Esta historia tuvo lugar hace ya algunos años. De estas cosas que suceden cuando uno, siendo fan del cómic (algunos ya habéis sufrido mis posts sobre la JSA) decide internarse por los caminos más oscuros y siniestros del mundillo. Esos lugares donde pocos son los valientes que deciden arriesgar su alma y su cordura para caminar por aquellos lugares, reservados para aquellas mentes dotadas de una fuerza sobrenatural.
Sí, amigos Distópicos: hablo del Salón del Cómic.
Todo empezó una tarde que estaba aburrido en casa. Una tarde de esas en las que no sucede nada especial y lo más divertido que se te puede ocurrir es asomarte por la ventana para ver si el Abuelo Gayolas ha resucitado de entre los muertos y ha venido a tocar la zambomba bajo la ventana.
Como mi vida de por sí es bastante sobrenatural, pero no lo bastante como para deleitarme con abuelos pajilleros zombis, el Destino me proporcionó una nueva aventura, algo más acorde con esta existencia en un mundo (ir)racional.
Así fue como una buena amiga me llamó para ir al Salón del Cómic de mi ciudad.
Teniendo en cuenta que mi anterior visita a uno, algunos años atrás, había sido bastante positiva (algo en plan Feria del Libro, pero con cómics), me dije: "Venga, va. Nos lo pasaremos bien". Por algún motivo, había obviado una especie de salón del cómic prehistórico que se hizo en mi ciudad unos años antes... una especie de festival friki con un fulano presentando aquello vestido de Indiana Jones (a sus cuarenta y muchos años) y deleitando al respetable con vídeos de robots japoneses dándose castañas unos a otros. De la performance de la serie Embrujadas que se montaron allí, con rayos mágicos invisibles, ni prefiero hablar.
Por eso, dices: bueno, peor que lo segundo no puede ser. Y como mucho, estará tan bien como lo primero.
Odio equivocarme.
Total, que para allá que vamos, los dos. Nos dejamos de ir para un hotel tela de cuco que tenemos por aquí (tres o cuatro estrellas, oiga), que por lo visto es donde se celebra el bolo. De estas cosas que te dan buena impresión: un sitio elegante, con su decoración minimalista...
... Y un puñao de chavales vestidos de yo qué sé qué en la puerta. Al principio piensas que es un cosplay de esos (que no sé por qué coño llaman así a lo que ha venido siendo un puto concurso de disfraces de toda la vida); luego te das cuenta de que no, de que no van vestidos de ninguna serie ni de ningún personaje. Que los tíos, intuyes, van con esas pintas tan rarunas durante todo el día.
- Son visuals- me dice mi amiga, varios años más joven que yo y más al tanto de las modas juveniles.
Yo lo que veo es un puñao de chavalines vestidos con collares de perro, medias rotas y faldas escocesas. Para que nos entendamos, un cruce entre los jebis de toda la vida y un extra de una serie de dibujos animados japoneses.
Nunca he sido muy amigo de eso de convertir cualquier afición en una puta forma de vida, para qué nos vamos a engañar: me puede gustar el rock duro y no me siento en la obligación de convertir mi cazadora vaquera en un puñetero puesto publicitario, con merchandising de los Maiden o los Metallica. Del mismo modo que si me gustan las judías con chorizo no me siento presionado bajo el imperativo moral de crear toda una raza urbana al respecto.
Con los cómics me pasa un poco lo mismo: los consumo en cantidades industriales, pero no me siento reafirmado vistiéndome de Green Lantern, como hacen muchos. Puedo entender que haya quien lo haga por diversión y tal, pero cuando las cosas se sacan de quicio y se convierte todo en una especie de estandarte de "toda una forma de existencia que hay que demostrar al mundo las putas veinticuatro horas del día"... amigo, ahí es cuando yo me retiro discretamente y me retiro a un rincón a mirar las musarañas un rato.
Que también os digo que si los disfraces hubiesen sido en este plan, me lo habría pasado en grande...
O así. Pues oye...
Pero no. La cosa iba más en este plan...
Esquivando visuals, emos y toda una serie de variopintos grupos, cada uno con sus señas de identidad bordadas a los ropajes, mi amiga y yo nos plantificamos en el salón, propiamente dicho. Pagamos religiosamente nuestra entrada y nos soplan un tebeo de Spiderman de última generación. De estas cosas que dicen "Menos mal que me lo han regalao, porque esto lo veo yo en la tienda y salgo por patas con sólo echarle un vistazo". Pero bueno, de mal nacidos es ser desagradecidos. Te guardas el tomito bajo el sobaco o, en la mochila que llevas encima, y tiras para dentro.
Qué puedo decir de lo que vi allí. Los primeros diez minutos fueron como un puto sopapo en toda la boca, porque, en mi inocencia, me pongo a buscar cómics... Y NO HAY.
En todo el pasillo principal, veo de todo: mucho disfraz, mucha mesa vendiendo muñequitos, juegos de rol, monigotes de toda clase... incluso un salón de té japonés. Pero ni un puñetero cómic. Ni una novela gráfica. Joder, ni siquiera un triste Mortadelo.
Avanzamos a lo largo de varios metros en lo que parece ser una versión chunga de un ghetto para gente rara. O quizás los raros éramos mi amiga y yo: de unas cincuenta personas que íbamos allí, éramos los únicos que no aparecíamos (ni parecíamos) disfrazados. Si a eso sumamos que la edad media del personal rondaba los quince o dieciséis años, tenemos que yo, a los veintitantos que tenía cuando fui, me sentía fuera de onda. En ese momento recordé el primer salón en que estuve, ese que he dicho que era como una Feria del Libro. La edad media de aquel debía ser de unos veintitantos, y la proporción de frikismo talibán era considerablemente menor. Existente, por supuesto, pero nada que ver con esto.
Cómo sentirte alienígena en un entorno que se supone que comparte aficiones contigo.
A eso de la mitad del pasillo, me para un chavalín. No tendría más de dieciséis años.
- Perdona- me dice-, ¿te gusta la fantasía?
Lo miro durante un segundo o dos, barajando la idea que podía implicar que alguien te abordase en un sitio así con aquellas crípticas palabras. Que fuese un perfecto desconocido y además mayor de edad no resultaba en absoluto tranquilizador.
- Bueeeeeeeehhhh...- respondo, de modo casi instintivo.
- Vale- el chaval toma como afirmativa la respuesta y me extiende una especie de flyer-, es que verás, aquí mi amigo- señala a un muchacho de unos veinte años con cara de aburrido sentado en una mesa- acaba de publicar una novela de fantasía. Si te interesa, la tenemos ahí.
Echo un vistazo y, por algún motivo, vislumbro uno de mis posibles futuros. Uno de esos en que, tras partirte los cuernos escribiendo, reescribiendo, corrigiendo y demás, acabas por publicar tu novela... y acabas ahí: nada de presentaciones guais en una librería, nada de grupis de veinte años, mostrando el canalillo cuando te piden que les firmes el ejemplar de tu libro. Lo que acabas es aburrido en un salón del cómic, formando parte del mobiliario entre los muñecos de plástico de Alan Cumming haciendo de Rondador Nocturno y el merchandising de Pesadilla antes de Navidad.
Como proyecto de escritor, en ese momento sentí miedo.
Mucho, mucho miedo.
"¡Dime que no voy a acabar así!"
Tratando de olvidar aquel posible futuro, llegamos a una sala en la que había una exposición de la invitada estrella: una ilustradora que venía a firmar sus libros aquel día. La exposición en sí no parecía contar con ningún original; no me pude fijar demasiado, pero al ver aquello enmarcado con láminas de cristal, tuve la ligera impresión de que eran fotocopias en color de las láminas de sus libros.
Y es aquí cuando llegamos al salón principal. El centro neurálgico del Salón. Donde la organización había puesto toda la carne en el asador.
Donde mi amiga y yo ya terminamos de quedarnos muertos ante el show.
Resulta que en ese salón era donde tenían los cómics. En este momento es cuando los Distópicos más optimistas diréis algo como "¿Ves? Si es que lo ves todo muy negro, al final sí que había cómics".
Mi respuesta ante eso es: esperad, amigos, que no he terminado. Había cómics, sí. Concretamente, UNA mesa. Tomad un salón de recepciones y demás, de estos grandes que podéis hallar en cualquier hotel, y coged una mesa del tamaño de la que tendríais en vuestro comedor. Una sola. Plantadla en medio de la sala con las cuatro novedades del mes (casi puedo decir que este número es literal) de alguna tienda de cómics que ha cedido lo que más le da igual y rodeadlo todo de una infinidad de muñequitos, pósters y pegatinas. Parad de contar, porque no hay más.
En todo el puto salón del cómic, hay una sola mesa, con material equivalente a lo que podría ser el cinco o el seis por ciento de mi colección. De ese cinco o seis, más de la mitad es comic japonés (aka manga, término que muchos usan como el que habla de un género independiente, cuando no es más que el cómic, pero hecho en Japón); el resto, marveladas de las de última generación (y de una calidad más que dudosa en muchos aspectos); no recuerdo nada de DC. Y si iba uno buscando europeo o cosas algo más alejadas del cómic mainstream... bueno, mejor que se fuera para una tienda. Total, iba a encontrar mucho más material, con menos follón de gente y probablemente en mejores condiciones que lo que había allí.
Decepcionado, miro a mi amiga. Ella me mira a mí. Nos miramos mutuamente con la boca torcida en plan "¿Pero esto qué coño es?"
Obviamente, no habíamos llegado a LO PUTO PEOR.
Y es que la organización había contratado lo que parecía ser UNA BANDA.
Pongo aquí la definición de la RAE de banda, para que vayamos entendiendo de qué debería ir el asunto:
banda2.
(Quizá del gót. bandwō, signo, bandera).Conjunto de instrumentistas, con o sin cantantes, que interpreta alguna forma de música popular.
Os digo lo que me encuentro yo: un chavaleta con una guitarra eléctrica, un amplificador de los de cincuenta pavos (y menos vatios) tocando los ritmos del Fiesta Pagana de Mago de Oz (grupo que, dicho sea de paso, me revienta por motivos personales), al lado de un equipo de música donde tenían el disco puesto con la canción. Dicho de otra manera, era una especie de karaoke para heavies de instituto, pero con un tío tocando la guitarra... sin saber tocar más que los riffs básicos.
Todo esto, aderezado con otros chavales justo delante de él, dándolo todo, cuernos en alto, como si estuvieran viendo al puto Joe Satriani.
Aunque tengo que reconocer que en la postura de "Hey, chavales, mirad cómo lo flipo tocando", el chaval sí que se parecía a Satch...
Llegados a este punto de esperpento, le digo a mi amiga lo que tenía que haberle dicho hacía más de media hora. Media hora viendo chavalines berreando, jugando a las cartas, tirando dados, peleándose por ver quién tenía el disfraz de Naruto más molón, haciéndose fotitos para subirlas al Tuenti. Media hora sin ver un puto cómic en un salón del cómic. Media hora viendo merchandising de lo más variopinto, para que el respetable adorne sus chaquetitas con chapitas de los Metallica. Mucho muñequito de Tim Burton, mucho rollo nipón de niños que se han criado en el país de las putas tortillas de patata. Mucho de todo eso que me sobra en el mundo del cómic. Y mucho déficit precisamente de lo que me interesaba, que eran cómics. De eso, como ya he mencionado, apenas había.
Lo que le dije a mi amiga, pues, fue lo obvio:
- Salgamos de aquí echando hostias, antes de que me vuelva verde y me entren ganas de destruir.
Para aquellos que estuvieron en aquel salón y que estaban demasiado ocupados en el concurso de adivinar bandas sonoras de dibus japonakas, eso es una referencia a Hulk. Cuando se ponía nervioso, se volvía verde, crecía y destruía todo lo que se le ponía en la jeta.
Este es Hulk. Sí, amigos Otakus radicales: ¡fuera de Japón también se dibuja cómic!
Huyendo que estamos por el pasillo, cuando un ser me pisa un pie.
- Perdona- me dice.
Antes de poder reaccionar y decirle "No pasa nada", el chaval desaparece, no sin antes decirme que me espere un momento. La cara de horror que mi amiga y yo teníamos apenas un minuto antes se troca en auténtica confusión.
A esto que el chaval desaparece: me recuerda bastante a un goblin, solo que no es verde.
Pero lo más inquietante es que aparece con una flor en la mano. Una de esas flores que, perfectamente, podría haber adornado los jarrones del pasillo.
- Para ti- me dice, sonriente-. Por el pisotón.
Mi amiga podría haberse reído. Podría haber hecho una coña allí mismo. Creedme, es capaz.
No dijo absolutamente nada.
Se quedó allí en medio, plantada, con los ojos como dos platos, contemplando la escena y sin decidir qué expresión darle a su cara: no había salido de la de confusión, cuando se le agolpaba el trabajo; aquello necesitaba ampliarse a "Pero qué cojones" y una cara de simple y llano horror.
- Vámonos- repetí-. YA.
No discutió. De hecho, asintió con la cabeza, como diciendo "Sí, por favor". Creo que esa expresión de "Huyamos, por nuestras vidas" fue la más definida y clara que pudo poner aquella tarde.
Pasamos por delante del chaval que había escrito la novela de fantasía, sin dar oportunidad a que volvieran a darme el flyer. Los gotiquitos (en mi ciudad no hay góticos apenas, sino chavalines que se disfrazan como de vampiros y se hacen fotitos), los emos, los otakus, los visuals, los jebis y demás criaturas de la noche (o al menos, de la noche antes del toque de queda y que suban a casa a merendar) se convierten en un borrón ante nuestros ojos, ya que salimos echando hostias de allí. Creo que si hubiese una banda de caníbales, adoradores de Satán o un grupo de Testigos de Jehová intentando convertir a todo bicho viviente a su causa, habríamos salido menos espeluznados. O todo lo más, no tanto como después de haberle visto la cara al goblin de la flor en la mano.
Imagináos algo como esto, pero con pelo en la cabeza, un color menos verdoso y una flor en la mano.
Acojonante, lo sé.
Por fin, llegamos a la calle. Todavía había algunos seres con pintas extrañas alrededor, pero la proporción con respecto al humano tradicional era bastante menor que en aquel submundo que acabábamos de visitar. Si nos atacaban por no saber quién era Naruto, sabíamos que éramos mayoría con respecto a ellos. Que todavía había calle abierta por la que salir echando hostias.
De allí salimos a toda velocidad, con la firme promesa en mente de no volver a pisar otra vez un sitio así.
Pero somos humanos y cometemos errores.
Yo, al menos, volvería a caer en otro festival de estos de frikismo a ultranza encubierto. Y la experiencia no sería mucho mejor.
Pero de esto y de lo que aconteció aquel día, hablaré en otro momento.







2 comentarios:
Ou, pobrecito Javi. Mira, para el año que viene te prestaré a mi dragón, y así podrás ir volando hasta la Comic Con en Gringolandia. Eso sí: como mínimo tendrás que disfrazarte de Aegon I Targaryen, para que mi dragón te respete (no es tan obediente con los extraños). Además, así impresionarás a George R. R. Martin, si lo ves (quiero su autógrafo).
Ey, eso no estaría mal! La de San Diego por lo visto está bastante bien :)
Publicar un comentario