Ayer mismo tuve una experiencia que, debo decir, se repite de vez en cuando.
Es lo que sucede cuando estás en un sitio y aparece alguien con quien ya no tienes contacto. Alguien a quien contaste entre tus amigos en su momento y que ahora resulta no ser más que alguien que entra en un sitio donde estás tú, a secas.
Sin saludos.
Sin siquiera miraros a la cara.
Todo ese tiempo que compartisteis, toda esa confianza que depositasteis el uno en el otro, ya no están y no queda rastro de ella. Sois dos desconocidos cuando antes no lo érais.
Me pasa a menudo, sí. Más a menudo de lo que me gusta pensar. A veces la gente me decepciona, a veces la decepciono yo, da igual. La cosa es que lo que había desapareció.
A veces tiendo a pensar que esa constante en mi vida es una señal de que mi Universo personal, de vez en cuando, parece tener la necesidad de reiniciarse. Sucede de una forma cíclica, pero luego hay episodios de rupturas puntuales cada dos por tres.
Esa persona que reapareció ayer, se mire como se mire, forma parte de una etapa de mi vida que ya se cerró. Junto a ella, fueron desapareciendo otros de ese mismo entorno, uno por uno, de forma espaciada pero inexorable. Un mundo del que ya no formo parte. O, pensándolo de otro modo, ya hay mucha, muchísima gente que, bien por las buenas, bien por las malas, ya no forma parte del mío.
Algo en este plan, aunque no tan espectacular.
Supongo que lo fácil es pensar que es siempre culpa mía, ¿verdad? Es decir, cualquiera con sentido común se sentaría delante de mí y me diría "Si te ha pasado con tanta gente diferente, entonces tú eres la causa".
Y sí, podría pensarlo.
Podría coger y decir "Hey, es verdad. Soy una persona terrible y es normal que la gente se acabe hartando de mí. Mis defectos son tan imperdonables que lo normal es acabar dándome la patada tarde o temprano". Podría pensar que, debido a mi penosa actitud, no haya dios que quiera tenerme cerca. Podría incluso abrazar toda una espiral de sentimientos basados en la autoflagelación y seguir los dos millones y medio de consejos paternalistas que me llegan cada vez que alguien me pega una puñalada trapera.
Pero, ¿sabéis una cosa?
Que no.
No pienso agachar la cabeza y asumir que me gano el desprecio de la gente a pulso. No, señor. No en el momento en que escribo estas líneas. No, siendo plenamente consciente de la clase de persona que soy.
Porque sí, cometo errores. Muchos, muchísimos. Creedme, lo sé: pienso en ellos a diario.
¿Y qué? ¿Acaso no los cometéis vosotros? ¿O es que mis faltas son peores que las de los demás?
No, no es esa la cuestión. Quizás lo que hace que sienta que, por una vez, debo clavar los pies y mantenerme firme ante toda la oleada de frases del tipo "Es que tienes que ser de tal manera", "Es que no has hecho las cosas como deberías" y el no menos clásico "La culpa es tuya por (inserte aquí motivo impersonable)" es precisamente el hecho de que sé que no soy esa clase de monstruo que tanta gente ha querido hacerme creer que soy a lo largo de muchos años.
Tras un montón de decepciones, desengaños y experiencias amargas de todo tipo, a veces hay calma entre tempestades. A veces puedes tomar aliento y decir "Alto ahí". Es ahí, justo cuando has respirado hondo y te has parado a pensar, cuando te das cuenta de que si hay algo que siempre has tenido es conciencia. Siempre has tenido todas esas voces dentro de tu cabeza dictándote lo que está bien y lo que está mal. Aun actuando del modo que has visto más correcto dada la situación, siempre has tenido una voz dentro de ti cuestionándote si lo has hecho lo mejor que podías.
Aquellos que tengáis esa voz interior, creo que coincidiréis conmigo cuando digo que es muy, muy pero que muy difícil hacer que esa voz se calle. No importa lo justa que sea esa decisión que tomas, o que tengas por seguro que no has podido tomar ninguna otra más correcta: siempre queda ese resquicio de duda en tu cabeza, en tu corazón, en la boca de tu estómago.
Aunque hagamos lo correcto. Siempre tenemos esa sensación de haber estado por debajo de nuestras propias expectativas.
Respiro hondo y me digo que, pese a lo duro de muchas decisiones que he tomado a lo largo de toda mi vida con respecto a la gente que me rodea, ninguna ha sido tomada a la ligera ni sin sopesar durante un cierto tiempo. En todas y cada una, he sopesado los pros y los contras, y he visualizado todos los escenarios posibles, con todas sus consecuencias. A menudo, las peores consecuencias que he previsto coinciden con el resultado final de mis actuaciones, lo que implica que el desenlace de muchas de ellas, aunque amargo, no era algo que me pillase de sorpresa.
Y aun así, las he tomado, siendo consciente de ello, cuando mucha gente me ha dicho que, para un desenlace así, que ni me moleste en tomarlas.
Y pese a todo las he tomado, ¿por qué?
Porque he considerado que eran lo más justo.
O lo más lógico.
O lo más honesto.
O, sencillamente, porque dentro de lo malo, era lo menos malo a lo que podía aspirar.
Esas decisiones, me consta, me han granjeado muchos problemas con mucha gente. Gente que debe tener conceptos morales diferentes a los míos, o gente que de pronto considera que tener confianza conmigo es una especie de puerta abierta para según qué comportamientos.
No lo sé, ni me importa.
Como digo, sé la clase de persona que soy yo, y me empieza a importar bastante poco la clase de persona que se espera que soy.
¿Y de comerte solo montones de historias?
Ni os cuento.
Conforme pasan los años, me doy cuenta de que en este mundo muchos juegan a juegos que no entiendo, o juegos que no me interesan. Juegos basados en pensar de una manera, decir otra muy diferente y actuar de un modo que no tiene nada que ver. A lo largo de todo este tiempo, he visto cómo muchos han esperado de mí que finja, que diga las cosas de según qué manera, que oculte mi forma de pensar, de sentir o que directamente mienta.
"Mientras X esté delante, no puedes hablar de Y".
"No puedes decir las cosas así, mejor dilas de este otro modo".
"Disimula si no confías en alguien que tienes delante".
Todos esos jugando a sus juegos, todos guardando secretos. Secretos que envenenan, que matan relaciones. Mentiras que encubren secretos, engaños que maquillan la verdad. Pactos de silencio que, en cierto modo, suponen traiciones. Dilemas morales, todo por no atreverse a decir las cosas. Te sientes obligado a llevar máscaras con las que no te sientes cómodo, como en una especie de carnaval donde, a la más mínima, te pueden apuñalar.
Yo no quiero formar parte de eso.
Si hay una cosa que siempre he tenido muy clara es que yo no soy capaz de actuar contra nadie a quien cuento entre los míos. No sin provocación previa. Puedo actuar por error, por supuesto, pero creo que no necesito ni explicar esto último, porque cualquiera que me conoce un poco lo sabe de sobra y no tiene nada que temer de mí, ni motivos para desconfiar.
Y sin embargo, no pocas veces me he sentido atacado sin que nadie tenga las agallas de explicarme a qué viene el ataque. Mi confianza, traicionada. Me he acabado enterando de un cúmulo de cosas que se acumulaba a mis espaldas para acabar estallando como una fosa séptica y salpicándolo todo de inmundicia.
He abandonado a muchos amigos, no tengo reparos en admitirlo. Pero tampoco tengo reparos en admitir que jamás, JAMÁS, he abandonado a alguien que no me haya dejado antes en la estacada. Puedo ser leal, pero no soy un perro que viene a lamer la mano del dueño después de que este lo haya apaleado.
Me he enfrentado a muchísimos amigos, también. A muchos más de los que me habría gustado, pero nunca lo he hecho por gusto. Si me he puesto en contra de gente que he tenido a mi lado, ha sido porque estaban tomando caminos en los que yo no quería verme implicado. Puedo ser leal, sí, pero mi lealtad no es ciega, y hasta yo tengo unos límites.
No hablo de estas cosas como alarde. Al final, lo que te acabas llevando son batallas perdidas, heridas por parte de quien no debería infligírtelas (o no en un mundo medio lógico) y mucho, mucho dolor.
Lo digo por si algún colgado sigue pensando que es guai ser como yo. Los dioses me libren de hacer proselitismo de esto.
Así que me voy a poner soberbio (es curioso, a veces hablamos de "soberbia" cuando sencillamente lo que que estamos haciendo es manifestar nuestra propia dignidad) por un momento. Me lo puedo permitir, considerando que mi vida no ha sido una colección de triunfos precisamente y que mi autoestima nunca ha sido para tirar cohetes. Así que supongo que por un día que diga "Mira, no", no pasa nada. Y si esto supone ofensa alguna para alguien, pues lo siento. Más me ofenden a mí muchas cosas que tengo que tragarme cada dos por tres y me han tenido que parecer geniales.
Me voy a poner soberbio cuando digo que igual no soy yo el que no vale. Que lo mismo es una locura, pero igual es mi Universo personal el que, en líneas generales, no vale un pimiento, si espera que agache la cabeza, que trague mierda y ponga buena cara o que me comporte como un hipócrita. Lo siento mucho si alguno de vosotros espera eso de mí, pero si es así, habéis dado con la persona equivocada. Cometo errores, sí, e insisto. Pero son errores. Cuando me la han jugado a mí, no he visto tales errores en la mayoría de casos: he visto cerdadas hechas con total consciencia y, lo que es más fuerte, sin asomo de arrepentimiento. Incluso he llegado a ver sorna y cachondeo cuando se me ha llegado a tocar la moral a dos manos, para luego juzgar mis decisiones en cuanto yo actúo en consecuencia.
"¿Por qué tan serio?"
Y encima he tenido que "tomármelo bien". Por cojones, pese al hecho de que es harto evidente que yo jamás haría algo así. Ni se me ocurriría, vaya. No adrede, ni a sabiendas.
¿Se supone entonces que yo soy aquí la mala persona? ¿El que toma las decisiones desafortunadas? No, queridos. Hacedme el favor de meteros vuestros juicios de valor por donde os entren, y meteos, ya de paso, en la cabeza, que yo me portaré con vosotros tal y como vosotros os portáis conmigo. Así que en lugar de pensar en lo desproporcionado de mis reacciones, lo mismo podéis hacer examen de conciencia y recapacitar si a lo mejor os habéis comportado de una forma deshonesta conmigo... en el caso de que tengáis conciencia, claro.
En lugar de pensar si soy una persona que no sabe guardar según qué secretos, podríais pensar si vosotros deberíais vivir con tanto secretismo. Porque lo mismo no es el hecho de que alguien pueda revelar un secreto lo que haga peligrar vuestras vidas; puede que sea el hecho de que os pasáis la vida ocultando cosas lo que sea un peligro.
En lugar de pensar y reprocharme que no estoy ahí para daros la palmadita en la espalda o besar el culo a gente que no creo que haya que besárselo, tal vez podríais pararos a pensar que yo no sirvo para los falsos halagos ni para aplaudir putadas. O que esa gente que lo mismo es tan maravillosa para vosotros para mí no lo es por alguna razón de peso. Porque, vamos a ser claros de una vez por todas: ¿A mí cuándo me habéis visto de emprenderla con alguien sin motivo? Aquellos que me conocéis sabéis que, si le echo la cruz a algún ser vivo a este lado de la Vía Láctea, lo hago siempre por varias razones, y generalmente procurando fundarlas muy, muy bien, o todo lo bien que puedo. Así que, por favor, no me vengáis con payasadas de "Disimula ante no sé quién" y "Que no se note que te cae mal". Si queréis fingir y ser hipócritas, adelante. Pero no me forcéis a mí a serlo.
¿Perdona?
Sé que por esta clase de cosas he perdido a muchos amigos... y seguiré perdiéndolos, me temo. Que esto ha hecho que muchos otros se distancien de mí y que otros hasta me eviten. He llegado al punto en que yo no puedo tomar las decisiones de otros. Todos sois libres de elegir, bien seguir a mi lado, bien tomar vuestros propios caminos. Yo he hecho lo mismo con otros muchas veces y aquí sigo. Pero me va quedando cada vez más claro que lo que no puedo es traicionarme a mí mismo, ni a aquello en lo que creo, ni a aquello que creo ser.
¿Qué creo ser?
Buena pregunta. Supongo que solo intento ser lo mejor persona que puedo ser. Intento dar lo mejor de mi mismo, pese a todos mis defectos, a todos mis pecados y a todos mis errores, que no son pocos. Soy una persona con una conciencia que anda todo el santo día martilleándole en el cerebro y que hace lo posible por poder aguantar la mirada cuando se mira al espejo. Soy la clase de persona que intenta dormir bien por las noches, aunque esto último le cuesta bastante.
No creo, pese a lo que digáis, que sea mejor que los demás. Si lo pensáis, bueno... hacédmelo saber, para que lo apunte en la lista de cosas que se suelen decir sobre mí a la ligera. Creo que ya debo ir por los doce volúmenes o así.
No, no creo ser mejor que los demás... pero sí tengo la voluntad de serlo. De mejorar como persona día a día y poder callar de una vez mis voces, pero no por haberlas ignorado, como sé que habéis hecho muchos, sino por conseguir que no tengan nada que decir. Esa es la clase de persona que soy, y la clase de persona a la que aspiro.
Podéis ser testigos de ello, o podéis hacer como muchos de los que han estado a mi lado a lo largo de los años: desaparecer y formar parte de otro de esos capítulos de mi vida que quedan cerrados. Como he dicho arriba, yo no puedo decidir por vosotros.







No hay comentarios:
Publicar un comentario