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miércoles, 5 de septiembre de 2012

Spanish Bizarro- Una tarde en la EMT



Cuando curras a domicilio, tienes básicamente dos opciones: o vas en coche al trabajo, con el consiguiente encabrone de pagar la gasolina y preguntarte dónde hostias te vas a meter el coche, o bien tirar de transporte público, con la cantidad de consecuencias que ello implica. Si además eres como yo y no te gusta lo bastante eso de conducir como que te plantees eso de sacarte el carnet de conducir, la elección es obvia.
De hecho, se puede decir que no hay opción que valga.

Lo interesante de coger el autobús prácticamente a diario es que es todo un cúmulo de experiencias. Es ahí donde puedes ver gente de lo más variopinta y pasar por situaciones que, en la puta vida, se te habría ocurrido que ibas a presenciar... o sufrir.

Esta historia que voy a contar es real, fruto de una de esas tardes en que todo se te pone del revés y el mundo parece detenerse dentro de un autobús. Damas y caballeros, bienvenidos a la Empresa Municipal de Transportes, también conocida como EMT.

Todo empieza una de esas tardes en que sales de casa y te das cuenta de que tienes que recargar el bono-bus. Para aquellos que viváis en una ciudad en la que el sistema es diferente a como se hace aquí, o bien para aquellos paisanos que vivís en una cueva aislados del mundo, el bono-bus tiene la forma de una tarjetita de plástico, que recargamos digitalmente en según qué establecimientos: normalmente se recargan en cualquier estanco, pero solo algunos kioscos privilegiados cuentan con el permiso de los Altos Señores de la EMT para poder recargar la puñetera tarjeta. Si además vives en un barrio en el que el estanco más cercano está donde Cristo se pilló la chorra y el único kiosco que cuenta con El Beneplácito está algo lejillos, comprenderéis que me tocó atravesar un buen trecho para poder llevar a cabo tan sencilla empresa.

Mi ruta más corta, pues, era el kiosco.
Dejadme que os hable del tío que curra ahí.
Entre nosotros, para mí que no es normal. Os explico: normalmente el proceso de carga de una tarjeta consiste en meterla en una ranura, pulsar los numeritos, sacarla, devolverla y cobrar. Esto no debe durar más de medio minuto, si echáis el cálculo.
Con este fulano, pueden pasar tranquilamente tres o cuatro minutos. Alguna que otra vez me he aventurado a colar la cabeza por la ranura del kiosco para ver qué puñetas está haciendo y la respuesta no puede ser más escalofriante.
El muy cabrón no hace nada. Se queda de pie, petrificado, mirando hacia un punto fijo en el infinito, como si necesitase el permiso de alguna Entidad Cósmica para cargarte la puta tarjeta.
En una tarde como esta que narro, incluso hace un bis: se gira, se vuelve hacia mí, y en vez de devolvérmela y cobrarme de una puta vez, me mira y bosteza. Antes de que me pregunte qué problema tiene, gira sobre sus talones y vuelve a su "actividad".
Algo en plan Salvatore en El Nombre de la Rosa, pero creo que con menor dominio de los idiomas.


Casi cinco minutos después, termina la operación. Entretanto, yo acabo de ver pasar de largo el autobús, en dirección a la parada más próxima. Ésta está a unos cuarenta o cincuenta metros, sin contar que además tengo que cruzar dos calles. Mientras me guardo la cartera, tengo la opción de correr tras un autobús que va echando hostias, a riesgo de ser atropellado una o dos veces, o esperar a que los semáforos se pongan en verde para mí y echar a correr para ver si tengo la suerte de cogerlo.
Puede que esté chalado, pero no tanto. Escojo la segunda.

"Esto no puede ser tan jodido".
No vendas la piel del oso antes de cazarla, Indy...


Hasta hace unos años, estuve formando parte de un equipo de atletismo. Nunca fui precisamente Usain Bolt, pero mi poco peso y mis piernas más bien largas ayudan bastante a no ser precisamente lento. Además, la constante persecución de autobuses y la costumbre de ir andando a todas partes me permiten estar bastante más en forma que a mucha gente de mi edad o más joven que yo.
Con todo, no es suficiente: se ve que al conductor del autobús la hora se le ha echado encima y conduce por la avenida a toda pastilla. Aun esprintando, no logro alcanzarlo por apenas unos metros. Me toca esperar al siguiente.

En mi ciudad, algunas Paradas Privilegiadas (llamémoslas Paradas Vip) cuentan con un cartelito que te dice cuánto va a tardar (supuestamente) el siguiente autobús. Normalmente el cálculo suele ser ajustado, aunque siempre a la baja. Es decir, que el tiempo que ves en el panel es el mínimo que te va a tocar esperar.
En el panel de la parada pone que va a tardar diecisiete minutos.

Dada la situación, envío un mensaje a la casa donde curro y les digo que probablemente tarde un rato. La experiencia cogiendo el transporte público te enseña a calcular lo que tardas en llegar de un sitio a otro, siempre en unas condiciones de transporte más o menos óptimas y con un desfase de unos diez minutos. Si resulta que el tiempo de espera duplica lo previsto, básicamente te jodes.
En ese tiempo de espera, como es natural, el personal se va acumulando en la parada, como las pelusas que se van acumulando debajo de un somier. Al haber cerca un hospital, el número de gente con muletas aumenta, lo que añade un punto pintoresco a la fauna local. Si añadimos que el nuevo diseño de las paradas, a manos de algún genio con déficit neuronal, ahora consiste SOLO en tres asientos, imaginad el cabreo del personal.

"¡Hasta los huevos ya de esperar! ¡¡¡Cabrones!!!"


Así, tras unos veinte minutos esperando y tras varios amagos de luchas a muerte con muletas, llega el autobús. Cómo no, hasta la bandera de gente. Si tenía intención de leer un libro en los cuarenta y pico minutos que dura el trayecto, me podía ir olvidando. Aquello estaba más apretujado que cuando estuve viendo a los Judas Priest en Leganés. Para más inri, debía ser el día internacional de la persona con movilidad reducida, porque entre los señores con muletas y las dos o tres sillas de ruedas que había allí dentro, no me quedaba claro si estaba dentro de un transporte público o de una sala de traumatología.
¿En qué afecta esto?, supongo que os preguntaréis. La respuesta es sencilla: por cada silla de ruedas que sale o entra del vehículo, el conductor debe activar una rampa, que echa un buen rato en desplegarse. Entre eso y que la gente que empuja las sillas tiende a ser de las que se acuerdan de bajarse en esa parada cuando están frenando... echad cuentas del retraso que supone a lo tarde que ya voy.

En fin, como no puedo hacer gran cosa salvo esperar, me dedico a observar un poco a la gente. Si queréis conocer el mundo que os rodea, os lo aseguro: el transporte público es lo mejor. Ahí es cuando ves a la Humanidad en estado puro.
Por ejemplo, el conductor. El típico machito hispánico, que será el responsable algún día de la salvación de la compañía para la que trabaja. Está contándole su vida a una MILF (señora ya rondando los cuarenta, pero de muy muy buen ver) como el que narra el Beowulf. Si en vez de contarla él personalmente, la cuenta un juglar con un laúd, no me habría resultado raro. Gracias a eso me entero de que ha currado como carnicero durante algunos años y también como camionero, de manera que conoce toda España, salvando Navarra. La mujer, extremeña, tampoco anda a la zaga contándole su vida; no le cuenta más porque el otro anda más ocupado dando a entender que su filosofía de vida es no preocuparse demasiado por los problemas del trabajo: cuenta que hoy, por ejemplo, se ha averiado un vehículo y por eso tienen montada la que tienen montada. Ni se va a molestar en preguntar por los detalles de lo que ha pasado.
Un tío duro.
De los que ya no quedan.

"Sí, señora. He llegado tarde. Adelante, alégreme el día".
Algo en este rollo, aunque el tío de cara se parecía mas a Shrek


Lo veis de conducir y ya se os cae la ropa interior. La explicación: va tarde y los autobuses llevan un localizador GPS incorporado que estima donde DEBERÍA estar el vehículo en cuestión. Viendo el cacho retraso que lleva este fulano, necesitaría romper la barrera del sonido para ir más o menos a tiempo.

Pasan un par de paradas. Se sube otra señora en muletas; esta, a punto de romperse. Al verla, me entran ganas de decirle "¡Pase, señora, y diviértase! ¡Si sobrevive al salvaje este, que conduce como el puto Motorista Fantasma, le regalaremos un Chupa-Chups!"
En mitad del estrujamiento colectivo, llegamos a la parte realmente heavy del trayecto.
Sí, amigos.
Hablo de las obras del metro.

Por lo general, suelo ser comprensivo cuando se trata de levantar varios kilómetros de avenida con tal de garantizar una futura mejora en los servicios de una ciudad. No tengo problemas en aceptar que un montón de obreros van a estar durante más de dos años dale que te pego con las máquinas, con el asfalto y otras cosas chulas para que algún día podamos desplazarnos de un modo más rápido y más cómodo.
En tardes como esta, en las que llevo un retraso de putos cojones y donde sé que me van a hacer un desvío que ríete tú del trayecto turístico de los taxistas en horario nocturno (otro tema que daría para un post bastante interesante, ahora que lo pienso), sólo puedo pensar en el exterminio del noventa por ciento de la raza humana. Así no habría una densidad de población tan grande. La ciudad no sería tan asquerosamente grande y estrecha y no sería necesario un transporte subterráneo. No habría ni la mitad de atascos de los que tenemos ahora.

Saliendo ya del super-desvío, veo que el autobús se para en una avenida, justo en una parada... en la que hay otro autobús estacionado. Algo me dice que es el que perdí: ahora está estropeado y todos sus pasajeros tendrán que subir al nuestro. Yo, acostumbrado ya a los embates y los empujes, ni me planteo el futuro de mi integridad física. Sólo pienso que me voy a retrasar mucho más.
También pienso una segunda cosa: ¿Dos autobuses de la misma línea estropeados en la misma tarde? Eso no hay quien se lo crea.

Mi jeta ante aquello se parecía bastante a la de esta muchacha.


Seguimos avanzando. A lo largo del trayecto ya hemos soltado un par de sillas de ruedas. Yo he escuchado aventuras tan magnificadas que parece ser que un simple reparto de embutidos en Castilla-La Mancha es lo más parecido a la búsqueda del Santo Grial. Lo más gracioso es que tampoco veo a la MILF extremeña haciendo palmitas con el chichi. Esto no tiene pinta de que le vaya a dar su teléfono ni le va a pedir que le busque en Facebook.
De follar ni hablamos.

Total, que esta especie de Tetris con ruedas sigue avanzando; a mitad ya del trayecto, una señora está a punto de descogorciarse viva de morros contra el suelo, a causa de un frenazo que aquí Ayrton Senna ha pegado a la hora de llegar a una parada. El tío, que estaba comentando lo bordes que son sus compañeros de trabajo (y al cual casi le ha faltado decirles "Cómame la polla, señora" cuando le han protestado por lo tarde que es), sigue con su rollo. Le dice a la MILF que está acostumbrado a trabajar delante del público y a aguantar lo que sea. Que le han llegado a amenazar físicamente en su trabajo de conductor.
Yo me pregunto por qué.
Mientras, la gente que la señora tiene al lado la está trincando por los sobacos para que sus dientes no queden esparcidos por el suelo. Mientras, tanto vacile y tanta testosterona por parte del fulano a mí me están poniendo ya de los nervios. Si tan superguai es, no sé qué coño hace conduciendo un puto autobús en lugar de salvar el planeta.

Se baja la MILF, ya casi llegando a la última parada, que es donde me bajo. El bus anda algo más vacío y puedo hasta sentarme. A estas alturas de la película, me imagino que Superconductor ya estará algo más concentrado en conducir, en lugar de contar batallitas.
Mis putas ganas.
Le llega una chavala de unos dieciocho o diecinueve años para preguntarle por una parada y él responde que se la ha pasado. La chavala tuerce el morro y el fulano empieza a reírse. La ha engañado para ver su cara. Ja, ja y puto ja.
Festival del puto humor.
Yo estoy pensando si sería muy complicado llevar una motosierra o una escopeta en la mochila para casos como este.

Incluso podría echarle el alto así a los autobuses a partir de ahora...


La chavala se baja un par de paradas después, ya llegando al final del trayecto. El bus está vacío y mi lado más despiadado se pregunta si se notará mucho si me bajo los pantalones, cojo al superhéroe por las orejas y le obligo a comerme los pelos del culo hasta que él solito se muera de asco.
Nota para mí mismo: terminar de ver la serie de Dexter. Seguro que tiene ideas más despiadadas y acojonantes que yo.

Al llegar a la última parada, tras habernos chupado semáforos en rojo, obras, atascos y toda una procesión de gente con problemas para moverse, escucho un aviso por radio.

- A ver si vamos tardando menos en llegar al destino- le dice la voz, con el típico tono de "Me tienes ya hasta los cojones, macho"
- De acuerdo- responde él. Su tono de tío duro, esa soberbia de "Yo soy auténtico" que destilaba ante las criaturas dotadas de potorro ha desaparecido por completo. Ahora sólo quedan orejas gachas y la actitud de "Valiente tarde de mierda".
En eso último, fíjate tú, estoy de acuerdo con él.

Así que así termina la historia: conmigo bajándome del autobús, casi veinte minutos tarde (había salido casi una hora antes de casa) y con una patente sensación de cansancio incluso antes de empezar a currar. Y encima tengo que dar gracias a que no ha sucedido como otras veces: nadie ha venido apestando a sobaco (con el agravante de maceramiento durante al menos una semana), nadie se ha tirado pedos prácticamente en mi cara y ninguna criaja ha vomitado media botella de anís, como ya presenciase en la Noche en Blanco el verano anterior.
Pero esas son otras historias vividas en la EMT.

sábado, 11 de agosto de 2012

Spanish Bizarro- Una historia de mierda



Decía Paulo Coelho que cuando deseas algo, el Universo entero conspira para que lo consigas.

Lo siento, Paulo, pero no estoy para nada de acuerdo; para mí, desees algo o no, el Universo entero y parte del extranjero conspiran para joderte. La prueba de ello tuvo lugar en mis propias carnes hará cosa de unas semanas.

Pese a lo antisocial que le pueda parecer a más de uno, lo cierto es que no hay nada que me guste más que echar un buen rato con algún amigo. Nada especial, tan sólo irte a un bar (de ambientación irlandesa, algo que me encanta), tomarte algo y ponerse mutuamente de ese sinfín de aventuras y (especialmente) desventuras en las que se han convertido nuestras vidas. Que si esta semana cobraré la mitad, que si este finde ando más liado que la pata de un romano, etcétera.

Como la cosa no está para derrochar, pues oye, se conforma uno con tomarse un refresco, un bocata y hala, a casa más felices que una perdiz: total, una vez más nos hemos descojonado de la risa, hemos planeado dominar el mundo y le hemos hecho la radiografía a alguna criatura de buen ver (a la que igual contratamos como concubina para nuestro harén personal el día que dominemos el planeta) que se nos ha cruzado por el ángulo visual. Lo que hace la gente normal cuando sale a tomarse algo.

Lo bueno de mi ciudad es que no es una ciudad gigantesca; si tienes la suerte de vivir en un sitio medianamente bien situado, puedes ir andando a la mayor parte de zonas en las que hay algo de vida. Un paseíto de media hora y estás en una zona de tapas. Si te mueves en la dirección contraria, llegas al centro. Aquella noche mi camarada de armas y yo habíamos decidido asaltar el primero de los destinos. Como buenos adolescentes mentales en la treintena, decidimos que lo del coche está bien, pero echarse un paseo, arreglar el mundo, mirar las obras del metro y dar de comer a las palomas es un plan que, conforme nos vamos acercando a la edad de la jubilación, se nos antoja cada vez más apetecible.
Llamadlo evolución, si queréis.

El caso es que decidimos regresar temprano a casa. Yo tenía examen al día siguiente y mi amigo tenía previstos ciertos menesteres por la mañana, que no mencionaré aquí. Otro paseo tranquilo a eso de las doce de la noche y vuelta al redil.
Tras unos quince minutos, salimos de la zona residencial donde estaba el bar irlandés y llegamos a la avenida principal. Diez minutos más hablando de cosas tan bizarras como que el cantante de los Spin Doctors forma parte de una cofradía de la Semana Santa de mi ciudad (resulta increíble, sí, pero es cierto) y llegamos a su casa. Ahí es donde nos separamos y yo pongo el camino hacia mi hogar.



Algo en este plan, pero más de noche.
Y sin caballo.


De su casa a la mía no habrá ni dos kilómetros. A pie vienen a ser unos quince minutos en línea recta, lo que hace suponer que una travesía así, además en una avenida principal, donde siempre hay trasiego de coches aun a las tantas (es lo que tiene vivir cerca de un hospital y una clínica, y tener de paso una autovía de entrada a la ciudad a pocos metros), debe ser tranquila.
Y bueno, por lo general es así.
Pero no olvidemos lo que he dicho de la cita de Paulo Coelho.

No llevaba yo ni cinco minutos caminando solo, cuando llegué a un tramo de la avenida que está prácticamente dominado por pequeños chalets adosados y casas-matas. Por allí estaba yo caminando alegremente cuando algo me arranca de mis pensamientos sobre la modelo polaca Iga Wyrwal: una señora estaba regando a la una y poco de la mañana, lo que al parecer la hizo suponer que no debía pasar nadie por la acera que había tras sus plantas.
Pues bien, ese "nadie" era yo: la muy cabrona me dio un buen repaso con el modo aspersor de su manguera. No me llegó a poner chorreando, pero sí me mojó lo suficiente como para usar la mirada "Señora, que me ha dado".
La señora debía ser familia de Clint Eastwood, porque me miró en plan "Te jodes" y siguió a lo suyo. Como hacía calor y tampoco es que me hubiese tirado un cubo por encima, me limité a seguir andando y esperar a que el agua se secase.

"Sé lo que estás pensando. Te preguntas si te he dado un chorro accidental con la poca agua que puede echar este dispensor, o me estoy reservando para ponerte como una puta sopa... pero teniendo en cuenta que tengo la mejor manguera para regar del mercado, yo tú me lo pensaría."


Unos veinte pasos más adelante, el tema del agua se convirtió en la menor de mis preocupaciones.
Y es que la fisiología humana hace cosas alucinantes, a veces.
O bien fue cosa de alguna extraña alineación de cuerpos astrales, creo que la explicación varía mucho de la creencia que tenga cada uno.
El caso es que me entraron ganas de cagar.
Y ojo, no estamos hablando de que empiecen a entrarte ganas, no.
Hablo de un apretón en toda regla, de los de "Estaba tan bien hace un segundo y ahora estoy a punto de reventar".
De cero a cien en un tiempo récord.

"No pasa nada", me digo.
No es la primera vez que, volviendo a casa, me han entrado ganas de usar un baño; justo frente por frente al hospital hay una cafetería, que he usado como "parada de postas" algunas veces, precisamente para solventar ese propósito. Solo había que seguir avanzando un par de minutos y estaría a la vista.

"¡Podemos!"


El tiempo es relativo, ya lo decía Einstein. Según él, el tiempo no transcurre igual si estás en una clase de álgebra solo o si estás con una chavala guapa a tu lado. Yo puedo dar fe de ello, no es lo mismo caminar durante dos minutos tranquilamente a hacerlo mientras tu esfinter te está dando avisos de alarma.
Con los puños apretados, llego a la cafetería.
Si no hubiese estado tan ocupado en aquellos momentos, mi culo se habría torcido al descubrir que, para variar, el local estaba cerrado a cal y canto. Y mi casa todavía andaba a unos doscientos y pico de metros.

"Que no cunda el pánico", me digo a mí mismo, ignorando que de tanto apretar los puños me estoy clavando las uñas en la palma de las manos. "Siempre me queda el chino de un poco más abajo". Porque total, de todos es sabido que es virtualmente imposible que te encuentres un restaurante chino cerrado. Además, los dueños llevan cerca de quince años conviviendo con la gente del barrio. Son ya como de la familia, así que la posibilidad de que me nieguen la entrada al cagadero es virtualmente inexistente.
Vamos allá.

Cruzo el semáforo y paso por delante del hospital. Se me antoja la idea de que podría probar a meterme por Urgencias y buscar un baño, pero ya he estado allí dentro en alguna ocasión y aquello es un laberinto. Además, la idea de dar explicaciones a la enfermera en prácticas de turno acerca de mis urgencias intestinales no me parece la mejor forma de iniciar mi primera conversación con alguien.
Cuando voy girando por la rotonda del hospital, en dirección al restaurante, veo uno de los dos kioscos situados en esa especie de plaza. La parte más incivilizada de mi mente toma nota de lo oscura que está la zona de césped ajardinado justo detrás de uno de los kioscos y de lo fácil que sería descargar ahí. Más cuando uno ya empieza a notar cómo el orificio está dilatando y que, por mucho que aprietes, la evacuación es inminente.



"Desabróchense los cinturones, que vamos".


Tan sólo unos quince metros.
Diez.
Cinco.

El Universo entero conspira para joderte.
De todos los putos restaurantes chinos de la ciudad, me tenía que tocar encontrarme uno que cierra un minuto y medio o dos antes de que llegue yo: la prueba, ver cómo los chinos del barrio conversan alegremente en su idioma, unos metros acera abajo.
Noto el peso de la criatura pugnando por salir.
Los músculos prácticamente se han rendido.
Considerando lo mucho que he criticado esa práctica de defecar en plena calle, mi coherencia y mi sentido del honor me impiden contemplar como posibilidad lo de bajarme los pantalones y descargar entre dos coches. El hecho de que estoy en mitad de una avenida y que cualquiera que pase conduciendo por ella me pueda ver despatarrado dándolo todo sirve como complemento argumental.
Solo puedo hacer una cosa: correr los casi cien metros que me separan de mi casa.

Echando hostias, subo la primera cuesta y doblo la esquina que me lleva hacia la calle donde vivo. Ante mí se abre un bonito descampado, el cual podría haber sido otro sitio para descargar, pero me mantengo en mis trece. Además, teniendo en cuenta la suerte que estoy teniendo, solo faltaría que me pusiese a cagar justo al lado del coche en que una parejita estuviese dándose mutuamente amor del bueno.

"Oye, Paco, no mires hacia tu izquierda muy descaradamente... pero me pareció haber visto un espantajo cagando"
"¡COÑO!"
"Oye, Paco..."
"¿Sí, Trini?"
"¿Tú qué parte de 'no muy descaradamente' no has pillao?"


Corro en línea recta, recordando histéricamente los sprints de mis años de instituto, cuando hacía el Test de Cooper y demás putadas sádicas a la que nos sometían en educación física. Recuerdo incluso mis años de entrenamiento en un equipo de atletismo y descubro que, pese a hacer tiempo que no me dedico a eso de las carreras urbanas, estoy en una forma cojonuda. Igual eso de atrapar autobuses casi a diario es lo que mantiene la maquinaria engrasada.
No.
No hablemos de grasa ni de máquinas. No es el momento.

Algunas semanas más tarde, vería la victoria y el récord mundial de Usain Bolt en las Olimpiadas y no pude evitar preguntarme si él estaría pasando por algo semejante...


Llego al portal y subo las escaleras. Quizás es una de las ventajas de no tener ascensor, no tienes que estar pegando saltos como un imbécil mientras esperas a que baje. Sólo hay que subir.
Una planta, dos.
Doy zancadas que ríete tú de las botas de siete leguas. A dos rellanos de mi casa, casi me he quitado ya los pantalones. Hasta la mañana siguiente, no me preguntaría qué habría pasado si me hubiese cruzado con alguien que saliese de su casa justo en ese momento.

Abro la puerta, con los músculos palpitando y chorreando de (Dios, espero que sea) sudor. Me lanzo hacia el baño; por lo visto he cerrado con un espléndido portazo. Mis oídos no se han enterado, andan más ocupados en escuchar los latidos de mi corazón, que anda desbocado.
No me siento sobre la taza del váter: aterrizo sobre ella, agradeciendo al puto Murphy que, para variar, no hubiese nadie sentado en el trono en mitad de una emergencia. De haberlo habido, el concepto "Me cago en mi puta madre" habría tomado un sentido bastante diferente al que usamos en general.
Más literal, si os digo.

Aquello no se puede llamar cagar. Es más bien reventar por abajo, como si te hubieses tragado medio kilo de caramelos Mentos y luego te hubieses zampado dos litros de Pepsi.
No voy a describir el aspecto de aquella criatura.
Sólo pensad en los Shoggoth que describía H.P. Lovecraft y os haréis una idea de lo que digo.

"Era algo horrendo e indescriptible, mayor que un vagón de metro; una congestión informe de burbujas protoplasmáticas, vagamente luminiscentes, y con millares de ojos temporales formándose y deshaciéndose como pústulas de luz verdosa..." (H.P. Lovecraft, "Las Montañas de la Locura).
Olvidaos del detalle de los ojos y lo tenéis.

Después del consiguiente estropicio, hago lo que haría cualquiera: limpiarme muy muy bien, echar los calzoncillos a lavar y tirar de la cadena. Lo normal.
Lo normal, si esa noche el Universo no se hubiera propuesto joderme.

La Criatura parece haberme cogido cariño, ya que tirar de la cadena no basta. Esa monstruosidad parece tener masa suficiente para mearse de la risa ante un simple tirón, así que hay que pasar a acciones más efectivas.
Y que conste que no soy una persona que se impresione fácilmente. En estas vicisitudes, puede decirse que soy un jodido superviviente, capaz de limpiarse el culo con el flyer de un bareto o con el cartón del papel higiénico cuando, tras haber bombardeado Oceanía en algún establecimiento público, no ha encontrado papel higiénico... pero esto, creedme, sobrepasó todas las expectativas.
El puto villano había surgido de mí mismo.

Justo en ese momento de épico enfrentamiento contra mi Monstruo Interior/Exterior, mi viejo me pregunta qué ha pasado: lo normal, si tú estás en la cama y escuchas que tu hijo entra como una puta exhalación en casa, dando un portazo dando cacharrazos salvajemente por todo el cuarto de baño.
El momento más surrealista surge cuando le respondo, y me miro a mí mismo: estoy desnudo de cintura para abajo, rellenando cubos de agua para echar por el váter mientras una masa informe de deshechos corporales perfuma la habitación con sus efluvios.

Aquello acojonaba, tíos.
ACOJONABA.


Tres cubos y un par de toques de escobilla y aquel monstruo surgido del interior de... bueno, surgido del interior de mis tripas acabó siendo engullido por las cañerías. Después de tan reñida batalla, decidí que había llegado el momento de retirarse.
Me lo había merecido.
El puto reposo del guerrero.
Cuando por fin pude llegar a la cama y acostarme, llegué a una conclusión filosófica que cambió mi forma de pensar: a veces no necesitamos un enemigo en nuestras vidas. No hay necesidad alguna de una Némesis que desee nuestro mal; en ocasiones, nuestro propio enemigo surge de nuestro interior... y cuando el enemigo es lo bastante poderoso, sabe cómo atacar cuando menos te lo esperas.
Atesorad esta enseñanza, amigos Distópicos.

Recordad esta Historia de Mierda.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Spanish Bizarro- Expedición a la oficina de Registro de la Propiedad Intelectual



Cosas de las prisas. Resulta que un buen día, a uno se le ocurre enviar a una editorial el manuscrito de la novela más descabellada que ha escrito hasta la fecha (no daré más detalles al respecto de esta, por el momento) pensando que le van a mandar a hacer puñetas. Por si no resultase sorprendente el resultado contrario, resulta que además me piden que les envíe el material CUANTO ANTES.

Existe una máxima entre escritores, escritorzuelos y cagamandurrias de aquí al Lejano Oriente, consistente en no enviar JAMÁS un manuscrito no registrado. Tampoco es que vayamos de paranoicos por la vida, pero nunca se sabe hasta que rincones ocultos y siniestros del Multiverso pueden acabar llegando nuestras obras; y también es evidente que en nuestra sociedad prima la gañanería y el traperío. Por tanto, nunca está de más registrar SIEMPRE tu obra cada vez que vayas, ya no a enviarla a una editorial, sino a sacarla de casa. Di tú que te dejas el manuscrito en el bus y algún hijoputa se adueña de él. Pues para eso están estas cosas.

Para aquellos que no conozcáis de qué va el asunto, el procedimiento de registro en la Oficina de la Propiedad Intelectual es bastante sencillo. Relato aquí los pasos, en forma resumida, para que los Distópicos que acabéis de sintonizar este blog o que acabéis de poner los pinreles en este mundo sepáis como se hace:

Paso 1: Necesitas una Oficina. Sin una, el proceso de registro no tiene la misma gracia. Están los Creative Commons, pero qué queréis que os diga; llamadme rancio o arcaico, pero donde estén los procesos administrativos del Estado/Comunidad Autónoma/cualquier organismo (in)competente, que se quiten las tonterías...

Paso 2: Una vez tenemos localizada la Oficina, tenemos que pasarnos por allí en persona (o autorizando a algún esbirro en su defecto) con nuestra copia impresa, encuadernada, paginada y firmada tanto en su primera como su última página.

Paso 3: Fotocopia del DNI (en la misma Oficina, si tienen el día enrollado o si han visto tu mejor foto de perfil en Facebook te la pueden hacer)

Paso 4: Se rellena un impreso

Paso 5: Se paga una tasa (¡Fundamental!) que asciende a poco más de 12 pavos.

Listo, ya tiene usted su obra registrada.


Fuck yeah!


Pues nada, allí que estaba yo esta mañana: para evitar cualquier posible historia o accidente, el plan era salir de casa antes de las nueve para pillar la Oficina de registro recién abierta. Como ya había tenido previamente algún problemilla con el tipo de la papelería de mi barrio (no os confundáis, es un tipo fenomenal, pero su ordenador siempre anda con algún virus que se acaba contagiando a mi USB portátil), decidí imprimir y encuadernar las trescientas y pico páginas en el centro, a escasos cien metros de la Oficina.

Llegas a la copistería, situada en plena Alameda Principal, en un edificio señorial de estos, tela de bonito. Hay hasta un patio de entrada que conecta con una tienda de pastelitos vintage de esos que están tan de moda y que tienen pinta de ser un clavo de cojones (cupcakes, que los llaman). Una vez en el interior del establecimiento (la copistería, no tenía ganas de que me sablearan la cartera a esas horas), descubres que no hay NADIE tras el mostrador.
Yuju, bizarrismo a las nueve de la mañana, piensas.

Echas un vistazo a tu alrededor y descubres que el fulano encargado del garito no está tras el mostrador, pero anda por ahí. Una tienda en la que, generalmente, hay casi media docena de personas currando (no bromeo, he estado allí cada vez que he ido a registrar un manuscrito), se encuentra con un sólo señor, con más cara de estar capeando la adversidad que Gary Cooper en Solo ante el peligro.
El tipo en cuestión se encontraba explicando a una señora de mediana edad, cara de despistada y acento de la Europa del Este, cómo se manejaba un cacharro que tenían ahí para visualizar e imprimir fotos. La señora, que bien podría haber sido extraída directamente del s.XIX, o bien tener una mentalidad tan afín a las máquinas como la mía, se las estaba viendo y deseando para entender el trasto. En ocasiones como esa, lamento que la cámara de mi móvil no sea del todo buena, porque verla enfrentándose al terrible ratón del aparato estaba alcanzando tintes épicos.

Cosa de casi diez minutos después, me atiende Gary. Me pregunta que qué deseo, le enseño el USB y le digo que es para imprimir. El tío coge la memoria portátil y la coloca en uno de los chorrocientos ordenadores que tienen (mientras me aburría esperando, llegué a contar unos seis monitores, sólo en el mostrador en el que estaba yo). El tío se plantifica delante de uno de los equipos, y se pone a cerrar ventanas de error que había en el escritorio.
Me digo que no tiene por qué ser nada malo, pese al hecho de que algunos de los mensajes dicen que no se encuentra una .dll.

Que no cunda el pánico.


Más de un minuto después, compruebo que el colega está teniendo unos problemones de órdago para elegir la impresora que va a utilizar. Lo único que ha podido conseguir, de momento, es saber el número de páginas que ocupa mi manuscrito.

-Trescientas sesenta y siete-dice; pronuncia el número como una letanía. Yo me pregunto qué pasaría si hubiesen sido seiscientas sesenta y seis.

Una vez pronunciado El Número, se levanta y me dice que tiene que "Hablar con Personal" para preguntar por el precio. Coge el teléfono y llama a una Entidad Desconocida que debe hallarse, bien fuera del edificio, bien en otra planta, bien en algún Plano Paralelo.
Y esto para preguntar por el precio de una puta copia.
Personal (a quien me imagino como una especie de criatura como un Cenobita de Hellraiser o algo así) informa del precio y el tío me lo comunica. A mí me parece todo lo bien que me puede parecer gastarme la mitad de la paga de una tarde de curro en darle al botón de una impresora.

Después de mi conformidad, el tío se pone manos a la obra.
O lo intenta.
Parece ser que no termina de aclararse con el ordenador y empieza a darle vueltas al programa. Hay que joderse, yo pensando que sólo había que darle al botón donde pone Imprimir y resulta que hay que hacer más cosas. Lo mismo Personal le está vigilando y amenaza desde El Otro Lado con despellejarlo a ganchazos limpios si no cumple el Protocolo.

- Voy a cambiar de ordenador- me dice. La segunda técnica más empleada del mundo cuando un ordenador se te pone chulo, después de reiniciar. Imagino que como tenían montones de equipos conectados, no querría perder tiempo arrancando aquel en el que estaba.

Estaba de espaldas a mí, pero imagino que su cara, si no era como esta, debía ser algo parecido.
También podía estar fingiendo para mantener una sensación de orden ante el caos informático más absoluto.


Entretanto, la señora del Este sigue peleándose con el aparato de las fotos.
El resto de pantallas también tienen sus curiosas ventanitas que informan de la carencia de algún archivo de biblioteca virtual. Valientemente, el copistero las cierra, ignorándolas como si fueran mosquitos.
Han pasado casi quince minutos desde que plantifiqué el pie en la tienda y todavía no le ha dado al puñetero botón de Imprimir.
Por fin, después de un par de murmuraciones que bien podrían ser invocaciones a Cthulhu por lo bajinis, parece ser que el equipo se pone en marcha. Me voy para el mostrador donde se encuentra la impresora que está utilizando y empleo los casi diez minutos en ver cómo los folios impresos van saliendo de la máquina a un ritmo que me suena a tema de los Nine Inch Nails, o bien de los Tool. Algún grupo de esos.

La mujer del Este ahora mismo se encuentra levantando el ratón en el aire y usando su mano como alfombrilla; al parecer, no confía en la solidez y la horizontalidad del mostrador. El copistero se acerca a ella, ganándose mi admiración. Ha estado peleando con valentía en varios frentes a la vez: mientras estaba intentando entender cómo funcionaba la lista de impresoras a elegir, se ha levantado al menos dos veces para atender a la señora, que parece estar a punto de descubrir el Misterio de la Santísima Trinidad en los botones de la pantalla táctil del cacharro.

- Ochenta fotos van, por el momento- le dice el tipo. La señora sonríe y yo tengo mis dudas de que se haya enterado bien de lo que le ha dicho.
Cachúm-Cata-Chum, hace la impresora a mi lado.

Alrededor de diez minutos después, el copistero se materializa ante mis narices y me dice una frase, que no sé si espera mi opinión o mi aprobación:

- Esto debería haber terminado ya, ¿no?
- Supongo- respondo. La verdad es que no estoy al corriente de la velocidad de esos trastos. De hecho, ni siquiera estoy al corriente de la velocidad la impresora de mi casa.
- ¿No habrá hecho dos copias?

Y yo mirándole con esta cara.


Llegados a este punto empiezo a plantearme buscar la grapadora que tenga más a mano. Como pretenda cobrarme el doble por una impresión que ya sale por una pasta, se la carga.
Los Hados me escuchan (o igual sienten compasión por el copistero) y unos segundos después, la impresora cesa su cacharreo. Echo un vistazo al manuscrito mientras el hombre intenta resolver el desaguisado con la mujer, que creo que ha conseguido contactar con su familia desde el visualizador de fotos. Me descojono con las más de trescientas páginas que he vomitado a lo largo de los últimos cuatro meses. Cuando el tío vuelve, le pido que me encuaderne el mamotreto. Hago una fotocopia de mi DNI, pago y me largo, pensando qué clase de copistería cuenta con gente que tiene menos idea de ordenadores que yo (lo cual es muchísimo decir).
Sigo preguntándome por el aspecto de Personal.

Avanzo unos metros y me meto en la Oficina de Registro de la Propiedad Intelectual.
Para los que no conozcáis la de mi ciudad, os diré que se encuentra en un callejón en pleno centro. Hasta aquí, nada especial; lo más inusual es el hecho de que se encuentra en una tercera planta y que, en la planta baja del edificio hay una fonda.
En la puerta pone "Pensión".
Para mí es una fonda.

Por fuera el edificio no resulta ni la mitad de siniestro de lo que es por dentro.
Creedme.


Entras en el vestíbulo, agradeciendo que hayan quitado de una vez los andamios que hacían que el cartel de la Junta de Andalucía fuese invisible. Pese a ello, todavía ves algunos escombros y manchas de pintura en el portal. Al fondo, la fonda. La distingues por la puerta de madera, cortada por la mitad, de modo que aunque esté cerrada, ves el interior.
Al más puro estilo años cincuenta.
Conforme te acercas, puedes ver que la fonda es una casa antigua, del tipo que puedes ver en algunas pelis de Almodóvar: con muebles antiguos, fotos antiguas y una señora antigua que ejerce como bonito elemento decorativo. De todas las veces que he ido, he podido ver que la señora jamás se mueve de su puesto en un sofá orejudo; es más, no se mueve, a secas. Hoy, sin embargo, me ha parecido advertir que la buena mujer ha levantado un poco la cabeza cuando he entrado.
También puede haberse debido a un efecto de la luz.
Es posible incluso que se haya movido un poco a causa de alguna ventosidad o estertor.

No me he fiado nunca de los ascensores. Menos de aquellos que parecen un portón metálico que sobresale de entre una pared llena de desconchones, y de la que brotan algunos tubos-tráquea de aspecto cochambroso. Si hay que palmar, por favor, que sea en campo abierto, armado y con tus enemigos a la vista, si es posible.
Las escaleras, pues.
¿Cómo definir las escaleras del edificio de la Oficina? Sencillo: la construcción es bastante señorial, y puedes ver hermosas vidrieras de colores en los rellanos. Los suelos son de mármol. Y los pasamanos, de madera.
Hasta aquí, la parte bonita.
Si a esto añadimos el hecho de que los desconchones abundan más que las ladillas en un burdel, que los pasamanos están gastados, que las vidrieras están rotas y que a través de ellas ves un patio a pique de derribarse, o que las puertas que te encuentras a tu paso están ajadas, astilladas y probablemente conduzcan a algún submundo lleno de oscuridad y tinieblas, tienes el decorado perfecto para una peli de terror. Y de las que acojonan.
Almodovar se encuentra con Balagueró.


Siniestro, pero siniestro de verdad.

La puerta del penúltimo piso es el final del viaje; más arriba, el decorado se vuelve aún más siniestro: desde el rellano, puedes ver una puerta hecha pedazos salpicada de pintura. Podrías subir a echar un vistazo, pero no quieres hacerlo. No sabes por qué, simplemente tu instinto te dice que mejor te ciñas a lo que has venido a hacer.
El interior de la oficina es el de un antiguo apartamento del edificio. En el rellano de entrada hay algunas mesas, en las que se encuentran los impresos que tienes que rellenar. Aparentemente, algo medianamente normal, a menos que mires hacia la mesa que hay al fondo del vestíbulo: justo por encima de ésta, en la pared, se encuentra un cajetín en el que se supone que está el cuadro eléctrico. Alguien, en un arranque de siniestra devoción, lo ha adornado colocando estampas de santos. Encima de éste, además, hay una planta, semejante a una enredadera, junto a una pequeña botella.
La etiqueta reza que se trata de alguna especie de aceite. No me fijo de qué clase, pero parece que se trata de algún tipo de linimento natural aromático. No resulta nada tranquilizador, al lado de las postales con la jeta de San Antonio y sus colegas.
¿Habéis visto REC?
Sólo deciros que, si en un momento dado, me sale la Niña Medeiros de alguna habitación, me lo creo.

"Hola buenas, vengo a registrar mi manuscrito yo también"
Y, aunque no os lo creáis, las escaleras se parecen bastante.


Una vez allí, me instalo en una de las sillas. Con las prisas por imprimir y registrar a toda velocidad, me he olvidado del minúsculo detalle de que las páginas tienen que ir numeradas. Por tanto, ya os podéis imaginar la tarea que me toca.
Exacto.
Tengo que coger un boli y ponerme a escribir el numerito, a mano, de las trescientas sesenta y siete páginas del manuscrito.

Una vez realizada la operación, relleno el impreso. Firmo por duplicado.
Me presento en el interior de la oficina, donde la funcionaria me atiende, seria pero amable.
Me pregunta si he registrado alguna vez antes.

- Claro- respondo.

He estado allí al menos media docena de veces, registrando cuatro novelas; una de ellas, dos veces. También, un pequeño cómic que presenté a un concurso hace eones. Sí, más o menos me suena cómo va el proceso.
La funcionaria me pregunta si he cambiado de teléfono. Respondo que no; no, al menos, después de empezar a registrar mis obras. Ante eso ella me pregunta si mi número termina en una cifra concreta. Le digo que no; al parecer ha habido un error.
He estado allí media docena de veces y nadie lo había notado.


Un Fantasma en la Máquina.
O bien, otra prueba de que la tecnología me odia.


En cuanto la mujer introduce los datos en el ordenador, me pasa las tasas que tengo que pagar en el banco. Amablemente, me despido y bajo hacia la calle principal del centro. Me meto en la sucursal y, para mi sorpresa, descubro que está prácticamente vacía. La primera vez que sucede esto en todas las veces que he ido a pagar la tasa de registro: hasta entonces, había montones de señores en traje haciendo gestiones de vete a saber qué tipo y un sinfín de jubilados que se pasan por allí para echar las horas muertas y ver que, efectivamente, la crisis no se ha llevado su dinero hacia algún paraíso fiscal.
En menos de dos minutos, estoy pagando la tasa. La otra mitad de mi sueldo de ayer se termina de ir por el retrete. Acabo de gastar exactamente la misma cantidad de dinero que gané ayer, y me digo a mí mismo que es conveniente. Una medida de seguridad. No tiene por qué pasar nada, pero mejor ir sobre seguro.

Vuelvo a la oficina, y presento el resguardo con el sello del banco que demuestra que, efectivamente, he pagado. La funcionaria termina de introducir los datos y saca de la impresora los resguardos definitivos, que indican que la novela ha sido registrada.
Dicen que la peor burocracia de Europa se encuentra en Francia; por lo visto, allí los trámites administrativos son infumables.
Yo firmo el impreso por sixtuplicado.

Salgo de la oficina, rumbo a la parada de autobús que me lleve a casa. Son casi las once y todavía me queda prepararme para un examen que tengo mañana. Paso por delante de la copistería y me sigo preguntando si la señora del Este seguirá ahí, peleándose con el visualizador de fotos.

lunes, 7 de mayo de 2012

Spanish Bizarro- El Pueblo que Merecía Morir, o Regreso al Pasado



Esta historia, tan verídica como la anterior en esta sección, tuvo lugar hará por 2002 o tal vez 2003. Corrían tiempos diferentes, en un mundo algo menos encabronado por la crisis financiera mundial y esas mierdas que parecen haber convertido nuestras vidas en una miseria.
Por aquel entonces, yo todavía no había ingresado en las filas de aquella banda de rock (¿rock?) en la que estuve tocando durante casi cuatro años; sin embargo, mi contacto con el mundo de la música ya venía siendo constante desde hacía bastante tiempo. Prueba de ello era el detalle de que, desde los veinte hasta los veinticuatro formé parte del staff del grupo de mi viejo. Fueron años bastante alegres, cargados de anécdotas y experiencias como para detener un carro.
Una de ellas es la que paso a relatar por aquí.

Antes de que cualquier persona nacida en un entorno no urbano se me cabree y empiece a hablarme de las interminables ventajas de la vida rural por encima de la vida en la ciudad, quiero que quede muy claro que este post no es en caso alguno un ataque a la gente de provincias, sino una descripción acerca del modus vivendi en una localidad en concreto, donde reinaba el bizarrismo y la falta de la hospitalidad que sí recibimos en otros pueblos. En resumidas cuentas, esta historia lo que cuenta es las vivencias en un pueblo en el que, casualmente, había mucho cretino junto.

Vamos allá:
Si el mundo de las letras os parece duro, queridos Distópicos entregados en cuerpo y alma a eso de la escritura, probad con eso de sacar adelante vuestro propio grupo musical: pensad en la pasta que os cuesta el equipo, más el alquiler de un local de ensayo. Imaginad la de horas de discusiones con otros miembros del grupo por eso de venir a ensayar o por miles de asuntos más. Intentad haceros una idea de lo que es mover lo que hacéis en un mundo jodidamente competitivo, donde la empresa discográfica, en cuanto a eso de ignorar al prójimo, hace que el mundo editorial parezca una niñita con trenzas. Pensad, aquellos amigos escritores, que si las relaciones humanas no son vuestro fuerte, siempre podéis no presentar públicamente vuestro libro, o bien podéis pasar el trago de vez en cuando; con un grupo lo suyo es que, una vez tengáis un repertorio medio decente, estéis dando bolos en bares, baretos, tugurios, antros de mala muerte, tascas, barbacoas, alguna que otra boda o incluso verbenas de pueblo.

Centrémonos en esto último.
Cuando curras para la Diputación, como el caso que estoy mencionando aquí, los señores encargados de la parte de festejos y demás aseguran haber oído tu maqueta y, en base al estilo que tocas (desde polka hasta death metal) aseguran mover tus eventos en sitios donde la acogida sea, como mínimo, aceptada. Dicho de otro modo, tienen sus informes de población y demás y no colocan a un DJ de música house en una localidad cuya edad media ronda los cincuenta años.
Eso, la teoría.
En la práctica os digo lo que pienso.
Una mierda.

En una de estas llamadas Rondas de Conciertos, nos tocó desplazarnos a una localidad situada en plena serranía de Ronda. No mencionaré explícitamente su nombre, pero me limitaré a decir que cierto beato nació allí.
Pues nada, allá que fuimos.
Cargamos los bártulos (batería, amplificadores, instrumentos y bocatas) en la furgoneta y nos pusimos a tomar la carretera. Olvidaos de esa imagen pintoresca y romántica en plan road movie del músico en la carretera. En realidad es un puto coñazo; especialmente cuando la carretera tiene más curvas que la anatomía de Power Girl y eso de la vía asfaltada con dos carriles parece convertirse en una puta utopía.

Otra excusa para poner un dibujo de Power Girl.
Debilidades que tiene uno.


Según el mapa, el pueblo debía encontrarse a unos 130 kilómetros de mi ciudad natal. Eso, traducido en carreteras tipo "Camino de cabras de la tercera edad", se traducía en interminables horas de meneos por la montaña. Meneos y más baches que la economía nacional. Eso sí, en contacto con la naturaleza, oiga. Tan en contacto que no veías NADA alrededor que no fueran piedras, árboles, matojos y las montañas alrededor. Que sí, que muy bonito, pero cuando llevabas hora y pico en ese plan estabas ya hasta los cojones de todo.

Y nada, por fin llegamos al lugar.
Lo llamo lugar por llamarlo de alguna manera.
Imaginad una colina. No un monte ni una montaña. Una puta colina.
Ahora imaginad que en la ladera de esa colina a alguien se le ocurre levantar allí cuatro casitas.
Una vez situadas esas cuatro casitas, alguien con mucho aprecio por los lugareños decide llamarla "pueblo". No aldea, ni pedanía, ni agujero perdido de la mano de Dios. Pueblo.
Con dos cojones, y de los gordos.

Así de grandes, por lo menos.


El "pueblo" como tal consistía en UNA calle que bajaba en pendiente (pronunciada de cojones, eso sí) hasta lo que debía ser la plaza central. Si la calle era tan estrecha que hubo que doblar los retrovisores de la furgoneta para poder entrar (y os juro que no exagero, por un momento nos vimos teniendo que bajar los bártulos a pie desde la entrada), la plaza no es que fuera un ejemplo de ostentación en lo que a planificación urbanística se refiere. Para que os hagáis una idea, podía tener el tamaño de un McDonald's de estos de carretera por dentro. De la zona para críos o los aledaños por donde pasa el McAuto, iros olvidando.

Llegamos, vemos el plan y lo primero que pensamos es: "¿De verdad la Diputación ha considerado que la música del grupo encaja con este pueblo?" Un vistazo rápido al personal, sin necesidad de forjarse demasiados prejuicios (cualquiera que tuviésemos se vio confirmado o desmentido a toda velocidad), despejó cualquier duda: unos viejos conocidos de la orquesta comarcal estaban dándole al pasodoble cosa mala mientras los viandantes estaban dándolo todo a ritmo de Paquito Chocolatero, subidos en una especie de construcción hecha de obra que formaba parte de la misma plaza. Por encima de nuestras cabezas, farolillos y banderitas. A nuestra izquierda, la barra.

Es preciso que describa un poco más del lugar, ya que tuvimos ocasión de verlo por fuera cuando nos enseñaron nuestras "dependencias" para pasar la noche allí (esas dependencias eran un cobertizo que se usaba para guardar leña y algunas herramientas y, a juzgar por el plan que nos encontramos nada más llegar, el que usaban algunos miembros selectos del pueblo como picadero). Desde allí, había una visión clara de nuestro objetivo musical.
De hecho, la "visión clara" la podíamos tener incluso a menos distancia.
Según mis cálculos, aquello debía tener unos 200 habitantes (en la Wikipedia descubro que son 278; lo que me sorprende es que aparezca en Internet): apenas cuarenta casas (encaladas al más puro estilo rústico, pero no en plan bonito como Frigiliana. Cuando digo "rústico", digo "RÚSTICO". A lo bestia), una iglesia, algo que parecía ser un colegio, la plaza... y ya está. ¿Habéis visto Bienvenido, Mr. Marshall? Pues como eso, pero décadas después y sin ningún aditivo artificial.
No es que uno sea tan subnormal como para esperarse un Telepizza en cualquier rincón del mundo, pero creo que entre ser un urbanita y adorar un agujero excavado en la ladera de una colina hay un término medio.
Un término medio del tamaño del puto Empire State, si os digo.

Os juro que entre estoy y lo que viví las diferencias eran escasas.
Jodidamente escasas.


Volvamos a ese momento en que pisamos la plaza del pueblo. Nada más bajar de la furgoneta, el cantante del grupo pega un salto sobre el adoquinado local (literalmente, adoquinado. Estos tíos parece que el asfalto, el hormigón y el cemento todavía no habían pillado lo que era). Justo en ese momento, es interceptado por un ser (me niego a llamarlo humano) que se llamaba a sí mismo Lloni. Este criaturo se fue para nuestro colega y lo primero que le soltó fue algo así como "Ehiótoi'nkargaod'ejto", lo que traducido a una lengua humana se podría entender como "Perdonad, amigos, me han dejado al cargo de esto, ¿puedo ayudaros en algo?"
Teniendo en cuenta que, probablemente ese argumento era mentira (o bien que la autoridad competente era tan suicida como para dejar a cargo de algo a un tío cuyo cociente intelectual debía ser el mismo que el de una lata de anchoas), el cantante del grupo hizo lo que cualquier persona medianamente normal hace cuando se encuentra un ser de estas características por la calle: pasó de él y se fue directo a los de la orquesta, que acababan de hacer un descanso.

Al rato apareció un fulano, que debía ser el encargado de cultura de la zona. Eso o "Maestro de Festejos"; creo que el Renacimiento Europeo, de haber pasado por allí, lo había hecho de puntillas. Este tipo, que guardaba un siniestro parecido con Ron Perlman (y muy especialmente, en su papel como Salvatore en El Nombre de la Rosa, al muy cabrón le faltó saludarnos diciendo "Penitenciagite"), se puso a hablar con los del grupo, mientras los demás echamos un vistazo al plan que nos rodeaba: en esos momentos, los chavales del pueblo estaban representando una obra de teatro (algo así como un sainete cómico), rodeados del personal, que se descojonaba allí sentado en sillas de madera y mimbre.


Quitadle la sotana y la roña. Ponedlle una camisa y unos pantalones y lo tenéis.


Montamos el equipo, pasando un poco de todo, y centrándonos en lo importante: tocar.
Cuando se preguntó por la hora en la que mi gente se subiría al escenario, Ron Perlman no dijo gran cosa; al parecer había un programa más o menos fijo y los invitados tocarían los últimos. "Bueno", dijimos. No parecía haber demasiada gente en el pueblo, así que el festejo no debía durar demasiado.
Nuestras putas ganas.
La pesadilla no había hecho más que comenzar.

Fueron al menos dos horas más de pasodobles continuos por parte de la orquesta. Se debieron tocar los grandes éxitos de hace más de sesenta años al menos tres veces. Perdonad mi falta de rigor al respecto, pero mi resistencia al pasodoble se viene abajo cuando han pasado más de cuarenta minutos. A partir de ahí, todo es difuso.
Lo más acojonante fue el momento en que la orquesta se bajó del escenario, porque fue dejar de tocar y, de buenas a primeras, TODO EL PUTO PUEBLO desapareció en un margen de unos diez minutos.
Olvidaos de Stephen King.
Olvidaos de cualquier leyenda que hayáis oído acerca de desapariciones en masa.
Esto fue jodidamente real y lo vivimos en nuestras carnes: allí no quedaba ni Dios. En una peli de nazis ves a la gente evacuando más despacio ante un bombardeo.

Así quedó aquello, salvo nosotros y el tío de la barra.


Tras unos cuarenta o cuarenta y cinco minutos de la más pura desolación, la orquesta dio un segundo pase (o segundo desde que estábamos allí; a veces pienso que estaban allí desde por la mañana tocando el mismo repertorio una y otra vez) y, mágicamente, los lugareños salieron de sus casas y, como si fueran autómatas movidos por mecanismos de relojería, se agarraron a la cintura de sus señoras y prosiguieron el pasodoble.
Yo no sé cuánto tiempo más tarde, la orquesta volvió a bajarse y los lugareños, una vez más, desaparecieron. Lo que pensábamos que había sido algo casual, descubrimos, debía ser la costumbre local. Hospitalarios de cojones, los tíos.

En una de éstas, sometido por el aburrimiento más bestial (como digo, la resistencia mental al pasodoble de un servidor tiene un límite, y lo había sobrepasado con creces hacía horas), fui a buscar a alguno de los míos: allí estaba el cantante del grupo hablando con alguien, cuya edad parecía ser inferior a los sesenta años, y superior a los trece. Esa extraña franja de edad que, por algún motivo, escasea en lugares así.
Fui a sumarme a la conversación, justo mi colega coge y suelta "Bueno, adiós", dejándome con el tipo al que acababa de ver por primera vez. Diez segundos de cháchara y entendí por qué.
El fulano en cuestión parecía ser una especie de versión más joven del Lloni que he mencionado antes. En esta nueva encarnación de la Entidad Lloni, parece ser que había un componente más subversivo y rebelde: el tipo vivía fuera, en un pueblo costero (y, por ende, civilizado) y tenía un grupo. Hasta aquí, bien.
Si os digo que el grupo atendía al curioso nombre de Amputación Social, entenderéis por qué el cantante de mi grupo había salido por patas en el momento en que tuvo la menor oportunidad de quitarse de en medio.
Al parecer, ni siquiera contempló la posibilidad de que esa oportunidad fuese yo.
Hay que ser cabrón.



"¡Esto no quedará así! ¡ME VENGARÉEEEE!"


El tío estuvo dándome la murga un buen rato hasta que, por algún motivo, me soltó que quería ir a cambiarse de ropa, que no estaba cómodo con lo que llevaba (supongo que unos pantacas cortos y una camiseta debían parecerle demasiado formales, no sé); sin más historias, desapareció y yo ya andaba buscando una caja de paracetamol. Una entera para mí solo. Mi segundo objetivo era buscar al cantante del grupo y convencerle para que se subiese al escenario en algún momentillo en que no hubiese nadie tocando. La caída libre de unos veinte metros, sobre un redil de ovejas que había allí abajo, se antojaba como la justa venganza por definición.

Una media hora después o así, estaba yo sentado en una de las sillas de madera junto a mis viejos, cuando aparece el de Amputación Social con otros pantalones cortos y otra camiseta. Un cambio radical de imagen, dónde va a parar.

- Ya me'éh cammbiao- rezuma su garganta, mientras el nota se agarra el paquete, espero que para colocárselo.

Mis viejos me miran con los ojos como dos platos, como preguntando de qué conozco yo a ese. Yo me sumerjo en el mimbre de la silla, como pidiendo que por favor no me pregunten.
Mucho después, tras más pasodobles, se nos acerca una niña con el traje típico andaluz, una banda con la bandera española colgando del costado que la identifica como la Miss local de ese año y una ristra de papeles.

- ¿Queréis participar en la rifa?
- ¿Qué se rifa?- pregunto yo, pensando que aquello no puede ir a peor.
- Un pavo y un chivo- responde la niña, demostrando cuán equivocado estaba.

La cara que puse fue más o menos como esta.


Tras la rifa (todo un acontecimiento social, como pudimos comprobar), tuvo lugar un bingo.
Sí, amigos Distópicos.
Un bingo. Doscientas almas a las tantas de la madrugada con su cartoncito.

Tras la rifa, nueva desaparición y nueva resurrección colectiva tras una última ronda de pasodobles. Al terminar, comienza el apoteosis: los fuegos artificiales.
Volvemos al concepto de término medio que mencioné arriba: al saber que no se trata de la capital, uno es consciente de que no va a ver el despiporre pirotécnico de media hora al que estamos acostumbrados en la urbe. Algo más modestro era lo que entraba en la mente de cualquiera.
Definimos "modesto" aquí.
PUM.
Dos minutos.
PAM.
Dos minutos.
PUM PUM.
Otros dos minutos.
ZIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII, piruleta giratoria de fuegos artificiales, de estas de peli rancia.
Aplausos.

Como esto, pero del tamaño de un molinillo de viento de estos que se compran los niños y unas veinte veces menos espectacular.


Te compras un par de cohetes en los chinos y le metes en la boca a lo que tenían estos tíos.

Casi a las cinco de la mañana, se sube mi gente a tocar.
Tampoco hablamos de los Metallica, sino de un grupo de tendencias algo mas light, entre el pop y el rock, que en otros pueblos no había sido mal acogido del todo; como mucho, la gente a la que no le gustaba la actuación torcía un poco la boca, pero ya está, sin más incidentes. Pues no terminan de tocar la primera canción cuando, desde lo alto de la calle, a la altura del único bar del pueblo, empiezan a escucharse silbidos. Ni uno a menos de veinte metros.
Repertorio a la mitad. Algo rueda calle abajo. Imaginaos mi cara cuando veo que ese objeto es un tomate. Los lugareños, cual fundamentalistas del pasodoble y mostrando toda su educación y respeto, se tomaron como algo personal boicotear el concierto de apenas tres cuartos de hora que nos habían mandado llevar. Según entendimos, en SU pueblo NO se tocaba otra cosa que no fuera pasodoble. Y AY de aquel que se atreviese a llevar la contra al Pensamiento Único. Y la manera que tenían de demostrarlo era esa, por medio de la increpación y el cachondeo masivo, al que sólo ellos parecían verle puta gracia (me pregunto si estos seres se tomarían las cosas con tanto sentido del humor si no jugasen en casa y les lanzasen un tomatazo en el centro de la ciudad. Igual se sentirían discriminados por sus orígenes o vendrían con cualquier zarandaja del tipo "yo también merezco un respeto... aunque no lo demuestre con nadie que no sea de mi pueblo"). 


Para mí, más bien, se comportaron como estos. La única diferencia es que los lugareños que yo vi tenían el pelo de la cabeza más corto, más largo el de la cara y vestían trajes con chaqueta y florecillas en la solapa.

Uno de los que venía con nosotros casi se fue para aquella masa de Neandertales para preguntarles cuál era su puto problema y por las razones acerca de las cuales consideraban divertido lanzarle fruta a alguien. Por suerte, le dije yo que ni se le ocurriese. Solo faltaba salir de allí expulsados por un frente de linchamiento popular.
Así acabó la cosa en aquel lugar; ya cerca del amanecer, recogimos, nos fuimos a sobar y, a la mañana siguiente, abandonamos aquel puto pueblo de mala muerte. Ahora entendíamos por qué el beato aquel se largó de aquel lugar para no volver en su puta vida. Y si no era por eso, nos jugamos el cuello a que debía ser por algo similar a lo que vivimos nosotros. No es de extrañar que pusiésemos pies en polvorosa al día siguiente con una promesa en mente: el día que volviésemos allí, sería para reducirlo a cenizas y pasar a cuchillo a todo bicho viviente.
Y ni que decir tiene que, como cogiésemos al cabrón de la Diputación que nos mandó allí, se enteraría de lo que es el dolor.