lunes, 25 de abril de 2011

El Gusano Interior, Por Javier Durán: Acto I, capítulo 1






Aquel Lunes por la noche, mientras muchas otras cosas sucedían en la ciudad, tuvo lugar un fenómeno que en la antigüedad habría sido calificado de “presagio”. Hoy en día, en una era de ciencia y raciocinio, tal idea habría sido rápidamente descartada. Sin embargo, si las personas que allí vivían hubieran conocido la razón que había llevado a aquella estrella fugaz a caer sobre aquel monte, tal vez habrían cambiado de opinión.

Recobró el conocimiento gracias a la brisa fresca que agitaba los árboles a su alrededor. El aroma del aire tenía un regusto salino, mezclado con la fragancia de los pinos. Gracias a aquel efecto, abrió los ojos deprisa y su mente empezó a calibrar qué era lo que tenía que hacer. Durante aquel proceso, trató de ponerse en pie, pero algo se lo impidió.
Dolor. Un dolor agudo y palpitante que le desgarraba la carne. A causa de esto, comprendió, el simple hecho de incorporarse ya resultaba una tarea titánica.
Con un grito, mezcla de sorpresa y desagrado, descubrió la fuente de éste mientras se levantaba la camiseta: su costado izquierdo estaba ensangrentado. La herida, infligida en el último segundo de su huida a modo de reproche cruel, había sido profunda y de ella manaba sangre copiosamente. No había tenido demasiada suerte.

Pasaron varios minutos hasta que consiguió asumir la gravedad del corte que le había lacerado gran parte del torso. La tarea de soportar el dolor fue algo más complicada, pero logró desempeñarla. Al fin y al cabo, había sido herido otras veces, y también de considerable gravedad. Aquello no tenía por qué ser diferente. O, al menos, esperaba que no tuviese por qué serlo.
Por fin, de un modo algo más calmado y prudente, se incorporó con cuidado y, tras casi otro minuto más, logró ponerse en pie. Avanzó un par de pasos y miró a su alrededor. El lugar le era familiar, pero no terminaba de reconocerlo. Sabía que estaba allá donde se había requerido su presencia, pero no tenía detalles concretos. Sin duda, debía estar en aquella ciudad al sur de España donde, debido a diversos avatares del Destino, convivían varios de sus “asuntos pendientes”. A juzgar por la corriente de aire, debía estar en un sitio bastante alto. Unos pasos más y ya consiguió saber donde estaba: a sus pies se extendía toda la urbe, que a aquellas horas estaba iluminada con el aspecto de un gigantesco manto dorado que se recortaba contra el terciopelo azul oscuro, casi negro, del cielo y el mar, extendiéndose hacia el horizonte. Se encontraba en uno de los miradores situados alrededor del castillo árabe que coronaba el casco antiguo. Desde allí podía distinguir la única torre de la Catedral, perfectamente iluminada. Opuesta a ella, algo más lejos, y a la izquierda, despuntaba el edificio de Correos. Un gigante de hormigón contemporáneo con una estructura similar a una pirámide emplazada en su cima, que parecía desafiar al campanario barroco.

Así que estaba en el sitio correcto, no cabía duda. La pregunta era, ¿realmente había llegado en el momento idóneo? En su huida ya había tenido que abandonar a un compañero a su suerte. No había disfrutado en absoluto al hacerlo, pero era cuestión de prioridades. Más allá de sus múltiples asuntos, tenía un objetivo que cumplir. Uno realmente prioritario. Lo que él y su socio estaban haciendo justo antes de que tuviera que marcharse podía esperar. Su aliado podía esperar. Si todo iba bien, si conseguía solucionar aquella crisis, volvería y le ayudaría. A fin de cuentas, no creía que su vida corriese peligro. Y si así fuese, lo que estaba sucediendo en esa ciudad implicaría el destino de muchas vidas; no hacer nada podía degenerar en una auténtica catástrofe. Era una cuestión de números. Tenía que entenderlo.

Abrumado por un sentimiento muy similar al que produce tener la conciencia intranquila, decidió centrar su mente en otros propósitos.
Información.
Necesitaba saber qué había pasado exactamente. Sólo sabía con seguridad que se le necesitaba allí. Que algo había pasado. Los detalles, como sucedía siempre en estas vicisitudes, eran parcos y vagos. Sus percepciones no eran tan precisas como antaño. Ni siquiera entonces hubiese estado tan seguro de tener tal dominio de sus habilidades. Eso, sin embargo, no implicaba en ningún caso que estuviese ciego o que fuese incapaz de acceder al conocimiento. En todo caso, sólo significaba que su sacrificio para conseguirlo sería mayor.
Sacrificio. Aquella palabra tenía un significado especial, mágico. Primario. El sacrificio era el pago por conocer. La llave para desempeñar su tarea. El sacrificio y él, odiaba admitirlo, eran viejos compañeros de fatigas.
Respiró hondo, anticipando lo que venía a continuación. Lo hizo una, dos, tres y el número de veces que fue necesario. Enfrió sus pensamientos lo máximo posible. No era nada fácil.
Por más veces que lo hubiese hecho, el dolor no dejaría de estar ahí. El dolor formaba parte del intercambio. Del comercio.
Dolor y sangre.
Se seguía viendo incapaz. Por ello, exploró uno de los pequeños bancos con plantas y flores que había a su alrededor en aquel mirador. No necesitó una búsqueda muy exhaustiva para encontrar lo que estaba buscando.
Es curioso como a veces las cosas más pequeñas pueden parecernos un mundo. Cómo pueden suponer una gran diferencia. La diferencia, no entre lo bueno y lo malo, sino aquella que nos permite quedarnos, como en infinidad de ocasiones, con el menor de los males. Aquella pequeña rama de pino era la suma de todo eso.
Volvió a tomar aire profundamente varias veces y se colocó la rama entre los dientes. Luego, se levantó la camiseta e hizo aquello para lo que había estado preparándose mentalmente a lo largo de los últimos minutos.
Las primeras falanges fueron las más dolorosas. Hizo bien en haber buscado una rama lo bastante gruesa, pues de lo contrario la habría partido con los dientes. La herida ya era lo bastante dolorosa. Introducir dos dedos en ella le llevaba casi al borde del desmayo.
Cuando los hubo introducido casi hasta los nudillos, el recuerdo de la leyenda de Santo Tomás el Apóstol le asaltó la mente. Por algún motivo que no acertaba a dilucidar en esos precisos instantes, aquello le resultó trágicamente irónico.

Una vez se aseguró de que tenía los dedos suficientemente empapados en sangre, procedió a sacarlos de la herida. Aquella rudimentaria exploración le había enseñado, de modo accidental, que el corte había estado muy cerca de atravesarle el costado de parte a parte. Curiosamente, no le había dolido cuando se lo infligieron. En el momento en que sus nervios quisieron reaccionar, ya era tarde: el arma ya había hecho su trabajo. A la perfección, habría pensado, si no fuese su herida la que estaba tocando.
Extraer los dedos no fue algo ni más fácil ni menos doloroso, pero sí tenía un cierto componente de alivio del que había carecido la operación contraria. No era un gran consuelo, pero era algo a lo que aferrarse en situaciones así.
La sangre empezó a empaparle el resto de la mano, tiñéndola de carmesí. Eso era justo lo que necesitaba. Con esa cantidad, tenía suficiente para empezar a trabajar.
Mientras llevaba a cabo su tarea, una parte de él pensó que había tenido mucha suerte al llegar allí y no encontrar a nadie. Por lo que conocía de la ciudad, tenía entendido que aquel mirador era frecuentado por jóvenes o por parejas durante la noche, no importaba que no fuese fin de semana. La presencia de cualquiera le habría resultado algo molesto e indiscreto. Especialmente cuando se trataba de usar la sangre como tinta y los dedos como pinceles para trazar símbolos en el suelo.
Una vez hubo terminado de escribir los glifos y las líneas que daban sentido a todo el gráfico que había plasmado en aquel suelo de piedra, murmuró unas palabras. El hecho de hacerlo en voz baja se debió, por sorpresa para él, más al hecho de que se encontraba casi sin voz a causa del dolor que a cualquier otro motivo.
Arrodillado como estaba, dejó que las ideas fluyeran hacia el interior de su cabeza. Poco a poco, fue recibiendo detalles acerca de lo que había pasado. Al principio, fueron impresiones abstractas, que fueron concretándose ligeramente conforme relajaba su mente y abría sus percepciones.
Dolor.
Muerte.
Ira.
Odio.
La Criatura. No podía ser otra. Después de tanto tiempo, podía empezar a sentirlo. Algo pareció flotar en el aire. Sutil, apenas perceptible, pero no por ello menos real. Se avecinaba el momento decisivo. La última batalla. Y como siempre, sucedía en el peor momento. Con él herido de gravedad, la balanza se desequilibraba en su contra. El más mínimo fallo y todo podría venirse abajo.

Una vez obtuvo toda la información que le fue posible conseguir, echó a andar. Frente a él, ora a derecha, ora a izquierda a causa del zigzag del sendero que estaba descendiendo, el parque de la ciudad se abría ante él, mostrando los edificios de corte clasicista del Ayuntamiento, el Banco Nacional y el Rectorado Universitario. Todo parecía tan tranquilo, tan sereno... era muy curioso observar cómo el mundo se esforzaba en aparentar una imagen de normalidad cuando, por debajo, se encontraba al borde del Caos. Toda la gente que vivía en aquella ciudad, en el país, en el planeta... la mayoría vivían sus vidas con mayor o menor ambición, con mejores o peores valores, pero todos ignoraban lo a menudo que se encontraban en peligro. Si no se debiese a su experiencia, aquella simple idea le habría resultado a él mismo algo insoportable.
Desechando ideas tan pesimistas, su mente cambió nuevamente de tercio. Era el momento de pasar al siguiente objetivo: buscar el modo de coserse aquella herida. A aquella hora, le extrañaba encontrar algún sitio donde pudiese comprar aguja e hilo. Al menos, su conocimiento de la ciudad no daba para tanto. Ir a un hospital sería más problemático que beneficioso. Tendría que sopesar alguna alternativa mientras bajaba a la ciudad. 
Cada paso que daba era una tortura. Un esfuerzo titánico. Cada metro avanzado dejaba tras de sí un rastro patente: un reguero abundante de sangre oscura. Bajo la tenue luz de las farolas que iluminaban la zona, su tono rojo profundo se acercaba a un negro aceitoso. Continuó caminando por la rampa de bajada desde el mirador. Aquel camino de piedra bordeado de flores y plantas le llevaría directamente hacia el centro. Una vez allí, podría iniciar su búsqueda... si es que se le ocurría por donde empezar. Dar con él en un lugar en el que se agolpaba cerca de un millón de almas podía ser como buscar una aguja en un pajar. ¿Qué podría hacer?
Durante unos momentos, una oleada de desesperación le invadió. Aquella empresa se le antojaba imposible. ¿Cómo iba a conseguirlo?
No, aquellas preguntas no eran las adecuadas, pues lo único que conseguirían sería apartarle de su meta. No debía entretenerse con ese tipo de cosas. Debía pensar en lo que estaba en juego, y era mucho. Esa debía ser su única motivación.

Pero lo primero era lo primero; había que buscar alguna manera de coserse aquella herida y ralentizar el efecto que ésta le causaba. Si todo iba bien... si todo iba bien, ya se las apañaría para buscar el modo de cerrarla del todo, de solucionar aquella crisis, y de ayudar a su socio.
El primer paso, dada la situación, sería hacer lo posible por hallar el libro, o que éste acabase apareciendo él sólo por alguna parte. Era la única solución que se le ocurría; hasta donde sabía, las respuestas, o parte de ellas, debían encontrarse ahí. Pero las cosas no eran tan sencillas, como siempre. El libro llevaba mucho tiempo perdido y oculto a sus ojos. Dar con él, por tanto, iba a ser una tarea...
No, no iba a mencionar la palabra imposible. Mejor decir que era complicada; muy complicada, de acuerdo, pero era esencial. En aquellos momentos tan difíciles, era una de las pocas cosas que podría servir para encontrar la solución a aquella crisis. Su socio sí podría ser capaz de encontrarlo... pero estaba demasiado lejos y no podía perder tiempo en ir a buscarle. Aunque no lo tenía como algo muy probable, tampoco podía descartar totalmente el hecho de que incluso pudiese estar muerto. Maldita sea, si su huida no hubiese tenido que ser tan precipitada, ahora las cosas serían diferentes... pero, por otra parte, ya estaban metidos en problemas justo antes de que se enterase de lo que estaba pasando en la ciudad. Por mucho que odiase admitirlo, que se hubiese quedado atrás y hubiese sido hecho prisionero había propiciado que él estuviese allí ahora. Estaba claro que no habría podido ser de ningún modo que pudiesen huir los dos, así habían salido las cosas. Le gustase o no, eso era lo que tenía.
Haría falta, entonces, algo más que un golpe de suerte para que el libro apareciese por alguna parte.
Tal vez, un milagro...
Tantas cosas por hacer... y tantas dificultades...

 
©Javier Durán Valdeiglesias, 2008

jueves, 14 de abril de 2011

Escupiendo Rabia- 2011: Odisea del Doctorado Dos



En capítulos anteriores de Rumbo a la Distopía...



La historia continúa, cómo no. Y es que uno a veces se plantea si realmente es inteligente, o no es más que un masoca de tres al cuarto con la insana costumbre de arrimarse siempre al ascua que más le quema la entrepierna.
Eso va a ser, porque si no, yo no me lo explico.

Dos años después de que me putearan a base de bien en el épico episodio del DEA, aquí estoy yo otra vez, subnormal perdido, aporreando a las puertas de la Universidad para ver si puedo hacer la tesis doctoral. Claro que, por otra parte, te pones a pensar en las alternativas (una tasa de paro de tres pares de cojones, que no te llamen para currar ni de una puta librería y unas oposiciones que se parecen cada día más a la Batalla de las Termópilas en cuanto a competición, por no mencionar el hecho de que el Gobierno, en su Sacrosanta Sabiduría y en sus Honorables Intentos por Crear Empleo, cierran el grifo de la oferta pública hasta, mínimo, 2014) y dices "en peores plazas hemos toreado". Pues nada, allá que vamos para hacer la tesis.


Como un cordero para el matadero. De todos los que estamos en la foto, yo soy el que sonríe al fondo.

El primer capítulo de esta segunda parte de la Odisea tiene lugar hace cosa de un par de meses. Decidí ponerme en contacto con mi antiguo tutor del DEA para decirle, con toda mi honradez (con toda mi soberana gilipollez, mejor dicho), que no había podido encontrar trabajo y que tenía tiempo de sobra para hacer la tesis. Supongo que a algunos os parecerá un argumento razonable, ¿verdad?
Pues no.
Le pareció una idea penosa, porque (según él) una tesis requiere mucha dedicación y el mero hecho de estar sin trabajo no le parecía suficiente como para iniciarla. Aun así, me citó en su despacho un día y pudimos hablar largo y tendido del asunto.
Le dí (algo más acertadamente que en el correo que le escribí, a mi juicio) esos mismos argumentos que os he expuesto arriba: que ahora me parecía el momento más adecuado para empezar una tesis doctoral, porque tenía tiempo disponible de sobra para investigar.
No me preguntéis qué pasó, porque ni yo mismo estoy del todo seguro: el caso es que, lo que parecía una simple charla para ver qué podíamos ir haciendo para empezar a plantear una tesis se convirtió en una especie de toma y daca de explicaciones. Explicaciones en las que me tuve que deshacer sin comerlo ni beberlo, acerca de temas tan extraños como el hecho de no haber encontrado trabajo. Mi antiguo tutor, aparentemente con buenas intenciones, pero de un modo que me pareció algo desafortunado (pues no era el tema que habíamos quedado en tratar) empezó a preguntarme si no me traía más cuenta meterme en las oposiciones de secundaria en lugar de hacer una tesis. Me preguntó por qué no había probado a explotar la vía de trabajar en el extranjero, con becas como lector, etcétera. Un montón de cosas sobre las que, en otro momento, no me habría molestado tener que hablar; en ese momento, me daba la impresión de que tenía que estar justificándome constantemente y que mi tutor no parecía albergar demasiadas ganas de dirigirme una tesis y parecía más dispuesto a desanimarme que otra cosa. Prueba de ello, el pildorazo que me lanzó diciéndome que para qué me metía en eso si sabía que una investigación como aquella no iba a aportarme nada más que una línea más en mi curriculum (citado casi textualmente).


"Vale, lo confieso. No me he planteado presentarme a las próximas oposiciones. No, no me gusta viajar. Sí, sé que eso es un handicap para mi profesión, especialmente si me dedico a los idiomas. Sé que estoy en desventaja con respecto a cualquier licenciado que quiera hacer una tesis. Mi curriculum no es chupiguai, ¿contento?"

Pero claro, en tu ignorancia te llegas a pensar que eso es lo normal. Que a lo mejor esa es un poco la actitud de cualquier doctor ante algún alumno que les llega. No sé, supongo que para probar que esa persona está dispuesta de verdad a trabajar.
Y así pensaba yo, hasta que un par de días después, vi a un par de amigos que, casualidades de la vida, son doctores. Les comenté el asunto y me arquearon la ceja. Lo siguiente que me dijeron fue: "Cambia inmediatamente de tutor, porque eso huele muy, pero que muy mal". Eso me hizo pensar. Eso y comentarios como que mi tutor me había dicho también en esa conversación que, lo último que quería era que dejase la tesis tirada porque me llamasen para trabajar, me obligaron a hacerme una pregunta:

"Si estoy en paro, malo... pero entonces, si trabajo peor, porque una tesis requiere mucha dedicación; por tanto, ¿quién es la persona apta para hacerla?"


Así que a hacer puñetas. Probé suerte con otros tutores, a ver qué me decían. Si me decían lo mismo y me ponían las mismas trabas para hacer una tesis, mi lado más paranoico haría saltar la alarma de "gato encerrado" y daría pie a pensar en la Teoría de la Conspiración: bien sabido fue que mi DEA no terminó precisamente como en las películas y que la Universidad (palabras textuales de uno de mis amigos doctores) es una corrala donde la mala prensa corre como la pólvora. Tan sencillo como decir que yo no era una buena apuesta en tal o cual departamento y me podría ir olvidando del asunto.
Probé con un segundo tutor. A diferencia del primero, se mostró algo más comprensivo y considerablemente menos reticente ante el tema. Eso sí, al igual que el anterior, no era de mi titulación (lo cual por lo visto es contraproducente ante un tribunal, porque lo primero que dirían es "¿Qué haces defendiendo un trabajo de X si no estás licenciado en X?", de modo que me remitió a uno de los pocos tutores de mi titulación disponibles. Sí, lo habéis adivinado: mi antiguo coordinador y protagonista del post al que remito al principio.


Sí. Hacía buen día, pero esto es lo que vi por la ventana cuando me dijo eso.

Pues nada, allá que voy. A la mierda mi orgullo y mis ganas de sembrar la muerte. Total, el que algo quiere algo le cuesta, ¿no? Me dirijo a él y le escribo; este me responde con bastante brevedad y me cita en su despacho. Allá que llego y le cuento un poco el tema: le digo que he hablado con el segundo profesor (obvié al primero, porque sería entrar en demasiadas explicaciones, y ya ha quedado claro que cuantos menos datos se den, mejor) y le comento que tengo un par de temas que éste me había sugerido. A mi ex-coordinador el asunto no le parece mal ni me pone trabas de entrada, pero me comenta que el tema mejor lo proponga yo. Que trabajar con un tema impuesto por un tutor nunca suele ser buena idea y la mitad de las veces esas tesis no se terminan. El planteamiento me convence y le digo que bueno, que iré pensando entonces en una lista de temas. Hasta aquí bien.

Y llega el momentazo al que, tarde o temprano, teníamos que llegar: mi trabajo del DEA. Nuevamente se vuelve a hacer hincapié de que mi trabajo era escueto y poco extenso. Nuevamente me expone el hecho de que, en comparación con el de mis compañeras, no daba la talla. Nuevamente me dice que el sobresaliente que me puso mi tutor había sido excesivo y que no habría estado tan mal un notable. Nuevamente me dice que ese trabajo no debería haber llegado a tribunal.
Yo todo esto me lo trago tranquilamente (¿Qué otra cosa iba a hacer? Total, ya estaba evaluado con un notable en el DEA... pero venía bien seguir escuchando, por si había alguna información extra).
No me equivoqué. Me informa también de otros detalles interesantes: que, una vez terminada la odisea del tribunal, estuvo hablando con mi tutor (de esto éste último no me comentó absolutamente nada en la entrevista que había tenido con él, curiosamente; de hecho, me preguntó qué pasó, haciéndome entender que él no se había enterado de nada) y le comentó el asunto. También, según parece, le comentó que mi trabajo no daba la talla en cuanto a extensión y que mi tutor entonó un mea culpa (curioso el hecho de que, en mi entrevista con él, cuando le conté lo del famoso mail del post anterior donde se me decía de todo menos bonito porque mi trabajo era demasiado corto, éste se reafirmó diciendo que no había por ninguna parte un mínimo estipulado de páginas, lo cual corroboró en su día la directora de mi carrera).

Particularmente interesante me resulta el hecho de que, según mi ex-coordinador y posible futuro tutor de tesis, me informa de que que hay un mínimo de páginas establecido a la hora de entregar un proyecto de DEA (unas cien páginas), así como de tesis, que ronda las trescientas. Al parecer, viene estipulado por ley y, según me cuenta, lo había dicho varias veces durante el curso de doctorado. Fíjate tú, yo no falté a ni una sola de las clases que yo recuerde y eso no me suena ni por forro. Pero bueno, mi memoria no siempre es la hostia, así que lo dejo pasar.
El caso es que unos me dicen una cosa, otros me dicen la contraria, y yo en medio. Llamadme mal pensado, pero empiezo a formular la estrambótica teoría de que alguien me ha estado mintiendo. Ni idea de quién de ellos ni por qué. Pero cuando dos versiones no coinciden, alguien miente. Es cuestión de lógica.


No es necesario haberse tragado todas las temporadas de House para llegar a tal conclusión.

En fin, vuelvo a mi casa, con el objetivo de plantear una lista de temas para el trabajo de tesis, y con la comezón insistente y constante de que, bien mi antiguo tutor, bien la directora de mi carrera, bien mi ex-coordinador, me ha estado mintiendo. Y, llamadme raro, pero es una idea que no me hace ninguna gracia. No sabiendo que, si tengo que empezar a plantear un trabajo de tesis, voy a trabajar en ese mundo.

Vuelvo a mi casa y me pongo a hablar con una amiga, que casualmente es doctoranda como yo; de mi facultad y de mi titulación, pero ella hizo su curso de doctorado en otro departamento. Le cuento el caso y le pregunto si a ella le dijeron algo de un mínimo de paginación en el DEA. Su respuesta es NO. Ni a ella ni a los de un tercer departamento, que presentaron trabajos de investigación tan cortos o más que el mío. Esto, sumado al comentario de mi antiguo tutor y al de la directora de la carrera, me hacen apuntar en una única dirección. Y sigue sin gustarme, además de por los motivos que ya he argumentado, por el hecho de que mi amiga también se las está viendo y deseando para que le digan cuándo y cómo empezar su tesis, lo cual nos hace preguntarnos a ambos qué hostias está pasando en nuestra facultad para que haya tantos problemas y tantas historias raras.


Mi expresión se volvió más o menos así al enterarme.

Demasiadas largas, demasiadas mentiras y demasiadas versiones encontradas.
Y la verdad es que me estoy hartando.
Podeis decir que estoy como una puñetera cabra, que mis ideales están desfasados o que provengo de otro planeta, pero me parece que si hay algún problema con respecto a los trabajos de tesis doctoral, a NADIE debería costarle nada ser transparente y decir con claridad cuál es el problema, en lugar de andar mareando a la gente con secretitos o supuestos decretos que parecen ser como Dios: deben poseer una autoridad irrefutable, pero no todo el mundo reconoce su existencia. De hacernos trabajar (que no nos molesta) para luego ningunear nuestros trabajos (que eso sí toca un poquito la moral). Para ver cómo los mismos profesores se ponen a caer de un burro entre ellos, pero nunca a la cara, haciéndonos a los que estamos ahí (y que no tenemos ninguna necesidad de tener que formar parte de esas intrigas) ser testigos o parcialmente partícipes de sus propios Juegos de Tronos.
Me toca considerablemente la moral, además, que de antemano se de por hecho (o peor, se de a entender) que no soy un buen trabajador o que no me dedico lo suficiente a ello, cuando en más de una ocasión se me ha pedido que no sea tan exhaustivo a la hora de hacer el análisis de algo que me piden. Y me repatea que gente que nos habla de honor y de legalidad a la hora de hacer las cosas no tenga lo que hay que tener para ser consecuente con lo que predica. O bien que tampoco sea capaz defender su propio trabajo y el que ha realizado la gente bajo su tutela, agachando las orejas ante la más mínima situación de conflicto, de paso dejando con el culo al aire a los de siempre.




Pero claro, lo que os digo siempre: todos formamos parte de esto. Sin ir más lejos, expongo el caso en mi casa de un modo quizás más apasionado que como lo estoy redactando (el calor del momento, ya me entendeis) y, ¿sabeis qué respuesta he obtenido?
"Es que eso es así".

Y ya está.
Como eso es así, nos callamos. Esa es la frase mágica. La que da carta blanca a cualquiera para que nos putee, para que nos convierta en emisarios involuntarios de dires y diretes. Para que se mee en lo que hacemos con total impunidad, sin que ni siquiera podamos permitirnos el lujo de la justicia o la retribución. Ni siquiera de poder decirle a quien sea "Vete a tomar por culo" como Dios manda.
Que lo tengais bien claro: cada vez que decimos "Pero es que las cosas son así" lo que hacemos es ponernos el collar de perritos amaestrados. Dejamos que nos marquen el trasero a fuego, como buenas ovejitas. Formamos parte del sistema y pasamos a alistarnos con todos los zombis y los robots que son responsables de que este mundo se parezca cada vez más a una puñetera distopía. Nos convertimos en razones por las cuales no te puedes fiar de nadie. Por la que piensas que vives en una sociedad donde impera la Santa Ley de la Puñalada Trapera. Donde todos los demás (menos nosotros, claro) son unos hijos de puta, pero no nos lo pensamos en lo más mínimo a la hora de joder a otros si nos conviene.

¿Cuántas veces habré oído en mi vida la frase de "Pues cuando tu seas jefe/profesor/inserte-aquí-su-profesión-con-un-pequeño-cargo serás igual"? ¿Tan bien me conoce el homo sapiens medio que piensa que me voy a convertir en lo que más me revuelve las tripas sólo por cobrar más? ¿Realmente es tan simple la raza humana para dar por hecho que cualquier hijo de vecino carece de un mínimo (ya no mucha, sólo un mínimo apreciable) de dignidad? Está bien claro que no podemos decir nunca "De este agua no beberé", pero mucho, mucho, tendrían que cambiar las cosas para que me convirtiese en la clase de persona que me causa vergüenza ajena. Ya no porque sea mejor persona que los demás o porque mis valores valgan más que los de cualquiera. Es que sencillamente no sé actuar de un modo que mis tripas son incapaces de resistir.

"No lo aguantoooorrrggglllglglg"

Si de algo tiene precisamente el haber crecido en el lado no-triunfal de la vida es precisamente el hecho de que, para bien o para mal, valoro lo que es estar abajo y muy especialmente lo que se puede perder. Preguntad por ahí y de mí podrán deciros muchas cosas bastante malas, pero jamás oiréis que no he dado las gracias a alguien que ha hecho algo por mí. Precisamente y por eso mismo, tengo muy claro que una de las últimas cosas que me gustaría hacerle a nadie es precisamente joderle la existencia. Especialmente si no conozco de nada a esa persona. Os pongo el caso de una ex-amiga que quiso abrir una vez una academia y me vino diciendo (como si fuera una puta hazaña, ole sus ovarios) que como a ella la habían puteado toda su vida, ella no pensaba pagar más del sueldo mínimo a sus emplados. Igual por un mínimo de vergüenza no me llegó a comentar su política de contratación. ¿Estuve de acuerdo con ella? Si habéis entendido una sola palabra de lo que llevo escribiendo ya un buen rato, creo que mi respuesta sobra.

En caso de que alguno no lo haya pillado, o simplemente me conozca de menos tiempo diré, con pocas palabras, mi reacción: aquello casi me hace vomitar. Años escuchando a la gente protestar por cómo están las cosas para luego convertirse en gente igual o peor. En gente que, en vez de luchar por mejorar las cosas, aunque sea un poco (tampoco vamos a ir de Mesías por la vida, porque sabemos que tenemos nuestras limitaciones), contribuyen a que este mundo de mierda siga hundiéndose más y más en la miseria. En otra razón más para desear que nos vayamos ya de una vez a tomar por culo como raza y nos sustituyan por fin las cucarachas. No creo que ellas lo hagan peor que nosotros, la verdad.


En fin, llamadme idealista. Decid si queréis que vivo en un mundo aparte. Preguntadme si os da la gana si en ese mundo de fantasía y colorines hay unicornios. La verdad es que con el día que llevo, en que me siento como Eddard Stark en el primer volumen de  Canción de Hielo y Fuego, descubriendo la miseria y las mentiras que me rodean, ya me da un poco igual. Pero por favor, la próxima vez que alguno de vosotros le pegue una puñalada trapera a alguien, que se dedique a mentir o a modificar la verdad simplemente para no dar su brazo a torcer o para influir sobre terceras personas y satisfacer sus intereses, cada vez que puteéis a un compañero simplemente porque os salga del culo, o bien os aprovechéis de vuestra posición y de la gente que está por debajo de ella, no me vengáis en vuestra vida a protestar por lo mal que están las cosas. No tenéis derecho alguno a hacerlo, porque sois piezas del engranaje. Habéis puesto vuestro pequeño granito de arena para conseguir que nuestra sociedad se siga convirtiendo, cada día más, en un puto estercolero. En un nido de víboras o en un antro de ratas. Elegid la metáfora que más os guste. No, no vengáis a contármelo; decid mejor que vivo en un mundo de fantasía por pensar que así no vamos a ninguna parte. Putear a otros es más propio de la raza humana.

viernes, 8 de abril de 2011

Escupiendo Rabia- Sodomizando sodomitas



Estaba el otro día intercambiando mensajes con un amigo que suele colaborar con bastante frecuencia en la Distopía acerca de música, cuando éste me envió un enlace a la Frikipedia donde se hablaba del gran músico Lemmy Kilmister. Ni que decir tiene (por el nombre de la página) que el contenido era básicamente cachondeo, donde se contaban, a cual más exagerada, hazañas ficticias de semejante personaje. Hasta aquí, todo bien... pero resultó curioso que, sin venir a cuento, el redactor (o redactores) de la entrada hacía un par de alusiones de dudoso gusto al mundo homosexual y en concreto a otro gran músico como es (y será) Rob Halford.

Lo más lamentable es que éste no es un hecho aislado. Habiendo visitado esa página alguna que otra vez, he podido ver que sus redactores, en un alarde de gracia, parecen considerar "homosexual" a criaturas reales o ficticias como Bob Esponja, Justin Bieber y todo ser vivo que no les cae bien. Todo en clave de "jí jí já já, qué guais que somos, cuánta gracia hacemos".
Pues a mí que me lo expliquen, porque yo no le veo ni puta gracia al asunto.



Rob Halford. Señor del Heavy Metal. Y gay. ¿Y qué coño pasa?

Y no son los únicos. Poned la tele y haced la prueba. Os vais a los programas con que la Cadena Enemiga nos bombardea y veréis con demasiada frecuencia alusiones a la homosexualidad de tal o cual famoso, como si eso fuese a estas alturas algo vergonzoso o algo de lo que tener que justificarse. Que esta caza de brujas la protagonice gente que se ha declarado homosexual públicamente me parece algo aún más vergonzoso. Si ya es una falta total de respeto señalar con el dedo a alguien que no tiene la misma tendencia sexual que tú en modo acusatorio, es de un cinismo vomitivo cuando lo hace alguien que es de tu misma condición.

Y qué queréis que os diga, me toca mucho las narices. Me revuelve las tripas que vayamos de democráticos y tolerantes por la vida, llenándonos la boca con eso de las libertades individuales, con eso de la integración, con obligarnos por cojones a respetar al prójimo... y a la primera de cambio nos descojonamos cuando alguien aparece proclamando a los cuatro vientos que es gay o lesbiana.
Me resulta asqueroso que se persiga con un histerismo casi brutal el más mínimo comentario que parezca ser homófobo y al mismo tiempo tengamos a seres despreciables (pero aparentemente mucho más "respetables" que el "marica" de turno) que vayan insinuando, o afirmando claramente, que la homosexualidad es algo antinatural, una enfermedad, que hace peligrar a la familia tradicional, o que va en contra de la Ley de Dios Todopoderoso Creador del Cielo y de la Puta Tierra.



"Lesbianaaaaaa", ¡Que vuelven los puritanos!

Vamos a analizar estos grandes argumentos, esgrimidos por Altos Señores que, sin duda, se hallan en una posición moral y se creen con derecho a juzgar al prójimo. Creía que eso sólo lo hacía Dios, pero claro, si lo tienen de su parte, igual Éste ha bajado una mañana y les ha pasado una autorización firmada donde tienen derecho Divino para tocarle los cojones a los demás.


Lo de que la homosexualidad es antinatural es quizás una de las mayores muestras de cinismo que haya parido (o cagado, mejor dicho) ser humano alguno. Que haya tontos del culo (nunca mejor dicho) que vengan a hablar de prácticas "antinaturales" a estas alturas de la película es una ridiculez de marca mayor. Para empezar, dichas prácticas por lo general están hechas por voluntad propia y no hacen daño a nadie. Si queremos hablar de cosas que no lo son, me animo a preguntar a cualquier lector de este blog a ver cuántas cosas hace al día que no tiene ganas algunas de hacer. Ya sea en casa, en el trabajo o en cualquier otro momento del día a día.
Pero si queremos hablar de cosas antinaturales, venga, vamos a hablar de cosas realmente antinaturales: que uno de esos biólogos tenga las pelotas de decirme si es natural alterar el clima, acabar con absolutamente todos los recursos del planeta, matar a su propia especie de hambre, declarar la guerra a sus semejantes por conceptos que no tienen nada que ver con la naturaleza tales como el dinero, la venganza o la ambición. Que me digan si existe alguna otra especie sobre la faz de la tierra que haya creado una cultura, que use ropas simplemente por estética o que se haga la cirugía para tener las tetas más grandes. Si hablamos de cosas antinaturales partiendo de la base de cosas que hacemos los humanos que no aparecen reflejadas en ningún aspecto de la naturaleza, podemos hablar de toda la civilización basada en mentiras en la que vivimos. Podemos hablar del arte. Podemos hablar de filosofía. Incluso de religión. La democracia, por tanto, es antinatural, ya que los animales no votan. Los países son antinaturales, ya que los animales viven en manadas, bandadas, bancos o son solitarios. El día que asumais que la Humanidad es la más antinatural de las especies, lo mismo entenderéis que no podéis rasgaros las vestiduras por una memez semejante.

Incluso manipular la ciencia para fines tan aberrantes como barrer del mapa a la propia especie es antinatural. Y sin embargo, se hace a diario: mirad todo el compendio de armas atómicas, de hidrógeno, armas biológicas, químicas y demás mierdas que no aparecen en la naturaleza.

Lo de la enfermedad es algo que me resulta curioso; hasta donde yo creía saber (posiblemente me equivoco, porque no soy médico ni psiquiatra) el tema de la homosexualidad era algo meramente social. Si ponemos el caso de la Antigua Grecia, la homosexualidad entre varones (el tema del lesbianismo y la feminiddad merecería todo un post aparte) era algo socialmente reconocido. Tanto, que el matrimonio (luego hablo de eso y la familia) era sólo un mero formalismo administrativo entre familias. La relación heterosexual, pensada casi exclusivamente para tener hijos y poco más. Y no pasaba nada. Los guerreros griegos no eran menos machos por amarse entre hombres; si os digo, eran mucho más fieros y peligrosos. Me refiero al caso de las Legiones Tebanas, formadas por parejas de amantes. Si moría uno de ambos, el que se lo había cargado se podía ir preparando, porque su amante no pararía hasta mandarlo al otro barrio así le costaba la vida. No hablo ya de espartanos, atenienses u otros guerreros. Todos habéis visto 300. Si hacemos caso aquí a los Darwinistas de barrio estos, hemos vivido durante gran parte de la Historia Antigua enfermos y no nos hemos enterado...


En Roma, hasta donde sé, el respeto por la libertad sexual era algo similar. Muy posiblemente (historiadores, aporten información por aquí, por favor) las clases esclavas tal vez no disfrutasen de ese derecho a zumbar con quienes quisieran, pero tengo la ligera impresión de que entre los patricios no parecía haber problema alguno. El Cristianismo, por ejemplo, ha protestado muchas veces contra la tendencia "viciosa" de la sociedad romana, muy posiblemente debido a eso.

El asunto de la familia: esto me hace una gracia que te cagas. Para ilustrar el tema, os voy a remitir el caso de un tío al que conocí cuando estaba en los últimos años del instituto. Éste era el claro referente de tío con diecinueve años pero con la mentalidad de la generación anterior, la de sus padres. Y no hablo de unos padres que vivan en este mundo, sino en su particular Matrix, donde todo es blanco o negro, la gente es muy muy buena o muy muy mala, y donde el "ellos" significa "enemigos de nosotros". Este tío, como habréis imaginado, tenía un serio problema con los homosexuales. A tal punto llegaba su obsesión que si tú le dabas un abrazo a un colega él ya lo calificaba de "mariconada". Un día le preguntamos qué le pasaba con eso, y él respondió: "Los maricones me ponen enfermo porque yo no lo soy". Tendríais que haber visto su cara, que decía sin palabras "y con eso lo dejo todo claro".


¿Por qué hago referencia a este caso? Veréis, la sociedad en general no es muy distinta a este sujeto, desgraciadamente. No en el sentido de que muchos se autoerigen Centro del Universo y todo lo que no sea Su punto de vista lo consideran abiertamente una amenaza o un ataque a su forma de pensar. El Foro de la Familia, algunos grupos religosos y demás Respetables Miembros de la Sociedad son un poco de esta condición. Parecen pensar que, en el momento en que se acepta legalmente la homosexualidad (concretamente, el matrimonio, del que se han adueñado como palabra, así, por narices... sin pararse a pensar que el concepto de "matrimonio" es precristiano) la familia heterosexual peligra. Como si ahora la gente estuviese obligada a mantener relaciones homosexuales.
Igual es que piensa el ladrón que todos son de su condición y que el mundo homosexual va a obligar a la gente a hacer lo que no quiera, tal y como hacen ellos...


Hablando de grupos religiosos o del Cristianismo, nos metemos de lleno en el último tema. Este es el que me resulta más gracioso de los tres argumentos: resulta increíble ver cómo un puñado de colgados se han adueñado de la Palabra de Dios y la han manipulado del modo que les ha salido del culo. A ver, aquí sí tengo bastante más claro de lo que hablo. Como ya he mencionado más de una vez, me he criado durante casi una década de mi vida en un colegio religioso y me quedaron bastante claritas las Escrituras. No es tan difícil entender (independientemente de la creencia religiosa de cada uno) que lo que promulga originalmente el Cristianismo es el amor al prójimo, aunque sea tu enemigo. El perdon hacia la gente que te ha tocado la moral.


"Amad a vuestros semejantes, no los jodáis"

Pero del dicho al hecho hay un trecho del tamaño de los dientes de Freddie Mercury. La Iglesia Católica es la primera en pedir respeto y tolerancia hacia su Particular e Inamovible Punto de Vista Dictado por Dios Todopoderoso, pero ella y sus esbirros más beligerantes son los primeros en mearse sobre lo que piensen los demás. Tomamos el ejemplo de las persecuciones contra los cristianos en los primeros años del Culto. Qué malos que eran los romanos, ¿verdad? Pues muchos quizás os sorprendais al saber que Roma, durante la mayor parte de su hegemonía, promovió la libertad de culto. Si no rezabas a los dioses oficiales, pagabas un impuesto (de ahí el término "pagano") y santas pascuas. Pero no, los cristianos no pasaban por el aro. Su Dios era más chachi que el de los demás (pese a haber sido de los últimos en aparecer) y no dudaban en escupir a las estatuas del Emperador, cuando se instauró el culto a su figura. Podían haber hecho como los demás, claro... pero no, tenían que dar la nota. Se produjeron disturbios, y de ahí las persecuciones. Pobrecitos.

Hoy en día no os vayáis a creer que han cambiado tanto las cosas. La Iglesia Católica tiene ya unos dos mil años de experiencia en decirle a la gente cómo y con quién acostarse. Predican una castidad que ni ellos mismos practican ni se la creen (la Iglesia no ha sido casta siempre, hasta que se instauraron de un modo más o menos estricto los votos de castidad, pobreza y obediencia en el Concilio de Trento, si la información que he conseguido recoger no es errónea). El Cristianismo (o mejor dicho, el Catolicismo, que para mí no son la misma cosa), en su afán de imponerse sobre todo cuanto se le pone por delante, organiza sus cruzadas (mediáticas) atacando a todo bicho viviente que no profesa una práctica de obediencia total y absoluta al Sumo Pontífice o a la bandada de cuervos que tiene a su alrededor. Todo aquel que no comulga con su credo es denunciado legalmente o amenazado, según el caso, con ir derechito al Infierno. La amenaza con la que llevan dándonos la tabarra desde poco después que ejecutasen al Hombre que fundó el culto. Pero a ellos nadie puede decirles nada. La ley del embudo, como siempre, para que ellos se favorezcan y todos, absolutamente todos, tengan que agachar la cabeza porque a un par de tíos con sotanas de colorines se les ha puesto en los huevos.

Y es que me pongo a pensar en el pobre Jesús (ya no en el Ser Divino, sino en el Hombre, en el predicador que tenía esperanza en hacer del mundo un lugar mejor) y si yo fuera Él, regresaría... pero con un puto lanzallamas y le metería fuego divino por el culo a los hijos de mala madre que se han dedicado a machacar a los demás en Su Nombre. Pégate años predicando por el desierto, llevándote hostias de todos colores. Muere bajo el sol de una manera horrible para que el personal, apenas unos años después de que hayas muerto, se pase por el culo tus ideas, las pervierta y las corrompa. Que el mensaje de paz, amor y buen rollo que tú querías llevar al mundo se haya convertido en motivo de guerras, cruzadas, invasiones, asesinatos, violaciones, discriminación, odio, violencia, saqueos, expolios y demás mierdas. A mí me revolvería las tripas comprobar que se ha montado un negocio en mi nombre y que el amor que yo predicaba se ha convertido en odio desatado. En una mala leche sin estrenar que ríete tú del Dios Hebreo que castigaba a los impuros con fuego y azufre o mandándoles unas inundaciones que ríete tú de cualquier tsunami moderno. Mensajes como "Dios odia a los homosexuales" o "el SIDA es una plaga divina para barrer del mapa a los homosexuales" aparecen por medio planeta, provocando una antinomia que, si no fuera porque es un asunto serio, me daría unas ganas terribles de reirme.


"Pero qué habéis hecho, desgraciaos..."

Y cada día son más los que odian a este sector de la población. No sólo en los Estados Unidos rurales, donde todo nos parece una barbaridad y nos da risa (sólo echad un vistazo a la película Brüno, que no deja de ser un falso documental, pero que muestra cosas no del todo desencaminadas con respecto a cómo se odia y desprecia al colectivo gay/lésbico por esas tierras). En nuestra sacrosanta España, donde "todo es diferente", todavía sigue pasando. No es necesario que tengáis que iros a épocas más represivas, ni mucho menos. Quizás en esas épocas "oscuras", como muchos las llaman, los que estaban al mando iban más de cara y eran tajantes con esas cosas. No, hoy en día es mucho peor, porque todo el mundo es tolerante de cara a la galería pero, en el fondo, son tan hijos de puta o más que aquellos que por lo menos tenían el detalle de confesar abiertamente su repulsa a estos colectivos. Ahora todos somos guais, pero en el momento en que nos enteramos que un compañero de trabajo es homosexual de vez en cuando se oyen comentarios. Si un futbolista resulta ser gay, la hinchada ya lo mira de otra manera. En el mismo ejército o cuerpos del Estado como la Guardia Civil ser homosexual, a estas alturas de la vida, todavía es un tabú. En esas épocas de represión, al menos la represión era clara y tajante: no eran tan hipócritas como para decirte "no nos importa, si esto es algo que aceptamos" al tiempo que, con toda su sonrisa, te hacían firmar la carta de despido para que te fueras a la puta calle por unos motivos que no estaban del todo esclarecidos. ¿Habéis visto Philadelphia? Pues no vayáis a pensar que ese tipo de cabronadas son únicas y exclusivas de los americanos. Eso sucede en todo el puto mundo occidental, al que a hipócrita no gana ni Dios.

"No, pese a que hemos pedido tu carta de despido justo después de habernos enterado de que te casas con alguien de tu mismo sexo, no somos homófobos ni odiamos a los gays. Es que buscamos una empresa con mayor unidad, ¿sabes? Toleramos todas las formas de vida sexual, pero no terminas de encajar con nuestro perfil hetero. Pero que sepas que no es discriminación, te lo repito. Es que nuestro perfil es muy estricto"

Aparte de los ejemplos que he puesto arriba, mirad comentarios de políticos (véase el famoso alcalde de Badajoz), mirad a Rouco Varela o Ana Botella. Promulgan el odio a la diferencia, y no sólo ellos. Lo hace mucha, muchísima gente. El arriba citado Foro de la Familia. Las Asociaciones de Telespectadores. Las distintas agrupaciones religiosas o parroquiales. Ninguno os va a decir abiertamente que odia a los homosexuales, pero esgrimirán mil argumentos en contra de su forma de ver la vida. Con gente de esta calaña no es de extrañar, por tanto, que empiecen a surgir ya movimientos reaccionarios. A menudo he criticado que el colectivo homosexual lleva bastante tiempo cerrándose al mundo y, en lugar de optar por luchar en pos de una integración, se recluye en grupos marginales creando revistas gays, cómics gays, cine gay, etc.

Pero me pongo a pensarlo. ¿Realmente les merece la pena querer integrarse en un mundo que los odia? ¿Querrías ir a una fiesta donde todo el mundo te desprecia por el mero hecho de que, en vez de hacértelo con una modelo de revista, te lo haces con un modelo? ¿Querrías que te etiquetasen como "la bollera de la clase"? La respuesta es harto evidente. Y no, no comparto esa tendencia de cerrarse en banda al mundo... sigo diciendo que eso tiene tanto sentido como el negro que odia a los blancos porque los blancos se portaron muy mal en la época de la esclavitud. Que te hayan jodido en ningún caso justifica que te comportes igual que tus persecutores. Que te hayan discriminado no te da derecho alguno a convertirte en un discriminador.


Como ejemplo de perseguidos y discriminados que se creen con derecho a joder a los demás, tenemos aquí a un soldado israelí (Israel tiene hoy en día el mejor ejército del mundo, lo cual resulta bastante paradójico). Gracias al cine y a la cultura popular, su pueblo se ha conseguido autoproclamar como las "Víctimas" por definición, lo que les ha hecho sentirse como poseedores del monopolio de la tragedia. Eso, según ellos y los que lo apoyan, les da pleno derecho a convertirse en genocidas (lo llaman "defensa", aunque eso suponga emplear tanques y misiles contra civiles que atacan con ladrillos y cócteles Molotov). Aquellos que no están de acuerdo con semejantes barbaridades serán automáticamente considerados "antisemitas".

Pero, por otra parte... joder, es que me pongo a ver la cantidad de gilipolleces que se oyen al cabo del día y lo entiendo. Entiendo que haya cada vez más gente hipersensible con los ataques homófobos y vean homofobia incluso donde no la hay (me acuerdo del caso aquel de Jesús Vázquez contra Risto Mejide que, pese a parecerme un comentario bastante desafortunado por parte de éste último, no me pareció una muestra abierta de desprecio hacia los homosexuales... pero entiendo que el presentador se cabrease, viendo cómo está el patio).

Y es que vivimos en un mundo absurdo, donde todo, absolutamente todo, se polariza hasta llegar a unos extremos completamente descabellados: hoy en día todo se saca de quicio y, si una parte del colectivo homosexual todavía piensa que es mejor vivir ocultos dentro del armario, otros van por ahi convirtiendo lo que debería ser algo tan natural como tener el pelo rubio en una especie de proclama o manifestación de principios. El Outing (o sea, sacar a la gente del armario, lo quieran o no) se pone de moda, bajo el pretexto "pero si es que no es malo". Igual decir que alguien es gay o lesbiana no lo es; lo que sí es malo, y todo el mundo debería tenerlo muy clarito, es ir soltando esas cosas sin el consentimiento de la persona en sí. Atentar contra su intimidad. Eso es lo que da asco. Más repugnante todavía es revestirlo de esa especie de carácter humanitario. No hace ningún bien a nadie, por mucho que quiera tacharse de "lucha en pos de la integración". Las cosas deben hacerse cuando la gente está preparada para ello, ni antes ni después... ¿O es que no habéis visto lo de la democracia en los países árabes? Tanta invasión inútil... y al final son ellos los que acabarán luchando por sus derechos, cuando se sientan preparados.


Y cuando eso pase, los de siempre se quejarán, diciendo que no les respetan...

Para terminar, concluyo con una cita de Lewis Carroll, que decía que el mundo sería un lugar mejor si cada uno se ocupase de sus propios asuntos. Eso en este post va dedicado a todos aquellos que se dedican a ir por ahí pensando si a tal o cual le gustan los totos o los pitos y no es capaz de ver si su propia familia es un antro de bastardos, o si ellos mismos son dignos de ir de cabeza al Infierno para que Satán en persona los ponga mirando para el Purgatorio tres veces por semana.
Y si a mí me tienen que mandar al Infierno o excomulgarme por defender a un grupo de antinaturales pecaminosos que van en contra de la Ley de Dios, bueno... sólo tengo que decir que el Dios en el que yo creo no es un hijo de la gran puta que se dedica a bombardear ciudades con fuego y azufre porque se le ponga en sus Sagrados Cojones. Y si tengo que ir al Infierno, pues al menos allí me estarán esperando Bon Scott o Jim Morrison. Prefiero pasar la Eternidad con alguno de estos dos elementos y que me cuenten lo que hicieron en sus mejores cogorzas a tener que soportar a un santurrón tocando el arpa (y de paso, tocándome los cojones recordándome lo bueno que fue en vida). Y con esto, creo que queda todo dicho. Por favor, la solicitud de excomunión me la envían por correo electrónico, si puede ser. No suelo mirar mucho el buzón de casa.

martes, 5 de abril de 2011

Mesa de Autopsias- La Ola, de Dennis Gansel. Cine para pensar



Siempre hay películas que nos causan una particular impresión, bien porque las vemos en un momento muy particular de nuestras vidas, o bien porque tiene un algo especial que, al terminar de verla, nos hace reflexionar. Esta es una de esas; jamás me cansaré de verla, porque siempre encontraré algún detalle en el que no había reparado antes, o bien porque lo que muestra siempre me hace darle vueltas a la cabeza, y eso es algo que no se ve muy a menudo en el cine actual.

Dirigida por el alemán Dennis Gansel y ambientada en un instituto (no os tiréis de los pelos todavía, esto no tiene absolutamente nada que ver con Crepúsculo o demás pesadillas infumables adolescentes con las que nos bombardean día sí y día también en el cine y en la televisión), esta historia plantea una pregunta de respuesta aparentemente evidente: ¿Sería posible la reaparición de movimientos fascistas en Alemania?

Conociendo como creemos conocer la sociedad alemana actual (y si no lo sabemos, no pasa nada, porque queda perfectamente planteada en la primera media hora de película), la respuesta más lógica sería pensar "No". Los jóvenes alemanes, como ya he comentado en algún post anterior, no se sienten en absoluto culpables por algo que hicieron sus antepasados, a los que no conocieron. Ellos mismos (afirman en la película) no se pueden sentir culpables por algo que ellos mismos no han hecho. Lo consideran absurdo, y es una idea que tiene mucha lógica.

Pero tiene lugar el experimento en clase acerca de la Autocracia, donde se someten de un modo más o menos voluntario a participar en una autocracia ficticia, y es aquí donde empiezan a surgir las dudas.
Es muy inocente pensar que una dictadura es el Reino de Satán en la Tierra o que todos y cada uno de sus simpatizantes son híbridos entre hombres y demonios que han decidido tomar el mundo. Es esto un poco lo que el cine alemán, quizás harto de la demonización panfletista a la que lo ha sometido Spielberg, puede querer demostrar.

Ralph Fiennes en La Lista de Schindler. Pocas veces veréis personajes más malvados y con menos matices en una película. Claro que la dirige Spielberg, el experto en panfletos más grande que ha parido madre...

¿Qué tenemos en esta dictadura ficticia? Pues tenemos absolutamente todos los elementos que pueden dar origen a un movimiento totalitario: injusticia social, diferencias entre las distintas clases y sensación de no llegar a ninguna parte, se haga lo que se haga. Todo esto dentro de un instituto, donde tenemos a los hijos de papá, los marginados, los provenientes de otras etnias (en el caso de Alemania, los turcos) y hasta los góticos. Todo el santo día cabreados unos contra otros. Divididos. Alienados en una sociedad que se encamina hacia algo que nadie, especialmente ellos, termina de entender del todo.

Una dictadura parte a veces de buenas ideas. No, no me llaméis fascista todavía. Si veis la película, entendereis que muchos de los conceptos que se plantean no tienen por qué ser malos: el concepto de trabajo en equipo frente a la sociedad de la zancadilla y la puñalada trapera, la idea de ayudarse unos a otros y el valor de proteger a los miembros más débiles del grupo a mí me parecen buenas ideas, y puede que no sea el único. Pensadlo friamente, despojándoos de prejuicios políticos, por un momento: ¿Cuántos de vosotros no desearíais tener gente a vuestro alrededor de la que podáis fiaros plenamente? ¿Cuántos de vosotros no tenéis miedo a que vuestro mejor amigo os traicione? El experimento que se muestra en La Ola ataca radicalmente ese tipo de sociedad basada en la competitividad y el individualismo y propone un cambio basado en unir a los que son diferentes (o más o menos, como ya iré desgranando más adelante).

Se habla también de ideas como la disciplina. Para muchos, una idea aberrante; para otros, algo necesario en cierta medida... especialmente en una sociedad excesivamente permisiva con todo, donde la libertad parece haberse confundido con el caos. Donde los jóvenes, y no tan jóvenes, parecen tener concepto alguno de autoridad y creen que pueden hacer lo que quieran. Donde el sistema confía tanto en la bondad innata de las personas (en algunos casos) que es capaz de dejar suelto a un violador o un asesino sin haber cumplido la mitad de su condena, pero un pobre desgraciado que vende discos en el top manta cumple su pena de cárcel íntegra. Nuevamente, injusticias. Más caldo de cultivo que implica que mucha gente empiece a pensar que es necesario un nuevo orden. Algo en lo que creer.



Disciplina. Orden. Trabajo en grupo. Colaboración. La creencia de poder ayudar para crear algo. No son malas ideas, planteadas sobre el papel. Si no le ponemos la etiqueta de "Fascismo" desde un primer momento, estoy seguro de que muchos de vosotros la firmaríais sin pensároslo dos veces. Eso mismo es lo que pensaron los personajes de esta película, y no sólo los estudiantes...

El caso es que el asunto, tal y como cabría esperar, se va de las manos. Lo que empiezan siendo buenas ideas, escapan al control; quizás porque el profesor que estaba a cargo del experimento no era consciente de lo lejos que este tipo de cosas pueden llegar, o bien porque (tal y como expliqué en un post anterior dedicado a la juventud), la gente adulta no se esfuerza totalmente en conocer la situación social del sector adolescente de la población. No han observado con detenimiento la cantidad de jóvenes que viven en nuestras aulas (no sólo en Alemania, no seamos tan inocentes) completamente alienados, sin esperanzas, procurando llamar la atención de padres y profesores sin saber cómo. No todos son capaces de conseguir unas notas excelentes o ser capitanes del equipo de water polo, pero están ahí y nadie les hace sentir importantes. Nadie es capaz de ver las habilidades que puedan tener para que puedan sacarle partido. Gente que, a la larga, puede desarrollar algún tipo de trauma (irónico si pensamos que la detección y la evitación de traumas es el principal objetivo de psicólogos y pedagogos, que mencionan esta palabra como un inquisidor hablaría de Satán) o, peor aún, trastornos emocionales de muy diversas índoles. Ese tipo de personas, nos guste o no, es la más propensa a ideas fanáticas. No revelaré el final de la película, pero digamos que aquí aparece revelado con notable claridad.

Y es que en La Ola quedan representados todos los factores y componentes de una sociedad totalitarista, lo que demuestra que no todos son iguales. No en el sentido de que cada uno tiene sus diferentes motivaciones. Por ejemplo, tenemos a aquellos que utilizan un sistema dictatorial para hacer negocio (véase el chaval que se dedica a vender camisetas con el signo de La Ola en la puerta del instituto), aquellos que no tienen otro sitio a donde ir y se ven más seguros entre la masa (el ejemplo de la chica gótica). Aquellos que, de algún modo, se sienten importantes y ven que pueden escalar socialmente (la chica que no es especialmente llamativa que, gracias a su pertenencia en el grupo puede acercarse al capitán del equipo de water polo), y así podría seguir. ¿Son todos ellos malvados por naturaleza? ¿Son estos chavales híbridos entre el Maligno y una bruja? Son chavales normales; podrían ser vuestros sobrinos, vuestros hijos o incluso los alumnos a los que dais clase. Pensad en ello.


Pero no toda la responsabilidad recae en los alumnos. Sería partidista y subjetivo centrarse en eso. Aquí vemos todo un sistema educativo que falla. Vemos profesores que no son capaces de conectar con sus alumnos, tanto por provenir de una generación anterior como por la reticencia a moverse con los tiempos: el profesor que imparte el otro grupo, centrado en Anarquía, aparece como una especie de carcamal que aburre a sus alumnos con una pizarra llena de letrajos. Los estudiantes, tal y como se ve en la escena que lo representa, se parecen bastante a un montón de zombis amuermados que se amontonan sobre las mesas. No es de extrañar que abracen ideas alternativas a la morfina educativa.


Todos hemos pasado por algo así alguna vez. Es cierto que una clase no tiene por qué ser obligatoriamente juego y cachondeo todo el día, pero no es necesario recaer en el otro extremo.

Muy interesante el hecho de que un instituto, en cierto sentido, refleja la sociedad en la que se mueve la gente que trabaja y estudia en él. Una prueba notable de ello, además del hecho arriba mencionado de las clases sociales, es la posición de la directiva ante el experimento. Lo que puede (o no) resultar erróneo en un principio resulta ser aplaudido por la directora del centro en el momento en que ve que más y más alumnos deciden cambiarse al curso dedicado a la Autocracia. La buena mujer no hace preguntas. No le importa un carajo; se limita a apoyar al profesor sin molestarse siquiera en ver por sí misma si el asunto va bien o no. Al terminar la película quiero que os fijéis en la cara de la misma directora y me digáis si es la misma que se ve en el despacho cuando hace muestras de su apoyo.

Otro punto que me ha resultado de particular interés es la actitud de los padres. Los chicos, como es lógico cada vez que ven algo nuevo en clase, lo cuentan en casa. Las reacciones que pueden verse por parte de las familias, como poco, te pueden dejar helado: están los padres a los que les importa un carajo lo que le pase a su hijo en el colegio; con que estén calladitos y den poco la tabarra, están contentos. Si su chaval se pone a quemar todas sus camisetas en el jardín, no hacen preguntas. Por ellos, como si se quema a lo bonzo. Eso es ser padre.




Luego tenemos a otros que se dedican a criticar la labor de disciplina porque "no han educado así a sus hijos", mientras crían monstruos macarras que no conocen el respeto. No hablamos de educar por medio del miedo, como estos mismos padres pueden pensar acerca de todo lo que no sea dejar rienda suelta a un salvaje de trece años (interesante el punto de vista "democrático" de esos padres que piensan que su forma de inculcar valores es la única que vale, que creen que están en la posesión de la verdad y todos los demás son unos fascistas y unos tiranos). "Los niños deben experimentar sus propios límites", dice la madre de una de las chicas de la clase. Y se queda tan pancha.
Y podemos seguir, mostrando padres para los que sus hijos son más un estorbo que una familia. Valga el ejemplo de la madre de uno de los chicos que se dedica a tirarse a jovencitos mientras su propio hijo está en casa, casi delante de sus narices. Qué fácil es echarle la culpa a los docentes, ¿eh?

Y quizás uno de los motores que mueven esta historia es precisamente ese. ¿Qué hace falta para que la gente se comporte como los chicos de La Ola? Probad con soledad. Falta de esperanzas. No saber qué hacer... hasta que se dan cuenta de que el que tienen justo al lado pasa exactamente por la misma situación. La unión hace la fuerza.
Y puede que sea verdad. Puede que la gente deba unirse para cambiar las cosas, colaborar para crear algo bueno. Lo digo y lo mantengo. Esa idea no es mala.


Lo vemos a diario en el fútbol y otros deportes y no nos parece tan malo: gente de uniforme que vive según una disciplina para hacer algo. La gente los alaba, los vitorea y lleva sus banderas en el coche. Y eso NO es fascismo, aunque odien a muerte a los de otro equipo...

Lo que es malo es el trato a los que no están en el grupo. Aparece el caso concreto de dos chicas que se niegan a formar parte de La Ola y que son repudiadas por ello. Ambas muchachas simbolizan un poco los diferentes puntos de vista que difieren de un sistema totalitario: para empezar, el intelectual (la chica que se niega a ponerse una camisa blanca de La Ola, sencillamente porque no quiere, porque piensa que tiene criterio para elegir lo que quiere o no... y no le importa que se lo impongan), y por otro lado, el radical (la chica que piensa directamente que el sistema es vomitivo y no tiene reparo alguno en publicar mentiras y contar casos ficticios para desprestigiar a La Ola, con el argumento de "El fin justifica los medios". Paradójico, pero cierto: los extremos se tocan y la que lucha contra un movimiento totalitario de modo más beligerante resulta ser exactamente igual que ellos).



Esto se traduce, inevitablemente, en violencia. Violencia verbal, miedo, incluso violencia física, llevadas a cabo al principio por los miembros más extremistas o desequilibrados emocionalmente, pero al igual que un virus, se va contagiando a todos los demás. Se producen casos de maltrato (instintivo si queréis, pero no por ello menos condenable) e incluso de radicalismo deportivo (pancartas con La Ola en un partido de water polo, similares a ejemplos de nacionalismo extremo en los campos de fútbol no hace demasiado). El experimento se ha ido de las manos en menos de una semana y todos (profesor, alumnos) ven cómo lo que empezaron siendo buenas ideas han colaborado a arruinar sus vidas. El encuadramiento masivo les ha convertido en monstruos que en su vida habrían imaginado que serían capaces de ser. Unos días más y no habrían podido reconocerse en un espejo.

¿Cosas del fascismo? Sí y no. Que ese tipo de cosas pueden convertirte en un hijo de puta redomado no se niega. Pero no es el único caso. Si veis Doce Hombres sin Piedad podréis ver (si es que no me he equivocado de película, porque la vi hace mucho tiempo junto con varias acerca del mismo tema y puede que me haya equivocado; el que lo sepa con seguridad, por favor, que me lo indique), al final de la película, cómo se comporta la gente en un disturbio. Los saqueos que son capaces de producir. Los actos vandálicos. La violencia desatada. No llevan uniforme. No tienen una tendencia política extrema; simplemente, están refugiados entre la masa, nadie les reconoce como integrantes de un grupo. No son gente peligrosa por naturaleza. Pero pueden serlo, para que os fijeis...


Se ha demostrado con bastante frecuencia que muchas personas que se han visto implicadas en disturbios y saqueos, una vez disueltos, eran incapaces de conocerse perpetrando actos vandálicos u otras conductas antisociales. No siempre es necesaria una condición política extrema o un lavado de cerebro para ello.

Pero no nos salgamos del tema. La cuestión que me plantea esta película es algo mucho más básico y simple que todo esto: en media Europa se tiran día sí y día también contándonos lo malos que fueron los nazis. Lo malísima que fueron las dictaduras en España, Francia y Portugal. La cantidad de judíos que murieron durante la Segunda Guerra Mundial. La miseria, el hambre y el miedo. Lo mal que lo pasaron los pobrecitos represaliados. Lo arrasado que quedó nuestro país, nuestro continente. Y NADIE parece haberse planteado que, pese a toda esta propaganda, a todo el rollo antifascista que nos meten a diario, esas cosas pueden volver a repetirse, si permitimos que nuestra sociedad siga siendo una mierda. Si consentimos que las injusticias proliferen. Si miramos para otro lado o encogemos los hombros diciendo "es que eso es así" y pensamos que NADA de lo que hagamos podrá cambiar un sistema que nos tiene cogidos por las pelotas. Si nos dedicamos a mirar lo que sucede fuera de nuestras fronteras con aire de superioridad, pensando en lo mal que viven otros y lo bien que vivimos nosotros... pero sin fijarnos en la mierda que tenemos en casa. Sin prestar atención al hecho de que hay gente sentada a nuestro lado en clase, en el autobús o en el curro que está jodida de verdad y que sienten que no le importan a nadie. Gente que se siente sola. Gente que podría abrazar cualquier sistema que les prometa formar parte de algo grande, aun pese al hecho de que eso implique odiar a los diferentes... porque ellos mismos se han sentido así toda su vida y lo único que quieren es dejar de hacerlo.


Mucha gente ve el mundo de esta manera y nos importa una mierda. No nos rasguemos las vestiduras cuando esa gente se cabrea... igual es que todos somos un poco responsables.

Pasando a aspectos formales de la película, debo mencionar que la dirección, pese a no ser excesivamente compleja, cumple con corrección su cometido: a veces puede dar la impresión de estar viendo un telefilme, pero escenas como la del instituto a oscuras, el discurso final o la dirección de la fiesta en la playa hacen pensar lo contrario. Las actuaciones son basante acertadas, especialmente la tocante al profesor y al chico marginado, que hacen un papel no sólo creíble, sino sobresaliente en muchos momentos de la película. Destaca mucho el uso de primeros planos, aparentemente aleatorios, pero que dejan muy de manifiesto las reacciones de los distintos personajes ante un hecho concreto, lo que da un carácter "coral" a la historia.
Un aspecto que me llama particularmente la atención es la objetividad que desprende la cinta. No hay personajes "buenos" o "malos"; no existe el maniqueísmo cuando se toca un tema tan complejo y tan cargado de matices. Todos son un poco víctimas y verdugos de lo que va sucediendo a lo largo de los días que sucede el experimento. Todos tienen su parte de responsabilidad y tendrán que vivir con las consecuencias de lo ocurrido.
Se denuncia (entre muchas otras cosas) el fascismo, el antifascismo radical y el estoicismo ante las conductas radicales sin necesidad de caer en la sensiblería. No hay escenas lacrimógenas, no hay momentos para la lágrima fácil. No hay un director que te diga "eh, chicos, tenéis que llorar por las víctimas". No. Como digo, esto no es Spielberg, que pretende inculcarte sus propios ideales en sus películas. Esto es algo en plan "aquí suceden cosas buenas y malas; tú decides con qué te quedas... pero luego tienes que ser consecuente y aceptar lo que te toque".

Nótense además detalles curiosos como el hecho de que la película presenta una estructura circular: tanto al principio como al final se observa el camino que lleva al instituto, aunque en direcciones opuestas: lo que parece, desde un punto de vista de forma, lo mismo, en realidad no lo es si se observa desde la óptica del contenido. En cuestión de días, el camino de ida que vimos al principio de la historia es un camino de vuelta. El viaje ha consistido en ver cómo lo aparentemente civilizado cae precisamente bajo el peso de una serie de normas autoimpuestas. La autoimposición que se convierte en imposición sobre los demás. En ese camino de vuelta, se supone que hemos debido aprender una lección valiosa. Y como todas las lecciones valiosas, resulta duro aceptarla. La naturaleza humana tiene un poderoso lado oscuro. El ser humano no es tan libre como cree y puede llegar a ser muy manipulable. Las buenas ideas a veces pueden resultar no serlo tanto, cuando no se es del todo consciente de lo que empieza a suceder más allá del simple ideal. Y al final, sólo queda vivir (si se puede) con aquello que se ha colaborado a construir. El pensamiento de si, en el fondo, todo eso ha merecido la pena.
En resumen, una película de esas que cuando terminas de verla, te invita al debate con los amigos/familiares con quienes la estés viendo... o, si eres de esos que prefieren verla solo, a pensar durante un buen rato acerca de lo que has visto y te plantees si lo que se muestra ahí es realmente tan descabellado o podría pasar en el instituto de tu barrio.