Caminas.
Acumulas polvo en tu ropa, en tu pelo, en la suela de las botas.
Ante ti, un desfile de rostros danza de forma vertiginosa. Un día, dos semanas, diez años. Van y vienen, se agitan ante ti y luego desaparecen. A veces arden en fuego y azufre al hacerlo; otras veces, se debilitan y se convierten en sombras chinescas que se desdibujan a tu alrededor.
Vas de un mundo a otro, observando cómo las historias se tejen a tu alrededor. Héroes, antihéroes y villanos que viven, sobreviven o malviven. Cada historia es una hebra del tapiz que te acaba envolviendo como un manto.
En cada mundo vives, amas, sufres y, en cierto sentido mueres. Formas parte de un ciclo de auge y caída de tu propio imperio. Vida, agonía, muerte y resurrección que no cesan.
El martilleo nunca cesa en tu cabeza.
En tu interior.
En tu propia alma.
Vagas por caminos, senderos, sendas y veredas, buscando tu lugar. Preguntándote si llegará el día en que puedas abandonar esa búsqueda, pero ese día no ha llegado. Solo sigues ahí fuera, solo, yendo de un lugar para otro, dando tumbos embriagado por lo que llevas dentro.
Los recuerdos son hipnóticos y adictivos a la par que dolorosos. Tú sabes, mejor que la mayoría, que el dolor puede ser tentador. Evitas tomar ese camino que desciende hacia los infiernos, pero no es fácil. La Llamada de la Oscuridad es muy poderosa y tú no eres más que un pobre mortal que camina a solas.
Te enfrías por dentro a lo largo de tu travesía. Tienes motivos. Lo has visto mil veces: has visto cómo hermanos luchan contra hermanos en guerras intestinas que los desangran hasta morir. Has escuchado secretos que han acabado envenenando a familias enteras. Has visto cómo los antaño aliados se posicionan en bandos opuestos y se matan los unos a los otros. Has visto alzarse a los mismísimos demonios y ser adorados ciegamente por las masas.
Has conocido muchos rostros del Infierno en la tierra y no has podido hacer nada por combatirlo. Nadie podía oírte cuando hablabas; nadie entendió tus visiones. Tus manos estuvieron atadas mientras el Caos lo engullía todo con voracidad.
Solo pudiste aferrarte a lo poco que tenías y buscar refugio. Mendigar por ahí. Evitar más dolor. Evitar ser devorado, flagelado. Crucificado.
Y aun así, no saliste ileso. Cada vez que has ardido y vuelto a renacer, cargas contigo con las heridas causadas por cada uno de esos rostros danzarines. Cada uno de ellos, en el momento en que te da la espalda, o eres tú quién lo hace, te deja una honda cicatriz que nunca cicatriza del todo. Cada palabra, cada acto. Golpes, mordeduras, cuchilladas.
Otra bifurcación, Vagabundo.
¿Qué camino escogerás?
¿Cuál será el que te lleve a tu hogar, y cuál será el que vuelva a llevarte a un barco que navega por aguas tormentosas? Debes pensarlo bien, pues en tu travesía no hay posibilidad de dar media vuelta.
Piensa, piensa bien, y reza por no tomar las decisiones erróneas una vez más. Implora a tus dioses que esta vez no vuelva a repetirse el ciclo. Que todo cuanto crees haber construido se derrumbe hasta los cimientos.
Reza por no quedarte solo de nuevo, predicando en medio del desierto, o abandonado a tu suerte, herido y maltrecho.
Tal vez sea una maldición la que te obliga a vagar sin rumbo, buscando tierra firme. La que te marca a fuego con la mirada de aquellos que murieron a tu alrededor. La que carga sobre tus espaldas el peso del mundo, pues, ¿acaso no lo notas?
¿Acaso no notas ese Aliento Helado en la nuca? ¿No oyes esa Risa cada vez que caes? ¿Ni las Voces que te envenenan la sangre, humillándote una, y otra, y otra vez?
No es un viaje agradable, Vagabundo. Si te conocieran... si de verdad te conocieran, nadie querría vestirse bajo tu piel, ni ver las cosas como las ves. Nadie querría sentir como tú sientes; nadie querría sentir lo que tú sientes.
El silencio.
La incomprensión.
La locura.
El miedo.
Eso es lo que te han regalado todos los mundos que has visto. Un regalo que, si pudieras, rechazarías, pero se clava en tu carne con agujas de acero y cristal. Te desgarran por dentro, se entierran en tus mismísimos huesos. Acaban formando parte de ti, hasta el punto que no sabes dónde acaba todo ello y dónde empiezas tú.
Da otro paso, vamos. ¿Qué Alma Perdida se acercará a ti, Vagabundo? ¿Quién te jurará fidelidad y a quién se la jurarás tú? ¿Para cuántos dejarás de brillar como solías en cuanto caiga la noche? ¿Cuántos votos verás rotos al ponerse el sol? ¿Cuántas promesas serán acalladas por el polvoriento viento y cuántas ahogadas por un mar de sangre? Dime, ¿cuántos anillos hasvisto ya quebrarse? ¿Cuántos corazones partirse por la mitad? ¿Cuántos juramentos emponzoñarse y cuantas palabras bienintencionadas se han tornado mentiras? ¿Cuántos reinos has visto desmoronarse como si jamás se hubieran alzado?
"Demasiados", te dices a ti mismo, y no sin razón. Tú mismo lo has vivido. Lo has sufrido. A duras penas, has sobrevivido a ello.
Los rostros vuelven a danzar a tu alrededor una vez más, pero eso ya deja de suponer algo para ti. No, después de que se hayan sucedido tantísimos ciclos. Sientes que algo, lentamente, está muriendo en tu interior. Que hace ya tiempo que dejaste de ser el mismo. Busca la paz, Vagabundo, pero nunca dejes de prepararte para la guerra. Porque, por mucho que la detestes, sabes que la guerra acabará viniendo a ti. Te obligará a tomar parte en algo que odias y, al final, deberás marcharte.
Como siempre lo has hecho.
Márchate, Vagabundo, y que tengas un buen viaje. Ojalá algún día encuentres tu hogar. Ojalá puedas descansar en el sitio al que realmente perteneces y puedas, por fin, quitarte de encima toda esa carga que llevas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario