Cuando curras a domicilio, tienes básicamente dos opciones: o vas en coche al trabajo, con el consiguiente encabrone de pagar la gasolina y preguntarte dónde hostias te vas a meter el coche, o bien tirar de transporte público, con la cantidad de consecuencias que ello implica. Si además eres como yo y no te gusta lo bastante eso de conducir como que te plantees eso de sacarte el carnet de conducir, la elección es obvia.
De hecho, se puede decir que no hay opción que valga.
Lo interesante de coger el autobús prácticamente a diario es que es todo un cúmulo de experiencias. Es ahí donde puedes ver gente de lo más variopinta y pasar por situaciones que, en la puta vida, se te habría ocurrido que ibas a presenciar... o sufrir.
Esta historia que voy a contar es real, fruto de una de esas tardes en que todo se te pone del revés y el mundo parece detenerse dentro de un autobús. Damas y caballeros, bienvenidos a la Empresa Municipal de Transportes, también conocida como EMT.
Todo empieza una de esas tardes en que sales de casa y te das cuenta de que tienes que recargar el bono-bus. Para aquellos que viváis en una ciudad en la que el sistema es diferente a como se hace aquí, o bien para aquellos paisanos que vivís en una cueva aislados del mundo, el bono-bus tiene la forma de una tarjetita de plástico, que recargamos digitalmente en según qué establecimientos: normalmente se recargan en cualquier estanco, pero solo algunos kioscos privilegiados cuentan con el permiso de los Altos Señores de la EMT para poder recargar la puñetera tarjeta. Si además vives en un barrio en el que el estanco más cercano está donde Cristo se pilló la chorra y el único kiosco que cuenta con El Beneplácito está algo lejillos, comprenderéis que me tocó atravesar un buen trecho para poder llevar a cabo tan sencilla empresa.
Mi ruta más corta, pues, era el kiosco.
Dejadme que os hable del tío que curra ahí.
Entre nosotros, para mí que no es normal. Os explico: normalmente el proceso de carga de una tarjeta consiste en meterla en una ranura, pulsar los numeritos, sacarla, devolverla y cobrar. Esto no debe durar más de medio minuto, si echáis el cálculo.
Con este fulano, pueden pasar tranquilamente tres o cuatro minutos. Alguna que otra vez me he aventurado a colar la cabeza por la ranura del kiosco para ver qué puñetas está haciendo y la respuesta no puede ser más escalofriante.
El muy cabrón no hace nada. Se queda de pie, petrificado, mirando hacia un punto fijo en el infinito, como si necesitase el permiso de alguna Entidad Cósmica para cargarte la puta tarjeta.
En una tarde como esta que narro, incluso hace un bis: se gira, se vuelve hacia mí, y en vez de devolvérmela y cobrarme de una puta vez, me mira y bosteza. Antes de que me pregunte qué problema tiene, gira sobre sus talones y vuelve a su "actividad".
Algo en plan Salvatore en El Nombre de la Rosa, pero creo que con menor dominio de los idiomas.
Casi cinco minutos después, termina la operación. Entretanto, yo acabo de ver pasar de largo el autobús, en dirección a la parada más próxima. Ésta está a unos cuarenta o cincuenta metros, sin contar que además tengo que cruzar dos calles. Mientras me guardo la cartera, tengo la opción de correr tras un autobús que va echando hostias, a riesgo de ser atropellado una o dos veces, o esperar a que los semáforos se pongan en verde para mí y echar a correr para ver si tengo la suerte de cogerlo.
Puede que esté chalado, pero no tanto. Escojo la segunda.
"Esto no puede ser tan jodido".
No vendas la piel del oso antes de cazarla, Indy...
Hasta hace unos años, estuve formando parte de un equipo de atletismo. Nunca fui precisamente Usain Bolt, pero mi poco peso y mis piernas más bien largas ayudan bastante a no ser precisamente lento. Además, la constante persecución de autobuses y la costumbre de ir andando a todas partes me permiten estar bastante más en forma que a mucha gente de mi edad o más joven que yo.
Con todo, no es suficiente: se ve que al conductor del autobús la hora se le ha echado encima y conduce por la avenida a toda pastilla. Aun esprintando, no logro alcanzarlo por apenas unos metros. Me toca esperar al siguiente.
En mi ciudad, algunas Paradas Privilegiadas (llamémoslas Paradas Vip) cuentan con un cartelito que te dice cuánto va a tardar (supuestamente) el siguiente autobús. Normalmente el cálculo suele ser ajustado, aunque siempre a la baja. Es decir, que el tiempo que ves en el panel es el mínimo que te va a tocar esperar.
En el panel de la parada pone que va a tardar diecisiete minutos.
Dada la situación, envío un mensaje a la casa donde curro y les digo que probablemente tarde un rato. La experiencia cogiendo el transporte público te enseña a calcular lo que tardas en llegar de un sitio a otro, siempre en unas condiciones de transporte más o menos óptimas y con un desfase de unos diez minutos. Si resulta que el tiempo de espera duplica lo previsto, básicamente te jodes.
En ese tiempo de espera, como es natural, el personal se va acumulando en la parada, como las pelusas que se van acumulando debajo de un somier. Al haber cerca un hospital, el número de gente con muletas aumenta, lo que añade un punto pintoresco a la fauna local. Si añadimos que el nuevo diseño de las paradas, a manos de algún genio con déficit neuronal, ahora consiste SOLO en tres asientos, imaginad el cabreo del personal.
"¡Hasta los huevos ya de esperar! ¡¡¡Cabrones!!!"
Así, tras unos veinte minutos esperando y tras varios amagos de luchas a muerte con muletas, llega el autobús. Cómo no, hasta la bandera de gente. Si tenía intención de leer un libro en los cuarenta y pico minutos que dura el trayecto, me podía ir olvidando. Aquello estaba más apretujado que cuando estuve viendo a los Judas Priest en Leganés. Para más inri, debía ser el día internacional de la persona con movilidad reducida, porque entre los señores con muletas y las dos o tres sillas de ruedas que había allí dentro, no me quedaba claro si estaba dentro de un transporte público o de una sala de traumatología.
¿En qué afecta esto?, supongo que os preguntaréis. La respuesta es sencilla: por cada silla de ruedas que sale o entra del vehículo, el conductor debe activar una rampa, que echa un buen rato en desplegarse. Entre eso y que la gente que empuja las sillas tiende a ser de las que se acuerdan de bajarse en esa parada cuando están frenando... echad cuentas del retraso que supone a lo tarde que ya voy.
En fin, como no puedo hacer gran cosa salvo esperar, me dedico a observar un poco a la gente. Si queréis conocer el mundo que os rodea, os lo aseguro: el transporte público es lo mejor. Ahí es cuando ves a la Humanidad en estado puro.
Por ejemplo, el conductor. El típico machito hispánico, que será el responsable algún día de la salvación de la compañía para la que trabaja. Está contándole su vida a una MILF (señora ya rondando los cuarenta, pero de muy muy buen ver) como el que narra el Beowulf. Si en vez de contarla él personalmente, la cuenta un juglar con un laúd, no me habría resultado raro. Gracias a eso me entero de que ha currado como carnicero durante algunos años y también como camionero, de manera que conoce toda España, salvando Navarra. La mujer, extremeña, tampoco anda a la zaga contándole su vida; no le cuenta más porque el otro anda más ocupado dando a entender que su filosofía de vida es no preocuparse demasiado por los problemas del trabajo: cuenta que hoy, por ejemplo, se ha averiado un vehículo y por eso tienen montada la que tienen montada. Ni se va a molestar en preguntar por los detalles de lo que ha pasado.
Un tío duro.
De los que ya no quedan.
"Sí, señora. He llegado tarde. Adelante, alégreme el día".
Algo en este rollo, aunque el tío de cara se parecía mas a Shrek
Lo veis de conducir y ya se os cae la ropa interior. La explicación: va tarde y los autobuses llevan un localizador GPS incorporado que estima donde DEBERÍA estar el vehículo en cuestión. Viendo el cacho retraso que lleva este fulano, necesitaría romper la barrera del sonido para ir más o menos a tiempo.
Pasan un par de paradas. Se sube otra señora en muletas; esta, a punto de romperse. Al verla, me entran ganas de decirle "¡Pase, señora, y diviértase! ¡Si sobrevive al salvaje este, que conduce como el puto Motorista Fantasma, le regalaremos un Chupa-Chups!"
En mitad del estrujamiento colectivo, llegamos a la parte realmente heavy del trayecto.
Sí, amigos.
Hablo de las obras del metro.
Por lo general, suelo ser comprensivo cuando se trata de levantar varios kilómetros de avenida con tal de garantizar una futura mejora en los servicios de una ciudad. No tengo problemas en aceptar que un montón de obreros van a estar durante más de dos años dale que te pego con las máquinas, con el asfalto y otras cosas chulas para que algún día podamos desplazarnos de un modo más rápido y más cómodo.
En tardes como esta, en las que llevo un retraso de putos cojones y donde sé que me van a hacer un desvío que ríete tú del trayecto turístico de los taxistas en horario nocturno (otro tema que daría para un post bastante interesante, ahora que lo pienso), sólo puedo pensar en el exterminio del noventa por ciento de la raza humana. Así no habría una densidad de población tan grande. La ciudad no sería tan asquerosamente grande y estrecha y no sería necesario un transporte subterráneo. No habría ni la mitad de atascos de los que tenemos ahora.
Saliendo ya del super-desvío, veo que el autobús se para en una avenida, justo en una parada... en la que hay otro autobús estacionado. Algo me dice que es el que perdí: ahora está estropeado y todos sus pasajeros tendrán que subir al nuestro. Yo, acostumbrado ya a los embates y los empujes, ni me planteo el futuro de mi integridad física. Sólo pienso que me voy a retrasar mucho más.
También pienso una segunda cosa: ¿Dos autobuses de la misma línea estropeados en la misma tarde? Eso no hay quien se lo crea.
Mi jeta ante aquello se parecía bastante a la de esta muchacha.
Seguimos avanzando. A lo largo del trayecto ya hemos soltado un par de sillas de ruedas. Yo he escuchado aventuras tan magnificadas que parece ser que un simple reparto de embutidos en Castilla-La Mancha es lo más parecido a la búsqueda del Santo Grial. Lo más gracioso es que tampoco veo a la MILF extremeña haciendo palmitas con el chichi. Esto no tiene pinta de que le vaya a dar su teléfono ni le va a pedir que le busque en Facebook.
De follar ni hablamos.
Total, que esta especie de Tetris con ruedas sigue avanzando; a mitad ya del trayecto, una señora está a punto de descogorciarse viva de morros contra el suelo, a causa de un frenazo que aquí Ayrton Senna ha pegado a la hora de llegar a una parada. El tío, que estaba comentando lo bordes que son sus compañeros de trabajo (y al cual casi le ha faltado decirles "Cómame la polla, señora" cuando le han protestado por lo tarde que es), sigue con su rollo. Le dice a la MILF que está acostumbrado a trabajar delante del público y a aguantar lo que sea. Que le han llegado a amenazar físicamente en su trabajo de conductor.
Yo me pregunto por qué.
Yo me pregunto por qué.
Mientras, la gente que la señora tiene al lado la está trincando por los sobacos para que sus dientes no queden esparcidos por el suelo. Mientras, tanto vacile y tanta testosterona por parte del fulano a mí me están poniendo ya de los nervios. Si tan superguai es, no sé qué coño hace conduciendo un puto autobús en lugar de salvar el planeta.
Se baja la MILF, ya casi llegando a la última parada, que es donde me bajo. El bus anda algo más vacío y puedo hasta sentarme. A estas alturas de la película, me imagino que Superconductor ya estará algo más concentrado en conducir, en lugar de contar batallitas.
Mis putas ganas.
Le llega una chavala de unos dieciocho o diecinueve años para preguntarle por una parada y él responde que se la ha pasado. La chavala tuerce el morro y el fulano empieza a reírse. La ha engañado para ver su cara. Ja, ja y puto ja.
Festival del puto humor.
Yo estoy pensando si sería muy complicado llevar una motosierra o una escopeta en la mochila para casos como este.
Incluso podría echarle el alto así a los autobuses a partir de ahora...
La chavala se baja un par de paradas después, ya llegando al final del trayecto. El bus está vacío y mi lado más despiadado se pregunta si se notará mucho si me bajo los pantalones, cojo al superhéroe por las orejas y le obligo a comerme los pelos del culo hasta que él solito se muera de asco.
Nota para mí mismo: terminar de ver la serie de Dexter. Seguro que tiene ideas más despiadadas y acojonantes que yo.
Al llegar a la última parada, tras habernos chupado semáforos en rojo, obras, atascos y toda una procesión de gente con problemas para moverse, escucho un aviso por radio.
- A ver si vamos tardando menos en llegar al destino- le dice la voz, con el típico tono de "Me tienes ya hasta los cojones, macho"
- De acuerdo- responde él. Su tono de tío duro, esa soberbia de "Yo soy auténtico" que destilaba ante las criaturas dotadas de potorro ha desaparecido por completo. Ahora sólo quedan orejas gachas y la actitud de "Valiente tarde de mierda".
En eso último, fíjate tú, estoy de acuerdo con él.
Así que así termina la historia: conmigo bajándome del autobús, casi veinte minutos tarde (había salido casi una hora antes de casa) y con una patente sensación de cansancio incluso antes de empezar a currar. Y encima tengo que dar gracias a que no ha sucedido como otras veces: nadie ha venido apestando a sobaco (con el agravante de maceramiento durante al menos una semana), nadie se ha tirado pedos prácticamente en mi cara y ninguna criaja ha vomitado media botella de anís, como ya presenciase en la Noche en Blanco el verano anterior.
Pero esas son otras historias vividas en la EMT.

































