miércoles, 14 de febrero de 2018

Angst- Indefensión aprendida



Adelante.
Escribe.
Escribe y refúgiate en tu mundo, en tus palabras. Hazlo porque, a veces, es lo único que te da fuerzas. Soltar lo que llevas dentro, para así poder tomar aliento y ver las cosas con perspectiva. No, no te solucionará la vida ni resolverá tus problemas, eso ya lo sabes. El mundo se encarga él solito de decírtelo día tras día, minuto tras minuto. Pero te dará fuerzas. Es la forma que conoces de gritar sin molestar a nadie. De encontrar un pequeño rincón donde, al menos, puedes estar en paz contigo mismo.
Sin juicios.
Sin reproches.
Solo tú y tus pensamientos.

Y piensas.
Piensas en lo que eres. En lo que has conseguido. En esos pequeños logros del día a día que te dibujan una sonrisa en el rostro. Pero también piensas en aquello que no eres. En lo que se espera de ti y que no te ves capaz de dar. Piensas en todo, en absolutamente todo lo que se te dice, día sí y día también. En lo que se te dice, y en lo que se te calla.
Y te das cuenta de que pareces no estar a la altura de lo que deberías. De que la mayor parte de cosas que haces son erróneas; que aquello por lo que luchas, aquello en lo que crees, es extremadamente difícil o fútil. El mundo entero te hace ver que estás luchando contra molinos y te habla, oh, sí, te habla de lo que te conviene. De lo que debes hacer. De lo que no debes hacer. Lo que pensar, lo que desear.
Sin preguntas.

Pero resulta que no eres capaz, o no te sientes capaz de cubrir esas expectativas. Habrá quien te llame cobarde por ello, quien acuse centenares de carencias en ti. Te dirán que eres tal, cual o tal otra vez. Todo el mundo sabe qué es lo que te conviene. Y tú sólo puedes mirarlos embobado, porque... porque hay días en que ni tú mismo sabes qué es lo que realmente te conviene.
Haz.
No hagas.
Sé.
No seas.
Dí.
No digas.

Dime, ¿has vivido eso alguna vez? ¿Alguna vez has sentido que no haces otra cosa sino vivir sujeto a las expectativas que tu Universo tiene sobre ti? ¿Que lo único que pareces esperar de todo aquello que te rodea es que, por una vez en tu vida, consigas que alguien se sienta orgulloso de ti? Dime, has llegado alguna vez a ese punto de desesperación en que, hagas lo que hagas, elijas lo que elijas, digas lo que digas, lo único que consigas a tu alrededor es justo lo contrario?
Decepción tras decepción.
Reproche tras reproche.
Palabra tras palabra.

Ninguno de ellos cae en saco roto, te lo puedo asegurar. Oh, sé que parece lo contrario. Tras cada reproche siempre la misma canción, ¿no la conoces? Es ese viejo tema recurrente; ese que canta cómo, al mismo tiempo que tú sientes cómo las entrañas se quedan en carne viva ante cada palabra que te recuerda todos tus fracasos, lo único que oyes es que no escuchas. Que todo te da igual. Que eres obtuso, intolerante, de mente estrecha y que solo respetas tu propio criterio.
¿Cuántas veces has oído aquello de que pisoteas a los demás, que sólo lo que tú piensas es lo correcto y que eres incapaz de aceptar una crítica?
¿Cuántas veces te has sentido como una especie de monstruo solo al escuchar toda esa clase de cosas?
¿Cuántas veces te has planteado si realmente eres así de mezquino?

Escribe.
Escribe cómo te sientes, pero cómo te sientes de verdad.
No va a leerte tanta gente, porque quizás no le importe a tanta gente. O bien no lo entiendan. O bien les mueva la curiosidad, solo por saber si has vuelto a las andadas y a escribir lo que ellos esperan que escribas: lenguaje sucio, violencia verbal, rabia contra el mundo.
Pero no. Nuevamente eres una decepción. Sólo eres tú, y quizás eso no es suficiente. Quizás eso no es lo que deberías ser. No, estás aquí, vomitando lo que llevas en las tripas, sacándote las esquirlas de dentro y viendo estúpidamente cómo brota la sangre de las heridas.

Adelante, cuéntale a tu Universo que realmente no eres tan impresionante. No tienes, oh, sorpresa, la solución a todos los problemas. No eres más inteligente que los demás, ni siempre tienes las palabras adecuadas. De hecho, a veces ni siquiera eres tan inteligente como los demás, y tus palabras tienden a provocar conflictos que tú ni siquiera te habías planteado que lo harían. O, del modo contrario, lo entiendes todo al revés y acabas causando un desastre de proporciones catastróficas.
Dilo.
Cada día que pasa entiendes menos el mundo que te rodea. Cada día que pasa es, probablemente, otra muesca en tu cinturón. Más reproches, más reprimendas, más sermones.
Porque hiciste.
Porque no hiciste.
Porque obraste mal.
Porque lo mismo obraste bien, pero no era el momento.

Y te sientes como esos pobres animales de laboratorio, que se quedan paralizados en un rincón de su jaula tras recibir descargas hagan lo que hagan. Y no porque sean unos cobardes, ni porque carezcan de ambición. Ni porque sean obstinados o cortos de miras. Están paralizados porque han llegado a la conclusión de que cualquier cosa que hagan tendrá un resultado perjudicial para ellos. No es que hayan perdido la voluntad; sencillamente, han elegido no elegir.
Es la solución fácil, diréis.
Hay que seguir intentándolo, añadiréis.
Porque no hay que rendirse.

Y puede que sea verdad, pero esas frases, en según qué contextos resultan vacías y por completo carentes de contenido. Imaginad a alguien que pasa hambre. Alguien que se encuentra débil y que apenas puede caminar. Alguien que lo único que puede hacer es miraros con la vista perdida. Probad, pues, a decirle que su problema consiste en dejar de tener hambre. Que lo único que tiene que hacer es recuperar las fuerzas. No os falta razón en vuestro argumento, desde luego, pero tal vez, y solo tal vez porque es posible que me equivoque, no sea eso lo que el hambriento necesita en esos momentos.

Dime, ¿qué necesitas tú, entonces?
Esa es una gran pregunta. Una pregunta cuya respuesta todo el mundo, salvando uno, parece conocer. Todo el mundo, todo tu Universo alrededor, tiene la llave mágica. La solución. Todo el mundo parece saber cuál es la actitud que debes tomar, qué camino debes seguir. Parece todo tan fácil que hasta asusta; especialmente cuando uno, desde dentro, no consigue verlo. No por obstinación, ni por orgullo, no. Podríamos decir que es por falta de entendimiento. ¿Nunca te ha pasado eso de que te están explicando algo que debería ser muy sencillo y, da igual cómo te lo expliquen, no lo entiendes? ¿Alguna vez te has sentido humillado en silencio porque se espera que seas capaz de captar algo a la primera y tú, por el motivo que sea, no lo consigues y lo único que se te ocurre es fingir para que no se note?
Si no es así, eres envidiable.

¿Cuántas veces, por contra, te han hablado acerca de un curso de acción y lo has interpretado al revés? ¿Cuántas veces te has sentido tan estúpido por tu error que te has visto incapaz de hacer nada útil a continuación, a causa del miedo que supone equivocarte de un modo aún más desastroso?
Dime, con total sinceridad, ¿cuántas veces te has sentido como la cosa más inútil sobre la faz de la tierra cuando, de una forma pasmosamente frecuente, recibes constantes informes acerca de todos tus errores? La situación se recrudece, ya no sólo cuando oyes críticas, sino cuando te das cuenta de que ya ni te acuerdas de la última vez que alguien te felicitó por algo que habías hecho bien. Cuando una, una sola de tus decisiones, se vio como un acierto y no como otra de las estupideces que haces todo el rato.
Cuando, para variar, sientes que el Universo a tu alrededor te toma en serio y considera que sí que puedes aportar algo útil.

¿Qué necesitas, pues?
¿Palmaditas en la espalda?
No.
¿Atención?
Por favor.
¿Entonces?
Cuando vives el tiempo suficiente, te das cuenta de que cosas como esas son bastante vacías. No tiene ningún sentido necesitarlas cuando detrás de ellas no hay nada. Y, para bien o para mal, cuando se demandan y se consiguen, el vacío que hay tras ellas es brutal.
Quizás el sentimiento más necesario sería saber que uno forma parte de algo, donde pueda sentirse exactamente al mismo nivel que los demás. Donde pueda hablar sin tapujos, sin miedo al "qué dirán", sin sentirse socavado, cohibido, juzgado; sin tener que escuchar cómo lo mandan a uno callar, sin sentir que molesta a nadie; sin tener que dar explicaciones acerca de lo que haya dicho, hecho, dejado de decir o dejado de hacer; sin dobles lecturas, sin malas interpretaciones; sin desconfianzas ni generar silencios incómodos. Sin enfriamientos, ni distanciamientos, ni abandonos.
Sin que a uno le griten más, por favor.

Por eso escribes. Por desahogarte.
Te sueltas el pelo y dices "Qué demonios"; porque o lo sueltas o revientas... y ya has perdido la cuenta de las veces que has reventado. Porque, ¿qué más da? No es más que otra pataleta, ¿a que sí? Porque a uno no le puede doler nada jamás. Háblale como quieras; dile que se calle, chíllale, llámale lo que te dé la gana. Prueba a amenazarlo, a compararlo con gente que te parece mejor, a ponerlo en entredicho. Atribúyele ideas que no sabes si tiene realmente; acúsale de lo que quieras.  Traiciónalo. Abandónalo. Cúlpale de tus problemas, o págalos con él. Humíllalo. Toma sus carencias y restriégaselas por la cara. Minimiza sus aciertos y réstales importancia. Hazle ver que su vida, su actitud, su forma de pensar, incluso él mismo no son gran cosa. Seguro que es capaz de soportarlo. Y si no lo soporta, ya se le pasará, no es tu problema.

En eso consiste el desahogo.
No consiste en decirle al mundo que eres una víctima. No lo eres. Sencillamente estás cansado. Cansado de no entender, de fracasar, de no sentirte jamás en el lugar correcto. De no tener jamás las palabras correctas, ni las ideas correctas. Cansado de tener esa falta de seguridad cuando haces algo. Cansado de ese miedo cada vez que tomas una decisión, pues puede convertirse en otro detonante para otra reprimenda. Cansado de actuar de buena fe sólo para darte cuenta de que la magnitud de tu error empaña esa buena fe por completo. Cansado de ser recordado por tus errores, por tus momentos de debilidad, por aquello que hiciste y jamás se entendió. Cansado de que te recuerden todo eso como si tú mismo no te lo recordases día a día, o como si no te importase lo que te importa.  Cansado de tener que demostrar no ser lo que han creído que eres. Cansado de acumular polvo en las botas, de ir de aquí para allá, de no terminar jamás de encontrar tu sitio del todo; de valorar tanto cada decisión para que luego ésta sea puesta en entredicho, echada por tierra y pisoteada.
Te sientes mal, muy mal, y no encuentras el modo de sentirte mejor. El Universo a tu alrededor te dice "Estás mal porque quieres; solo tienes que pelear por estar bien", y tú no eres más que ese animal enjaulado, temblando en un rincón. Te preguntas cómo puede ser eso tan fácil para todo el mundo mientras que tú ni siquiera sabes cómo reaccionar.

Suelta toda esa desazón. Conjura a tus propios demonios. Que el resto de los mortales digan, si quieren, que tienes uno, dos o diez motivos ocultos tras tus palabras. Que monten sus propias teorías de la conspiración, si quieren, y que te vean como el monstruo que quieren ver, ya que llegados a cierto punto, no puedes ya convencerles de que vean otra cosa. Que levanten sus propios diagnósticos. Que tasen, evalúen y así limpien sus conciencias. Deja que todos ellos jueguen a sus juegos, que sean ellos los que digan las palabras adecuadas y que esgriman las soluciones. Deja que crean que van a salvar tu vida, aunque realmente no han salvado nada. De haberlo hecho, no estarías aquí, sacándote los cristales de debajo de la piel.

No, quizás escribir no sea la solución a tus problemas, como no lo era llorar cuando eras pequeño. "Llorando no arreglas nada", te decían. Y era cierto.
Pero no era lo que necesitabas.
A veces, solo a veces, necesitamos llorar. Necesitamos hablar. Necesitamos desahogarnos. Necesitamos gritarle al mundo. O bien, necesitamos recluirnos y lamernos las heridas porque sencillamente no tenemos fuerzas para lidiar con según qué cosas. Para aceptar según qué cosas. Para soportar según qué cosas. Es algo humano. Pero lo que no podemos, al menos algunos de nosotros, es limitarnos a tragar saliva, poner la otra mejilla y actuar como si no pasara nada. Sencillamente no podemos sonreír, decir "Eh, ya me pongo bien" y sentirnos mejor solo con desearlo. Para algunos de nosotros las cosas no funcionan así. No son "dos más dos son igual a cuatro". Ojalá, pero no.

Pero, quién sabe. Tal vez todo este desahogo no sea más que otra línea en mi eterna lista de errores. Es más que probable que todo lo que he sacado desde las entrañas no sea más que otro deprimente ejemplo de mi errónea visión del mundo. Que cualquiera medianamente inteligente lea todo esto y pueda sacar otra lista de todo lo que he entendido al revés, de todo aquello que he dicho que debería haberme callado. Quién sabe, puede que la idea misma de desahogarme resulte no ser la correcta y que lo que me toque sea coger y reventar por dentro. O haberme desahogado de otra manera. Lo que sea. Seguro que he fallado estrepitosamente en algo y tarde o temprano aparecerá alguien para decirme lo que tenía que haber hecho. A toro pasado, cuando todo ya está hecho y el error cometido, no antes. Apareciendo de entre las ruinas, en plan deus ex machina, con la opción que tenía que haber tomado en su momento y recriminándome no haber caído en ella.
No soy más que un animal enjaulado y cualquier decisión que tome, al parecer, será puesta en entredicho. Así que lo admito: no he hecho lo correcto, ni lo que se espera de mí. No he hecho nada inteligente, ni probablemente útil.
Me he limitado a hacer aquello que necesito hacer.

No hay comentarios: