Una amiga mía ha estado trabajando hasta hace poco como camarera en un bar que frecuento. Un día me contó una anécdota de las de flipar en colores: estaba ella sirviendo una mesa tan tranquila cuando oyó una conversación en la que una criatura de apenas veinte años hablaba con unos amigos.
—¿Y sigues viviendo con la vieja? —le preguntó uno de sus amigos.
—Sí, hasta que encuentre un sitio mejor —respondió ella.
—¿Pero cómo de vieja es?
—Que tenga veinticinco o veintiséis años.
Mi amiga, de precisamente esa edad, se quedó aluciflipando mandarinas, pomelos y probablemente toda la frutería de mi barrio entera. No le faltaba razón, todo hay que decirlo.
Igual esto es un caso extremo, no digo que no. Que hay gente que no sabe dónde tiene la cara es un hecho, lo que explica que nos encontremos casos de genialidades absolutas como este.
Sin embargo, esta meada fuera de los pies del tiesto refleja de forma tangencial una realidad social bastante curiosa, que algunos nos hemos ido encontrando, poco a poco y de forma sutil, en este mundo de asco que nos rodea:
Si pasas de los veinticinco ya se considera que entras en la madurez. Si pasas de los treinta, por lo visto eres un abuelo. A los treinta y cinco eres una puta momia. Un carcamal. Vamos, que estás a dos pasos de la tumba.
Aquí es donde podéis decir que exagero, queridos Distópicos, pero pensad en el caso si estáis en paro y estáis en esa franja de edad. Más concretamente si os habéis pasado tiempo formándoos (algo que te vienen exigiendo desde que acabas la secundaria) y estáis haciendo lo posible por incorporaros en el mercado laboral. Fijaos en el perfil que ofrecéis (entre veinticinco y treinta, sin experiencia previa, aunque con estudios).
Sois puta carne de cañón.
Solo mirad las ofertas de trabajo, donde el tema de que forméis parte de una franja de edad empieza a tornarse requisito indispensable, si no de forma explícita, sí de forma implícita: el perfil del contratado parece ser hoy en día un chavalín de apenas veinte años, con experiencia laboral a punta pala, formación, que tenga nivel bilingüe en al menos tres idiomas y probablemente que sea capaz de hacer y deshacer un nudo con la lengua (por eso de la habilidad practicando felaciones que dejen al personal con los ojos en blanco y los dedos de los pies hechos un ovillo).
La clásica mierda que no hay Dios que se trague (el perfil, no lo de la felación), y que por cojones tenemos que asumir, casi dando por hecho que una persona de treinta y cinco años es una especie de criatura decrépita al borde de la muerte que no va a tener tiempo de trabajar en condis para la empresa porque va a contraer cáncer de próstata, la van a operar de la fístula o se va a morir de viejo de un momento a otro. Como si los pobres humanos que YA están currando no tuviesen que comerse eso de una jubilación a los sesenta y siete (si es que no la suben más, claro). Eso, sumado al hecho de que la población envejece cada vez más y que el número de humanoides por debajo de los cuarenta o cincuenta cae en picado (y contando), hace que esta concepción no deje de ser un chiste, por no llamarlo absoluta gilipollez. Podrían estar dándose de hostias por gente que no llegue a ese límite marcado por el envejecimiento de la población, pero se hacen gallardas mentales con eso de la juventud pipiolesca, que queda como más bonito.
Juventud pipiolesca, descripción gráfica.
No os olvidéis de sonreír y vestir ropa para daltónicos, chicos.
Hay que ser un remedo de lo que sale en el puto Canal Disney, por lo visto.
La hipocresía más grande de todo esto viene cuando nos encontramos casos como el de El Pequeño Nicolás. No por el caso en sí, que ya tiene tela, sino por la reacción de la opinión pública, tratando a un tío de veinte años como si fuera un niño de unos once o doce, con comentarios del tipo "Ooooh, pero si es un niño". Por supuesto, podemos decir que el hecho de que un personaje así haya hecho (presuntamente) lo que ha hecho a esa edad es algo sorprendente; tanto como dar por hecho que una persona de veinte años es tontita, que no sabe hablar, relacionarse o moverse entre según qué gente.
A aquellos que pensáis así, os invito que nos traslademos mentalmente a la época de nuestros padres. Pongamos, si queréis, unos veinte, puede que treinta años atrás. Pensad qué es lo que había: en las circunstancias de lo que era la sociedad de nuestro país, teníamos tíos de veinticinco años llevando alegremente sus casas, siendo gerentes de oficinas, haciéndose cargo de su familia o directamente sacándola adelante. Han cambiado las circunstancias, pero no la genética. No da tiempo en apenas una generación para eso... Sin embargo, fijaos en cómo sí que hemos cambiado nuestra percepción: hoy en día, lo que era un señor hecho y derecho que tenía su casa sería tratado poco más que como un niñato en nuestros días. Partiendo de ese hecho, lo que hoy en día debería ser un adulto más o menos joven (el de unos treinta y tantos, ya que la esperanza de vida ha aumentado), se considera todavía más carcamal que hace treinta años.
Eusebio López, de treinta y dos años.
Esto me hace pensar que nuestra sociedad (la moderna, la de estos últimos años) cualquier día revienta de subnormal que es. Es esa misma sociedad que vende cremas antiedad anunciadas por modelos de apenas treinta años, o la que considera que cualquier cosa viva por debajo de los veinticinco es puto incapaz de valerse por sí misma. Incapaz de valerse por sí misma, pero a la que se le exigen una formación y unas características que no se exigían en otras etapas donde la inserción al mercado laboral se hacía de una forma diferente y bajo otras circunstancias. Hoy en día, el adulto joven (pongamos, entre veinte y cuarenta años) tiene que competir el doble o el triple que sus padres. Tener más formación: títulos universitarios (a ser posible, con un expedientazo), másters y cursos de todo tipo (siempre y cuando estos no caduquen, claro). Ser más competitivo. Poseer una experiencia laboral que, a este paso, va a tener que remontarse a la guardería (el mínimo está ya en dos años). Haber viajado al extranjero (como si eso automáticamente te volviera más capacitado para según qué tareas, como por arte de magia). Y todo ello entre la época universitaria (entre los dieciocho y los veintidós, año arriba año abajo) y la infranqueable barrera de los veinticinco-treinta años, a partir de la cual la inserción laboral y la búsqueda de un primer empleo se ponen al nivel de la búsqueda del puto Santo Grial. Eso o no comerte un puto mojón y pasarte unos pocos de años tomando la alternativa de las oposiciones, que a menudo se nos plantea como la salida a aquellos que no vamos a ser contratados en ningún otro sitio "Porque se nos ha pasado el arroz".
Tócate los cojones, que con treinta y tantos ya se nos ha pasado el arroz. A más de treinta años de la edad de jubilación, y ya se considera a la gente de esta franja de edad como laboralmente inviables.
Inviables o invisibles.
Otro señor en la franja negra.
No deja de ser gracioso cuando, en respuesta al consecuente nivelazo de paro en la franja de edad que he mencionado, el gobierno quiera incentivar la colocación de los jóvenes españoles... Por debajo, si mis datos no me fallan (por favor, corregidme si me equivoco), de los treinta años. Queda molón decir que sí, que un tío que sale de la carrera con veintidós o veinticuatro tacos lo tiene más fácil para colocarse ahora que nos gobierna quien nos gobierna. Que yo sigo sin saber cómo coño se hace eso en un margen de tiempo tan apurado, pidiendo másters (de dos años al menos), experiencia laboral (de uno o dos años al menos) y cursos (pongamos a curso o dos cursos por año), sin contar niveles tan cafres como C1 o C2 en idiomas (lo que son los más avanzados o directamente bilingües), que echas también lo tuyo en prepararte. Llamadme pesimista, pero a mí las cuentas no me salen. Que habrá algún crack que lo logre, pero yo diría que ese requisito está más pensado en la excepción que en la regla. Mal asunto en un sistema que se supone que quiere combatir el paro y en una sociedad donde la idea es (o debería ser) que cada uno viva de la forma más decente que le permitan sus condiciones. El que sea mejor, pues vale, en mejores condiciones, pero sin por ello excluir al que no lo es tanto y mandarlo a cagar a la vía. No confundamos competitividad con "todo o nada", ni usar la competitividad como excusa para provocar exclusión social.
"Vente para acá, figura, que te vamos a decir dónde echar tu solicitud de empleo"
Sin embargo, no tengo intención alguna de echarle toda la culpa al gobierno. Es decir, ideítas como esa me parecen del tebeo, y dejar tirado a un sector de la sociedad básicamente porque te sale de los cojones y porque lo que te importa es lo que queda de cara a la galería ya de por sí es una subnormalidad bastante grande. Pero si lo pensamos, es posible que refleje una concepción social. Algo que tenemos en nuestra cabeza medio insertado: en un mundo donde la imagen es cada vez más importante (hasta rozar lo enfermizo), tenemos la impresión de que cualquier cosa que no sea un veinteañero de buena percha está a punto de ser sondado por la punta del nabo para que le miren a ver si todo funciona bien por ahí abajo. Que una señorita de treinta y seis años es ya menopáusica (y si no puede tener hijos, para más de uno y más de dos, ya pierde su condición de mujer, porque por lo visto la misión de una mujer en esta vida es única y exclusivamente parir. Y la que no tenga intención de tener hijos por el motivo que sea, es una egoísta. Y la que no pueda, pues Yerma perdida). Por esa regla de tres, tenemos que aquí (fíjate tú) la experiencia laboral pasa a un segundo plano en función de la edad si tenemos a un señor que se ha quedado en paro a los cuarenta y tres y se tiene que poner a buscar trabajo. Ese señor, vosotros lo sabéis tan bien como yo, queridos Distópicos, lo tiene puto jodido: no importa que sea el mejor en su oficio, que sea un puto profesional. Que esté acostumbrado a trabajar como un león desde los dieciséis, levantándose a las seis de la mañana y que no pare hasta las ocho de la tarde. Todo eso importa una mierda en el momento en que el que le hace la entrevista de trabajo mira su fecha de nacimiento.
"Me he quedado sin papel. Anda, tráeme los curriculums de los tíos por encima de treinta"
Es por eso quizás por lo que cada día me doy más cuenta del terrible absurdo que es todo esto que nos está rodeando. En el momento en que una persona es rechazada por factores ajenos a su capacidad laboral (o incluso su experiencia, como en este último ejemplo), nos damos cuenta de que el factor de la meritocracia está ahí, pero a veces viene influido (o paliado) por concepciones sociales. Damos por hecho idioteces tan gordas como que una persona de, pongamos, treinta y siete o cuarenta, no es capaz de rendir como una de veinte... sin importar el trabajo en sí. Para trabajos que no suponen un desgaste físico tan grande (digamos, recepcionista en una oficina) eso no nos importa tanto como la presencia. Presencia por delante de profesionalidad: en definitiva, que se prefiere a un extra de Sensación de Vivir que no sepa ni dónde tiene la cara a alguien que, realmente, sí sepa cómo capear un trabajo de atención al público. Son factores así los que hacen que creemos estigmas, y no solo el gobierno: el tío que se niega a contratarte en su tienda por eso ya parte de ese prejuicio y te marca con el estigma, sin que tenga que venirle ningún funcionario gubernamental a decirle que por debajo de treinta no se puede coger a nadie.
Las épocas anteriores fueron distintas, sin duda. En etapas de nuesta historia, en que una criatura de unos trece años ya tenía a su cargo una casa, una familia y dos bueyes o en etapas en las que un joven de diecinueve años era considerado un "joven caballero" y ya se encargaba de los negocios familiares, o donde un señor de cincuenta era "venerable" (mayormente porque era raro sobrepasar los sesenta o setenta) me pregunto qué sucedería si la cultura del pasado echase un vistazo a nuestra cultura y viese nuestra forma de discurrir. Cómo tratamos a los jóvenes y cómo despreciamos a los que, pese a que siguen siendo jóvenes desde nuestro concepto biológico, desde el concepto social ya empiezan a ser vistos como cadáveres con patas.






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