Siempre he pensado que, para ponerse uno a dar lecciones de moralidad o para juzgar a los demás, debe verse a sí mismo en una posición superior. Es decir, debe sentirse un poco ajeno a las debilidades humanas o incluso por encima del bien y del mal para coger y decirle a los demás lo que tienen que hacer con sus vidas so pena de cometer unos pecados imperdonables. Es decir, que debe ser uno inmune precisamente a caer en esos pecados para poder ir repartiendo juicios de valor como si fueran Lacasitos.
Es un poco lo que llevamos ya viendo una buena temporada en las redes sociales, donde cualquier fulanito, sin necesidad de oficio ni beneficio, puede coger y cargar sus iras sobre la persona que toque. Puede incluso erigirse en su Sagrado Derecho de decir qué es lo que merece o no en la vida, levantar diagnóstico sobre su personalidad, su infancia y, lo que es más fuerte, decidir si tiene derecho a seguir viviendo o no. En definitiva, lo que estamos viendo es mucho "genio" (permitidme que lo entrecomille) que se cree con derecho a meterse en la vida de los demás y a pedir explicaciones sobre ésta.
Es un poco el caso de una foto que acabo de ver, compartida en una página que no sigo (aunque algunos de mis contactos sí). En la susodicha foto se ve el rostro de una mujer joven con unos labios desproporcionadamente grandes. La página en cuestión, muy tolerante con eso de la dignidad del prójimo y nada partidaria de hacer humillaciones públicas de nadie (notad mi ironía), pone en la picota a la mujer y pregunta a sus usuarios qué es lo primero que les viene a la cabeza cuando ven la foto. Esto ya de por sí, si lo pensamos en frío, ya puede tener su miga y su punto de mala leche, pero es cuando se ven los comentarios que nos damos cuenta de que no es uno, sino cientos, los que se erigen en jueces, como si estuvieran en posesión de la Verdad. Como si tuvieran el derecho inalienable de humillar a otros (mal llamado "a la libertad de expresión", que enarbolan como si tuvieran idea de lo que realmente es). Como si estuvieran en esa posición de moralidad superior, donde pueden exigir que alguien les dé explicaciones acerca de lo que ha hecho con su vida.
Como si las vidas de todos y cada uno de estos personajes que se sienten con el derecho de ir juzgando a alguien que solo conocen de haber visto de una foto fueran todo un ejemplo a seguir.
"Esa chica se ha puesto tetas. ¡RAMERA! ¡SUCIA! ¡IMPÍA! ¡ADÚLTERA!"
Supongo que no es nada nuevo. Quizás es el caso más claro de lo que sucede cuando te dan carta blanca y anonimato para poder decir la sandez más grande que se te ocurra, sin temor alguno a las consecuencias. Algo similar a lo que ocurrió a aquella mujer que se expuso en un museo, como si se tratase de una estatua, con la promesa de no hacer nada (por terrible que fuese) le hicieran. A esa mujer la amenazaron con una pistola y la humillaron de todas las maneras posibles. ¿Por qué? Sencillamente porque nadie puso límites a lo que pudiera hacer cualquiera que llegara. Posiblemente, como sucedería en la red si se pidiese cuentas a todos los energúmenos que han soltado ese montón de mierda, se exculparían a sí mismos diciendo que "Nadie les puso freno". Que "les dijeron que podían hacer lo que querían". La culpa, como siempre, del sistema, de una sociedad enferma y un montón de blablablases que, sinceramente, ya cansan. Esa total y absoluta falta de responsabilidad por parte del usuario medio aburre ya. Ese sentimiento infantil de "Es que yo soy libre", sin pensar en el daño que se hace a otros, roza lo perverso.
Pero a nadie parece importarle.
Yendo más lejos, no solo parece no importar a nadie, sino que parece abrazarse un poco la ideología contraria: esa intención de erigirse en jueces, jurados y verdugos es bien vista y aplaudida. Una especie de pelea de gladiadores moderna, donde el personal solo parece querer sangre y aferrarse a una actitud agresiva, por no decir violenta. Es un poco el caso, también hoy, en el que un Youtuber, muy gracioso él, se dedica a meterse con la gente por la calle. No es el primero que sube sus gracietas a esta página, para luego comerse una bonita denuncia por agresión (el caso de aquel tipo que se dedicaba a pegarle patadas a la gente —por la espalda, para más señas —y acabó pasando por los tribunales, si mis informaciones no me fallan), pero en este caso la cosa se ha puesto fea y nos encontramos que alguien le ha devuelto, literalmente, la hostia. Ante esto podríamos tener un caso que, sin mucho problema, también podría resolverse en un juzgado. Solo por ser grabado sin consentimiento de la víctima ya tendríamos ciertos problemas con la Ley de Protección de Datos, que suele ser bastante picajosa con eso de que te graben sin tu consentimiento. Si encima nos encontramos que hay insultos y humillaciones por medio, subidas a un medio público, como sucede en una red social, la cosa ya se agrava y nos encontraríamos con delitos contra el honor (abogados, por favor, quiero que me confirméis esto si me estáis leyendo). La cuestión es que aquí este ataque a la dignidad de otra persona se ha visto vulnerado y el agraviado ha respondido con una agresión física. Todo eso, claro está, en el supuesto de que este caso sea real y no otro montaje más para ganar la atención de unos cuantos seguidores.
"¡Mira cómo le endiña!"
"¡Jajajaja que se joda, se lo merecía!"
"¡Ponlo otra vez!"
Es aquí cuando se monta el cirio. Es justo en este momento cuando el personaje en cuestión se hace famoso y donde el resto del planeta (que es lo verdaderamente importante de este artículo) se erige en jueces para determinar si se merecía una hostia o dos (como he visto en otra famosa página de una revista de humor). Es el momento en que un hecho que solo podría calificar de "patético" (sinceramente, me parece triste que alguien base su "humor" en reírse de los demás... especialmente si esos otros no se ríen y no participan voluntariamente en la broma. Ya cada uno que piense lo que le dé la gana, pero yo lo veo así) se vuelve viral y el personal, sediento de su dosis de violencia (aunque sea verbal) ya está emitiendo sus juicios y tomándose un hecho que lo único que denota es una falta tremenda de educación como un divertimento. Es un poco el equivalente a ver a dos tipos peleándose en la puerta de un bar y salir a jalear la pelea, incitar a que se peguen más fuerte o decidir allí mismo quien merece mandar al otro al hospital. He aquí el quid de la cuestión: vamos a dejar de un lado el debate de si el vídeo es real o montaje y vamos a centrarnos en la reacción del personal, en la que suele haber menos trampa o cartón.
"Me da igual que sea verdad o mentira. Que esté bien o esté mal. Yo soy la Ley".
Es un poco la clase de cosas que me hacen preguntarme a qué narices nos creemos que estamos jugando. De cuestionarme eso de la empatía a nivel general y empezar a pensar que la Red, con toda su permisividad (recordemos que, a día de hoy, las páginas donde se exponen alegremente ideologías que en nuestro país pueden constituir delitos de odio, son perfectamente lícitas) parece estar convirtiéndose en un caldo de cultivo para que un montón de gente cargue sus frustraciones diarias contra el que toque esa semana. No exagero: apenas hace una semana, otro Youtuber relativamente famoso por sus videoclips donde parodia (ojo, he dicho "parodia"; de ahí al insulto hay una diferencia muy grave. El que no la pille, por favor, que deje de leer esto inmediatamente y busque un diccionario o guía donde se explique eso de forma detallada) a diversos colectivos sociales, tales como pijos, frikis, canis o... las mal llamadas "feministas", que ya sabéis que me gusta entrecomillar porque no las reconozco como tales. Sí, hablo de esas radicales que solo buscan un motivo de odio y han tomado algo tan respetable como el feminismo para volcar toda su rabia y, de paso, dejar dicho movimiento en un lugar vergonzoso. No hicieron falta más de veinticuatro horas para que a este cómico lo vapulearan de una forma tan triste como previsible: no faltaron ni amenazas ni insultos, que en el fondo no hicieron sino darle la razón en un hecho fundamental, y es que la red se está llenando de gente que no parece tener ni la menor idea de lo que es la educación. Caso parecido el del diseñador del nuevo escudo del Atlético de Madrid, que se está llevando hostias como panes e insultos como "escombro" y otras cosas bonitas, solo porque a unos cuantos excelentísimos y respetabilísimos señores no les gusta. Que a ver, nadie les obliga a que les guste el susodicho escudo, y hasta ahí estamos todos de acuerdo si les parece feo. Otra cosa es que eso les dé derecho a andar en plan matón de discoteca, faltando al respeto a alguien que solo está haciendo su trabajo. ¿O es que ahora el ser muy fan de algo, como un equipo de fútbol (o lo que sea) te pone por encima de nimiedades tales como eso de tratar a los demás con un mínimo de educación?
Este hilo es ficticio, de la serie Black Mirror. En el último capítulo de su tercera temporada (tranquis, no es ningún spoiler, se ve desde el primer minuto y no revela ninguna sorpresa final) se hace una pequeña reflexión acerca de cómo la gente pide la cabeza de la gente semanalmente, por el motivo que sea.
Si podéis verlo en la foto, hay un hashtag con el sutil título de #deathto ("muerte a"). Es decir, desearle la muerte a alguien, convertido en una etiqueta de Internet, como una moda más.
¿Ficción? Bueno, sí... pero tan real en planteamiento que da escalofríos.
Ante estos acontecimientos, uno se plantea qué puñetas pasa por la cabeza de la gente que, un buen día, decide indignarse por algo que lee (hasta aquí lo respetable, porque no tiene por qué gustarte todo cuanto leas, ni mucho menos) y pide, literalmente, la cabeza de alguien. Sí, con esa frialdad. No sé en la vuestra, pero en mi casa a mí me enseñaron que desearle la muerte a nadie es una de las peores bajezas que se pueden cometer, verbalmente hablando. Señal de ser un grosero y un impresentable. Hoy en día parece tomarse como algo de lo más normal, junto con esa actitud de cuñaos, que es la de ir por la vida berreando al prójimo que no tiene ni puta idea de nada (y que uno lo sabe todo). Así, sin anestesia. Lo que dice uno es La Ley y no se le puede ni rebatir ni preguntar, vaya a ser que se ofenda; en cambio, esa persona sí parece tener el derecho a sentar cátedra sobre (ojo) tu vida. A decir cuál es tu personalidad, a hacer un retrato completo de tu infancia, tus traumas, tus filias y tus fobias. Le das cancha y te habla de tu relación con tus padres, tu filosofía de vida y, si le das más cancha, es capaz hasta de decirte qué querías ser de mayor cuando eras pequeño. Todo, para recordarte que todas y cada una de esas cosas que, según él, te definen, no son más que mierda. Porque lo suyo es mejor y te callas.
Yo suelo preguntarme, cuando hay unas... no sé, pongamos, quinientas, mil, cincuenta mil personas, que vienen a nadie pidiéndole explicaciones acerca de lo que han hecho o han dejado de hacer... ¿qué sucedería si tuviera que ser al revés?
Pongamos que alguien coge y putea a... no sé, Elsa Pataki, que suele ser puteada cada vez que hace algo, como si la muchacha tuviera que rendir cuentas a media España y parte del extranjero cada vez que graba un anuncio o cada vez que sale a tomarse unas cañas con nuestro amigo Hemsworth. ¿Y si un día Elsa Pataki (que no lo va a hacer, solo planteo la hipótesis) se fuera para todos esos tuiteros y demás seres que pululan por las redes solo para humillar al prójimo y les pidiera explicaciones acerca de lo que han hecho últimamente? ¿Y si Elsa, como pueda ser cualquier persona famosa, cogiera y empezase a llamar "guarra" a una chica por hacerse un selfie o "gilipollas" a un tipo que lleva una camisa horrible en su foto de perfil? ¿Y si empezase a preguntarles a todos y cada uno de estos por qué han dicho tal cosa, que suena ofensiva, en lugar de decir otra?
La respuesta es que el personaje anónimo se defendería, con toda seguridad, argumentando que ellos no tienen una vida pública y no tienen que dar explicaciones a nadie. Que no ganan lo mismo que un famoso, o sencillamente, que tienen derecho a decir lo que les salga del culo. Argumentos que denotan una envidia tremenda o una dudosa conciencia de clases, que seguramente enarbolan como si fueran los tíos más proletarios del mundo... cuando ni siquiera creen en un concepto tan básico como la igualdad entre las personas, o mucho menos su dignidad.
Derecho, sí, pero ninguna responsabilidad acerca de lo que han dicho. Porque parece que el derecho de uno no tiene jamás limitaciones, aunque eso suponga ir pisoteando a los demás, vejando, insultando o incluso amenazando.
"Yo no he hecho nada. Yo nunca hago nada. La culpa es del sistema que es muy malo."
Parece, como digo, que ese derecho que algunos individuos o colectivos concretos a ir vulnerando los derechos de los demás solo va en una dirección. Esa especie de lucha por lo que ellos consideran que es justo, en realidad no es más que una excusa para soltar la primera burrada que les dé la gana, y hay que admitir que está fenomenal eso de tener un pequeño pretexto para poder justificarse. De ahí un poco las lecciones de moral a las que me refería al principio. Eso explica un poco por qué, y volviendo al caso de la primera foto que he comentado arriba, alguien puede sentirse con pleno derecho a decir que los cirujanos plásticos tienen un trabajo inmoral, basado en darle a la gente lo que quiere por dinero sin importarles su salud y quedarse tan panchos ante tal aseveración. Sin haber conocido ellos mismos a ningún cirujano ni (por supuesto) necesidad alguna de tener que visitarlos. Espero que jamás tengan un accidente de tráfico que les destroce la cara, porque la moral no va a ser la que se la arregle a estos seres. O tener un problema serio de tabique nasal. O tener que ponerse un implante en el pecho por una mastectomía. Sí, supongo que me he ido a casos extremos, pero no he sido yo el que ha generalizado de una forma brutal (y por medio de insultos bastante graves) a una profesión entera (que se dice pronto, oye). Tampoco he sido yo el que ha sentado cátedra sobre los motivos que tiene o deja de tener el personal para pasar por quirófano, ni tampoco he sido yo el que va diciendo que todo el que se opere por razones estéticas es gilipollas, inseguro o abiertamente suicida, ni todo el que se dedique a trabajar en cirugía estética un gañán o un aprovechado que antepone la pasta a la salud. He ahí la diferencia, que espero haber explicado con claridad.
Supongo que es ahí la cuestión que me planteo, derivada de todo esto: ¿Quién mierda se ha creído que es la gente para andar pidiendo este tipo de explicaciones, sobre decisiones que no les atañen en lo más mínimo, a perfectos desconocidos? ¿Con qué derecho se cree la gente que puede llamar "guarra" a nadie porque ve un selfie suyo en Internet? ¿Qué clase de prebenda moral se piensan que tienen cuando, en mitad de una conversación civilizada, entran a juzgar e insultar a otros solo porque no comulgan con su Sacrosanto Credo? No nos engañemos: esto de la Era de la Información se ha convertido en una excusa de la leche para coger y hacer aquello a lo que nos hemos dedicado siempre, que es lanzarnos mierda los unos a los otros. Y tiene gracia, porque ahora se supone que vamos de concienciados con verdaderas lacras sociales como la violencia contra las mujeres y el bullying... pero no nos cortamos un pelo en llamar "puta" a nadie o en reírnos de alguien hasta el punto del acoso (es decir, lo que se reconoce en España como acoso, que consiste en hacerle la vida imposible a alguien de tal manera que se le ocasiona un claro daño psicológico). Igualmente gracioso resulta que, aquellos que suelen ser de los de dar hostias a diestro y siniestro, gritando más que nadie e imponiendo su ideología sobre los demás de una forma que solo se puede definir como "por putos cojones" luego sean los primeros en ir pidiendo censura. Retiradas de aquello que no quieren ver, de aquello que no quieren oír, de lo que no quieren leer.
Y he ahí donde radica la mayor hipocresía: por un lado, cuando el asunto conviene, se habla de la libertad de expresión y de ese derecho a reírse del prójimo, a insultarlo, a humillarlo. A juzgarlo, como si su vida estuviese sometida a la decisión de un puñado de niños malcriados que levantan o bajan el pulgar para así sentir cómo su rabia y su envidia tienen un objeto. Aquellos que ganan más que ellos, los que tienen mejor imagen o los que sencillamente no son como ellos caen bajo el fuego de sus iras.
Por otro, tenemos el caso opuesto, donde aquellos que para variar se encuentran en el otro lado de la diana, exigen que la más mínima chorrada que no les gusta desaparezca de una vez por todas de la faz de la tierra. Algo tan absurdo como esa señora de los Estados Unidos que ha pedido la retirada de clásicos como Las Aventuras de Huckleberry Finn o Matar a un Ruiseñor porque "propugnan estereotipos raciales acerca de la gente de color" o "porque usan la palabra nigger, que es ofensiva", sin tener en cuenta contexto... o el "irrelevante" hecho de que esas novelas precisamente combaten el racismo de una manera bastante valiente considerando el marco histórico en que fueron escritas. No, nada de eso importa: aquí la solución es quemar libros, cerrar bocas y aplastar la ideología contraria, mientras que la de uno puede hacer y decir lo que quiera.
No deja de ser triste: en un mundo en que todo el mundo parece con derecho a sentirse juez, jurado y verdugo, pocos parecen dispuestos a buscar lo que es verdaderamente justo, sino que prefieren arrimar el ascua a su sardina. Y si, de paso, pueden usar el ascua para meterle fuego a algún hijoputa que medio les quiera llevar la contra y llevarse aplausos de los colegas, pues bienvenido sea. Pero luego que no vengan berreando diciendo que les han dicho esto o les han dicho lo otro: con esa ira, con esos juicios de valor tan brutales, con esos argumentos sacados de la más absoluta nada, con toda esa poca vergüenza que se emplea para atacar a alguien desde el anonimato, ellos solitos han sido los responsables de todo esto.
Y mientras escribo estas líneas, me sigo preguntando: ¿quién caerá la semana que viene? ¿Será un servidor? ¿Alguno de los que me estáis leyendo? En una sociedad que dice preocuparse tanto por el bullying, es una pregunta más que preocupante.
La cosa se ha convertido básicamente en una especie de juicio de Salem semanal: se busca una "bruja" y, sin importar realmente inocencia o culpabilidad, o la búsqueda de lo cierto de las cosas, todo bicho viviente se cree en posesión de la Verdad y con derecho a juzgar, emitiendo veredictos a cual más brutal.
Lo del cuerpo de la foto tirado en el suelo es metafórico, pero la pinta del tipo de la derecha, casi como con intención de pisotearlo aun en el suelo es más que real.
Pasa constantemente en nuestras redes.
Supongo que es ahí la cuestión que me planteo, derivada de todo esto: ¿Quién mierda se ha creído que es la gente para andar pidiendo este tipo de explicaciones, sobre decisiones que no les atañen en lo más mínimo, a perfectos desconocidos? ¿Con qué derecho se cree la gente que puede llamar "guarra" a nadie porque ve un selfie suyo en Internet? ¿Qué clase de prebenda moral se piensan que tienen cuando, en mitad de una conversación civilizada, entran a juzgar e insultar a otros solo porque no comulgan con su Sacrosanto Credo? No nos engañemos: esto de la Era de la Información se ha convertido en una excusa de la leche para coger y hacer aquello a lo que nos hemos dedicado siempre, que es lanzarnos mierda los unos a los otros. Y tiene gracia, porque ahora se supone que vamos de concienciados con verdaderas lacras sociales como la violencia contra las mujeres y el bullying... pero no nos cortamos un pelo en llamar "puta" a nadie o en reírnos de alguien hasta el punto del acoso (es decir, lo que se reconoce en España como acoso, que consiste en hacerle la vida imposible a alguien de tal manera que se le ocasiona un claro daño psicológico). Igualmente gracioso resulta que, aquellos que suelen ser de los de dar hostias a diestro y siniestro, gritando más que nadie e imponiendo su ideología sobre los demás de una forma que solo se puede definir como "por putos cojones" luego sean los primeros en ir pidiendo censura. Retiradas de aquello que no quieren ver, de aquello que no quieren oír, de lo que no quieren leer.
Y calladitos, vaya a ser que digan algo políticamente incorrecto y ya la hemos liado.
Y he ahí donde radica la mayor hipocresía: por un lado, cuando el asunto conviene, se habla de la libertad de expresión y de ese derecho a reírse del prójimo, a insultarlo, a humillarlo. A juzgarlo, como si su vida estuviese sometida a la decisión de un puñado de niños malcriados que levantan o bajan el pulgar para así sentir cómo su rabia y su envidia tienen un objeto. Aquellos que ganan más que ellos, los que tienen mejor imagen o los que sencillamente no son como ellos caen bajo el fuego de sus iras.
Por otro, tenemos el caso opuesto, donde aquellos que para variar se encuentran en el otro lado de la diana, exigen que la más mínima chorrada que no les gusta desaparezca de una vez por todas de la faz de la tierra. Algo tan absurdo como esa señora de los Estados Unidos que ha pedido la retirada de clásicos como Las Aventuras de Huckleberry Finn o Matar a un Ruiseñor porque "propugnan estereotipos raciales acerca de la gente de color" o "porque usan la palabra nigger, que es ofensiva", sin tener en cuenta contexto... o el "irrelevante" hecho de que esas novelas precisamente combaten el racismo de una manera bastante valiente considerando el marco histórico en que fueron escritas. No, nada de eso importa: aquí la solución es quemar libros, cerrar bocas y aplastar la ideología contraria, mientras que la de uno puede hacer y decir lo que quiera.
Y cualquier día se pondrán a quemar copias de Otelo porque "incite" a la violencia de género o al racismo, aunque realmente esté denunciando ambas cosas.
Pero, bah, da igual. Qué iba a saber el Shakespeare ese, que era un varón blanco y (a menos que se demuestre lo contrario) heterosexual.
No deja de ser triste: en un mundo en que todo el mundo parece con derecho a sentirse juez, jurado y verdugo, pocos parecen dispuestos a buscar lo que es verdaderamente justo, sino que prefieren arrimar el ascua a su sardina. Y si, de paso, pueden usar el ascua para meterle fuego a algún hijoputa que medio les quiera llevar la contra y llevarse aplausos de los colegas, pues bienvenido sea. Pero luego que no vengan berreando diciendo que les han dicho esto o les han dicho lo otro: con esa ira, con esos juicios de valor tan brutales, con esos argumentos sacados de la más absoluta nada, con toda esa poca vergüenza que se emplea para atacar a alguien desde el anonimato, ellos solitos han sido los responsables de todo esto.
Y mientras escribo estas líneas, me sigo preguntando: ¿quién caerá la semana que viene? ¿Será un servidor? ¿Alguno de los que me estáis leyendo? En una sociedad que dice preocuparse tanto por el bullying, es una pregunta más que preocupante.









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