Siempre hay películas que nos causan una particular impresión, bien porque las vemos en un momento muy particular de nuestras vidas, o bien porque tiene un algo especial que, al terminar de verla, nos hace reflexionar. Esta es una de esas; jamás me cansaré de verla, porque siempre encontraré algún detalle en el que no había reparado antes, o bien porque lo que muestra siempre me hace darle vueltas a la cabeza, y eso es algo que no se ve muy a menudo en el cine actual.
Dirigida por el alemán Dennis Gansel y ambientada en un instituto (no os tiréis de los pelos todavía, esto no tiene absolutamente nada que ver con Crepúsculo o demás pesadillas infumables adolescentes con las que nos bombardean día sí y día también en el cine y en la televisión), esta historia plantea una pregunta de respuesta aparentemente evidente: ¿Sería posible la reaparición de movimientos fascistas en Alemania?
Conociendo como creemos conocer la sociedad alemana actual (y si no lo sabemos, no pasa nada, porque queda perfectamente planteada en la primera media hora de película), la respuesta más lógica sería pensar "No". Los jóvenes alemanes, como ya he comentado en algún post anterior, no se sienten en absoluto culpables por algo que hicieron sus antepasados, a los que no conocieron. Ellos mismos (afirman en la película) no se pueden sentir culpables por algo que ellos mismos no han hecho. Lo consideran absurdo, y es una idea que tiene mucha lógica.
Pero tiene lugar el experimento en clase acerca de la Autocracia, donde se someten de un modo más o menos voluntario a participar en una autocracia ficticia, y es aquí donde empiezan a surgir las dudas.
Es muy inocente pensar que una dictadura es el Reino de Satán en la Tierra o que todos y cada uno de sus simpatizantes son híbridos entre hombres y demonios que han decidido tomar el mundo. Es esto un poco lo que el cine alemán, quizás harto de la demonización panfletista a la que lo ha sometido Spielberg, puede querer demostrar.
Ralph Fiennes en La Lista de Schindler. Pocas veces veréis personajes más malvados y con menos matices en una película. Claro que la dirige Spielberg, el experto en panfletos más grande que ha parido madre...
¿Qué tenemos en esta dictadura ficticia? Pues tenemos absolutamente todos los elementos que pueden dar origen a un movimiento totalitario: injusticia social, diferencias entre las distintas clases y sensación de no llegar a ninguna parte, se haga lo que se haga. Todo esto dentro de un instituto, donde tenemos a los hijos de papá, los marginados, los provenientes de otras etnias (en el caso de Alemania, los turcos) y hasta los góticos. Todo el santo día cabreados unos contra otros. Divididos. Alienados en una sociedad que se encamina hacia algo que nadie, especialmente ellos, termina de entender del todo.
Una dictadura parte a veces de buenas ideas. No, no me llaméis fascista todavía. Si veis la película, entendereis que muchos de los conceptos que se plantean no tienen por qué ser malos: el concepto de trabajo en equipo frente a la sociedad de la zancadilla y la puñalada trapera, la idea de ayudarse unos a otros y el valor de proteger a los miembros más débiles del grupo a mí me parecen buenas ideas, y puede que no sea el único. Pensadlo friamente, despojándoos de prejuicios políticos, por un momento: ¿Cuántos de vosotros no desearíais tener gente a vuestro alrededor de la que podáis fiaros plenamente? ¿Cuántos de vosotros no tenéis miedo a que vuestro mejor amigo os traicione? El experimento que se muestra en La Ola ataca radicalmente ese tipo de sociedad basada en la competitividad y el individualismo y propone un cambio basado en unir a los que son diferentes (o más o menos, como ya iré desgranando más adelante).
Se habla también de ideas como la disciplina. Para muchos, una idea aberrante; para otros, algo necesario en cierta medida... especialmente en una sociedad excesivamente permisiva con todo, donde la libertad parece haberse confundido con el caos. Donde los jóvenes, y no tan jóvenes, parecen tener concepto alguno de autoridad y creen que pueden hacer lo que quieran. Donde el sistema confía tanto en la bondad innata de las personas (en algunos casos) que es capaz de dejar suelto a un violador o un asesino sin haber cumplido la mitad de su condena, pero un pobre desgraciado que vende discos en el top manta cumple su pena de cárcel íntegra. Nuevamente, injusticias. Más caldo de cultivo que implica que mucha gente empiece a pensar que es necesario un nuevo orden. Algo en lo que creer.
Disciplina. Orden. Trabajo en grupo. Colaboración. La creencia de poder ayudar para crear algo. No son malas ideas, planteadas sobre el papel. Si no le ponemos la etiqueta de "Fascismo" desde un primer momento, estoy seguro de que muchos de vosotros la firmaríais sin pensároslo dos veces. Eso mismo es lo que pensaron los personajes de esta película, y no sólo los estudiantes...
El caso es que el asunto, tal y como cabría esperar, se va de las manos. Lo que empiezan siendo buenas ideas, escapan al control; quizás porque el profesor que estaba a cargo del experimento no era consciente de lo lejos que este tipo de cosas pueden llegar, o bien porque (tal y como expliqué en un post anterior dedicado a la juventud), la gente adulta no se esfuerza totalmente en conocer la situación social del sector adolescente de la población. No han observado con detenimiento la cantidad de jóvenes que viven en nuestras aulas (no sólo en Alemania, no seamos tan inocentes) completamente alienados, sin esperanzas, procurando llamar la atención de padres y profesores sin saber cómo. No todos son capaces de conseguir unas notas excelentes o ser capitanes del equipo de water polo, pero están ahí y nadie les hace sentir importantes. Nadie es capaz de ver las habilidades que puedan tener para que puedan sacarle partido. Gente que, a la larga, puede desarrollar algún tipo de trauma (irónico si pensamos que la detección y la evitación de traumas es el principal objetivo de psicólogos y pedagogos, que mencionan esta palabra como un inquisidor hablaría de Satán) o, peor aún, trastornos emocionales de muy diversas índoles. Ese tipo de personas, nos guste o no, es la más propensa a ideas fanáticas. No revelaré el final de la película, pero digamos que aquí aparece revelado con notable claridad.
Y es que en La Ola quedan representados todos los factores y componentes de una sociedad totalitarista, lo que demuestra que no todos son iguales. No en el sentido de que cada uno tiene sus diferentes motivaciones. Por ejemplo, tenemos a aquellos que utilizan un sistema dictatorial para hacer negocio (véase el chaval que se dedica a vender camisetas con el signo de La Ola en la puerta del instituto), aquellos que no tienen otro sitio a donde ir y se ven más seguros entre la masa (el ejemplo de la chica gótica). Aquellos que, de algún modo, se sienten importantes y ven que pueden escalar socialmente (la chica que no es especialmente llamativa que, gracias a su pertenencia en el grupo puede acercarse al capitán del equipo de water polo), y así podría seguir. ¿Son todos ellos malvados por naturaleza? ¿Son estos chavales híbridos entre el Maligno y una bruja? Son chavales normales; podrían ser vuestros sobrinos, vuestros hijos o incluso los alumnos a los que dais clase. Pensad en ello.
Pero no toda la responsabilidad recae en los alumnos. Sería partidista y subjetivo centrarse en eso. Aquí vemos todo un sistema educativo que falla. Vemos profesores que no son capaces de conectar con sus alumnos, tanto por provenir de una generación anterior como por la reticencia a moverse con los tiempos: el profesor que imparte el otro grupo, centrado en Anarquía, aparece como una especie de carcamal que aburre a sus alumnos con una pizarra llena de letrajos. Los estudiantes, tal y como se ve en la escena que lo representa, se parecen bastante a un montón de zombis amuermados que se amontonan sobre las mesas. No es de extrañar que abracen ideas alternativas a la morfina educativa.
Todos hemos pasado por algo así alguna vez. Es cierto que una clase no tiene por qué ser obligatoriamente juego y cachondeo todo el día, pero no es necesario recaer en el otro extremo.
Muy interesante el hecho de que un instituto, en cierto sentido, refleja la sociedad en la que se mueve la gente que trabaja y estudia en él. Una prueba notable de ello, además del hecho arriba mencionado de las clases sociales, es la posición de la directiva ante el experimento. Lo que puede (o no) resultar erróneo en un principio resulta ser aplaudido por la directora del centro en el momento en que ve que más y más alumnos deciden cambiarse al curso dedicado a la Autocracia. La buena mujer no hace preguntas. No le importa un carajo; se limita a apoyar al profesor sin molestarse siquiera en ver por sí misma si el asunto va bien o no. Al terminar la película quiero que os fijéis en la cara de la misma directora y me digáis si es la misma que se ve en el despacho cuando hace muestras de su apoyo.
Otro punto que me ha resultado de particular interés es la actitud de los padres. Los chicos, como es lógico cada vez que ven algo nuevo en clase, lo cuentan en casa. Las reacciones que pueden verse por parte de las familias, como poco, te pueden dejar helado: están los padres a los que les importa un carajo lo que le pase a su hijo en el colegio; con que estén calladitos y den poco la tabarra, están contentos. Si su chaval se pone a quemar todas sus camisetas en el jardín, no hacen preguntas. Por ellos, como si se quema a lo bonzo. Eso es ser padre.
Luego tenemos a otros que se dedican a criticar la labor de disciplina porque "no han educado así a sus hijos", mientras crían monstruos macarras que no conocen el respeto. No hablamos de educar por medio del miedo, como estos mismos padres pueden pensar acerca de todo lo que no sea dejar rienda suelta a un salvaje de trece años (interesante el punto de vista "democrático" de esos padres que piensan que su forma de inculcar valores es la única que vale, que creen que están en la posesión de la verdad y todos los demás son unos fascistas y unos tiranos). "Los niños deben experimentar sus propios límites", dice la madre de una de las chicas de la clase. Y se queda tan pancha.
Y podemos seguir, mostrando padres para los que sus hijos son más un estorbo que una familia. Valga el ejemplo de la madre de uno de los chicos que se dedica a tirarse a jovencitos mientras su propio hijo está en casa, casi delante de sus narices. Qué fácil es echarle la culpa a los docentes, ¿eh?
Y quizás uno de los motores que mueven esta historia es precisamente ese. ¿Qué hace falta para que la gente se comporte como los chicos de La Ola? Probad con soledad. Falta de esperanzas. No saber qué hacer... hasta que se dan cuenta de que el que tienen justo al lado pasa exactamente por la misma situación. La unión hace la fuerza.
Y puede que sea verdad. Puede que la gente deba unirse para cambiar las cosas, colaborar para crear algo bueno. Lo digo y lo mantengo. Esa idea no es mala.
Lo vemos a diario en el fútbol y otros deportes y no nos parece tan malo: gente de uniforme que vive según una disciplina para hacer algo. La gente los alaba, los vitorea y lleva sus banderas en el coche. Y eso NO es fascismo, aunque odien a muerte a los de otro equipo...
Lo que es malo es el trato a los que no están en el grupo. Aparece el caso concreto de dos chicas que se niegan a formar parte de La Ola y que son repudiadas por ello. Ambas muchachas simbolizan un poco los diferentes puntos de vista que difieren de un sistema totalitario: para empezar, el intelectual (la chica que se niega a ponerse una camisa blanca de La Ola, sencillamente porque no quiere, porque piensa que tiene criterio para elegir lo que quiere o no... y no le importa que se lo impongan), y por otro lado, el radical (la chica que piensa directamente que el sistema es vomitivo y no tiene reparo alguno en publicar mentiras y contar casos ficticios para desprestigiar a La Ola, con el argumento de "El fin justifica los medios". Paradójico, pero cierto: los extremos se tocan y la que lucha contra un movimiento totalitario de modo más beligerante resulta ser exactamente igual que ellos).
Esto se traduce, inevitablemente, en violencia. Violencia verbal, miedo, incluso violencia física, llevadas a cabo al principio por los miembros más extremistas o desequilibrados emocionalmente, pero al igual que un virus, se va contagiando a todos los demás. Se producen casos de maltrato (instintivo si queréis, pero no por ello menos condenable) e incluso de radicalismo deportivo (pancartas con La Ola en un partido de water polo, similares a ejemplos de nacionalismo extremo en los campos de fútbol no hace demasiado). El experimento se ha ido de las manos en menos de una semana y todos (profesor, alumnos) ven cómo lo que empezaron siendo buenas ideas han colaborado a arruinar sus vidas. El encuadramiento masivo les ha convertido en monstruos que en su vida habrían imaginado que serían capaces de ser. Unos días más y no habrían podido reconocerse en un espejo.
¿Cosas del fascismo? Sí y no. Que ese tipo de cosas pueden convertirte en un hijo de puta redomado no se niega. Pero no es el único caso. Si veis Doce Hombres sin Piedad podréis ver (si es que no me he equivocado de película, porque la vi hace mucho tiempo junto con varias acerca del mismo tema y puede que me haya equivocado; el que lo sepa con seguridad, por favor, que me lo indique), al final de la película, cómo se comporta la gente en un disturbio. Los saqueos que son capaces de producir. Los actos vandálicos. La violencia desatada. No llevan uniforme. No tienen una tendencia política extrema; simplemente, están refugiados entre la masa, nadie les reconoce como integrantes de un grupo. No son gente peligrosa por naturaleza. Pero pueden serlo, para que os fijeis...
Se ha demostrado con bastante frecuencia que muchas personas que se han visto implicadas en disturbios y saqueos, una vez disueltos, eran incapaces de conocerse perpetrando actos vandálicos u otras conductas antisociales. No siempre es necesaria una condición política extrema o un lavado de cerebro para ello.
Pero no nos salgamos del tema. La cuestión que me plantea esta película es algo mucho más básico y simple que todo esto: en media Europa se tiran día sí y día también contándonos lo malos que fueron los nazis. Lo malísima que fueron las dictaduras en España, Francia y Portugal. La cantidad de judíos que murieron durante la Segunda Guerra Mundial. La miseria, el hambre y el miedo. Lo mal que lo pasaron los pobrecitos represaliados. Lo arrasado que quedó nuestro país, nuestro continente. Y NADIE parece haberse planteado que, pese a toda esta propaganda, a todo el rollo antifascista que nos meten a diario, esas cosas pueden volver a repetirse, si permitimos que nuestra sociedad siga siendo una mierda. Si consentimos que las injusticias proliferen. Si miramos para otro lado o encogemos los hombros diciendo "es que eso es así" y pensamos que NADA de lo que hagamos podrá cambiar un sistema que nos tiene cogidos por las pelotas. Si nos dedicamos a mirar lo que sucede fuera de nuestras fronteras con aire de superioridad, pensando en lo mal que viven otros y lo bien que vivimos nosotros... pero sin fijarnos en la mierda que tenemos en casa. Sin prestar atención al hecho de que hay gente sentada a nuestro lado en clase, en el autobús o en el curro que está jodida de verdad y que sienten que no le importan a nadie. Gente que se siente sola. Gente que podría abrazar cualquier sistema que les prometa formar parte de algo grande, aun pese al hecho de que eso implique odiar a los diferentes... porque ellos mismos se han sentido así toda su vida y lo único que quieren es dejar de hacerlo.
Mucha gente ve el mundo de esta manera y nos importa una mierda. No nos rasguemos las vestiduras cuando esa gente se cabrea... igual es que todos somos un poco responsables.
Pasando a aspectos formales de la película, debo mencionar que la dirección, pese a no ser excesivamente compleja, cumple con corrección su cometido: a veces puede dar la impresión de estar viendo un telefilme, pero escenas como la del instituto a oscuras, el discurso final o la dirección de la fiesta en la playa hacen pensar lo contrario. Las actuaciones son basante acertadas, especialmente la tocante al profesor y al chico marginado, que hacen un papel no sólo creíble, sino sobresaliente en muchos momentos de la película. Destaca mucho el uso de primeros planos, aparentemente aleatorios, pero que dejan muy de manifiesto las reacciones de los distintos personajes ante un hecho concreto, lo que da un carácter "coral" a la historia.
Un aspecto que me llama particularmente la atención es la objetividad que desprende la cinta. No hay personajes "buenos" o "malos"; no existe el maniqueísmo cuando se toca un tema tan complejo y tan cargado de matices. Todos son un poco víctimas y verdugos de lo que va sucediendo a lo largo de los días que sucede el experimento. Todos tienen su parte de responsabilidad y tendrán que vivir con las consecuencias de lo ocurrido.
Se denuncia (entre muchas otras cosas) el fascismo, el antifascismo radical y el estoicismo ante las conductas radicales sin necesidad de caer en la sensiblería. No hay escenas lacrimógenas, no hay momentos para la lágrima fácil. No hay un director que te diga "eh, chicos, tenéis que llorar por las víctimas". No. Como digo, esto no es Spielberg, que pretende inculcarte sus propios ideales en sus películas. Esto es algo en plan "aquí suceden cosas buenas y malas; tú decides con qué te quedas... pero luego tienes que ser consecuente y aceptar lo que te toque".
Nótense además detalles curiosos como el hecho de que la película presenta una estructura circular: tanto al principio como al final se observa el camino que lleva al instituto, aunque en direcciones opuestas: lo que parece, desde un punto de vista de forma, lo mismo, en realidad no lo es si se observa desde la óptica del contenido. En cuestión de días, el camino de ida que vimos al principio de la historia es un camino de vuelta. El viaje ha consistido en ver cómo lo aparentemente civilizado cae precisamente bajo el peso de una serie de normas autoimpuestas. La autoimposición que se convierte en imposición sobre los demás. En ese camino de vuelta, se supone que hemos debido aprender una lección valiosa. Y como todas las lecciones valiosas, resulta duro aceptarla. La naturaleza humana tiene un poderoso lado oscuro. El ser humano no es tan libre como cree y puede llegar a ser muy manipulable. Las buenas ideas a veces pueden resultar no serlo tanto, cuando no se es del todo consciente de lo que empieza a suceder más allá del simple ideal. Y al final, sólo queda vivir (si se puede) con aquello que se ha colaborado a construir. El pensamiento de si, en el fondo, todo eso ha merecido la pena.
Nótense además detalles curiosos como el hecho de que la película presenta una estructura circular: tanto al principio como al final se observa el camino que lleva al instituto, aunque en direcciones opuestas: lo que parece, desde un punto de vista de forma, lo mismo, en realidad no lo es si se observa desde la óptica del contenido. En cuestión de días, el camino de ida que vimos al principio de la historia es un camino de vuelta. El viaje ha consistido en ver cómo lo aparentemente civilizado cae precisamente bajo el peso de una serie de normas autoimpuestas. La autoimposición que se convierte en imposición sobre los demás. En ese camino de vuelta, se supone que hemos debido aprender una lección valiosa. Y como todas las lecciones valiosas, resulta duro aceptarla. La naturaleza humana tiene un poderoso lado oscuro. El ser humano no es tan libre como cree y puede llegar a ser muy manipulable. Las buenas ideas a veces pueden resultar no serlo tanto, cuando no se es del todo consciente de lo que empieza a suceder más allá del simple ideal. Y al final, sólo queda vivir (si se puede) con aquello que se ha colaborado a construir. El pensamiento de si, en el fondo, todo eso ha merecido la pena.
En resumen, una película de esas que cuando terminas de verla, te invita al debate con los amigos/familiares con quienes la estés viendo... o, si eres de esos que prefieren verla solo, a pensar durante un buen rato acerca de lo que has visto y te plantees si lo que se muestra ahí es realmente tan descabellado o podría pasar en el instituto de tu barrio.









No hay comentarios:
Publicar un comentario