lunes, 25 de abril de 2016

Angst- Alien




Vivo entre vosotros.
Estoy ahí, a vuestro alrededor. Me veis cada día; os cruzáis conmigo por la calle. A veces, os dirigís a mí. Otras, incluso leéis lo que escribo.
Pero hay días en que no me siento uno de vosotros.
Hay días en que me siento como un alienígena.

Imaginad que la vida es una fiesta. Partid de esta metáfora e imaginad a aquellos que bailan bajo las luces, seguros, felices y disfrutando de la música. Otros, charlan animadamente, socializan y hacen lo que pueden por divertirse.
Yo nunca me he identificado con ninguno de esos dos grupos. Siempre me he sentido más bien como el que ha sido invitado a la fiesta por error, o el que ha aparecido en ella de forma accidental. En cualquier caso, no estoy en ella por voluntad propia. Imaginad que en esa fiesta no conocéis a nadie y sois de esa clase de gente que se siente incómoda dirigiéndose a desconocidos. Imaginad también que nadie se dirige a vosotros por el mismo motivo. En ese caso, la opción más lógica, o acaso la más cómoda, consiste en agazaparse entre las sombras y permanecer en un lugar tranquilo, lejos de la vista de todo el mundo. Ajeno a la música, ajeno al baile, ajeno a todo.
Ajeno.
Alien.

Lo he intentado una, dos, mil veces, pero no entiendo el mundo en que vivo. Soy un alienígena nacido en la Tierra. Los humanos hablan a mi alrededor, pero no entiendo su lenguaje. No entiendo por qué hacen las cosas. No entiendo su forma de actuar, ni de pensar. No entiendo sus ideas, ni el modo que tienen de defenderlas, pero cada día que pasa me doy más cuenta de que el mundo tampoco parece entenderme a mí. Procuro ser coherente, fiel a lo que pienso y honesto en todo momento. Aun así, todo se reduce a que siempre acabo teniendo que dar más explicaciones de las necesarias. Explicaciones que, bien no se entienden, bien se malinterpretan, o directamente ni siquiera se creen. Malgasto saliva solo porque creo que hago lo correcto, pero sé que la culpa es mía.
Ellos no me entienden.
Yo no les entiendo.
La misma canción, que se repite una y otra vez.


Algo así como hablar con una pared.
A veces yo mismo soy la pared.
Es un interesante juego de cambiar de roles.


Tal vez debería haber nacido en un mundo diferente, o tal vez en una época diferente, donde las cosas fueran más sencillas, o más simples. No me aclaro con esos términos. Tal vez me hubiera gustado vivir en un mundo donde ser honesto resulte ser lo normal y no tengas que andar planificando, midiendo absolutamente todas tus palabras al milímetro, urdiendo estrategias, ocultando unas cosas a unos y sintiéndome obligado a contar otras a otros. Tal vez me hubiera gustado vivir en un mundo o en una sociedad en la que no se espere que tenga que andar mintiendo, ocultando la verdad o usando medias verdades para sobrevivir. Preferiría vivir en un lugar en el que la palabra de uno es sagrada y lo realmente malo sea faltar a ella. Donde realmente seamos dueños de nuestro silencio y esclavos de nuestras palabras, y donde la gente no se contradiga ni cambie de opinión día sí y día también sin motivo aparente, solo porque hacer algo así se vería como algo incoherente.

Si tuviera que elegir un mundo en el que vivir, dudo mucho que fuera este. En un mundo que hubiera elegido yo, los amigos confiarían los unos en los otros y desconfiarían de los que no se han comportado como tales. No encontraría defensas a ultranza de gente que no merece ser defendida, ni vería cómo gente que ha demostrado ser de fiar tiene que defenderse de suspicacias, sospechas o juicios sumarísimos. No sería juzgado cada dos por tres, ni tendría que defenderme de los veredictos ya emitidos.
Sería un mundo donde podría sentirme más útil de lo que me siento aquí. Donde podría ofrecer mi ayuda a quien la necesite sin contar con la posibilidad de que se aprovechen de mí, o me escupan a la cara. Un mundo donde nadie me pudiera devolver a la edad de seis años con solo unas palabras. Donde no tenga necesidad de ponerme una armadura para fingir ser fuerte ante un entorno que no entiendo. En un lugar así, no necesitaría ser invisible, ni encogerme en un rincón. No tendría por qué sentirme débil ni vulnerable, ni tendría jamás la impresión de sufrir un fracaso cada vez que meto la pata.


Un tanto exagerado, pero igualmente metafórico como imagen:
La cagas, la armadura o protección que lleves se viene abajo y caes de rodillas. Así de simple.


Supongo que algunos de vosotros diréis que no se puede hacer nada. Que vivo en el mundo que vivo, y que no puedo cambiarlo. Y tenéis toda la razón del mundo... pero, lo siento. Eso no me vale como excusa. Que no pueda cambiarlo no supone que tenga que aceptarlo. Que me tenga que parecer bien. Podría enfadarme, pero ni me molesto. De la indignación y la ira he pasado a una sensación de desazón, incluso de desidia. Simplemente he llegado al punto de sentirme desubicado, de pensar cada vez con más certeza que no me siento parte de un mundo así. Conforme pasan los años, me siento cada vez menos identificado con la sociedad en la que vivo, con todo lo que me rodea. No puedo identificarme con algo que no entiendo y que, de lo poco que entiendo, ese poco me resulta aberrante.

Pero la culpa no es solo de este mundo. Ni siquiera creo que llegue a tener la mitad de la culpa. No: sé por supuesto, que la culpa es mía. Mía porque me levanto cada mañana esperando poder darme cuenta de que me he equivocado y de que acabaré entendiendo lo que me rodea. Que acabaré comprendiendo por qué las decisiones que me conciernen se toman del modo en que se han tomado, y que no tendré que acabar justificándome. Casi cada noche me acuesto cayendo en la cuenta de que es otro día más en que me voy a dormir, teniendo que reconocer que no ha sido así. Que ha sido otro día de incomprensión. Otro día teñido por esa angustia de no saber por qué suceden según qué cosas, por qué vivimos dobles raseros, hipocresías e injusticias, una detrás de otra. Ese hastío de ver cómo los mismos reciben siempre los golpes que no se merecen, mientras que otros, con total descaro, parecen acabar impunes y con gente que pague por ellos. El cansancio de ser acusado y declarado culpable por crímenes no cometidos, por palabras no dichas o por silencios malinterpretados.


"La pifiaste"
"¿Por qué?"
"Por lo que dijiste"
"Pero si no dije nada"
"Pues por lo que debiste decir y no dijiste"


La culpa es mía porque siempre acabo dejando que mis defensas se vengan abajo. La gente no me hace daño, sino que soy yo el que se lo hace a sí mismo. Mis enfados, mis gruñidos, mis momentos de tristeza no son por culpa de nadie. Me enfado conmigo mismo, me gruño a mí mismo y soy yo quien me hace la vida más triste. Quizás porque no entiendo este mundo y porque preferiría vivir en otro, pero al mismo tiempo el mundo en que vivo me importa lo bastante como para que según qué cosas me afecten. Quizás es que, aunque no sea capaz de conocer del todo mi entorno, sí entiendo que es el entorno que vivo y, por tanto, debo involucrarme en él. Posiblemente es esta contradicción lo que hace que a veces mi vida me resulte así de complicada, cuando supongo que en el fondo no lo es.

En el fondo, tal vez, soy yo el que complica las cosas. El que las saca de quicio, y el que las magnifica. El que, con toda seguridad, da importancia a soberanas estupideces y se siente herido, a menudo, por auténticas tonterías. Cuando vosotros veis una metedura de pata, yo veo un fracaso y me cuesta horrores perdonármelo. Más que nada porque apenas tengo idea de cómo perdonarme a mí mismo. Ni he aprendido a hacerlo, ni nadie me ha enseñado.
Por eso no es raro verme de vez en cuando encerrado en mí mismo, taciturno o callado en un rincón. Es fácil pensar que puedo estar enfadado con alguien (alguna vez aislada puede ser así), pero no os engañéis: si tengo que estar enfadado con alguien es, la inmensa mayoría de ocasiones, conmigo mismo, por permitirme ser así de débil, por no saber encajar según qué cosas. Por no madurar y no saber avanzar. Por pasarme toda una vida estancado, dándole vueltas a las mismas cosas, una y otra, y otra vez. Por venirme abajo cuando no debería ni echar cuentas a según qué cosas. Por ese brutal sentimiento de culpabilidad que me marca desde que puedo recordar, y que me impide tener confianza en mí mismo y las capacidades que puedo (o no) desarrollar.
Mi mayor lastre soy yo mismo, y soy yo quien a menudo me corto las alas antes de emprender el vuelo. Por eso permito lo que permito. Por eso digo "sí", cuando en el fondo estoy pensando "no". Por eso me callo cuando debería hablar. Por eso no creo en mí.
Y supongo que ese es el germen de sentirme extraño. De no entender nada. De tener la impresión de que me ha tocado vivir en una época demasiado complicada para mí.
Tal vez, y solo tal vez, esta es la causa de que me sienta ajeno.
De que me sienta un alien.

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