A veces me siento triste. A veces identifico los motivos, y a veces no.
A veces resulta que no tengo tantas ganas de hacer chistes, ni de jugar con las palabras. No me apetece llevar la máscara alegre que la mayoría se limita a ver sin ir mucho más allá, ni comportarme como un bufón. Resulta que, a veces, me gusta aislarme. Estar a solas conmigo mismo. Sincerarme y buscar el modo de valorarme un poco. No es una tarea fácil. No cuando, desde que tengo uso de razón, tengo la sensación de que se me ha valorado lo justo. Se me ha hecho creer que no doy para mucho o, en el peor de los casos, se me ha sobrevalorado para luego dar a entender que no soy tan genial como se creía.
Porque a veces tengo la sensación de que no doy una a derechas. De que haga lo que haga está mal. Se entiende mal. Provoca juicios con los que nunca habría contado. Con los que me siento rematadamente mal, como una persona horrible y desastrosa que es incapaz de tocar nada sin destrozarlo. De hablar sin provocar el caos. Sin que siente mal. Sin que levante ofensas de cualquier tipo.
A veces siento que todas y cada una de mis decisiones son cuestionadas, ninguneadas o malentendidas. Quiero actuar del mejor modo posible, pero el resultado acaba poniéndose patas arriba, hasta el punto de que a veces me resulta preferible no actuar. Cruzarme de brazos y guardar silencio, a la espera de que otros más capaces que yo acierten donde yo no hago más que fallar.
Por eso a veces no soy tan hablador ni tan participativo como se espera de mí. Por eso, a veces prefiero guardar silencio y callarme lo que pienso. Lo que siento. En según qué momentos, resulta preferible mantenerte en un discreto segundo plano y que tu silencio hable por ti. Si el hecho de sentirte cuestionado o juzgado va a ser el mismo, el silencio ahorra el esfuerzo y el desgaste emocional de hablar.
...
A veces, también siento que no entiendo cómo funcionan las cosas. Que vivo en un mundo cuyas reglas se me escapan y que, por más que lo intente, no consigo entender. Que hablo en un idioma diferente, en una frecuencia distinta y a un son que no es el que yo creo conocer. A veces tengo la impresión de que todo pierde sentido y que las cosas funcionan justo al revés de como creo que deberían ser... sin encontrar la razón por la cual esto es así. Y me frustra. Me frustra de un modo que no os podéis imaginar.
Tengo la impresión de que a veces todo sucede a mi alrededor, a mis espaldas, o bien antes o después de que yo esté. De que llego tarde o en mal momento; de que no estoy donde debería, o bien de que no estoy donde me gustaría estar. Otras veces, siento que soy abierta y llanamente un estorbo, alguien con quien los demás no saben qué hacer, con quien ponen demasiada paciencia para nada, hasta que se aburren y acaban olvidándose de mí.
A veces pienso que no me merezco lo bueno que me pase. Que, aunque siempre intente hacer lo correcto, no soy lo bastante bueno como para merecerme nada más que golpes por todos lados. Porque no llego. Porque no estoy a la altura. Porque cualquier criatura viviente a mi alrededor ha hecho más por ganarse las cosas que yo.
A veces siento que doy demasiadas explicaciones. Explicaciones que se entienden justo al revés o que simplemente no se entienden en absoluto; ese es el motivo de que, otras veces, llegue al punto del hastío y no quiera explicar nada y hacer lo que creo que debo hacer (o lo que quiero hacer), que es lo que veo que hace mi entorno en todo momento... para ver como eso tampoco se entiende.
A veces, lo único que quiero es encerrarme y hacerme un ovillo bajo la ventana y dejar que el día pase. Que el mundo se olvide de mí por unas horas y deje de hacerme cargar con más peso sobre mis hombros, de responsabilizarme de todo mal que acontezca. Que dejen de culparme por los pecados de otros, y de pagar conmigo sus propios problemas. Que dejen de cuestionar lo que hago, lo que dejo de hacer, lo que digo y lo que dejo de decir para, por una vez, ponerse en mi lugar y entender que todas esas decisiones, erróneas o no, han tenido su motivo. Su razón de ser.
Sí, me encantaría que mi Universo entendiera por una vez que, aunque me equivoque, siempre que tomo una decisión la tomo porque tengo motivos más que suficientes para ello. Que jamás, JAMÁS, actúo de manera arbitraria o inconsciente. Que siempre, SIEMPRE, pienso MUCHO todo cuanto voy a hacer. A veces me gustaría que, cuando me toman por irracional o por cualquier otra cosa que me tomen, se pusieran en mi lugar y llegasen a la conclusión de que he hecho las cosas como mejor he podido, como mejor he sabido o lo mejor que he creído.
No sé, a veces creo que solo me limito a dar palos de ciego, a la espera de poder acertar alguna vez; de hacer algo a derechas, sin vuelta de hoja. Sin que venga nadie a decirme "Sí, pero". De que me restrieguen por la cara todas y cada una de las miserias de entre lo bueno que he podido hacer. De que otros reconozcan, por una vez, que se habían excedido en sus juicios de valor conmigo y entiendan que yo no soy el enemigo.
A veces me gustaría saber qué es lo que hago tan condenadamente mal para que todo el mundo acabe olvidándose de mí cuando inician según qué andaduras. Cuáles son mis pecados, y lo verdaderamente horribles e imperdonables que son, para acabar siempre en el punto de partida. Para que tanta gente acabe pareciendo odiarme tanto. Para que tantos buenos amigos hayan optado por emprender según qué caminos sin contar conmigo. Para que otros se hayan permitido el lujo de hablarme de según que maneras. De comportarse de según qué formas. De verdad que me encantaría saber qué hace mis fallos tan diferentes de los de los demás para que yo acabe viéndome en según qué situaciones, en según qué conversaciones, mientras que otros, simplemente haciendo lo que les viene en gana, parecen encontrarse a otro nivel. Percibidos de otra manera. Dispensados y justificados, incluso.
A veces necesito destruirme y volverme a recrear. Empezar desde cero y buscar ese lugar que no he conseguido encontrar en toda mi vida. El lugar al que realmente pertenezco y donde puedo mostrarme tal y como soy sin temor a reproches, juicios de valor o reprimendas. Donde aquellos que me rodean vean con total claridad la clase de persona que soy y no pongan en duda mi lealtad ni mis intenciones. Donde nadie ponga palabras que no he dicho en mi boca, ni venga a acusarme de lo que le parezca. Donde nadie me levante la voz para descargar la mala racha por la que están pasando, como si yo fuera un saco de boxeo con el que liberar adrenalina. Donde nadie me sermonee, haciéndome sentir como un retrasado, por lo que se supone que he hecho, viendo la paja en el ojo ajeno pero no la viga en los propios.
A veces necesito desahogarme, pero tiendo a sentirme como la voz que predica en el desierto. Como si hablara con las paredes, o como si cada vez que soltara lo que me oprime el pecho fuera el detonante de una oleada de dedos que me señalan y me hacen sentir peor de lo que ya estaba. Es la sensación de querer gritar, pero tener un cerrojo puesto en la boca. De sentirme silenciado... y lo que es peor: tener que oír que debería decir abiertamente lo que pienso. A veces oigo todo lo que se me dice y llego a la conclusión de que, si me quedo callado, está mal... pero es que si digo lo que pienso, está peor.
A veces siento que no puedo ganar. Que desde el minuto uno ya parezco marcado por una fuerte predestinación al malentendido, al fracaso y a los problemas. Siento que evito los problemas, pero, al hacerlo, provoco otros mayores; otras veces, los afronto y los problemas que ya había se agravan. No sé si las expectativas hacia lo que soy son demasiado altas y decepciono, o son demasiado bajas y provoco que solo se vea lo malo. Llego a un punto en que no tengo ni idea de nada. No entiendo nada. Solo me muevo por una terrible inercia que me lleva de un golpe a otro; me siento arrastrado de una casilla a otra en una especie de juego demencial mientras todos los dedos me señalan a mí. Donde se me culpa de algo, pero no sé de qué. Donde todo parece ser un entramado de misterio y de conversaciones veladas; donde nadie me dice nada, pero esperan que sea yo el que mueva ficha. El que hable. El que solucione. El que salve el día.
A veces siento que todo se vuelve gris a mi alrededor. Que he luchado por mantener vivas según qué cosas, pero sin la habilidad necesaria para ello. Mis únicas herramientas han sido las buenas intenciones, pero no han sido suficientes. Yo mismo no he sido suficiente. Noto cómo los rostros se giran al verme y cómo las conversaciones se acallan cuando entro en la habitación. Sonrisas que se apagan, miradas que se cruzan cuando hablo. A veces siento cómo una voz en mi interior me dice "No te engañes, eres tú", pero no sé por qué. "Tú sabrás", me dice mi Universo, como si con esas dos palabras mágicas se me abriera el Conocimiento Supremo y realmente supiera. Como si, solo diciéndome eso, yo pudiera ya saber qué está mal y cómo debo solucionarlo. Yo debo hablar, pero nadie me habla a mí. Yo debo deshacerme en explicaciones, pero nadie me explica nada. Yo debo dar parte de todo cuanto hago y por qué lo hago, mientras mi entorno hace lo que quiere y no considera que deba decir ni media palabra al respecto.
A veces siento que vivo en un bucle. Que no avanzo y permanezco estancado en lo mismo de siempre, sin evolución, progreso o mejora. Cada día es exactamente igual que el anterior. Un año, una copia de otro, y de otro, y de otro más, por mucho que luche, por mucho que intente o haga, por mucho que proyecte o planifique. Sigo en el mismo sitio, viviendo la misma vida, sin apenas cambios. Que todo se repite una, y otra, y otra vez... y que la única constante soy yo, viviendo la incomprensión. La angustia de no saber qué demonios pasa a mi alrededor. Una y otra vez son las puñaladas en la espalda, los corazones rotos, las palabras que te parten el alma. Las miradas frías, las mentiras, las medias verdades y las verdades ocultas. Los reproches, los insultos y las cosas sacadas de contexto. Los gritos y los silencios. Los sarcasmos y los sermones. La locura desatada, el absurdo y la destrucción total de todo cuanto se creó. Y ahí acabo yo, en mitad de la nada, sentado sobre un puñado de tierra seca, preguntándome cómo se ha llegado a eso. El viento me responde "Has sido tú", pero se calla cuando pregunto acerca de lo que he hecho. Porque no parece interesado en hacerme mejor persona, ni en que aprenda de mis errores. Es como si su único cometido fuera culparme por ellos y nada más.
Por eso a veces siento que quiero romper con todo. Desaparecer. Encontrar almas afines con las que pueda empatizar y sentir, por una vez, que puedo formar parte de algo sin miedo a que ese algo acabe corrupto hasta la médula. Que puedo pensar, hablar y actuar, sin la amenaza constante de que alguien vea malas intenciones en ello. Que se ponga en duda quién soy, lo que soy. Quiero encontrar un Universo en el que pueda estar alegre o triste. Que nadie pisotee mi alegría ni me haga sentir culpable cuando me siento triste.
Pero aquí sigo.





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