Hay etapas en tu vida en las que las cosas se enfrían. Incluso se congelan. No me refiero al invierno; mucho menos en una época y en una zona geográfica en que la temperatura más baja que sufrimos está alrededor de siete grados. Además, si sois asiduos a este blog, ya os daréis cuenta de que no soy precisamente amigo de hablar del tiempo.
No, cuando me refiero a que las cosas se enfrían, me refiero a nuestro universo personal. Si seguimos mi habitual metáfora de comparar la vida con una serie (de televisión o cómic, da igual... aunque ya sabéis que yo siempre me decanto más por lo segundo), podría ser ese momento en que los secundarios que nos rodean, ese supporting cast, se toma un pequeño respiro, como si de un spin-off se tratase.
Es en ese momento en el que te das cuenta de que el mundo no gira a tu alrededor y que todos, todos y cada uno de los monos bípedos que campan por este planeta, tienen una vida. Pero esa es la parte fácil de asumir; incluso obvia, si no eres especialmente egoísta y tienes los pies bien enraizados en tierra.
La parte más difícil, quizás, es llegar a la conclusión que se deriva de esta primera afirmación, y es el hecho de que el ser humano (quizás casi como la mayoría de seres vivos) es una criatura solitaria.
"¡Y la vida es una jungla!"
Ante esto podemos decir que bueno, está la familia, la pareja, los amigos y todo un sinfín de explicaciones que podrían servir para intentar quitar hierro a este principio, pero en el fondo sabemos (o al menos yo creo saber) que no es verdad.
Nacemos solos. Aunque provenimos de un vientre materno y ese, por lo general está vivo el momento en que venimos a este mundo, lo cierto es que nadie más nace con nosotros. Aun siendo gemelos, cada uno nace por separado por razones anatómicas. Puede parecer una obviedad, pero desde el mismo nacimiento ya demostramos que somos individuos. Que, en el primero de los procesos elementales que nos catalogan como seres vivos, ya no formamos parte de comunidad alguna. Es un proceso que nos atañe a nosotros, y básicamente a nosotros. Nuestra madre está ahí fuera, sí, y sufre el proceso a su manera, pero no exactamente del mismo modo que nosotros. Ella nos da a luz, pero no nace con nosotros.
A lo largo de la vida ese proceso nos marca. Nos damos cuenta de que tenemos a la familia o a los amigos a nuestro alrededor pero, si lo pensamos, no son más que el resultado de una lotería cósmica: nuestra familia es lo que es, no porque lo hayamos elegido (o al menos no que yo sepa; ahora mismo no me apetece entrar en teorías místicas que sostienen que elegimos nuestra vida antes de nacer. No porque no las respete, sino porque sería salirme demasiado del tema), sino porque es lo que nos ha tocado vivir. Si vivimos en el seno de una familia que nos quiere o no, eso no es decisión nuestra. Podemos hacer lo posible por reforzar esos lazos o abandonarlo todo y destruirlos... Pero si nos damos cuenta, no hemos tenido ni voz ni voto al respecto del hogar en que hemos nacido y ha sido más una cuestión de buena o mala suerte que otra cosa.
"Ha tenido suerte, señor. Ha nacido en una familia que le apoyará y le querrá en todo momento".
Con los amigos, la cosa es tres cuartos de lo mismo. Tal y como decía un anuncio de coches, los amigos te los vas encontrando por la vida, y la mayoría de una forma casi tan aleatoria como ha sucedido con tu familia: empiezas por gente con la que estudias (cuando eres pequeño vas al colegio que te dicen porque, total, tampoco tienes mucha capacidad para decidir en ese estado de tu vida); dependiendo de la clase en la que caigas, dónde te sientes en el aula y con quién decidas hablarte en un determinado momento y en qué términos lo hagas, esa persona se convertirá en amigo, en una cara más que acabarás olvidando en unos años, en un conocido o en el hijo de la gran puta que te pega empujones en el patio.
Pasan los años y la cosa es similar; en absoluto es un fenómeno pasajero de la infancia. La etapa de la adolescencia, a ese respecto, se parece mucho a una secuela de tu vida social previa. Los amigos que haces son gente que, básicamente, se encuentran en tu entorno cercano. Algo que es obvio, sí; tan obvio quizás como pensar que no tenemos en realidad tanta libertad para elegir (o para ser elegido por) quienes nos rodean.
"¡Pikachu, te elijo a ti!"
Llegas a la universidad y, oh sorpresa, ves que la cosa continúa siendo una secuela de lo que ya viviste en el instituto (lo que en terminología serial se suele llamar "continuidad") y ahí, a menos que pase algo, te das cuenta de que tu Universo personal ya mantiene unas ciertas pautas: te das cuenta de que, a menos que seas una persona peculiar, tiendes a atraer a un tipo de gente muy concreto, mientras que con otras no conectas o directamente les provocas rechazo (no necesariamente odio, sino que tal vez representas todo lo contrario que les atrae). Es ahí cuando sientes esa extraña sensación de control (la cual no deja de ser eso, nada más que una sensación), de que en tu entorno decides quién entra y quién sale, cuando es una verdad a medias. Decides quién sale, por supuesto... En el momento en que tienes diferencias con alguien, si no eres de esa clase de personas que ponen buena cara a cualquier putada que le hagan, o que no tienes reparo alguno en hacerte fotos con el cabronazo que se ha estado tirando a cuatro patas a la tía que te gusta y te lo ha restregado por la cara, lo normal es que cojas y los mandes a cagar.
Pero eso de decidir quién entra no es tan fácil. Para empezar, hasta que medio conoces a la gente nunca sabes si merecen o no la pena como para tenerlos cerca. En muchas ocasiones crees que merecen la pena y no es así; en otras es justo al contrario. Y todavía estamos obviando a todos aquellos, esa masa ingente de humanos con los que igual podríamos conectar, incluso podrían ser almas gemelas y cuya existencia ignoramos por completo, sencillamente porque no nos movemos en los mismos entornos, no estudiamos en los mismos sitios, no tenemos amigos comunes o simplemente vivimos en ciudades distintas.
Si eres una persona más romántica, puede que pienses que con la pareja es diferente. Podemos creer en el destino, en esa vieja leyenda clásica que dice que en alguna parte de este mundo se encuentra la otra mitad de nuestra alma y que, no importa lo lejos que esté, estamos destinados a encontrarla. Esa leyenda, que perdura desde la antigüedad hasta nuestros días, ha servido como armazón argumental para millares de novelas románticas, pelis del mismo corte y hasta telefilmes de mierda de Antena 3. Escenas preciosas de gente que, tras pegarse hora y media de peli o trescientas páginas de novela, se reencuentran en un sitio que tiene un sentido especial para ambos. Ahí suena la música, aparece el cartelito de "Fin" o cierras las páginas del libro.
La vida en hora y media o en unas pocas páginas de papel impreso.
Ficción.
Mentira.
Seamos sinceros. Nuestra vida jamás será esto.
Que oye, veo la portada... Y ni ganas.
Ya nos gustaría, pero la vida real no es así. Nuestra vida no acaba encontrando el amor verdadero; no suenan violines ni hay un Autor Omnisciente que nos pone al amor de nuestra vida delante de nuestras narices para que nos cojamos de la mano y nos digamos chorradas el uno al otro. Que estaría bien, no digo yo que no, pero siendo mínimamente realista (que no necesariamente pesimista) sabemos que no es así. El amor es bonito, pero no es la perfección absoluta. No es la respuesta a todos nuestros problemas. No es necesariamente conectar con el alma de nadie hasta un nivel que roza lo místico. No es "Contigo pan y cebolla", ni el "Amor vincit omnia" que leímos como lema en Los Cuentos de Canterbury. Estaría bien, insisto, pero no es así. No creo que sea así.
Obviamente, no me voy a poner a disertar sobre el amor, porque es un tema en el que ni me considero experto ni que me entusiasme precisamente. No tengo mucha intención de explicar lo que es, porque para mí que cada uno lo ve como ve otros conceptos medianamente metafísicos o filosóficos: es decir, cada uno lo ve como le da la real gana y cada uno lo define usando sus términos. Están los que creen en él a pie juntillas, los que tienen sus serias dudas (yo mismo podría incluirme en esa categoría, aunque con bastantes matices) y luego aquellos que piensan (y cito a Gaiman aquí) que no es más que una excusa que aquellos que están lo bastante solos y asustados usan para arrimarse unos a otros.
Lo que sí voy a decir es que tampoco creo que el destino sea quien nos pone a nuestra pareja delante. No en el sentido que plantea la leyenda; no creo que haya un Demiurgo o un Cupido que coja a dos personas, diga "Hey, estos dos están hechos el uno para el otro", los ponga a hacer el majara durante una temporada hasta que vean la luz y sean felices para siempre. No creo en el "Felices para siempre". Siempre me ha parecido una forma simplista de terminar las historias, que igual nos convence cuando somos críos, pero no en el momento en que echamos entendederas y nos damos cuenta de que (a menos que nos demuestren lo contrario cualquier día de estos) vivimos en un mundo real y no en uno de ficción.
A mí al menos no me ha llegado este todavía para decirme que vivo en Matrix...
Quizás el concepto de felicidad en sí es lo que me chirría de todo esto. Siempre he entendido la felicidad como una especie de estado de ataraxia, la culminación del bienestar absoluto. Algo por encima de lo material, lo mundano. Incluso por encima de lo sexual. La felicidad, desde que alguien me hablase por primera vez de ese concepto, me ha parecido algún tipo de estado de euforia espiritual, de plenitud máxima.
Somos humanos.
Somos criaturas presuntamente inteligentes, pero imperfectas. Yo diría que incluso inacabadas en según qué contextos. No creo que seamos capaces en la puta vida de aspirar a ese concepto tan elevado de felicidad, ya que no somos criaturas ni mucho menos tan elevadas como para percibirlo. Podemos, y eso es algo que respeto y entiendo, buscar esa felicidad. Algo así como el que busca el Santo Grial, y emprender nuestra vida en pos de esa búsqueda. Podemos buscar y buscar y morir diciendo que por lo menos lo intentamos en lugar de quedarnos en un rincón hechos un ovillo. Gracias a esa búsqueda podemos aspirar a tener vidas algo mejores que las que tenemos, incluso encontrar gente afín y relacionarnos con ella. Incluso llegar a intimar, casarnos y (si estamos lo bastante locos, viendo el mundo en que vivimos) perpetuar nuestro linaje y formar una familia.
"La familia es la familia. Así que dejaos de mierdas: follad y parid, y perpetuad vuestro legado por este mundo de asco".
Algunos podéis considerar que eso es felicidad, y si para vosotros lo es, yo no tengo nada que discutir... pero si me preguntáis mi opinión, bueno, yo no llamaría felicidad a eso por convicciones personales. Al fin y al cabo, en muchos, muchísimos casos, eso que os he planteado en el párrafo anterior no son más que convenciones. Ser feliz, casarte, formar una familia, en realidad es lo que nuestra sociedad espera que hagamos, quizás como mensaje subliminal y soterrado (probablemente inintencionado, herededado de nuestra época de las cavernas, donde la supervivencia dependía en buena medida de nuestra fertilidad) de que, pase lo que pase, debemos perpetuar la especie. Lo que se espera que hagamos para poder creer que nuestra vida es plena. Que ese (y no otro) es el camino para hallar la felicidad. Lo hemos visto, como digo, en pelis y libros, donde los protagonistas son felices en tanto se enamoran. Donde el clímax es una boda rodeada de los seres queridos, donde acaban teniendo hermosos hijos. Fotos de familia sonrientes como definición de felicidad.
O como intento de ella, al menos.
Este concepto, como he mencionado, me parece respetable y quien quiera creerlo... pues oye, me parece bien. Sin embargo, yo sigo planteándome que todo esto es la convención, y que no hace sino obviar lo que me planteo a lo largo de todo este artículo.
Vivimos estando solos. Otra cosa es que nos busquemos a gente que nos rodee.
La soledad es el precio a pagar por nuestra individualidad: tenemos una mente y, aunque tengamos puntos en común con espíritus afines, sigue siendo nuestra. Nuestros pensamientos están supeditados al interior de nuestro cerebro y de ahí no salen. Podemos pensar que la gente con la que conectamos piensa lo mismo que nosotros, pero en realidad piensa algo similar, no lo mismo. Sus neuronas no son las nuestras, sus procesos no son exactamente los nuestros. Puede estar de acuerdo con nosotros y sentir cosas similares, pero con matices. Con grados. No son nosotros.
Con nuestras percepciones pasa igual: yo puedo ver el color azul, pero eso no quiere decir que la persona con la que me siento más identificado en este mundo lo vea exactamente con el mismo matiz. Partiendo de este hecho, pasad a sentimientos y emociones, y os daréis cuenta de que no hay dos personas iguales. Y esa sensación de pluralidad e individualidad, de modo sutil, implica soledad.
"Lo veo todooo... en blanco y negooorooo... Eeeel vasooo... Acaba siendooo... amigooo mudoooo..."
Nacimos solos. Pensamos solos. Percibimos solos y sentimos solos.
En realidad, podemos ignorarlo, pero si la vida es un camino, lo recorremos solos. Nuestras experiencias son nuestras. Podemos vivirlas junto a otros, pero las asimilamos de un modo que solo nosotros, todos y cada uno, podemos asimilar. Nadie, absolutamente nadie, puede experimentar por nosotros, ni aprender por nosotros. Nadie puede (ni debe) pensar por nosotros, ni amar por nosotros. Nos guste o no, tenemos la bendición y la maldición de la soledad. Desde el mismo momento en que, desde la soledad, somos arrancados desde el útero materno, estamos obligados a recorrer un camino que nos llevará hasta el final. Y sí, ese final lo encontraremos solos. Rodeados de nuestros seres queridos, a lo mejor; o puede que nuestras decisiones (y las de otros) provoquen que lo hagamos tirados en un callejón sin nadie a nuestro alrededor. A grandes rasgos, no hay diferencia: al final, todos cruzamos esa línea en soledad, en un momento tan íntimo y solitario como lo fue nuestro nacimiento.
O bien puede que me equivoque y, efectivamente, seamos personajes ficticios. Que en el momento menos pensado, nos demos cuenta de que ese universo que creíamos real resulta no serlo. Que giremos la cabeza y descubramos, como decía el Bardo, que el mundo no es más que un escenario y nosotros meros actores.









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