Sí, ya sé que este post, si nos fijamos en el título, debería ir incluido en la sección de "Tebeos en Vena". La cosa es que, pese a la evidente referencia, no voy a hablar de cómics en este artículo. No de forma directa.
Para aquellos no iniciados en eso de lo que son los Anillos Esmeralda, empezaré con una breve explicación: en los comics de Green Lantern se nos muestra a una especie de policía intergaláctica conocida como los Green Lantern Corps. Cada miembro de este cuerpo, cuenta con un Anillo de Poder, que les permite hacer prácticamente cualquier cosa que les permita la imaginación y el cual debe ser recargado por medio de una batería con forma de linterna cada 24 horas. Dicho Anillo se maneja de forma mental, dependiendo única y exclusivamente de la fuerza de voluntad del portador. Es éste quien elige a su portador, de entre todas las formas de vida del sector de la galaxia a proteger, precisamente en base a la fuerza de voluntad que este ostente.
En otras palabras, cuanto mayor es tu voluntad, menor es tu dificultad para poder manejar un Anillo Esmeralda.
Los Anillos de color verde no son los únicos en el Universo que nos muestra Green Lantern; con el paso de los años, se nos ha ido contando que el espectro emocional atiende a otros colores, también representados por otros Anillos de Poder: Los Índigo, que representarían la compasión; los Azules, la esperanza; los Magentas (también conocidos como Zafiros Estelares), el amor; los Naranjas, la avaricia; los Rojos, la ira o el odio.
Y luego están los Amarillos, los pricipales enemigos del Green Lantern Corps, que funcionan en base al miedo. Hasta aquí, la referencia de comics y todo cuanto necesitáis saber del tema, por el momento. Pasemos al meollo.
Colorines para simbolizar cosas que están en nuestro interior.
Simplón, pero suficiente para expresar aquello de lo que quiero hablar.
Si tengo que hacer balance de lo que es mi vida, creo que usar este Universo ficticio como referencia es más o menos acertado; podríamos decir que, de un modo metafórico, se ajusta bastante a lo que ha sido mi existencia a lo largo de unas cuantas décadas. Ya hemos hablado de esto alguna vez, si la memoria no me falla: desde mi vida más o menos "moderna" (la cual, como ya sabéis, suelo estipular desde 1995 en adelante, por razones estrictamente personales) siempre me he visto a mí mismo como alguien que se ha visto obligado a luchar contra el Caos, entendiéndose este concepto como el Desorden que amenaza tu vida de vez en cuando, poniéndola patas arriba. Lo Aleatorio, lo Imprevisto o Aquello que tienes que aceptar, te guste o no. Como persona tendiente al Orden, es una lucha que ha venido siendo bastante encarnizada: el mundo, hay que aceptarlo, tiende al Caos y no al Equilibrio. El mundo cambia y no nosotros, y eso, como he mencionado alguna vez, es lo que hace de nuestras vidas una lucha. A veces llevadera, a veces miserable, pero lucha al fin y al cabo. Luchas contra el mundo que te rodea porque sabes que tu naturaleza no te permite hacer otra cosa. Porque eso es lo que eres. Tomas lo poco que tienes, lo empleas como arma y soportas la embestida de un Gigante que tiene centenares de ojos, centenares de bocas, miles de brazos y toma innumerables formas.
Plantas los talones contra el suelo, adoptas la posición y resistes el embate como puedes. A veces resistes, a veces te dejas arrastrar durante un tiempo, para luego levantarte.
Tomad nota de esto último, por favor.
Tal vez caemos para aprender a levantarnos.
Esta es la guerra que algunos nos vemos obligados a llevar a cabo contra nuestro Universo personal. En cierto modo, es como si fuéramos peones de un juego cósmico y nos limitamos a cumplir con nuestro papel; de lo contrario, sentiríamos que estamos yendo contra corriente, traicionándonos a nosotros mismos y, en definitiva, haciendo de nuestra vida un absurdo. Algunos hemos nacido para cargar el escudo al hombro y mantener la lanza enhiesta para resistir el ataque de Aquello que nos embiste. No somos héroes, ni semidioses. Tal vez solo somos piezas de un engranaje mucho mayor, o simplemente es nuestra naturaleza. La verdad es que no lo sé.
Pero, si somos lo bastante introspectivos... Si analizamos nuestros pensamientos, nuestros sentimientos o el curso de acción que hemos llevado a lo largo de nuestra vida, nos damos cuenta de que se lleva librando otra guerra en nuestro interior durante mucho, mucho tiempo. Esta vez no consiste en enfrentarse al Caos, ni a lo Imprevisible. Esta guerra, secreta y profunda, tiene nuestro propio fuero interno como campo de batalla. Nuestra propia alma, si sentís alguna inclinación por lo espiritual y este concepto no os causa aversión.
Es la guerra contra el Miedo, tal y como he explicado arriba en mi metáfora.
Aceptémoslo de una vez: somos humanos y tenemos miedo. Dicho miedo puede tomar mil formas, encarnarse bajo un aluvión de ideas. Podemos creer tenerlo superado y, en el momento menos esperado (o indicado) surgir y apretarnos el pecho hasta hacer que perdamos el color en la cara. El miedo está ahí, agazapado en algún rincón de nuestro yo más recóndito, esperando para salir a la luz. Para recordarnos que no hemos sido engendrados por un Dios en el vientre de una mortal. Para dejarnos bien claro que somos humanos, falibles y débiles. A veces, dicho miedo puede ser necesario, ya que pone de manifiesto nuestro instinto de conservación; otras, es la manifestación más clara de nuestro yo irracional. El Miedo (voy a personalizarlo, así que permitidme las mayúsculas), si lo escuchamos, puede ser el más terrible de los consejeros: nos vuelve pusilánimes, hipocondríacos; saca todas nuestras inseguridades y complejos a la superficie y nos los restriega por la cara. Nos muestra el peor reflejo de nosotros mismos y nosotros, en respuesta, solo somos capaces de asentir, siempre que decidamos escucharlo. O siempre que creamos que debemos escucharlo. A veces es que no podemos evitarlo.
Visualizad vuestro Miedo como este mamón y ya tenéis la idea.
Suele decirse que la gente valiente no tiene miedo. Permitidme que discrepe: en mi modesta opinión, tiendo a creer que absolutamente todo ser vivo con un sistema nervioso medianamente desarrollado tiene miedo a algo. Ese algo puede ser vago, tal vez no más que un concepto abstracto; en ocasiones, puede personificarse y resultar que tenemos miedo a una persona concreta, o a lo que esa persona representa para nosotros. Muchas caras, muchos nombres, pero es una idea subyacente que se muestra como factor común a todas esas encarnaciones.
Quizás el mayor miedo, o el miedo que los engloba a casi todos, es el miedo a la Incertidumbre. Temer a algo que desconocemos es la forma más común y primaria de todos los miedos, desde mi punto de vista: se encontraría tras el clásico miedo a la muerte (el cual también es responsable de muchas formas de miedo y de ese instinto de autoconservación que he mencionado arriba) o el miedo a no saber qué acontecerá en tal o cual situación. Es el terror a la falta de seguridad, de estabilidad. Si lo proyectamos hacia nuestro Universo personal, podríamos hablar incluso de ese miedo al Caos.
¿Qué es el valor, entonces?
El valor, desde mi punto de vista, consiste no en carecer de miedo, sino en asumirlo. Hace falta mucho valor dentro de ti para admitir que algo te aterra. Para admitir que eres humano y que hay cosas que están por encima de la capacidad de tu raciocinio; que hay cosas que pueden hacer que la sangre se te hiele y se te acelere el pulso de mala manera. El valor lo tienen aquellos que aceptan su miedo y, muy especialmente, buscan el modo de afrontarlo. De un modo muy parecido a como explicaba Dante en su Divina Comedia, para salir del Infierno antes debes atravesarlo por completo hasta llegar a su mismo corazón. Plantead por un momento vuestros terrores más profundos como vuestro Infierno personal y creo que os haréis una idea bastante clara de lo que quiero decir.
Quizás, por tanto, la diferencia entre un valiente y un cobarde consiste, en resumidas cuentas en que el primero busca vencer a su miedo, mientras que el segundo encuentra mucho más cómodo hacerse un ovillo en un rincón y esperar que alguien le saque las castañas del fuego. Los valientes jamás pierden del todo el miedo, pero hacen todo lo posible por vivir con él y, si tienen suficiente suerte, superarlo.
Con lo que se tenga a mano, por poco que sea.
Es ahí donde entra el concepto de la fuerza de la voluntad. Para hacer frente a ese terror, para sobrevivir en tu propio Infierno personal sin un Virgilio que te diga qué camino debes escoger, lo único que tenemos es la voluntad. Es esa fuerza dentro de nosotros que, aunque no logre hacernos pensar de un modo racional en mitad de un ataque de miedo (creedme, esto lo he vivido de forma personal y os digo que, en medio de una crisis, ni pensamiento racional, ni positivo ni leches en vinagre), lo único que nos muestra, si decidimos hacerle caso, es un deseo. El deseo ardiente de salir adelante. De sobrevivir. De levantarnos cuando creemos que todo ha terminado para nosotros y que ya no podemos hacer nada para seguir peleando en esta guerra.
La Fuerza de Voluntad no tiene una voz tan intensa como la del Miedo. Su tono, la mitad de las veces, es apenas un susurro leve, mucho menos adictivo que la de su opuesto. Es complicado oírla, puesto que el Miedo forma parte de nuestro yo más primario y se expresa en un lenguaje basado en el instinto, en aquello que podemos sentir por encima de aquello en lo que podemos pensar. La Fuerza de la Voluntad, en este duelo, es apenas audible.
Pero no por ello inexistente.
A veces esa voz solo te va a decir una cosa:
"Levántate".
La Fuerza de la Voluntad, por silencioso que sea su discurso, no nos quitará el Miedo. No nos hará invencibles, ni inmortales. Lo que sí hará será darnos la oportunidad de encarar a la Bestia, mirarla a los ojos y, con la suficiente dosis, lograr apuñalarla en pleno corazón. Esta es una prueba ardua y, creedme, difícil. Muy difícil. ¿Cuántos de vosotros os habéis dejado vencer por vosotros mismos? ¿Cuántos de vosotros os habéis dado la espalda a vosotros mismos? ¿Cuántas veces habéis escuchado a esas voces dentro de vuestras cabezas que os dicen "No"? ¿Que os susurran regodeándose en vuestras debilidades o vuestras inseguridades?
Es una guerra muy dura la que se libra dentro de nosotros mismos, lo sé. Es una guerra que, lamento tener que decíroslo, jamás tendrá fin. Podréis afrontar el Caos durante un tiempo, pero no de por vida; tarde o temprano, tomará una nueva forma y os atacará de nuevo, cuando menos lo esperéis, o cuando tengáis la guardia baja. En vuestro fuero interno, el Miedo atacará vuestra alma cuando creáis que habéis superado ciertas cosas, cuando creéis que habéis cerrado según qué heridas. Recordadlo: las heridas no cierran jamás; tan solo aprendéis a vivir con ellas. Y si se lo permitís,el Miedo se encargará de echar sal sobre ellas y os convertirá en las personas débiles que creíais que ya no erais.
Y ahí estaréis, tirados en el suelo hasta que logréis escuchar esa voz.
No lo digo con condescendencia: insisto en que es una prueba muy, muy dura.
Sí, es una guerra dura, pero no quiere decir que esté perdida. Tenéis (tenemos) ese arma que es la Voluntad en vuestro interior. Tal vez ésta no os permitirá ganar la partida (ojalá), pero sí os permitirá poneros en pie, plantar los talones en el suelo, alzar vuestros escudos y preparar la lanza para la siguiente embestida.
Pero recordadlo: la Fuerza de Voluntad es solo vuestra. Al igual que esos Anillos Esmeralda, nadie puede usarla por vosotros. Nadie va a estar (ni debe estar) en vuestro puesto de combate. La Voz de la Voluntad os hablará a vosotros y solo a vosotros, y es de vosotros de quien depende escucharla. Puede que al final el Caos se apodere de vuestras vidas; puede que haya cosas más allá de vuestra potestad que hagan que todo se os vaya de las manos. Puede que el tren de las consecuencias os arrolle y os dejéis llevar por un destino que no desearíais ni a vuestro peor enemigo. Es posible que haya cosas que jamás podáis evitar. La Voluntad estará ahí, no para arreglaros la vida, pero sí para daros el poder para vivirla.







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