domingo, 4 de marzo de 2018

Mondo Chorra- Camina



Camina, viajero.
Un paso tras otro, recorre el trayecto hacia la puesta de sol. El ocaso te espera y algún día, lo quieras o no, llegarás a él. Quizás entonces, te reencuentres con aquellos que perdiste por el camino. Quizás, solo quizás.
Sigue caminando. Cada paso que das, sientes, se hace más duro. Tus botas están desgastadas y han coleccionado polvo de tantos senderos y veredas que ni siquiera recuerdas su aspecto original. Sus suelas ya apenas te protegen de las afiladas piedras que minan el camino. Puedes notar las heridas abiertas, sangrando, en tus pies.
Tu espalda, maltrecha y dolorida, soporta la carga de tu fardo. Con cada movimiento que das, este se va llenando, aumentando su peso. Te preguntas cuándo llegará el momento en que se desborde... pero eso todavía no ha sucedido. Simplemente sigue ahí, sobre tus hombros, acumulando todo cuanto encuentra por el camino. Útil, inútil... el fardo no distingue. Tan solo atrapa todo cuanto encuentra a su alcance.
Continúa tu viaje, acompañado solo por tu sombra, que parece alargarse más y más en este eterno día. Por tu sombra y por las voces que resuenan a tu alrededor. Unas más fuertes, que se clavan al alma; otras que, con el tiempo, se vuelven borrosas y distantes. Voces de aquellas figuras espectrales y etéreas que, durante un tiempo, caminaron a tu lado. Espejismos, pues este es un camino que estás condenado a recorrer solo. La compañía es temporal y solo es cuestión de tiempo que las siluetas se desvanezcan y las risas dejen de burbujear. El ocaso te espera algún día, y a él accederás sin más compañía que la de ti mismo.
Prosigue tu camino, tratando de ignorar las llagas que anidan en tu interior. Heridas que jamás cierran; si acaso, se vuelven más soportables o, mejor dicho, simplemente aprendes a vivir con ellas. No importa que parezcan abrirse más y más a cada paso. No importa que empapen de sangre tus ropas. Con suerte, se convierten en dolorosas cicatrices, amargos recuerdos de lo que viviste. De las batallas que luchaste. De tus errores, tus pecados, tus delitos y tus faltas. Es por eso, viajero, que tus ropas se han teñido pardas y se han vuelto incómodas, bajo la espesa costra que las recubre. Si prestas la debida atención, podrás oír cómo crujen; podrás sentir cómo cada pliegue se afila y roza tu piel, abriendo nuevas heridas. Si pudieras detenerte por un segundo y desnudarte bajo el sol de justicia al que te diriges, descubrirías que tu mismo cuerpo se asemeja bastante a un mapa. Un mapa de laceraciones y abrasiones. Senderos de carne cortada. Valles de piel arrancada. Ríos de sangre fresca. Suaves elevaciones de tejido cicatrizado. Ya no existe el terreno virgen. Todo, absolutamente todo, se muestra devastado.
Otro paso más, viajero. Observa el camino que te rodea. Alza la vista, contempla el cielo y maravíllate, para luego tropezar con otra piedra y caer de bruces. Destroza tu rostro contra el suelo, clava esas rodillas despellejadas que tienes y ponte en pie para volver a caminar, en un ciclo eterno de auge y caída. Deja tras de ti ese reguero sanguinolento. No importa: tienes más sangre en tu interior que derramar. Pisada tras pisada. Día tras día.
Sigue, sigue caminando. Observa, escucha, intenta entender. Deja que tu corazón lata más deprisa para luego resecarse. Sístole y diástole. Crea, cree en lo que has creado y contempla, paralizado, cómo se destruye. Fíjate en cómo el sendero que recorres se enfría a tus espaldas. Cómo el hielo crece a tu alrededor. Cómo la hierba se seca, las flores se marchitan y los animales mueren y se pudren. Observa cómo las ciudades se derrumban y sus habitantes se pudren. Observa cómo los amantes se destruyen al tiempo que se destruyen a sí mismos. Contémplalo todo como un reflejo de tu interior. De tu alma.
De tu camino.
Camina, viajero, y procura no pensar en si realmente conservas la fe o es solo inercia. Procuras luchar contra la adversidad cada vez que las piedras y la maleza entorpecen tu camino. Rezas por que cada recodo del sendero sea el correcto. Porque cada bifurcación te lleve a tu destino por la ruta más correcta. Reza, sí, pero consciente de que la fe y las oraciones no son más que plegarias, y el camino no entiende de súplicas. Simplemente está ahí, para que lo recorras. Cada decisión es tuya. Cada error, seas consciente de que lo cometes o no, es tuyo. Cada metro que recorres es una dura brazada hacia la puesta de sol.
Recorre el sendero. Sigue observando. Luchando. Creando. Cayendo. Volviéndote a levantar, una y otra vez.
Un paso más.
Siente cómo las rocas se clavan sobre tu carne.
Otro.
Ecos en tu cabeza.
Otro más.
La piel de tu torso se ha desgarrado por completo y tus costillas ya quedan al aire.
Otro más.
Tienes el viento en contra.
Otro más.
El camino se vuelve cuesta arriba.
Y otro.
Un nuevo tropiezo.
Estás sobre un charco de sangre.
El cuerpo te duele tanto que te preguntas por qué sigues consciente.
Y, cuando quieres darte cuenta, estás de nuevo de pie.
Un  nuevo paso.
Todo sigue doliendo.
Otro más.
Estás sangrando de la cabeza a los pies.
Otro más.
Tu cuerpo entero está en carne viva.
Otro.
Las heridas empiezan a infectarse.
Y otro.
Supuran.
Otro más.
Sangre y pus plagan la enorme herida viviente que eres ahora.
Pero sigues andando.
Porque no sabes hacer otra cosa.
Porque no tienes a dónde ir.
Porque el final de todos los caminos es el ocaso.

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