Hace ya algún tiempecillo, se formó un revuelo de tres pares en Hollywood cuando un número brutalmente elevado de actrices (más de ochenta, que se dice pronto) rompieron su silencio para denunciar al productor Harvey Weinstein. Un caso que, por supuesto, levantó una buena polvareda y generando el movimiento (porque siempre tiene que haber un movimiento, hashtag incluido; si no, ni es movimiento, ni es nada, ni se está defendiendo una causa ni leches) MeToo. Nadie (por "nadie" me refiero ni a los medios ni a la sociedad, en general) había relacionado este caso con la política de abusos sexuales como algo generalizado ni había tomado el caso de Bill Cosby, no mucho antes, como la punta de un iceberg bastante turbio. Hasta Weinstein, da la impresión de que lo de Cosby había sido un caso aislado.
Hasta que saltó lo de Kevin Spacey.
No voy a entrar en si Spacey fue realmente culpable de todo aquello que se supone que hizo (para eso están los tribunales) y, de serlo realmente, pues no voy a sentir demasiada lástima por él. Pero no es eso de lo que quiero hablar aquí, sino de algo mucho más oscuro.
Quiero que prestemos un poco de atención a lo que sucedió tras las acusaciones sobre Kevin Spacey. Quizás, una de las cosas que más llamaron la atención fue el hecho de que todo Hollywood le impuso un veto general, incluso con cierto carácter retroactivo (véase cómo, por ejemplo, Ridley Scott decidió eliminarlo por completo de la película que estaba rodando con él y, fijaos, cómo eso se ha convertido en un notición).
Y a partir de ahí...
Igual es que yo no me entero de las cosas, pero no he vuelto a saber mucho más de esto en los telediarios de nuestro país. O nada que sea serio, me vengo a referir; tras la pedazo de medallita que se puso Scott, apenas se ha vuelto a escuchar demasiado. Como mucho, se nos habla del caso de Asia Argento (una de las impulsoras del movimiento) que, en un imprevisible (y casualmente casual, a la par que oportuno para más de uno, oiga) giro de los acontecimientos, resulta ser ella misma acusada de abusos a menores.
Y poco más.
Hala, a tomar por culo.
No sé, es como si diera la impresión, de cara a la galería que, una vez "cazados" Weinstein y Spacey (y Cosby, un tiempo atrás, aunque ya sea difícil acordarse) ya no hubiera nadie más que hubiera cometido atrocidades en Hollywood. Como si no se siguieran cometiendo abusos de ningún tipo.
Como si ya no hubiera nada más por lo que luchar.
Una vez muertos los perros, se acabó la rabia.
Y es algo que me llama poderosamente la atención: lo que empezó siendo un escándalo, y de los chungos, ahora parece haberse quedado en agua de borrajas. Se hablaba de que se quería sentar sobre el banquillo a TODOS los responsables de esa mafia de abusos que tenía montada la industria del cine norteamericano... y aquí estamos, básicamente como al principio: han rodado un par de cabezas (se les haya declarado culpables o no por un tribunal, para la sociedad esos sujetos ya han sido juzgados y condenados, y pueden dar por terminadas sus carreras profesionales, casi con total seguridad) y ya está. Aquí paz y después gloria, sin contar el último caso que he mencionado, que incluso resta seriedad al asunto y puede hacer pensar a más de uno que todo ha sido una pantomima para llamar la atención o tener una excusa para poner de moda el negro en la gala de los Óscar.
La cuestión, sea como sea, es que han rodado DOS cabezas y ya no se habla más del tema porque la gente ya está contenta. Para los medios ya no es noticia. Mañana, los titulares podrán llenarse con cualquier otro escándalo que durará apenas unos meses y vuelta a empezar. Esto es lo que yo llamo el efecto Jesucristo: cuando se empieza a denunciar una práctica horrible que resulta estar extendida, debe aparecer alguien que pague por los pecados de todos los culpables para que la sociedad limpie su conciencia por haber estado callándose y mirando para otro lado, y mañana pueda volver a hacer las mismas mierdas que hacía ayer sin que nadie dé más por culo.
Pues claro que si, joder.
Otra cuestión es que quizás lo de Hollywood es lo más evidente, pero yo me pongo a pensar muchas veces en según qué casos mediatizados hasta la saciedad, donde se muestra una cabeza visible que simbolice el Mal y a la que la gente pueda escupir a la cara... para que pueda olvidarse de todas las que quedan en la sombra, impunes y a sus historias.
Porque siempre es genial ponerle cara al enemigo y reunirnos todos para lincharlo. Ponerlo en la picota durante nuestros Dos Minutos de Odio, lanzarle lechugas podridas y libros de texto, cagarnos en sus muertos y así poder descargar toda nuestra adrenalina. Toda nuestra frustración, toda la ira que llevamos acumulada a lo largo de nuestras vidas.
Nuevamente, nos dicen a quién odiar, y lo que es peor: nos dicen por cuánto tiempo, hasta que se buscan otro blanco que simbolice algo pernicioso. Mientras, los demás culpables siguen ahí, escondidos y frotándose las manos porque ya ha caído la cabeza de turco y nadie va a seguir metiendo las narices en los asuntos que llevan años manejando.
Es posible que mañana, o pasado, o dentro de un mes, aparezca otro escándalo. Otro horrible abuso, otro caso de corrupción en las altas esferas; es posible que nos informen de algún mandamás que usa su autoridad para aplastar a los que tiene debajo y nos echemos las manos a la cabeza, como si fuera el único... y lo más triste es que, durante el tiempo que nos digan, será el único para nosotros. Como un retorcido Mesías, será sacrificado en aras del bien común. Pediremos su cabeza y en las redes, encenderemos nuestras antorchas a golpe de hashtag o tal vez hagamos algún challenge (y cuanto más suicida, mejor, así demostramos que estamos implicados) de esos para demostrar lo implicados que estaremos (momentáneamente, por supuesto) en tal o cual causa. Nos habremos puesto la chapita y habremos esparcido la Palabra por ahí y por allá unos días, concienciando a esos pobres infelices que no saben ni a quién tienen que tirarle las piedras. Nos convertiremos en unos fanáticos y, durante una semana o dos, empezaremos a publicar bulos sin contrastar "porque di tú que resulten ser verdad", oye. Emplearemos falacias del tipo "Si ese ser despreciable era fan de los Iron Maiden habría que prohibir esa música satánica que corrompe las mentes de nuestros hijos". Crucificaremos a todo aquel que no abrace esa campaña y lo excluiremos, pues parece que no lleva la Marca de la Bestia que todos deberíamos llevar para integrarnos en la sociedad.
Que manda cojones. Ahora es cuando me doy yo cuenta de la simbología que tiene la portada
de este disco.
Estoy yo fino.
Los Mesías retorcidos son sacrificados.
El rebaño humano sigue ciegamente a unos líderes mediáticos que socialmente los marcan a fuego.
Todo en aras de la seguridad, o de la moda, según se mire.
Se buscan quintacolumnistas a los que denunciar. Brujas a las que quemar.
Se levantan los estandartes y se entonan slogans.
Se pervierten y se ridiculizan causas nobles.
Y a la gente... yo diría que a la gente todo esto se la sopla. Hemos perdido la memoria y no nos damos cuenta de que este es un ciclo de manipulación que lleva años teniendo lugar. Comemos la mierda que nos echan, nos lo creemos todo a ciegas, sin cuestionar, sin pensar. Gracias a nuestra pasividad y a nuestra credulidad, nos conformamos con las cabezas de turco y hacemos el juego a los verdaderos responsables. Les damos la razón cuando ellos montan todos estos circos pensando que somos idiotas. Y mientras ellos están tan tranquilos, revolcándose en su impunidad, nosotros, las ovejitas, nos pasamos el día enfrentándonos los unos a los otros. Abrazando las causas que nos dicen que abracemos, y apedreando disidentes, o incluso a partidarios, dependiendo de lo beligerantes que sean unos y otros. Somos una sociedad dividida en opiniones, colectivos, plataformas e ideologías. Opiniones, colectivos, plataformas e ideologías prefabricadas, inculcadas, inoculadas y viralizadas, como en ratoncitos de laboratorio. Juegan con nosotros, muchos lo sabemos y oye, aplaudimos como focas. Siempre esperando una sardinita. Siempre esperando que otras focas nos den un aletazo en la espalda por lo bien que lo hemos hecho. Ciegos y sordos, enmudecemos a otros para que nuestros gritos resuenen por encima de los demás. Para erradicar a los impíos, a los que no siguen el Credo. A los que no molan.
Sí, nos conformamos con mirar la mota en lugar de ver el cuadro completo. Vivimos en un mundo de sombras chinescas que cierta gente forma a su antojo, a nuestras espaldas.
Y nos gusta.
—Soy un revolusionario de la pintura
—Vale, pero, ¿yo soi wapa, Velaske?
Nos encanta, de hecho, porque da mucho miedo salir de la oscuridad de nuestra cueva. De nuestra ideología. Del slogan que seguimos o de la consigna que recitamos. Es muy jodido cuestionar de dónde viene realmente todo aquello por lo que decimos luchar y si, de creer saberlo, es realmente cierto. Pensar quién nos está metiendo todas estas ideas en la cabeza. Quién nos dice lo que debemos pensar y cómo debemos pensarlo.
No, es mucho más fácil agachar la cabeza, ser buenas ovejitas y solo tener que coger las piedras del suelo (en el terreno que nos han indicado, por supuesto) para que se las lancemos a algún desgraciado.
La única cuestión que parece quedar de todo esto, porque viendo cómo está funcionando la sociedad ante todo este reguero de mierda pura y sin adulterar, es simple: ¿A quién nos dirán que tenemos que crucificar la próxima vez?




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