A veces suceden cosas que nos resultan espantosas. Creo que no necesitáis que os dé detalles acerca de lo que hablo. No cuando vemos la indignación popular, las manifestaciones, la rabia (bastante justificada, por cierto) y lo que vienen siendo cosas que nos parecen terriblemente injustas. Más allá de entrar en detalles acerca de un caso del que no tengo todos los datos (ni tampoco soy abogado), hablaré de esto desde otro ángulo. El ángulo de lo que considero que somos, como sociedad, y cómo tratamos este tipo de cosas, en general. Antes de que nadie se me eche las manos a la cabeza, me veo obligado a explicar según qué puntos antes de empezar. Sé que no debería, pero hay mucho imbécil suelto que se cree psiquiatra y quiero dejar las cosas claritas ante todo.
1) No justifico NADA. De hecho, si aguantáis leyendo esto hasta el final, veréis que precisamente denuncio las justificaciones.
2) En movidas así, una vez he visto ya una condena firme (la cual no comparto personalmente), aunque respete la ley, me posiciono con la víctima. Antes de la condena prefería no hablar, porque lo suyo es dejar que los profesionales de la justicia actúen. Porque para eso ellos son profesionales y yo no.
3) El hecho de que yo no esté de acuerdo con la sentencia no significa NADA. Solo significa que no me parece bien que gente que lleva a cabo según qué cosas (insisto, gente ya declarada culpable ante un tribunal) no reciba una pena mayor, independientemente de las razones que se han hallado para reducir su pena. Con lo cual, yo puedo decir misa, pero realmente no tiene trascendencia.
4) Creo que mi postura de PUTO ASCO ante el concepto de machito alfa, movidas como violencia, humillaciones, abusos de cualquier tipo y demás queda sobradamente patente no solo aquí, sino en cualquier otro texto que haya escrito previamente. Si no lo pilláis o pensáis que apoyo ese tipo de salvajadas, os invito a que os metáis en un curso de comprensión lectora antes de dar el coñazo a un servidor.
5) Que haga un alegato en contra de destituir a los que han dictado una sentencia no quiere decir que esté de acuerdo con ella, ni que me parezca bien cómo tenemos concebido el código penal ni cualquier pensamiento remotamente semejante. Simplemente digo que no creo que sea esa la manera de hacer las cosas.
6) Si pese a esta declaración de intenciones alguno de vosotros sigue pensando que estoy defendiendo, justificando o poniéndome de parte de un sistema de mierda, ya no hablamos de una materia de opinión. Estaréis poniendo palabras en mi boca de forma deliberada y tergiversando lo que digo para hacer un juicio de valor acerca de mi persona, como si me conocierais, como si tuvierais vuestro título de psiquiatra o como si tuvierais el más mínimo derecho a ello. Si sois de ese palo, desde aquí os digo que os vayáis a tomar por culo, porque eso es lo que hace un hijo de la grandísima puta. Y sí, esto último sería un juicio de valor, pero vosotros habríais empezado. Haberos metido la lengua en el culo en su momento.
Dicho esto, empezamos:
Somos una sociedad que busca culpables. No importa tanto encontrar la raíz de un problema y buscar el modo de atajarlo como dar con una cabeza que ruede, aunque ello implique que el problema se perpetúe una y otra vez. Es posible incluso que tengamos una percepción algo distorsionada de las cosas y realmente no busquemos soluciones, sino apaciguar nuestras iras, nuestras frustraciones, nuestra rabia contenida día a día.
Quizás es por eso que, cuando el sistema no nos satisface, no buscamos tanto cambiarlo como buscar un chivo expiatorio. Quizás eso nos permite, en nuestro fuero interno, sentirnos como justicieros o como héroes del momento, con la implicación justa o con la responsabilidad medida con cuentagotas. Nos sumamos a la masa, al pelotón de fusilamiento y apretamos el gatillo, pero ninguno de nosotros está seguro de cuál ha sido el balazo que mata al ajusticiado. "Habrá sido otro", decimos, "pero se ha hecho justicia y es lo que importa", añadimos. Mañana nuevas injusticias se cometerán y allí estaremos para ahorcar a quien consideremos necesario. Por culpables no me refiero tanto a los ya condenados (desde mi visión de lego en leyes, más culpables no los puedo ver), sino a aquellos que los han procesado.
"¿Quién vigila a los vigilantes?"
Con los hechos más recientes que he estado viendo es un poco así. Hemos visto una condena que nos ha parecido aberrante (y podemos decir que lo es), pero ni siquiera nos hemos parado a pensar que esa condena viene de un código que debe ser revisado y reformado acorde a los tiempos que vivimos, donde las sensibilidades hacia cierto tipo de actos son (o deberían ser) mayores. No, en lugar de eso hemos tomado las horcas y hemos cargado contra los que han aplicado la ley. Una ley injusta, pero aplicada tal cual. No, en nuestra mayoría no nos hemos planteado cambiar las leyes... principalmente porque ni las conocíamos. Ni nos hemos molestado, muchos de nosotros, en saber por qué se ha llegado a esa resolución que, insisto, es aberrante. Pero la cuestión es: ¿nos hemos planteado por qué se ha llegado a una solución así de aberrante?
Ante esta pregunta, muchos empezarán a hacer lo que se suele hacer en estos casos, y lo que llevo ya hablando un buen rato: buscar un culpable. La ley la redactó fulanito, con su mentalidad de no sé qué y por eso deberían hacerle no sé qué, no sé cuántos. La ley responde a no sé qué, y ese no sé qué debería ser erradicado de la faz de la tierra. Demasiados no sé cuántos que, al parecer, tienen que pagar... pero nadie (o casi nadie, claro), que yo sepa, parece plantearse una vía diferente: ¿Y si pasamos de todos esos no sé cuántos y, con las experiencias vividas, decimos "No, nada de rodar cabezas. Vamos a arreglar las cosas de una puñetera vez"? ¿De qué sirve inhabilitar a quienes aplican la ley si mañana, con esa ley aun vigente, se volverán a repetir estas aberraciones? ¿Es acaso nuestro concepto de lo que es justo tan limitado que, en cuanto que vemos algo que no funciona, matamos al mensajero y nos quedamos ahí?
Algunos ya es que son más jueces que Dredd.
Es algo curioso: vivimos en una época extraña, en la que todo el mundo afirma hacer reflexiones intelectuales, donde se ve mucho más allá de lo evidente (a veces, con una creatividad que roza lo psicotrópico), pero al final, la mayor parte de esas reflexiones acaban enfocándose en direcciones muy similares. Con matices, con mayor moderación o extremismo, la mayoría de los dedos señalan a la misma dirección, aunque intenten convencernos de que hablan desde el libre pensamiento. Pasa el tiempo y las voces discordantes se acallan y empiezan a limarse, hasta el punto de que da la impresión de que tienen miedo a hablar una vez sus palabras no coinciden con las del pensamiento dominante. Dicho de otro modo, aunque se pueda estar de acuerdo en el fondo, parece que si no se suscribe al 100% un sistema completo de creencias, se forma parte de una ideología repugnante que debe ser exterminada a cualquier precio.
Estas ansias de linchamiento disfrazadas de justicia me hacen pensar que cualquier día vamos a acabar votando por burradas tipo La Purga y nos van a parecer de puta madre. Es decir, algo que es abiertamente aberrante, pero lo abrazamos simplemente porque nos suena bien y porque nos da cierto permiso para "desfogar".
Y eso es lo verdaderamente peligroso.
Cada vez que veo una campaña por la justicia social, os juro que siento miedo. No porque la idea de fondo que se defienda sea noble o deje de serlo, o porque no la comparta. Estoy plenamente convencido de que los fines que se persiguen, en la mayor parte de casos, suelen ser nobles o, al menos, aquellos que los persiguen creen estar haciendo algo bueno. Hasta aquí, bien. Pero lo que me da miedo es la filosofía reinante de pensar que el fin justifica los medios. De creernos que si algo está mal, tenemos perfecta licencia para pisotearlo y destruirlo. De que todos aquellos que no estén de acuerdo con esa ideología de "Si las leyes son injustas, lo justo es saltarse las leyes" (en lugar de "Si las leyes son injustas, luchemos por cambiarlas, aunque así nos lleve una vida entera", que es algo como que cansa un poco más); de "Si alguien no está de acuerdo, o tiene una forma de ver las cosas diferente, debemos aplastarlo" (en lugar de "Si alguien no está de acuerdo y creemos que se equivoca, mostrémosle lo que creemos que es cierto para que su forma de pensar cambie... si es que realmente debe ser cambiada").
Ya con la idea de revolución se nos va un poco la pinza. Ser revolucionario no consiste necesariamente en liarte a hostias ni en liarla parda. Simplemente puede ser luchar por cambiar aquello que consideras que debe cambiarse. A veces este tipo de revoluciones llevan años, pero oye, también cambian las cosas.
Eso sí, no son tan fáciles ni tan molonamente guais de cara a la galería.
Hacen menos ruido y se ven menos.
Pero, ¿cuál es el objetivo? ¿Arreglar lo que está mal o que se sepa que hemos sido nosotros?
Al mismo tiempo, hemos caído en la contradicción de que absolutamente todo debe ser respetable. Usamos este argumento especialmente cuando nuestra opinión es la que está en entredicho, pero lo más curioso es que resulta que no todas lo son, lo he dicho mil veces: la opinión de un ignorante, por muy opinión que sea, no puede estar a la misma altura de la persona que sí sabe de lo que habla. La opinión de un extremista, por muy opinión que sea, no puede ponerse al nivel de respeto de una persona que no lo es. Parece que no nos hemos dado cuenta de que, si toleramos a los intolerantes, les damos manga ancha para que pisoteen cualquier forma de pensamiento que no sea la suya.
Si lo pensamos bien, puede que gracias a eso, estén ganando y cada día las opiniones sean más extremas, más beligerantes y más agresivas. Ya no consiste en que uno milite o deje de militar en un partido político, o que profese tal forma de pensar; ahora, si no te dedicas a cagarte en los muertos del que consideras "el enemigo" no eres un Verdadero Creyente y los que son "de los tuyos" hasta parecen mirarte con recelo. Algo así como una especie de concurso de a ver quién la tiene más grande (la ideología, claro), pero que en el fondo no supone absolutamente NADA.
No eres mejor defensor de algo solo por ser más agresivo.
No estás más concienciado por gritar más fuerte.
No eres mejor persona por querer erradicar a sangre y fuego a cualquiera que no agache la cabeza ante tus sacrosantos ideales.
"Exterminar. Exterminar. Exterminar".
Y con esto, quiero dejar claro que puedo entender la rabia, el malestar y el asco que se siente ante una injusticia. Yo soy el primero en sentirme así. Pero creo que en momentos de total indignación es cuando no podemos dejarnos llevar y debemos mantener la cabeza bien fría para encontrar soluciones. Para poner fin de una vez por todas a esas cosas que consideramos injustas, o que nos parecen abiertamente lacras para el mundo en que vivimos. Eso es algo perfectamente normal e incluso legítimo. Sin entrar en pormenores legales o valoraciones personales hacia tal o cual, quiero limitarme a lo que entendemos por lo que es justo (creo que todos sabemos lo que es) y lo que es legal (cosa de la cual no siempre somos del todo conscientes). No sirve de nada hacer rodar las cabezas de aquellos que se limitan a ejecutar leyes injustas porque, repito, mañana otros las ejecutarán igualmente. Los pelotones de linchamiento estaban muy bien en la Edad Media, cuando lo que había era una masa iletrada que lo único que quería era sangre por sangre y ya está. Hoy en día, se supone (insisto en el se supone) que hemos evolucionado un poquito y que tenemos un sistema que, pese a no ser el mejor (de hecho, tiendo a pensar que nuestro sistema penal es una blandurriez de tres pares), sí tiene opción de ser reformado. No es algo que resulte fácil, pero al menos sí respondería a una necesidad social. Sí sería efectivo, o al menos sería más efectivo que pedir la destitución de aquellos que han aplicado una sentencia aberrante. No: la sentencia es aberrante porque el código es aberrante. Pues entonces lo suyo es cambiar el código.
"Hay una anomalía en la Matriz".
Quizás pasa también que el código ha venido reflejando nuestra sociedad. Ante casos extremos sí es verdad que parecemos entrar en razón y nos damos cuenta de que como sociedad se nos va la mano en los juicios de valor, pero... vamos a verlo de esta manera: ¿Cuántas veces hemos oído, por parte de hombres y mujeres, que una chica es una fulana por vestir de tal o cual manera? ¿Por tener iniciativa sexual? ¿Por no ser "lo que se espera"? Con el corazón en la mano, decidme cuántas veces habéis escuchado por parte de gente (a veces sorprendentemente joven) decir que no les extraña que violen a una chica a causa de la vestimenta que lleva. Yo no sé vosotros, pero por desgracia, yo lo he oído más veces de las que me gustaría. Lo mismo que he oído llamar a una chica "guarrilla" (casi como sinónimo de "mujer") o decir, de forma muy despectiva, que se bajaría las bragas ante cualquiera, como si eso fuera materia de discusión por parte de la audiencia.
Por desgracia, si el código es así, es porque una buena parte de la sociedad ha venido pensando hasta ahora que una mujer, más que víctima, es materia de juicio haga lo que haga, o le pase lo que le pase. Y sí, poco a poco estamos cambiando, pero no creo que sea suficiente. A día de hoy, sigo escuchando términos como "lagarta" y derivados; sigo oyendo conversaciones allá por donde voy acusando a las mujeres de provocar o de usar su sexualidad para conseguir sus fines. Y no es algo que oiga una vez cada cuarenta mil años. Es algo asquerosamente habitual.
Y ya sin entrar en la cantidad de gente (mujeres jóvenes incluidas) que piensan que es perfectamente normal que una mujer sea controlada por su pareja, o soportar salidas de tono tales como manipulaciones, chantajes emocionales, insultos, amenazas o (ya en el culmen de todo este repertorio de preciosidades) agresiones físicas.
Que podemos decir que no, pero hemos criticado muchas novelas "románticas" que hablan de esto como sinónimo de amor... pero se han vendido como churros.
No nos engañemos: no venden ninguna imagen ni ningún ideal. Simplemente responden a algo que ya estaba en la sociedad y lo reflejan.
Esa actitud que la sociedad ha tenido con las mujeres (y me refiero a la sociedad entera; al haberme criado y trabajado básicamente entre mujeres, he podido ver que la crueldad que las mujeres gastan entre sí no es algo que sea como para ignorarlo) igual no justifica ni aplaude abusos de cualquier tipo... pero sí es cierto que, en mayor o menor medida acaba juzgando a la víctima cuando estos se producen. Con cosas del tipo "No se lo merecía, pero sí era verdad que se lo iba buscando" o el famoso "Si yo no voy por un barrio marginal contando billetes de 50 pavos, siendo tía no me meto en un fiestón enseñando carne". Y nos hemos quedado tan panchos, porque nos ha parecido LO NORMAL.
Esta es una especie de fascinación por criminalizar a las víctimas que, de forma indirecta (o no tanto), justifica a los culpables. Y no nos engañemos, esto no es solo algo que vemos en los tribunales. Nos puede parecer asqueroso ver cómo se juzga a una víctima en un caso como este (y lo es), pero... No es algo nuevo ni estrictamente limitado al mundo judicial. Quizás los tribunales deberían dar ejemplo, sí... pero al final, acaban por reflejar lo que, en un nivel tristemente alto, somos como sociedad. Es algo así como cuando en el colegio nos robaban hasta los apuntes y cuando se lo decías a un profesor te soltaba que también era culpa tuya por dejarte robar. Y dices tú, ¿PERDONA? ¿Qué cojones es eso de que nos dejamos robar? Se pongan como se pongan, ese es el argumento que defiende el matonismo y que otorga al delincuente una especie de "derecho" (que no se tiene) a delinquir. Es prácticamente el mismo principio que nos hemos encontrado en el código penal en este caso: que, si te dejas, el crimen parece menos crimen.
Y NO.
Un crimen es un crimen, y punto.
Pero la cuestión es que, en mayor o menor medida, la sociedad ha dado su consentimiento a esa idea, y de vez en cuando tienen que pasar barbaridades para que digamos "Ah, hostia, pues no". El ladronzuelo de barrio del que todo el mundo decía "Él también tiene que ganarse la vida" cuando la policía le echaba el guante pasa a ser un monstruo el día en que un día se le va la mano y le pega una puñalada en el corazón a alguien. Los matones de colegio hacen "cosas de críos" hasta que un día su víctima se suicida. Y es quizás el hecho de que hemos normalizado la delincuencia, el abuso y la crueldad hasta tal punto que nos parecen "lo que hay". Es solo cuando se trazan ciertas líneas que nos parecen insoportables cuando reaccionamos pero, hasta entonces, estamos anestesiados.






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