Supongo que por desahogarme. No escribo desde la rabia, ni desde el sarcasmo. No estoy haciendo uso de mi ojo crítico, ni de mi capacidad de análisis.
Creo que escribo desde el vacío. Desde esa sensación de derrota que nos suele cubrir con una manta cuando estamos cansados. Cuando no sabemos qué paso dar. Si hay alguna emoción que me embarga ahora mismo, es esa.
A veces la vida se plantea como un reto; en ocasiones, ese reto se hace cuesta arriba. Muy cuesta arriba. Tanto como tapar tres agujeros con solo dos manos. O siete. O diez. Llega un punto en que pierdes la cuenta y lo único que eres capaz de hacer es mirarte las manos y preguntarte: "¿Y ahora qué?"
Ahí es cuando te toca reconocer que eres falible. Y que en según qué casos vas a fracasar, hagas lo que hagas. No porque seas un inútil, sino porque todo te supera y no eres capaz de pensar con claridad. O lo que es peor, crees que estás haciéndolo, pero cada vez que tocas algo lo destrozas. Pones tu mejor intención, pero es como si hubiese algo en ti que se encargase de generar el caos más absoluto a tu alrededor. Si lo tocas, lo destrozas, sí... pero es que si no lo tocas, se destroza solo. Es una especie de disyuntiva que solo parece tener una salida: la destrucción total.
Básicamente.
Es en ese momento en que surge la frustración. El "Quiero y no puedo" que suele visitarnos de cuando en cuando. Una de esas Voces Interiores que todos tenemos dentro. Esas voces que nos martillean la cabeza, una y otra, y otra, y otra vez. Una letanía que te recuerda lo te gustaría conseguir y no consigues. Lo que te gustaría ser y no eres. Lo que jamás de los jamases llegarás a ser.
La mayoría de los seres humanos, como criaturas adaptables que son, poseen un mecanismo muy rudimentario para acallar esas voces y seguir con sus vidas. Obviamente, hablamos de algo tan desagradable como afrontar un fracaso, de modo que tampoco es que suela ser olvidarse de todo... pero sí hacerlo lo más llevadero como para seguir el camino y emprender nuevos retos. Supongo que es una cuestión de eso, de adaptación. De mutabilidad. De saber sobreponerse a los cambios, evolucionar y, en definitiva, sobrevivir.
Os juro por lo más sagrado que no sabéis hasta qué punto admiro a esa gente. De verdad, me encantaría ser como ellos.
Con el corazón en la mano, diría que carezco de esa habilidad para sobreponerme a mis propios fracasos. A día de hoy, tiendo a recordarlos con vergüenza y de forma implacable; por algún motivo que desconozco (creedme, he intentado saber por qué), me siento incapaz de perdonarme por según qué errores, por según qué derrotas. Unas veces, por no haber sabido anticiparme a todo lo que acontecería; otras, por haberlo visto y no haber sabido actuar de la forma correcta. Ha sucedido también que mi propio Universo ha esperado que esté a la altura de las circunstancias... y no he sabido.
Es entonces cuando me veo obligado a guardar silencio, agachar la cabeza y hundirme. Encogerme, encerrarme a oscuras o agazaparme en algún rincón. Sé que no debo hacerlo, pero lo mejor que se me ocurre es encerrarme en mi propia coraza y pensar.
Pensar es otra cosa que sé que no debo hacer en estos casos, y aun así lo hago. Supongo que porque no sé hacer otra cosa. Es lo único que he sabido hacer cuando no he sido capaz de entender el Universo que me rodea. Cuando me he visto sobrepasado, abatido o derrotado. He intentado ponerme en paz conmigo mismo... ya he perdido la cuenta de las veces.
No confundir dormir una siesta con morder el polvo.
Asumámoslo: no soy lo bastante fuerte. Me gustaría, me encantaría serlo... pero no lo soy. Si soy algo, en muchos aspectos, diría que soy bastante fraudulento. Sé que muchos me consideráis alguien con una personalidad bastante fuerte; la clase de persona que se mantiene en pie cuando todos se agachan. La que dice "Muévete" cuando su entorno obliga a detenerse.
Y no es cierto, o no del todo.
Me habéis visto muchas veces alzar la voz cuando todos los demás se callan, y me habéis visto ir contra corriente aun a sabiendas de decir algo que no es lo que se espera que diga... pero no me ha dado igual. Tengo unos valores firmes, pero también sangro si se me pincha. Hago lo que creo justo y hablo cuando creo que debo hablar... pero no os confundáis. Cada conflicto, cada defensa que debo hacer, cada paso que avanzo contra esa corriente, me pasan factura. Cada palabra enfrentada es una herida que cicatriza con dificultad. Cada una de esas batallas, aunque parezca ganarlas, para mí conllevan una derrota, porque el hecho de entrar en batalla para mí ya implica ser derrotado, a causa del terrible desgaste emocional y de mis propias fuerzas.
Podría no hacer nada, por otra parte... Sí, podría dejarme llevar por la corriente. Aceptar todo cuanto me digan, agachar la cabeza y lo mismo podría ser feliz así, pero lo cierto es que tampoco es una buena alternativa. Los que ya me conocéis sabéis que, si mi sentido crítico es duro, mi autocrítica es diez, cincuenta, cien veces más feroz. Callarme implicaría que esas Voces Interiores me atacaran con muchísima más fuerza. Haría que me resultase imposible mirarme al espejo y que, poco a poco, empezara el tortuoso pero adictivo camino de odiarme a mí mismo. Supongo, por tanto, que vivo haciendo lo que creo correcto y sufriendo al mismo tiempo por hacerlo. Vivo en una lucha constante que sé que no puedo ganar.
Gracias, Jacko.
Pero volvamos un poco a eso que mencionaba arriba del desafío no realizado. ¿Qué es lo que se siente cuando ves que cada reto que no has sido capaz de superar se convierte en otra muesca más que añadir a la colección? ¿Qué haces cuando algo que sabes que deberías conseguir se convierte en algo imposible?
Indefensión aprendida: te paralizas, te bloqueas y eres incapaz de superarlo, por muchas capacidades que tengas. Algo así como si tú mismo te impidieses hacerlo, fueses consciente de ello... y aun así sigas viéndote incapaz.
Por poner un ejemplo, quizás por eso no me he llegado nunca a sacar el carnet de conducir. ¿Os cuento lo que me pasó? Muy sencillo: me presenté a un test de la autoescuela y lo había estudiado más o menos bien. Saqué mal prácticamente todas las preguntas. Os juro por todos los dioses que, si ya me sentí avergonzado por aquello, ver la cara de la mujer que me corrigió el test (tampoco nada del otro jueves, pero para mí suficiente) fue más que suficiente para que no volviera por allí hasta la fecha.
Podéis llamarme cobarde. Os lo concedo. Pero aquello para mí fue algo insuperable. Una estupidez, a lo mejor, pero desde entonces me he visto incapaz de superar cualquier test: en la universidad (cuando hice mi primer año de Psicología, por ejemplo, donde todos los exámenes eran tests), en oposiciones, donde sea. Es como si hubiera algo dentro de mí que me bloquease y me impidiese hacer un examen de ese tipo. No es coña: han pasado dieciocho años desde entonces y lo he intentado mil veces. Sin éxito ni una sola de ellas.
Descripción gráfica de lo que viene a ser esto.
Para el que no me haya visto mucho, yo sería como el chavalín en taparrabos que os da la espalda.
No es de extrañar, supongo, que la sola idea de conducir me genere una sensación de pánico de las gordas. No por el hecho de que me dé miedo conducir en sí... sino por el hecho de que estoy haciendo algo con la inevitable e implacable sensación de que me va a llevar a un fracaso. De que jamás lo haré bien.
He aquí el fraude que soy: cuando doy clases, una de las primeras cosas que enseño a mis alumnos es a no temer el fracaso, a aceptarlo como algo natural, y que hay que afrontar para superarlo. Y aquí estoy yo, incapaz de afrontar el mío propio. Quizás porque estoy más dispuesto a perdonar el fracaso de otros que el mío, no lo sé. Quizás porque creo más en otros que en mí mismo, eso tampoco lo sé.
Si tengo que pensarlo con frialdad, creo que hay solo unas cuantas cosas que creo que hago medio bien en esta vida: dibujar, dar clase, escribir y escuchar. Ninguna de ellas me parece que las haga lo bastante bien como para poder sentirme satisfecho. Viendo cómo se está desarrollando mi vida últimamente, incluso podríamos tachar la última palabra de mi vida y quedarnos en tres, de las cuales, bueno... en ninguna puede decirse que sea una persona sobresaliente. Dibujando me defiendo, pero no para llegar a nivel profesional. Escribiendo... bueno, ya habéis visto cómo escribo; no hay problema en reconocer que no soy nada de otro mundo. Y lo de dar clase... a ver, es una de mis pasiones, pero tengo una buena lista de fracasos a mis espaldas. Que no, que no están a la altura de mis aciertos... pero eso no me disculpa. Son y serán siempre casos en los que no supe actuar, y que no veo de recibo obviar, solo porque sean menos. En definitiva, puede decirse que no soy alguien que destaque; quizás eso no sea necesario, desde luego... pero sí me daría ciertas seguridades que no poseo. Lo único que me queda, por tanto, es la voluntad de querer hacer bien las cosas... pero esa voluntad no basta. No cuando acumulas fracasos, pifias y meteduras de pata. Querer hacerlo bien no te exime de tu responsabilidad cuando fracasas. Ni siquiera suele ser consuelo, o no uno que realmente te creas.
Que sí, que molaría ser un Green Lantern y poder solucionarlo todo solo con tu fuerza de voluntad.
Pero va a ser que no.
Este es otro de esos artículos en los que no llego a una conclusión. No tengo una respuesta para este tipo de cosas porque, como veis, aún sigo tocando de oído. Fracasando una y otra, y otra vez cada vez que pongo mi mejor voluntad por hacer que todo a mi alrededor esté bien. Sintiéndome como un fraude, porque no soy ni mucho menos esa persona sabia o inteligente que pensáis que soy y que a mí me gustaría ser. No tengo la varita mágica con la solución a todos los problemas, ni mucho menos tengo siempre algo acertado que decir.
Posiblemente, esta sea otra de esas veces en las que lo único que me queda es volver a encerrarme en mi coraza y esperar que el mundo, por una vez, tenga algo más de consideración conmigo.





No hay comentarios:
Publicar un comentario