domingo, 13 de agosto de 2017

Angst- La naturaleza del miedo



Se dice que somos la suma de nuestros miedos. Que todos nuestros temores y nuestros asuntos no superados se acumulan en nuestro interior, generando fantasmas que nos persiguen en nuestro día a día. Que del hecho de que superemos o no nuestros temores dependen nuestros actos futuros, nuestros cursos de acción. Tanto si afrontamos un temor como si no lo hacemos, nuestra vida deja de ser la misma para siempre y toma una nueva dirección. Podemos decir así que cada uno de esos fantasmas es un hito en el camino; o una encrucijada, si quieres.

Tendemos a pensar en lo que nos atemoriza como algo objetivamente espantoso. La versión adulta del monstruo en el armario, aunque desprovisto de ese tinte sobrenatural. Aunque a veces puede suceder y, de un modo bastante evidente, sí hay cosas terribles que nos atemorizan (enfermedades, la muerte, o cualquier cosa que suponga una amenaza en potencia para nuestra integridad física), lo cierto es que el miedo no posee una forma específica. Se esconde en nuestro interior y toma las formas más insólitas, hasta el punto de adquirir aquellas que solo tienen significado para nosotros.

El terror puede ser pensar que todo lo que posees, aquello que te proporciona una cierta felicidad, mañana dejará de estar ahí por las razones que sean.
Puedes sentir terror solo de pensar en palabras que no quieres oír, pues su significado acabaría por trastocar buena parte de aquello en lo que crees.
O incluso que seas tú quien pronuncie las palabras desacertadas y causes un daño irreparable a aquellos a los que jamás harías daño de manera voluntaria.
El miedo a fracasar en aquello que te importa.
El miedo a no ser capaz de hacer feliz a la gente que quieres.

Temores más profundos, como ver que ciertos ciclos de tu vida se repiten. Que, de forma indefectible, llega el Invierno y todo se enfría a tu alrededor. Relaciones y sentimientos que se enfrían y mueren. El telón que cae, el espectáculo que termina, las risas que se apagan y el retorno a la oscuridad, a la dispersión. Más terrible se vuelve cuando eres consciente de que lo has vivido una y mil veces, y que las posibilidades de que algo así suceda de nuevo jamás desaparecerán.

El terror a sufrir, a sentir una vez más esa daga helada que te atraviesa de parte a parte. Que te veas a ti mismo condenado a llevar una máscara sonriente cuando por dentro te desgarras y la podredumbre se esparce por tu interior. A que tu alma se parta en dos, a que una parte de ti muera para siempre y los recuerdos más felices se vuelvan tristes. A que te invada la nostalgia, la desazón. Esa horrible sensación de querer recuperar lo perdido y tener la total y más absoluta certeza de que es imposible. De que las cosas no volverán jamás a ser como fueron. De que luchas contra la marea. De que te niegas a reconocer lo inevitable. Que ya no hay nada que hacer.
Aquello que se perdió ya no se puede recuperar.

El miedo se transforma en una visión del futuro en la que echas atrás la mirada y contemplas, desde la más absoluta y aplastante soledad, todos tus errores. Las palabras que no dijiste, y aquellas que dijiste, pero que cayeron en saco roto. Todas tus batallas luchadas y perdidas, de la primera a la última. Como si el destino hubiese querido que llegases a ese punto o, mucho más espantoso aún, como si hubieses tenido tus cartas en la mano y no hubieses encontrado otra forma peor de jugarlas.
El terror es el tiempo que sabes que has perdido, llevando a cabo empresas que esperabas que te llevaran a buen puerto, pero que no han supuesto más que la zozobra, una y otra, y otra vez. Tantas que no te resulta fácil cuantificarlas. Solo puedes ver los mares de polvo y ceniza que has dejado a tu alrededor. Vastas extensiones de tierra árida en la que nada puede crecer, cubiertas por los vestigios de aquello que luchaste por mantener vivo y no fuiste capaz.

Miedo a no hacer las cosas lo bastante bien. A no cumplir las expectativas, ni de otros ni de ti mismo. A acabar por aceptar que no eres más que otra persona insignificante en este mundo, y que no eres más especial que cualquier otro. Ni siquiera pareces especial, a secas. Eres un ser anónimo, y tu huella en el mundo está limitada a tus acciones. Tus acciones no traspasan mucho más allá de tu entorno; y aun limitándote a tu entorno, sabes que no todo lo que haces es importante. Ni siquiera positivo. Porque cometes infinidad de errores, algunos de ellos garrafales. Es entonces cuando piensas que, el día menos pensado, aquellos que hoy en día te quieren se pueden acabar hartando de esos errores. Piensas que igual no te mereces que te soporten, y que demasiada paciencia tienen contigo. Y te sientes culpable, muy culpable, de todos esos errores que has cometido. Puedes disculparte, e incluso pueden perdonarte, pero... ¿eres capaz de perdonarte a ti mismo?

Miedo a la distancia. Al "Se acabó". Al "Hay algo que debo decirte".
Al "Cada uno por su lado". Al "Esa etapa terminó ya".
Miedo al futuro, y a la inestabilidad del presente.
Miedo a que se repitan los horrores del pasado.
Miedo al "Me has defraudado". Al "Esperaba más de ti".
Al "No eres lo bastante bueno para mí".

Al dolor. A la tristeza. A la corrupción de los sentimientos.
Miedo a que esa parte oscura que anida en todos nosotros se apodere de ti y seas incapaz de hallar la luz.
Miedo a las disputas. A los puntos sin retorno. A los fracasos sin arreglo posible.
Miedo a perder todo aquello que te esfuerzas por mantener vivo.

Miedo a mirarte en el espejo una buena mañana y preguntarte a ti mismo cómo las cosas han llegado a esa situación. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Qué fue lo que hiciste tan mal para que todo se viniera abajo? ¿Cómo podrías haberlo arreglado? Y, de saberlo, ¿por qué no lo hiciste? ¿Qué te frenó en su momento? ¿Qué era lo que temías?

Miedo a la idea de destino. A que, hagas lo que hagas por solucionar las cosas, tú mismo seas el que provoque el fracaso. Que sea tu mano, pese a tus buenas intenciones, la que ponga fin a todo cuanto querías salvaguardar. Que, como si de una tragedia clásica, estuvieras abocado a llevar la destrucción a tu alrededor. A sembrar el caos al que siempre has intentado enfrentarte. Que tus ideales, tus buenos propósitos y tus valores no sirvan absolutamente para nada. Que lo único que acabe quedando entre tus manos sea óxido, que dentro de tu corazón no haya más que vacío y que todo a tu alrededor quede cubierto de hielo y hollín.
Frío, suciedad, podredumbre.
Lejos quedaron el calor y la luz. Las risas y las promesas.

Al final, temes, todos nos separamos. Todos tomamos nuevos caminos. Nuestro entorno cambia, nuestros sentimientos cambian. No sirve de nada echar de menos aquello que no va a volver... y sin embargo lo haces. Así que tan sólo puedes arrodillarte sobre esa capa grís de hielo y hollín, agachar la cabeza y lamentarte por aquello que no fuiste capaz de conservar.
Al final del camino, poca cosa queda. El fuego se apaga. Las voces callan. La luz deja paso a las sombras, así como el calor al frío. Lo que está junto, se separa para no volverse a unir jamás. Los muros caen como castillos de naipes. El oro pierde su brillo. La música deja de sonar y los invitados empiezan a marcharse. Solo el dolor está ahí para acompañarte. Solo el dolor, mientras el telón cae y el escenario queda vacío.

No hay comentarios: