Aquel Lunes por la noche, mientras muchas otras cosas sucedían en la ciudad, tuvo lugar un fenómeno que en la antigüedad habría sido calificado de “presagio”. Hoy en día, en una era de ciencia y raciocinio, tal idea habría sido rápidamente descartada. Sin embargo, si las personas que allí vivían hubieran conocido la razón que había llevado a aquella estrella fugaz a caer sobre aquel monte, tal vez habrían cambiado de opinión.
Recobró el conocimiento gracias a la brisa fresca que agitaba los árboles a su alrededor. El aroma del aire tenía un regusto salino, mezclado con la fragancia de los pinos. Gracias a aquel efecto, abrió los ojos deprisa y su mente empezó a calibrar qué era lo que tenía que hacer. Durante aquel proceso, trató de ponerse en pie, pero algo se lo impidió.
Dolor. Un dolor agudo y palpitante que le desgarraba la carne. A causa de esto, comprendió, el simple hecho de incorporarse ya resultaba una tarea titánica.
Con un grito, mezcla de sorpresa y desagrado, descubrió la fuente de éste mientras se levantaba la camiseta: su costado izquierdo estaba ensangrentado. La herida, infligida en el último segundo de su huida a modo de reproche cruel, había sido profunda y de ella manaba sangre copiosamente. No había tenido demasiada suerte.
Pasaron varios minutos hasta que consiguió asumir la gravedad del corte que le había lacerado gran parte del torso. La tarea de soportar el dolor fue algo más complicada, pero logró desempeñarla. Al fin y al cabo, había sido herido otras veces, y también de considerable gravedad. Aquello no tenía por qué ser diferente. O, al menos, esperaba que no tuviese por qué serlo.
Por fin, de un modo algo más calmado y prudente, se incorporó con cuidado y, tras casi otro minuto más, logró ponerse en pie. Avanzó un par de pasos y miró a su alrededor. El lugar le era familiar, pero no terminaba de reconocerlo. Sabía que estaba allá donde se había requerido su presencia, pero no tenía detalles concretos. Sin duda, debía estar en aquella ciudad al sur de España donde, debido a diversos avatares del Destino, convivían varios de sus “asuntos pendientes”. A juzgar por la corriente de aire, debía estar en un sitio bastante alto. Unos pasos más y ya consiguió saber donde estaba: a sus pies se extendía toda la urbe, que a aquellas horas estaba iluminada con el aspecto de un gigantesco manto dorado que se recortaba contra el terciopelo azul oscuro, casi negro, del cielo y el mar, extendiéndose hacia el horizonte. Se encontraba en uno de los miradores situados alrededor del castillo árabe que coronaba el casco antiguo. Desde allí podía distinguir la única torre de la Catedral, perfectamente iluminada. Opuesta a ella, algo más lejos, y a la izquierda, despuntaba el edificio de Correos. Un gigante de hormigón contemporáneo con una estructura similar a una pirámide emplazada en su cima, que parecía desafiar al campanario barroco.
Así que estaba en el sitio correcto, no cabía duda. La pregunta era, ¿realmente había llegado en el momento idóneo? En su huida ya había tenido que abandonar a un compañero a su suerte. No había disfrutado en absoluto al hacerlo, pero era cuestión de prioridades. Más allá de sus múltiples asuntos, tenía un objetivo que cumplir. Uno realmente prioritario. Lo que él y su socio estaban haciendo justo antes de que tuviera que marcharse podía esperar. Su aliado podía esperar. Si todo iba bien, si conseguía solucionar aquella crisis, volvería y le ayudaría. A fin de cuentas, no creía que su vida corriese peligro. Y si así fuese, lo que estaba sucediendo en esa ciudad implicaría el destino de muchas vidas; no hacer nada podía degenerar en una auténtica catástrofe. Era una cuestión de números. Tenía que entenderlo.
Abrumado por un sentimiento muy similar al que produce tener la conciencia intranquila, decidió centrar su mente en otros propósitos.
Información.
Necesitaba saber qué había pasado exactamente. Sólo sabía con seguridad que se le necesitaba allí. Que algo había pasado. Los detalles, como sucedía siempre en estas vicisitudes, eran parcos y vagos. Sus percepciones no eran tan precisas como antaño. Ni siquiera entonces hubiese estado tan seguro de tener tal dominio de sus habilidades. Eso, sin embargo, no implicaba en ningún caso que estuviese ciego o que fuese incapaz de acceder al conocimiento. En todo caso, sólo significaba que su sacrificio para conseguirlo sería mayor.
Sacrificio. Aquella palabra tenía un significado especial, mágico. Primario. El sacrificio era el pago por conocer. La llave para desempeñar su tarea. El sacrificio y él, odiaba admitirlo, eran viejos compañeros de fatigas.
Respiró hondo, anticipando lo que venía a continuación. Lo hizo una, dos, tres y el número de veces que fue necesario. Enfrió sus pensamientos lo máximo posible. No era nada fácil.
Por más veces que lo hubiese hecho, el dolor no dejaría de estar ahí. El dolor formaba parte del intercambio. Del comercio.
Dolor y sangre.
Se seguía viendo incapaz. Por ello, exploró uno de los pequeños bancos con plantas y flores que había a su alrededor en aquel mirador. No necesitó una búsqueda muy exhaustiva para encontrar lo que estaba buscando.
Es curioso como a veces las cosas más pequeñas pueden parecernos un mundo. Cómo pueden suponer una gran diferencia. La diferencia, no entre lo bueno y lo malo, sino aquella que nos permite quedarnos, como en infinidad de ocasiones, con el menor de los males. Aquella pequeña rama de pino era la suma de todo eso.
Volvió a tomar aire profundamente varias veces y se colocó la rama entre los dientes. Luego, se levantó la camiseta e hizo aquello para lo que había estado preparándose mentalmente a lo largo de los últimos minutos.
Las primeras falanges fueron las más dolorosas. Hizo bien en haber buscado una rama lo bastante gruesa, pues de lo contrario la habría partido con los dientes. La herida ya era lo bastante dolorosa. Introducir dos dedos en ella le llevaba casi al borde del desmayo.
Cuando los hubo introducido casi hasta los nudillos, el recuerdo de la leyenda de Santo Tomás el Apóstol le asaltó la mente. Por algún motivo que no acertaba a dilucidar en esos precisos instantes, aquello le resultó trágicamente irónico.
Una vez se aseguró de que tenía los dedos suficientemente empapados en sangre, procedió a sacarlos de la herida. Aquella rudimentaria exploración le había enseñado, de modo accidental, que el corte había estado muy cerca de atravesarle el costado de parte a parte. Curiosamente, no le había dolido cuando se lo infligieron. En el momento en que sus nervios quisieron reaccionar, ya era tarde: el arma ya había hecho su trabajo. A la perfección, habría pensado, si no fuese su herida la que estaba tocando.
Extraer los dedos no fue algo ni más fácil ni menos doloroso, pero sí tenía un cierto componente de alivio del que había carecido la operación contraria. No era un gran consuelo, pero era algo a lo que aferrarse en situaciones así.
La sangre empezó a empaparle el resto de la mano, tiñéndola de carmesí. Eso era justo lo que necesitaba. Con esa cantidad, tenía suficiente para empezar a trabajar.
Mientras llevaba a cabo su tarea, una parte de él pensó que había tenido mucha suerte al llegar allí y no encontrar a nadie. Por lo que conocía de la ciudad, tenía entendido que aquel mirador era frecuentado por jóvenes o por parejas durante la noche, no importaba que no fuese fin de semana. La presencia de cualquiera le habría resultado algo molesto e indiscreto. Especialmente cuando se trataba de usar la sangre como tinta y los dedos como pinceles para trazar símbolos en el suelo.
Una vez hubo terminado de escribir los glifos y las líneas que daban sentido a todo el gráfico que había plasmado en aquel suelo de piedra, murmuró unas palabras. El hecho de hacerlo en voz baja se debió, por sorpresa para él, más al hecho de que se encontraba casi sin voz a causa del dolor que a cualquier otro motivo.
Arrodillado como estaba, dejó que las ideas fluyeran hacia el interior de su cabeza. Poco a poco, fue recibiendo detalles acerca de lo que había pasado. Al principio, fueron impresiones abstractas, que fueron concretándose ligeramente conforme relajaba su mente y abría sus percepciones.
Dolor.
Muerte.
Ira.
Odio.
La Criatura. No podía ser otra. Después de tanto tiempo, podía empezar a sentirlo. Algo pareció flotar en el aire. Sutil, apenas perceptible, pero no por ello menos real. Se avecinaba el momento decisivo. La última batalla. Y como siempre, sucedía en el peor momento. Con él herido de gravedad, la balanza se desequilibraba en su contra. El más mínimo fallo y todo podría venirse abajo.
Una vez obtuvo toda la información que le fue posible conseguir, echó a andar. Frente a él, ora a derecha, ora a izquierda a causa del zigzag del sendero que estaba descendiendo, el parque de la ciudad se abría ante él, mostrando los edificios de corte clasicista del Ayuntamiento, el Banco Nacional y el Rectorado Universitario. Todo parecía tan tranquilo, tan sereno... era muy curioso observar cómo el mundo se esforzaba en aparentar una imagen de normalidad cuando, por debajo, se encontraba al borde del Caos. Toda la gente que vivía en aquella ciudad, en el país, en el planeta... la mayoría vivían sus vidas con mayor o menor ambición, con mejores o peores valores, pero todos ignoraban lo a menudo que se encontraban en peligro. Si no se debiese a su experiencia, aquella simple idea le habría resultado a él mismo algo insoportable.
Desechando ideas tan pesimistas, su mente cambió nuevamente de tercio. Era el momento de pasar al siguiente objetivo: buscar el modo de coserse aquella herida. A aquella hora, le extrañaba encontrar algún sitio donde pudiese comprar aguja e hilo. Al menos, su conocimiento de la ciudad no daba para tanto. Ir a un hospital sería más problemático que beneficioso. Tendría que sopesar alguna alternativa mientras bajaba a la ciudad.
Cada paso que daba era una tortura. Un esfuerzo titánico. Cada metro avanzado dejaba tras de sí un rastro patente: un reguero abundante de sangre oscura. Bajo la tenue luz de las farolas que iluminaban la zona, su tono rojo profundo se acercaba a un negro aceitoso. Continuó caminando por la rampa de bajada desde el mirador. Aquel camino de piedra bordeado de flores y plantas le llevaría directamente hacia el centro. Una vez allí, podría iniciar su búsqueda... si es que se le ocurría por donde empezar. Dar con él en un lugar en el que se agolpaba cerca de un millón de almas podía ser como buscar una aguja en un pajar. ¿Qué podría hacer?
Durante unos momentos, una oleada de desesperación le invadió. Aquella empresa se le antojaba imposible. ¿Cómo iba a conseguirlo?
No, aquellas preguntas no eran las adecuadas, pues lo único que conseguirían sería apartarle de su meta. No debía entretenerse con ese tipo de cosas. Debía pensar en lo que estaba en juego, y era mucho. Esa debía ser su única motivación.
Pero lo primero era lo primero; había que buscar alguna manera de coserse aquella herida y ralentizar el efecto que ésta le causaba. Si todo iba bien... si todo iba bien, ya se las apañaría para buscar el modo de cerrarla del todo, de solucionar aquella crisis, y de ayudar a su socio.
El primer paso, dada la situación, sería hacer lo posible por hallar el libro, o que éste acabase apareciendo él sólo por alguna parte. Era la única solución que se le ocurría; hasta donde sabía, las respuestas, o parte de ellas, debían encontrarse ahí. Pero las cosas no eran tan sencillas, como siempre. El libro llevaba mucho tiempo perdido y oculto a sus ojos. Dar con él, por tanto, iba a ser una tarea...
No, no iba a mencionar la palabra imposible. Mejor decir que era complicada; muy complicada, de acuerdo, pero era esencial. En aquellos momentos tan difíciles, era una de las pocas cosas que podría servir para encontrar la solución a aquella crisis. Su socio sí podría ser capaz de encontrarlo... pero estaba demasiado lejos y no podía perder tiempo en ir a buscarle. Aunque no lo tenía como algo muy probable, tampoco podía descartar totalmente el hecho de que incluso pudiese estar muerto. Maldita sea, si su huida no hubiese tenido que ser tan precipitada, ahora las cosas serían diferentes... pero, por otra parte, ya estaban metidos en problemas justo antes de que se enterase de lo que estaba pasando en la ciudad. Por mucho que odiase admitirlo, que se hubiese quedado atrás y hubiese sido hecho prisionero había propiciado que él estuviese allí ahora. Estaba claro que no habría podido ser de ningún modo que pudiesen huir los dos, así habían salido las cosas. Le gustase o no, eso era lo que tenía.
Haría falta, entonces, algo más que un golpe de suerte para que el libro apareciese por alguna parte.
Tal vez, un milagro...
Tantas cosas por hacer... y tantas dificultades...
©Javier Durán Valdeiglesias, 2008

5 comentarios:
Interesante comienzo, Javi, si señor. Muy buena descripción del personaje y de sus motivaciones, manteniendo la intriga sobre su origen y su identidad y sobre lo que pretende. Y las descripciones muy vívidas, muy reales. De momento, pinta muy bien este gusano. No desmerece a lo que se publica de este estilo actualmente. Sólo un par de peros que ya te pasaré por privado si quieres, pero nada, dos tonterías mías. ¿Para cuando la siguiente entrega?
Gracias, Voro!
Como siempre, cualquier comentario es bienvenido y de agradecer. Tú pásame los peros que me comentas y veré si se pueden resolver, o es que se resuelven un poco más adelante...
La siguiente entrega todavía no tiene fecha; ando esperando un par de correcciones, pero supongo que no tardará demasiado en llegar!
Hala, pues esto sí que empieza bien. Continuaré leyendo a medida que pongas los siguientes capítulos. Por ahora no tengo críticas :-)
Muchas gracias, Gissel!
En breve espero poder ir subiendo más capítulos; de momento, os tengo que dejar con la intriga hasta que mi corrector termine su tarea y me diga lo que tengo que arreglar del resto!
Si tengo tiempo (ahora que me he quitado la corección de cierta obra de encima), volveré a leer este Gusano, o algunas partes que quisiera releer para así darte una nueva opinión.
Perdona mi flojera, jajaja. Un saludo.
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