martes, 20 de septiembre de 2016

Angst- Visita al yo pasado



A lo largo de estos días, he estado viendo una viñeta por las redes en las que se ven un par de muñequitos, bastante parecidos entre sí, con la diferencia de que uno es más mayor que el otro. El texto, bastante evidente: ¿Qué le dirías a tu yo pasado de cinco años?
No he participado en el juego en las redes, pero la pregunta me ha hecho pensar un poco. No me apetece entrar mucho en cómo era yo a los cinco años. Tengo mis motivos y no los expondré aquí. Espero que lo entendáis.

Quizás lo primero que le diría es que se vaya preparando para la que le espera. Le tendría que decir que le tocaría lidiar con un mundo al que querrá pertenecer pero al que no le dejarán. Bien porque no lo entienda, bien porque será abiertamente hostil. Tendrá que escuchar y soportar cosas bastante horribles y, lo que es peor: tendrá que fingir que las lleva bien. Mi yo de cinco años tendrá la obligación de formar una coraza a su alrededor y, con esa armadura puesta prácticamente día y noche, hacer ver que las cosas le afectan como una décima parte de lo que le afectan realmente. Adoptará distintos papeles que, a modo de máscaras, le servirán para protegerse: para muchos, será un bufón, pero solo para aquellos que le conozcan de verdad, será alguien que enmascara con una risa burlona todo bueno y lo malo lo que lleva por dentro. Aprenderá, con muchísimo esfuerzo y muchísimo dolor, a ser invisible. A pasar todo lo desapercibido que le sea posible, para así evitar convertirse en el blanco de según qué cosas.
También la cagará en eso, y a lo bestia, puesto que no siempre conseguirá alcanzar esa invisibilidad. No para según qué personas.

Aprenderá a soportar el sufrimiento de una vida que, si bien no es la más dura de la historia, sabe que no la merece. Le diría que le tocará descubrir lo que es el dolor, la incomprensión y la soledad. Tendrá que refugiarse en su propio mundo y sacrificar parte de su cordura solo para mantener la que le quede. Se convertirá en un nómada, que irá de un lado para otro, buscando un sitio al que pueda llamar suyo. Creerá encontrarlo de vez en cuando, para darse cuenta de su error y volver a empezar. Conservará pocos amigos y muchas cicatrices entre sus emociones. Tendrá un buen puñado de recuerdos agradables, empañados por una enorme cantidad de decepciones. Conocerá la soledad, la amargura y la injusticia. Combatirá esta última, solo para darse cuenta de que estará luchando contra molinos. Por ello, se estrellará contra un muro una y otra vez. Será crucificado. Le soltarán los perros. Por decir lo que piensa y negarse a mentir; por negar la autoridad de aquellos que no considera dignos de ella. Por no adorar a las malas personas a las que todo el mundo adora. Por todo eso será visto como el enemigo.



Por otra parte, descubrirá las artes. Las tomará como un amigo, como un camino solitario que le ayudará a entender el mundo; mucho menos, conseguir que el mundo le entienda a él, pero serán un buen alivio para escapar de aquello que no puede soportar. Para huir de un mundo al que no siente que pertenece, aunque lo intente una y otra vez. Las artes le enseñarán a expresar lo que no puede expresar por medio de la voz. Serán el consuelo con el que aliviar las heridas, con el que conjurar a sus propios demonios. Serán el desahogo y el purgante que necesitará y que no le será concedido tan fácilmente por otras personas.
Le diré que ese será un camino duro, puesto que corren malos tiempos para los soñadores. Vivirá en un mundo en que las artes no serán valoradas como deberían, y tendrá que aceptar que nunca ganará dinero con ellas. Por ello, cada vez que sus decisiones le lleven por ese camino, dichas decisiones serán cuestionadas. Tendrá que dar explicaciones, más de las necesarias, acerca de por qué ha elegido ese camino. Cada vez que lo haga, verá la incomprensión en los ojos del mundo. Verá la insinuación de estar cometiendo un error.

Será una voz que predica en el desierto. Alguien cuyas palabras no serán del todo escuchadas. Alguien que vive en un mundo en que decir lo que piensas te marca a fuego como culpable de incontables crímenes; tendrá que soportar vivir en un mundo donde aquellos que mienten salen airosos. Donde será acusado de crímenes que no ha cometido; donde cargará con las culpas de lo que hacen aquellos que se comportan de manera egoísta.
Mi yo de cinco años crecerá alimentando una enorme lista de fracasos y derrotas, que le serán recordadas de forma constante, bien por su entorno, bien por sí mismo, pues su capacidad de perdonarse según qué cosas estará muy limitada. Sus logros y sus aciertos pasarán de puntillas y a menudo serán abiertamente ignorados. Durante muchos, muchísimos años, vivirá estancado, sin apenas evolucionar en su universo: seguirá viviendo de la misma manera, sin mejorías, sin proyectar a una forma de vida mejor. Creerá salir del círculo en que se convierten sus días, semanas, meses y años para acabar en el punto de partida. Vivirá en un ciclo constante, que se repetirá una, y otra, y otra vez. Luchará por cambiarlo, pero no lo conseguirá. Cada vez que crea encontrar una ruptura con lo ya vivido, volverá de nuevo al punto de partida.


Pero sin cobrar. Más bien pagando.


Serán unos cuantos años de lucha incesnate contra su propio entorno: años viéndose obligado a justificarse por todas y cada una de las decisiones que toma. Años luchando contra sus demonios privados, sus terrores más recurrentes y sus propias derrotas. La mayor parte de las veces, no vencerá; ni siquiera quedará en tablas. Acabará, hablando de un modo figurado, siendo arrastrado por el suelo y escupiendo tierra. Lo único que le quedará será tener que aprender a encajar las pérdidas de la forma más digna posible. Mirará a su alrededor y, con el tiempo, la experiencia le dirá que nadie ha llegado jamás a explicarle nada, ni justificarse ante él. A veces lo ha necesitado y no lo ha tenido. Lo único que le ha quedado es la aceptación de que la balanza no suele estar equilibrada a ese respecto en este mundo.

La alternativa a esas explicaciones que ha tenido que dar ha sido siempre ser juzgado y declarado culpable. Se dictarán durísimas sentencias sobre su persona. Se pondrán palabras en su boca y se le atribuirán pensamientos que jamás ha tenido. Se le usará como chivo expiatorio para cargar con las culpas de los problemas de otros. Habrá culpables que salgan completamente impunes, y los pecados de éstos caerán directamente sobre sus hombros. La gente cercana a él, una vez más, le dará la espalda y se aliará con aquellos que han salido indemnes para lanzar sobre él sus sospechas, sus acusaciones. Para acusarle con el dedo de crímenes que saben que han cometido otros.


Una carga, a fin de cuentas.



Perderá a bastante gente por el camino. A otros, los abandonará de forma deliberada, aunque jamás sin al menos una buena lista de motivos que considere justos. Cada vez que esto suceda, todo el mundo le dirá que es algo a lo que no debe darle importancia y que le da demasiadas vueltas a las cosas. La cuestión es que, por carente de importancia que le digan que es, a él le importa. Y no podrá evitar destrozarse por dentro cada vez que esto suceda.
Se verá obligado a tomar decisiones muy, muy duras. Decisiones que le llevará mucho tiempo tomar y que, como importantes que considera, las encarará del mejor modo que sabe, tras haber meditado largo y tendido sobre ello. Prácticamente ninguna de esas decisiones será tomada en serio y casi nunca se pensará cuánto ha reflexionado sobre ellas. Eso también le hará daño, porque descubrirá que la imagen que proyecta no se corresponde con la persona que cree ser. Una vez más, se dará cuenta de que no solo no entiende el mundo que me rodea: éste tampoco le entiende a él.

Recibirá puñaladas por parte de aquellos a los que ha considerado siempre sus mejores amigos. Habrá quien le manipule, quien juegue con sus emociones. Muchos intentarán aprovecharse de él; más de los soportables lo conseguirán. Será humillado, engañado, incluso abandonado por quienes más le importan. Acabarán con su cordura y estarán a punto de destruirle. Esto dejará cicatrices en él de por vida y marcarán su comportamiento futuro.
Le romperán el corazón una y mil veces. Su vida a este respecto será básicamente una lista de amores imposibles, amores frustrados y todo un repertorio de dolor de todo tipo. Será descartado, cuando no abiertamente despreciado; la elección jamás tomada. Ni siquiera será planteado como elección en muchos casos. Será una sombra, raramente tenida en cuenta. Su lealtad, su atención y sus buenos sentimientos nunca serán suficientes, pues siempre habrá otros considerados mejores que él. Se verá obligado a aceptar eso último, y será consciente de siempre acabará quedando al margen. Siempre habrá alguien que le recuerde que no era una opción válida. No lo bastante bueno.
Deberá vivir con esos fantasmas, que le atormentarán una y otra vez. A veces, intentará olvidarlos y estos aparecerán de vez en cuando solo para molestarle. Para recordarle lo que le hicieron. Algunas veces, acudirán a él, de forma directa o indirecta para seguir insistiendo en que, puede que ya no formen parte de su mundo, pero que se niegan a aceptarlo. Él los querrá bien lejos y estos no dejarán de insistir, pese a que saben que ya no hay nada de que hablar. Que no le interesa saber nada de ellos.


"Hola, ¿te acuerdas de mí?"


Se  le dirá que todo eso no debe importarle. Que solo a él debe importarle cómo es y lo demás es irrelevante... pero seguirá pensando que forma (o, al menos, intenta formar) parte de un mundo en el que viven otros seres humanos. Que, por muy bien que suenen esas palabras de independencia y autodeterminación, también es parte de una comunidad. De una especie. De una sociedad. Puede ser un individuo, pero también pertenece a un colectivo; como miembro de ese colectivo, debe ser aceptado por él.
Y no cree estar consiguiéndolo.

Más adelante, se dará cuenta de que sus palabras no serán tan claras como le gustaría. Por más que intente explicar las cosas, descubrirá que lo único que hará será empeorarlo todo. Buscará poner fin a mis conflictos pero, al hacerlo, los avivará. Solo querrá estar en paz, pero al intentarlo, no hará sino generar más problemas. Intentará evitarlos pero, tarde o temprano, le buscarán a él. No tendrá manera de evitarlo. Como siempre, el dedo de la culpa señalará hacia él, y no sabrá cómo defenderse.

No será el héroe que siempre quiso ser. Su vida no será la de nadie importante. No descubrirá nada que cambie el mundo para mejor. Probablemente, morirá sin ser recordado como nadie especial para la humanidad. No será más que otra persona anónima, cuyo paso por el mundo dejará una huella leve. Sin embargo, consagrará su vida a ayudar a otros. Una labor que le llenará y que considerará necesaria, pero que será raramente reconocida por el mundo que le rodea. No importará la de gente a la que haya ayudado, ni lo mucho que haya podido influenciar para bien en las vidas de otros. Tampoco importará lo que haya podido aportar, ni las enseñanzas que haya podido impartir. Eso jamás parecerá excesivamente importante y siempre se esperará de él algo más. Algo que tal vez ni sea capaz de conseguir, pero se dé por sentado que sí. Sin preguntarle siquiera si eso es lo que realmente quiere.

Llegará el momento en que, harto de tener que justificarse cuando no debería, acabará agachando la cabeza. Se quedará en silencio y se limitará a mantenerse ahí,  pero sin aceptar las culpas de los crímenes que no ha cometido. Se dirá a mí mismo que no es responsable de las miserias de otros y, como tal, no tiene por qué pagar por ellas. Pero lo dirá en silencio, puesto que pocos realmente comparten ese pensamiento. El resto ni siquiera querrá escucharle.
Querrá huir. Desaparecer. Refugiarse donde pueda, lejos de todas las voces que le dirán lo que debería hacer, aunque no le pregunten qué quiere hacer, ni se planteen los motivos reales acerca de los cuales llega a las conclusiones que llega y toma las decisiones que toma.
Lejos de los juicios, de las acusaciones. Lejos de los reproches, de los intentos de humillación sacando trapos sucios. Acabará cansado, muy cansado. Incluso herido, porque sabe que no es como muchos piensan que es. Como muchos le acusan de ser.
Tan grande es la presión, que incluso tendrá dudas de esto último.


Las dudas son traidoras y tal.


Sus únicos aliados acabarán siendo la oscuridad y la distensión. Será testigo de todo cuanto sucede; de cómo se repite la historia una y otra vez. Condenado a observar. A destruir cada vez que intento solucionar algo. Se sentirá la criatura más inútil e inservible de la creación, que destroza todo cuanto cae en sus manos. Intentará luchar contra el caos de mi vida pero, al hacerlo, no hará sino provocarlo. Extenderlo.
Lo único que tendrá serán buenas intenciones, y no le servirán para nada. Acabará frustrado. Decepcionado y triste, como un niño que levanta un castillo de arena y ve cómo la marea lo destroza por completo sin que pueda hacer nada por evitarlo.
Ese será tu futuro, le diría a mi yo de cinco años.

Supongo que por eso la naturaleza es sabia y no nos permite viajar al pasado. Quizás por eso es mejor vivir en la ignorancia del presente sin saber lo que nos espera. Al menos, es mejor en mi caso, visto lo visto. Posiblemente, si me encontrara con mi yo de cinco años y le contase todo esto que acabo de poner por escrito, éste dedicaría todos sus esfuerzos a cambiarlo... y acabaría por no vivir su vida y embrollándolo todo aún más. Al intentar solucionar las cosas que ya sabría, lo más seguro es que acabase de destrozarlas y la cosa degenerase en algo aún peor. En un futuro, si cabe, bastante más oscuro.
Creo que mi yo de cinco años está bien donde está, sin saber según qué cosas.

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