lunes, 7 de abril de 2014

Mondo Chorra- El factor Miedo



De todas las emociones, posiblemente es el miedo una de las que más fascinación ha podido causar al ser humano. Lo que, fisiológicamente, podemos entender como una reacción primaria ante una señal de peligro o una manifestación de nuestro instinto de supervivencia (y, por tanto, presente también en la mayoría de animales), evoluciona a nivel psicológico y cultural hasta conformar toda una mitología y metodología en sí misma. A lo largo de este artículo intentaré hacer un repaso sobre los elementos que rodean el concepto del miedo y cómo tendemos a verlos. Como siempre, y parece ser que tengo que explicarlo cada dos por tres, tengo que advertiros que este artículo NO es un artículo científico. NO cuenta la Verdad Absoluta, ni lo pretende. La única documentación que vais a encontrar serán las referencias a cosas que he vivido o alguna cosa que haya leído por ahí, pero eso solo se tomará como un punto de apoyo a mi argumento a modo de ilustración, JAMÁS como referencia documentada. Los errores o faltas a la verdad que podáis ver aquí NO son fruto de tergiversación, manipulación/omisión informativa o cualquier gilipollez que se os ocurra, sino conclusiones MÍAS, extraídas en base a MI experiencia PERSONAL y NO se pretende dar un punto de vista profesional ni irrefutable. El que lo busque en estas líneas, está haciendo el gilipollas al buscar la Verdad en Internet y no en alguien titulado que sepa orientarle del modo adecuado.
Y, una vez marcada la diferencia entre un blog de OPINIÓN personal y un artículo científico profesional para que nadie se haga la picha un lío y vea donde no hay, arrancamos:

Tal y como lo entendemos, el miedo se origina en el cerebro. Más concretamente, en el llamado "cerebro reptiliano" (encargado de conductas basadas en la supervivencia, como la comida y la respiración) y en el sistema límbico (cuya misión es regular las emociones y también controlar las conductas de evitación del dolor, así como la huida o la lucha). Toda la información que proviene del exterior es recopilada por este sistema y, por medio de lo que se conoce como amígdala, se activan los mecanismos de respuesta hacia lo que ésta identifica como fuente de peligro. En el momento en que la amígdala entra en acción, se producen estos mecanismos de respuesta, que pueden variar: huida, paralización o (más común de lo que parece) enfrentamiento. Sin embargo, tenemos que tener en cuenta que nuestro cerebro es algo más complejo que el animal y no es la amígdala la única responsable de la sensación de miedo: en nuestro cerebro, se da una importante interacción con la corteza cerebral y con el resto del sistema límbico.


La amígdala, señalada en rojo para que nos confundamos.


Hasta aquí, lo que dice la Wikipedia en cuanto a su origen. Quizás no una fuente excesivamente fiable, pero contamos con que sí sea lo bastante cercana a lo que en realidad hace nuestro cerebro cuando percibe una amenaza como real. No obstante, si hay algún neurólogo leyendo esto, se le invita a que complemente esta información.

Pasemos a lo que es el miedo en sí. Para empezar a hablar en lo que entiendo yo por tal, tendría que irme a una charla que se dio hace algunos años en mi ciudad, donde tres escritores de terror (o de lo que se entiende hoy en día como terror, cosa que no termino de ver del todo) hablaban sobre sus libros, así como de otras historias alucinantes que fueron surgiendo a lo largo de la tarde. En un momento dado, un niño de, no sé... unos doce, puede que trece años, se fue para uno de estos escritores y le preguntó si se había planteado en escribir novelas de terror orientadas a niños. La respuesta fue, como poco, interesante:

—No sé. ¿Qué es el terror?

El crío se encogió de hombros, y este autor prosiguió, a fin de profundizar en su respuesta:

—Es decir, ¿qué es lo que te da terror a ti? Porque igual no es muy distinto de lo que me pueda causar terror a mí. O igual sí.

Saltamos un año y pico hacia delante, puede que dos. El mismo tema vuelve a surgir en la ciudad de Valencia, en otra presentación literaria; esta vez, quien presenta su libro es mi amiga y camarada de penurias Elena Montagud, quien cuenta conmigo para que sea yo quien haga de maestro de ceremonias. Ella no ve esa idea muy diferente tampoco, y sostiene que el terror es algo proteico, que cambia de forma según el individuo. El terror, alude mi amiga, no tiene por qué ser un zombi o un vampiro; ni siquiera algo sobrenatural. El terror es aquello que te paraliza y te causa un nudo en el estómago. Lo que te impide reaccionar, te bloquea y hace que no seas capaz de pensar de una forma clara. Es, tal y como muestran algunos de sus relatos, lo que sientes cuando eres incapaz de abrir la boca en tu propia casa. Es una fobia irracional, o no tan irracional: cuando sientes que te van a despedir de un momento a otro, eso es terror. Cuando tienes a un familiar muy grave en cuidados intensivos y te planteas, en serio, lo que te puede pasar si lo pierdes, es terror.


Una de las cosas más aterradoras que conoce muchísima gente es algo tan inofensivo como hablar en público. La gente no te va a pegar, ni siquiera tiene por qué reírse de ti. Sin embargo, suele ser una experiencia bastante aterradora para muchos.


He mencionado arriba que el miedo se produce en el momento en que identificamos una fuente de peligro, pero esta fuente de peligro no tiene en absoluto por qué provenir de una amenaza en el futuro: podemos sentir miedo al recordar algo terrible. Podemos sentir miedo de nosotros mismos al descubrir que hemos hecho algo malo y que no nos creíamos capaces de hacerlo, lo que nos hace pensar más en el presente ("¿Qué clase de persona soy?"). El miedo suele tener un componente de anticipación pero, como indico aquí, no es una condición si ne qua non para que se dé.
Yendo aún más lejos, podemos sentir miedo incluso sin conocer una fuente de peligro concreta. Es lo que entendemos como ansiedad o pánico, que se desarrolla en crisis emocionales de cierta intensidad. Estás tan tranquilo y, de buenas a primeras, sientes un terror creciente que se apodera de ti. Que te corta la respiración, empapa tu piel en sudor frío, te seca la boca y hace que tu corazón se desboque.

A nivel psicológico (o incluso filosófico) casi me atrevo a decir que el ser humano viene a ser una suma de sus miedos. En cierto modo, nos definimos por aquello a lo que tenemos, de una manera muy similar a como cuando decimos que alguien se define por los enemigos que tiene. Al fin y al cabo, el miedo puede ser una reacción lógica y hasta saludable (por eso de la conducta de autoconservación), pero también es un enemigo. El miedo es el enemigo interior que nos limita y que nos impide vivir una vida normal; nos define, sí, y colabora en eso de conformar nuestra personalidad... pero también es capaz de hacer que desarrollemos conductas autodestructivas. Por evitar enfrentarnos a nuestras fobias y terrores más intensos, estamos dispuestos a mortificarnos o sufrir, y no nos importa: un claustrofóbico, por ejemplo, preferiría subir quince pisos a pie antes que meterse en un ascensor. Un niño que tenga miedo a que le hurten sus libros o cualquier otra posesión en el colegio acabará por llevarlo absolutamente todo en la mochila y no separarse de ella, aunque eso implique cargar con ocho kilos a las espaldas. Los ejemplos son múltiples, variando no solo en forma, sino también en intensidad.


Una buena forma de representar el miedo en la literatura lo hemos podido ver recientemente en la saga Harry Potter, representado por el Boggart que, en el universo de J.K. Rowling es una criatura que toma la forma de lo que más aterra a su víctima. De este modo, el Boggart jamás se presenta de dos formas iguales, sino que varía en aspecto dependiendo de a quién se enfrente.


Vemos un buen antecedente de esto en la historia del Rey Mono en la serie de La Cosa del Pantano de Alan Moore. En ella, el Rey Mono era una entidad demoníaca que se alimentaba de los miedos ajenos, tomando la forma de estos. Concretamente, encontramos que el bicho en cuestión se hacía fuerte en un centro para niños autistas o con problemas psicológicos graves. En la imagen, quizás una de las más representativas de lo que quiero decir, vemos cómo la mente hace de las suyas ella solita: una niña sufre un miedo irracional al cáncer, con el que la han asustado desde siempre. No está muy segura de lo que es pero, como dice el texto, "tiene sus propias ideas".
El miedo funciona así: tememos a lo desconocido, pero esos "agujeros informativos" no importan: nuestra mente se las apaña para rellenarlos, y de la forma más terrible posible.



He aquí, quizás, la parte más irracional del miedo: es esa en que nuestra mente asume un sufrimiento con el objetivo de evitar otro sufrimiento. No importa lo que suframos o lo que tengamos que hacer, pero por medio de esas conductas evitamos (o creemos evitar) que eso que nos aterra se nos ponga por delante. Al hacerlo, sin embargo, no caemos en la cuenta de que en realidad cedemos y nos cerramos puertas a lo que podría ser una vida relativamente tranquila: hay miedos justificados, sí, pero muchos otros carecen por completo de un fundamento real. En otras palabras, hay cosas a las que tememos sencillamente porque hemos decidido temerlas. Y, en el momento en que hemos cedido ante un miedo infundado, abrimos la puerta a otros miedos infundados: usando mi experiencia personal como ejemplo, si desarrollas agorafobia durante una crisis de ansiedad (quizás ya la variante patológica de lo que estoy hablando), es terriblemente tentador que otros miedos se instalen en tu interior. El miedo se contagia a sí mismo y, si dejamos que se instale en nuestras vidas y que campe a sus anchas, acabaremos por darnos cuenta de que estamos cediendo terreno más y más cada día.

El miedo, en cierto sentido, posee un atractivo único. En el fondo, muy en el fondo, nos gusta sentir miedo, quizás porque es una manera de hacernos sentir vivos: el miedo, aun de forma controlada, aparece presente en nuestra forma de vida. En espectáculos de riesgo, donde sufrimos al ver cómo alguien se juega la vida; al subirnos a una montaña rusa, con ese pensamiento fugaz de que igual el vagón en el que viajamos se estropea y nos la pegamos a no sé cuántos kilómetros por hora. Películas o libros nos muestran la naturaleza oscura del ser humano o bien nos muestran el terror sobrenatural... que reconocemos como "no real", pero no por ello tiene por qué asustarnos menos. Yendo aún más lejos, tenemos la mitología moderna de las leyendas urbanas que, desde que somos pequeños, nos habla de fenómenos terribles que pretenden ser reales. Tome la forma que tome, el miedo está presente entre nosotros y no existe nadie (o nadie en su sano juicio, al menos) que no tema absolutamente a nada. Todos tenemos algo que perder; todos podemos sentirnos intimidados en un momento dado en nuestra vida. En prácticamente todos nosotros hay una voz que nos dice "No".


El miedo es ese Yago, que nos mal aconseja, con ideas destructivas.


Esa es, precisamente, el arma que muchos emplean: el miedo es una herramienta útil, usada en muchos ámbitos, desde la publicidad hasta la política (como ejemplos, los famosos anuncios de corte gore de la Dirección General de Tráfico o las constantes amenazas veladas que lanzan los partidos políticos día sí y día también si el ciudadano medio no cree en ellos), sin pasar por lo que hace la sociedad en sí misma: desde que somos pequeños, el miedo a ser considerados "diferentes" nos lleva a poner en marcha conductas que, de modo implícito, nos obligan a ser uno con la masa. De aquí nace en muchas ocasiones ese miedo que tienen muchos a decir lo que piensan, o el miedo al "Qué dirán". Ese miedo que tenemos a sentirnos segregados es el miedo que nos obliga a comulgar con ruedas de molino, a obedecer. Es el miedo del que cobardes y poderosos se aprovechan para intimidar a los demás.
He dicho cobardes, sí: a menudo la gente que tiene más miedo es la que siente mayor necesidad de provocarlo en otros, a fin de no mostrarse como los débiles que son. Es por ello que aquellos que se creen poderosos o fuertes intentan constantemente ostentar ese supuesto poder sobre otros, a modo de recordatorio. No es tanto la ley del más fuerte que impera en la naturaleza, como la ley del más aterrador: esos que se dicen fuertes y que ejercen su dominio por medio del miedo en realidad no son más que una panda de cobardes que se dedican a intimidar y a amenazar, pero que raramente llegan a cumplir dichas amenazas. ¿Por qué? Quizás por lo mucho que tienen que perder, ellos los primeros: no en vano, si lo pensamos, la mayor parte de esa gente amenazada o presionada por este tipo de individuos es gente a la que deben mucho. Bien porque esos a los que oprimen son aquellos que sudan por ellos, bien porque sacan beneficio de cualquier otro tipo... pero no pueden permitirse perder a sus víctimas, de ahí que la amenaza no sea más que eso: una amenaza, vacía y vana, que jamás llegan a cumplir en realidad.

Este concepto es lo que matones y otros parásitos sociales emplean como arma para conseguir que otros satisfagan sus necesidades. El modus operandi, aunque complejo y revestido de un sinfín de artimañas, consiste básicamente en el mantra "No me das lo que quiero, pues entonces lanzo mi amenaza". Este concepto se suele basar siempre en una amenaza que busca el virtual "hueco en la armadura" del individuo amenazado: quien ostenta el miedo como arma, busca las debilidades de sus víctimas para volverlas en su contra. Gracias a eso, saben que éstas lo tienen muy difícil para evitar ceder ante la amenaza: bien porque ellos saben muy bien lo que pueden perder, bien porque tocan fibras a nivel personal lo bastante sensibles como para drenar sus fuerzas y convertirlas en marionetas que ceden ante cualquier petición. Saben cómo hacerlo y se aprovechan de ello. Es esa clase de gente "tóxica", término que ahora está muy de moda, capaz de someter la voluntad del prójimo, socavar su autoestima y llevarla a una espiral de humillación y dependencia. Cuando esto sucede, la víctima ve mermadas sus fuerzas para actuar y obedece, prácticamente, por inercia.


A causa de nuestro miedo a enfrentarnos a aquello que nos aterra, podemos optar por perder nuestra dignidad. Aceptar que otros nos juzguen, nos sometan y se burlen de nosotros.
Incluso podemos acabar por pensar que merecemos ser tratados así.


¿Es entonces imposible escapar de un yugo así? No, pero tampoco es fácil. La mayor arma para combatir el miedo, por tópico que resulte, es la voluntad. Incluso llegando a extremos de terror patológico, quien no quiere combatir el miedo no puede hacerlo (de hecho, es queriendo y ya cuesta, imaginad si encima uno no pone de su parte). O no durante mucho tiempo, al menos. Si el miedo, como he comentado arriba, es esa voz que nos dice "No" cada vez que deseamos hacer algo, la voluntad debe ser la sordera que se niega a escuchar a esa voz. La que nos hace plantar la rodilla en tierra cuando estamos tirados por los suelos y ayudarnos a ponernos en pie, ya que, en multitud de ocasiones, somos perfectamente conscientes de que debemos cambiar la situación que vivimos; el problema es que, sencillamente, no podemos. O, mejor dicho, creemos que no podemos.

Las amenazas que otros lanzan sobre nosotros, hablando a un nivel general (y con multitud de excepciones, todo hay que decirlo) suelen ser vacuas y esgrimidas por cobardes que no tienen cojones de meterse con alguien de su tamaño (físico o de otra índole) y que se creen que otras personas les pertenecen. En el momento en que la voluntad se interpone en su camino, la persona que ejerce su poder igual sigue intentando ejercerlo, pero cambia una cosa: la percepción. Tiene que llegar un momento en nuestra vida en que acabamos hartándonos de gente así a nuestro alrededor para que podamos empezar a cambiar las cosas. Para que hagamos acopio de nuestras fuerzas y podamos pensar en una solución que nos saque del hoyo. Por difícil que resulte (que lo es, y mucho), el primer paso es no creernos toda esa mierda que nos sueltan aquellos que intentan ostentar el miedo como un arma. Si ellos dicen que no valemos, tenemos que recordar (y esto, creedme, es MUY difícil) que no hacen sino valerse de mentiras para hacernos ceder. Si no hacen más que recordarnos que, si no les obedecemos, nos espera una vida miserable y desgraciada, nuestro cometido es recordar que no son dioses que pueden ver el futuro. Por mucho que cacareen y nos amenacen, no son dueños de nuestro destino y no tienen ni la menor idea de lo que nos sucederá si nos marchamos de su lado. Si no hacen más que decirnos lo mucho que podemos perder, la mitad de las veces eso es porque más tienen que perder ellos; de lo contrario, no andarían machacándonos con esa perorata.
Toda esa artillería de argumentos agresivos, no podemos olvidarlo jamás, es el recurso primario de los incompetentes. De aquellos que se han arruinado la vida ellos solitos y que, pensando que los que le rodean les deben lealtad incondicional, creen que van a salir a flote a costa de pisotear a otros.


El miedo es Lengua de Serpiente, que envenena nuestros oídos con mentiras y nos anula por completo, convirtiéndonos en gente apocada e incapaz de luchar.


Me gusta pensar que el miedo, ese miedo que anida en nuestros pechos por la noche y nos impide respirar, es el verdadero enemigo. Un enemigo sin rostro, o sin un único rostro, al menos. Un enemigo que, en realidad, es débil y al que le gusta gritar mucho para que no se note. Desde mis experiencias sufridas con el miedo, tanto combatiéndolo como dejándome someter por él (porque uno no es Dios y pierde más batallas de las que gana, hay que admitirlo), puedo decir que combatir el miedo es una forma de guerra. Una guerra interna e íntima, que tiende a resurgir de vez en cuando, a recrudecerse o a pacificarse, dependiendo de lo fuertes que nos sintamos.
Tal y como citaba Frank Herbert en su obra clásica Dune, "El miedo mata a la mente. El miedo es la pequeña muerte que lleva a la destrucción total". Según cita el escritor en esta novela, uno de los métodos para combatirlo es por medio de un mantra o letanía, que se repite constantemente para autoconvencerse de que el miedo, en sí mismo, no es más que una percepción mental y que, como tal, puede controlarse: "Afrontaré mi miedo. Lo haré pasar por encima de mí y a través de mí. Cuando pase, giraré mi ojo interior para escrutar su camino. Y cuando haya pasado, no quedará nada. Solo yo". Independientemente del uso del lenguaje del señor Herbert, que a más de uno le puede sonar "anacrónico" y los chistes facilones sobre cosas que pasan a través de uno y ojetes interiores, lo que sí es bien cierto es el hecho de que racionalizar el miedo por medio de una voluntad más o menos fuerte es un método que suele funcionar para combatirlo. En el momento en que racionalizamos algo tan irracional y asumimos que estamos asustados, la fuente de nuestro miedo es percibida de una forma diferente; en su justa medida, si quieres: la amenaza potencial queda reducida a lo que es en realidad (generalmente, algo mucho menos peligroso y terrible de lo que percibíamos), y nos ayuda a mantener un curso de acción diferente al de "huye-escóndete-moja los pantalones".


William Shakespeare, figura recurrente en este blog, también escribió lo suyo sobre el miedo. Para muestra, un par de botones, como:
 "Ya que no nuestros actos, nuestros miedos serían los que nos acusaran de traidores" (Macbeth, Acto IV , escena 2), dando a entender, en este contexto, que el miedo se muestra por sí mismo y revela nuestra verdadera naturaleza en situaciones límite.
"Nuestras dudas son traidoras, y nos hacen perder a menudo el bien que podríamos ganar, por temor a experimentarlo" (Medida por Medida, Acto I, escena 4). El miedo, bien autoimpuesto, bien impuesto por otros, es esa fuerza que nos impide desplegar las alas, luchar contra la adversidad y atrevernos a buscar la propia felicidad.
El miedo no solo intenta someternos, sino que procura que jamás pensemos en rebelarnos.


Sé que los artículos que escribo en este blog no gustan a todo el mundo: bien por el lenguaje brutal que uso, bien porque no se está de acuerdo con mis opiniones. Bien porque algunos de vosotros pensáis que, en lugar de equivocarme, me dedico a mentiros. Si sois algunos de ellos, tengo un mensaje para vosotros: os estáis quedando en la superficie, en lo que se ve a simple vista y no miráis más allá. Puede sonar pretencioso, lo sé... pero no por ello es menos cierto. Independientemente de la temática, el lenguaje o que veáis demasiadas tetas y no os gusten, hay un mensaje entre líneas en cada uno de los posts que subo. Si hay algo que quiero deciros cada vez que escribo en este blog es precisamente que no tengáis miedo. No debéis tener miedo a decir lo que pensáis; no debéis tener miedo a que lo que lleváis dentro escandalice a otros o que os miren mal por no seguir la nota dominante (siempre y cuando no hagáis apología de cosas ilegales, claro, pero creo que queda claro que en caso alguno me refería a ese tipo de cosas).
Combatir el miedo es una guerra, y toda guerra se inicia con una batalla. Ganaréis vuestra primera batalla cuando oigáis esa voz interior que os dice "No" y podáis responderle "QUE TE FOLLEN".

No hay comentarios: