martes, 17 de junio de 2014

Escupiendo Rabia- Ver tetas, el insulto definitivo o, Doble moral, querida doble moral




Como he hecho en algunos artículos anteriores, empezaré relatando dos episodios anecdóticos que, lejos de hacer uso general, si ilustran un poco el tema del que quiero hablaros hoy.

Hace ya casi quince años, tenía costumbre de ir a jugar al billar con la gente (o gentuza, que luego vemos de qué pelaje es cada uno) con la que solía juntarme. Si sois de esos que vienen con el prejuicio de que en los billares se encuentra fauna a la que uno no presentaría a sus padres ni a punta de pistola, tengo que decir que en este caso no vais descaminados. Recuerdo claramente cómo, en una ocasión, se formó una interesante pelea en la puerta. Uno de ellos, dicho sea de paso, parecía saber artes marciales, con lo que la cosa prometía.
Creo que no es necesario mencionar mi tono irónico al decir que la pelea pintaba interesante y que la cosa prometía, cuando de lo que estoy hablando es de dos majarones que se iban a partir la boca por vete a saber qué idiotez. Lo triste de todo esto es que yo lo puedo haber mencionado de forma irónica, pero mucha gente pensó eso, literalmente. No se me olvida la cara de un puñado de chavales (y chavalas, que había de todo) yendo hacia la puerta, con una sonrisa en la cara, impacientes por ver cómo dos descamisados se cascaban. Yo, junto con los que me rodeaban, debíamos ser raros, porque lo primero que hicimos fue quedarnos dentro del local, en caso de que la movida fuera a mayores. Terminar la partida que habíamos pagado y largarnos, solo por si las moscas. Vaya a ser que se escapase alguna hostia solo por estar allí y nos hubieran dado la tarde.


"¡Po, po, pelea pelea! ¡Po, po, pelea pelea!"



Nos trasladamos en el tiempo hasta este mismo año, concretamente hasta hace cosa de unas semanas, estuve cenando en un restaurante con mi pareja. Con nosotros venía una tercera persona, que debido a ciertos motivos, salió después que nosotros del local. Como cualquier pareja, nosotros estábamos esperando en la calle abrazados. Hasta aquí lo normal, ¿verdad? Algo que hace cualquier pareja y demás. Lo más gracioso es cuando esa persona nos llega diciendo que la dirección del local ha achacado nuestra "Falta de educación" por "darnos el lote" (ojito) "delante de todo el mundo". Es un argumento para descolgarte los huevos si consideramos un par de factores:

1) No estábamos dentro del local, sino en la puta calle, con lo cual no sé quién es más maleducado, si nosotros o el pedazo de ameba subnormal que manifestó esa queja.

2) No estábamos cometiendo delito alguno. Puede que a alguien le joda que una pareja manifieste cariño en público, pero eso todavía no cuenta como escándalo público. Y no debería dar explicaciones, pero hay una diferencia muy grande entre hablar abrazados y darse el lote (lo cual, por cierto, sigue sin ser delito. Para ello, si mis conocimientos en leyes no fallan, tendríamos que estar en clara actividad sexual y, muy particularmente, habiendo menores por medio).

3) A escasos cinco metros de nosotros, había un grupo de borrachos armando bastante escándalo y que nos importunaron pidiéndonos dinero. A CLIENTES del restaurante, dicho sea de paso. A esos no se les dijo absolutamente nada. Probablemente bajo la excusa de "Lo que sucede más allá de nuestras puertas no es nuestra competencia"... Pero, como indico aquí, parece que sí lo es que haya una pareja que tampoco está dentro del local.



Recordad, niños: esto es una muestra de mala educación y una ofensa para todo el que está delante.
Qué cojones, hasta contamina el medio ambiente.


Este tipo de actitudes, lejos de parecernos aisladas, se están volviendo más y más comunes últimamente, en una época en que se nos llena la boca hablando de tolerancia y respeto. En donde decimos aborrecer la violencia de cualquier tipo (incluyo aquí la verbal), pero no tardamos en sentir una manifiesta y morbosa curiosidad hacia ella, al mismo tiempo que a veces tendemos a apelar a la educación o la moral del prójimo en cuanto vemos una muestra de afecto o algo que nos parece "inmoral". Entrecomillo esta palabra porque, a tenor de lo sucedido en los últimos días en redes sociales, este concepto me parece tan jodidamente hipócrita y esgrimido de una forma tan asquerosamente subnormal que mi sistema nervioso entra en conflicto y no sabe si pegarse una carcajada o liarse a vomitar hasta la primera papilla que me dieron. Algo puramente distópico, si lo pensamos: ¿Recordáis la liga Anti-Sex que aparecía en 1984, al tiempo que se potenciaban los Dos Minutos de Odio? ¿Recordáis ese afán por tener a la gente todo el día encabronada y constreñida sexualmente? ¿De esa represión hacia lo que es un acto no intrínsecamente dañino, y esa decantación por actos que eran mucho más antisociales?

Os pongo en antecendentes, para aquellos que andéis un poco más desconectado de lo que son redes sociales pero, en cambio, leáis este blog con cierta regularidad: resulta que desde hace una temporadita ha habido auténticos aluviones de denuncias en Facebook acerca de páginas que mostraban peleas de perros y demás. Esas denuncias han sido literalmente desoídas, argumentando que (cito de un modo más o menos textual) "El contenido de dichas páginas no entra en conflicto con la normativa de la red social". Dicho de otro modo, que para los fulanos que se encargan de controlar los contenidos de este sitio, las peleas de perros no forman parte de apología de la violencia o de delitos (pese a que una pelea de perros, por muy de perros que sea, sigue siendo violenta -el término pelea ya lo lleva implícito- y que el maltrato animal se considera algo delictivo). La Policía, en un alarde de lavado de manos sin precedentes, sostiene además que "Es delictivo el maltrato animal, pero no subir fotos de ello". Sin embargo, con casos como injurias o calumnias aquí sí que ha caído (y con motivo, no podemos negarlo) todo el peso de la ley a los responsables.

Se cargan a una concejala y se trinca a todo el que haga coña de ello, lo que me parece bien, si recordáis el artículo que escribí al respecto. Igual de bien me parece si se hace con alguien que se ríe de una persona mentalmente discapacitada. Sin embargo, Facebook (o Twitter, o cualquier red social, pero es cierto que FB sí parece llevarse el gato al agua, junto con Youtube, que también tira de censura tela marinera) lleva tiempo haciendo la vista gorda no solo con esto de los perros, sino con páginas que han hecho apología de la violencia de cualquier tipo: páginas de ultra-derecha, ultra-izquierda, con contenidos racistas, homófobos o abiertamente agresivos.


"200.000 seguidores en mi página llamada 'Exterminar maricones'. Y nadie me ha tosido. Fuck yeah".



Ante eso el usuario medio se ha hartado: las supuestas encuestas en las que valoran lo que gusta o no a los millones de personas que usan la red social a diario se las pasan por el culo. Nos hemos quejado cuarenta mil pares de veces acerca del mal uso que se hace de la interfaz y de la cantidad de fallos y de cambios de diseño que confunden, marean y, en general, dan un por culo que flipas Y LES HA DADO IGUAL. Como prueba de este hartazgo, un señor llamado Rafa Gil propone un experimento, consistente en crear una página con un título sugerente a la vez que reinvidicativo, "Peleas de tetas", y exponiendo la siguiente hipótesis: a ver si tardan en borrar la primera página sobre el maltrato animal antes que la de las tetas o, por el contrario, esta última cae primero. Dejo un enlace a un artículo que habla en detalle sobre lo sucedido: http://www.yorokobu.es/peleas-de-tetas-vs-peleas-de-perros/ y me permito además subrayar el hecho de que yo, al igual que muchas mujeres marcadamente feministas que hemos presenciado esta historia, no hemos notado ni percibido machismo alguno en esta propuesta. Permitiéndome citar libremente al autor, podría haber puesto penes, pero oye, si a él no le gustan nadie le obliga a ponerlos. Los podría haber puesto cualquier otra persona, pero nadie más le ha echado agallas al asunto. Por eso, antes de que el personal más beligerante hacia el tema se ponga a echar espumarajos por la boca, diré lo que digo siempre: una cosa es lo que uno dice y otra muy distinta lo que quieren ver los demás. Por lo que a mí respecta, no me he sentido ofendido, pero ojo: si hubieran hecho una página de penes tampoco me habría sentido ofendido en lo más mínimo. Me habría reído lo mismo o incluso más con la originalidad (y la mala leche) de la propuesta.



Para que veáis que me da igual, un bonito pene de bronce.


La respuesta fue definitiva: la página de las tetas no ha llegado ni a durar veinticuatro horas en la red social, mientras que la de los perros estuvo semanas antes de iniciar esta propuesta, pese al conocimiento de los administradores. Esto nos lleva a pensar en una doble moral, más que puritana, consistente en condenar la violencia de puertas para afuera (o sea, limitarse a decirlo y ya está), pero hacer la vista gorda de modo reiterado, constante y flagrante. En cambio, una página que muestra un desnudo (por lo general) femenino, sufre todo el peso de la censura: en lo que redacto estas líneas, descubro no solo que la página de las tetas ha sido borrada; aparte, se ha borrado cualquier enlace en los muros de varios amigos míos, y una amiga incluso ha visto baneada su cuenta por subir "contenido no autorizado" (un desnudo de una modelo, si no recuerdo mal). Dos, si contamos un segundo caso del que me acaban de informar mientras corrijo este artículo, sin contar los que me habré perdido por ahí. Para más inri, la cosa no queda aquí, ya que hay constancia de que en el pasado se han censurado fotos de contenido artístico en que se mostraban desnudos, como una señora que posó voluntariamente en topless junto a su familia. O fotos en que alguna usuaria aparece dando el pecho a un bebé.
Eso (es decir, el hecho de amamantar a un bebé, algo que hemos hecho la mayoría de seres humanos en nuestros primeros períodos de vida, sin contar alguno que le ha cogido el gustillo al tema y ha seguido con la práctica), según la red social, es contenido no autorizado que contraviene a las normas de uso, mientras que poner imágenes donde aparece alguien dándole lo suyo a alguien (hostias, se entiende), o animales reventándose a dentelladas el uno al otro no.
Doble rasero.
Doble moral.
Hipocresía.



El Arte sería una meca de la perversión y la obscenidad si no fuera porque se pintaba antes de las cámaras de fotos.
Si esta escena la vemos fotografiada en lugar de pintada, tendríamos gente que se sentiría ofendida, asqueada o insultada.
Lo ves en pinturita y oye, todo queda como más culto.


La cuestión es que esto no es nuevo, si lo pensamos. Podemos rasgarnos las vestiduras viendo cómo se censura algo tan natural como alimentar a un bebé (o, yendo a mi caso particular, mostrando afecto hacia tu pareja en público) mientras que se proclama al puto toro de la Vega patrimonio de la Humanidad (por la Unesco, nada menos, para flipar en Tecnicolor, pero la cosa es que si nos damos cuenta y nos vamos a épocas pasadas, como el Renacimiento, la cosa era similar: las mujeres no podían mostrar según qué partes del cuerpo para no parecer "impúdicas", mientras la gente se divertía viendo no solo de peleas de perros contra perros, sino peleas de perros contra osos, perros contra toros o peleas de gallos. En las obras de teatro primaban las tragedias de venganza, donde la sangre y la muerte eran factores característicos. Recuerdo incluso que mi profesor de literatrua nos contaba cómo en la sociedad inglesa la gente se peleaba por ponerse en las primeras filas para que la sangre que se salpicaba en las obras les cayera encima (ponemos el ejemplo más claro en las obras de John Webster o Thomas Kyd, usando mis conocimientos). Nos vamos más atrás en el tiempo y podemos recordar peleas de tigres y leones contra hombres, o incluso peleas a muerte entre hombres. Y eso formaba parte del concepto de "diversión". Lo que escandaliza de todo esto no es que se haya hecho, sino el hecho de que han pasado siglos y seguimos todavía estancados en viejos conceptos. Y no solo no evolucionamos, sino que parecemos orgullosos de no hacerlo y hacemos una especie de apología de la bestialidad. Podéis decir que exagero, o que saco las cosas de contexto (esa suele ser la crítica más tediosa y recurrente que suelo recibir), pero antes de cargar las cuchillas y sentar cátedra hacia mi persona (me encanta cuando gente que no me conoce de nada se planta su batita de psiquiatra y se pone a hacer diagnósticos sin tener ni guarra de lo que habla), quiero que penséis entonces en esto y luego ya me ponéis a parir, como siempre: ¿Por qué la sexualidad sigue siendo un tema tabú en nuestros días, tanto o más que lo era hace -un poner- quince o veinte años? Ilustro el caso con las charlas de educación sexual en los centros educativos, cosa que me parece realmente necesaria en estos tiempos que corren y que muchos, muchísimos grupos de padres rechazan por completo "Por enseñarle guarrerías a los niños". O por (y perdonad que me ría ante la hipocresía barata), "entrometerse en los asuntos de los padres". Tenemos padres con la mentalidad de que a sus hijos los tienen que educar en el colegio "porque ellos no tienen tiempo" (entre otras excusas), pero ojo, cuando se habla de prevenir embarazos no deseados o del uso del preservativo ponen el grito en el cielo, ejerciendo un sobreproteccionismo que es digno de carcajada limpia (me remito al caso, hace ya bastantes años, en que un puñado de padres se escandalizó ante la iniciativa de colocar expendedoras de preservativos en los institutos, como si lo que estuviesen vendiendo fuese heroína cortada con matarratas).


Asumir que tus hijos zumben ya es chungo.
Pero si usamos la cabeza para algo más que para echar tabiques abajo, más chungo es que lo hagan sin protección, exponiéndose a embarazos no deseados y enfermedades de transmisión sexual.
Sin embargo, pese a eso, muchos se creen que sus hijos son seres inmaculados e inocentes hasta que tengan los cuarenta y una expendedora de condones es más peligrosa que el puto Ultrón.


Esto no solo en los colegios. Se me ocurre también el hecho de que ya hay salas de lactancia en las estaciones de tren (ejemplo, la de mi ciudad), cosa que en principio no me parece mal si pensamos que están preparadas para que una mujer alimente a su hijo con mayor comodidad, o en el caso de que a ésta le avergüence sacarse un pecho en público... Pero también me da que pensar si no es por el hecho de que hay quien prefiere que una mujer de mamar a su hijo fuera de la vista de los demás, poniendo esa actividad a la altura social de lo que podría ser echar un pis. Esto se me ocurre porque no veo que haya el mismo problema o esa misma necesidad cuando se da un potito a un crío, que también es alimentarlo. Remarco, puedo entender que a una mujer le dé corte despechugarse en público, pero si hay un trasfondo moral tras esto, no puedo sentir más vergüenza ajena.
También se ha hablado de esos grupos o asociaciones de televidentes que han escrito mil veces, en modo grupo de presión, para protestar contra las cadenas de televisión porque (atentos) los contenidos que se muestran en las series de televisión son "inmorales y pretenden normalizar unos patrones de conducta y de familia que no son en absoluto naturales". Por esos patrones me refiero a familias monoparentales, madres solteras, segundas nupcias, relaciones homosexuales entre personajes y otras cosas que, por lo visto, para algunos son una lacra que debe ser barrida del mapa. Entretanto, no he tenido constancia hasta la fecha de ningún grupo de estos que luche porque se supriman las imágenes explícitas de violencia REAL en los telediarios a la hora de comer (la ficción por lo visto es la única que ejerce una horrible influencia sobre nuestros hijos; la realidad es la realidad y no importa el nivel de violencia que se destile en ella). Con otros temas, como el racismo, la homofobia y otras cosas bonitas que hacen que me enorgullezca de pertenecer a la raza humana (nótese mi amargo sarcasmo), ya ni me molesto en contaros. No diría nada que vosotros no supieseis.


"Atentos, ahora nos van a enseñar a una india colgada de un árbol tras haber sido violada por al menos ocho individuos"
"Pero mamá, yo quería ver Bola de Dragón."
"¡Sí, hombre, para que te vuelvas violento!"


Puedo hablar, por último, de gente que conozco que ha hecho topless (me refiero a mujeres, ya me entendéis), a las que ha habido gente (los casos que conozco, a manos de otras mujeres, pero creo que gente que necesita hacérselo mirar la hay en ambos géneros) que les ha recriminado hacerlo porque están en un entorno conocido y se preocupan porque enseñen cacho y les vaya a ver yo no sé quién. El colmo de la ridiculez, que vivamos en una época en que la persona que enseña sufre menos que la que está al lado, que parece tener la imperiosa necesidad de salvaguardar la moral de gente que tiene plena conciencia de lo que hace, y que sabe que no está haciendo absolutamente nada malo.
Luego, lo de siempre: qué malos que son los moros, que en el momento en que una mujer se suelta el pelo, la rechazan y demás. Es decir, de una cultura nos parece mal que se impida que, por cultura, se muestre una parte del cuerpo, pero resulta que hagamos lo mismo en la nuestra, con otra parte y nos quedemos tan panchos, dando lecciones de moral. Lo queramos ver como lo queramos ver, es convertir una parte de la anatomía (pelo, rostro, hombros, pecho o culo) en tabú y criminalizar a quien lo muestra, bajo esa ensaña hipócrita de "Ten un poco de respeto, por favor".
Señores, el respeto empieza por entender que cada uno hace con su cuerpo lo que le da la puta gana, y si no incurrimos en delito (nuevamente me remito a enseñar o hacer uso de los genitales en público o delante de menores, que ya es una cosa que sí es grave y tal), con estas actitudes lo que somos es una panda de meapilas que nos la cogemos con un papelito ante auténticas pijadas.



La gente que vivimos en mi generación vimos el destete de Sabrina cuando contábamos con apenas ocho años de edad.  Mi percepción de la sociedad por aquel entonces no era ni de lejos la misma que tengo ahora, pero en cualquier caso no recuerdo que se censurase nada ni que hubiese el cipote de escupitajos de ácido que se ven hoy en día cuando encontramos algo tan natural como un pecho.
Igual en los ochenta éramos más libertinos o más pervertidos, no sé.
Igual es que le dábamos al cuerpo la importancia necesaria y no montábamos en furia ante cualquier puta cosa.


Con el tema del desnudo, por otra parte, el rasero es tan extraño que no puedes sino evitar sentirte confuso: si una chica hoy en día, orgullosa de su pechera dice "Pues mira, no me avergüenza enseñársela a todo el planeta porque para eso son mías y no hago daño a nadie", consciente de lo que está haciendo y de forma voluntaria... o bien una modelo ha hecho una sesión de desnudo integral y, contenta con el trabajo que ha realizado su fotógrafo, decide publicarla, las redes sociales no tardan en hacer cuenta del asunto. Según ellos, porque "el contenido podría ser visto por menores". Ole ahí, señores: partiendo del hecho de que un desnudo NO es algo ni inmoral (no a menos que seamos lo bastante gilipollas como para considerar que el cuerpo humano es algo zafio y ruin y que no debe mostrarse, bajo amenaza de pecado mortal) ni mucho menos ilegal, este argumento es, como poco, un mantra demagógico que funciona como excusa cojonuda para censurar al gusto. Ojo, no hablo de regular contenidos, que sí me parece ético (por ejemplo, no todo vale y no es lo mismo esto que poner fotos sexualmente explícitas de menores de edad, y demás burradas), sino de imponer una moralidad constreñida y atada a un puritanismo ridículo que, en pocas palabras, rezuma un asco total. Sin embargo, si un menor accede a una página donde se dice, no sé, que habría que matar a hostias a todos los negros o sacarlos de este país a patadas, parece ser que ahí no pasa nada. El menor está protegido de las tetas, que es lo verdaderamente ofensivo.



El puto Mal.


Este puritanismo, paradójicamente, no se refleja si yo cojo y subo la Venus de Willendorf o La Libertad guiando al pueblo o la Venus de Milo (de hecho, yo mismo hice la prueba ayer y no pasó absolutamente nada). Ahí es cuando la red social le echa unos cojones para parar un tren y nos dice que no, que "ahí SÍ es arte" (y lo otro no), insultando de paso a modelos y fotógrafos que, con mayor o menor habilidad o pericia, da la puñetera casualidad de que están haciendo exactamente lo mismo, solo que en lugar de usar un óleo se usa una cámara. Es decir, que alguien que pinta, según ellos, es un artista y el que fotografía no. Voy más lejos: según ellos, el cuerpo humano en sí mismo no es una obra de arte y la belleza que pueda transmitir, continuando este argumento, parece resultarles sucia e impúdica.


Puto Arte.


En varias conversaciones que he tenido con gente de diversas ideologías, he llegado al punto común de que la intención de la red social en sí misma es buena, o eso es lo que parece que quieren hacernos creer: a fin de evitar que esto se convierta en un libertinaje, pues se corta por lo sano y antes de ponerte a un crío de cuatro años degustando el miembro viril de un señor, pues oye, no se pone una teta siquiera y muerto el perro (nunca mejor dicho, viendo el caso que nos atañe aquí), se acabó la rabia. El problema está en el momento en que se censuran cosas que, a diferencia de la ingesta de miembros por parte de menores, no son ilegales en absoluto. No hablo de la pornografía que, pese a no ser ilegal en sí, sí entiendo y reconozco que legalmente está sujeta a unos parámetros (por pornografía entendemos, imágenes de sexo explícito, donde se muestran genitales, masturbaciones o penetraciones en primer plano o claramente visibles) y que esos parámetros deben respetarse. Hasta ahí de acuerdo, pero el respeto a esos parámetros suponen una clara línea que no debe trazarse, porque entonces estamos creando culpables hasta que se demuestre lo contrario. El planteamiento de "Se empieza por una teta y se acaba follando", si lo pensamos con frialdad, resulta anacrónico y rancio a estas alturas de la película (por no decir que es abiertamente absurdo), pero los administradores no parecen entenderlo. O igual no quieren.


Puto Absurdo.


Entretanto, y permitidme que reitere en esto, porque es lo que más me indigna del asunto, la violencia explícita, ejercida de forma discriminatoria, hacia gente de determinado credo, raza o ideología política campa a sus anchas. Aquí, según estos caballeros que salvaguardan nuestra inocencia (sexual, que no de cualquier otro tipo), no hay delito ni nada que deba siquiera considerarse. Como mucho, han llegado a cerrar la página de los perros reventados, pero oiga: no han hecho absolutamente nada en contra de que se abran otras dos páginas de las mismas características, con lo que estamos exactamente como al principio. O casi, porque si antes éramos conscientes de la doble moral puritana que caracteriza a los administradores (o acaso también al señor que manda ahí arriba), con la pantomima montada hacia la página de las tetas ahora lo vemos mascadito, descarado y riéndose de nosotros en la puta cara.




lunes, 16 de junio de 2014

Spanish Bizarro- Hemorragias, mugre y raperos en calzones




Un fin de semana, como quien dice, accidentado, queridos Distópicos. La cosa pintaba tranquila, con previsión de ir al concierto de unas amigas el domingo. Algunas clases sueltas, y poco más.
Pintaba. En pasado, sí.
Es curioso cómo el caos ejerce su particular poder en cuestión de breves lapsos de tiempo. Al principio la cosa va según lo previsto y al instante siguiente te toca improvisar porque se ha puesto todo patas arriba. Como por ejemplo, cuando en tu casa ese mismo fin de semana deciden pintar la terraza. Esto, aclaro, no es la parte caótica. Es algo relativamente normal en cuanto llega el verano. Lo caótico es que, una vez sacados todos los muebles que tenemos en la terraza, un accidente leve manda a tu viejo a urgencias y tu pasas el resto del sábado por la tarde limpiando gotitas de sangre casi hasta la altura del techo. El causante, un jamón traicionero que hizo saltar la hoja del cuchillo hacia donde no debía. En este caso, un dedo de la mano derecha.


He aquí el culpable.


Al quedar inutilizado, la tarea entre los restantes habitantes de esta casa aumenta y, si mi madre se ha encargado de pintar (por suerte no es mucho trabajo, ya que la terraza de mi casa tiene poca pared), a mí me toca el domingo limpiar toda la cristalera. Para entendernos, son unas dieciocho hojas de cristal a las que me toca hacerles la guerra químico-bacteriológica, sin contar que todos los muebles (más de los que os creéis) están en el salón y probablemente me va a tocar meterlos a mí.
Es domingo y es más o menos la una. El concierto de mis amigas es, en principio, a las ocho. Yo miro la cristalera. La cristalera me devuelve la mirada.
A esto le pones una banda sonora de Ennio Morricone y tienes el duelo del puto siglo.

Pues nada, se arremanga uno. Trinca la vaporeta (un arma cojonuda e imprescindible para limpiar los carriles por donde van pasando las hojas, así como las persianas), un cubo con agua y amoniaco y un pulverizador que contiene un brebaje casero especial de limpieza de cristales, conocido en mi casa por el misterioso nombre de "Chipichurri". De paso, agarro también un reproductor de música portátil y me pongo algo para animar la jornada. Judas Priest, Ozzy, esas cosas que me animan el espíritu. Con la vaporeta te sientes Dios (o su ángel exterminador, por lo menos) y empiezas a limpiar las persianas de seguridad sin ningún problema digno de mención.


"¡¡¡WAAAAAAARRRRGHGHGHGHGHG!!!"


Hasta aquí, la parte fácil. Mi enemigo es un cabrón y sacar las hojas de su marco para limpiarlas es más jodido de lo que parece a simple vista. ¿Por qué? El cierre de mi terraza tiene ya algunos años y los marcos de aluminio no están todo lo rectos que deberían. Esto se traduce en que para sacar una sola de las ventanas tienes que moverla a un sitio concreto de la cristalera y en una posición concreta. Si no, amigo, prepárate para pelearte un buen rato con un pedazo de cristal recubierto de aluminio. Yo tardo un rato en cogerle el tranquillo al asunto (un rato largo porque cada puta hoja es hija de su padre y de su madre... o, más concretamente, hija de sus putos padres), pero me acabo apañando. Hago el recuento del número de hojas en total: ocho láminas de cristal normal en la parte superior. Otras ocho de cristal esmerilado en la inferior. No olvidemos que hay que limpiar por las dos caras.
En total, treinta y dos sesiones de limpieza. Son casi las dos. En limpiar BIEN el cristal, por cada cara, puedes echar un par de minutos o tres, mínimo.
Paso de seguir calculando y me pongo manos a la obra.

Sin contar la pausa para comer, me cepillo la labor en lo que terminan el Ram it Down y The Ultimate Sin, sin contar al menos una hora o así más antes (con la vaporeta) y casi hora y media más después. Esta puta terraza es un horno y me he dedicado a excitar al vecindario quitándome la camiseta mientras limpio. Imaginad al tío del anuncio de la Coca Light, pero con unos veinte kilos menos, con heavy metal de fondo y con una bayeta húmeda en la mano, que estruja de vez en cuando contra un cubo en el que, más que agua, parece haber batido de chocolate. Para mantenerme en forma y no joderme (más) la espalda, he aprovechado para ir estirando las piernas mientras me agacho. Así me digo a mí mismo que la elasticidad ganada en casi dos años de yoga me está siendo útil.
Sí, a mí también me habría causado escalofríos verme.


"¿Pero qué coño?"


Son casi las seis y he terminado. En casa pasan revista de mi labor y dan el visto bueno, con las palabras "Puto profesional" (sic.), lo que me alivia tras haberme zampado como treinta y dos sesiones de limpieza intensiva de churretes, polvo de la obra de al lado y marcas de lluvia.
Me doy la vuelta.
Los muebles siguen en el salón, mirándome con sorna.
Por suerte, el destino me sonríe (para variar): me informan en casa de que los muebles ya los colocaremos más adelante y que es mucha tarea para que lo lleve una sola persona (en este caso, yo). Con lo cual, mi labor ha terminado bastante antes de lo previsto. Mejor aún, considerando que una de las componentes del grupo de mis amigas, informada de toda la movida, me dice que al final empezarán a tocar a eso de las diez.

Ya con mis tareas realizadas, tiro para la ducha. Tengo el pellejo recubierto de una película de sudor y mugre; mi cara hace juego y está recubierta de mugre y pelo. He visto comandos en mitad de la selva vietnamita con una pinta más decente que la mía.
Oliendo ya a persona con cierto sentido de la higiene, me planto una camiseta del grupo de mis amigas y tiro para allá. En mi mochila, lectura familiar: Las 120 Jornadas de Sodoma, del Marqués de Sade. Así, mientras tiro para el sitio donde se organiza el evento, me entretengo leyendo una elaboradísima lista en la cual se explica qué personaje tiene estipulado desvirgar a no sé quién.


"A Durcet le gustan los culos".
Ajá, entendido.


La sede del evento solo me sonaba de oídas y de haber pasado una vez en coche. Está situada no demasiado lejos del campus universitario. Según calculo, está cerca de su extremo Oeste.
Y estas son las cosas que pasan cuando has pasado por un sitio UNA vez, en coche y habiéndolo visto solo UN segundo:
Me bajo en la parada que creo que es, subo una calle... y el puto sitio no está ahí.
"Vaya", me digo. "Estará un poco más adelante". Miro a mi izquierda y se extiende una explanada que (esto sí que lo sé con seguridad) me llevaría a un barrio marginal de nula recomendación. A la derecha, volvería en dirección a la zona de la que vengo. Tomando este segundo camino, echo a andar.
Cuarenta metros.
Cincuenta.
Cien.
El puto edificio no aparece por ninguna parte y he llegado a la rotonda de entrada por la que he llegado.
"Va a ser una de las paralelas". Miro la dirección del sitio en el móvil y el nombre de la calle me suena a mierda. Para más inri, el sistema operativo de mi teléfono se puede catalogar de PUTA MIERDA y me cierra la página donde tenía el mapa porque su memoria no da para más. Con lo cual, exploro un poco, subiendo la calle para buscar la avenida paralela a la que estoy y me encuentro la puta nada. El nombre de la calle que encuentro me suena igual de bien que el nombre de la calle que tengo que buscar. Giro sobre mis talones y bajo. La siguiente paralela tampoco es.


Vista aérea de parte del área que estuve recorriendo como un imbécil.
No es coña, acabé por recorrerla de punta a punta.


Tiro de memoria fotográfica, lo cual no es muy útil en esa zona: todas las putas calles de ahí hasta la zona exterior del campus (un área de unos tres kilómetros de punta a punta) tienen la misma pinta. Mucha explanada amplia, mucho recinto de pisos vallado (prácticamente todos pintados con un bonito color crema que hace jodidamente difícil distinguir uno de otro a menos que pases por allí a diario), con su piscina, mucha mediana con sus parquecitos por medio, mucha puta glorieta con fuente.
Sigo explorando la zona, pensando que igual mi objetivo está al otro lado de lo que es el bulevar universitario. Más edificios iguales, todos bloques monolíticos en recintos homogéneos y cerrados a cal y puto canto. Para doblar cualquier puta esquina y mirar el nombre de una calle paralela tienes que recorrer al menos doscientos metros. Llega un momento en que me aburro ya de dar vueltas y le mando un mensaje a mi amiga. Ésta, amablemente, me envía una localización de su móvil para localizar el sitio. Me entra un cabreo de tres pares de cojones al descubrir que, efectivamente, el local del evento estaba en la puta paralela de la primera avenida que recorrí. Sin embargo, se ve que la calle que encontré debía morir en algún sitio o bien cambiaba su nombre.


Así. Así son todas las putas calles allí.


Con la tontería y sintiéndome como un completo imbécil, llego al recinto. No sé ni para qué cojones me habré duchado, porque llevo casi una hora dando vueltas a unos treinta grados (y suerte que el sol se está poniendo ya) y ya vuelvo a estar chorreando. Teniendo en cuenta que no soy de mucho sudar, creo que es más por el encabronamiento y el agobio que llevo encima que por el calor en sí.
Me encuentro con mis amigas y nos ponemos al día de un modo breve, ya que hay mucha gente por allí. Me encuentro con un amigo al que hacía meses (o casi un año) que no veía. También me pongo al día con él, ya que estamos.
Éste y yo decidimos pasar al interior, puesto que hay más grupos tocando. Echo un vistazo a un grupo de música jipjopera (para mí antes eran raperos), el cual no me entusiasma. Me digo que igual es porque no soy un experto en ese tipo de música. En cualquier caso, no me están diciendo absolutamente nada. Mi amigo, algo más puesto que yo, me dice que no, que no está precisamente impresionado, tampoco.

El segundo grupo, amigos, es algo relativamente diferente. Sin ánimo de entrar en juicios de valor, paso a hacer una descripción de lo que vimos y ya vosotros pensáis lo que queráis:
El grupo en sí son básicamente dos tíos, que también le arrean a eso del jisjós. Dos tíos que cantan (o rapean, según se entienda), se ponen en la mesa de mezclas y animan al público, todo a la vez.
Bueno, he dicho "dos". Al menos, dos tíos en lo que se refiere a la faceta artístico-musical, porque en el escenario hay un tipo enorme con una cámara de fotos que baila sus canciones de vez en cuando.
Debe ser por la sordera parcial que sufro, porque no entiendo casi nada de lo que dicen. Me ha parecido oír un "joder" por alguna parte y creo que algún "mierda". Me ha parecido también escuchar que usan la palabra "puto" más que yo, lo que tiene mérito.
Acompañan sus fraseos con un mantra conocido como "Cumón" (quiero entender que es el come on en inglés, pero ya no es que no se pronuncie así, es que ni se parece).
El tío de la cámara, por algún motivo que no entiendo, apunta su objetivo al techo.


Todo muy gangstah, eso sí.


En las canciones, me cuentan que usan bases de canciones de Beyoncé. Yo distingo también una de Eminem; aquella que usaba como ritmos árabes hace la tira de años. Imagino que samplear otros temas será normal en este tipo de música.
En ese momento, se escucha la voz de lo que parece ser una teleoperadora y una especie de diálogo con un cliente de una compañía telefónica, todo en un tono jocoso, casi como de sketch. Los raperos bailan. Mi amigo me dice que el scratching le está haciendo la puñeta en los oídos.
Suena una cisterna y, como el que no quiere la cosa, uno de los raperos se baja los pantalones allí en medio, enseñando al público unos calzones bastante fashion. La cosa no queda aquí, y alguien trae lo que parece ser un váter, sobre el que se sienta. Mientras su compañero está scratcheando en la mesa de mezclas, éste está rapeando sentado sobre la taza, con los pantalones por los tobillos.
El tipo de la cámara está justo tras él.


No pienses en esto.
No pienses en esto.
No pienses en esto.


La actuación sigue. Mi colega me hace notar el detalle de que, por algún motivo que no entendemos, no hacen más que rascarse la entrepierna mientras cantan. Yo ahora mismo los veo saltar y dar la vuelta completa mientras la música (un sample del clásico "I've got the power" de los Snap!) suena. En la primera fila, veo gente que lo vive con la actuación, levantando los brazos, al más puro estilo 8 Millas.
Cumón.
Cumón.
Cumón.
La actuación termina. Salimos a tomar aire y asimilar lo que hemos visto.

Llega la actuación de mis amigas. No entraré en cómo lo hicieron, porque pecaría de falto de objetividad, así que cada uno piense cómo salió la cosa. Como apunte curioso, decir que la cosa empezó con problemas a causa de una guitarra que no parecía funcionar como debería.
Juro por Dios que yo no tuve nada que ver con eso. Os recuerdo que mis poderes afectan a la tecnología electrónica, y no a los cacharros que no llevan software. Prueba de ello es que grabé un par de vídeos con mi (puto) móvil prehistórico y, cuando se los quise enviar a una de las componentes del grupo por Whatsapp, me petó el programa y no había quien lo pusiera en funcionamiento. No fue hasta que llegué a mi casa y lo instalé de nuevo que volviera a funcionar.

Y así, amigos, es como termina el que, sin duda, ha sido uno de los fines de semana más extraños y accidentados del mes. Accidentes, sangre, caos, mucha improvisación y momentos realmente alucinantes.Y yo que pensaba que mi vida se estaba volviendo aburrida.

miércoles, 11 de junio de 2014

Mesa de Autopsias- Fantasmas, de Dean Koontz



La primera vez que oí hablar sobre Dean Koontz debía yo andar terminando el instituto. Esa época de ignorancia absoluta en que te crees que el terror es Stephen King y nada más, como el que se cree que el heavy metal son solo los Iron Maiden. Por aquel entonces, alguien en mi familia me habló de este señor y me dijo que le habían contado que era bueno. Me pasaron un par de títulos, entre los que destacó este Fantasmas, el cual, había hecho que más de uno y más de dos tuvieran que cerrarlo espantados con alguna escena. "Coño", me dije yo al escuchar aquello, porque King estaba entretenido, pero a eso no había llegado (ni llegaría, seamos honestos) ni de coña.
Pasaron los años y cada vez que encontraba títulos de este señor en alguna librería o establecimiento donde hubiese libros, me ponía a hurgar si estaba el susodicho Fantasmas, pero nada. Haciendo honor a su nombre, el puñetero libro había desaparecido de la faz de la tierra y me tuve que conformar con otras historias del señor Koontz que, lejos de impresionarme brutalmente, sí me entretuvieron en su momento.
Han pasado ya más de quince años desde que iniciase aquella búsqueda. Tras algún intento fallido de búsqueda por Internet, donde algún usurero que se hace llamar librero pretendía aprovecharse de que el libro estaba descatalogado y de su "derecho a poner el precio que considerase oportuno" (cobrando la burrada de casi 50 pavos por un ejemplar de segunda mano la edición de Círculo de Lectores del año noventa y pico con una esquina doblada, como si me estuviera vendiendo el puto Quijote en edición anotada para coleccionistas), va y resulta que me encuentro una copia de esta novela en una librería de segunda mano por dos pavos y medio.


La portada de mi edición de Martínez Roca.
Para los que la hayáis leido: no, yo tampoco entiendo por qué coño han puesto eso en la cubierta.


Total, que más feliz que una perdiz, me dispongo a zamparme este libro y, una vez hecho, tengo aquí un análisis sobre él. Tras esta historia de encuentros y desencuentros, vamos allá. Aviso, como siempre, que en este análisis se cuentan elementos reveladores de la trama, así que seguid leyendo si ya habéis leído la novela o no os importa que os cuenten cosas importantes:

Si de encuentros y desencuentros es mi historia con Fantasmas, también lo es la historia en sí. La protagonista, Jennifer Paige (no confundir con la cantante) se reencuentra con su hermana Lisa, a la que apenas conoce, tras el fallecimiento de sus padres; ésta nació cuando Jenny estudiaba medicina y su ocupación como doctora la apartó de su familia durante años. Ahora se encuentra cuidando de una adolescente de la que apenas sabe nada, a la que decide llevar a Snowfield (California), el apacible pueblo de montaña donde vive y ejerce como doctora.
Hasta aquí, lo que viene siendo el trasfondo de la principal línea argumental, porque lo que viene siendo el corpus de la historia no es algo que deje mucha tregua al lector, tal y como reza Stephen King en el pequeño comentario que hace de esta novela. Desde el primer capítulo, ya tenemos claro que en Snowfield pasa algo durante la ausencia de Jennifer, y nos queda más claro aún cuando ésta y su hermana llegan y se lo encuentran casi totalmente desierto, salvando algunos cadáveres en un extraño estado. Ante una situación tan inusual, las autoridades no tardan en aparecer para intentar hallar la causa y posibles soluciones al respecto, lo que hará que se desate, de modo casi literal, el infierno.


Snowfield debería tener una pinta del estilo a esto, según la descripción dada en la novela.


La estructura de la novela es sencilla, dividiéndose en dos partes ("Víctimas" y "Fantasmas") que, a su vez, se subdividen en capítulos centrados (veinte y veinticinco, respectivamente) en distintas tramas: por un lado, la trama de Jenny y su hermana, que abarca una necesaria gran cantidad de la primera parte. Junto a ella, una línea argumentada en Bryce Hammond, el comisario encargado de liderar el grupo de la policía del condado que investiga los hechos de Snowfield, que cuenta con una especie de "prólogo" antes de ir al pueblo: se trata de una especie de subtrama policíaca centrada en la investigación del asesinato de la esposa y el hijo de Fletcher Kale a manos de éste. Una pequeña historia dentro de la historia que, pese a la extensión no resulta gratuita al poner de manifiesto la personalidad de un personaje principal como es Hammond. Así pues, vemos un personaje minucioso al que le gusta no dejar ni un solo cabo suelto. De esos agentes comprometidos con su deber, pero sobre los que prima un sentimiento de humanidad.

Al fusionarse las tramas, ya en Snowfield, aparecen más personajes (principalmente, otros policías) y nos vamos encontrando más características de la particular amenaza que anida en el pueblo: vemos que los pocos cuerpos que quedan aparecen sin una gota de sangre, abotargados y amoratados. Tras las líneas de teléfono, cuando funcionan, responde un sinfín de sonidos, desde animales hasta las voces de los desaparecidos. En las casas, las mesas están puestas, las televisiones encendidas y algunos grifos incluso están abiertos. Algunos han desaparecido incluso dentro de habitaciones cerradas por dentro. Misteriosos charcos de agua destilada en algunos lugares. Ataques de extraños animales jamás vistos.

Es en este punto cuando la novela se encamina hacia su segunda parte. Iniciándose con un prólogo bastante crítico hacia el uso que dan los medios a una emergencia, aquí encontramos una nueva remesa de personajes, más allá de los dos grupos de policía del condado que se internan en Snowfield. Me refiero a un equipo destinado a emergencias biológicas, nucleares y químicas, que se supone especializado en contingencias de este tipo (digo "se supone" porque, en realidad, para lo que sucede realmente en el pueblo nadie está preprado). Aparte, reaparece la subtrama de Fletcher Kale, que transcurre paralela a los sucesos de Snowfield a lo largo de toda la novela. Por último, tenemos algún capítulo destinado a Timothy Flyte (autor de un libro, The Ancient Enemy), cuyo nombre y el de su libro aparecieron garabateados en el espejo de un baño, en la casa de uno de los desaparecidos. Si bien en la primera parte de la novela Flyte ya aparecía, dándonos unas pinceladas acerca de sus investigaciones, éstas van a coger especial peso en la segunda parte. Muy especialmente en el momento en que su presencia es requerida en Snowfield.


Fotograma de la adaptación cinematográfica basada en la novela. Aunque no hablamos de una gran película ni mucho menos, se nota que Koontz escribió el guión y hay grandes intentos de respeto hacia el texto original.
La lástima es que los intentos se quedasen en eso, en intentos.


Una vez tiene sentadas las bases de cada trama, Koontz las desarrolla en el contexto de los acontecimientos de Snowfield, haciendo que cada personaje actúe y se desarrolle de una forma bastante coherente, acorde a su personalidad y lo que pone de manifiesto que es precisamente esa caracterización de cada uno de los actores de la historia uno de los puntos fuertes de esta novela. El autor no va a escatimar recursos (ni párrafos, ni páginas) en contarnos la vida de una buena cantidad de personajes, a fin de que entendamos por qué actúa de tal o cual manera y comprendamos sus reacciones ante la amenaza de Snowfield. Casos claros, aparte de los ya mencionados como Bryce Hammond o Jennifer Paige, los de algunos policías del condado como Gordy Brogan, que es un católico de personalidad bienintencionada y amigo de los animales. Gordy no va a actuar igual cuando la entidad que se acaba denominando "El antiguo Enemigo" se burla de Dios y de la cristiandad crucificando a un sacerdote en la iglesia del pueblo que Hammond (con una personalidad más basada en la voluntad y la esperanza que en la fe) o que Jennifer (cuyos lazos con los habitantes de Snowfield tienen un carácter más emocional). Otros personajes, como el agente Jake Johnson, basan su personalidad más en la prudencia, mientras que Stu Wargle se presenta como un agente desaliñado y carente de imaginación y Tal Whitman contempla la situación como su cruzada personal contra el miedo (trauma infantil que viene acarreando desde pequeño). ¿Qué conlleva esto? Que, por sobrenaturales y extraños que sean los eventos (que lo son, y mucho), no todos los personajes van a reaccionar con la boca abierta y señalando a lo que ha sucedido.


"¡Cooooño!"


Este desarrollo de los personajes, en líneas generales, se perfila con mayor precisión a la hora de contarnos la historia previa de éstos, o bien con sus acciones, pero no así en los diálogos. Salvando algunos de los diálogos que se sostienen con el Antiguo Enemigo (vía chat, curiosamente; y digo curiosamente porque la novela es de los años ochenta), gran parte de las líneas que salen de boca de los personajes resulta a menudo forzada o poco creíble. Quiero pensar que se puede deber a la traducción, pero cuando un personaje como Lisa me cierra una frase con un "¡Santo cielo!", por muy en inglés que lo pongas (imagino que lo dirán con un "My god" o alguna cosa similar) te lo crees igual de poco. En algunas partes, los diálogos casi recuerdan a mensajes de texto, basados en frases cortas, casi unimembres y sin demasiado apoyo emocional. Abro el libro por una página al azar (me ha salido la página 247 de la edición que compré de Martínez Roca) y me encuentro con esto:

Tenemos una escena en que el grupo se encuentra en el fregadero de una casa todo un botín de joyas, pertenecientes al pueblo entero. Transcribo el diálogo para que veamos la carga emocional que destila cada frase y entendamos un poco mi crítica del párrafo anterior:

"Bryce contempló de nuevo el montón de joyas.
—Entonces, esos objetos pertenecen probablemente a gente de todo Snowfield.
—Bien, yo diría que, en cualquier caso pertenecen a los desaparecidos —le corrigió Tal—. Las víctimas que hemos encontrado hasta ahora llevaban relojes y joyas.
—Tienes razón —asintió Bryce —. Así pues, los desaparecidos fueron despojados de sus objetos de valor antes de ser llevados a... a... bueno, a donde diablos los llevaran."

(Fragmento de la edición de Martínez Roca del año 1988)

Este, con todo, no es el peor diálogo, pero ilustra un poco lo que quiero decir: los personajes, a la hora de hablar, en muchos aspectos parecen bastante maquinales. Sus líneas de diálogo resultan parcas y escuetas en muchas ocasiones. La falta de acotaciones, limitándose a un par de verbos deícticos como "dijo", "respondió" o "asintió" limitan mucho el lenguaje no verbal y el lector carece por completo de información acerca del tono con el que se dicen las cosas. Que a ver, una cosa es que no se lo tengan que dar todo mascado al lector y otra cosa es que no le den nada.

Por contra, otro de los puntos fuertes contrarresta esta carencia. Me refiero, sin duda, a la ambientación. Si arriba he mencionado que Koontz se toma su tiempo en describir el trasfondo personal de cada uno de los personajes que tienen una cierta relevancia, con la ambientación no es menos, hasta el punto de conseguir que en algunos pasajes nos sintamos bastante dentro de la historia. No van a faltar escenas detalladas acerca de los edificios de Snowfield o de la decoración del interior de algunas casas (por ejemplo, una cuyos colores eran principalmente el amarillo y el verde y que era capaz de poner de los nervios a quien la visitaba al no encontrar absolutamente ningún otro color por ninguna parte). En las escenas en que cae la noche, la descripción del apacible pueblo se torna en algo mucho más siniestro y la oscuridad toma tal presencia que casi parece un personaje más. En algunas partes, incluso lo es, como en el caso del callejón cubierto que Jennifer y su hermana tienen que atravesar en uno de los primeros capítulos de la novela. Y es que Koontz, sin tener que se diga la prosa de un genio ni mucho menos, sí posee un estilo ágil y sencillo de leer, que hace fácil meterse en la historia. A esto se añade un ritmo narrativo que solo se ralentiza de verdad (no cuento aquí las pausas digresivas para que un personaje te cuente su historia o la de alguien, porque para mí eso no es ralentizar, sino aportar trasfondo) cuando se añade en la segunda parte de la novela la subtrama de Fletcher Kale, que resulta forzada y (por extraño que resulte que lo diga yo), innecesaria.


Snowfield de noche podría tener una pinta tal que así.


Detengámonos un poco en el caso Kale: la cosa, en realidad, empieza bien, en el momento en que te lo plantean como un secundario que, originalmente, parecía servir como "reflejo" para mostrar la personalidad de Bryce Hammond. El problema y lo forzado aparecen más adelante, cuando vemos que ese personaje sigue apareciendo tras su detención, y contándonos cómo se fuga. ¿Es esto malo? No, porque bueno, está desarrollando un personaje que está bien construido en líneas generales. El problema quizás es cuando vemos que esa trama aparece relacionada con la principal de un modo, digamos, "exótico" (por no llamarlo rocambolesco): Kale, tras haber sido detenido, es capaz de ponerse en fuga y huye en dirección a una casa. Hasta aquí bien. Lo que ya empieza a resultar sospechoso es que la casa (un bunker en toda regla) es propiedad de Jake Johnson (sí, uno de los polis que están en Snowfield), el cual le vendió una propiedad un tiempo atrás. Aquí la cosa empieza a ponerse rara, pero más rara se pone cuando nos enteramos de que Kale tiene intención de ocultarse de la policía en... sí, amigos, en Snowfield. El amigo tira para allá, pero no llega. ¿Por qué? Porque antes de eso, se encuentra con un motero llamado Jeeter, mencionado a lo largo y ancho de toda la novela (y que aparece por primera vez en los últimos capítulos) y un cachito del Antiguo Enemigo. Jeeter le cuenta una historia del tebeo y Kale se la cree, quizás porque ve el cachito del Antiguo Enemigo, que también le cuenta un buen rollo. Total, que un personaje que funcionaba bien como secundario (y nada más) aparece metido por cojones en la trama principal junto a uno que no llegaba ni a episódico. Y ambos se precipitan hacia los cuatro o cinco últimos capítulos de la novela, para confluir con los supervivientes de Snowfield. Con dos cojones.


Que si te pones a pensarlo, la descripción de Jeeter el motero es la hostia también: motero con su banda de delincuentes, sádico, asesino, violador, le pega a las drogas, vende armas y adora a Satán.
A Koontz le faltó poner que jugaba al rol, ya puestos.


Es precisamente la conclusión de la novela la parte más floja (algo que no es gran cosa, si consideramos que más o menos el 90% de la historia es más que aceptable), donde todo confluye de una forma pelín atropellada y solucionada en cuestión de párrafos: llegan los dos malosos estos, justo después de que los buenos se la hayan visto con una criatura preternatural digna de Lovecraft que se autoproclama un dios (¡Un dios!), pistolita en mano y tirando para el hospital en plan primos chungos de los asesinos de Columbine. El motero palma de un tiro en la barriga y Kale... A Kale le ha mordido una garrapata venenosa de las montañas y le da un pasmo. No es coña.
Incluso la forma de concluir lo sucedido en Snowfield resulta un poco atropellada a veces: Koontz se esfuerza tanto en que TODOS los misterios que han sucedido en el pueblo aparezcan resueltos y con una clara explicación, que en algunos momentos te da la impresión de que está tirando de una lista para ver si se le ha olvidado algo (pongo el caso de los cuerpos que aparecen sin sangre o los charcos de agua, cuya respuesta se encuentra, pero siempre hay alguien ahí para asociarla rápidamente al misterio que se encontraron al principio, como si dijera "Eh, no nos hemos olvidado de dar respuesta a esto"). A esto se suma que la batalla final con el Antiguo Enemigo recuerda más a una película de acción que a una historia de terror.


En una de las explicaciones acerca del Antiguo Enemigo, vemos la idea de los gusanos planarios que, por medio del canibalismo, son capaces de asimilar lo aprendido por sus víctimas.
Una idea así la veríamos también, solo unos añitos más tarde, de la mano de Alan Moore y su Cosa del Pantano. No sabemos si Alan Moore había leído esta novela por aquel entonces o ambos autores habían llegado a esta idea por sus propios medios.


En fin, salvando esto, podemos decir (si es que os fiáis de mi valoración personal que, insisto, no es ni la verdad absoluta ni pretende serlo) que tenemos una novela en la que los puntos positivos son mayores en número y peso que los negativos: entretenida e interesante, gracias a lo ya mencionado, así como al concepto del Antiguo Enemigo. Nada original, si tenemos en cuenta que Koontz mama aquí (admitido por él mismo a lo largo y ancho de la novela) de H.P. Lovecraft, mostrándonos una criatura preternatural e informe (y multiforme), que vive en las entrañas de nuestro mundo desde el alba de los tiempos. Sin embargo, Koontz no se queda en el simple guiño-homenaje: en esta novela nos vamos a encontrar una infinidad de conceptos e ideas que tratan de explicar el origen de la criatura. Desde análisis científicos hasta un repaso por las desapariciones más célebres de la historia (no falta el clásico "Mary Celeste", por supuesto). Hipótesis y teorías que tratan de racionalizar la esencia del Mal. A diferencia de como sucediese en Lovecraft, el Antiguo Enemigo se muestra más... más humano que las Semilas Informes de Tsattoghua (para mí, el referente más claro proveniente del universo lovecraftiano): El Antiguo Enemigo posee un elevado ego, y se muestra comunicativo con la raza humana, demostrando de paso una inteligencia y un sentido del humor que confieren un cierto carisma a la entidad antagonista.


Más detalles curiosos: En la novela se hace referencia a dos científicos conocidos como Isley y Arkham.
Isley, en DC Comics, es el nombre original de la villana conocida como Hiedra Venenosa, mientras que Arkham, aparte de ser el psiquiátrico donde ésta es encerrada de vez en cuando, es el nombre de una de las ciudades más emblemáticas del universo creado por H.P. Lovecraft.
¿Coincidencia o eran referencias deliberadas?


Para terminar, me gustaría hacer una crítica acerca del maltrato que esta novela ha sufrido con el paso de los años: primero, con una fallida película que, pese a contar con el propio Koontz para la redacción del guión, falla estrepitosamente en el reparto, poniéndonos a Rose McGowan en el papel de Lisa (Lisa en el libro es una adolescente, apenas una niña, mientras que Rose McGowan no veía los veinte en la película) y a Ben Affleck en el papel de Bryce Hammond. El personaje de Stu Wargle, encarnado por Liev Schreiber (al que hemos visto más tarde en el papel de Dientes de Sable en Wolverine: Origins), resulta poco creíble, forzado e incluso ridículo a veces, pareciendo pasárselo en grande ante una masacre. Otros personajes, como Gordy Brogan o Tal Whitman, directamente son borrados de la adaptación, mientras que otros como Frank Autry, ven cambiado su nombre y desaparecen en un suspiro. Flyte, encarnado por Peter O'Toole, no consigue salvar la adaptación pese a su esfuerzo por aportar su experiencia.


"¡Jua, jua, jua, se han muerto todos, qué cachondeo!"


En segundo lugar, con el tema de los derechos de publicación en nuestro país. Teniendo en cuenta que este puto mercado editorial se mueve (única y exclusivamente, sin atender a otros motivos) por razones de pasta, para que aquellos que tengan los derechos de la novela se acuerden de volver a editarla (puede llevar, tranquilamente, más de quince años sin verse en una tienda) vamos a tener que esperar a que a alguien en Hollywood por hacer un remake de esta novela si alguien quisiera comprársela. Entretanto, autores de los de siempre, como Joe Hill o Stephen King, ven reeditadas todas y cada una de sus novelas (incluso las menos leídas o populares) año sí y año también. Por no mencionar la cantidad de novelas de segunda en otros géneros, surgidas a rebufo de sagas que ya empiezan a recibir unas críticas lamentables en sus segundas o terceras partes. Luego es que la gente no lee, pero eso es lo que pasa cuando uno se dedica a editar y publicar fotocopias de fotocopias y a saturar el mercado decuplicando la demanda, riéndose de paso del lector que tiene un mínimo de criterio y exigencia a la hora de gastarse dinero en un libro.
Y es que a veces, uno desearía que el Antiguo Enemigo surgiera de las profundidades para comerse a unos cuantos.

domingo, 8 de junio de 2014

Mondo Chorra- Festival de la Carne, segunda parte: Mujerazas Edition




Y seguimos con el Festival de la Carne, que se ve que dio buenos resultados. En apenas veinticuatro horas, la Chulazo Edition de este artículo se ha convertido en lo tercero más visto de todo el mes, lo que puede considerarse todo un éxito. En este que nos concierne, como ya habréis imaginado, nos vamos a la otra cara del asunto cárnico. Es decir, si en el anterior pusimos maromazos que subieron la presión arterial de nuestras lectoras, aquí nos va a tocar hacer un repaso de las muchachas o mujerazas que cortan la respiración de nuestros Distópicos más habituales.
Distópicos... o Distópicas, porque tengo que comentar el hecho de que las lectoras de este blog se han sumado a los chicos y no se han cortado un pelo a la hora de votar a sus mozas favoritas... con lo que se rompe el tópico de que las mujeres son unas envidiosas que no soportan que haya otras mujeres guapas. Tengo que decir que mis lectoras (algo de lo cual estoy más que orgulloso, por qué no decirlo) han sido de lo más honestas a la hora de hablar de estas Mujerazas y no han tenido problema alguno en reconocer la belleza ajena.
Una vez comentada esta curiosidad, vamos a ir directos al tema, que veo que ha habido bastantes ganas de que llegue este artículo:

Mujeraza número 1. Sofía Vergara: Modelo y actriz colombiana, nacida en 1972. Probablemente la elección más clara de ambos artículos de este Festival de la Carne, siendo votada tanto por chicos como por chicas. De Sofía hay poco que decir que no hable por sí mismo. En su momento saltó a la fama mundial tras un supuesto idilio con Enrique Iglesias, para más adelante seguir trabajando en su faceta como actriz hasta llegar a su papel en la serie Modern Family. Pronto la veremos en la segunda parte de Machete, lanzando balas con el sujetador (y no, no es coña).





Mujeraza número 2. Scarlett Johansson: Actriz estadounidense, nacida en 1984. Otro de los sex-symbols más unánimes del blog, a la que llevamos viendo en la gran pantalla desde que era una mocosa. Ha pasado el tiempo desde que saliera en The Horse Whisperer y Scarlett ha crecido bastante, tanto física como profesionalmente. Es una actriz todoterreno, que lo mismo te hace una película histórica que una peli con Woody Allen o se embute en un mono de cuero ajustado para encarnar a la Viuda Negra.





Mujeraza número 3. Monica Bellucci: Se dice que Italia ha dado luz a algunas de las mujeres más guapas (o guapas y carismáticas a la vez, algo no tan común): Ornella Mutti o Sofia Loren pueden ser dos buenos ejemplos de ello. Monica Bellucci (Italia, 1964) no es menos, demostrando que, por muchos años que pasen, esta mujer no solo mantiene la belleza, sino también la elegancia y el porte.





Mujeraza número 4. Natalie Portman: Otra de las que no podían faltar. Esta actriz israelí nacida en 1981 es elegancia y sencillez a partes iguales, sin caer en el tópico de "Para estar buena tienes que tener curvas de vértigo". Hay mujeres con curvas que sí pueden resultar atractivas, y otras que aun teniéndolas pueden llegar incluso a echar para atrás. En el caso de Natalie, descubrimos que un cuerpo voluptuoso no lo es todo. Hace falta también carisma, la elegancia arriba mencionada o lo que quiera que tenga la señorita Portman y todavía no hemos llegado a definir.





Mujeraza número 5. Christina Hendricks (Actriz estadounidense, nacida en 1975): Con la señorita Hendricks sucede justo lo contrario. En una sociedad obsesionada con la delgadez (a menudo, extrema y enfermiza) y unos cánones de belleza cada vez más irreales y malsanos, Christina Hendricks se alza como bastión de un canon que recuerda a otras épocas, donde la voluptuosidad estaba mucho mejor vista hoy en día, donde se tacha (de forma despectiva) de "gordura", llegando a menospreciar a mujeres realmente impresionantes solo por no tener la talla deseada. Christina Hendricks tiene curvas, sí. Tiene pecho, sí. Y caderas, y muslos. Y nadie en sus cabales podría decir que es una mujer poco agraciada o poco carismática.




Mujeraza número 6. Kate Upton (modelo estadounidense, nacida en 1992) podría incluirse en la misma categoría que a Christina Hendricks: ambas poseen un cuerpo nada similar a ese discutible canon de belleza, más cercano a la androginia o al cuerpo de un preadolescente que a lo que hemos venido entendiendo toda la vida como una mujer de verdad. Y al igual que sucede a la actriz, la señorita Upton también ha sido lapidada por "gorda", como si por tener un cuerpo con curvas estuviese cometiendo un crimen, o como si su belleza desapareciese en el momento en que no cabe en la talla "ideal" impuesta por diseñadores y firmas de ropa. Sin embargo, y he aquí la ironía, pocos hombres (o mujeres) he conocido que nieguen lo que esta chica vale.





Mujeraza número 7. Blanca Suárez (España, 1988). Dado que soy poco seguidor de series españolas, tengo que decir que poco o nada sabía de esta actriz madrileña. Sin embargo, ha recibido algunas votaciones para participar en este artículo, lo que me ha permitido descubrirla.





Mujeraza número 8. Emma Stone (actriz estadounidense, nacida en 1988): Con la señorita Stone me ha pasado tres cuartos de lo mismo. Repasando su filmografía me doy cuenta de que no he visto absolutamente ninguna de las películas en que ha participado.





Mujeraza número 9. Emilia Clarke (actriz inglesa, nacida en 1987): He aquí otro caso similar al de Natalie Portman. No necesitas ser una sex-bomb para resultar atractiva, ni mucho menos. Es algo que se lleva dentro, como en el caso de la señorita Clarke. Igual es por esa mirada tan dulce como magnética (lo hemos visto una y mil veces aquellos que hemos seguido Game of Thrones), o por ese punto de vecina de al lado que destila, no lo sabemos ni nos importa. El caso es que Emilia Clarke rezuma encanto por los cuatro costados, y pocas pueden salir airosas publicando una foto sin maquillaje. Por eso no dudaríamos en seguir a Daenerys Targaryen allá donde nos diga.





Mujeraza número 10. Emma Watson (actriz de origen francés, nacida en 1990. Y sí, a mí también me ha sorprendido ver su lugar de nacimiento), sin embargo, nunca ha sido santo de mi devoción, ni a nivel físico ni en lo referente a lo que me transmite. Sin embargo, y como sucediera en el artículo anterior, respeto los votos que la han puesto aquí y la incluyo en esta lista confeccionada por vosotros, queridos Distópicos.






Mujeraza número 11. Anna Paquin: Otra de esas actrices a las que hemos visto crecer. Desde que debutase con The Piano, esta canadiense nacida en 1982 ha ido forjando una carrera cinematográfica discreta, pero con buena letra. La hemos visto en películas de terror como Darkness y ha encarnado (con mayor o mejor fortuna) a Pícara (uno de mis personajes de cómic femeninos favoritos de toda la vida) hasta tres veces. En la actualidad se ha dejado ver en la serie True Blood.





Mujeraza número 12. Charlize Theron: (Sudáfrica, 1975) Esta actriz nunca ha formado parte de mi elenco de iconos, pero tengo que reconocer que merece estar en esta lista, y no solo porque algún amiguete haya insistido por activa y por pasiva que la incluya aquí. Como actriz, poco malo tengo que decir. Insisto en que no es de mis favoritas, pero no es de lo peor que se ha visto en una pantalla en los últimos años. Viendo además la cantidad de "Hola, soy actriz porque estoy buena" que están surgiendo, tenemos que decir que es todo un alivio que Charlize no lleve ese rollo.






Mujeraza número 13. Laetitia Casta: En aquella época, a finales de los años noventa, en que había una especie de dicotomía dictatiorial sobre las modelos, y te tenía que gustar Cindy Crawford o Claudia Schiffer por cojones y sin rechistar, surgió Laetitia Casta. Esta modelo, nacida en Francia en 1978, surgió como un cambio de aires en la nota dominante: la modelo atlética (y posteriormente esquelética) como canon tenían un serio desafío en cuanto apareció esta curvilínea muchacha de mirada penetrante.





Mujeraza número 14. Erika Sanz: Actriz y bailarina española nacida en 1980 de la que no he sabido nunca demasiado, considerando que las series en que ha participado nunca han sido santo de mi devoción. Sin embargo, ha sido votada para formar parte de este artículo y aquí aparece reflejada.





Mujeraza número 15. Mila Kunis (Ucrania, 1983): Otra de esas actrices de una generación medio moderna de las que un servidor sabía poco o tirando a nada. Sin embargo, tomo nota de la recomendación y ya tengo pendiente ponerme a ver un día Cisne Negro. A ver si resulta tan impresionante como me habían dicho.





Mujeraza número 16. Lana del Rey: Definitivamente, ando desconectado del mundo. Lana del Rey (cantante estadounidense, nacida en 1986) es otra de esas votadas por los lectores de este blog y yo viviendo en otro planeta, porque no tenía ni idea quién era.





Mujeraza número 17. Anna Simon (presentadora y periodista española, 1982): Anna saltó a la fama hace algunos años en el programa Tonterías las Justas, presentado por Florentino Fernández, aunque ya había hecho alguna cosita previa en televisión. Desde entonces, la hemos podido ver de invitada en numerosos programas y concursos de la tele hasta haberla visto dando las campanadas en Antena 3 este último año.






Mujeraza número 18. Carla Gugino: (Actriz estadounidense, nacida en 1971) La señorita Gugino es de esas actrices que hemos visto en no pocos papeles y que, por culpa de una industria cinematográfica obsesionada solo porque recordemos los nombres que a ellos les convienen (y con los que nos bombardean constantemente), pasa por alto a otros artistas que, si bien no recaudan tanto (o bien es que no les dan tanto bombo) no tienen nada que envidiar a los que están de moda. A Carla Gugino la hemos visto en diversos papeles, como en Sin City, Watchmen o Sucker Punch.





Mujeraza número 19. Kat Dennings: (Actriz estadounidense, nacida en 1986). Kat, por su parte, es relativamente conocida por su papel en la divertida serie Two Broke Girls, aunque quizás lo es más por su trabajo en las dos entregas de Thor, convirtiéndose aquí en una secundaria cómica algo neurótica (la típica castaña con la que Marvel Studios parece obligarnos a comulgar en todas y cada una de sus películas). Quizás algún día pueda decir que tiene un personaje protagonista en alguna película con algo de éxito. De momento, seguimos esperando.





Mujeraza número 20. Lucy Pinder (modelo británica, nacida en 1983): Sabemos que en Inglaterra es costumbre que haya galerías fotográficas en según qué periódicos, como el Daily Star. Lucy Pinder, precisamente se dio a conocer en esta publicación, pasando a convertirse en una de las modelos más cotizadas por revistas como Nuts o Maxim.




Mujeraza número 21. Anne Hathaway (actriz estadounidense, nacida en 1982): Nunca deja de resultarme algo gracioso (como curiosidad, no como objeto de burla) que en Hollywood exista una actriz cuyo nombre coincide con el de la esposa del mayor dramaturgo de la lengua anglosajona y uno de los más importantes de toda la historia de la literatura. Anne, conocida hasta la saciedad por sus papeles en películas Disney de dudoso respeto hacia la inteligencia de sus espectadores, ha ido evolucionando con el paso de los años. Poco a poco, se ha ido esforzando por alejarse de esa imagen de "Niña Disney" que parece convertir a todas las que la portan, bien en repollos, bien en criajas rebeldes que se despelotan y toman drogas para parecer más malotas. Anne no ha pasado ni por lo uno ni por lo otro, peleando muy duro para ser respetada como actriz.



Y con esto, concluye el repaso acerca de las mozas que han sido votadas por lectores de ambos sexos en este blog. Algunas votaciones minoritarias, por razones de extensión, han tenido que quedarse fuera; es por ello por lo que he decidido dejar la lista en veintiuna, tal y como sucediera en el artículo anterior. Con todo, hay que decir que el buen gusto de mis lectores no deja de sorprenderme.