lunes, 21 de noviembre de 2016

Angst- Harto



Conoces ese sentimiento, ¿verdad? Lo conocéis todos.
Lo habéis sufrido en algún momento de vuestras vidas. Unos, de forma testimonial; otros, día a día.
Hastío.
Cansancio.
Esa sensación que tienes cuando te das cuenta de que ya no puedes más y, pese a todo, ahí sigues, obligado a aguantar lo que te toca.
Se supone que deberías hacer tal cosa, que deberías dejar de hacer otras tantas. Y tú ahí en medio, con un único pensamiento en la cabeza, que brilla como una bengala:
Estoy harto.

Os diré de lo que estoy harto yo.
Estoy harto de querer y no poder.
De intentar hacer las cosas siempre lo mejor que puedo, lo mejor que creo y lo mejor que sé. ¿Todo para qué? Para ser juzgado, tasado, evaluado y declarado indigno. Para recibir, metafóricamente hablando, patadas, bofetones y escupitajos en la cara.
Estoy harto de darme cuenta de que soy el único que se siente obligado a dar unas explicaciones que, pensándolo en frío, no tendría por qué dar. De claudicar, de capitular. De tener que agachar la cabeza y aceptar culpas solo por no seguir adelante en discusiones que no me llevan a ninguna parte.

Estoy harto de mi propio silencio.
Estoy harto de quedar enmudecido, de irme al rincón de pensar. Estoy harto de ver cómo mis pensamientos, sistemáticamente, son puestos en entredicho, ninguneados, declarados no válidos. De que todas y cada una de mis palabras me hagan sentir como un ignorante, como un pobre idiota que no sabe nunca de lo que habla.

Estoy cansado de sentirme inferior. De luchar siempre con todas mis fuerzas, poniendo mi corazón y mi alma en todo cuanto hago. De hacer lo que creo que es justo, de sacrificarme por el bien común. De seguir un camino lo más recto posible, de no desviarme por motivos egoístas. De ceder, de sentarme en la grada para ver la felicidad de los demás y recordarme a mí mismo que la mía parece estar vetada por algún motivo que no puedo entender. Estoy cansado de hacer todo esto para luego ser flagelado, pateado y crucificado.

Estoy harto de emprender mi propio camino al Calvario cada cierto tiempo. De subir a mi propia cruz y de ver cómo aquellos que en su día estuvieron a mi lado ahora me dan la espalda mientras cargo con ese pesado pedazo de madera. Estoy ya muy cansado de que me claven clavos en las muñecas y los pies, de que me atraviesen de parte a parte con una lanza y que luego me dejen a mi suerte para que los cuervos se echen a suerte mis restos.


Hala, a cargar con esto.


Estoy cansado de tener que visitar mi propio infierno una y otra vez. De ir añadiendo nuevas líneas a mi lista de errores vividos, y por los que no sé por qué tendría que perdonarme. De cuestionarme a mí mismo, tanto o más que lo que ya lo hacen los demás. De preguntarme constantemente qué he hecho mal y qué podría haber hecho mejor, si no he tenido nunca mejores opciones. Si, a fin de cuentas, siempre he hecho las cosas del mejor modo posible.

Estoy harto de vivir en círculos, de no avanzar, de sentir que mi vida no es más que un ciclo condenado a repetirse eternamente hasta el día que abandone este mundo. Estoy cansado de darlo todo y, a cambio, ser humillado, arrastrado y ninguneado. De esforzarme para que se me recompense con vacío, frío, oscuridad, silencio, desprecio o incluso odio.

No me quedan muchas fuerzas. Cada grito, cada palabra lanzada como si fuera un dardo envenenado; cada pulla, cada error restregado por mi rostro como si fuera un pecado mortal e imperdonable es una cicatriz que últimamente no hace más que sangrar. Al igual que un animal de laboratorio, siento que nada de lo que haga me llevará a un buen fin, por lo que al final opto por lo que haría él: me escondo en un rincón, me quedo en silencio. Aguardo la nueva oleada, sin demasiadas ganas de pelear. A veces, ya ni me pregunto por qué. Simplemente espero a recibir lo que sé que voy a recibir.

Estoy cansado de vivir con miedo. De medir mis palabras, para que no se me mande a callar, ni se me grite, ni se me diga cualquier cosa hiriente. De que se me recuerde que no soy lo que se esperaba de mí. Que no estoy a la altura, que no soy gran cosa. Que a mi alrededor cualquier criatura es mejor, que tiene una vida más plena. Que al final, sienta que tengo que dar explicaciones acerca de por qué no llego. De por qué no soy tan genial, ni tengo tanto éxito en la vida como otros.

Estoy harto de empeñar mi palabra una vez tras otra, y ver que soy una voz que predica en el desierto. Harto de ser el único en comprometerse y en mantenerse fiel a sus promesas, solo para ver cómo el resto de mi Universo hace simplemente lo que quiere, aunque eso implique pasar por encima de mí y arrastrarme por el suelo sin piedad alguna.

Harto de llevar una máscara para protegerme y de ser visto como un bufón solo porque pocos, muy pocos, se molestan en mirar qué hay más allá. Cansado de ser el último mono, de ser ignorado o no tomado en serio. Estoy más que harto ya de llegar a casa y, en el único lugar que considero un auténtico refugio, mostrar mi verdadero rostro tal y como es. Un rostro no tan alegre como la mayoría piensa; el rostro de alguien que no entiende por qué tiene que soportar según qué cosas.


Lo que se ve no siempre es lo que hay.


Estoy cansado de hacerme preguntas y de no encontrar respuestas jamás. Estoy cansado de tener que aguantarme, de tener siempre la mano perdedora o de pagar por los crímenes de otros. Estoy cansado de llegar demasiado tarde, o de actuar demasiado pronto. Estoy cansado de no ser capaz de ver en los demás para no sufrir decepciones tan amargas. Estoy cansado ya de trifulcas, de discusiones, de riñas, de peleas. Agotado de ver cómo los dedos acusadores se ciernen sobre mí y no poder hacer absolutamente nada para evitarlo.

Estoy abatido. Desgastado.
Harto de hablar y no conseguir hacerme entender. De esa rabia, de esa impotencia que surge cuando ves que todo a tu alrededor se desmorona y se corrompe y las miradas se giran hacia ti, como si esperasen que tú las fueras a solucionar, o como si tú fueras el único e irremediable causante de todo el Mal que se esparce a tu alrededor.

Cansado de huir, de esconderme, de emprender nuevos caminos para volver a empezar. De tener fe en aquello y en aquellos por los que no debería tenerla, pues estoy viendo que la fe en mí dura realmente poco. Estoy harto de acabar siempre sintiéndome mal, de encogerme casi hasta la nada. De que lo mejor que se me ocurra cuando todo empieza a temblar es acurrucarme en un rincón y rezar porque esta vez toda la marea no caiga sobre mí. También estoy harto de que mis rezos no me sirvan para nada y acabe siempre con una diana en el pecho.

Estoy harto de dobles raseros. De ser juzgado con mayor dureza, de ser golpeado y zarandeado solo porque soy yo. Porque se esperaba más de mí. Porque por lo visto, en según qué contextos, no soy como los demás. Estoy cansado de que estos argumentos se usen como principal excusa para descargar rabia sobre mí. Rabia de la que no soy responsable y rabia por la que se me hace pagar, de una forma desproporcionada. Estoy harto de no ser capaz de defenderme, por miedo a iniciar una nueva guerra de desgaste que sé que no me va a llevar a buen puerto.

Estoy cansado de tener que explicar por qué agacho la cabeza y me someto como un perro vagabundo cuando debería levantarla como un lobo y mantenerla firme. Estoy cansado de no ser fuerte, de ser herido con tantísima facilidad. Estoy más que harto de que encuentren mis puntos débiles y se hurgue en ellos con tanta libertad. De que llegue cualquiera y, con poco que me conozca, me haga sentir tan mal.


Eso harta.


Estoy harto de que el reconocimiento por lo que hago (por mucho o poco que sea) no exista. Que solo se vean mis defectos, mis errores, mis fallos y mis taras. Estoy harto de sentirme tonto, ciego, mudo e insignificante. Estoy más que cansado de merecerme algo bueno en mi vida y de no encontrarlo. De acabar comiendo migajas en el suelo y de que se me llame conformista por ello, cuando la cuestión es que logro lo que logro porque no he conseguido, no he sabido, hacerlo mejor. Porque eso es lo que he logrado poniendo todo mi empeño. Porque, admitámoslo: no doy para nada más.

Estoy harto de sentirme monstruoso, de que cada vez que intento mantenerme firme en algo en lo que creo, en ser fiel a mi palabra, y en aferrarme a lo poco que tengo, que son mis valores, se me ponga en tela de juicio. Se asuma que mi forma de pensar, de actuar, de vivir, es incorrecta. Que todo aquello en lo que creo no es más que un puñado de estupideces. Que soy intolerante, intransigente, inflexible. Ignorante, arrogante, torpe, inútil, vago. Rencoroso, cobarde, egoísta, mezquino. Me parto el alma por demostrar que no soy así. Que jamás he tenido intención alguna de serlo. No os imagináis hasta qué punto desgasta luchar por hacerlo y darte cuenta de que todo cuanto haces resulta ser total y absolutamente absurdo. Que ya has sido juzgado, tasado, evaluado y etiquetado.

Estoy ya exhausto.
Estoy cansado de que se me dé a entender que no hago una a derechas. Que valgo para poquita cosa, aparte de para soltar chistes guarros de los que, en el fondo, apenas se ríe nadie. De que, a cada paso que doy, siempre siempre siempre haya alguien poniéndome por delante una relación de todos y cada uno de los fallos que he cometido, sin importarle siquiera por qué los he cometido, o qué era lo que pretendía. Estoy harto ya de intentar construir algo para que se destruya, y luego tener que escuchar cómo se echa en cara que fue culpa mía por querer cometer la osadía de intentar ser un poquito feliz en esta vida.

Estoy harto de no tener ningún logro digno de mención por el cual nadie pueda restregarme mis carencias por la cara. De que, haga lo que haga, se achaquen siempre mi falta de ambición o de visión. De que todo el mundo conozca a alguien con quien compararme y dejar todos mis esfuerzos por los suelos. Estoy cansado de no haber podido nunca cerrarle a nadie la boca con lo que soy capaz de hacer... porque tampoco creo que sea capaz de hacer nada especial.


Que, a ver, ya me gustaría a mí... pero de donde no hay no se puede sacar. Y eso es lo que hay.


Estoy cansado de no ser nada del otro jueves. De no causar un gran recuerdo en la mayoría y acabar por ser olvidado tarde o temprano. Estoy cansado de que mi presencia incomode, sobre o directamente resulte ser una molestia. Estoy harto, muy harto, de darme cuenta de que acabo siendo la piedra que estropea los engranajes o la oveja negra. Harto de hablar un idioma que nadie entiende, o de no entender el idioma del mundo que me rodea. De sentirme como un alienígena en mi propio mundo, de querer encontrar mi lugar y estar condenado a errar de aquí para allá.

Estoy harto de todos y cada uno de mis fracasos, que me atormentan día sí y día también. De que, cuando no me los recuerde yo (lo cual ya es raro), siempre haya alguien que me los recuerde a mí, haciendo de paso que me sienta culpable. Y es que estoy también muy cansado de ver cada error como un fracaso y de no ser capaz de perdonármelos jamás.

Estoy cansado de hacerme daño. Estoy cansado de que me hagan daño. Estoy cansado de dejar que me hagan daño. Estoy cansado de no tener las fuerzas suficientes para trazar la línea que debería para que nadie más me pisotee.

Estoy cansado de que, lo único que pueda hacer cuando todo se hunde a mi alrededor, sea escribirlo para desahogarme... pero sin el cerebro, el valor o las fuerzas necesarias para dar con una solución que no implique el resultado habitual: que haga lo que haga, siempre acabe perdiendo. Siempre llevándome mi ración de heridas. Que, por buena voluntad que ponga, todo acabe saliendo mal. Que, por mucho que insista, se me va a considerar culpable de toda la destrucción causada.

De todo esto estoy harto.

lunes, 14 de noviembre de 2016

Angst- Platos rotos




Hemos hablado ya varias veces de esto.
Si estáis hartos de leer lo mismo, nadie os obliga a continuar. Sois libres de coger el portante e ir a visitar algún sitio más interesante, donde cuenten noticias de actualidad, donde haya memes graciosos o un ranking sobre los muebles de cocina más estrafalarios que han inventado los escandinavos.
También podéis seguir aquí, nadie os echa. Sois hasta bienvenidos, en caso de que decidáis quedaros. A veces pienso que sois cada vez menos, lo que no digo como queja; eso me da cierta libertad para hablar sin tener que andar dando más explicaciones de las necesarias. Sin justificarme. Sin tener que desmentir lo que no he querido decir bajo ningún concepto.

Supongo que aquellos que os habéis quedado y seguís leyendo os habéis sentido alguna vez así. Me refiero a esos días en los que os levantáis por la mañana y sentís que no sois especiales. Que vuestras vidas no son lo que se diga gran cosa. Os dedicáis a vuestras tareas, a vuestras rutinas y dejáis la huella justita en el mundo como para avanzar al día siguiente y poco más.
Quizá sintáis que no estáis viviendo la vida que os merecéis. Consideráis que sois buenas personas, que no atacáis sin provocación a los que os rodean y que, en general, procuráis llevar una vida lo más pacífica y tranquila posible. Sin embargo, conforme pasan los días, las semanas... los años... os dais cuenta de que, por mucho que queráis, no progresáis. Seguís ahí, en una especie de bucle.
Os sentís los hijos medianos de la Creación.


"¡Feliz día del hijo mediano! Oh, ¿no te habías dado cuenta de que es el día del hijo mediano? No te preocupes, si nadie lo hace... no eres más que el relleno".


No siento vergüenza alguna al reconocer que me siento así con relativa frecuencia. No es la primera vez que, por motivos que no mencionaré aquí, me he sentido en ese plano: viviendo el rechazo, el olvido o la indiferencia de muchos de los que me rodean. Sin causar mella en poco más que en un puñado de personas que sí creo que realmente me entiendan; en el resto de los casos, no soy más que el de siempre: bufón, chivo expiatorio o como quieras llamarlo.
Desde que puedo recordar (y, creedme, es bastante tiempo, gracias a mi buena memoria) he podido sentir cómo mucha gente ha pagado conmigo su falta de paciencia, sus frustraciones o sus problemas personales. Ninguna de las tres cosas ha sido directamente responsabilidad mía, pero ha dado igual. A causa de ello, desde muy temprana edad, he tenido que soportar cómo se me levanta la voz, se me trata como si fuera una molestia o directamente ni se me trata.
Y yo, idiota de mí, he agachado la cabeza.

Ante eso diréis que eso de agachar la cabeza cuando me tratan de esa manera es culpa mía, y no os voy a quitar la razón. Pero antes de ser sometido a juicio sumarísimo me gustaría saber cuántos de vosotros habéis mantenido la cabeza alta cuando lo último que queréis es ser visibles ante un conflicto, o cuando simplemente no os quedan fuerzas. Cuando sabéis que, digáis lo que digáis, solo empeoraréis las cosas. Que no vais a arreglar nada plantando cara, salvo entrar en una discusión que sabéis que jamás ganaréis.
Quizás por eso, no lo sé, me considero una persona relativamente vulnerable. He estado pensando en ello últimamente y pienso que esa podría ser una de las razones. Cuando te conviertes en aquel que paga los platos rotos de todo bicho viviente, tarde o temprano acabas por asumir según qué cosas; o bien, te quedas sin defensas posibles. El embate constante hace que acabes tan cansado, tan harto ya de escuchar lo mismo que directamente no le ves sentido a seguir por ese camino.


Y a callar.


Lo más gracioso es justo lo que he mencionado arriba: lo que es por mi parte, jamás ha habido intención alguna de provocar nada. Jamás he cogido, me he levantado un buen día y me he dicho "Voy a tocarle las narices a fulanito y menganito para que se cabreen conmigo". Cualquiera de los que me conocéis solo un poco sabéis que no soy así. No a menos que se me haya atacado a mí o a mi entorno previamente. Y ni por esas actúo de esa manera hasta que considero que la afrenta ha sido lo bastante grave.
Sin embargo, he perdido la cuenta de todos los seres humanoides que han cargado sobre mí el peso de la culpa. Desde gente que pasa por un mal día y me pilla por banda hasta los que directamente prefieren acusarme a mí de sus miserias en lugar de reconocer las propias. Están también aquellos que consideran que lo más cómodo es responsabilizarme de cualquier puñetera cosa que no les gusta para así tener libre su conciencia.
Gente que me ha gritado, gente que me ha humillado sacando asuntos personales delante de quien no debía, gente que me ha tratado como si yo fuera la peor criatura jamás parida sobre la faz de la tierra. Gente que me ha hecho sentirme como un pedazo de mierdecita, y no por lo que me han dicho en sí, pues estoy por encima de según que cosas. Si me he sentido tan mal no ha sido por tal o cual palabra que se ha usado en mi contra, sino por la falacia que supone todo. Por ponerme la diana en el pecho y empezar a disparar con total libertad. Por lo injusto que es hacerme pagar a mí por algo que llevan ellos dentro. Porque saben que yo jamás habría hecho algo de ese calibre.
Porque sé que no me merezco ser tratado de ese modo.
Porque merezco algo mejor.

Es la clase de cosas que, metafóricamente, hacen que me den ganas de coger una manta y arrebujarme en ella en un rincón, donde nadie pueda acordarse de que estoy ahí para que sigan con esa política. En la vida real, metáforas aparte, no sería la primera vez que me han dado ganas de coger, levantarme y largarme a algún sitio tranquilo donde me dejen en paz. Donde nadie me acuse de lo que no he hecho. Donde no se me cargue con las culpas de otros. Donde no se viertan las iras contenidas sobre mí.
Llegados a este punto, hago como cualquier otro ser humano que se encuentra en esta situación: me pregunto por qué al final soy yo siempre el que se lleva los golpes. Por qué soy yo al que todo el mundo se permite el lujo de hablar así, cuando yo no hablo así ni a alguien que me está tocando la moral a dos manos. La cosa se pone complicada al no encontrar respuesta. Por mucho que lo piense, no doy con ninguna solución lógica a por qué ha venido sucediendo esto a lo largo de toda mi vida.


He aquí una sutil metáfora de adónde me ha llevado cuestionarme eso.


Es entonces cuando una parte de tu mente llega a una durísima conclusión. No a la de dar la razón a todo esto: cuando sabes que no eres culpable de lo que pasa en la cabeza de los demás, no puedes sentirte culpable de que la paguen contigo. No, no voy por ahí. La conclusión a la que llegas, de una forma inevitable, es a la de sentirte terriblemente inferior. Piensas que, si lo mismo fueras más de lo que eres, tal vez tu Universo personal no te vería como un punto donde descargar todas sus iras.
Lo duro, lo realmente duro, es darte cuenta de que no eres más de lo que eres. Eres así y punto (no es una cuestión de conformismo, sino de llegar a tu límite y ver que no puedes dar más de lo que ya das), lo que te lleva a asumir que el camino que te espera es justo ese: a que cualquiera, en el momento en que las cosas se pongan feas, te lance el dedo acusador, te haga culpable de lo que sea, te levante la voz, te mande a callar o directamente te trate como si fueras el responsable de todas y cada una de las cosas que le molestan.

Eso en el más evidente de los casos, pues la otra variante es sentirte que directamente has dejado de importar. Que tu voz no cuenta y que, en definitiva, ya no aportas lo bastante para que se siga contando contigo. Es ahí cuando te empiezas a dar cuenta de que, para ir resumiendo, no eres gran cosa, ¿vale? Que sí, que podrías aspirar a más y tal, pero tenlo claro: no llegas. No das la talla. Eres el que mete la pata cada vez que abre la boca, el que no parece tener  más que pifias en su haber, raramente perdonadas y jamás olvidadas (años recordándotelas, bien unos, bien otros, son la prueba fehaciente de ello). No eres lo bastante bueno o simplemente no te ajustas a según qué parámetros, según qué perfiles. Eres la pieza que no encaja en según qué engranajes y, como tal, te ves abocado a emprender tu camino por la vía muerta.
Divergencia.
Separación.
Frío.


Bienvenidos a su destino.


La parte más triste de esta última idea no es tanto la separación en sí (que también), sino el hecho de ver que no estás a la altura de lo que se esperaba de ti. Ese momento tan intenso en que te das cuenta de que, poco a poco, estás siendo descartado, desplazado. Lentamente rechazado. Personalmente, lo he vivido una y otra vez y, a estas alturas, lo único que me queda es agachar la cabeza y respetar cuando me lo hacen. ¿Por qué? Porque esa no es mi decisión. Porque no puedo obligar a nadie a estar cerca de mí. Porque, lo quiera o no, los demás tienen sus vidas y, en según qué circunstancias, yo dejo de formar parte de ellas, lo quiera o no.
Es la epifanía de darte cuenta de que sobras. De que ya no pintas nada, o no tienes nada que ofrecer. Estás obsoleto, o como quieras llamarlo. Sencillamente, has perdido tu brillo. Otros universos parecen florecer con fuerza, mientras que el tuyo mengua, decae y se enfría. Es así y a ver cómo lo enderezas.

Supongo que toca admitir que yo estoy para lo que estoy, pero para poco más. Solo hace falta que vuestras vidas evolucionen un poquito para que yo deje de ser necesario. Para que, de forma consciente o no, me apartéis de ella... o para hacer que sea yo el que lo acabe haciendo, lo que viene a ser tres cuartos de lo mismo. Llegará un momento en que mis palabras dejen de suponer nada para vosotros y os aburra lo que tenga que decir, cuando no os parezca una sarta de estupideces. Para que, en resumidas cuentas, mi mera presencia os canse. Muchos de vosotros tomaréis un curso de acción diferente y, sin hacerlo adrede, acabaréis por hacer lo que os he comentado más arriba: me gritaréis los días que tengáis un problema con otra persona, o simplemente cuando os levantéis con el pie izquierdo; otros la habréis cagado con vuestro entorno y me culparéis a mí de haberme comportado tal y como habéis hecho vosotros. Algunos de vosotros lanzaréis esas acusaciones de forma pública; otros no, pero me culparéis igual. Negaréis haberos cansado de mí, pero en el fondo, muy en el fondo, una parte de vosotros sí reconocerá estarlo, y será esa parte la que decida poner distancia.
Otros os dedicaréis a lanzarme pullas, a restregarme por la cara mis defectos (que sé que son muchos, pero ya me basto yo solito para recordármelos, gracias); a decirme una y otra vez que no soy suficiente, que soy falible. A recordarme con todo lujo de detalles mis errores, hasta el punto de hacerme creer que no sirvo para mucho. Juzgaréis mi vida de forma sistemática, aun a sabiendas de que yo jamás juzgaría la vuestra. Independientemente del grupo en que estéis, seréis gente que me hace daño. Algunos ni os daréis cuenta o daréis por sentado que según qué cosas no tienen que afectarme, y me tendrá que parecer bien ese criterio.
Ninguno de vosotros, se dé cuenta o no de lo que hace, se disculpará jamás. Y no exagero, me temo: hasta la fecha, de todos aquellos casos a los que me estoy refiriendo aquí (como siempre, no doy nombres, pero puedo deciros que superan con mucho la docena de personas, por no decir que son muchos), ninguno ha venido jamás a decirme: "Oye, mira, me parece que me he pasado contigo. Te dije cosas que no debería haberte dicho. Te he echado las culpas de cosas que no tenían absolutamente nada que ver contigo y has pagado los platos rotos cuando no tenías por qué. Te he tratado de un modo que no te merecías y sé que tú jamás te habrías comportado así conmigo".
En treinta y muchos años, ni uno me ha dicho ni una sola de estas cosas, ¿vale? Ni uno.


Estoy yo pa hacer de juez.


Si estáis leyendo esto, puede que algunos de vosotros digáis que eso jamás os pasará conmigo. Que exagero, que dramatizo. Y yo quiero creeros. Os lo digo de corazón, quiero creeros. Quiero tener la certeza de que me equivoco, pues nada me gustaría más que equivocarme en esto y, si hay alguien que piensa lo contrario y se cree que solo quiero llevar la razón, le diré que se está equivocando conmigo, y mucho.
La cuestión es que, salvadas honrosas excepciones en mi vida (y diría, sin mucho miedo a equivocarme y nuevamente sin dar nombres, que esas personas saben perfectamente quiénes son), la mayoría del mundo que me rodea solo se queda en lo que se ve y de ahí no se mueve: en los chistes malos. En las frases políticamente incorrectas. En las palabrotas. En las guarrerías. En mil y una cosas superficiales que uso para protegerme del mundo. Pocos, sin embargo, se han aventurado en ir más allá. En molestarse en echar un vistazo para ver la clase de persona que soy realmente, y qué es lo que me ha llevado a ser como soy. Sin juicios, sin lecciones.
A veces no necesitamos alguien que nos diga lo que tenemos que hacer.
Basta con alguien que nos diga que entiende por qué hemos hecho lo que hemos hecho y por qué somos como somos.