Sin duda, aquellos que seáis lectores Distópicos con una cierta experiencia recordaréis aquel post referente a mi experiencia dando clases particulares de inglés con una familia que se pensaba que, más que un profesor a domicilio, soy el puto Jesucristo y, con solo hacer acto de presencia, chavales que llevan años de déficit de base con la asignatura de buenas a primeras aprueben y, a ser posible, con nota. Para aquellos que os habéis incorporado de forma más reciente y no habéis buceado en los anales de este submundo, os dejo por aquí lo que sucedió durante los acontecimientos de la Saga Milagro.
Aunque sigo manteniendo que mi experiencia a lo largo de los diez años que cumpliré en unos meses como profesor ha sido estupenda y que he tenido una suerte que no me la merezco, tanto con los alumnos que he tenido como con los padres (con los que he tenido siempre una relación excelente, ha habido confianza mutua y mucho respeto por mi trabajo), existe lo que se podría llamar "Ley de la Compensación Universal de Acontecimientos Metafísicos". Traducido a un idioma que no me haya acabado de inventar para resultar más molón, "Para compensar tanto buen rollo y tan buenos resultados, siempre tiene que haber gente que resulta ser diez veces más tocapelotas que todo bicho viviente que te has echado a la jeta". Es el caso de la Saga Troll.
¡Agarraos, que vamos!
Todo empezó hará unos tres cursos, cuando me mandaron a dar clase a una niña, familiar de una de mis alumnas. No es que tuviera demasiados huecos, pero vivía cerca de mi casa y podía apañar una clase el único día que me quedaba libre. Como siempre que sucede en estos casos de "alumnos especialitos", la primera en la frente nada más empezar: los padres de la chica están divorciados y, al estar en custodia compartida, me vería obligado a dar clase cada dos semanas, en lugar de hacerlo de una forma más continua. La idea me hizo tanta gracia como depilarme las gónadas con un soplete, porque las posibilidades de hacer un seguimiento del avance de la alumna, así como de poder reaccionar con tiempo en vistas a un examen (pensadlo, dos clases al mes tan solo) eran menores. Sin embargo, acepté: la alumna por medio de la cual me había llegado este caso era de confianza y no era plan de rechazar un trabajo de buenas a primeras: expuse la dificultad que supondría eso, pero no pareció haber problema. Total, hablamos de primaria, así que con una noción básica de gramática e ir poniendo sesiones intensivas de ejercicios de vez en cuando, junto con algunas listas de vocabulario molonas para que se las fuera estudiando las semanas que no daba clase conmigo, no debía haber problema.
No debía.
El caso es que durante ese año, la cosa tuvo sus altibajos: esta nueva alumna empezó relativamente bien. Bastante motivada y con no menos curiosidad, lo que suele suponer siempre una buena señal. En mi experiencia, tiende a indicar interés y ganas de aprender, lo que es positivo.
Sin embargo, no todo el monte es orégano y, como he mencionado, hubo altibajos. De hecho, hubo tantos bajos como altos: la cría resultó ser lo que yo llamo "alumnos Casera". Para aquellos que no esteis familiarizados con el concepto, os lo explico: si tú coges una botella de gaseosa La Casera y la agitas antes de abrirla, tienes un chorrazo digno de bukkake extremo que sale con mucha fuerza al principio; sin embargo, en el momento en que se pierde el gas (al ratillo del chorrazo inicial), la presión del chorrazo se acaba convirtiendo en una cosa bastante floja, que acaba por tener menos fuerza que el pedo de un mono. Aplicado a este caso, el interés de la chavala debió durarle como tres clases (es decir, mes y medio).
Aunque hay pedos y pedos.
A partir de este punto, me di cuenta de que lo que le pasaba era que no estaba acostumbrada a sentarse a estudiar. Mucho menos si, por lo que pude descubrir, las semanas que yo no le daba clase no hacía absolutamente nada. Eso implicaba que, si bien una semana llevaba la gramática medio bien, a las dos o tres clases de aquello hacía reset, lo que hacía que tuviera que volver a explicarle lo que no había repasado por su cuenta, prácticamente desde cero.
Hizo falta prácticamente un curso para que la cría se adaptase al hecho de dar clase en casa; y aun pasado este tiempo, era como tener un jarrón que se ha roto y acabas de pegar con cola: sabías que en cualquier momento se desmoronaría otra vez. Por eso tenía que tenerla atada bastante corto y no despistarme un momento en cada clase que le diera, al tiempo que rezar para que no lo olvidase absolutamente todo durante la semana que tendría de barbecho.
Como he dicho, pasa un año y hasta aquí la cosa pues más o menos va tirando hasta el segundo año, en el que deciden añadirme al hermano de esta niña. Al hermano me lo describen como "un niño inteligentísimo, que roza el superdotado". También me lo escriben como un niño algo difícil, algo que no me sorprende, ya que durante el curso anterior lo he visto dando vueltas por la casa y compruebo que tiene la extraña costumbre de tratar al primero que se le pone por delante como si fuera un colega de su edad.
Así que me plantan a este elemento. Necesito tan solo unas cuantas clases para darme cuenta de que, efectivamente, el chaval es listo. Bastante listo, de hecho. ¿El problema? Que el chaval no es tan listo como dicen, o como le han hecho creer (esto último parece un hecho bastante firme, en base a la actitud que demuestra), y la mayor parte de su inteligencia la desperdicia en buscar excusas para no estudiar o para intentar hacer perder el tiempo de la clase, usando subterfugios e intentando llevarme a su terreno.
—Esto te lo vas a tener que estudiar —le digo un día, al ver que un ejercicio le había salido de puta pena.
—Es que no tengo tiempo para estudiar.
—Estás en primaria, ¿qué es lo que tienes que hacer?
—Es que juego al fútbol.
—¿Todas las semanas? ¿Incluidos fines de semana?
—Sí.
—¿Hasta los domingos?
—No, pero tengo que hacer deberes.
—Esto también son tus deberes. Si das clase, es una responsabilidad que estudies lo que ya has visto.
—Pero es que no tengo tiempo —blanquea los ojos, como si estuviese diciendo una obviedad que yo no logro entender.
—Yo solo digo que esto que vemos lo das en tu asignatura de inglés, y eso lo tienes que aprobar. Tú mismo.
"Tu eliges"
Esto es algo que no deja de tener gracia, ya que yo empecé a dar clase cuando él era un niño de teta y no es el primer alumno que intenta desafiarme. Lo normal es que lo intenten durante un tiempo, y luego vean que no hay nada que rascar. A partir de ahí, la convivencia generalmente se hace más llevadera y la clase avanza.
Este se ha pegado prácticamente dos cursos completos en el mismo plan, prácticamente sin cejar en el intento. Su padre me advierte que el chaval es así con todo el mundo y me dice que en ningún caso ceda un pelo con él. Yo no es que sea de ceder demasiado con alguien a quien eso de esforzarse un poco le importa una mierda, y con este no pretendo hacer una excepción, así que adelante: él intenta llevarme al límite y yo no le dejo que tome el control, que es lo que pretende en todo momento. He visto dummies reventarse contra muros de hormigón con efectos menos devastadores. La frase más fina que le he podido soltar para que no se pase de chulo es:
—Una pregunta, ¿la clase quién la da, tú o yo?
—Tú.
—Ah, vale, es que como te estoy escuchando darme lecciones de inglés sobre cosas que ni siquiera pareces saber cómo funcionan, igual es que me había equivocado.
Esta es la actitud.
Aclaremos esto del desafío: por lo general, esto es más normal de lo que parece. Cualquier crío medio inteligente suele tener la costumbre de desafiar a alguien que viene a enseñarle algo. ¿Por qué? Pues porque no se limitan a comer de lo que le echan y cuestionan las cosas impuestas, tratando de buscar su propia manera de llegar a un pensamiento autónomo. Esa es la parte razonable del asunto.
Y luego están aquellos a los que les gusta tocar las pelotas.
Por tocar las pelotas, no me refiero a aquellos alumnos que se ponen en plan "Esto no me gusta, quiero hacer otra cosa", o "¿Otra vez vamos a hacer esto? Si ya me lo sé". Esas son cosas de niños, y se entiende que no siempre tenga uno ganas de currar; cosas que toreas de esta o aquella manera hasta que medio consigues convencerlo. Por tocar las pelotas me refiero a aquellos que tratan de proyectar sus propios errores en los demás, o pretender saber cosas que ignora por completo, con la intención de quedar por encima de otros. Eso sucedió durante un ejercicio, sobre un vocabulario de comida:
—¿Lettuce? Esa palabra no existe.
Yo lo miro durante un segundo.
—Vale, déjala y hazme el resto.
Al terminar, me pongo a corregir y le pregunto, como el que no quiere la cosa:
—¿Cuánto tiempo llevas dando inglés?
—Desde primero —me contesta en tono chulesco —, así que calcula.
—¿Pongamos tres años?
—Seh, por ahí debe andar.
—Ya... Es que a ver, yo llevo enseñándolo unos nueve, y estudiándolo más de veinte. Que tú, con apenas tres años dando clase de inglés me digas que una palabra no existe, cuando eso muchas veces no podemos decirlo con seguridad ni los que llevamos viéndolo toda la vida, me parece una valoración muy optimista por tu parte. Más cuando— le tiendo la libreta y le pongo la página con la lista del vocabulario delante de las narices, donde puede verse que la puta palabra que según él no existe significa simplemente "lechuga" —esa palabra está en tu lista y te la enseñé hace dos semanas. Es más, es posible que la tengas hasta en tu libro de clase. Otra cosa es que ni te haya dado por leértela.
Silencio absoluto al darse cuenta de que no tengo la más mínima intención de dejarle pasar vaciladas y chulerías, por nimias que sean.
"¿Nunca te has cruzado con alguien a quien no deberías haber puteado? Ese soy yo"
Optimista era, desde luego: como veía que no estudiaba fuera de la clase, lo dejaba estudiando un rato dentro de ella para que aprovechase el tiempo mientras le iba preparando los ejercicios. Listas de cincuenta palabras, de ochenta. Algunas hasta de cien, creo recordar. Bien, pues no llegaba yo ni a redactar la mitad del ejercicio cuando ya me daba la libreta diciendo "Ya", con tono de "¿Esto es todo lo que tienes para mí?", en plan, "si es que soy un genio, no necesito más tiempo". Os hablo de que el colega afirmaba haberse estudiado todas estas palabras en el tiempo de noventa segundos.
Lo sé porque un día me puse a contar mentalmente mientras estaba haciendo los ejercicios
—En esta voy a sacar un siete, por lo menos —me decía, dejando el concepto de "sobrado" a la altura de la babucha.
Hace el ejercicio.
—Un tres.
—IMPOSIBLE.
—¿Quieres que lo cuente de nuevo? A ver... no, es un tres. Has puesto tres bien, has dejado varias en blanco y el resto está mal. Menos mal que te he dado cinco minutos de reloj para que te los mires. No has echado ni uno solo en devolverme la libreta, diciendo que te lo sabías. Pues bien, ya lo veo.
Este crío en concreto, como se ha podido ver, era bastante bueno a la hora de trabajar con ejercicios de comprensión (por ejemplo, gramática); tenía momentos de auténtico vacile, del tipo "Ponme lo que quieras, que me lo voy a saber" (cita cuasitextual) y demostrar que, efectivamente, sabía hacerlas, pero a la hora de memorizar (es decir, el trabajo que implica sentarte a estudiar y dedicarle horas de trabajo de fondo, no solo en clase), pinchaba a lo bestia. Es el caso del vocabulario, que es donde se demuestra realmente el esfuerzo y el interés de cada uno, era donde caía miserablemente en cosas incluso básicas. Lo peor no era que fallase (como si fuera el primero, o como si yo fuera a enfadarme o machacarle por fracasar, cuando mi objetivo es que aprendan a superarlo), sino el hecho de que me echase la culpa a mí:
—Bueno, esta lista no te la has sabido —digo, más como observación que como reproche. Total, como si fuera el primero que no se sabe una lista.
—Es que no me has dicho que me la tenía que estudiar.
—Tú me pediste que te hiciera una lista de vocabulario completa. ¿Esperabas que no te la fuera a preguntar en la siguiente clase?
"¿En serio?"
Ante este último punto, decir que SIEMPRE que explico algo tengo la costumbre de decirle a mis alumnos "Bueno, pues esto prepáratelo para la semana que viene". Quizás se me podría olvidar alguna vez, pero no TODAS. Esta frase de "es que no me lo dijiste" era una especie de respuesta tipo que empleaba cada vez que le ponía un ejercicio de vocabulario, que casaba genialmente con su costumbre de estudiar única y exclusivamente lo que estaba dando ese tema. Si caía alguna cosa de un tema anterior (cosas de la evaluación continua), pues como ni se molestaba en repasarlas y se escudaba diciendo que eso no le tocaba, se las pasaba por el arco de triunfo. Imaginad la guasa empezar cada curso con él, viendo como si no hubiera visto en su puta vida las cosas más elementales; el mismo drama se repetía cada vez que llevaba la lección actual medio bien y quería volver atrás para asegurarme de que lo llevaba todo al día.
Más allá de eso, la guasa era que esas listas interminables me las pedía él, preguntándome cómo se decían no menos de cincuenta palabras por cada lista, y reprochándome (con el mismo tono chulesco que he mencionado que usaba casi siempre) que se me había olvidado poner una, cuando él mismo era incapaz de recordar mucho menos de la mitad de lo que yo le había puesto, como si el fallo por no poner UNA palabra fuese peor que ni siquiera molestarse en mirarse la lista de vez en cuando. Pensar que no se la iba a preguntar una vez (aunque se lo hubiera dicho) podría ser pecar de ingenuo; pensar eso por cada puta lista de las que le ponía era tener una moral de hierro.
Así de densa, por lo menos.
Este, por supuesto, no fue el único modelo de excusa empleado para culparme a mí de no haber estudiado. Si el tío tenía ingenio, lo empleaba con todas sus fuerzas en esta labor:
—Es que este vocabulario es muy difícil.
—Este vocabulario es todo lo difícil que puede ser si ni siquiera te lo miras.
—Pero si me lo he mirado.
Echo un vistazo a las dos o tres palabras de un ejercicio de diez que le he puesto y veo que, de esas palabras, dos de ellas no se parecen absolutamente nada al español y no son precisamente comunes. Las ha escrito bien. Por contra, se ha dejado en blanco palabras que son cognados y otras, directamente, se las ha inventado por si sonaba la flauta. En resumidas cuentas, no hace falta ser un genio para darse cuenta de que este se ha quedado con lo que le ha dado la real gana y el resto es que ni siquiera lo ha repasado. Si me apuráis, ni se lo ha leído, como comentaré más abajo.
Ante esto, cuando el chaval ve que TODO lo que me pide que le enseñe se lo tiene que estudiar, tiene dos opciones: una, decir "mejor me estudio esto hasta que lo controle, me lleve el tiempo que me lleve", o tomar la opción tocapelotas.
Exacto: seguir con la misma política de preguntarme listas de vocabulario, muy probablemente con la esperanza de perder clase y no tener que hacer ejercicios. Ante eso, yo me paso por el forro de mi sacrosanto escroto sus quejas y sigo en mis trece: cada puta cosa que está en la libreta, le suelo decir (bueno, no pronuncio la palabra "puta"), se la puedo preguntar en el momento que considere oportuno. En su mano está estudiárselas o no.
Pese a que eso se lo he dicho por activa y por pasiva, el crío me pide una lista de plantas y flores. Con dos cojones.
Ni que decir tiene que, dos semanas más tarde (tiempo de sobra para haberse estudiado esa lista), se la pregunto. Es una lista difícil, y se lo advertí antes de que empezase a preguntarme las palabras. "Esta me la voy a saber", me dijo.
Le planto, como siempre, diez palabras, para que él las rellene, bien en español, bien en inglés. Al plantarle el ejercicio por delante, su cara es básicamente la de "Ni puta idea".
Observo al chaval durante un minuto.
Casi dos.
Escribe una palabra ("rose") y el resto del rato se queda convirtiendo oxígeno en dióxido de carbono. Yo observo la escena entre divertido e indignado. Lo primero porque nuevamente, toda la arrogancia del chaval ha vuelto a ponerse donde se merecía; lo segundo, por todo el tiempo que siento que estoy malgastando con él para que no sea capaz de interesarse por aprender lo más mínimo. Ya no lo digo solo por este vocabulario, que sí reconozco que era difícil (aunque él me lo pidió, y del que podría haber aprendido más de una palabra de haberse molestado en estudiar), sino por cualquier otro, difícil, normal o básico.
—Cuando quieras puedes empezar —le digo, pasado ese tiempo, considerablemente harto de que el crío pase de mirarse lo que sea y que encima tenga los cojones de echarme la culpa a mí.
Mi cara al decir esto.
Pero por dentro me sentía así.
No es la única vez que me ha hecho eso. Como digo, las vaciladas han sido constantes, con cosas como decirme, en tono de reproche "No me has puesto el vocabulario de la última unidad por escrito", con un tono bastante insultante que suena a "¿Así es cómo pretendes darme clase?"
Considerando que se había examinado de esa unidad la semana anterior, me extrañé de dos cosas: una, de no habérselo puesto; dos, que me lo echase en cara una vez hubiese hecho el examen, cuando en su colegio han llegado a echar más de un mes en dar una unidad concreta y tengo la costumbre de ser lo primero que explico, precisamente para pelear con él todo el mes para que se mire la puta lista (de como mucho treinta palabras, la mitad de ellas casi idénticas al español, para todo un mes) en vistas al examen.
—Déjame ver la libreta, porque me extraña.
Tal y como había sospechado, la lista estaba allí, con todas las palabras nuevas del tema. Estaba bastante seguro de haberla escrito, pero nunca está de más asegurarse.
—Ah, pues estaba ahí —me dice, con la cara cambiada al darse cuenta de la cagada —. Se me había olvidado.
—Y claro —respondo yo, hasta los mismísimos cojones de reproches y de que un enano me eche la culpa de sus errores durante casi tres años —, es mucho más fácil echarme la culpa a mí de no haberte escrito la lista que mirarse la libreta en más de un mes, ¿verdad?
"¡Responde!"
Otra cosa similar me sucede en este punto, con el tema de un examen que tiene. Lo pongo a estudiar, ya que me da a entender que se ha estado tocando los huevos a dos manos desde que empezamos la unidad, limitándose a hacer los deberes, basándose en lo que se acuerda de lo que le he enseñado y vivir de la renta de otros años. Me protesta por la lista de vocabulario (diez palabras, y sobre deportes, que se dicen prácticamente igual que en español), ante lo cual ya me canso y le suelto:
—A ver, esta es la lista del tema. Diez [putas] palabras. Estamos a sábado y el examen lo tienes el lunes. Si no quieres, pues no te la estudies, pero esto es lo que te van a preguntar. Si luego te suspenden, ni se te ocurra echarme las culpas de no habértela sabido, porque problema mío no es.
He mencionado arriba que a este chaval le encantaba tocar las pelotas a dos manos. Y ya no porque hubiese alguien dándole clase, sino porque he llegado a la conclusión de que era su manera de sentirse alguien, aunque fuera soltando cosas totalmente fuera de lugar y dignas de pegarle un manguerazo de agua helada. Cosas como:
—Mi hermana no da clase hoy.
—Gracias, me lo ha dicho tu padre al entrar.
—Eso significa que hoy solo te llevas diez euros, ¿no?
O como:
—Yo es que no sé de qué me sirve el inglés, si yo voy a ser futbolista.
—Por ejemplo, si te contrata un equipo extranjero.
—Yo es que voy a jugar en el Málaga.
—Ya, y si te contrata el Manchester ofreciéndote el doble, les vas a decir que no porque no hablas inglés, ¿no?
—Pues sí.
—Ponte a hacer el ejercicio.
Ay. Ay. Ay. Ay. Ay. Ay.
Y como estas, pues prácticamente todas las clases. Sin embargo, tengo que deciros que la Saga Troll no se limita a estos momentazos, sino que me voy encontrando movidas e historias a lo largo de estos casi tres años.
Como ya he dicho, al principio daba clases en el día de la semana que tenía libre; más adelante (hace un año), resulta que fui contratado para trabajar por las tardes, lo que implicaba una reestructuración de todas mis horas particulares para poder cuadrarlas. Os hablo de un mes de abril, fecha complicada porque pilla justo a mitad de curso. No me parece buena idea darle la patada a todos mis alumnos por eso y me toca llamarlos para empezar a ir cuadrando cambios. Como ya he dicho, la relación con los padres de mis alumnos es excelente: todos me dan la enhorabuena y se alegran mucho por mí, y no tardan en decirme los huecos que tienen libres para ver cómo puedo compaginarlos. Es una tarea muy complicada poner de acuerdo a tanta gente, pero me las apaño.
Hablo con el padre de estos críos, y le comento el plan. Le digo de poner su clase después de mi jornada y me dice que es muy tarde (de siete a nueve), de modo que le ofrezco los fines de semana, a fin de no dejarlos tirados en mitad de curso.
—Es que la niña tiene partido de balonmano —me dice.
—¿A qué hora?
—No sé, depende.
—Entonces, ¿qué hacemos?
—Bueno, podemos probar el sábado.
Aquí es cuando ya veo un poco la actitud. Lo de "podemos probar" me deja bastante claro que, si bien no parece darse cuenta de que yo me tomo la clase como mi trabajo, menos se da cuenta de que el cambio al sábado se lo he ofrecido como un favor. Aun así, acepta y me llama unos días después, poniéndome la clase a las once y media. Este parece ser el horario "oficial", que se viene respetando durante un tiempo.
Durante un tiempo.
A los tres meses o así, veo que el ritmo de semana con clase/semana sin clase se interrumpe. Este señor queda en llamarme para confirmarme las clases, porque me dice que su ex-señora está en mitad de un ERE o no sé qué y que a veces se queda con los niños. Llega un viernes y yo, consciente de que no había dado la clase anterior, me preocupo y pregunto:
—Los niños están con la madre —es toda la respuesta que recibo, en un tono que me suena a "Que parece que no te has enterado".
—Ah, es que como la semana pasada no dimos clase... por eso preguntaba —suelto yo, sin callarme. Si al caballero le molesta que me preocupe por hacer mi trabajo, con bueno ha dado.
—Quedamos en que te llamaría si había clase.
—Ya, y esta semana no me has llamado.
—Es que si no damos clase, no te llamo.
"Tio. Esto no puede ser. Esto no me lo pueden estar diciendo".
Ante tal respuesta, me quedo cuajado, porque ya veo el nivel de formalidad y responsabilidad que destila aquí el colega. Ante eso, no puedo evitar cogerme un cabreo, porque empiezo a ver que eso de echar las culpas a los demás no es solo del crío. Más aún me enferma el hecho de que por lo visto parezca que le estoy molestando por no haber leído su puto pensamiento. Pese a todo, paso de discutir y me organizo mi fin de semana alegremente.
Esta, sin embargo, no es la única movida que me encuentro. A partir del momento en que soy contratado para trabajar, las mamonadas se suceden a razón de una al mes, mínimo. De coger un día y pedirme que le adelante la hora de la clase porque la niña tiene partido. En lugar de dar clase a las once y media, me pone la clase a las diez y media. Acepto y, pese a que he salido la noche anterior, uno es un profesional y se levanta a la hora propia para llegar, aun habiendo dormido unas pocas horas. Llegas a la clase y te sueltan, nada más poner el pie en la casa:
—La niña está mala, así que le das clase solo al niño.
"Vamos, no me jodas..."
La niña, que era la que tenía prisa por ir al partido, y por la cual me adelantaban la clase para que yo la preparase, no estaba disponible. Y, al parecer, de eso no me podía avisar la tarde antes. No podía decirme que, ya que la niña estaba mala, daría solo una hora a la hora de siempre. Se ve que para eso le costaba coger el teléfono.
Y no, no es que me moleste madrugar para ir a trabajar. He dado clases en sábados montones de veces, e incluso más temprano. La diferencia es que los padres de los niños a los que le he dado clase me lo han agradecido siempre.
Lo que me molesta, aparte del agradecimiento cero, es el hecho de que me hayan modificado el horario por la puta cara, para nada, dando incluso menos horas y, en definitiva, haciéndome perder tiempo. Me habría molestado lo mismo que me la hubieran retrasado.
De llamarme en mitad del trabajo (sabiendo de sobra que estoy trabajando a esa hora, porque era la hora a la que daba clase a sus hijos) un viernes por la tarde. Obviamente, no se lo cogí; un rato después, me encuentro un mensaje suyo diciéndome: "Me acabo de enterar que tengo a los niños este fin de semana. ¿Estás disponible mañana a la hora de siempre?" Ante eso, y viendo el plan que está destilándose aquí, me propongo coger y rechazar cualquier clase que me venga a última hora, de modo que le digo que no, que ya había hecho planes, cosa que era cierta.
De estar tan tranquilo en mi casa y, por la putísima cara, recibir un mensaje del padre de los críos con un chiste de estos que te mandan por Guasap, y tú quedarte a cuadros, preguntándote a qué coño ha venido eso.
"¿Pero esto qué mierda es? ¿ESTO QUÉ PUTA MIERDA ES?"
Los cambios de hora vienen sucediéndose a partir de entonces de forma relativamente frecuente. Yo he llegado al punto en que, si llegamos al jueves y no tengo noticias, me organizo mi fin de semana sin contar con esa clase. Como he mencionado arriba, ya solo doy clase en la hora pactada, lo que podría suponer que a partir de aquí los momentos troll desaparecen.
Os equivocáis.
Si bien os pensabais que el niño era el único tocapelotas y habéis flipado con el padre, resulta que la hermana se suma a la movida y entra en una dinámica de "Me lo paso todo por el epicentro" que flipas. A lo largo del segundo curso de los tres que le di clase, ya apuntaba maneras y tenía la sanísima costumbre de encogerse de hombros cuando le decía que podría estudiar aunque fuera un poquito, porque esto estaba suponiendo una total pérdida de tiempo. Su actitud era algo del tipo "yo es que soy así" y no había manera alguna de hacer que se pusiera a estudiar. Ni siquiera durante la clase, ya que no paraba de hablar, por mucho que la cortase y le dijese que se pusiera en lo que tenía por delante. La criatura llega a su momento de paroxismo pasota en el momento en que me viene con el portátil del colegio (buena cosa han hecho, con una criatura que parece conocerse a todos los putos Youtubers de la galaxia, más alguno que para mí que proviene de otra) con una presentación en Power Point, para que se la revise. Empiezo a ver frases que no tienen ni pies ni cabeza, con palabras que yo no le he enseñado a la niña, y que parecen sinónimas de las que deberían ser, solo que solo lo son en forma y no en contenido. Orden de las frases, como poco, extraño, como muy "españolizado", a diferencia de la gramática inglesa, que es a sota-caballo-rey. Uno tiene ya experiencia con estas cosas y lo ve a la legua:
—Google Translator, ¿verdad?
La niña se encoge de hombros, pone su habitual cara de "me importa un huevo" y suelta, medio riéndose:
—Seh.
Tomo aire. Tres cursos. Tres cursos enseñando frases básicas a esta niña. Frases básicas que son las que tiene que utilizar en la puta presentación. Ni una jodida frase está en condiciones, porque ha considerado más útil pasar de pensar en lo que lleva tiempo haciendo y que a cualquier otro alumno, no más inteligente, sino que ponga un poco más de interés le saldrían casi de cabeza. En lugar de eso, tiene los santos huevos de hacerme un copy-paste y dejar que una máquina le haga el trabajo sin revisarlo siquiera.
—Pues que sepas que habrías tardado menos haciéndolo como te enseñé yo, que es poniendo las frases como deben ir. Ahora te va a tocar borrarlo todo y empezar de nuevo, porque eso no tiene por dónde cogerlo.
"¡¡¡YEEEAAAARRRGGHGHGHGHGHGHGHGHG!!!"
La cosa se vuelve más cuesta arriba, mientras voy viendo que tanto ella como su hermano no solo no avanzan (eso no me preocupa, considerando que cada uno tiene su ritmo y no se puede exigir que den más de lo que dan), sino que retroceden: en efecto, los dos están olvidando cosas que llevan viendo conmigo desde el primer puto día que les estoy dando clase, pese a que se las pregunto cada vez que voy a su casa.
—Es que nada más que estudian conmigo —me dice el padre, intentando quedar bien, en plan "Porque con su madre no hacen ni el huevo".
Yo, ya harto de tanta chorrada y de que me tomen como el pito del sereno, respondo. De muy buenas maneras (porque uno será un cafre, pero en el trabajo es correcto y educado), pero respondo:
—Me temo que no estamos hablando de un déficit de una semana. Verás, cuando un alumno no solo no avanza, sino que olvida cosas que se le enseñaron hace años, te puedo hablar de meses en los que no se ha tocado un libro.
"Sin rollos, ¿vale?"
Llegamos a los últimos meses, donde me encuentro que la niña parece haber desaparecido y solo doy clase al crío. Es decir, que me llevo mi sueldo mínimo, que cobro cada dos semanas, con suerte. Porca miseria.
—Es que están de obras en casa de la madre, y llevan ya tres meses —me suelta el padre como toda explicación. Por algún motivo me imagino a la niña cargando ladrillos o algo así.
Pasan varios meses más. La niña sigue sin aparecer y me pillan algunas vacaciones por medio, entre navidades y semana santa. En conjunto, que haya dado de "continuo" al hermano, que hayan sido un par de clases en dos meses, como mucho. Para entonces, parece ser que media familia ha dejado de dar clase conmigo: la primera familiar, por medio de la cual los conocí, decide dejar de dar clase "Por razones personales", y me dice que "Ya me llamará". Me deja colgada una hora que me había pedido por activa y por pasiva que le respetase antes de terminar la segunda evaluación (llegando incluso a hablar con otra madre para decirle que no cogiera SU hora). A otra familiar, a la que daba clase por las mañanas, lo mismo: me dice que le viene mal dar clase conmigo por cuestiones laborales y que ya me llamaría para retomar. Ni que decir tiene que, en la medida de lo que he podido, he cubierto ya esas horas, porque no me parece de recibo que me dejen colgado a mitad de curso sin explicaciones. No seré el mejor en mi oficio, pero siempre me las apaño para encontrar alumnos aun en momentos así.
"Vaya, alguien ha activado la Putiseñal!"
El resto de las clases de los fines de semana, o bien las he rechazado porque me querían cambiar el horario o directamente no me han llamado; cuando las he dado, solo he dado una hora porque la niña no ha vuelto a hacer acto de presencia en casi tres meses. Llegados a este punto, yo ya he tomado la determinación de no seguir con ellos a partir de verano, porque tengo la certeza de que estoy perdiendo el tiempo (no solo por ser fin de semana que es mi tiempo libre: también por la frustración que supone invertir ese tiempo en gente que ni lo aprovecha, ni lo agradece ni parece importarle, ni enterarse de que eres tú quien le estás haciendo un favor a ellos y no al revés). Por no dejarlos tirados, decido seguir hasta final de curso y luego que se busquen la vida. No os creáis que una parte de mí no se teme este momento como una vara verde; ya me comí la aventura de la Familia Milagro y, a decir verdad, de lo último que tengo ganas es de entrar en otra discuión. Paso, no me apetece.
Llega esa mañana en que recibes un mensaje. Ves que el remitente es el padre de estos críos y te extraña que lo haga un martes, ya que como muy pronto suele escribirte un miércoles. Ya temíendote cualquier bizarrada, lo abres y te dice, a dos putos meses escasos de terminar el curso, que dejamos de dar clase "por unos meses" porque a él lo van a operar y los críos se quedan con la madre.
Que ya me llamará para retomar.
Al leer esto, me pienso si esto es una especie de mantra familiar o algo así. Ni que decir tiene que me resulta todo un alivio, ya que me ha hecho el trabajo sucio de mandarlo a zurrir manteca al monte. Si le da por llamarme (cosa que todavía está por demostrar, y con muchísimas reservas), le diré que ni me quedan huecos y que, por motivos "personales", ya no puedo dar clase los fines de semana.
"Demasiado tarde".
Y es que con estas cosas, amigos Distópicos, uno tiene que darse a valer y tener un respeto por su propia profesión: si otros no se toman en serio sus responsabilidades, no lo va a hacer uno por ellos. Y si ellos no respetan lo que hacemos, nosotros tenemos que hacer que nos respeten. Lidiar con estas cosas supone un desgaste brutal de energías. En el caso de gente que no muestra interés alguno y a la que le da exactamente igual aprobar que suspender, aprender que no aprender y que a lo único a lo que se dedican es a tocarte las pelotas y a dar la impresión de que se están cachondeando de uno, no merecen la pena. Ni compensa siquiera lo que te pueden pagar (como veis, para el choteo de clases tampoco es que ganase nada en condiciones), ni el hecho de que les hayas hecho la cantidad de favores que les has hecho precisamente para no acabar en malos términos.
Hay gente que parece vivir para tocar las narices. Y esa gente es la que no hay que soportar, en la medida de lo posible.


















No hay comentarios:
Publicar un comentario