Resulta que precisamente a vosotros no se os puede decir nada.
Porque vosotros hacéis cosas.
Los demás no, ¿verdad?

Este último punto es que me encanta, y lo digo en serio, porque ahora lo que se lleva es tener que estar demostrándolo todo constantemente: si protestas, tienes que mover a cien millones de personas y liarla (aunque de esos cien millones, solo dos sepan qué coño estás defendiendo, eso da igual). A vuestra manera, o la carretera. Si no es por los medios que usáis vosotros, ya no molan tanto, ¿verdad?

Tiene gracia, mucha gracia. Vais de individualistas, de intelectuales, incluso de librepensadores... pero luego os empalmáis con meneos masivos, donde cuantos más, mejor. Más ruido, que no falten los tambores. Más lemas, más cánticos. Os encanta ser todos una sola voz, un solo corazón, una masa homogénea con...
Sí.
Un Pensamiento Único.
A esa especie de filia por la masa lo llamáis poder de convocatoria, o espíritu del pueblo.
Para mí es demagogia, el ensalzamiento a la idea contagiada, pero no digerida. La congregación de fieles ante una deidad no necesariamente religiosa, pero sí que mueve tantas masas como cualquier culto. El caldo de cultivo de fanáticos que, habida cuenta de la crisis económica, de esta sociedad alienada de mierda y de mil historias más, necesitan un refugio. Algo en lo que creer. Pero al parecer yo estoy equivocado en todo. Mi punto de vista, al no aceptar sumisamente vuestros Santos Preceptos, es completamente erróneo.

"Oye, Pepi, ¿qué hacemos aquí?"
"Pues, seguimos a la masa, ¿no lo ves?"
"Ya, eso sí lo veo, pero ¿por qué?"
"Ni puta idea, yo los he visto y me he enrolado, pero tú no preguntes: como son muchos, fijo que tienen razón en absolutamente todo lo que exigen. Y, ah... esas preguntas, no las hagas en voz alta, vaya a ser que nos la líen".


Pues lo digo una vez más. Lo diré las veces que sean necesarias. Puede que me equivoque al pensar que tenemos lo que nos merecemos (para más detalles, ver posts anteriores de Escupiendo Rabia como "Lo Que se Ve y lo que No, publicado el 11 de Julio de 2012); puede que meta la pata hasta el sobaco quedándome en casa para variar, simplemente porque esté harto de esa actitud quejicosa que tenemos en este puto país, donde parece ser que sólo valemos para protestar a toro pasado, cuando está todo pactado, máscado y ya poca cosa se puede hacer. Puede incluso que no tenga ni puta idea de nada al decir que ya estoy cansado. Que ya estoy cansado de este mundo de fanáticos que sólo buscan apuntarse tantos para pasar a la posteridad. Harto de que sólo pueda protestar del modo que ellos imponen, que es en la calle, por medio de manifestación y rodeados de montones de gente. De que cualquier otra cosa no sea válida para ellos. De que me digan que lo mío no sirve y lo de ellos sí. Como si el país se fuese a salvar del caos a golpe de pancarta.

Me inflama la sangre cosa mala que esos tíos precisamente sean los que tengan los cojones de decir que una persona que ejerce su derecho democrático a las urnas no hace nada por solucionar las cosas, mientras que ellos, usando el método que a ellos les parece chachiguai (que no necesariamente el más correcto, si echamos mano del derecho democrático que supuestamente defendemos unos y otros), te miren por encima del hombro, como si fueran los únicos que están luchando. Porque ellos pueden. Porque molan más. Porque lo de los demás, los de la Tribu de fuera, es una puta mierda.
Joder, si uno tiene que escuchar la propaganda que destilan día sí y día también, puede que hasta sean mejores en la cama, partiendo de ese criterio de Superioridad Moral.

"Como yo molo, tengo derecho a ejercer libremente mi libertad de expresión y decir que eres un subnormal de mierda por no estar de acuerdo conmigo; tú, sin embargo, ten mucho cuidadito con lo que vayas a decir, no sea que me cabree y te acuse de radical".
Así es como está funcionando esto para muchos, muchos de esos que dicen luchar por nuestros derechos.
Esa tolerancia que predican, ese diálogo a la hora de hacer las cosas, es el que demuestran cuando dan con alguien que no asiente ni aplaude a todo cuanto dicen.
Luego podéis creerlo o no.
Yo ya tengo mi experiencia personal.


Sí, puede que me equivoque y (a diferencia de aquí los Guerreros de la Libertad a los que no se les puede decir JAMÁS que han cometido errores o que se equivocan a la hora de plantear o enfocar algo. Ellos son perfectos y lo hacen todo bien; y si no, no se les puede decir nada porque como tienen una meta noble está ya todo justificado), no lo niego. Pero por lo menos los errores que cometo, los cometo yo y con la responsabilidad de subsanarlos en la medida de lo posible. Para cometer los errores de otros y no reconocerlo jamás, veo que hay gente capacitada de sobra. Y, al paso que vamos, cada día más.

lunes, 16 de julio de 2012

Escupiendo Rabia- La Política del Gusaneo




Hoy quiero empezar este post con una fábula que vi en la tele cuando era pequeño. En esa época en la que, si bien empezaban a despuntar los dibujos animados japoneses (rebautizados por las últimas generaciones como anime, como si el formato de animación se hubiese inventado exclusivamente en Japón, o como si todo lo que no viniese de las tierras niponas no fuese animación), no ocupaban la mayor parte de la oferta televisiva para los niños.
Hablo de una época en la que encontrabas dibujos animados de todas las épocas (al fin y al cabo, la transición había pasado no hacía tanto y nuestras fronteras seguían abriéndose) y todas las nacionalidades. No era raro encontrar historias procedentes de Argentina o Checoslovaquia.
Intente eso hoy en día, en la llamada "era global".

El caso es que, precisamente, uno de esas series variopintas consistía en narrar las fábulas de Esopo, en capítulos más bien cortos (apenas dos minutos). No había hostias, no había rayos de luz, ni tampoco había ratas horteras que repetían su nombre mil veces, por si el espectador era lo bastante gilipollas como para no haberse enterado de cómo coño se llamaba.

Una de esas fábulas era la conocida como El Cuervo y la Zorra.
Esta historia cuenta cómo un día un cuervo se encontraba sobre la rama de un árbol, celebrando que había conseguido llevarse un queso de una aldea o granja cercana. El ave, a duras penas, había logrado llevar su trofeo en el pico y allí estaba, tan ricamente, dispuesto a comérselo.
Justo entonces, apareció una zorra (entiéndase esto como simbolismo y personificación de la astucia; esta serie es de antes de la demagógica década de 2000, donde A TODO se le sacan asociaciones que no son y donde los colectivos de ultrafeministas radicales, tan beligerantes e intolerantes como los machistas, solo que sin una pirula entre las patas, se dedican a protestar contra cualquier cosa que vean en la tele) que se dirigió al pájaro.

- ¿Qué ven mis ojos?- dijo la zorra- ¡Si tengo delante de mí un magnífico cuervo!
Éste, por supuesto, no respondió, ya que tenía el pico ocupado por el queso.
- ¿Sabes lo que he oído de aves tan gallardas como vosotras?
El cuervo meneó la cabeza, en sentido negativo.
- De vosotros cuentan maravillas: dicen que no existe vuelo más elegante que el vuestro y que toda la naturaleza se rinde ante vosotros cada vez que batís vuestras alas. Dicen asímismo que no hay ave más inteligente ni más sabia que esas regias criaturas de plumaje negro como la noche. Y dicen también que vuestro es el más hermoso de los cantos, por encima de la melodía del ruiseñor y mucho más que el gorjeo de cualquier otro ave.
El pájaro elevó la cabeza, con orgullo, acompañado de un suave batir de sus alas.
- Ya que he tenido la enorme suerte- prosiguió la zorra-... ¡Qué digo suerte! ¡El honor! Ya que he sido bendecida con el honor de encontrarme con un cuervo, me permito la osadía de pediros que, antes de que separemos nuestro camino y no volvamos a vernos, me alegréis el día con vuestro canto. ¿Sería eso posible, Maese Cuervo?
A estas alturas, el ave ya estaba tan henchido de orgullo que, sin pensárselo dos veces, abrió el pico para lanzar lo que comúnmente conocemos como el graznido propio de un cuervo. Al hacerlo, el queso cayó de su pico, yendo a parar a los pies de la zorra; ésta, ni corta ni perezosa, lo agarró con el hocico y desapareció por el bosque.

Moraleja: "Si alguien te alaba con cosas de las que careces, probablemente querrá de ti algo que posees".



Yo debía tener unos ocho o nueve años cuando vi el corto que narraba esta fábula, pero creo que queda demostrado que me marcó de por vida. Desde entonces, puedo decir que, si bien nunca me ha gustado que me adulen (y, si se me conoce medianamente bien, se verá que en mis círculos personales, prácticamente nadie lo hace), tampoco me ha gustado ir besando los pies de otros. No cuando esos otros no se han ganado mi admiración.
Llamadme radical, pero yo al menos lo veo así.
Quizás por eso mi primera novela (El Gusano Interior) muestra como un exponente del horror algo que viene de dentro: una criatura sin ojos que se arrastra y puede entrar en el cuerpo humano por cualquier orificio corporal.
En principio, esto no era más que una metáfora para explicar algo sucio y repugnante que anida dentro de nosotros. Ese tipo de criaturas siempre me han producido un asco irracional y me pareció adecuado usarlo.
Ahora empiezo a pensar que esa interpretación puede extenderse a esa política de arrastre viscoso y decadente que cada día resulta más y más frecuente.

Lo miremos por donde lo miremos, el caso es que meto los hocicos en el mundo literario, donde supuestamente la gente es culta, donde se sobreentiende que el personal tiene un mínimo de sabiduría y donde debería reinar una política de objetividad a la hora de valorar las cosas y descubro una cosa muy importante, que bien podría resumirse en dos palabras:
LOS COJONES.

Y es que llega un punto en que uno no sabe ya si reír o llorar ante la cantidad de peloteo masivo del que es testigo. No hablo de admiración, ojo. Hablo de ponderación desmesurada ante las cualidades de otros. Hablo de mentiras descaradas a la hora de alabar una obra. Hablo de inflar la opinión, ensalzando obras que bien pueden ser decentes, bien pueden destacar por alguna cosa puntual, pero nada más. Hablo de esa política de gusanismo reptante, donde parece ser que una buena crítica es buena en tanto en cuanto se le chupa la polla al autor de ésta hasta metérsela hasta la garganta.
Y no es que pueda o no pueda decir nada, es que encima me tiene que parecer bien. Porque resulta que como tenemos libertad de expresión (pero sin responsabilidad alguna, por supuesto), pues tenemos que respetar a aquellos que tergiversan, mienten y besan los pies de gente a la que consideran "superior", simplemente porque consideran que así van a llegar más lejos.
Véanse conceptos como "honradez".
Véanse conceptos como "honestidad".
A la mierda con esos conceptos.

"¡Eso eso a tomar por culo con todo!"


Y es que parece ser que, si tenemos que hacer caso a los supuestos críticos que aparecen día a día en blogs, grupos literarios, foros y demás nidos de víboras (generalmente autoproclamados, porque hablamos de gente que DICE que ha leído, pero que luego no tienen ni puta idea de que la crítica literaria no es decir "esto me gusta", sino que es una disciplina literaria que conlleva AÑOS de estudio), resulta que vivimos en la Edad de Oro de la Literatura Española.
Sí, amigos. Si os fijáis en cada uno de esos comentarios (me gustaría pensar que bienintencionados, pero erróneos a más no poder), a razón de cada diez o quince días o menos surge un nuevo Mito de la Literatura. Un Clásico. Un Genio. Alguien que no va a ser ni superado ni mucho menos igualado en al menos una década. Generalmente, esos Nuevos Dioses son gente que han sacado su primera novela, pero mire usted por donde, están por encima del Bien y del Mal. No cometen fallos. Sus líneas argumentales son excelsas. Joder, por no tener, no tienen ni erratas.
Y digo yo, "Coño, qué puta suerte tenemos, que ahora cualquiera que sale se mea sobre Valle-Inclán, Góngora o Quevedo".

Y por cojones me tengo que creer esto.
Por cojones tenemos que participar en estas masivas chupadas de polla y lamidas de culo, donde una obra DIGNA, a causa de las "críticas" (o el chupapollismo, si usamos un término directo e inteligible) queda encumbrada, ensalzada e inflada hasta la categoría de OBRA MAESTRA.
Críticas carentes de argumentos objetivos, basadas en la mera opinión del lector/"crítico", que parece pasar del mero análisis a intentar convencernos de lo buena que es, pero sin aportar nada más que su opinión. Sin ejemplos que ilustren lo que predica, sin nada sólido que respalde lo que está diciendo.
Porque él tiene derecho a expresar lo que quiera, y nosotros tenemos que tener Fe Absoluta en Su Palabra.
Ya no es que tengamos que entender a lo que se refiere, sino que además nos lo tenemos que creer.

Otra cosa de la que nadie habla es que esas críticas, la mitad de las veces nos las encontramos adulteradas por factores externos, lo que yo llamaría la "Prostitución del 'crítico'": Hablo de esos que venden su análisis al mejor postor, bien porque tal editorial te regala libros para que los reseñes; bien porque el autor de tal libro ha prometido reseñarte a ti. La política del "Yo hablo bien de ti mientras tú hables bien de mí. Tú me vendes, yo te vendo y aquí salimos todos ganando, aunque lo que digamos los dos no tenga nada que ver con nuestras obras".
Ante eso, te encuentras cosas como ensalzar cosas de una obra que no existen: pongamos el hipotético caso de una obra que sea linealmente cronológica, ¿de acuerdo? Un caso exagerado sería ese reseñista que dice que el autor es un maestro con los flashbacks.
Si dices que miente, el dirá que sólo está dando su opinión.
Yo digo que tiene todo el derecho a dar su opinión, y eso no se lo niega nadie... pero otra cosa es que su opinión sea más falsa que Judas. Eso también es cierto y nadie parece notarlo.
O no al menos como para decirlo en voz alta.

Jim Carrey en Mentiroso Compulsivo.
Su personaje (antes de lo que sucede en la peli, que le obliga a decir la verdad), podría decir: "¡La Casa de Bernarda Alba es una gran obra cómica, donde destacan los diálogos de los personajes masculinos y las referencias al Sueño de una Noche de Verano de Shakespeare!"
Según estos parámetros, no estaría mintiendo ni alabando unas cosas que (si habéis leído la obra de Lorca, os daréis cuenta) no existen: da su opinión.
Con eso, ya queda todo justificado.
Y es que en este mundo (o mundillo, o nido de víboras, ya puestos) parece ser que hay que respetarlo todo por cojones.
Incluso las mentiras más flagrantes e insultantes.
Menos las de los políticos, claro... como son los únicos que mienten y que lo hacen todo mal...


Ante esto podéis decirme que bueno, su opinión es, y es tan válida como la de cualquier otro.
Bien, pues aquí es donde hago YO uso de MI derecho a la libertad de expresión (porque si unos se sienten con el derecho a mentir, yo me siento con el derecho a pensar que sus mentiras me las paso yo por varias partes de mi serrana anatomía) al decir que estoy hasta los mismísimos huevos de esa falacia.
Estoy harto de que el personal pelotee, dé coba, pase el cepillo y lama carajos un día sí y otro también y encima intente venderlo como verdad. Estoy más que harto ya de esta especie de política del barniz, donde UNOS son perfectos y no cometen JAMÁS un fallo y los demás parecemos obligados (por presión popular del Ilustre Colectivo de Pelotas) a bailar a su son. A no ver nada negativo. A adorar a los Dioses.
Y todo esto, por cojones.
Todo esto sin pensar que, al hacerlo, estamos haciendo publicidad engañosa. Que estamos intentando convencer al lector en potencia de que se va a comprar una novela de 10, cuando a lo mejor estamos hablando de una novela de un más que digno 6 o 6 y medio. Y así pasa luego lo que pasa: las decepciones, el público que se ha sentido estafado, no por UNA crítica, sino por DECENAS en el mismo plan y el progresivo empobrecimiento de la industria.
Y no, no creo que tengan la razón porque son muchos. Para argumentar esto, no me extenderé aquí, pero si os interesa, id al post sobre el concepto de falacia y entenderéis el argumento en contra.

Nos compramos un yogur de estos que se supone que son la hostia y nos encabronamos si sabe a mierda.
Si nos metemos a ver una peli que han puesto por las nubes y es un truño, la liamos.
Pero si un libro no es tan bueno como nos lo pintan, nos tenemos que callar, la vayamos a liar.


Otros son de los que ya llegan, de modo descarado, y mientan a sus objetivos pelotiles donde sea y cuando sea, se hable de ellos en la conversación o no, vaya con ellos el asunto o no. Venga o no venga a cuento, ¿qué más da?, eso es lo de menos. Porque parece ser que uno queda mejor si ensalza constantemente las virtudes de esta gente, ya no sólo literarias, sino humanas, sean ciertas o no. Porque parece ser que algunos no es que sean ya grandísimos autores. Es que además son guapos, buenos, y tienen la picha más grande y jugosa que el resto de los mortales.
Esta variante de peloteo exagerado, lo que podríamos llamar el "Peloteo Rastrero y Gusanil" está presente, patente y bien impregnado en este círculo: como ya he mencionado, yo llevaré dos años y pico en este mundillo y no hago más que verlo día sí y día también. No sólo se aplica a determinados autores (ojalá), sino que llega a niveles más flagrantes y sube hacia el mundo editorial.
Porque todo lo que hace según qué editorial está hecho de modo fantástico.
No cometen errores, lo hacen todo con una profesionalidad inigualable e indiscutible y, por supuesto, son todos bellísimas personas que lo que quieren es contribuir a que la calidad cultural de este país llegue a las cotas más elevadas.
Bécquer, un mierda.
Cervantes, un puto pringao.
Los fulanos que saca X editorial sí que valen y no los desgraciaos esos.

Para ilustrar un poco esta actitud de pelotilleo sublime, rastrero y descarado os comento un caso que viví: hace algunos meses, participé en un debate en el que se hacían comentarios bastante directos hacia ciertas empresas del sector que tenían la desfachatez de no pagar a sus autores. Es un tema viejo y del que he visto mil y una discusiones, y ante eso, como menciona muy claramente un amigo de este mundillo, lo suyo es denunciarlo ante la Justicia.

Ante esto no me niego, por supuesto, pero también es cierto que la Justicia es una vía larga y no siempre es necesario recurrir a ella para que tal señor nos pague lo que nos debe. Una editorial también tiene una imagen pública y nada como dejar constancia de lo que está pasando para que se retracten y nos suelten la pasta que nos deben. Esto ya se ha hecho en alguna ocasión y, al parecer, ha funcionado.
Sin embargo, ¿cuál es la actitud de muchos autores?
Pues, volviendo a la discusión de arriba, resulta que me invitaron sutilmente a que me callase al hacerme eco de mi denuncia (o de cualquier otra denuncia pública que haya hecho al sector editorial que, por desgracia, han sido varias) porque, y cito textualmente, "este es un mundo pequeño en el que nos conocemos todos y no conviene airear los trapos sucios".
El "Todo queda en casa".
En otras palabras, la puta ley del silencio. Eso fue lo que me recomendaron, a mí y a algunos otros que coincidían conmigo (o con los que yo coincidía, según se mire), tal vez desde el púlpito del autor al que nunca le van a pegar la puñalada trapera. A ese que tiene un halo de inmunidad ante cualquier impago, cualquier extracto de ventas sospechoso o cualquier otra argucia perpetrada por editoriales de dudosa reputación. La política de estos seres es básicamente atacar al autor que se atreve a dar un paso adelante y decir "Eh, señores, que no todo es tan bonito" para así (piensan) ganar puntos ante los de arriba.
También puedo hablar del caso concreto de un autor al que le sucedió esto, y que fue apedreado por los que se supone que son sus compañeros de profesión.
Así.
Así es como hacemos las cosas.


"Lame pollas y todo te irá bien; pero de lo malo, ni media palabra o no te ajuntamos. Te haremos el vacío, mamón. Te morirás de asco y acabarás hurgando en los cubos de la basura para sobrevivir".

Ante estas cosas es cuando digo yo: "Uy, mirad cómo tiemblo". ¿Por qué? Igual es porque prefiero vivir según mi criterio (equivocado o no, es el mío y nadie tiene por qué imponerme uno que mole más) y decir las cosas tal y como las pienso a callarme ante algo que veo injusto, inmoral o (algunas veces) rozando lo ilegal. Igual es porque yo no tengo absolutamente ninguna prisa por publicar, ni tengo necesidad alguna de ponerle buena cara a nadie, porque nadie me la ha puesto a mí. Y si lo ha hecho ha sido para tocarme los cojones de mala manera.
Es posible incluso que esté un poco harto del circo de hipócritas que rodean a un mundo que, seamos honestos, me encanta (al menos lo que toca a eso de gente que se esfuerza por convertir el mercado del arte en una industria decente, usando como armas la creatividad y el trabajo, y nada más que la creatividad y el trabajo). Tal vez resulte que uno no va a publicar, aparte de por no ser precisamente Clive Barker (soy el primero en reconocerlo y no se me caen los anillos por eso) porque no usa las nuevas armas del Autor Guaish, que son el Peloteo y la Adulación.
No, amigos Distópicos. Sabiendo que yo no tengo absolutamente nada que perder en este mundo (porque peor de lo que ya estoy no puedo estar, a nivel de publicaciones), me siento con la total libertad de hablar las cosas. Esa libertad que muchos, subidos en sus púlpitos y predicando a los cuatro vientos su supuesta tolerancia ante cualquier opiníon, no tienen los huevos de expresar.
Porque muchos necesitan imperiosamente la aprobación de la masa.
Muchos otros necesitan quedar bien ante tal editor, ante tal autor.
Muchos necesitan demasiado y no se han dado cuenta de que lo importante lo tenemos ya dentro de nosotros; lo que venga de fuera es secundario.

Supongo que el problema viene de lo mucho que muchos creen que pueden perder. De ese miedo al riesgo. De ese pavor a decir lo que se piensa.
No es ningún secreto que, antes de ingresar en el mundo de las "letras" (llevo años escribiendo, pero sólo desde hace un par de años o así es cuando estoy moviéndome en este mundo de editoriales, editores, autores, artistillas y cagamandurrias de cualquier índole y calaña) venía del mundo de la música.
Si este os parece un mundo duro, deberíais probarlo: eso de pasarte horas y horas ensayando, pudriéndote de asco en un local, peleándote con tus compañeros de grupo (porque creedme, eso sucede en TODOS los grupos). Partiéndote el alma para, como mucho, conseguir una puta barra libre en un bar o que te paguen parte de la consumición en una noche.
Olvídate de proyección artística.
Olvídate del manager que te descubre tocando en un bareto.
Esas cosas no pasan.

"Desde aquí lo veo. Esos hijoputas tocan bien..."


Quizás por eso ahí sí se destilaba un poco más de sinceridad entre los grupos: dicho de otro modo, no se podían ni ver los unos a los otros la mitad de las veces, pero raro era el que en ese plan te llegaba después de un concierto para comerte el nabo. Nadie te decía que eras el nuevo Jimi Hendrix. Nadie pensaba que hubieses inventado nada. En el mundo de los músicos, nadie trasciende el género ni nadie va a ser difícilmente superado en mucho tiempo.
Como mucho, podían decirte que tocabas de puta madre o que no te habías ido de nota más de la cuenta al tocar un solo.
Y hablamos de dos mundos supuestamente dedicados a las artes. De dos mundos en los que hay MUCHO movimiento de gente, donde hay foros y donde todo el mundo se conoce.

La única diferencia que he encontrado ha sido precisamente esa. Que el músico, curiosamente, no está pendiente en lo que usa el público para pajearse: toca lo que le sale de los cojones y como le sale de los cojones. Si quiere tocar rock duro, toca rock duro; si le pega al heavy metal va que arde. Si le arrea al punk, lo mismo. Gilipolleces del estilo "Si no te gustan los zombis no tienes ni puta idea de literatura de horror", como las que te encuentras entre el artisteo literario, no te las encuentras. Todo lo más, el rollito metalero-subnormaloide de "si entre tus influencias no cuentan Iron Maiden, Helloween y Metallica no molas". Pero ahí está la naturalidad de cada uno para pasarse por el culo lo que te diga el melenas del grupo de al lado. Porque un gilipollas tendrá libertad para soltar una gilipollez, pero lo que toca los cojones es que se permita el lujo de atentar contra tu propia libertad y obligarte a creerle.

Muchos autores noveles igual se piensan que haciendo la pelota consiguen ese supuesto Padrino que van buscando como el que busca al Mesías.
JA.
Supongo que muchos de vosotros pensáis que así es como se llega a algo.
Que a base de lamerle el culo a tal o a cual es mejor que llegar a lo que sea por méritos propios.
Tal vez os creéis que quien sea os va a prestar atención porque os arrastráis como gusanitos, besando el suelo que pisa.
Seguid soñando.
Y si es así, nada como confiar en vuestro propio criterio y en la calidad de vuestra obra por encima de todo lo demás. Mi más efusivo aplauso a la idea.

"Cojonudos, estos tíos, ¿a que sí?"
"¡Ya te digo!"


Pero, por lo que a mí respecta, digo lo de siempre: yo no me creo ni más listo ni más guapo ni mejor que los demás. Ojalá lo fuese, pero no es así; sin embargo, puedo decir que al menos no me siento con la imperiosa necesidad de hacer amiguitos (ved mi lista de amigos en una red social y comparadla con la de cualquiera que sí vaya en el plan que estoy comentando); mi imagen pública es algo que no me obsesiona. Nunca lo ha hecho y a estas alturas no creo que vaya a cambiar de opinión. No a día de hoy, al menos. Porque total, seamos claros: sé que muchos de los que me leéis no me podéis ver ni en pintura; muchos otros ni siquiera me leen precisamente por el mismo motivo (pero para poner a caldo y putear siempre falta tiempo). Y supongo que me da igual... porque al menos tengo las cosas muy, muy claritas. Como ya he mencionado mil veces, no soy vasallo de nadie ni existe persona en este puto planeta a la que le haya dado la razón en absolutamente todo (preguntad por ahí y lo comprobaréis). No creo que haya demasiados que, haciendo examen de conciencia, puedan decir lo mismo sin mentirse a sí mismos.
Y sí, a este paso es posible que no publique en mi puta vida y, de hacerlo, muy probablemente ya cuente con unos pocos detractores que jamás habrán leído nada escrito por mí. Así, con ese criterio tan objetivo y esos valores literarios tan firmes. Es algo que tengo asumido.
Pero, a diferencia de muchos de vosotros, podré vivir con ello y seguir durmiendo tranquilito.