Lo he oído una, mil veces.
He sido sometido a juicio, analizado, tasado y evaluado.
Declarado digno, declarado indigno. Héroe, maestro, discípulo inocente y traidor.
He escuchado cómo a mi alrededor los demás se permiten el lujo de opinar sobre mi vida y decirme qué debo hacer con ella; a casi nadie he oído preguntarme qué es lo que quiero. He escuchado en silencio, prestando mis oídos y raramente mis labios.
Opiniones, recomendaciones, órdenes.
Palabras, palabras, palabras.
He vivido cómo algunos han dicho admirarme, y luego he visto la decepción en sus ojos.
Porque no soy lo que pensáis.
Habéis tomado mis palabras como la Verdad. Habéis visto sabiduría en mí. Habéis confiado ciegamente en mi criterio, en lugar de pensar que no lo sé todo. Que soy humano y que puedo equivocarme.
Ese estribillo que suena en mis oídos, una y otra vez.
Esa imagen, donde parezco sabio, seguro de mí mismo, inteligente y fuerte.
Fuerte, yo.
Casi me dan ganas de reírme hasta no poder más.
Me habéis considerado una persona fuerte, incluso valiente. Habéis creído que puedo resistirlo todo, que mi voluntad no conoce límites. Que no hay situación ante la que no me rinda, que absolutamente nada en este mundo me hace daño. Que no hay mañana en que no me levante solo por inercia, aburrido del mundo que me rodea.
Qué poco me conocéis, queridos míos.
Si a estas alturas seguís pensando que siempre salgo triunfal de cualquier cosa a la que me enfrente, sin corte, magulladura o rasguño, queda claro que no soy lo que pensáis. Que nunca me habéis visto guardar silencio porque no me queda nada que decir; cuando he recibido golpes tan fuertes que me he quedado sin réplicas ingeniosas... o tal vez no han sido fuertes en absoluto, pero me pillan en un mal momento y hacen que yo solito me venga abajo. Cuando mi sarcasmo se acalla y lo único que queda alguien que se repliega sobre sí mismo y no quiere que le toquen, ni que le hablen, ni que le miren siquiera.
Muchos de vosotros habéis pensado que siempre estoy dispuesto a entrar en batalla, encarando la adversidad con una sonrisa socarrona, o con las palabras más acertadas. Algunos incluso habéis creído que tengo la respuesta a todo, que pase lo que pase, siempre sé cómo escapar airoso de cualquier situación.
Hay quien me ha considerado invencible, sin pensar en algo tan simple como que no soy diferente a vosotros. No soy lo que pensáis: si me pincháis, sangro.
Hay quien ha pensado que vivo en una constante guerra con el mundo, que estoy lleno de ira, o tal vez odio. Que desprecio todo aquello que no tiene que ver conmigo o con mi punto de vista. Me habéis visto como arrogante o soberbio. Nunca os habéis preguntado si eso que creéis que es ira no es más que amargura o una sensación de desesperanza. Si, cuando hablo con firmeza es porque hablo en una de esas pocas ocasiones en que me siento seguro. El resto de casos, si quisierais fijaros, ni siquiera abro la boca.
Nunca habéis pensado que a veces me pueda sentir triste. Que no siempre esté de humor, o que si parezco estarlo, no sea más que una fachada para negarme a mostrarme cómo estoy por dentro aquellos días que no me encuentro bien. Que, de vez en cuando, esté tan cansado de según qué situaciones en mi vida que me gustaría desaparecer sin apenas dejar rastro durante unos días y no hablar con nadie. Estar tranquilo en alguna parte donde pueda descansar del mundo que me rodea. Limpiar mi mente y recargar mis fuerzas.
Hay quien ha pensado que vivo en una constante guerra con el mundo, que estoy lleno de ira, o tal vez odio. Que desprecio todo aquello que no tiene que ver conmigo o con mi punto de vista. Me habéis visto como arrogante o soberbio. Nunca os habéis preguntado si eso que creéis que es ira no es más que amargura o una sensación de desesperanza. Si, cuando hablo con firmeza es porque hablo en una de esas pocas ocasiones en que me siento seguro. El resto de casos, si quisierais fijaros, ni siquiera abro la boca.
Nunca habéis pensado que a veces me pueda sentir triste. Que no siempre esté de humor, o que si parezco estarlo, no sea más que una fachada para negarme a mostrarme cómo estoy por dentro aquellos días que no me encuentro bien. Que, de vez en cuando, esté tan cansado de según qué situaciones en mi vida que me gustaría desaparecer sin apenas dejar rastro durante unos días y no hablar con nadie. Estar tranquilo en alguna parte donde pueda descansar del mundo que me rodea. Limpiar mi mente y recargar mis fuerzas.
Solo lucho por hacer las cosas lo mejor que sé, o lo mejor que puedo, pero eso no quiere decir que lo consiga. Fallo, tanto o más que vosotros, y cada uno de mis errores, creedme, cuenta para mí como un fracaso que raramente me perdono. El mal que ocasiono prevalece; el bien, quedará enterrado con mis huesos. Vivir conmigo y con esa sensación de que, haga lo que haga, nunca es lo bastante bueno, es duro; quizás no más duro que para el resto vivir consigo mismo, pero tampoco es un camino de rosas.
Vivo, pues, entre un intenso deseo de hacer mi entorno un lugar mejor y la constante frustración que supone no conseguirlo, o conseguirlo tan solo a medias. Hay quien piensa que soy capaz de conseguir cualquier cosa que me proponga, pero no es cierto: mis fracasos suelen superar siempre en aplastante número a mis victorias. No es de extrañar, por tanto, que me suela sentir torpe y patoso. Que abra la boca y sienta que estoy metiendo la pata constantemente, pese a mis buenas intenciones. Que sí, que sé que tengo virtudes, pero acaban quedando empañadas entre todas las cosas que se supone que debería ser, las que debería hacer o lograr, y que no consigo por más que lo intente.
Creéis que lucho movido por la esperanza, pero no soy lo que pensáis. A menudo, lucho desde una profunda inercia, simplemente porque no sé hacer otra cosa. En el resto de ocasiones, lucho por aquello que creo, solo para ser crucificado una y otra vez. No soy digno ni de envidia ni de admiración. Tampoco creo que sea digno de lástima.
Hablando claro, no sé de lo que soy digno.
Me he caído y me he vuelto a levantar una y otra vez, coleccionando heridas de todo tipo. Si fueran físicas, mi piel se parecería bastante a un mapa ajado, cosido y recosido. Cada una de esas heridas está ahí y no la he olvidado; cada una de ella forma parte de lo que he sido, de lo que soy y de lo que seguiré siendo. No siempre las viejas heridas me hacen más fuerte; todo lo contrario, con más frecuencia de la que me gustaría admitir, tienden a reabrirse. A sangrar. A torturarme.
La mayoría de vosotros no ve mi lado oscuro. El de una persona solitaria que tiende a analizar cada segundo de su existencia, juzgándose con dureza a sí mismo. Que se declara a sí misma culpable de cosas que todo el mundo olvida. Hay una parte de mí que no dejo que vea ninguno de vosotros; un rostro diferente, que solo yo conozco y con el que intento aprender a vivir cada día. Un rostro con el que hablo, discuto y me reconcilio. Un rostro que, en esencia, es mío.
La mayoría de vosotros solo ve de mí el lado burlón, el cínico. El irreverente o el vehemente. Casi todos se quedan en la fachada o, peor aún, a las puertas de lo que realmente soy. El papel de bufón, una de tantas armaduras que he vestido a lo largo de mi vida, y que yo mismo me he autoimpuesto para protegerme de un mundo que no entiendo. Que no me gusta, y en el que cada día más siento que encajo menos. Habéis pensado que mi conocimiento puede abarcar cualquier cosa, o que soy un teórico de la vida. Que sé cómo funciona todo; que puedo solucionarlo todo; que lo sé todo sobre las personas.
No soy fuerte, ni valiente.
No soy ni sabio ni inteligente.
No siempre soy un cínico,
y mi sonrisa a menudo no es más que una máscara.
Se me puede hacer daño, y mucho.
Con frecuencia, quien más daño me hace soy yo mismo.
No soy una guía, ni un referente. Ni gurú ni maestro.
No puedo deciros cómo vivir, porque eso no lo sé ni yo mismo.
La mayor parte de las veces creo no ser nadie. Nadie especial, al menos.
Casi siempre creo tener razón en esto último.
Pero lo que sí es cierto es que no:
No soy lo que pensáis.

No hay comentarios:
Publicar un comentario