¿Lo sientes?
Aspira hondo y piensa en ello.
Cada fracaso, cada herida. Cada palabra que has recibido que te ha llegado a lo más hondo. Cada grito, cada humillación. Cada uno de tus miedos y tus culpas. Imagina que cada uno de ellos es una piedra, un puñado de arena o cenizas. Una parte de un todo.
Llega un día en que, con la debida experiencia, se amontonan unos sobre otros y conforman una colina. Tu Gólgota personal.
Caminas sobre ese monte, cargando tu propia cruz. El peso sobre tus hombros, tu piel lacerada. La corona de espinas que se clava en tu cabeza hasta tocar el hueso.
Avanzas hacia tu inevitable destino.
Lo has visto una y mil veces. Tus ojos te han hecho ver el drama de antemano en un bucle infernal. Has luchado con uñas y dientes, pero nada de lo que ha hecho ha impedido que lo que parece estar escrito se pueda evitar. Has rezado en secreto, has ocultado tu miedo. Has sudado sangre, pero no ha habido Misericordia contigo. Lo que está escrito, escrito está y así será.
Agacha la cabeza.
Acepta tu destino.
No tienes opción.
Con los pies sangrando a causa de las piedras del camino, llegas a la cima de tu Gólgota personal. Todo a tu alrededor está en silencio, como si contuviera el aliento. El Universo sabe lo que va a suceder y, a modo de respeto, no dice nada. O tal vez es que no hay nada que decir.
Vives una pequeña tregua, tan efímera que casi no puedes apreciarla. Tus vestiduras, ya empapadas en sangre, son arrancadas con violencia y ahí quedas, desnudo ante los ojos de un mundo desolado. Herido. Indefenso.
El Universo sigue conteniendo el aliento, pues no hay vuelta atrás.
Coge un clavo.
Cada palabra que te dices a ti mismo, cada recuerdo que te obliga a abrazar la cruz.
Golpea el clavo.
Cada lágrima derramada, cada palabra no dicha.
Golpea con más fuerza.
Cada decepción, cada derrota.
Coge otro clavo.
Cada grito de rabia contenido por un silencio autoimpuesto.
Golpea el clavo.
Cada vez que has caído al barro.
Sigue golpeando.
Cada vez que sientes que no eres nada.
Golpea más fuerte.
Cada vez que oyes las Voces dentro de tu cabeza.
Coge otro clavo.
Cuando oyes las risas revoloteando a tu alrededor.
Golpea el clavo.
Cuando debes asumir que prácticamente todo lo que te sucede es tu culpa y no sabes lo que hacer para salir airoso.
Golpea con fuerza.
El acero atraviesa tu carne de parte a parte. Tus heridas abiertas siguen sangrando. Expuesto, débil. Llegaste al mundo desnudo y desnudo sufres tu propia agonía. El dolor que tú mismo te has infligido, el perdón que no te has permitido concederte. Desde tu cruz, puedes ver: ves cómo tu mundo ha tomado caminos que han escapado a tu control. Todo tu poder, toda la fuerza que antaño rezumabas, ahora se han apagado. El Universo baila una melodía que no se te ha concedido bailar. Habla en un lenguaje que no entiendes. A veces, incluso disfruta una felicidad que te ha sido vedada. Ves todo eso y te das cuenta de que no puedes mover un músculo porque el acero ha sido clavado a conciencia. Lo has clavado tú mismo.
Intentas gritar, pero no sale sonido alguno de tu garganta. Tu voz ha sido acallada, al igual que ese poder que tuviste. Lo único que queda es un hilo débil, cansado. La voz de aquellos que han perdido la fuerza y no pueden sino dejarse arrastrar por lo inevitable. Aquellos cuyo tiempo se escapó de sus manos y que ya solo pueden contemplar las consecuencias. Recoger los pedazos. Amontonar recuerdos de lo que nunca hicieron y desear aquello que jamás tuvieron.
Agacha la cabeza.
Acepta.
Tu tiempo pasó y lo perdiste. Lo perdiste haciendo lo que considerabas correcto. Esperando aquello que jamás llegó. Luchando por causas perdidas.
Agacha la cabeza.
Acepta.
Siempre tomando las decisiones que resultaron ser erróneas. Tomando los caminos más difíciles, solo para terminar en el punto de partida. Siempre cuesta arriba, siempre caminando en un laberinto, siempre sin ver la salida.
Acepta.
Acepta.
Al final, tu vida se resume en buenas intenciones, empresas nobles y en ideales caballerescos... pero tu mundo no se alimenta de eso. Mastica las buenas intenciones, pisotea las empresas nobles y se ríe de los ideales caballerescos. No perteneces a este mundo, y él se encargará de recordártelo. Cada intención, cada empresa y cada ideal se ven traducidos en la nada más absoluta. Al final del camino, al pie del Gólgota, solo te queda un puñado de polvo al viento, deseos no realizados, ilusiones aplastadas y mucho tiempo agotado.
Todo esto conforma un árido desierto por el que vagas.
Vas de un lado a otro y solo encuentras arena a tu alrededor.
En la cruz, sientes el frío y la oscuridad. Sientes la soledad cernirse sobre ti. El silencio, la melancolía. Las voces alegres y las risas son cosa del pasado; el futuro es una mancha gris que te nubla la vista. El presente, un recuento de heridas que no dejan de sangrar.
Intentas gritar una vez más, pero sigue sin serte concedido ese pequeño alivio. Estás mudo ante el mundo y tan solo tu rostro muestra parte de la agonía que llevas dentro.
Lo que fuiste.
Lo que eres.
Lo que pudiste ser.
Lo que deseaste ser y jamás fuiste.
La sangre que cae de tus incontables heridas se desliza por tu piel y empapa el madero. A tus pies se forma un charco de color rojo que dibuja tu propio reflejo. Incapaz de levantar la cabeza, es lo único que consigues ver: tu rostro, ahora demacrado. Las cuencas de los ojos, hundidas. Donde hubiera luz, ahora hay dos profundas manchas de color negro. Tus facciones no son más que una máscara de dolor, cansancio, frustración y tristeza. No puedes más.
Y llega un momento en que lo reconoces.
Sabes que tienes que detenerte, aunque sea un momento.
Necesitas un respiro.
Lanzas un suspiro, aunque no el último. Sigues ahí para recordar. Para asumir.
Para seguir haciéndote daño a ti mismo.
Sabes que, aunque hicieras lo que creíste correcto, no supiste jugar tus cartas. Tu existencia ha sido un juego con unas reglas que, bien no entendiste, bien no dominaste. Todas las estrategias que creías inteligentes se han venido abajo una tras otra y te has dado cuenta cuando ya no puedes hacer nada. Cuando todas las manos han sido ya repartidas. Cuando la partida ha avanzado demasiado. Querrías reírte, pero la ironía es demasiado dura como para poder sacar fuerzas para ello. Todas tus buenas intenciones, todos tus deseos, todas tus esperanzas... se reducen a nada.
Mea culpa, te dices. Sin embargo, sabes que aceptar que la mayor parte de lo que te ha sucedido ha sido por tu proceder no sirve de nada. No resuelve nada. No consuela nada. Tan solo hace que duela más.
Dolor.
Culpa.
Miedo.
Desesperanza.
Tristeza.
Soledad.
Frustración.
Bienvenido al Gólgota.





No hay comentarios:
Publicar un comentario