martes, 20 de septiembre de 2016

Angst- Visita al yo pasado



A lo largo de estos días, he estado viendo una viñeta por las redes en las que se ven un par de muñequitos, bastante parecidos entre sí, con la diferencia de que uno es más mayor que el otro. El texto, bastante evidente: ¿Qué le dirías a tu yo pasado de cinco años?
No he participado en el juego en las redes, pero la pregunta me ha hecho pensar un poco. No me apetece entrar mucho en cómo era yo a los cinco años. Tengo mis motivos y no los expondré aquí. Espero que lo entendáis.

Quizás lo primero que le diría es que se vaya preparando para la que le espera. Le tendría que decir que le tocaría lidiar con un mundo al que querrá pertenecer pero al que no le dejarán. Bien porque no lo entienda, bien porque será abiertamente hostil. Tendrá que escuchar y soportar cosas bastante horribles y, lo que es peor: tendrá que fingir que las lleva bien. Mi yo de cinco años tendrá la obligación de formar una coraza a su alrededor y, con esa armadura puesta prácticamente día y noche, hacer ver que las cosas le afectan como una décima parte de lo que le afectan realmente. Adoptará distintos papeles que, a modo de máscaras, le servirán para protegerse: para muchos, será un bufón, pero solo para aquellos que le conozcan de verdad, será alguien que enmascara con una risa burlona todo bueno y lo malo lo que lleva por dentro. Aprenderá, con muchísimo esfuerzo y muchísimo dolor, a ser invisible. A pasar todo lo desapercibido que le sea posible, para así evitar convertirse en el blanco de según qué cosas.
También la cagará en eso, y a lo bestia, puesto que no siempre conseguirá alcanzar esa invisibilidad. No para según qué personas.

Aprenderá a soportar el sufrimiento de una vida que, si bien no es la más dura de la historia, sabe que no la merece. Le diría que le tocará descubrir lo que es el dolor, la incomprensión y la soledad. Tendrá que refugiarse en su propio mundo y sacrificar parte de su cordura solo para mantener la que le quede. Se convertirá en un nómada, que irá de un lado para otro, buscando un sitio al que pueda llamar suyo. Creerá encontrarlo de vez en cuando, para darse cuenta de su error y volver a empezar. Conservará pocos amigos y muchas cicatrices entre sus emociones. Tendrá un buen puñado de recuerdos agradables, empañados por una enorme cantidad de decepciones. Conocerá la soledad, la amargura y la injusticia. Combatirá esta última, solo para darse cuenta de que estará luchando contra molinos. Por ello, se estrellará contra un muro una y otra vez. Será crucificado. Le soltarán los perros. Por decir lo que piensa y negarse a mentir; por negar la autoridad de aquellos que no considera dignos de ella. Por no adorar a las malas personas a las que todo el mundo adora. Por todo eso será visto como el enemigo.



Por otra parte, descubrirá las artes. Las tomará como un amigo, como un camino solitario que le ayudará a entender el mundo; mucho menos, conseguir que el mundo le entienda a él, pero serán un buen alivio para escapar de aquello que no puede soportar. Para huir de un mundo al que no siente que pertenece, aunque lo intente una y otra vez. Las artes le enseñarán a expresar lo que no puede expresar por medio de la voz. Serán el consuelo con el que aliviar las heridas, con el que conjurar a sus propios demonios. Serán el desahogo y el purgante que necesitará y que no le será concedido tan fácilmente por otras personas.
Le diré que ese será un camino duro, puesto que corren malos tiempos para los soñadores. Vivirá en un mundo en que las artes no serán valoradas como deberían, y tendrá que aceptar que nunca ganará dinero con ellas. Por ello, cada vez que sus decisiones le lleven por ese camino, dichas decisiones serán cuestionadas. Tendrá que dar explicaciones, más de las necesarias, acerca de por qué ha elegido ese camino. Cada vez que lo haga, verá la incomprensión en los ojos del mundo. Verá la insinuación de estar cometiendo un error.

Será una voz que predica en el desierto. Alguien cuyas palabras no serán del todo escuchadas. Alguien que vive en un mundo en que decir lo que piensas te marca a fuego como culpable de incontables crímenes; tendrá que soportar vivir en un mundo donde aquellos que mienten salen airosos. Donde será acusado de crímenes que no ha cometido; donde cargará con las culpas de lo que hacen aquellos que se comportan de manera egoísta.
Mi yo de cinco años crecerá alimentando una enorme lista de fracasos y derrotas, que le serán recordadas de forma constante, bien por su entorno, bien por sí mismo, pues su capacidad de perdonarse según qué cosas estará muy limitada. Sus logros y sus aciertos pasarán de puntillas y a menudo serán abiertamente ignorados. Durante muchos, muchísimos años, vivirá estancado, sin apenas evolucionar en su universo: seguirá viviendo de la misma manera, sin mejorías, sin proyectar a una forma de vida mejor. Creerá salir del círculo en que se convierten sus días, semanas, meses y años para acabar en el punto de partida. Vivirá en un ciclo constante, que se repetirá una, y otra, y otra vez. Luchará por cambiarlo, pero no lo conseguirá. Cada vez que crea encontrar una ruptura con lo ya vivido, volverá de nuevo al punto de partida.


Pero sin cobrar. Más bien pagando.


Serán unos cuantos años de lucha incesnate contra su propio entorno: años viéndose obligado a justificarse por todas y cada una de las decisiones que toma. Años luchando contra sus demonios privados, sus terrores más recurrentes y sus propias derrotas. La mayor parte de las veces, no vencerá; ni siquiera quedará en tablas. Acabará, hablando de un modo figurado, siendo arrastrado por el suelo y escupiendo tierra. Lo único que le quedará será tener que aprender a encajar las pérdidas de la forma más digna posible. Mirará a su alrededor y, con el tiempo, la experiencia le dirá que nadie ha llegado jamás a explicarle nada, ni justificarse ante él. A veces lo ha necesitado y no lo ha tenido. Lo único que le ha quedado es la aceptación de que la balanza no suele estar equilibrada a ese respecto en este mundo.

La alternativa a esas explicaciones que ha tenido que dar ha sido siempre ser juzgado y declarado culpable. Se dictarán durísimas sentencias sobre su persona. Se pondrán palabras en su boca y se le atribuirán pensamientos que jamás ha tenido. Se le usará como chivo expiatorio para cargar con las culpas de los problemas de otros. Habrá culpables que salgan completamente impunes, y los pecados de éstos caerán directamente sobre sus hombros. La gente cercana a él, una vez más, le dará la espalda y se aliará con aquellos que han salido indemnes para lanzar sobre él sus sospechas, sus acusaciones. Para acusarle con el dedo de crímenes que saben que han cometido otros.


Una carga, a fin de cuentas.



Perderá a bastante gente por el camino. A otros, los abandonará de forma deliberada, aunque jamás sin al menos una buena lista de motivos que considere justos. Cada vez que esto suceda, todo el mundo le dirá que es algo a lo que no debe darle importancia y que le da demasiadas vueltas a las cosas. La cuestión es que, por carente de importancia que le digan que es, a él le importa. Y no podrá evitar destrozarse por dentro cada vez que esto suceda.
Se verá obligado a tomar decisiones muy, muy duras. Decisiones que le llevará mucho tiempo tomar y que, como importantes que considera, las encarará del mejor modo que sabe, tras haber meditado largo y tendido sobre ello. Prácticamente ninguna de esas decisiones será tomada en serio y casi nunca se pensará cuánto ha reflexionado sobre ellas. Eso también le hará daño, porque descubrirá que la imagen que proyecta no se corresponde con la persona que cree ser. Una vez más, se dará cuenta de que no solo no entiende el mundo que me rodea: éste tampoco le entiende a él.

Recibirá puñaladas por parte de aquellos a los que ha considerado siempre sus mejores amigos. Habrá quien le manipule, quien juegue con sus emociones. Muchos intentarán aprovecharse de él; más de los soportables lo conseguirán. Será humillado, engañado, incluso abandonado por quienes más le importan. Acabarán con su cordura y estarán a punto de destruirle. Esto dejará cicatrices en él de por vida y marcarán su comportamiento futuro.
Le romperán el corazón una y mil veces. Su vida a este respecto será básicamente una lista de amores imposibles, amores frustrados y todo un repertorio de dolor de todo tipo. Será descartado, cuando no abiertamente despreciado; la elección jamás tomada. Ni siquiera será planteado como elección en muchos casos. Será una sombra, raramente tenida en cuenta. Su lealtad, su atención y sus buenos sentimientos nunca serán suficientes, pues siempre habrá otros considerados mejores que él. Se verá obligado a aceptar eso último, y será consciente de siempre acabará quedando al margen. Siempre habrá alguien que le recuerde que no era una opción válida. No lo bastante bueno.
Deberá vivir con esos fantasmas, que le atormentarán una y otra vez. A veces, intentará olvidarlos y estos aparecerán de vez en cuando solo para molestarle. Para recordarle lo que le hicieron. Algunas veces, acudirán a él, de forma directa o indirecta para seguir insistiendo en que, puede que ya no formen parte de su mundo, pero que se niegan a aceptarlo. Él los querrá bien lejos y estos no dejarán de insistir, pese a que saben que ya no hay nada de que hablar. Que no le interesa saber nada de ellos.


"Hola, ¿te acuerdas de mí?"


Se  le dirá que todo eso no debe importarle. Que solo a él debe importarle cómo es y lo demás es irrelevante... pero seguirá pensando que forma (o, al menos, intenta formar) parte de un mundo en el que viven otros seres humanos. Que, por muy bien que suenen esas palabras de independencia y autodeterminación, también es parte de una comunidad. De una especie. De una sociedad. Puede ser un individuo, pero también pertenece a un colectivo; como miembro de ese colectivo, debe ser aceptado por él.
Y no cree estar consiguiéndolo.

Más adelante, se dará cuenta de que sus palabras no serán tan claras como le gustaría. Por más que intente explicar las cosas, descubrirá que lo único que hará será empeorarlo todo. Buscará poner fin a mis conflictos pero, al hacerlo, los avivará. Solo querrá estar en paz, pero al intentarlo, no hará sino generar más problemas. Intentará evitarlos pero, tarde o temprano, le buscarán a él. No tendrá manera de evitarlo. Como siempre, el dedo de la culpa señalará hacia él, y no sabrá cómo defenderse.

No será el héroe que siempre quiso ser. Su vida no será la de nadie importante. No descubrirá nada que cambie el mundo para mejor. Probablemente, morirá sin ser recordado como nadie especial para la humanidad. No será más que otra persona anónima, cuyo paso por el mundo dejará una huella leve. Sin embargo, consagrará su vida a ayudar a otros. Una labor que le llenará y que considerará necesaria, pero que será raramente reconocida por el mundo que le rodea. No importará la de gente a la que haya ayudado, ni lo mucho que haya podido influenciar para bien en las vidas de otros. Tampoco importará lo que haya podido aportar, ni las enseñanzas que haya podido impartir. Eso jamás parecerá excesivamente importante y siempre se esperará de él algo más. Algo que tal vez ni sea capaz de conseguir, pero se dé por sentado que sí. Sin preguntarle siquiera si eso es lo que realmente quiere.

Llegará el momento en que, harto de tener que justificarse cuando no debería, acabará agachando la cabeza. Se quedará en silencio y se limitará a mantenerse ahí,  pero sin aceptar las culpas de los crímenes que no ha cometido. Se dirá a mí mismo que no es responsable de las miserias de otros y, como tal, no tiene por qué pagar por ellas. Pero lo dirá en silencio, puesto que pocos realmente comparten ese pensamiento. El resto ni siquiera querrá escucharle.
Querrá huir. Desaparecer. Refugiarse donde pueda, lejos de todas las voces que le dirán lo que debería hacer, aunque no le pregunten qué quiere hacer, ni se planteen los motivos reales acerca de los cuales llega a las conclusiones que llega y toma las decisiones que toma.
Lejos de los juicios, de las acusaciones. Lejos de los reproches, de los intentos de humillación sacando trapos sucios. Acabará cansado, muy cansado. Incluso herido, porque sabe que no es como muchos piensan que es. Como muchos le acusan de ser.
Tan grande es la presión, que incluso tendrá dudas de esto último.


Las dudas son traidoras y tal.


Sus únicos aliados acabarán siendo la oscuridad y la distensión. Será testigo de todo cuanto sucede; de cómo se repite la historia una y otra vez. Condenado a observar. A destruir cada vez que intento solucionar algo. Se sentirá la criatura más inútil e inservible de la creación, que destroza todo cuanto cae en sus manos. Intentará luchar contra el caos de mi vida pero, al hacerlo, no hará sino provocarlo. Extenderlo.
Lo único que tendrá serán buenas intenciones, y no le servirán para nada. Acabará frustrado. Decepcionado y triste, como un niño que levanta un castillo de arena y ve cómo la marea lo destroza por completo sin que pueda hacer nada por evitarlo.
Ese será tu futuro, le diría a mi yo de cinco años.

Supongo que por eso la naturaleza es sabia y no nos permite viajar al pasado. Quizás por eso es mejor vivir en la ignorancia del presente sin saber lo que nos espera. Al menos, es mejor en mi caso, visto lo visto. Posiblemente, si me encontrara con mi yo de cinco años y le contase todo esto que acabo de poner por escrito, éste dedicaría todos sus esfuerzos a cambiarlo... y acabaría por no vivir su vida y embrollándolo todo aún más. Al intentar solucionar las cosas que ya sabría, lo más seguro es que acabase de destrozarlas y la cosa degenerase en algo aún peor. En un futuro, si cabe, bastante más oscuro.
Creo que mi yo de cinco años está bien donde está, sin saber según qué cosas.

domingo, 11 de septiembre de 2016

Spanish Bizarro- ACME y el estrambótico caso de la pizza con piña que nunca debió llegar



Entre los ACMEs existen una serie de hechos que se repiten de forma más o menos recurrente que podríamos llamar "Tradiciones". Por ejemplo, que cada (puta) vez que vamos a ir a comer a un sitio, dicho sitio esté cerrado y haya que buscar otro, o que cada vez que organicemos algo alguien lea mal las cosas y acabe por no enterarse del todo bien de lo que se va a hacer.
Este artíCULO habla de otro hecho que, con el tiempo, parece estar a punto de convertirse en otra tradición ACME. Como toda buena historia, tiene un prólogo; los protagonistas de éste son Martish Oscura, nuestra Honorable Tirana y su Amado Esposo, el Doctor Invierno.

Todo empezó una noche que llegaron a su casa y, como cualquier matrimonio normal, decidieron pedir algo de comida por teléfono. Unas pizzas, por ejemplo. Para tal propósito, eligieron una pizzería que se encuentra a unos trescientos metros de su casa en línea recta. Llamaron, pidieron sus pizzas y los del local les dijeron que tardarían unos cuarenta minutos en llegar. Esto es algo que no he terminado nunca de entender desde que estos tíos abrieron el restaurante: vayas a la hora que vayas, te dicen que, si vas a pedir pizza, va a tardar mínimo ese tiempo. No importa que el local esté lleno o vacío, siempre dicen lo mismo. Eso me lleva a pensar dos cosas: una, que siempre andan cortos de masa y se ponen a hacerla allí mismo bajo pedido, y dos, que el horno es más o menos del tamaño del que había en la casa de los Pin y Pon y que lo tienen a mínima potencia.
Sea como sea, nuestros Honorables Líderes hacen su pedido y esperan. Pasan los cuarenta minutos. Pasan algo más de cuarenta minutos.
Pasan algo más de algo más de cuarenta minutos.
Les llama el repartidor, diciendo que no sabe llegar al sitio. Martish Oscura le dice que está en la misma avenida, solo que un poco más abajo. El tío, al parecer, está unos metros más arriba.
Pasa un buen rato y el tío les dice dónde está. Ya va mal, porque asegura estar en un portal que es impar, y el matrimonio Oscuro vive en un par. Cualquiera que tenga más de dos neuronas juntas sabe que los números de los portales en una calle van agrupados por pares e impares.
El fulano consigue llegar. Lo ven llegar con la moto desde la ventana. También lo ven preguntar por el portal en la cafetería de abajo, pese a que es el único de la acera en bastantes metros. Doc Invi se acerca al portero electrónico para abrir. Mira por la cámara...
... Y no ve a nadie.
Pasan varios minutos, hasta que suena el portero y le abren. Pasa otro buen rato hasta que consigue subir. Se les presenta un fulano de al menos cincuenta tacos con cara de ser la antítesis más absoluta del espabilamiento. Les entrega la caja de la pizza que, para más inri, está chorreando cachos de queso y tomate por doquier. La puta lepra de las pizzas.



Algo así, por lo visto.


—Esto no lo vais a querer, ¿verdad? —dice.
—No —responde Invi, observando el Hiroshima de las pizzas desmenuzándose en la puerta de casa.

El tipo se va para devolverla y nuestros amados líderes se quedan con la cara partida ante el despropósito. A Doc Invi le da por hacer un Hansel y Gretel y seguir el rastro de cachos de queso que hay esparcidos alegremente por todo el bloque. Dicho rastro le lleva hasta el portal, donde descubre que no se ha tratado del simple meneo que se pueda llevar una pizza en una moto: al parecer, la pizza hizo turismo al salir del cajetín y se estampó contra el suelo del portal, a juzgar por la pedazo de mancha de tomate que encontró. Ahí fue cuando la cosa dejó de tener gracia y le hizo una foto al cuerpo del delito.
El repartidor vuelve no sé cuánto tiempo después y les entrega la pizza que faltaba. Invi le dice que puede entender muchas cosas, pero no que intenten colarle una pizza que se ha caído al suelo. El repartidor se defiende diciendo que era "la pizza de otra persona". No quiero ni imaginarme la cara que le puso el Doctor cuando escuchó aquello.

—De todos modos, me han despedido —le dice el repartidor allí mismo, como si ese dato procediera.

Nuestros líderes, tras el episodio absurdo, cenan y se van a dormir. Les suena el teléfono.
Puede que no os lo creáis, pero así sucedió.
Era el repartidor, otra vez.



"¡NOOO, POR DIOOOOS!"


—Oye, que no me han pagado —le dice a Invi, que no se puede creer que eso le esté pasando.
—Yo lo siento mucho —contesta nuestro líder —. No me gusta que despidan a nadie, pero... es que estás hablando con el tío al que le has traído la pizza. Eso es un asunto que tienes que tratar con tus jefes.
Un momento de silencio.
—Ah, me he equivocado de número.
El sonido de la línea y el prólogo de esta historia termina aquí.

Pasan algo así como un par de semanas, puede que un poco más. Estamos en una quedada de las nuestras en el cuartel general ACME y decidimos pedir tres pizzas para cenar. Obviamente, no contamos con el mismo sitio... ya no porque vayan a tener al mismo personaje como repartidor (ya he mencionado que fue despedido), sino por la tardanza. Además, entre nosotros hay gente que no le termina de gustar cómo cocinan; de este modo, trincamos unos papeles de propaganda que teníamos por ahí y pasamos al embolado habitual de ponernos de acuerdo acerca de lo que vamos a pedir, porque la idea es compartir. Tenemos a Katya, mi gemela maligna, en Skype, berreando que pidamos pizza con piña, su favorita. Al no estar físicamente con nosotros, ignoramos su petición. Salvando ella, nadie es capaz de digerir pizza que lleve fruta tropical encima.
Un buen rato de negociaciones y ya tenemos el pedido listo. Se piden las pizzas y nos dicen que, en unos veinte-treinta minutillos, llegarán.
Pasan los veinte minutos. Incluso los treinta.
Pasan cuarenta minutos, y cincuenta.
Las pizzas llegan a los setenta minutos.
Nos disponemos a comer, cuando... Abrimos una de las cajas y vemos que lleva piña.
Hay un puto despliegue tropical encima de nuestra cena.


Creo que todos en la casa pensamos esto.


Justo en ese momento pienso en Katya, que abandonó sesión en Skype y se había puesto con sus cosas. Le mando un mensaje preguntándole si ha tenido algo que ver, y la muy cabrona se descojona al otro lado de mi teléfono. El Doctor Invi, al ver la cena, muda la expresión de su rostro. El episodio con el anterior repartidor todavía está muy reciente y esto supone reabrir viejas heridas.
Para evitar que nuestro líder sufra una crisis nerviosa, nuestra benjamina, Kawaii-Chan, se ofrece para llamar por teléfono y comentar al local lo que ha pasado. La cosa empieza bien; al menos los dos o tres primeros segundos, cuando le dan las buenas noches. A partir de aquí, la cosa se pone cuesta arriba: los del local, lejos de pedir disculpas ante lo sucedido (un simple error que le podría pasar a cualquiera), se ponen a la defensiva, echan la culpa a su repartidor y ni siquiera contemplan la idea de hacer una devolución del pedido por el correcto. Kawaii-Chan, como es normal, empieza a perder los estribos al ver que la educación de la otra persona al otro lado del teléfono empieza a desaparecer cual zurullo en un váter al tirar de la cadena. Le comenta que habían pedido una pizza con tal nombre, y el tipo al otro lado del teléfono ni siquiera parece saber qué lleva. Llega ya al punto de tener que hablar de pedir una hoja de reclamaciones si no le hacen la correspondiente devolución del pedido. Y les pide que, por favor, la cena llegue en menos de treinta minutos y no setenta.
Esperamos unos veinte minutos y llega el pedido. Esta vez el repartidor es una chica, porque por lo visto el que trajo la comida la vez anterior no ha querido venir; esta es la primera noche de trabajo de la muchacha y la han mandado sin un puto cajetín en su moto. Obviamente, Martish e Invi le dicen a la repartidora que no es culpa de ella, de manera que no tiene de lo que preocuparse por lo que respecta a nosotros. De las pizzas que nos trae, una está machacada (nuevas reminiscencias del alucinante prólogo a esta historia) y se la tiene que llevar. Esto ya es la guerra, decimos. Una cosa es el error, que entra dentro de lo posible, y otra la falta de educación a la hora de resolver el asunto. Es por eso que Kawaii-Chan, Martish Oscura y yo unimos nuestras fuerzas para ir al local y pedirles la (puta) hoja de reclamaciones.



"No sé quién eres, pero si nuestra cena no está aquí cuanto antes, sufrirás las consecuencias"


Martish y yo quedamos en su portal. Es la primera mañana que tenemos disponible los tres tras la movida y no es plan de demorarlo. Tenemos previsto coger el Martishmóvil, recoger a Kawaii-Chan en su casa y de ahí tirar para el local. Algo sencillo, sin artificios. Llegar, entrar y salir.
Poco podíamos imaginarnos que saldríamos en el Día Internacional del Lerdo, o el Lerdo Day: nada más salir de la Martishcueva cogemos una rotonda y vemos a un fulano que, por algún motivo desconocido aparte de una lerdez absoluta, se había quedado congelado en mitad de la susodicha rotonda, impidiéndonos el paso. Nosotros allí buscando el modo de hacer algo tan sencillo como pasar por la puta calle, y el colega allí convirtiendo oxígeno en dióxido de carbono (eso, claro está, si no se dedica a hacer la fotosíntesis) y provocando un tapón de tamaño considerable. Tras un rato en que nos toca ser testigos forzosos de una supina incompetencia al volante y de un empanamiento que roza la patología, nos ponemos en camino. Nuestra Honorable Tirana me pide que le mande un mensaje a Kawaii-Chan para decirle que tiramos para la Kawaiicueva, pero que vamos a hacer una parada para echar gasolina al Martishmóvil. Yo me quedo en el coche, mientras Martish entra a pedir el surtidor para repostar.
Pasa un minuto.
Dos.
Cinco.
La Tirana regresa con los ojos chisporroteando energía satánica y me cuenta que delante de ella había otro lerdo: este en cuestión no parecía saber cómo funciona un puto boleto de Rasca-y-Gana y andaba examinándolo como si estuviera diseccionando una rana o como si estuviera intentando desmantelar una bomba. Yo me palmeo la cara y, una vez hemos conseguido alimentar al vehículo, salimos para la Kawaiicueva. Recogemos a Kawaii-Chan y tiramos para abajo, llegando al susodicho local en unos minutos.



"Con el encargado, por favor".
Imaginadnos con los roles de género cambiados y lo tenéis.


Llegamos a una hora en que no hay demasiada gente, de manera que contamos con que se nos pueda atender sin demasiadas complicaciones. Nada más llegar, vemos en la puerta que el "vehículo de reparto" resulta ser una bicicleta con una caja de fruta amarrada en la parte de atrás. Empezamos bien. Martish pide hablar con el encargado, que resulta ser el tipo que está tras el mostrador. Le recordamos lo que pasó la noche anterior y éste, a toda velocidad, se va a por el ticket del pedido. Al contarle lo que pasó (que entendemos que ya lo sabía, pero nos pareció necesario explicarle dónde estuvo la cagada), este se encoge de hombros y vuelve a echarle la culpa al repartidor. Le decimos que esa no es excusa y se defiende diciendo que nos cambió las pizzas, que qué más queremos. Kawaii-Chan interviene y pide el libro de reclamaciones... y advierte que el local no tiene el cartel obligatorio donde se indica al cliente que el local dispone de un libro de reclamaciones en caso de queja o petición. La cosa empieza mal. Mientras ésta está discutiendo con el encargado, Martish Oscura está informando a Katya, que está al otro lado pendiente de toda la historia a tiempo real. Kawaii-Chan, al ver que no le están haciendo ni puñetero caso, empieza a ponerse nerviosa. Nuestra Honorable Tirana, que ya la conoce metida en un saco, decide calmarla un poco y tomar ella la iniciativa de la situación. Es por eso que Kawaii-Chan pasa a informar a Katya vía móvil mientras Martish Oscura se encara con el personal, y yo me quedo en un segundo plano momentáneamente, esperando a que me llamen a escena.

—Llamad a la policía —nos pone Katya por escrito varias veces —. YA.



"Salid de ahí".


 En mitad de la movida, aparece el dueño. Un tío que, por algún motivo, me da muy mala espina. No sé si es porque llega en plan "Yo soy el dueño (¿qué coño pasa aquí?)" o porque no parece muy dispuesto a hablar. Ni siquiera nos escucha, de hecho; se limita a decirnos que nos dará la hoja de reclamaciones, dando a entender que no quiere saber más del tema. Ni siquiera mira la foto que le hicimos a la segunda pizza chafada que nos trajeron; según él, "esas cosas pasan, del meneo del reparto". El mejor momento viene cuando, tras insistirle una o dos veces que las pizzas por lo generalmente tienen forma redonda y plana... o, mejor dicho, tienen forma, a secas, nos suelta,  cuando Martish ya consigue que mire la foto durante un segundo o así, con sus huevazos toreros: "¿Qué pasa, que así no se puede comer?" Es ese momento en que nos damos cuenta de que estos tíos no se van a bajar de la burra y empezamos a pensar que Katya tiene razón y deberíamos ir llamando a la poli a la de ya. Sin embargo, la sangre no llega al río. Nos traen unos impresos para rellenar la hoja de reclamaciones... pero la movida no acaba aquí.
Echamos un vistazo a los impresos y nos damos cuenta de que NO son impresos legales. Me explico: un impreso de una hoja de reclamaciones está hecho con un papel más fino y tiene tres hojas de calco (blanca, amarilla y rosa), de manera que, al rellenarlo, te quedas con tu copia, el local se queda con otra y la tercera que iría para la administración (en este caso, Consumo). Estos papeles están bajados de Internet, impresos en folios con una impresora normal y corriente y grapados. Dicho de otro modo: si no había cartel indicando que había un libro de reclamaciones, es porque NO había un libro de reclamaciones.



"Todo esto es irregular".


Lo rellenamos igualmente, mientras el personal a nuestro alrededor empieza a hablar entre sí en una lengua que no consigo identificar. Sospecho que nos están poniendo a parir, pero no nos inmutamos: tenemos las de ganar, solo viendo la cantidad de irregularidades que nos estamos encontrando. Relleno dos impresos, ya que no hay copias. Le decimos al encargado que nos lo tiene que sellar y éste nos contesta que no tiene sello.
Aquí es donde ya llegamos al punto de la juerga padre.
Os explico: TODO local que ofrece un servicio debe tener un sello. Por ejemplo, para firmar albaranes; si te llega una hoja de reclamaciones, tienes la obligación de sellarla precisamente para que haya constancia de que el local ha recibido dicha queja y así se pueda dar parte a la administración. Si aseguras no tener dicho sello, para empezar, a ver de dónde narices sacas la comida que sirves, porque tiene que constar por alguna parte que la has comprado a tu proveedor. Aparte, quieren quedarse con una de las copias que he hecho para pasársela a su gestor. La abogada de Martish, al otro lado del teléfono mientras yo redactaba aquello, nos dice que bajo ningún concepto dejemos nada escrito por nosotros allí y que nos llevemos los impresos que hemos rellenado. El encargado, después del asunto con el sello, nos dice que quiere una copia para llevársela a su gestor. Tampoco es que nos lo ponga fácil para facilitarnos los datos del local y así ponerlos en el impreso. Hemos tenido que decirle que o nos facilita los datos o nos veremos obligados a llamar a la Policía.
Ante esto, que no sé ya si es incompetencia o abierta caradura, me dirijo al encargado y uso mi tono de profesor, que para algo me dedico a ello:

—Mira, te cuento cómo funciona esto —le digo, sorprendentemente tranquilo para cómo soy yo en este tipo de situaciones, que me suelen resultar bastante incómodas y violentas —: estos papeles que tenéis aquí no son legales. No estáis cumpliendo la normativa, de modo que ya os estáis metiendo en un lío. Si quieres llevarle el impreso a tu gestor, vosotros mismos... pero es que estos papeles no significan nada. Os dirá que no estáis cumpliendo la normativa y os meteréis en un lío más grande del que ya estáis metidos. Así que nos vamos a llevar estos papeles.


"No hagáis esto más difícil, por favor".


Martish, a mi lado, usa el mismo tono y complementa lo que digo con los detalles legales que yo desconozco. El encargado, que llegados a este punto no sé si es un pobre desgraciado al que han dejado ahí comiéndose el marrón (recordemos que el dueño se ha volatilizado tras darnos los impresos de chichinabo) o es otro jeta que se está haciendo el tonto, opta por hacer como su superior y desaparece tras decirnos "Un momento".
Kawaii-Chan, Martish Oscura y yo nos miramos los unos a los otros con una patente expresión de confusión en nuestras caras. Aprovechamos para coger un papel de propaganda del local y apuntar el nombre, la dirección y el teléfono. Con las mismas, nos largamos de allí. Nos llevamos los impresos, no como reclamación oficial, sino como prueba de la irregularidad que están cometiendo. Martish Oscura también ha sacado más pruebas fotográficas mientras hablaba con su abogada. Todo con la idea de plantarles una bonita reclamación en Consumo para que les cayera la inspección pertinente.


O pa que les manden a este.


Varios días después, Martish aprovechó una mañana que tenía libre para acercarse a Consumo y poner la correspondiente reclamación. A día de hoy, no tenemos constancia de lo que ha podido pasar a partir de este punto; según me ha contado la Honorable Tirana, la administración tarda un mínimo de dos meses hasta que inicien su intervención, así que a saber cómo acabará esto. Una cosa sí es segura: parece que ACME está sufriendo una nueva maldición, aparte de la de ir a un sitio y encontrárselo cerrado. Ahora, la comida a domicilio también está suponiendo un nuevo reto.