domingo, 29 de julio de 2012

Mesa de Autopsias- El Manantial, de Alejandro Castroguer




Tras cosa de año y pico desde que llegase a nuestras librerías La Guerra de la Doble Muerte, el escritor malagueño Alejandro Castroguer vuelve a la carga con su segunda novela publicada, El Manantial. Esta vez, abandona el sello Almuzara para integrarse en Dolmen, editorial que tiene ya cierta costumbre por publicar novelas dedicadas al subgnénero Z (zombies) de terror.

En este post vamos a ir desgranando los elementos que conforman esta novela del modo más objetivo posible. Aprovecho para añadir el detalle de que mi relación de amistad con el autor en ningún caso va a influir sobre mi análisis de la misma, de manera que si alguna mente pensante ha entrado aquí pensando que mi plan es hacer la pelota, encumbrar las cosas hasta la saciedad o lamer penes, le recuerdo que se ha equivocado de blog.

Es muy probable que muchos de los lectores Distópicos noten múltiples referencias a la anterior novela del autor. Esto se hace con la intención de usarla como marco referencial, para así dar cuenta de la evolución literaria de Castroguer hasta la fecha. Reservo un segundo motivo para la conclusión de este artículo.

Dicho esto, vamos arrancando:

Trasfondo/sinopsis: La novela nos plantea un mundo postapocalíptico en el que la Enfermedad ha barrido a la mayor parte de la población, quedando tan sólo unos cuantos supervivientes, en apariencia desorganizados, que se las apañan como pueden para sobrevivir. A diferencia de la mitad de historias de zombies que conocemos (ya no sólo en cuestión literaria; podemos incluir aquí al género cinematográfico también), la historia nos traslada quince años después de la aparición de la plaga. Esto quiere decir que ha habido tiempo para que un nuevo concepto de civilización nazca y se establezca: el concepto de supervivientes, por tanto, ya no se limita a aquellos que habían vivido la mayor parte de su vida en el mundo "civilizado", sino que surge una nueva generación de éstos, prácticamente criada en las ruinas tras el desastre.
En este contexto es donde se crían Abel y Verona, los protagonistas de El Manantial.
Viviendo en un mundo donde el concepto que tenemos de civilización ha desaparecido, ambos crean una cultura nueva, basada en los recuerdos de Padre y entretejida con lo que ellos llaman "juegos". A su alrededor, una horda de Resucitados (aka Hambrientos, aka Parados) que rodean el entorno (aka País) en el que ambos se mueven. Este trasfondo puede recordar, en gran parte (y salvando distancias) a La Carretera de Cormac McCarthy (por el concepto de la supervivencia en un mundo devastado, varios años después del Holocausto), bien a Soy Leyenda de Richard Matheson (por el concepto del humano aislado de todo contacto con otros humanos, rodeado por una masa de criaturas que amenazan desde el exterior). En un concepto algo más amplio, podríamos encontrar una leve referencia a la película Mad Max, en lo tocante a la regresión de los valores de la civilización y al imperio de la Ley del Más Fuerte en el momento en que un Holocausto hace pedazos cualquier sistema social.

En La Carretera ya vimos un mundo que se fue a hacer puñetas y supervivientes que abrazaban prácticas como el canibalismo o el pillaje para sobrevivir.
Igual no es algo tan ficticio como querríamos imaginar.


Estructura externa/ Estructura interna: Externamente, la obra se divide en treinta capítulos (marcados en esta edición con los dibujos de una puerta), los cuales aparecen divididos en tres partes. Una, que ejerce como prólogo y sin numerar, titulada La noche del desastre; la segunda,  Quince años después, abarca desde el capítulo uno hasta el quince. La última se titula Tres meses después y nos lleva desde el capítulo dieciséis hasta el final.
Internamente, la división es más o menos similar, casi correspondiendo con la división en partes: si bien el prólogo sirve para ponernos un poco en situación, la primera parte de esta clasificación interna correspondería a presentar a los personajes principales, Abel y Verona; una vez hecho esto, podría decirse que se salta con cierta rapidez a la segunda, que viene marcada por la aparición de Debisí. Esta concluye justo en el momento en que concluye la segunda parte de la división externa; el tramo que nos lleva a la recta final de la novela tiene lugar en el momento en que aparece el segundo personaje secundario (¿o tal vez principal?), Marcia. Su aparición plantea un giro de los acontecimientos que, al tener lugar, lleva al final de la novela.

Entorno: El escenario de la novela es prácticamente uniforme, limitándose al contexto casi encorsetado de un instituto. Es en este edificio donde transcurre casi la totalidad de la novela, salvando alguna excepción al principio, alguna ensoñación y hacia el final. Este elemento de aislamiento, bastante característico de la novela gótica, pone de manifiesto un hecho importante: todo cuanto ocurra dentro de las cuatro paredes del edificio, sucederá sin intervención alguna del mundo exterior. Sin posibilidad de ayuda o influencia de otras personas. Suceda lo que suceda, no hay posibilidad de escape tampoco. No aparecerá la policía, ni ambulancias. Lo único que hay más allá de las fronteras es el horror.

Aunque el autor no da demasiados detalles, algunos elementos hacen deducir que ha optado por una ambientación estadounidense para la novela: el hecho, por ejemplo, de que Abel sueñe con recorrer el estado de Pensilvania en un Pontiac LeMans, así como la aparición de nombres como Michael, lo sugieren. Sin embargo, al tratarse de una atmósfera en que el mundo tal y como lo conocemos se ha hecho pedazos y los rasgos culturales son poco más o menos que anécdotas y recuerdos (aunque con reservas, como explicaré luego), esto es en realidad lo de menos; si la novela se hubiese ambientado en España, Rusia o Japón habría tenido el mismo resultado.

El marco temporal tampoco aparece claramente especificado, pero los datos culturales que se dan (muy importante el comentario de Marcia hacia Clint Eastwood o la crisis de Cuba) nos hacen pensar que la Noche del Desastre debió tener lugar a finales de los sesenta. Esto, por tanto, implicaría que El Manantial tiene lugar entre unos ucrónicos 1975 y 1979.

The End es uno de esos temas cuyo sonido te hace pensar que ya no queda nada más.
Que todo ha acabado y que lo único que queda es sentarse a contemplar las ruinas.
Un icono de la psicodelia.


Tiempo/tempo/tramas y subtramas: Aquellos que leyeron La Guerra de la Doble Muerte (o bien, aquellos que pudieron leer el pertinente análisis aquí), pudieron comprobar que ésta se iniciaba in medias res, con la escena de un ataque por parte de los Hambrientos en Sevilla; aquí el autor opta por un camino diferente, iniciando la historia con un prólogo que sienta las bases de lo que va a venir más adelante: nos muestra a una Verona de cinco años en La Noche del Desastre, donde todo tuvo su origen.
Esta no es la única variante que separa a ambas novelas entre sí, ya que las tramas vienen a ser diametralmente opuestas: si bien en la primera novela abundaban los flashbacks, que iban aportando información adicional acerca de los personajes o del Desastre en sí, aquí éstos tienen una aparición poco más que testimonial, limitándose a un puñado de recuerdos fragmentados acerca del Mundo de Antes del Desastre. Esto genera una sensación de desasosiego y de falta de comprensión ante una sociedad ya muerta. El Mundo de Entre las Ruinas vive el presente, luchando por la supervivencia. Todo lo Anterior forma parte del mito y la leyenda, si no del olvido.
El concepto coral de La Guerra de la Doble Muerte, con una considerable pluralidad de voces y de acciones a lo largo de la mitad del sur de la Península Ibérica aquí desaparece, focalizando la atención en Abel y Verona.

El tempo, por su parte, es más o menos uniforme; no destaca por una gran velocidad a la hora de expresar las cosas, ganando así en detalle a la hora de describir las acciones. Para según qué acontecimientos, el autor se toma su tiempo, de modo que la sensación de atropello raramente surge a lo largo de la narración.

Personajes: Como ya he mencionado en el apartado anterior, desaparece esa pluralidad de voces, limitando la galería de personajes a prácticamente cuatro: dos principales (Abel y Verona) y dos secundarios (Debisí y Marcia, quedando ésta última a caballo entre un grupo y otro); cabe destacar también la presencia póstuma de Padre, que viene a ejercer un poco de concepto alrededor del cual los protagonistas conforman su particular cultura (aunque no necesariamente respetan literalmente lo que éste les había enseñado, sino que lo interpretan todo a su manera)

Al reducir este marco, las posibilidades de desarrollar más a un personaje aumentan. De este modo, encontramos a un Abel deliberadamente amoral (algo que resulta bastante coherente en un mundo donde las leyes, tal y como las conocemos, no existen), con un temperamento agresivo y una acusada tendencia al sadismo (en el sentido clínico de la palabra, sintiendo excitación sexual ante la expresión de la violencia).
Verona, por su parte, se muestra como un personaje más ambiguo: mucho menos agresiva al principio en lo tocante a la violencia y al placer que se obtiene de ella, pero no por ello un personaje con unos valores morales claro, tampoco: Verona (cuya actitud al principio es más bien la del personaje "pasivo-agresivo", aunque a veces esa actitud oscila entre esto y la pasividad pura y dura) es la clase de personas que pueden surgir en un mundo en el que lo que prima es la supervivencia, y este concepto no sólo implica comer día a día, sino todo un espectro de necesidades que deben verse cubiertas. Por ello, su concepto de lealtad es muy diferente al que podría esperarse ante cualquier heroína en una novela o película. Por eso sus decisiones (a veces directas, a veces simplemente como Poncio Pilatos, dejando que otros decidan por ella) pueden chocar a más de un lector que está viendo lo que hace desde el sofá de casa: porque resulta fácil juzgar a un personaje desde nuestro propio código moral, pero no tanto ponerse en el pellejo de alguien cuya vida pende de un hilo a cada minuto.

Debisí, por su parte, prácticamente ejerce de ejemplo o de "apertura de ojos del lector": hasta su aparición, sólo hemos visto a la pareja interactuar entre sí, o bien con algún Resucitado, de manera que no resulta del todo complicado identificarse con ellos, en calidad de supervivientes. Sin embargo, es la aparición de este personaje la que supone un punto de inflexión y nos muestra que estamos en una época en la que las leyes han desaparecido. Que conceptos como el Bien o el Mal ya no tienen sentido. Lo único que importa es sobrevivir. Protegerse. Seguir adelante. Debisí es quien nos muestra todo esto.

"¿En serio, tío?"
En serio, Debisí.


En cuanto a Marcia, su papel es casi más el de "elemento desestabilizador". Una vez llegada la última parte del libro y solucionada la subtrama referente a Debisí, la acción debería tender a la uniformidad: el particular Microcosmos del instituto de Abel y Verona vuelve a la rutina habitual; Marcia se encarga de desmontar esto, bien en parte debido a las circunstancias, bien en parte a su particular carisma. Sea como fuere, es el elemento del Terror, por encima de los propios Resucitados: es la extraña más allá de la seguridad del hogar, es el elemento ajeno que trae el Cambio. Marcia es la variable aleatoria que conlleva el Caos, y a su paso todo deja de ser lo que era. Para bien o para mal.

Referencias intertextuales: Al contrario de lo que sucedía en La Guerra de la Doble Muerte, las referencias quedan reducidas a su mínima expresión. Al haber desaparecido prácticamente todo vestigio de la cultura previa al Desastre, es de esperar que el componente metacultural vaya por el mismo camino, convirtiéndose más en parte del mito que otra cosa.
De estas referencias, el autor opta por dos: la canción The End, de The Doors y Marcovaldo, de Italo Calvino, que se convierten básicamente en dos puntales alrededor de los cuales gira la vida de Abel y Verona. Tanto la canción como el libro son de los pocos recuerdos que conservan de aquel mundo en el que apenas tuvieron tiempo para vivir; por tanto, al haber desaparecido ese trasfondo, la canción se transforma en una letanía o una oración; el cuento, en algo muy similar a una Biblia para supervivientes. Es el regreso al concepto principal del arte, donde los primeros humanos se reunían alrededor del fuego para contarse historias con las que alimentar sus esperanzas y dar sentido a la vida, más allá de la lucha por subsistir. Nótese también la ironía de ambos conceptos: si bien The End nos habla de El Fin, nosotros encontramos que el Desastre no fue el fin, sino simplemente el origen de una sociedad totalmente nueva. Una sociedad de vuelta a la tribu, donde el ser humano ya no es la especie dominante, sino la presa de los Parados, que son el depredador por definición.
Marcovaldo, por su parte, es una obra urbanita, donde se narra la relación de un obrero con la ciudad, así como sus viajes. En el mundo de Abel y Verona ya no existen ciudades. Tampoco hay muchas posibilidades de viajar. No es de extrañar que ninguno de ambos entienda la mitad de lo que está leyendo; pese a ello, la lectura es incesante. Una y otra vez. El recuerdo por encima del entendimiento.

Existe una tercera referencia, mucho más anecdótica que las anteriores, pero no por ello menos curiosa: me refiero a la aparición, por medio de un sueño, de Aldo Hawthorne. Este misterioso personaje ya aparecía en La Guerra de la Doble Muerte, lo que hace que el autor se haga un guiño a sí mismo, al mismo tiempo que dé la impresión, por unos instantes, de que estamos en el mismo universo de esta novela. Sin embargo, basta con ver el contexto temporal de El Manantial para darnos cuenta de que ambas tienen lugar en universos bastante diferentes entre sí, además de tener lugar en marcos históricos muy separados en el tiempo.

Hawthorne, el hombre de espaldas.


Lenguaje/Estilo: Uno de los puntos más fuertes de la narración. El apartado quizás más complicado de toda la novela, y un auténtico reto para narrar un mundo en el que la mitad de las cosas han dejado de existir, o bien han tomado un significado totalmente diferente. Usando un narrador omnisciente y la técnica habitual de escribir en presente, el autor mantiene el estilo cuidado de La Guerra de la Doble Muerte, al que ha incorporado además la presencia de varios elementos nuevos:

El primero es el uso de un lenguaje agresivo que acompaña al estilo tan marcadamente literario, lo que supone un contraste bastante arriesgado. Hay algún momento puntual incluso en que esto juega un poco en contra de los propios personajes: en uno de los capítulos principales, por ejemplo, encontramos que Abel (cuyo lenguaje es agresivo y bastante soez a veces), se refiere a un objeto que encuentra como "una suerte de escudo". Nótese que para una bestia parda como el personaje, "suerte" es un término quizás demasiado elevado. La explicación puede encontrarse en que parte de su lenguaje puede venir por medio de las enseñanzas de Padre; sin embargo, no deja de resultar algo chocante.

El segundo es el uso de neologismos para describir objetos y elementos que, si bien nosotros podemos conocer, los personajes criados en un mundo postapocalíptico, ignoran por completo. No es de extrañar, por tanto, que un paraguas no reciba ese nombre desde el primer momento y el autor opte por describirlo: no debemos olvidar que estamos viendo las cosas desde los ojos de los personajes. Por tanto, es lógico que si ellos no conocen la palabra, ésta no aparezca mencionada explicitamente.

El tercero es el empleo de todo un léxico referente a términos religiosos. Esto parece deducirse de las enseñanzas de Padre mientras este estuvo cuidando de Abel y Verona, lo que podría hacer pensar que se trataba de un hombre de ciertos valores religiosos; sin embargo, la insistencia del olvido a lo largo del tiempo, hace que todos estos conceptos y vocablos se retuerzan y tergiversen, dando lugar a toda una terminología nueva, con sus propios significados y connotaciones. Este rasgo del lenguaje aparece presente a lo largo de prácticamente toda la novela.

El cuarto, y quizás el menos importante, es el factor del idioma: al tratarse (supuestamente) de personajes angloparlantes, entendemos que entiendan a la perfección la letra de The End de The Doors; de aquí se deduce, por tanto, que lo que leemos está traducido del inglés; si damos este factor por hecho, sin embargo, hay un pequeño desliz a este respecto, y es el hecho del comentario que hace Marcia acerca de los Parados. Según tenemos en esa escena, Verona le explica que llaman así a los Resucitados porque están en una especie de duermevela hasta que oyen algún ruido cerca; Marcia comenta que ese concepto antiguamente se refería a la gente desempleada. Si trasponemos ambos términos al inglés, encontramos que alguien que no se mueve (que está "parado"), en inglés se podría traducir como "stopped", o quizás "still" (quieto); sin embargo, en inglés la palabra para "parado" en calidad de desempleado es simplemente "unemployed", o bien "on the dole", lo que hace que este juego de palabras, siendo puristas en el término exclusivo del idioma, se pierda en su supuesto lenguaje original.

Básicamente, los zombis de El Manantial están así todo el día, hasta que alguien pasa cerca de ellos. Entonces, esa especie de estado en stand-by se activa y pasan al modo "Quiero carne fresca".


Temática: En El Manantial se encuentran los siguientes temas, que paso a describir a continuación:

1) Supervivencia: Quizás el tema más evidente que cabría pensar en una novela de este género; sin embargo, como nota discordante, cabe destacar que el concepto "zombi" aquí es un elemento externo y no necesariamente relevante. Que la amenaza exterior sean zombis, alienígenas o punks cabreados en realidad es lo de menos, ya que el autor se centra más en los humanos (al igual que en La Guerra de la Doble Muerte, no necesariamente peores que los Resucitados), dejando dicha amenaza como simple telón de fondo. Como uno de los temas principales, no es de extrañar que haya un profundo hincapié de principio a fin en esto.

2) Violencia: este es uno de los temas que más han ejercido como reclamo de la novela, hasta tal punto de encontrarnos una etiqueta en la portada donde se nos advierte del contenido extremo de ésta. Pese a que esta violencia aparece presente, hay que decir que no es tan abundante como cabría esperar desde un primer momento, apareciendo concentrada en ciertas partes puntuales y siendo ya algo más constante en el tramo final de la novela. El estilo narrativo del autor, bastante generoso en detalles, puede hacer que algunas de éstas escenas resulten bastante vívidas para el lector.

3) Sexualidad: El segundo factor del que nos advierte la etiqueta de la portada. Algo más presente que el de la violencia, la sexualidad sí aparece de un modo más constante que las escenas de violencia, de un modo o de otro. Cabe destacar que el lenguaje religioso tiende a fusionarse bastante con el lenguaje sexual de estas escenas.

4) Miedo/Venganza: ambas temáticas aparecen íntimamente relacionadas con los tres puntos anteriores, haciendo que el miedo se convierta en una de las herramientas para sobrevivir, del mismo modo que lo es la violencia (por medio de la fuerza) y la sexualidad (usando la propia sexualidad como un arma, lo que hace que esta idea, así como muchas otras, se pervierta). La venganza, de un modo indirecto, se convierte en una forma de supervivencia, sustituyendo al miedo: en el momento en que dejamos de sentir miedo, o que alguna circunstancia nos resulta propicia para dejar de tenerlo, recurrimos a ella para seguir subsistiendo.


Interpretación: El autor, con esta novela, se antepone al concepto del zombi en un mundo de crisis global como el que vivimos (contexto y trasfondo de La Guerra de la Doble Muerte); en esta ocasión nos cuenta que, una vez ha tenido lugar el Desastre y la civilización ha caído, desaparecen las leyes. La moral que conocemos pierde por completo su sentido. Es la vuelta a la Prehistoria, a la cueva. A la caza, a los mitos y a los rituales. A la satisfacción del deseo personal por encima de cualquier otra cosa. El ser humano deja atrás su máscara de racionalismo y civilización y muestra sus verdaderos colores. Los del salvajismo y la conducta predatoria. No existe la democracia, no existe el consenso: lo que existe es el poder, la imposición del más fuerte. El uso del miedo como arma y como seguro afectivo.
Y si bien a veces pueden aparecer factores de cambio, lo que se nos muestra es que en realidad todos tenemos un componente destructivo en nuestro interior: podríamos elegir no ser como nuestros verdugos, pero los actos de éstos pesan sobre los nuestros y, en última instancia, la solución más fácil es la de convertirnos en otros monstruos.
Al final, la enseñanza es clara: los humanos somos peores que los mismos monstruos.

Ejem, cuando hablaba de "zombis en un contexto contemporáneo" no me refería a esto...


Valoración: Como suelo decir, el apartado personal y el que menor importancia tiene, después del análisis objetivo que acabo de soltar hasta ahora. Sin embargo, como uno también tiene sus propios gustos, nunca está de más mojarse el culo y decir lo que piensa.

¿Estamos ante una obra buena o una obra mala? Esta es una pregunta muy complicada o muy clara, dependiendo de lo que se entienda por "bueno" o "malo". Si sois de esos que consideran "bueno" todo aquello que os gusta, hacer esta pregunta carece de sentido. Si, por otra parte, aceptáis que el arte y la crítica parten de valores objetivos a la hora de valorar una obra, este análisis ha tenido más de media docena de apartados para sacar sus conclusiones. Todo lo que se extrapole de ello está más allá de mi competencia.

Por lo que a mí respecta, debo decir que una cosa es la calidad de una obra y otra totalmente independiente, si dicha obra gusta a uno o no. En este caso, la novela, pese a lo bien escrita que me ha parecido (en lo tocante al estilo y la literariedad del lenguaje, Castroguer no ha decaido; y en el resto de apartados, ya habéis visto la enorme cantidad de elementos literarios que la conforman, dándole el nivel de calidad que objetivamente tiene) y que personalmente no me ha llegado a desagradar como historia, para mí no llega al nivel de expectativas en cuanto a impacto que La Guerra de la Doble Muerte había creado.

¿Los motivos? Varios, totalmente subjetivos y para nada fiables, pero es donde entra el gusto de una persona. Porque no siempre la calidad tiene por qué entrarnos por el ojo, o no siempre conectamos con según qué historias.
Quizás porque personalmente me resultaba más interesante el concepto coral de esta primera novela, y del modo en que su trama principal se engarzaba con hechos más o menos actuales; El Manantial va más allá y nos muestra el mundo que podría suceder a la GDM; un mundo claustrofóbico y con personajes realmente demenciales, desde luego, pero con los que yo personalmente no he empatizado demasiado (salvando Verona, con la que empecé a empatizar ya al finalizar la novela).

La violencia puede ser extrema, pero a mí personalmente no me ha resultado tan impactante como la esperaba; ¿por qué? Para empezar, la primera escena violenta tiene lugar entre Abel y un Resucitado, lo cual a mí (personalmente, ojo) es algo que no me impresiona especialmente: llamadme insensible, pero para mí un zombi es poco más que un pedazo de carne sin sentimientos que se mueve y muerde, con lo que, se le haga lo que se le haga, no puedo empatizar con él. Mucho menos sentir lástima.
En el resto de casos la violencia se produce de otro modo, bastante abundante en detalles, y soy consciente de que no todo el mundo es capaz de soportarlas; sin embargo, no he terminado de meterme en este tipo de escenas. Pese a la crudeza de las escenas y el patente esfuerzo del autor por hacerlas creíbles (que en general lo son, gracias a la cuidada puesta en escena), he echado en falta ese factor psicológico de humillación y vejación de una persona (no necesariamente por medio de la violencia): Abel es un tipo particularmente creativo para joderle la vida a alguien, pero más allá de la violencia, no veo ese componente de privación de la dignidad, de arruinar una personalidad (y por extensión, una vida), de convertir a una persona en poco más que mierda, que esperaba encontrar. No, al menos, al nivel que esperaba.

Aquí, un martillo True Temper. Al protagonista de Oldboy le habría encantado tener uno.


Las escenas sexuales están descritas con todo lujo de detalles, lo que las hace interesantes; sin embargo, en los últimos capítulos de la novela, la reiteración se me hizo un poco larga. No hasta el punto de parecerme gratuita, pero sí habría agradecido que estas escenas apareciesen algo más dosificadas.

Como puntos más positivos, cabe destacar el uso en general del lenguaje y la narración; en ningún caso el lector va a tener la impresión de estar leyendo una novela escrita por salir del paso o con resoluciones argumentales sacadas de la manga. La violencia, pese a ser descrita con crudeza, en ningún caso resulta injustificada, lo que me lleva a pensar en lo realmente innecesario de esa nota que añade el autor al principio de ésta (innecesario, pero comprensible, dado este mundo de ultracorrección política y malas lenguas en el que nos movemos): yo al menos no he tenido la impresión  de que se haga apología de la violencia, sino todo lo contrario. Lo que he entendido es que nos quiere decir que, por poco que nos guste la sociedad en que vivimos hoy en día, es lo que nos separa de convertirnos en Abeles y Veronas. A estas alturas de la película, creo que sacar cualquier otra interpretación es asumir la falacia de que la obra es un reflejo tal cual del autor, o querer ver donde no hay. Para mí, cualquiera de las dos cosas son la visión de gente que tiene demasiado tiempo libre y la lengua demasiado larga.

Por último, tengo que decir que la edición, pese a contar con la bonita portada de Alejandro Colucci y detalles como esas puertas que encabezan cada capítulo, o ese mapa del instituto donde tiene transcurso toda la historia, ha sido pobremente corregida y las erratas han aparecido prácticamente en cada capítulo.

En conclusión, podemos hablar de una novela que en caso alguno desmerece al género de terror; incluso, en estos tiempos que corren, donde el zombi se ha convertido en un icono de consumo rápido y salen cuarenta mil novelas fotocopiadas unas de otras, merece la pena encontrar una que busque apartarse de esa vorágine de historias de "señor que se levanta en un hospital y sale a una calle vacía llena de periódicos arrastrados por el viento".
Como mencioné al principio, y como muchos de vosotros os habréis dado cuenta, las referencias a la GDM son constantes. Ya expuse el primer motivo, y ahora es el momento de explicar el segundo: al hacer esta especie de análisis comparativo en una obra y otra, mi segunda intención ha sido demostrar si un mismo autor puede escribir dos novelas de zombis sin que una parezca forzosamente la continuación de la otra, o bien, sin que la segunda plantee lo mismo que la primera. Creo que, sin necesidad de hacer juicios de valor, todos y cada uno de los elementos planteados de El Manantial hablan por sí solos, lo que me lleva a una conclusión mucho más clara y rotunda aún:

En una época en que las editoriales (y ya puestos, muchos autores) deciden arriesgar lo mínimo a la hora de plantear una historia y lanzarse a lo vendible, a "lo que le gusta a la masa", resulta más que de agradecer que todavía haya gente que apueste por una vuelta de tuerca en un género que cada día más huele a quemado. Autores que no se contenten con limitarse a lanzar carnaza al público y quieran ir un poco más allá. Buscar una evolución, una visión personal de una historia. Incluso contar algo más que el simple mata-mata de tíos duros, tiros a mogollón y héroes chulescos. Algo que, por encima del sexo, la violencia y el descuartizamiento de muertos vivientes, te haga reflexionar tras haber cerrado el libro.
Quizás asumir riesgos como éste sea lo que una industria de consumo necesita para reinventarse y reactivarse a sí misma, en lugar de la política de aburrir al público (o por lo menos, al púbico con un cierto criterio, por encima del público que "lo flipa" con cualquier cosa donde salga el tema de moda) con el mismo producto una y otra vez.

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