Hará cosa de un par de días, me levanto y me entero de que un chaval se ha cargado a un profesor de su instituto, hiriendo a varias personas más, en lo que debería haber sido una mañana como cualquier otra. El chaval en cuestión no usaba el armamento clásico de lo que estamos acostumbrados a ver en una típica historia norteamericana (nótese el chiste macabro de que esto sucede en el aniversario de la matanza de Columbine, para más inri), sino que lleva encima una ballesta de creación casera, lo que hace que el crimen resulte más "exótico" para la prensa, que empieza a frotarse ya las manos ante el boom mediático del espectáculo que se va a formar. Vamos para bingo cuando resulta que el crío, de tan solo trece años, resulta ser un fan de la serie The Walking Dead. Según otros, de Juego de Tronos. Qué cojones, puede que de las dos.
No pienso entrar en un diagnóstico psiquiátrico del chaval. No soy psiquiatra y, francamente, no sé qué coño se le puede pasar por la chota a nadie para que una mañana coja y decida quitar de en medio a unos cuantos. No voy a entrar en ese juicio de valor sumarísimo acerca de la personalidad de alguien a quien desconozco y cuya historia familiar o trasfondo social son un total misterio hacia mí. Sería demasiado fácil. Demasiado español, eso de coger y entrar a saco analizando los pormenores de un caso que, honestamente, ni puta idea.
Lo que sí me atrevo a juzgar es a la opinión pública, ya que este caso ni es nuevo ni me resulta del todo desconocido. Sucedió hacia 1996, año arriba, año abajo, cuando un puñado de gilipollas decidieron montarse una paranoia de la hostia, secuestrar a un señor que esperaba el autobús por la noche y cargárselo, con decapitación incluida. El crimen del juego de rol, lo llamaron. Automáticamente, toda la puta opinión pública decidió, no culpar al criminal, sino a sus gustos o preferencias: estos tontos del culo, que no tienen otro nombre, ni siquiera jugaban a un juego de rol propiamente dicho, sino que tomaron una o dos premisas (algo así como si llamas "fútbol" a usar una pelota, llenarla de clavos y dedicarte a aporrear a la gente con ella) y se montaron un compendio de mierda que usaban para justificar toda la basura que tenían en la cabeza. Basura no necesariamente inculcada por el ocio. Para llegar a este tipo de cosas, donde te planteas quitar la vida a un ser vivo (no creo que obligatoriamente humano) si preguntáis mi opinión, suele (o debería) haber muchos más catalizadores que a lo que te dediques un viernes por la tarde.
Otra de las grandes generalizaciones al respecto fue decir que los juegos de rol eran propios de chavales de clase media, como si el que dos imbéciles asesinaran a un señor tuviera que ver con esto.
Como si no hubiera adultos que jugasen o como si no fuesen de clase media.
O como si el ser un chaval o ser de clase media tuviese influencia alguna sobre la posibilidad de matar a alguien.
El juego de rol debe su nombre a asumir un papel, que el jugador debe interpretar improvisando y usando su creatividad. Para entendernos, es lo más parecido a participar en una obra de teatro.
Aquellos que querían prohibir el rol por considerarlo nocivo contra la mente probablemente son de los que habrían asumido hace algunos siglos que el teatro era pernicioso contra el alma.
Y es que todo lo que implique usar la imaginación, últimamente, empieza a tener un tufo de "mala influencia" que echa para atrás...
La opinión pública, en su sacrosanta sabiduría, decidió generalizar y cargar las tintas contra los chavales que menos problemas creaban. Contra aquellos que, en lugar de pasar la tarde en un parque fumando porros o reventando papeleras (por aquella época también los había, y muchos), preferían quedarse en casa tirando dados. Chavales que, en su inmensa mayoría, a menos que fuesen una panda de tarados soplagaitas (como los que te puedes encontrar en cualquier ámbito), lo más peligroso que enarbolaban era un boli o, como mucho, un pincel para pintar miniaturas.
Yo era uno de aquellos chavales por aquella época, y creedme que tuve que escuchar una inmensa cantidad de gilipolleces por parte de gente que no sabía dónde tenía la puta cara: desde el "ten cuidado" (como si me fuera a despeñar por un puto barranco) hasta el "pero eso te vuelve loco, ¿no?". Habíamos pasado de ser chavales invisibles a tener que andar justificando nuestro ocio, porque a TRES gilipollas les había dado por matar a uno.
Tócate los cojones que nunca nadie me preguntó en cuántas peleas en mi vida me había metido (para su sorpresa, ninguna).
Se pensarían que una partida de Dungeons & Dragons sería como el Club de la Lucha o algo así, cuando es más probable que te partan la cara en la calle a que lo hagan en una partida de rol.
Incluso en las de rol en vivo.
La prensa no es que ayudase demasiado: una profesión que debería tener como objetivo informarse de las cosas, se pasó ese principio por la punta del nabo y se dedicó al sensacionalismo más barato y chapucero. La infame Nieves Herrero, famosa por haber liado la de Dios es Cristo y haber llevado las cotas del morbo de mierda a lo más alto cuando asesinaron a las tres chicas de Alcásser, volvió a la carga con entrevistas que intentaban condicionar la opinión pública. Vale que entrevistase psiquiatras, pero su muletilla era "Pero el juego es peligroso, ¿no?" Algo muy digno de una profesional como la copa de un pino, que probablemente se sienta orgullosa de haber contribuido a una sensación de paranoia bestial, y de hacer que rodasen las cabezas de miles de personas que tenían un ocio que, en líneas generales (insisto, a menos que seas un puto tarado) no hace daño a nadie.
Para nieves Herrero, probablemente el melón llevaría una bomba dentro, la flor tendría veneno y el libro sería un manual de descuartizamiento.
No fue el único caso, o no exactamente: a partir de entonces, cada vez que había un crimen cuya causa no estaba del todo definida, se usaba el término "juego de rol" como algo genérico a la vez que despectivo; un término tan genérico como "crimen pasional" o "ajuste de cuentas". Meter algo que no tiene nada que ver en el mismo saco, simplemente porque no se han hallado las causas. Es el caso de una chica que murió envenenada en su piso hace unos diez años, creo que en Madrid (por favor, si podéis darme más luz sobre este caso con algún artículo lo agradecería. He visto varios reportajes en la tele al respecto, pero no he dado con nada escrito), tras haber recibido varias misteriosas notas por parte de una o varias personas; notas con las que llegaron a dejarle en su puerta una botella de refresco. Un crimen que podría haber sido una especie de broma macabra, o lo que fuera, pero que nadie con el mínimo de conocimiento sobre el tema achacaría a un juego de rol, porque no tiene absolutamente nada que ver.
Los roleros de mi época eran tal que así.
Peligrosísimos, dónde va a parar...
Pero vaya, que esto no va solo contra el rol, sino que el cuadro tiene muchas más piezas: en 2000, el chaval de la katana, al que se le fue la olla y se cargó a sus padres, al que se achacó la "perniciosa" influencia de un juego de PlayStation. Poco antes, otro que también sacó una ballesta y amenazó (sin llegar a cargarse a nadie) con liarla parda y "cazar gente" porque se lo había pasado teta viendo la peli aquella de Van Damme, Blanco Humano (otro caso del que solo tuve referencias televisivas). Si nos vamos unos cuantos años más atrás, más allá de nuestras fronteras, veremos que otros dos chavales se liaron a escopetazos porque habían oído "mensajes subliminales" en un disco de Judas Priest, cuando ni siquiera la técnica de grabación de aquella época permitía poder grabar mensajes que se pudieran reproducir dándole la vuelta a un disco. Sin embargo, la acusación fue lanzada igualmente y los músicos tuvieron que demostrar la inocencia (o no ser culpables) ante una opinión pública que los había puesto en la picota por algo que no habían cometido: ni habían tomado drogas (no de forma pública al menos), ni habían usado armas contra nadie. Nos movemos en el tiempo y esto se repite en la tragedia de Columbine, cuando Marilyn Manson es acusado de incitar a la masacre que perpetraron dos tontos del culo, solo porque eran fans del cantante. Como si una cosa implicase relación directa y exclusiva con la otra. Y estos solo son los dos casos más sonados: hubo otros que fueron acusados sin crímenes por medio, como los Kiss o Alice Cooper. La sociedad los señaló como culpables por asociación y por ofrecer una influencia nociva sobre los jóvenes. Partiendo, nuevamente, de ese concepto que es pensar que todo bicho viviente por debajo de los dieciocho es subnormal y que se deja arrastrar por cualquier cosa. Como si un adulto no fuera igualmente subnormal. Como si eso de verte influido por algo fuera culpa de todo lo demás, menos de ti.
El rostro del puto Mal, para muchos tontos del culo que ni siquiera sabían qué tipo de música escuchaban sus hijos.
Y lo peor no es que no lo sepan. Lo triste es que ni siquiera les importa una mierda.
Hechos que vienen sucediendo, si nos fijamos, desde los últimos veintipico años para acá y que parecen ser una constante (aislada, pero existente) en el tiempo. Y no me refiero a eso de que se cometan crímenes: los asesinatos se cometen, como suceden robos, violaciones y demás. Me refiero a la opinión pública ante los crímenes que es incapaz de entender, especialmente a manos de gente joven. Al menos, en lo que viene siendo en nuestro país.
Si echamos un vistazo al patrón de estos sonadísimos crímenes, nos damos cuenta de que la actitud generalizada, por parte de la prensa así como del ciudadano medio que opina sin saber de qué coño habla, es la de juzgar automáticamente, no al criminal (que ya es duro, si nos ponemos por delante de la justicia ordinaria, dictando sentencia nosotros solitos), sino a su ocio. En caso alguno hemos escuchado (o lo hemos hecho de forma aislada o muy leve), cuando se ha tratado de acontecimientos así de raros, que el chaval fuese un desequilibrado, que proviniese de un entorno social desestabilizado, que sufriera o provocase bullying o lo que sea. En este tipo de crímenes, se tiende a ver al asesino como una especie de pobre corderito al que le han sorbido el seso unas entidades demoníacas (encarnadas en una consola o en una hoja de personaje, que parecen ser lo único en esta sociedad que incita a matar), que es plenamente incapaz de tomar una puta decisión, por minúscula que ésta sea, y que lo han convertido en un monstruo, y no vemos la hipocresía reinante de este planteamiento.
Botellones. Otra lacra social, pero no suele formar tanto revuelo. Total, aunque haya comas etílicos, haya menores de edad borrachos, haya apuñalamientos y demás movidas, no son nada comparados con un chaval que sigue una serie o juega a videojuegos y se carga a alguien, aunque no tenga nada que ver lo que siga o a lo que juegue y sea propenso a cargarse a alguien en cualquier circunstancia.
Porque lo segundo, aunque sea un fenómeno más aislado, está menos normalizado que esto.
Es hipócrita pensar que simplemente un juego puede volverte loco y hacerte matar en una sociedad que ha perdido por completo los valores. A mí por ejemplo me encanta ver cómo el personal se rasga las vestiduras hablando de la violencia entre los jóvenes solo cuando se producen barbaridades de este estilo, y obviando por completo que la violencia (sin llegar a matar) se produce a diario, y no solo de forma física. Ahora que ha sucedido esto es cuando a la prensa (o al mundo adulto, en general) le ha dado por preguntar a los chavales si han sido testigos de situaciones violentas o de acoso dentro de las aulas. Y han alucinado cuando éstos han dicho que sí: mucha gente estos días se ha horrorizado al enterarse de que dentro de las aulas hay gente violenta, actitudes agresivas contra otros alumnos y contra profesores. Y al parecer aquí nadie se había enterado. El chiste es que esto no es nuevo y se remonta hasta hace décadas (a bote pronto, a mí me recuerda a muchas movidas violentas que presencié en mi etapa en la EGB). Puede que estos chavales a los que han entrevistado estos días llevasen años diciéndolo, pero nadie les había escuchado, y se ha tenido que liar la que se ha liado para que alguien quiera medio prestar atención.
"Cosas de chavales".
"Es que están en esa edad".
"Esas cosas pasan".
"No es para tanto".
Por cuestiones laborales, he podido vislumbrar cómo funciona el sistema educativo y me atrevo a decir, sin mucho miedo a equivocarme, que lleva años decayendo: desde mi época, donde los profesores hacían por completo la vista gorda con temas como el acoso entre compañeros de clase hasta nuestros días, donde lo siguen haciendo en un porcentaje más alto del que se debería tolerar. Como comenté una vez, estas son "cosas entre chavales" hasta que a una pobre criatura, harta de la vida de mierda que un puñado de miserables la habían obligado a vivir, se despeña por un barranco. A partir de ahí, todos aquellos que miraron para otro lado o que participaron en el puteo constante no haciendo nada, eran los que ponían velas lamentando su muerte. Porque a toro pasado las cosas siempre quedan bien. Porque eso era mucho más fácil que ayudar en vida a alguien que lo necesitaba.
Esta escena es bastante clásica, donde vemos a un matón acosando a alguien y a unos cuantos alrededor coreando la escena.
A menudo olvidamos que hay muchos, muchos profesores que no actúan, aunque tengan los casos de acoso (o bullying) delante de sus putas narices porque no lo consideran labor suya. Para muchos de estos "docentes" (lo entrecomillo porque me niego a reconocer como tal a alguien) lo único que importa es cobrar a fin de mes e impartir las horas lectivas. Lo demás, es asunto de otros.
El sistema educativo en que vivimos se está esforzando bastante en generar una competición malsana entre los estudiantes: entre esa obsesión generada por las notas y esa especie de fobia hacia inculcar la cooperación entre compañeros, lo que tenemos es un sistema de castas dentro de las aulas donde lo que se aplaude es que un chaval apruebe aunque haga lo que sea necesario para conseguirlo (porque las notas son lo cuantificable y lo que luce de cara a las estadísticas). Aprobar para que sus padres puedan presumir de estos críos ante los padres de otros (porque se sigue pensando que el que saca mejores notas es más inteligente), o simplemente para que les compren algo, pero sin valorar realmente el esfuerzo de lo que están haciendo. Sin que, en el fondo, les importe una puta mierda lo que están haciendo. Por eso nos extrañamos o nos escandalizamos cuando vemos grupos de chavales diciendo que eso del instituto es una mierda, que aprender no sirve para nada y demás cosas bonitas.
Me tengo que reír encima cuando escucho que el ministro de educación, igualmente sabio, estudia impulsar un plan de prevención contra la violencia en las aulas, sin enterarse de que los centros cuentan con un equipo de estudiantes y alumnos destinado a mediación (el el caso del centro donde hice yo las prácticas, premio europeo dos veces por su lucha por la convivencia y visto como un "centro marginal" por una panda de soplapollas que se piensan que el barrio donde esté emplazado lo es todo). O al menos, muchos de ellos, especialmente los que cuentan con una directiva que se implica y no como la que viví yo en mi época del instituto, cuando estos organismos brillaban por su ausencia y donde la directiva se quitaba de en medio de la forma más cobarde ante cualquier problema, como si esa mierda del populacho no fuese con ellos o no quisiesen ensuciarse las manos tomando cartas en el asunto.
La política de verlo todo detrás de unas persianas suele ser la más cómoda. Luego, basta con lamentarse por lo sucedido a la víctima que hemos presenciado.
Recordemos a Kitty Genovese y nos daremos cuenta de que esto no es tan aislado ni tan marginal como parece.
No voy a generalizar, pero es que en suma a esta crisis de valores en la que impera la puñalada trapera para conseguir lo que se quiere, tenemos una nueva generación de padres 2.0 que parece que lo único que quieren es tener un hijo porque es lo que se espera de ellos. Padres que luego sienten que su hijo es una molestia, a la que hay que atiborrar de actividades extraescolares, por absurdas que resulten, para que así no den por culo en casa. Padres que piensan que empachar a un crío de cosas materiales o ponerlo delante de la tele o el ordenador sin ningún tipo de control acerca de lo que ven suple una terrible carencia de afecto que cada día prolifera más. Padres que luego no se explican por qué su hijo viene con una amonestación del colegio porque lo han pillado dándole de hostias a un profesor, a un alumno o protagonizando un acto vandálico dentro del centro educativo. Y ojo, esto no es nuevo, solo ha cambiado de forma: antes estos padres soplaban veinte duros al chaval y lo mandaban al recreativo; ahora les ponen internet en la habitación y se desentienden.
Lo que sí es nuevo es el hecho de sobreproteger a un crío y dar por válida su palabra, negando la autoridad de cualquier otro adulto: no es el primer caso que oigo de que un chaval llega a casa diciendo que el profesor es un hijo de puta, que le tiene manía y que le ha regañado en clase, y ver cómo el padre, hecho una puta furia, se va para cagarse en los muertos del profesor, llegando a veces al punto de la amenaza física. Porque a(l bestia de) su hijo no lo toca nadie. Por eso no es de extrañar que cada día surjan más y más jóvenes con la percepción de que son intocables, que cualquier cosa que hagan va a quedar completamente impune. Que piensan que eso de la responsabilidad es para pringaos.
"El sistema nos quiere porque considera que somos seres inmaculados, incapaces de cometer delito alguno, o de tener mala leche siquiera. Por tanto, podemos hacer lo que nos dé la puta gana".
Así sucede, que en el caso que abre este artículo se cargan a un profesor y HOY es un héroe, porque dio su vida por proteger a sus alumnos. Un profesor que llevaba la vida de mierda que llevan los profesores en la actualidad, y que nadie se lo valoró, ni a él, ni a todos los que viven así y que sienten vocación por lo que hacen (de los otros, esos que solo se meten en una clase por el dinero y que les importa una mierda su trabajo ni hablo; para mí solo son profesores de nombre): dando vueltas por toda la puta geografía de la comunidad, sin optar a un puesto medianamente fijo y viviendo con sus padres a los treinta y cinco años, para que luego llegue el gilipuertas de turno diciendo que viven como Dios. A esta criatura se lo han cargado y a día de hoy, que está el cuerpo presente, es un héroe y todo el mundo dice que la figura del profesor, en general, es excelente y necesaria.
Mañana otros como él volverán a ser "los hijos de puta esos", a los que los alumnos faltan al respeto a diario y los padres putean en grupos de Whatsapp en colectivo.
—Me cuenta la madre de Antoñito que El Calvo está de baja por depresión.
—¿Y eso?
—Tomasito lo trincó de espaldas y le estampó la cabeza contra la pizarra mientras daba clase.
—Que se joda El Calvo. Era un soplapollas.
—Ya te digo. Están todos en el grupo de padres diciendo lo mismo. ¡Suspender al niño, con lo listo que es!
Los profesores, según estos padres (siempre y cuando no muera alguno en acto de servicio, claro), tienen la única culpa de que sucedan estas cosas, cuando no la tele o cualquier otra cosa. Estos padres, sabios como ellos solos, son de los que piensan que se lleva al crío al colegio a que lo eduquen, porque ellos están demasiado ocupados para hacer las funciones que tienen como padres. "A mi hijo que lo eduquen en la escuela, que para eso pago impuestos" se convierte en un mantra que puede traducirse en "Como pago impuestos, delego mis responsabilidades en otras personas, para que hagan por mí aquello que no deben hacer, porque no es su labor, pero que yo sí debería hacer por es la mía".
Quizás el fallo está en entender que un centro educativo está para dar una educación a una persona. Error, no sé si de terminología o que el personal es subnormal y entiende lo que le sale del culo: un centro educativo está para impartir una formación, y como mucho colaborar en eso de la enseñanza de valores, pero no está para educar a nadie. La educación viene de casa, le joda a quien le joda. Si su hijo, caballero, es un puto maleducado, deje de echar la culpa al colegio o a los videojuegos: es usted quien la ha cagado como padre. Es duro admitirlo, pero resulta menos hipócrita que echar balones fuera y negarse a ver la realidad.
Un crío de diez, once, doce o trece años que es fan de una serie para adultos demuestra un fallo de base. Un fallo que no está en la serie en sí, ya que tiene su espectro de recomendación de edad, tal y como lo tienen las películas o los videojuegos... hasta los juegos de mesa suelen tenerlas. Si un crío, en una edad en que quizás es más complicado distinguir realidad de ficción (no digo que no tengan esa capacidad, ni que sean idiotas, como mucha gente sí parece pensar; solo digo que hay edades en que una orientación es más necesaria que otras), tiene total permiso para ver lo que le sale del ojete, para leer lo que le sale del ojete o para jugar a lo que le sale del ojete, dejémonos de teorías conspiratorias y de mensajes subliminales. Dejémonos de delegar nuestras responsabilidades y de achacar nuestras carencias sobre otros. ¿Que ahora es más difícil, ya que la escala de valores se ha ido a tomar por culo, aparte de que es más complicado tener una noción exacta de lo que hacen nuestros hijos? Pues claro que lo es, y más que lo va a ser si la actitud reinante (o camino de ser reinante) es coger y desentenderse. Tratar a tu hijo como si fuera una puta molestia. Como si te jodiera hablar con él.
Tampoco es que ayude mucho el debate que se plantea a partir de ahora, si es conveniente tener más control (subrayo esta palabra porque no hablo de tener "consciencia" acerca de nuestro hijo, sino de tenerlo vigilado las veinticuatro horas del día, algo que veo bastante diferente) sobre la vida de los críos. Para solucionar un problema, la "lógica" imperante es pasarse al otro extremo, como si con eso fuéramos a arreglarlo todo.
"Me importa un coño que te hayan apaleado brutalmente en el colegio. Me la suda que te hayan metido un boli por el culo. Me paso por los putos cojones que te hayan quemado la ropa en el cuarto de baño y te hayas tenido que venir a casa con la picha al aire. ESTOY LEYENDO EL MARCA, ASÍ QUE DEJA DE JODERME, PUTO IMBÉCIL"
Y es quizás uno de los puntos clave, desde mi punto de vista: si muchos de estos padres que hacen oídos sordos a los problemas de sus hijos se dedicaran a hablar con ellos y a escucharlos de verdad, en lugar de sentar campañas de odio contra sus formas de ocio, probablemente muchos (no todos, por supuesto; como he mencionado, cada caso general es un mundo y hay padres concienciados y preocupados a los que el hijo les sale chungo sin que éstos entiendan cómo ha podido pasar, o sin que haya habido necesariamente un error por su parte) de estos problemas se reducirían drásticamente. Muchos de esos problemas que tanto martirizan a esta sociedad hipócrita, como son el de la violencia en las aulas, el machismo que vuelve con fuerza a pasearse entre los jóvenes, esos terribles embarazos no deseados (especialmente a causa de la terrible desinformación sobre sexualidad, provocada por muchos de esos padres que no quieren que "le enseñen guarradas a los niños"), el inicio en las drogas y demás, tendrían además una percepción diferente. Con menos tabús, menos misticismo y con menos idioteces que rodeen a esos temas. Lo que viene siendo una óptica de personas maduras. Y no me refiero a la óptica de los chavales, sino a la de los padres o adultos responsables que tratan con ellos.
Pero para eso hay que tener un par de huevos y asumir que la estamos cagando. Como sociedad, no como padres, como profesores o como lo que sea, sino en conjunto, reconociendo que entre todos hemos colaborado para hacer que la escala de valores se vaya a tomar por culo. Y viendo cómo se tilda de "lacra social" a este tipo de cosas, no puedo sino pensar que aquí nadie va a asumir nada. Que lo que se va a hacer es encogerse de hombros, decir que las cosas van mal, echar las culpas a otros y seguir con nuestras vidas, en nuestra burbujita de gilipollez adquirida. Mañana nos olvidaremos de este caso hasta que se produzca otro.
Mañana la figura del profesor volverá a ser indigna de respeto.
Mañana los matones seguirán haciendo sus "cosas de críos" en las aulas.
Mañana la vida de muchos estudiantes seguirá siendo una puta mierda porque nadie mueve un dedo.














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