lunes, 21 de octubre de 2013

Cuentos de la Sombra- Los regalos de la Oscuridad




En el albor de los tiempos, hubo tres hermanos, a los que el Universo les concedió varios dones.
Al mayor, de pelo castaño y semblante serio, le concedieron el don de la razón. En él residirían el equilibrio y la rectitud. Dictaría las leyes por las cuales se regirían los hombres y su reino sería la vasta tierra. Agricultores y ganaderos le rendirían homenaje, pues gracias a su Don, saldrían de las cavernas y tendrían el conocimiento necesario para inventar máquinas que harían su vida algo más sencilla.
El segundo hermano era un fornido varón de cabello dorado y recia barba. A él le fue concedido el don del sol y, con él, el calor. Por medio de aquel regalo del Universo, haría hervir la sangre de los hombres por medio de la pasión y la lujuria. Grandes fiestas se harían en su nombre, donde correría el vino y la diversión. Su nombre sería pronunciado como sinónimo de buena suerte, y su sonrisa, una bendición.
Al menor de los tres hermanos, una criatura con el pelo del mismo color que las alas de un cuervo y la piel del color del cielo antes del amanecer, solo se le concedió la oscuridad.



Durante mucho tiempo, el más joven de los tres hermanos no supo qué hacer con aquella bola de azabache, pues su interior se negaba a mostrarse a simple vista. Por tanto, se limitó a sentarse en su pequeño rincón del mundo a observarla, con intención de aprender para qué podía servir aquello. Entretanto, el mundo de los hombres se debatía entre la razón pura y la pasión desenfrenada. El frío contra el calor.
Ese debate, de vez en cuando, no tardaba en provocar conflictos: pese a que los dos hermanos mayores eran inseparables y jamás discutían, los hombres que poblaban la tierra se debatían entre ambos espíritus, discutían y luchaban. A veces, para pesar de éstos, incluso llegaban a la guerra. Por medio de la pasión inflamaban sus odios y, por medio de la razón, inventaban artefactos para dañarse.
Se avecinaba la Era del Caos.

El más joven de los tres no era ajeno a esto, pero se sentía impotente: al fin y al cabo, no entendía el don que había recibido y poco había que pudiese hacer. Esto sucedió así hasta que un buen día, se le ocurrió mirar en el interior de la bola negra que tenía entre las manos. Cuán grande fue su sorpresa al descubrir que la Oscuridad le devolvió la mirada y, tras haber visto en lo más profundo de su alma, le habló:

— Tienes buen corazón, muchacho. El mundo se está sumiendo en el Caos y quieres hacer algo para evitarlo; yo puedo ayudarte, pero me temo que es necesario un intercambio.
— ¿Un intercambio?
— Llámalo sacrificio, pues. Está escrito que la Oscuridad no puede darte nada a menos que reciba una compensación.

El hermano de piel azulada caviló durante unos instantes. Una compensación implicaba desprenderse de algo que tuviera tanta importancia como lo que estaba pidiendo.

— Te daré la mitad de mi sangre— respondió, por fin.

La Oscuridad se revolvió sobre sí misma y le otorgó la noche al mundo. Durante la mitad de un día entero, el poder del hermano mediano se vio mermado, y la mitad de los hombres se sintieron algo confusos. En la sorpresa, dejaron sus conflictos de lado por un tiempo y se dedicaron a contemplar las estrellas, intentando entender qué era todo aquello. Pero la raza de los hombres era de naturaleza inquieta y los problemas no tardaron en surgir de nuevo: tres noches hicieron falta para que surgieran los primeros hurtos, al amparo de las sombras.



Tres noches más hicieron falta para que el más joven de los tres hermanos se recuperase y preguntase a la Oscuridad de nuevo:

— Veo que los hombres no han agradecido mi regalo— dijo la Oscuridad, con tristeza— y me encantaría ayudar, pero estoy atada por la Ley Sagrada y no puedo ayudarte sin un sacrificio.

Él lo entendió y pensó qué podría darle.

— Te daré mis oídos— fue su respuesta, y la Oscuridad aceptó por segunda vez. Es por eso por lo que, desde entonces, se asocia el silencio a la noche.

Al ponerse el sol al día siguiente, los hombres sintieron una extraña sensación que los llevó a detenerse. Por aquí y por allá, se tumbaron donde pudieron y cerraron los ojos, abandonándose a una paz momentánea. Fue así como nació el sueño.
Durante el sueño, el hermano menor descubrió que las cosas empezaron a cambiar sustancialmente: los hombres se levantaban algo más relajados y algunos, para su sorpresa, empezaron a crear cosas que poco o nada tenían que ver con la razón. Gracias al sueño, nació el arte.

Pero la raza humana era fácilmente corruptible y usó el arte para ponerlo al servicio del odio: de esta manera, los hombres dibujaron símbolos con los que identificarse y diferenciarse de otros hombres. Surgieron clanes, élites e imperios, que se enfrentaron los unos a los otros. La música parió himnos ensordecedores y marchas militares, que rasgaron el aire. La sangre se convirtió en tinta y la carne en lienzo.

El más joven de los tres hermanos, débil y sordo, se volvió a dirigir a la Oscuridad en busca de respuestas. Ella, preocupada, le advirtió:

— Ya estás bastante herido por mi culpa. Por favor, no me pidas más dones. Será peor para ti.
Él negó con la cabeza. Debía solucionar aquello, ya que sus hermanos se veían incapaces de hacer nada; pero, por otra parte, la Oscuridad tenía razón: ya había llevado a cabo sacrificios bastante grandes y no había conseguido gran cosa. Fuese lo que fuese lo que iba a darle, debía pensárselo bien.
— Te daré mi corazón— dijo, mientras se hundía la mano entre sus costillas.
La Oscuridad concedió su tercer regalo con lágrimas en los ojos.



De este modo, la noche y el sueño dieron paso a la misericordia y el amor. Gracias a ellos, el período en el que el sol se ocultaba se convirtió en el reino de los amantes. La simple lujuria dio paso a un sentimiento más profundo y más íntimo y los hombres empezaron a pensar que el odio no debía ser lo único que sintieran. En sus sueños, la inspiración para sus obras de arte dio un giro y así nacieron las historias de amor, las baladas y la poesía. La razón dejó de ser lo único que movía las mentes de los seres humanos y muchos de ellos empezaron a verse impulsados por motivaciones diferentes: de entre todos aquellos que solo buscaban el reconocimiento por sus logros intelectuales o aplastar a los que pensaran diferente, surgió una nueva especie que quería cambiar las cosas. Ayudar a los necesitados. Ser, simplemente, mejores personas.
Por desgracia, el joven hermano solo tenía un corazón y para haber salvado al mundo debía haber sacrificado dos, por lo que esto solo se produjo en unos pocos hombres.

Ahora, su cuerpo yacía frío en su sala, delante de la Oscuridad, que lloraba desconsoladamente ante la pérdida de alguien a quien consideraba digno de su cariño. Sin embargo, ésta supo aprovechar aquel último sacrificio: al haber entregado su vida, ella otorgó el último regalo a los hombres. Un regalo que, con suerte, sería el único elemento que podría aportar algo de justicia en un mundo sumido por el Caos. Algo que pudiera ser afín a todo hombre, bueno o malo, joven o viejo, rico o pobre. Algo que aportase una paz duradera para todos, más allá de su pensamiento o creencia.
Fue así como la Oscuridad, intentando mantener la última voluntad de su único amigo, aportó equilibrio y orden.
Fue así como nació la Muerte.

No hay comentarios: