domingo, 26 de abril de 2015

Angst- Ubi sunt?



Hoy vamos a empezar nuestro artículo reflexivo de forma pedante. Para variar, no vais a leer sobre tetas ni culos, ni vais a encontraros palabras malsonantes. No al principio, al menos. Nuestro post de hoy va a iniciarse con las líneas de un poema de Pablo Neruda. Antes de que digáis nada, no suelo leer demasiada poesía. Tampoco tengo por costumbre leer literatura hispánica, aunque ahora parezca estar de moda o haya quien me sugiera que debería hacerlo por vete a saber qué motivo que, francamente, me importa de poco a nada (ya sabéis lo que pienso últimamente de convertirlo absolutamente todo, incluido el ocio, en una especie de campaña reivindicativa de lo que sea), y prácticamente no he leído nada de este señor.
Sin embargo, y pese al garrulismo que parezco haber destilado con estas líneas, sí tengo que decir que una vez, leyendo un libro de un tema que no viene en absoluto al caso, me encontré con esta cita (no referenciada, por cierto, así que tuve que buscarla) y me llamó poderosamente la atención. No por el significado del poema en sí, sino por lo que esas líneas, totalmente extraídas del contexto del poema, significaron para mí. Los versos dicen así: "Piedra en la piedra, el hombre, ¿dónde estuvo?/ Aire en el aire, el hombre, ¿dónde estuvo?/ Tiempo en el tiempo, el hombre, ¿dónde estuvo?

Como he indicado arriba, ni me voy a poner a hacer un análisis literario del poema ni el objetivo de este artículo es hablar de él en sí. Mi intención es hablar un poco de lo que significaron para mí esas tres líneas.
Arrancamos.

En ciertas etapas de tu vida, oyes promesas. Promesas de los que te rodean. Gente que, por el motivo que sea, tiene una habilidad de fascinar, o bien gente con la que sientes la suficiente afinidad como para llamarlo "amigo". Un término que, reconozco, empleamos a veces demasiado a la ligera y que nos lleva a errores tales como pensar que un amigo es cualquier bicho viviente con el que no te lleves a matar.
Podemos decir que eso de ser amigos es un término amplio que implicaría todo un espectro, en todo caso. Esa concepción me resulta cómoda, ya que evita tener que andar inventando palabras y etiquetando a la gente en base al nivel de amistad que tenemos con ellos. En este caso, hablo de amigos. Lo que se entiende por el concepto estricto.


Putos amos.


Tenemos una cierta tendencia a pensar que un amigo es para toda la vida. En mi caso, aun siendo, como ya sabéis, una persona que tiende a ser solitaria, es un concepto que no me desagrada en absoluto. La gente que siente lo que es estar solo como lo siento yo apreciamos lo que es no tener más compañía que la de uno mismo, pero no por ello tenemos que abjurar de otras personas hasta el día que nos vayamos al otro barrio. Digamos que no es una necesidad acuciante esa de estar rodeados de gente todo el tiempo, lo que tampoco excluye que de vez en cuando necesitemos o nos apetezca compañía. Porque el mundo interior enriquece y eso, pero a veces viene bien eso de variar.
Partiendo de ese hecho, entendemos que aunque no necesites estar todo el rato con un amigo, o incluso pese a que ese amigo viva en Quintocoño, Arkansas, sabes que esa persona está ahí.

Estar ahí. Este es un concepto un poco difícil de explicar, pero lo intentaré lo mejor que pueda: por esto no me refiero al hecho de que lo tengas en la puerta de al lado de tu casa o que sea la típica persona a la que llamas básicamente cuando estás jodido. Por "estar ahí" hablamos de un concepto más amplio y a la vez más profundo. Me refiero a gente con la que sabes que no pasa el tiempo: gente a la que lo mismo no has visto más que un par de veces en un año por el motivo que sea (distancia física, por ejemplo), pero sabes que se acuerda de ti. No me preguntes cómo, pero tienes esa certeza.
Llamadlo si queréis "cercanía personal".

Sin embargo, pasan los años y vemos que las cosas, con según quiénes, no funcionan como creíamos. La distancia no se limita a lo físico, ya que podemos hablar de dos personas que vivan en la misma ciudad, o incluso a apenas un kilómetro el uno del otro. La distancia entre esas dos personas, antaño bastante estrecha, ahora se convierte en un puto abismo. Es cuando te das cuenta de que esa persona, a quien en su día habías confiado tus secretos y ella a ti los tuyos, ya no está ahí. Partiendo de la habitual analogía metaliteraria/serial, te das cuenta de que has pasado de ser un secundario habitual a un personaje poco menos que episódico. En algunos casos, es que directamente desapareces de la continuidad, como esos personajes que tuvieron su función y que, debido a los designios de un autor que improvisa, directamente deja de aparecer en la trama principal, cayendo en un limbo del que cada vez es más difícil salir.
El abismo se ensancha.


A lo basto.


Es al sucederte esto cuando, lógicamente, empiezas a plantearte a qué coño ha venido lo que sucede. A qué viene, no el hecho de que una persona viva su vida (lo que suele ser lo normal), sino que tú, cuando te quieres dar cuenta, no pasas de ser una puta nota a pie de página. Si tienes un poco de sangre en las venas o muestras un mínimo de interés en esa relación tan estrecha que tenías, haces balance de aquello en lo que la has podido cagar. Quizás no con la intención de arreglarlo (porque a veces, las distancias se multiplican de forma entrópica, ampliándose a cada día y congelándose, hasta llegar a un cero absoluto, donde no hay movilidad posible), pero sí con la de saber qué coño ha podido pasar.
Y a veces, solo a veces, te das cuenta de que ha sido algo gradual, pero siempre ha estado un poco ahí. No esa distancia ni ese enfriamiento, por supuesto, pero ha habido gérmenes. Sutiles y casi imperceptibles, pero no por ello inexistentes. Haces memoria y analizas de forma sistemática reacciones y acontecimientos. Observas lo que ha venido sucediendo a lo largo de los últimos cinco, diez, lo mismo quince años y las piezas, lenta y pesadamente, empiezan a encajar.
Y es cuando llegas a ese punto de decepción.

Ya mencioné por alguna parte que una vez me enseñaron que cuando alguien te decepciona en realidad te decepcionas a ti mismo porque atribuyes a esa persona unas cualidades que obviamente no tiene. No me siento con ganas de rebatir esto, la verdad... pero sí tengo que decir que eso, en casos como este, con gente tan cercana, es inevitable. ¿Que el mundo en realidad tiene un aspecto diferente a como lo percibimos? Pues oye, no digo yo que no. Es más, creo que es hasta muy probable que así sea. Pero esta lección no ayuda. Decirnos "Sabías que podía pasar" no nos hace sentir mejor; una decepción es una decepción y haberla contemplado como algo posible tiene muy poco de consuelo.
Se supone que de esta lección tenemos que aprender a no esperar nada absolutamente de nadie, y ver como "bueno" lo mínimo que nos encontremos de ello, tomando lo "malo" como algo que no nos sorprende y para lo que estábamos medio preparados en caso de suceder.
Con la mayoría probablemente funciona, pero yo no soy de pensar que todo el mundo sea igual para nosotros. Nos podemos poner todo lo democráticos que nos dé la puta gana, pero es lógico que no sintamos la misma empatía por alguien a quien no conocemos de nada que por alguien a quien queremos, o alguien a quien nos gustaría arrearle con un martillo pilón en la cabeza hasta dejarle el cráneo con la textura de la compota de manzana. Por tanto es lógico que nos toque los cojones que alguien en quien hemos confiado, no unos días (ridículo) o un par de años (plausible), sino una puta eternidad, nos deje en la puta estacada.


Solo dije que no habría tetas AL PRINCIPIO.


Y es que tampoco hace falta que nos hagan la putada padre para jodernos. No hace falta que se follen a nuestras parejas en varias posturas del Kamasutra y luego nos lo restrieguen por la cara para que nos preguntemos "Qué cojones pasa con tu puto rollo". No hace falta que nos decapiten al gato o que nos quemen la casa. Basta con descubrir que a esa persona le importas una puta mierda. Que, sin discusiones o broncas previas, dejes de formar parte del entorno y pases a ser una jeta más de las que se encuentra uno por la calle. No a nivel de trato, pero sí a nivel de consideración.
Pongámonos todo lo new age que queramos, pero esas cosas sientan como una patada en los dientes.


O como una hostia de Chuck Norris.


Es entonces cuando te pones a hacer un repaso rápido de las últimas mierdas que te has comido y ves que, lejos de ser el tío en que esa persona confiaba para lo que fuese, ahora eres el último tonto del culo que se entera de todo (porque, al moverte en círculos similares, te acabas enterando), donde gente que es más reciente o de menor confianza sí está al día. Que uno puede parecer hacerse la víctima, pero cuando habla con esa gente más reciente y le cuenta que no sabía nada y que se está enterando por ellos de las noticias, se da cuenta cómo se les cambia la cara y se quedan flipando de ser ellos quienes me lo cuentan y no quien debería hacerlo. De llegar a decir incluso el feo que supone eso.
Sigues retrocediendo en el tiempo y ves que estas últimas historias no son en absoluto nuevas y que ha habido ecos antes. En ese periplo, ves incluso cómo se te ha echado en cara a ti lo mismo... Sin que la otra parte recuerde cómo tú tuviste que buscarte la vida porque no podías contar con ella. Porque, por el motivo (o motivos) que fuese, tenían cosas mejores que hacer y a ti te tocaba apañártelas como pudieses. Puede que eso te enseñase en su momento a sobrevivir socialmente hablando, a moverte entre unos y otros. A no depender de una persona en concreto, sino a relacionarte con todo aquel que tuviese un mínimo de interés. A tener colegas hasta en el infierno. Da igual, porque de puertas para afuera eso se ve como que eres tú al que todo le importa una mierda. El que se desentiende, el que te deja tirado a la más mínima. De pronto, el hecho de que tú seas la clase de persona al que no se le caen los anillos por escuchar a quien lo necesite, o dispuesto a echar una mano cuando ha hecho falta, deja de contar. De que tú no tengas demasiado en cuenta la distancia física y que, cuando te encuentres con algún amigo al que hace siglos que no ves te alegres y las cosas para ti sean como lo fueron tiempo atrás. Lo que cuenta, al parecer, es que no has estado disponible cuando te han llamado a última hora para hacer cualquier cosa, porque tienes tu vida y no vas a dejar lo planeado solo porque ese alguien se llama tal y tiene preferencia. Porque es más fácil pensar que vives en casa mirando al techo esperando a que ese alguien te llame para que vayas corriendo a hacer lo que sea.


"Si tú me dices ven, lo dejo todo"...


Resulta muy curioso cuando escuchas cómo te echan eso en cara y tú casi que prefieres callarte la de cosas que podrías echarle tú en cara a esa gente que lo hace. No porque no sean importantes, sino porque no tienes ganas de soportar el desgaste emocional o de energías que conllevan situaciones así. Porque en el fondo igual empiezas a descubrir que no merece la pena entrar en una discusión árida, donde no vas a cambiar la opinión de aquellos que piensan que eres un monstruo por no poder ir a según qué eventos, o participar en según qué cosas... Y ellos no van a cambiar la tuya al pensar que tú no eres quien deja tirada a la gente.
Te tienes que callar la de veces que tú has estado pero bien jodido y a esta gente que tanto prometía hace siglos ha parecido resbalarle, y no porque no lo supieran. Que conste, no es que necesite un hombro en el que llorar. Superé esa etapa hace mucho. Pero lo que sí habría necesitado en su momento es saber que la otra persona estaba ahí... y, si analizamos el asunto de una forma fría y objetiva, nos damos cuenta de que no. No estuvo.
Más motivos para callarte tienes cuando a esa persona le da por contarte la noticia, tú le dices que ya lo sabías, y que estabas esperando a que ella te lo dijera en persona, y encima lo que te encuentras son reproches, pullas y echadas en cara acerca de temas anteriores, en lugar de explicaciones.


Lo mismo que dije de las tetas lo digo también de los culos.


Son cosas que, en definitiva, no cabrean. Más bien se limitan a sumar líneas en una lista de cosas que te hacen encogerte te hombros y decir que, oye, si así está el patio, pues estupendo. Cada uno a vivir su puta vida y arreando, porque no están las cosas como para andar de mala hostia y mucho menos dejar que le toquen a uno las pelotas con discusiones, chorradas ni cosas de las que tiene plena certeza de que no han sido de uno. De que esta pelota lleva años gestándose y de que llega un momento en que te hartas de feos, de tiritos al cuello, de comentarios presuntamente jocosos, de murmullos, o de que te tengan delante y se callen cosas de las que luego te enteras por otra gente. Acabas hasta los mismísimos huevos de que se te quede la cara de gilipollas cada vez que algún conocido común te suele lo de "Oye, igual no debería habértelo dicho" y tengas que disculpar a esa tercera persona y decirle que ha hecho lo correcto (lo que es cierto), porque los dioses saben cuándo te habrías enterado de haber sido por quien debía decírmelo. De que esas terceras personas tengan que reconocer lo mal que ha estado que te dejen en la estacada y tú ahí no puedas decir mucho más... más que nada porque no queda ya nada que decir.

Aquellos a los que admiramos en su momento no han hecho más que mostrarse como héroes con pies de barro al manifestar con claridad que para ellos no somos gran cosa. Si los héroes viven para el recuerdo, el recuerdo que dejan éstos se perfila como difuso, enturbiado por ciertas actitudes, por ciertos desplantes.
Ahora te preguntas a dónde ha ido a parar todo aquello que hubo en el pasado. Qué ha quedado tras esta Gran Oscuridad que nos ha engullido a todos.
¿Dónde están?
Ubi sunt?
Parafraseando a Villon, y para terminar de una forma tan pedante como empezamos, "¿Dónde están las nieves de antaño?"

2 comentarios:

Raelana dijo...

Ains, la de veces que me ha pasado lo mismo... :( Ánimo.

Rumbo a la Distopía dijo...

Sí, yo es que por eso ya ni me molesto en caberarme. Paso. Luego si quieren que me pongan de malo, de villano o de puto terror sobre dos patas... Pero es que hay cosas que te dejan tan flipando que dices "Pues hala".