Cuando sobrevienen etapas de crisis y te ves en la necesidad de optar por la vía del exilio, tienen lugar ciertos pasos o estadios por los que acabas pasando. Una vez superado el estadio de enfriarte y dejar atrás sentimientos poco productivos como la culpabilidad, la impotencia para actuar o la frustración, pasas a buscar el modo de limpiarte emocionalmente. Y una vez te pones en marcha, lo siguiente que toca es la purga.
Purgarte no consiste necesariamente en coger y eliminar de tu alrededor todo aquello que no te gusta o no casa con tu forma de ver las cosas. No siempre, al menos. A veces, es una forma de organizar tus pensamientos, o incluso tus percepciones. Cómo vemos nuestro entorno, y cómo debemos verlo. Implica también, y esto es bastante más duro, aceptar.
Aceptar el lugar de aquellos de los que hemos dependido emocionalmente y, en última instancia, aceptar que debemos dejarlos marchar. Que ciertas situaciones, ciertos contextos, ciertas relaciones ya no tienen tanta razón de ser; que fueron necesarias en su momento, pero el universo evoluciona y debemos adaptarnos a esos cambios.
Evolución. Podría decirse que esa es una de las claves.
Es un concepto muy duro, porque somos seres de costumbres y el universo a nuestro alrededor evoluciona muchísimo más rápido de lo que lo hacemos nosotros: no terminamos de adaptarnos a un cambio cuando tenemos que hacer frente a dos o tres más de golpe. Cuando queremos darnos cuenta, estamos en un rincón, preguntándonos qué narices ha pasado y cómo hemos llegado a esto.
Supongo que preguntárselo no tiene sentido, pero al ser humanos, lo normal es que nos hagamos preguntas de difícil respuesta... o preguntas que realmente no tienen respuesta. Sea como sea, lo cierto es que nos vemos obligados a eso, a tener que asimilar, aceptar, cambiar (en lo que se pueda) y seguir adelante.
No es solo un proceso biológico o fisiológico. También es un proceso personal.
Algunos acaban creciendo y otros lo intentamos...
La evolución, por tanto, viene tanto desde el exterior como desde el interior: el entorno nos obliga a cambiar, pero somos nosotros los que debemos hacerlo. Cerrar según qué capítulos y pasar al siguiente nivel.
No deja de ser irónico, considerando que en muchos aspectos parece que nuestra existencia se mueve en base a ciclos: ya he hablado otras veces de estas etapas de calma que tienen lugar entre etapas de conflicto. Una etapa de crisis acaba desembocando en una etapa de resaca, donde básicamente nos dedicamos a recoger los pedazos de la batalla anterior. Mi existencia, al menos, es así; esta etapa de crisis no es la primera que he vivido y, si echo la vista atrás, siempre acabo viendo patrones. Una especie de círculo del que es complicado salir... a menos que lo atravieses hasta su mismo corazón, dejes parte de ti en él y salgas de él transformado en otra cosa, hasta que llegue el momento propicio y tengas que verte envuelto en otra fase crítica, lo quieras o no. No importa que huyas, que lo evites o que finjas que la cosa no va contigo: tarde o temprano, acabas siendo tragado por el remolino y te va a tocar nadar.
A veces pienso que las situaciones son tan similares que cambian los nombres, los rostros... y poco más. Se añaden nuevos elementos a la trama y otros parecen haber caído en desuso, pero el motor argumental siempre parece ser el mismo: auge y caída. Y, durante esa caída, culpa, dolor y una dolorosa transformación... para acabar en una etapa de soledad, que servirá para renovar según qué ideas, según qué concepciones, según qué pensamientos o sentimientos.
Diga lo que diga mucha gente, a veces hace falta.
Pero volvamos al concepto de la purga.
En cierto sentido, supongo que siempre estuvo ahí, pero no fue hasta hace unos años que alguien me habló de él durante una etapa de post-crisis. No de las graves, pero sí tras un conflicto que levantó cierta polvareda. No le dio ese nombre, pero la raíz era esa: se venía a referir, hablando de un modo muy libre, a que cuando una persona deja de ser lo que solía ser... o cuando resulta no ser como creíamos, puede ser normal que nos cabreemos con ella o que nos sintamos decepcionados. Sí, es algo natural... pero, poco a poco, lo más sensato es "reubicarla".
Es algo tan sencillo como complicado al mismo tiempo: reubicas a una persona cuando aceptas que esa persona no es como creías, o que ha dejado de ser quien era. Dejas de tenerla tan presente y, por supuesto, acabas por dejar de verla como la veías. Tu estima hacia ella ha cambiado. No consiste tanto en coger y odiarla de por vida, sino darte cuenta de que esa persona ya no forma parte de tu vida. No de la manera en que solía. No tan importante. Hablando de un modo metafórico, es como aceptar la muerte de la persona que solía ser y tomar un camino separado de la persona que es ahora.
Es algo contradictorio: no suelo creer que la gente cambie. No en lo importante. Una persona, suelo decir, no deja de ser quien era para convertirse en otra a menos que le pase algo gordísimo. Y quizás sea cierto, pero sí es posible que cambien las percepciones y las situaciones. Que ambas personas tengamos un ritmo de evolución diferente y que nos adaptemos a las cosas de un modo diferente. Que las relaciones se enfríen y, donde hubiera risas y confianza, ahora solo quede... bueno, lo que quede, pero apenas una sombra de lo que fue.
No me hagáis mucho caso en esto. Todavía ando reordenando mis pensamientos y mis creencias al respecto y aquí estoy, intentando amueblarlo todo.
Yeah.
No obstante, sí hay cosas que tengo claras. Por ejemplo, en lo doloroso que supone el hecho de aceptar. Aceptar que las cosas ya no son como eran y que, por mucho que nos gustase la idea, no volverán a serlo. Que se ha cerrado una etapa y que lo conveniente es devolver las piezas al tablero, para iniciar una nueva partida en alguna otra parte. El telón ha caído y tú debes ponerte en marcha hacia tu próximo escenario, en el que desempeñarás el papel que tengas que desempeñar. Harás lo que te toque, de la mejor de las maneras y, bueno... posiblemente será otro ciclo de auge y caída.
También es doloroso el hecho de que purgarte supone romper con muchas cosas. Es algo así como romper unas cadenas que tú mismo te has impuesto y con las que, en cierto modo, vivías acostumbrado. Para unos seres tan rutinarios como nosotros, tener que hacer algo así es una auténtica tortura, ya que implica superar según qué hábitos, según qué dependencias. Porque sí, es muy fácil depender emocionalmente de otros, idealizar a ciertas personas. Cuando queremos darnos cuenta, en según qué casos, no solo no las vemos objetivamente, con sus luces y sus sombras, sino que negamos estas últimas. En otros casos, menos frecuentes pero más dañinos, tendemos a justificarlas cuando nos hacen daño y nos acabamos viendo envueltos en relaciones que acaban martirizándonos. Como si pensáramos que nos lo merecemos, que no somos dignos. Nos escupen a la cara, o incluso llegan a humillarnos y, antes de que nos demos cuenta, lo hemos normalizado. Todo nuestro entorno lo ha normalizado. Y, por supuesto, sufrimos sin saber por qué realmente.
Que esto se ve de fuera y parece una tontería, pero...
¿Cuántas veces nos hemos sentido dependientes de alguna persona? O si no, de la persona, del sentimiento que nos produce. De su opinión, de su criterio...
No siempre es una cuestión de autoestima, sino de valorar a otros hasta cruzar según qué límites...
Superar esa clase de dependencias implica dejar ir a gente que en su momento fue crucial para nosotros. No hablo ni de romper relaciones con ellas ni de entrar en discusiones insalvables. Eso sucede en la primera fase, de estallido, cuando las emociones más básicas (tales como el miedo, la incomprensión o la rabia) están a flor de piel. A veces las cosas se enfrían, sí... pero cuando ciertas situaciones, ciertas relaciones se han normalizado... la tendencia es a una calma helada. Y de ahí, a aceptar que los caminos deben correr en direcciones distintas. Opuestas, incluso. Sin rencores, sin discusiones. Tú por un lado, y tu actual entorno por otro.
Todo esto implica también la aceptación de que todo, tal y como me enseñó alguien a quien empecé a conocer mejor no hace mucho, es temporal. Eso incluye, por supuesto, relaciones del tipo que sean. Pensándolo de una forma amplia, todo acaba secándose. De un modo u otro, todos se acaban marchando y al final, los únicos que quedamos somos nosotros. Aceptar esto implica la espantosa tarea de aprender a desprendernos de todo para continuar nuestro camino. A no tener más apego del necesario a según qué cosas. A según qué personas. No porque sean el demonio, ni mucho menos; simplemente, cada uno de nosotros evoluciona a un ritmo diferente y, llegado el momento, acabamos lastrándonos los unos a los otros.
En según qué casos, es un lastre enorme que nos impide movernos siquiera...
Supongo que es el punto al que estoy desembocando a lo largo de esta etapa de exilio, tras... ¿Cuánto? ¿Año y medio? ¿Dos años? ¿Tal vez más? Ha sido una temporada cargada de altibajos emocionales, en la que se han dicho demasiadas cosas. Se han hecho demasiadas cosas. Se ha derramado demasiada sangre. Demasiados enfrentamientos, demasiados secretos. Al final, todo ha quedado cubierto por una capa de hielo y polvo. Las cosas, hay que aceptarlo, han dejado de ser como fueran en su momento y no podemos retenerlas. La nostalgia no puede cegarnos ante la realidad que tenemos ante los ojos.
Dos años, o así. Es mucho tiempo, considerando el progresivo desgaste emocional. El último año, en particular, ha sido bastante duro y he llegado al punto de manifestar mi deseo de exiliarme no una, sino decenas de veces. La percepción de eso, me atrevo a decir, ha sido por lo general la de amenaza vacía, pero nada más lejos de la realidad. Una cosa es que manifiestes un deseo y otra cosa que cuentes con las fuerzas para hacerlo. Yo no las tuve en todo ese tiempo, y hasta que no pasaron ciertas cosas, hasta que no se trazaron ciertas líneas que nunca debieron trazarse, no me sentía con la disposición de dar el paso que tanto necesitaba. Hasta entonces, lo que había estado viviendo era lo que ya he contado en otras ocasiones: sentir que sobraba en según qué contextos; verme cuestionado ante cada decisión o cada palabra que tomaba, como si nada de lo que hiciera o dijera contase con el más mínimo voto de confianza; tener que andar disculpándome siempre por todo, aunque no hubiera originado yo el conflicto; ser el blanco de las iras de aquellos que tenían otros problemas y preferían cargar contra mí en lugar de solventarlos; verme juzgado una y otra vez. Sentirme, en reducidas cuentas, como el elemento Omega de una comunidad gregaria.
Y aun así, no era capaz de verlo.
Esto es algo bastante humano, por estúpido que pueda parecer desde fuera:
¿A cuánta gente no hemos justificado una y otra vez, pese al daño que nos han hecho?
¿A cuántos hemos perdonado cosas imperdonables sin que se hayan disculpado?
¿Con cuántos hemos hecho borrón y cuenta nueva porque creíamos que era lo correcto? ¿Porque nos importaban?
Pese a mis advertencias, puede que no me hiciese entender (a veces me pasa, aun dedicándome a lo que me dedico, lo que me hace sentir como alguien bastante falible y que todavía necesita mucho trabajo), o puede que no se me terminase de tomar en serio cuando hablaba. No lo sé, pero lo cierto era que a menudo hablaba sobre cómo me sentía y la reacción más habitual era condescendiente: que simplemente estaba teniendo una rabieta, que ya se me pasaría y demás. Como si no se tratase de algo serio.
La cuestión es que no se me pasó: la sensación de sobrar fue a más. Y en cuanto a lo de tener una rabieta... yo no soy el que ha pagado sus problemas con otros. Cualquiera que me conoce un mínimo, o se molesta en conocerme, sabe que sé focalizar sin problemas lo que creo (o quien creo) que es la causa de un problema sin pagarlo con nadie más. Yo no he sido el que ha levantado la voz a nadie, ni el que ha decidido por otros. Yo no he sido el que ha mandado callar a nadie. Si he sido alguien, he sido el que ha tenido que soportar estoicamente cómo a mí si me hacían todo eso y, cuando no podía más, he llegado a levantar la mano y decir "Oye, esto no me parece bien"... para volver a sentirme fatal por hacerlo. Porque al final, todo quedaba como mi única responsabilidad. Todo quedaba como que a mí se me puede hablar como sea, se me puede tratar como sea, que ni siquiera cuento con el derecho de que me sienten mal. Y sí, me he enfadado, pues claro: pero a ver quién no se enfada cuando tiene la sensación de que no pinta gran cosa en su entorno.
Me callaba y se me decía que tenía que decir las cosas.
Las decía y se consideraba que lo que decía era inapropiado.
La sensación constante de que, hiciera lo que hiciera, dijera lo que dijera, era una completa metedura de pata. De ser yo el único que cometía errores y, de paso, ser estos tan graves que era imperativo saberme hacer que había fracasado en alguna cosa cada dos por tres. Comerme, de paso, situaciones muy violentas e incómodas. Desplantes, discusiones. Desavenencias en las que acababa siempre sintiéndome muy mal y pidiendo disculpas, aunque la mayor parte de las veces ni siquiera sabía qué era eso tan horrible que había hecho... porque ni siquiera se me decía de manera abierta. Era yo quien tenía que adivinarlo.
Me callaba y se me decía que tenía que decir las cosas.
Las decía y se consideraba que lo que decía era inapropiado.
La sensación constante de que, hiciera lo que hiciera, dijera lo que dijera, era una completa metedura de pata. De ser yo el único que cometía errores y, de paso, ser estos tan graves que era imperativo saberme hacer que había fracasado en alguna cosa cada dos por tres. Comerme, de paso, situaciones muy violentas e incómodas. Desplantes, discusiones. Desavenencias en las que acababa siempre sintiéndome muy mal y pidiendo disculpas, aunque la mayor parte de las veces ni siquiera sabía qué era eso tan horrible que había hecho... porque ni siquiera se me decía de manera abierta. Era yo quien tenía que adivinarlo.
"¡No tienes derecho a decir ni media!"
Como antaño, se repiten patrones: patrones como el de encontrar elementos que parecen tener dispensado todo cuanto hagan, o que gozan con un privilegio de confianza que conmigo no se han ganado. De sentirme un poco en la disposición de tener que soportar según qué contextos, o de tener que hacer algo que no sé hacer: fingir. No importa que yo ya haya manifestado mi desconfianza de una forma más o menos clara. Siguiendo este patrón, siempre ha parecido que es a mí al que se le ha ido la olla. Siempre ha sido a mí a quien se ha cuestionado y a quien no se le ha dado el beneficio de la duda. Yo siempre he quedado en estas lides como el malo, el rencoroso o el que actúa (atención) a la ligera, sin motivos verdaderos y sin pensar.
Yo, ¿vale?
Yo, ¿vale?
Pero no. Como decía, no es la primera vez, me temo, que se han manifestado ante mí seres que, bien se han presentado como autoproclamados líderes, gurús o vete a saber qué. Gente que se ha esperado que acabe formando parte de mi vida y en la que se supone que he tenido que confiar... y no. Hablo de gente con la que yo caso tanto como el agua y el aceite. Gente así a la que he conocido, es experta en mostrarse de esa manera para pasar a la siguiente fase, que es enfrentar a unos contra otros y sembrar el caos. Por algún motivo, además, he tenido cierta habilidad para "sacar del armario" a esa gente y, cuando asoman la patita y demuestran la pasta de la que están hechos, el primero contra el que arremeten es contra mí. Se empieza con bromitas que esconden humillaciones en toda regla y se acaba emponzoñando el ambiente, no sé si es porque soy visto como elemento Omega y a este tipo de gente le encanta cebarse con ellos, o bien porque no sé poner buena cara ante alguien de quien no me fío y acabo siendo percibido como alguien a quien hay quitarse de en medio. Y si no soy capaz de poner buena cara, mucho menos, reírle las gracias.
Mucho menos aún permitirle acercarse siquiera a mis círculos personales más cercanos.
Este es un esquema con lo que viene siendo el espacio personal de cada uno.
Para mí falta un espacio exterior, que podría titularse como "Gente a la que no quieres ver ni en pintura", que para mí están más lejos incluso que los desconocidos.
Es de esa clase de patrones de los que procuro huir y limpiarme en la medida de lo que pueda: no necesito según qué cosas. No necesito a según qué personas. No necesito según qué relaciones. Era la clase de cosas acerca de las cuales estuve advirtiendo durante una buena temporada y, a diferencia de la fábula, el lobo ha acabado por llegar y nos vemos ahora mismo como nos vemos. Por lo que a mí respecta, ya he vivido estas cosas antes y sé que es solo cuestión de tiempo que vuelva a encontrarme mejor y que termine de limpiarme por dentro de todo lo negativo que he ido acumulando a lo largo de tanto tiempo. También debo asumir que toda esa tristeza, esa sensación de no ser lo bastante bueno para según quiénes, ese miedo en última instancia a decir nada por la reprimenda que me podía llevar... la culpabilidad, la frustración, la sensación de no entender absolutamente nada de lo que sucedía a mi alrededor, la de sentir que todo funcionaba en base a unas reglas que nadie se estaba molestando en explicarme... nada de esto me representa.
"No eres las movidas que llevas dentro"
No me siento representado como persona por ninguno de los sentimientos que he venido teniendo a lo largo de más de un año y, si ello conlleva que deba cambiar según qué planteamientos, que deba ver de un modo diferente a gente que ha significado mucho para mí o que deba emprender mi camino en solitario... No va a ser algo fácil. No me va a gustar. Pero empiezo a considerar que, a la larga, es lo que necesito. Porque es harto evidente que, tal y como estaba viviendo, tal y como estaba gestionando las cosas, no era sano. No era sano volver a casa con cierta punzada de tristeza porque alguien me había soltado según qué cosas, sin apenas darme turno de réplica. O teniéndolo, quedarme tan cohibido, que ni siquiera saber cómo llevar la conversación. No era sano sentir que hiciera lo que hiciera, nunca parecía estar bien. Tener mi mejor intención a la hora de hacer las cosas para acabar comiéndome reproches de todo tipo. No era sano sentirme como un estorbo, verme apartado de según qué conversaciones, no ser bienvenido en según qué acontecimientos. No era sano sentir que no se contaba conmigo como yo sí contaba con mi entorno.
Como un pedrusco aquí en medio.
Y sí, es muy duro aceptar todo esto. Aceptar que no solo te has sentido así, sino que además, mientras tú tenías que disculparte por tonterías, todas estas cosas que te han hecho daño quedaban sin siquiera una mínima explicación. Como si no importara. Como si tú mismo no fueras lo bastante bueno como para merecerlas.
Resultaba que lo que yo no merecía era el trato, más allá de toda explicación o disculpa.
Pero me temo que cuesta mucho abrir los ojos y darte cuenta de que lo mismo no eres el elemento Omega; de que no eres tan inútil ni tienes tantos defectos como te han querido hacer ver (como si los demás no los tuvieran, dicho sea de paso). Que mereces algo mejor que todo lo que te has estado comiendo durante tanto tiempo.
De ahí la necesidad de purgarme. De aceptar. De reubicar. De organizar las cosas en mi universo personal. De desprenderme de todo aquello que me ha estado lastrando y de centrarme en aquello que me hace sentir realizado. De perseguir aquello que considero que merezco y no cargar con las culpas de otros.
Es un camino duro, pero todo camino se emprende con el primer paso.
Puedo decir que, al menos, ya he echado a andar.









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