martes, 24 de enero de 2017

Mondo Chorra- Los que luchamos contra el Caos



En este mundo hay dos clases de personas, a mi juicio.
Por un lado están aquellos que viven según un código y otros que simplemente hacen lo que les da la puta gana.
Vamos a centrarnos en los primeros. Aquellos que viven según un código suelen ser gente que entienden que jamás harían a nadie lo que no querrían que les hiciesen a ellos. Hablamos de gente que procura hacer las cosas lo mejor que pueden o saben (independientemente de que tengan éxito o fracaso en lo que hagan, pero al menos han intentado hacer todo cuanto ha estado en su mano). Gente que lucha, día a día, por soportar los dictados de su conciencia y se esfuerza por no ser autoindulgente.
Hablamos de gente que lo da todo, ya sea en lo que hagan, como en las relaciones con el resto de individuos. Personas que se preocupan porque todo en su entorno se encuentre en orden, buscando el equilibrio, ya sea con los demás, ya sea consigo mismos.

Para ese tipo de personas, existen ciertas máximas que son inquebrantables. Una de ellas es la de no faltar jamás a la propia palabra. Por eso, raramente pactarán nada con nadie o harán promesa alguna si no confían en que vayan a poder cumplirla (hablo, por supuesto, en términos de que dicha promesa pueda cumplirse por voluntad propia; se entiende que, si se rompe por cuestiones ajenas a uno o imprevistas, ahí no hay nada que ser humano alguno pueda hacer). La palabra es la ley. Un juramento es un juramento y, tal y como menciona Bill Willingham, es lo que nos diferencia de los animales. No hay lugar a interpretaciones en esto. No hay dobles lecturas, ni ambigüedades.
Si faltas a tu palabra de forma deliberada, o por dejadez, no existe nada en la faz de este mundo que te diferencie de un vulgar mentiroso.


A veces las cosas SÍ son así de simples.
A veces SÍ pueden limitarse a la dualidad blanco-negro.
Lo que pasa es que a menudo las emborronamos con una escala de grises y matices que nos desvían de lo que realmente importa.


Supongo que, por eso, ese tipo de gente no da más confianza de la que recibe y considera este tipo de desplantes (a eso de faltar a la palabra por parte de otros) como una desfachatez de lo más absoluta. Alguien que incumple su palabra, para ellos, pierde todo cuanto había ganado. Deja de ser lo que fuera en su momento y, ya da igual que sea madre, padre, amigo, hermano o pareja: esa persona muy difícilmente será vista como lo que antaño fue.
Podéis llamarlo orgullo, si os da la gana, pero no nos despistemos con las interpretaciones que mencionaba arriba, pues es más sencillo de lo que parece: si alguien falta a su palabra, si rompe un pacto de forma unilateral, si no incumple lo prometido, no es de fiar. Asi de sencillo, sin medias tintas, ni justificaciones ni tonterías. Todo cuanto pueda decir al respecto será tomado como excusas que no ayudan en lo más mínimo a limpiar su imagen.

Lo de dar confianza se traduce en que este tipo de personas raramente te va a dejar de lado a menos que consideren tener no uno, sino más de un motivo de peso para ello. Y aun así, suelen actuar con muchísima cautela. Pueden parecer temperamentales, pero no toman decisiones drásticas a la ligera. Observan y meditan, quizás más tiempo del  necesario, pero entendámoslo: hablamos de asuntos que consideran importantes, tales como el entorno. Nadie medianamente en sus cabales toma una decisión importante a la ligera.
Precisamente por eso suelen llevar de mal tirando a fatal eso de sentirse en la estacada. Deja tirado a alguien así (especialmente si lo consideras amigo o alguien de una mínima importancia en tu vida), sin un buen motivo (que no excusa) y sin una disculpa y, como diría Ennis, ya puedes ir corriendo a alistarte con los demás gilipollas, porque serás otra razón por la cual el mundo se va a la mierda.


"Y un cojón. De esta salimos los dos".


Es por ello que suceden que, en el momento en que hay una desavenencia o ruptura de cualquier tipo, es harto complicado que haya vuelta atrás. Recordemos lo del pacto. Dos amigos pueden prometerse amistad, pero en el momento en que deciden romperla, para ellos también cuenta como una promesa. Una promesa de que todo ha terminado aquí, y lo que se ha hecho no se deshace. Y si no, haberlo pensado mejor. Dicho de otro modo, una separación en términos no del todo amistosos no es como comprar  un jersey y luego descambiarlo cuando nos parezca. Dicha situación, para ellos, es el último lugar al que se quiere llegar, cuando ya no queda nada más que decir y dicha relación esta rota, muerta y enterrada. Venir un cierto tiempo después a intentar reanimarla rezuma a chiste malo. A desdecirse. A echar por tierra todo lo pactado, una vez más.

Podéis llamarlo rencor, si queréis. Me remito por segunda vez a eso de las interpretaciones. El rencor es ser incapaz de perdonar algo que no tiene importancia. La dignidad nos enseña que, cuando ha habido una ofensa difícilmente perdonable, precisamente porque es importante, cometemos una soberana estupidez al perdonar de forma ciega, sin que haya habido una buena conversación por medio donde la otra persona nos exponga, de forma ordenada y coherente, cuáles han sido sus motivos a la hora de actuar así. Es negar la importancia del daño sufrido (pese a haber sido serio) y justificar al que lo hace. Es hacer borrón y cuenta nueva, cuando esa persona que nos dañó no se ha molestado en explicarse. Ni en pedir disculpas. Simplemente reaparece, como si nada hubiera pasado.
No sé si logro explicar la soberana ridiculez que rezuma de esa idea.


"Sí, te reventé la cara. Te di una paliza cuando estabas en el suelo. Luego me meé en tu cara y me cagué en tu boca. Te saqué fotos y las mandé a todo el mundo para que se descojonaran. Jamás me disculpé, ni puta falta que me hizo. Pero tú y yo guai, ¿verdad?"


Supongo que este tipo de cosas son las que hacen que la brecha entre aquellos que tienen un código de conducta, o valores, o como queramos llamarlos, es insalvable, frente a aquellos que hacen lo que les da la puta gana sin atender a consecuencias. Sin pensar a quién están jodiendo. Aquellos que se dejan llevar por los impulsos, sin responsabilidad alguna acerca de sus actos o sus palabras lo único que consiguen es ponerse en contra de cualquiera que, un buen día, se levanta con la tolerancia a que le toquen el alma a dos manos reducida a cero.
Porque esas cosas suenan a abierta falta de respeto.
A cachondeo.
Incluso a egoísmo.

La naturaleza nos enseña a sobrevivir, pero hay muchas formas de hacerlo. Podemos sobrevivir funcionando como depredadores, pisoteando a todo bicho viviente que nos rodea. Podemos mentir, avasallar, aprovecharnos de otros, humillar, traicionar o simplemente pasar de todo cristo y comportarnos como si el resto del planeta estuviera a nuestra disposición. Podemos movernos por la conveniencia y arrimarnos al sol que más calienta y, cuando la situación cambia (o consideramos que cambia), si te he visto, no me acuerdo. Haciendo un ejercicio de coherencia, tiene sentido si al actuar así nos encontramos con un muro de hormigón en el momento en que intentamos quedar bien con alguien que se mueve por medio de una férrea escala de valores. Porque la gente que vive en orden no puede soportar el caos que implican estas actitudes.


Os dejamos aquí una silla, para que cuando os canséis de daros de leches contra el muro tengáis donde plantar el culo.


Podéis llamarlo falta de respeto hacia la gente "libre". Por tercera vez, me remito a eso de la interpretación.
Quiero que penséis qué respeto implica tratar a los demás de la manera que he mencionado. Bien puede que no haya mala intención en ello, pero es que no tiene que haberla para que estas actitudes constituyan una ofensa. Es posible que no seáis capaces de mantener un pacto con una persona, pero esas cosas se pueden hablar de una forma honesta y yendo de cara (lo que implicaría un cierto respeto hacia la otra persona, pese a haber evidentes desavenencias), no dejando que vuestras actitudes revelen lo que sois y hagan un retrato de vosotros que seríais incapaces de tolerar en otros. Porque, en muchas ocasiones, trae más cuenta declarar intenciones y dejar claros los cambios de parecer (que no están prohibidos, ni mucho menos) que hacer que vuestros actos emponzoñen lo que habíais pactado previamente y no dar lugar a dudas de que, no solo sois incapaces de cumplir vuestra palabra, sino que tampoco tenéis el valor necesario para admitirlo.
Pensad en lo respetable que resulta que os dejen de lado, o que simplemente veáis que lo que os hacen no solo no se parece a lo que os habían prometido, sino que resulta ser todo lo contrario. Es tan respetable como lo es que se rían de vosotros en vuestra cara o que escupan sobre vuestros valores. Porque una promesa, por lo general, no solo implica a quien la hace. Implica a todos aquellos que la escuchan y que cuentan con que se cumpla. Faltar a esa promesa es convertirse en una decepción viviente.


"Ah, ¿que tú si hiciste la promesa con intención de cumplirla? JAJAJJAJAA PRINGAO"


He mencionado alguna vez que una vez conocí a alguien que me dijo que, si no tienes valores, no eres nada. Nadie de fiar.
Han pasado muchos años desde que dijo eso y no lo he olvidado.
A día de hoy sigo pensando que tiene toda la razón del mundo. Sigo pensando que en esta vida, como he mencionado al principio de este post, hay dos tipos de personas: aquellos que tienen unos valores, que se rigen por un código de conducta, basado en buscar la estabilidad en su vida y el entorno, que da importancia al esfuerzo y a hacer bien las cosas; gente que se preocupa por que aquellos que les rodean se encuentren bien. Que intentan no convertirse jamás en una razón para las preocupaciones de aquellos que les importan. Gente que intenta llevar las cosas a buen puerto en la medida de sus capacidades, que lucha por lo que cree y ayuda a quien lo necesite, sin esperar demasiado a cambio, más allá de no ser pateados a la primera de cambio.
Y luego están los otros. Los que piensan que tienen todo el derecho del mundo a hacer lo que les dé la gana, sin responsabilidad alguna. Sin reconocer que así no se puede ir por la vida. Sin asumir de una santa vez que, si estás viviendo en una sociedad, no puedes ser una causa más por la cual la sociedad sea una mierda.


Pillad la metáfora. Nosotros somos el saco.


Gente así ha convertido un mundo que podía haber sido más sencillo y más justo en una letrina. Un mundo en el que cada día es más difícil poder depositar tu confianza en ser humano alguno. Donde el fin (que es la satisfacción personal de uno) parece justificar los medios, por aberrantes o antisociales que estos sean. Un mundo en el que la política y la filosofía más básicas son "Aplasta antes de que te aplasten". "No confíes en nadie". "Vela por lo tuyo y a los demás que les den".
Es gracias al triunfo de gente así como hemos hecho que nuestro mundo sea una auténtica mierda. Le hemos dado el poder a todos aquellos que se comportan de esa manera pensando que son más fuertes, más listos. Que comportarse como depredadores o carroñeros es lo que les otorga el triunfo. Que los hace mejores.
Solemos pensar que su camino es más corto, más sencillo, más irrefutable; en cambio, el nuestro se presenta cuesta arriba, más lento, más duro. Menos tentador. Es por eso por lo que son mayoría. Por lo que ganan y nosotros perdemos.


Y ahí vienen, una vez más...


¿Queréis que sea sincero?
Me da igual. Me da igual la fuerza que se supone que cobren. Me da igual que sean más. Que digan tener la sartén por el mango. Me dan igual sus estrategias, sus juegos, o simplemente esa costumbre de tomar el mundo como si no hubiera nada por lo que responsabilizarse. No me importa que hagan sin cuestionarse el daño que hacen, ni tampoco sus constantes excesos. Ni sus palabras dañinas, ni su desdén, ni ninguna de todas y cada una de las promesas que rompen.
Me da igual que mi camino sea más difícil. Me da igual tener que prepararme para el combate cada vez que encuentro a alguien que resulta rendirse a este Caos. Me da igual la de veces que acabe desterrado, o teniendo que decirle a alguien que me ha importado que se acabó, porque mi aguante tiene un límite y, una vez se agota, ya no queda nada más que decir. No me importa que otros vivan su vida entregándose a su santo avolunto, o que pisoteen y machaquen a los que les rodean. Tampoco que haya gente que prometa una cosa y luego haga la contraria.
Creo en lo que creo.
Mis valores son los que son.
Sé exactamente lo que vale mi palabra.
Sé dónde acaba mi satisfacción personal y dónde empieza el bien común.
Yo ya tengo claro en qué lado estoy.

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