lunes, 13 de marzo de 2017

Angst- Voces



No sé si os pasa a vosotros también, pero dentro de mi cabeza resuenan voces. Por supuesto, no hablo de "voces" en el estricto sentido de mi palabra. Hasta la fecha, no se me ha diagnosticado esquizofrenia, ni creo recibir revelaciones místicas de ningún tipo.
No son esa clase de voces.
Más bien me refiero a esas voces que surgen de tus propias inseguridades, tus miedos y tus debilidades. Las voces que te susurran al oído y te vuelven paranoico. Las que se ceban con lo que no eres, con lo que nunca llegarás a ser. Las que te recuerdan una y otra vez tus fracasos anteriores, tus errores y tus heridas.

Si eres una persona con una mente imaginativa, esas voces tienen un timbre concreto. Una forma de expresarse y de atacarte. En mi caso, la voz que resuena es la de alguien que conocí hace mucho, mucho tiempo. La voz de alguien lleno de ira, odio y desconfianza. Alguien incapaz de ver absolutamente nada bueno en nadie y cuya filosofía, revestida de una dudosa "sinceridad", consistía en hacer daño (decía) antes que otros lo hicieran.
El hecho de que careciera de empatía y que incluso disfrutase aprovechándose de las debilidades de los demás, al parecer, era irrelevante en esta supuesta forma de sobrevivir.


Es así como muchos justifican el hecho de que son, simple y llanamente, malas personas.


Esta persona, por algún motivo que me cuesta entender casi dos décadas después de haberla alejado de mi vida, estuvo a mi lado durante una temporada. Creedme cuando os digo que he conocido poca gente tan llena de veneno en su interior. Tan agresiva, verbal, y casi que podría decir que físicamente. Tampoco entiendo muy bien por qué consentí que me traicionara dos veces, de un modo bastante flagrante y a un nivel bastante personal. Supongo que, por aquel entonces, yo no era como soy ahora, o no del todo. Es más que probable que en aquellos años mi concepto de la lealtad fuera muy diferente al que es ahora y pensara que todo aquel que estaba a mi lado era, por definición, honrado o que procuraría no hacerme daño.

¿Por qué escucho la voz de esta persona y no la de otra? Supongo que porque, en algún momento dado, acertó en sus predicciones acerca del Universo personal que nos rodea a cada uno. Esto no lo convierte en Freud, ni Nostradamus, ni nada por el estilo: si piensa mal absolutamente de todo el mundo, cuando alguien de tu alrededor falla, es lógico que este ser acierte. Conociendo la personalidad que estoy describiendo, supongo que tampoco es de extrañar que, cuando sufriera alguna decepción por parte de alguien de mi entorno, allí estuviera para decir "¿Ves? Ya te lo decía yo".


"Vengo a contarte mis profecías de hoy".


Esta persona era alguien capaz de tomar cualquier información que captase acerca de quien fuese y convertirla en auténtico veneno. Gente que probablemente no tenía mala intención era vista, de buenas a primeras, como gente a la que importabas una mierda o gente que directamente iba a joderte.
Qué estúpido te sientes cuando descubres que a quien importabas una mierda o quien iba a joderte era precisamente esta persona y no aquellos de quienes hablaba. Porque igual es cierto que no todo el mundo es bueno (yo nunca me lo he creído, ni antes ni después de conocer a este sujeto), pero la filosofía de que todos y cada uno de los seres humanos actúan de forma interesada y que la bondad no existe es pasarse al otro extremo.

Pero, como digo, esa persona acertó en alguna ocasión. Si pienso de un modo racional, tenemos lo que he comentado antes: que era evidente si pensaba mal de todo el mundo. El problema es cuando esa decepción que sufrimos nos duele de manera particular. Entonces es cuando ese recuerdo se convierte en una voz, y esa voz prácticamente se ríe de nosotros por pensar bien. Es esa voz la que nos vuelve paranoicos y hace que, sin darnos cuenta, seamos nosotros los causantes de la mitad de los conflictos que hay en nuestro Universo particular. Luchamos por el Orden, pero el Caos nos ha dejado tanta metralla en nuestro interior que es muy, pero que muy difícil distinguir nuestro instinto de nuestros temores.


"Vale, ¿tú cuál de los dos eres?"


Quizás es por eso por lo que, en el momento en que creo que las cosas parecen ir medio bien, esa voz me susurra al oído. Algo así como el Yago que susurraba al oído de Otelo, inventa acontecimientos de los que no tengo constancia. Crea conversaciones enteras a mis espaldas que, que yo sepa, jamás tuvieron lugar. Me muestra alianzas que no existen, afrentas sin motivo. Confabula todo un Universo en mi contra, resaltando mis errores. Mis carencias y mis debilidades.
Esa voz me muestra un Universo cruel, que no hace más que restregarme por la cara lo que no soy, humillarme por mis fracasos. Es una voz despiadada, que no hace sino reírse de mí, por querer confiar en otros. Me dice que me equivoco, me pregunta si no veo lo que es evidente.

Y es ahí cuando surge el miedo a que, por alguna remota casualidad, resulte ser así. El temor a que acabe por tener razón. Es entonces cuando esa voz se hace fuerte porque, de acertar, haría que me sintiese todavía más estúpido. Haría que sintiera que mi fracaso fuese aún mayor. Casi podría imaginar ese rostro sonreír con crueldad, disfrutando mientras me ve herido de nuevo. Multiplicaría el dolor que sufro ante cada decepción. Reduciría mi autoestima a muy poca cosa. Mis inseguridades, que las tengo, y muchas, ganarían una vez más.


"Jódete".


Supongo que el secreto consiste en desoír esa voz, porque aunque tenga ese timbre y tenga el rostro que mi mente ha querido darle, no debo engañarme: esa voz es mía. Quizás yo la he identificado con una persona de mi pasado que hace muchísimo que no está a mi alrededor para negarme a reconocer lo evidente. Que soy humano y que, como tal, tengo el enemigo dentro de mí. Todos esos errores que me restriega por la cara, todas esas historias que inventa, no son más que mis propios recuerdos y mi propia imaginación. Nada más.
Es muy fácil decirlo, pero no os imagináis lo que cuesta hacerlo. Hablo en serio. Sé que muchos de vosotros pensáis que soy una persona con una voluntad de hierro y que no ando escaso de valor, pero temo deciros que os equivocáis. No soy una persona en absoluto fuerte, ni mucho menos valiente. De serlo, estos miedos e inseguridades no me pasarían factura. Ni siquiera andaría recordando lo que decía un imbécil al que no veo desde hace década y media. Y si me acordase, lo tendría como lo que era: un pobre idiota amargado que, incapaz de ser feliz, se dedicaba a hacer infeliz la vida de los demás.

Si fuera una persona tan fuerte como aparento, o incluso como me gustaría ser, esos recuerdos no significarían nada de cara al futuro; simplemente serían una experiencia más, pero no determinarían mi forma de afrontar mi Universo personal. No deberían causarme ningún miedo, o no a nivel patológico, al menos. No me tendría que esforzar para combatir mi propia paranoia, ni tendría que sentirme avergonzado como me siento tantas veces, al pensar mal de otros sin un motivo fehaciente... o incluso de mí mismo. Lo único que me permite la fuerza de voluntad que tengo es luchar contra ello, pero no es una lucha que pueda decir que gane solo porque quiero ganar. Ojalá, pero no. Es una lucha constante, en la que debo obligarme a seguir luchando por no oír según qué voces. Según qué palabras. Según qué ideas. Voces, que en el fondo, lo único que intentan decirme es que no soy lo bastante bueno. Que no soy lo bastante astuto. Que no veo venir las cosas y que, en el momento en que quieran estallarme en la cara, será culpa mía por no haberlas visto venir.


"¿Es que no te das cuenta de que estás haciendo el canelo, peazo mongolo?"
Y otras grandes frases.


Como podéis deducir de todo esto, conozco la teoría. Sé que, desde un punto de vista racional, lo que dice esa voz es absurdo. Que incluso la he personificado con los atributos de alguien que ni era de fiar, ni era precisamente inteligente ni alguien que supiera de lo que estaba hablando. En todo caso, hablaríamos de un chalado o un idiota. Alguien a quien cualquiera mínimamente inteligente mandaría a pastar en cuanto abriera la boca, o le diría que cerrase la suya de una santa vez. Todo eso lo sé, y sé que es cierto... o que debería serlo.
Lo que no sé es por qué entonces mi mente no funciona del modo correcto ante esto. No sé por qué no expulsa esa puñetera voz (y alguna otra de la que algún día os hablaré) de una vez por todas. No creo que sea por falta de ganas, eso os lo aseguro. Puede que sea por exceso de miedo o falta de fuerzas; de ser así, ni me extrañaría ni tendría problema en reconocerlo. La cuestión es que todavía no he encontrado la respuesta a esa pregunta. Y no, no es porque no me atreva a reconocerla: es porque no la conozco. Tampoco tengo problemas en reconocer mi ignorancia ante según qué cosas, y esta es una de ellas.

Me gustaría llegar a alguna conclusión al respecto de esto, pero de momento no tengo gran cosa. Basta decir que demasiado que he conseguido identificar la voz con la que he personificado todos estos temores y que he asumido la parte racional de todo esto, que es el hecho de que las voces no te dicen más que palabras y que las palabras solo hacen el daño que tú les dejas.
Ahora solo falta el resto, que es reunir fuerzas contra un mar de dudas y miedos y combatirlo.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Mondo Chorra- Olimpo de barro



Hace un par de noches estuve manteniendo una conversación con una amiga de confianza. Una de esas conversaciones en las que acabas pensando un poco sobre la clase de persona que consideras ser, y sobre la clase de persona que aspiras a ser. Y también, cómo no, sobre lo que no eres y a quién se lo debes. La clase de conversaciones profundas que tienes con gente con la que sabes que puedes tenerlas, más allá de los chistes de pedos y guarradas varias, que también los hay. Y a espuertas.

Pero centrémonos en esa conversación en sí, pues tuvo lugar una de esas cosas que solo suceden cuando hablas con la persona adecuada en el tono adecuado. Me refiero a ese punto en que empiezas a darte cuenta de cosas acerca de ti mismo en las que no habías reparado y que te hacen pensar un buen rato, incluso después de haberte despedido de la otra persona.
Me refiero a eso que he mencionado acerca de por qué somos de una determinada manera y a qué se lo debemos. A por qué no encajamos en según qué contextos, en según qué círculos. También en lo que podíamos habernos convertido y en los caminos que tomamos para no llegar a hacerlo.
Decisiones.

Es en momentos así cuando te pones a pensar en el hecho de que, a lo largo de tu vida, has sido visto como una persona "rara" en según qué círculos. Quizá por tu forma de pensar, o de actuar; o simplemente por mantenerte en un discreto segundo plano cuando otros acaparan toda la atención y van recolectando aplausos y palmadas en la espalda. Debido a según qué formas de ver las cosas, eso de llamar la atención te desagrada y resulta mucho más cómodo mantenerte en la sombra, alejado de las luces, donde pueden verte solo aquellos a los que se lo permites. Las palmadas en la espalda incluso te incomodan. Con una mentalidad tirando a lo perfeccionista, con ese sentimiento de atelofobia que te echa el aliento en la nuca, incluso te cuesta creerlas. Algo así como en la fábula del cuervo y la zorra que conté una vez.



Porque no a todo el mundo le gusta que le calienten la oreja.


Pasa el tiempo y aprendes a ser discreto y a no alardear de lo que otros esperan que alardees. Te das cuenta de que tu entorno está lleno de un sentimiento de competitividad al que no le ves el más mínimo sentido. Otros esperan que andes demostrando una y otra cosa, y otra y otra más. No hacerlo supone que tú mismo quedas en tela de juicio, tasado y evaluado en silencio. Dando "que pensar". Sigue pasando el tiempo y casi da la impresión de que tienes que andar dando explicaciones que no deberías dar, acerca de tu forma de ver el mundo, como si fuera la errónea o como si estuvieras infectado por vete a saber qué enfermedad rara. Cuando te quieres dar cuenta, eres el elemento omega de la manada. Considerado el eslabón más débil y aquel con el que estos elementos no cuentan para poco más que para el cachondeo.

Estas cosas no son así desde el principio. A veces resulta que encontrabas afinidad en ciertos elementos de estos entornos. En etapas primitivas, a algunos de ellos has llegado a admirarlos. Incluso los considerabas una fuente de inspiración... pero conforme vas creciendo ves cómo unos y otros evolucionan. Aquellos a los que se les llenaba la boca con el honor y unos valores que sonaban muy bien, pronto empiezan a cambiar de discurso. Su ética queda en un segundo plano en función de su egoísmo, sus instintos más primarios o lo que sea. Ellos lo llaman "madurar" o "hacerse adultos". Se justifican de una y mil maneras, por reprobable que sean lo que hagan. Los escuchas y, si no prestas la debida atención, casi parece que está hablando una ONG con patas.
Y sin embargo, en el fondo, sabes que no son más que excusas. Que esa gente simplemente se ha convertido en aquello que, unos años atrás, todos aborrecíais. Que aquellos ideales que tú sigues manteniendo, porque crees en ellos, otros los han retorcido y pervertido hasta convertirlos en una triste parodia.



"Y así es como salvé el mundo"


Sin embargo, estás en el entorno equivocado. Esa ideología perversa se aplaude, quizás porque esas personas son quienes son. Los elementos alfa, los héroes por consenso. Los que jamás harán nada malo, hagan lo que haga y los que siempre encontrarán defensa y justificación. No hay una brújula moral más allá del "Sálvese quien pueda". La tiranía del yo por encima de los demás se convierte en filosofía, y se reviste de un principio de lealtad incondicional que atufa a sectarismo.
El culto a la persona.
Y tú estás ahí en medio, preguntándote qué narices ha pasado; en qué momento la cosa se ha salido de madre y la gente a la que admirabas se ha convertido en algo irreconocible. La antítesis de lo que se suponía que tenían que ser.
"Han madurado", parece ser la respuesta, pero hay algo en ello... algo tan simplista, tan autoritario en estas palabras, que no te cuadra. Una vez más, te sigue pareciendo una excusa barata para justificar según qué actitudes, según qué comportamientos.

No creo que la madurez implique sacrificar tu honradez, actuar de forma egoísta y sin importar a quién aplastes por el camino. Mucho menos dedicarte a satisfacer tus instintos más primarios sin tener la más mínima consideración por las consecuencias. Ni convertirte en la clase de ególatra que se suponía no debías ser jamás. Madurar no consiste en tratar a otros como medios para un fin, o ignorarlos de forma deliberada en el momento en que no te ríen las gracias. No consiste en andar haciendo daño a otros y luego andar buscando excusas para que parezca que encima les estás haciendo un favor. No consiste en andar por la vida tratando de buscar la admiración de los  demás y encima alardear de ello. No, para mí eso no es madurar, por muy insertado que estés en el mundo laboral, por mucho dinero que ganes, por mucho que viajes, por mucha gente que digas conocer. No importa que tengas éxito en tu vida, ni que tengas una, dos, diez familias. Ese tipo de cosas ni te hacen más maduro, ni mucho menos mejor persona. Sin embargo, como método para acallar la voz de la conciencia supongo que es algo efectivo.


Patrick Bateman aprobaría esto.


Quizás esa es una de las grandes diferencias que han hecho que muchas veces sienta que no formo parte de este mundo. Me refiero al hecho de escuchar a mi conciencia y no andar justificándome ni sintiéndome un héroe cada vez que jodo a alguien solo por seguir mis impulsos y hacer lo que me da la gana. Y es que, conforme pasan los años, he ido viendo cómo más y más gente tiende a hacer eso, a sentir que el hecho de desear algo les da pleno derecho a conseguirlo sin importar las consecuencias. Como si ese fin justificase los medios, por discutibles que estos sean. No en vano, he visto a lo largo de... no sé, los últimos quince, puede que veinte años, gente que ha mentido, manipulado, tergiversado y dañado a otros sencillamente porque les ha dado la real gana. Porque podían sacar algún tipo de beneficio personal a costa de emponzoñar el entorno que les rodea. De dejar en la estacada o apuñalar por la espalda  a gente que se supone que les importa. Todo esto porque se supone que es mas importante salvar el propio pellejo que el bien común. Esta gente es la primera que va por la vida diciendo a los demás que deben despertar, que es así como funcionan las cosas: que en esta vida tienes que pisotear antes de que te pisoteen. En resumen: ataca sin provocación, aprovéchate de los demás, usa al prójimo como consideres conveniente porque no está más que para servirte. O adularte. O satisfacerte. O todo a la vez. Y cuando esa gente deje de serte útil, deshazte de ella como si fueran trapos viejos o material inservible.
Una preciosidad.

Para mí esto no enmascara más que la filosofía del abusón. La del "Lo hago simple y llanamente porque puedo", pero no porque se considere que se debería hacer. Esa que viene con el argumento de "Si no lo hago yo, lo harán otros" o el "Es que yo soy así" (y un "Y todos los demás deberían ser así también" entre paréntesis). Es la forma de pensar de aquellos que van por la vida sin demasiado sentido de la consecuencia. Probablemente porque les da igual; porque lo mismo la jugada les ha salido bien y dan por sentado que, si algo te sale bien, es porque estás haciendo lo correcto. Planteamiento de animales de laboratorio, que consideran que apretar una palanca que les da comida es algo bueno, sin plantearse que lo mismo dicha palanca da descargas eléctricas a otros animales y sin considerar que hay una segunda palanca que tal vez te dé menos comida, pero no daña a nadie.
Confundir buenos resultados con ética y revestirlo todo de una especie de ideal de inteligencia. Porque si aplastas a otros para conseguir lo que quieres eres el listo. El astuto. Aquel que debe ser admirado por encima del resto de los perdedores.


"No soy mala. Solo me han dibujado así".


Pero no nos engañemos: en esta vida, en la mayor parte de ocasiones, podemos elegir. Eso de la supervivencia es una excusa barata; nadie nos pone una pistola en la cabeza para aplastar al de al lado. Nadie nos obliga a hacer lo que nos dé la real gana sin importar a quién estemos dañando. Nadie nos dice "Eh, si no velas por tu propio pellejo caiga quien caiga te mataré". No. Cada vez que nos dejamos llevar por nuestro egoísmo, nuestros instintos, nuestras ansias de destrucción, lo hacemos en base a unas circunstancias... pero por lo general tenemos alternativa. Podemos pensar únicamente en nosotros o podemos decir que eso no es lo que nos gustaría que nos hicieran. Podemos actuar para vivir en el momento, sin responsabilidad alguna, o podemos pararnos a pensar en frío. Hagamos lo que hagamos, la decisión es nuestra. Dicha decisión, y no las circunstancias (que suelen ser las que se llevan siempre todas las culpas) son las que hacen de nosotros las personas que somos. Son nuestros actos los que hablan por nosotros, y no nuestro Nombre. Porque llega un momento en que ser quienes somos deja de ser una disculpa. Llega un momento en que se recuenta lo que hemos hecho y nuestra cara bonita, nuestro carisma y todo lo demás quedan a un lado. Llega un momento en que lo único que determina lo que somos, el recuerdo que dejamos, la huella a nuestro paso, es la que nos define.

Volviendo al caso de estos seres a los que he conocido, quizás el tiempo da la razón. O, al menos, a medias. No creo en el karma, para seros sincero. No creo que solo a la gente mala le pasen cosas malas, ni creo que un Dios esté ahí arriba únicamente para tomar cuenta de lo que hacemos y andar castigándonos. Si es así, ese Dios es un completo imbécil con una brújula moral más bien dispersa, al que le gusta joder a honrados y dejar que los auténticos bastardos se salgan con la suya día sí y día también. Supongo que es lo que tiene vivir en un universo supuestamente creado por un Dios de amor y no uno de justicia: que al final lo que tenemos ahí arriba es un adicto a que lo adoren y que, como cualquier maltratador psicológico de manual, daña a los débiles solo para que se acuerden de él y así insuflar su Divino Ego.
Pero a veces resulta que, como he mencionado arriba, nuestros actos hablan. Y somos nosotros, y solo nosotros, los que demostramos la gente que somos en realidad. Esa prueba aparece cuando echas la vista atrás y piensas en toda esa gente que antaño era maravillosa. Pasa el tiempo y ves cómo, poco a poco, han sucumbido a ese Lado Oscuro y se han convertido en una sombra bastante lamentable de lo que fueron. A veces aparecen en algunas conversaciones con gente que también los conoció y la pregunta que surge en el aire, de forma explícita o bien silenciosa es: "¿Qué le pasó a esta persona? ¿Por qué acabó siendo así?"
Es ahí cuando descubres que el recuerdo que dejan no es más que el de un héroe con pies de barro. Alguien que pudo ser una inspiración se convirtió en una farsa. Aquellos que predicaban según qué valores acabaron por perder la fe y se convirtieron en aquello que habían jurado que jamás serían.


"Porque soy un Dios de amor".
Ya, ya...


Es en momentos así cuando tú, que siempre te mantuviste en un segundo plano, echas la vista atrás y ves a lo que se ha reducido todo. Lejos de sentirte superior a nadie, sí eres consciente de que tú sigues creyendo en aquello en lo que creías. Mientras aquel Olimpo de barro te miraba con condescendencia conforme se iba transformando, tú estabas seguro de creer en lo correcto. Y no cambiaste. Seguiste creyendo en ello mientras a tu alrededor esa fe se desmoronaba. Por ello fuiste el "raro", el "bufón". Se te pidieron explicaciones que jamás consideraste oportuno dar. Se cuestionó tu forma de ver la vida, se te ninguneó. Se te hizo el vacío y acabaste desplazado hacia el exterior, donde tuviste que empezar desde cero, recreando tu universo personal desde el principio. Fuiste abandonado, sencillamente porque aquellos héroes encontraron algo que consideraron mejor. Más interesante, más adecuado a su nueva forma de vida. Más "maduro". Aquellos que predicaban que a los amigos no se les deja en la estacada, a quienes se les llenaba la boca con aquello del honor y la confianza, resultaron ser los primeros en mearse sobre todo aquel ideario, bajo el pretexto de la vida adulta. Se convirtieron en personas capaces de juzgar bajo el rasero del mundo laboral, la independencia, la economía o tener pareja. Se sentaron en su propio trono y expulsaron de su territorio a todo aquel que no se amoldase a su forma de vida.
Honor.
Camaradería.
Hermandad.
Perdonad que me ría un rato.

Pero resulta que pasan los años, y tú sigues ahí. Porque lo que no te mata te hace más fuerte. Y te das cuenta de que, si bien tú sabes que actuaste siempre de la forma más honrada posible y que no dejaste de creer en aquello, otros sí. Sabes que lo mismo no eres mejor persona que el resto del planeta, pero te esfuerzas en intentarlo. Sabes que aquello que te hicieron a ti jamás se lo harías a nadie que consideres un amigo. Pasan los años y al encontrarte con gente común y surgir esa pregunta que he comentado antes resulta que unos dejan una huella tibia, incluso amarga. La huella de aquellos que prometieron pero no cumplieron. Una huella de decepción, que rezuma debilidad. Aquellos que se vendieron como héroes no quedan ahora sino como pobres diablos que se han convertido en aquello que juraron no ser jamás. Y tú, lejos de sentirte mejor que nadie, lo único que notas al respecto es un tremendo alivio. Alivio y una sensación de autodeterminación. Alivio porque no te has convertido en aquello que aborrecías; autodeterminación, porque sabes que ha sido precisamente gracias a no dejarte llevar, ni por tu entorno, ni por tus instintos más básicos. A soportar los juicios velados y las risas soterradas. Porque sabías que aquello en lo que creías merecía la pena. Que tu forma de actuar era la que considerabas correcta.


No, no te ves a ti mismo como un héroe... pero sí como alguien que no deja de luchar por aquello que considera lo correcto. Te llevas todas las hostias de la vida, pero sabes que al menos así eres fiel a ti mismo.
En según qué puntos de tu vida, es casi lo único que tienes.


Miras atrás y tienes la conciencia tranquila, a pesar de todo lo que se han reído, de todo lo que te han echado en cara. A pesar de los desplantes y de las pullas. A pesar de ser considerado el omega, el benjamín, aquel al que no se toma en serio. El que cada vez que habla resulta que parece un chiste o no procede. Ha pasado media vida y te das cuenta de que, pese a todo el recorrido juntos, las experiencias y todo lo demás, ya poco o nada te relaciona con ellos. Eres una persona diferente. Quizás siempre lo fuiste, pero la distancia te da perspectiva. Empiezas a darte cuenta de que tú no eras el raro; simplemente, no encajabas en un entorno que era incapaz de aceptar que tú te mantuvieras firme mientras te decían que te movieras. Que agacharas la cabeza. Que dieses la razón a quien no creyeses que la tuviera. Que aceptases cualquier cosa, solo por venir de quien venía. Que justificases sus malas acciones. Si esos son algunos de los motivos por los que fuiste juzgado y expulsado al ostracismo, entonces son motivos de los que sentirte orgulloso.
Porque mejor reinar en el infierno que servir en el cielo.

lunes, 13 de febrero de 2017

Escupiendo Rabia- Sobre machos-alfa, vergüenza ajena y Defensores Definitivos.




Hay veces en que sientes una terrible vergüenza ajena, dependiendo del contexto en el que arrastres el culo. En mi caso concreto, no tengo reparo alguno en decir que la he sentido en ciertos grupos íntegramente formados por tíos (mejor dicho, por según qué tíos), donde escuchas discursos que son como poco vomitivos. Hablo de esos grupos donde prima la testosterona y los machos-alfa compiten entre sí por ver quién la tiene más grande, aun hablando desde un punto de vista metafórico. Si alguno de vosotros ha estado o formado parte de esos grupos entenderá a lo que me refiero. Esa actitud de tener que estar demostrando cada puta cosa que haces o dices, como si todo quedase en entredicho hasta que (de nuevo hablando de forma metafórica) te sacas el nabo y lo plantas sobre la mesa para que todos vean que no hay trampa ni cartón.
Grupos donde las conversaciones acerca del sexo opuesto es lo más parecido a hablar del menú de un restaurante y se habla de la mujer como un cachocarne con tres orificios que explorar a pollazo limpio, o bien tirando de una desbordante imaginación, con los dedos, la lengua o cualquier objeto. Ya ni entro en sutiles frases como "todas las tías son unas guarras" o, siendo más sencillos (porque a veces es que el personal pasa de ir de preciosista por la vida), asimilar "tía" con "guarra" y al carajo.
Digno lugar de mención tiene eso de ir aireando las intimidades con alguna moza (sin pregunta previa al respecto, porque parece que es asunto tuyo saber cómo un colega le mete el nácaro a una moza, por dónde, en qué lugar y bajo qué circunstancias), como si fueran la puta toma de Jerusalén. Relatar un cipotazo como una hazaña épica que  hace que la "guarra" de turno (tócate los cojones con la forma de ilustrar el asunto, y sin contar con el permiso de la susodicha para contarlo) gima hasta dieciocho orgasmos seguidos, y sin sacar la tranca.
Sí, a veces da vergüenza que semejantes personajes compartan género contigo.


"Ay. La cosa tiene cojones"


Puedo seguir ahondando un poco en el asunto, si queréis. Podemos hablar un poco de esa actitud de simio perdonavidas que le hace un favor a una chica por empotrarle el higo con el rabo. De usar cada conquista como un trofeo que exhibir, y de justificar lo injustificable al alardear de esa actitud. Puedo hablar también de esa especie de filosofía con la que han educado a algunos, que estipula que un hombre y una mujer jamás, bajo ningún concepto, pueden ser amigos, porque tarde o temprano querrá tirársela. Ningunear, de paso, a otros hombres que sí tenemos amigas y que nos sentimos cómodos entre mujeres, precisamente porque no pensamos que por haber nacido con un potorro entre las piernas las convierta en putas o demonios, ni mucho menos tengamos la obligación de trincárnoslas a todas. Que nos gusta rodearnos del sexo opuesto porque sentimos que no tenemos que competir con nadie. Que no tenemos nada que demostrar. No solo no lo entienden, sino que lo ridiculizan.
Incluso puedo hablar de esos colegas, supermachos ellos, que son capaces de dejar tirado a un amigo para meterla en caliente. Capaces de causar verdaderos conflictos en el entorno que les rodea, porque su primera necesidad es la de satisfacer el gusto de sus testículos, sin importar el daño que se haga alrededor, o de la gente a la que se joda. Esos cracks de la vida, capaces de mentir, manipular y montar auténticos cirios solo porque consideran más importante el tener otra muesca en el cinturón que en tener un entorno a su alrededor medianamente pacífico y estable. Seres que piensan que, donde hay  una tía a la que follarse, no hay amigos ni hostias en vinagre que valgan.


Y más cojones.


Gente así en alguna ocasión me ha llegado a justificar cosas verdaderamente repugnantes, tales como que hay que insistir a una moza para llevársela al catre hasta que acceda, aunque sea por no escucharte. Que cuando hay una agresión, en muchos casos, es la víctima la que la provoca; porque parece ser que la carne es débil y que, si te sientes provocado, acabas cayendo. Y usar este argumento para quitar hierro a algo que es sencillamente aberrante. O para minimizar una responsabilidad que recae en el cien por cien sobre el agresor.
Como hombre, he tenido que escuchar cosas que me han revuelto las tripas por parte de gente que, con los años, han ido por la vida mostrándose como caballeros románticos, entregados esposos o incluso respetabilísimos padres de familia. La gente como yo, que no les hemos reído las gracias, hemos sido acusados de mojigatos, santurrones o (uy, qué horror) homosexuales. Porque supongo que es más fácil poner una etiqueta en el que piensa que piensas como un puto retrasado y anotarlo en la lista de seres a los que odias que coger y plantearte si, en el fondo, no te estás comportando como un puto cerdo.


Cojones la cosa tiene.


Quizás es una cosa de educación, no sé. Ante esto se suele hablar de patriarcado, generalmente usando el término como sinónimo de maldad. Algo así como si un malvado ser sentado en un trono planificase de forma de liberada la humillación sistemática de toda criatura dotada de vagina. No es así, pero a menudo se plantea la cuestión como si lo fuera, y la verdad es que me parece algo simplista y maniqueo.
Yo puedo decir que, debido a ciertas circunstancias personales que no mencionaré aquí porque no son vuestro puto asunto, me he criado en un entorno básicamente matriarcal durante la mayor parte de años de mi vida y he huido bastante de las concepciones que he planteado arriba. Pero no nos engañemos, no ha sido solo por haberme criado entre mujeres, ni mucho menos. A mí nunca me ha venido nadie a hablarme de la tiranía de los hombres ni me ha hablado de un Malvado Imperio Falocentrista que disfruta pisoteando a las mujeres. No creo que mi educación como tal se deba a haberme criado entre mujeres, o no estrictamente por eso. Creo que la cosa es algo más profunda, pues hablamos de unos valores algo más generales. Me explico: a mí se me ha enseñado desde siempre que nadie debe abusar de nadie. Esto no englobaría ni mucho menos solo a ese heteropatriarcado tirano y opresor del que todo el mundo se ha puesto a hablar tan solo de unos años para acá; hablo también de las diferentes clases sociales, de los distintos grupos étnicos (antes se les podía llamar "razas", ahora suena mal, por lo visto) y demás. Llamadme raro, pero a mí me criaron con la noción de que todo el mundo, independientemente de su sexo, su raza y demás, debe ser tratado con un mínimo de dignidad.


Yo creo que no es ninguna gilipollez.


Partiendo de una base tan sencilla, es fácil suponer que no vamos a ir por la calle llamando a los africanos "Negros de mierda", del mismo modo que no llamamos putas a las mujeres ni maricones a los homosexuales. No en un contexto serio, por supuesto. Existe un lugar, íntimo y privado, para soltar chistes burros (no me veréis nunca soltarlos en un medio público, porque luego vienen las malinterpretaciones y los linchamientos y como que paso) o para decirle a una amiga cachoguarra porque a ti te acaba de llamar pichacorta. Hablamos de contextos que permiten según qué términos y donde estos se entienden y hasta son de esperar. Nunca con desconocidos, y menos en ciertos medios. Es lo que he llamado alguna vez ser responsable con lo que dices, más que autocensurarse.
Pero volvamos al tema. Creo que al respecto de esto a veces tendemos a ver solo una mota en el cuadro, en lugar de prestar atención al cuadro completo. A veces, la práctica consiste en limitarse a la parcelita de lo que uno defiende e ignorar deliberada o inconscientemente todo lo demás. En el caso de la lucha de género, a veces parece que se olvida que estamos hablando de una igualdad en pos de la dignidad de los individuos, y lo que se busca es pasar a la historia por haber cometido una hazaña. Algo así como lo que hablaba de llevarse a una moza al catre y hacer que gima como una gacela, pero revestido de una ideología algo más molona y de una forma algo menos descarada.


"Yo defiendo a los varones heterosexuales mayores de cincuenta que tocan el piano. Has elegido un mal día para joderme".


Quizás eso hace que a veces me avergüence también de según qué defensas. Me explico: no tengo por qué justificar mi creencia acerca de la igualdad de género. Creo en ella, y si pensáis que no es verdad es más problema vuestro que mío. No me importa eso. Lo que me importa es que, de cara a la galería, están saliendo muchos que dicen defenderla, lo que me parece bien. Todos aquellos que creemos en la igualdad nos alegramos de que esa actitud de cabestro en celo empiece a decrecer en relación a la gente verdaderamente concienciada. Lo malo es cuando ves que la actitud de muchos de esos individuos o colectivos que levantan el puño para reivindicar dicha igualdad lo hacen de una forma que no te representa.
Y he ahí lo jodido.
Lo ideal sería que cualquier persona que tenga una ideología similar pueda hablar y hacer que te sientas más o menos identificado con ella. Es decir, no tienes por qué estar de acuerdo en todos y cada uno de los puntos que postula, pero siempre puedes decir "En esencia, estoy con lo que dice". Con tus matices, con tus propios puntos de vista, tus experiencias y demás, pero que sientas que esa persona represente tus ideales si habla en público. En eso radicaría, desde mi punto de vista, la idea de consenso.

Lo malo es cuando esa persona dice hablar en favor de esa ideología concreta y no solo no te sientes representado por ella, sino que te da hasta vergüenza cuando habla. Bien por su discurso, bien porque lleva ciertos puntos al extremo, bien porque saca por completo de quicio la idea con la que tú te sentías identificado. Sea por el motivo que sea, sabes que esa noción de consenso se ha ido al garete, del mismo modo que sabes que en el momento que cuando aquello que piensas se ve radicalizado por otros lo último que quieres es que te asocien con tal ideología o movimiento.
En definitiva, notas cómo hay gente que empieza a ridiculizar aquello en lo que crees... con el agravante de que encima parece que te están haciendo el favor por hablar en público aquello que se supone que piensas. Es algo tan vergonzoso como cuando el macho-alfa de turno deja a tu género a la altura de la babucha cada vez que hace que una muchacha se sienta como un cacho de carne y, de modo comprensible, acabe contribuyendo a la idea de que no hay por dónde coger a los tíos.


"¡Cojones ya, hijos de la gran puta! ¡Me cago en vuestras putas madres, panda de soplapollas! ¡Ahora os exijo que haya igualdad de sueldo o quemo vuestras putas casas con vuestras putas familias dentro, panda de cabrones!"
¿Veis? Se puede pedir algo noble y no tener el más mínimo respeto a la hora de pedirlo. Imaginad la reacción que se consigue con esto.
El fin jamás debería justificar los medios, aunque mucha gente que así se consiguen las cosas más rápido.


Así, del mismo modo que existen tíos que tienen toda la puta culpa de que aquellos que vamos de buenas tengamos que demostrar que no somos unos cerdos con piel de cordero, también existen colectivos que hacen que aquellos que creemos en la igualdad tengamos que andar justificándonos que DE VERDAD creemos en la igualdad y no vamos por ahí pidiendo la cabeza (o la castración) de nadie. Que aquello en lo que creemos es algo que tiene su razón de ser y no es un griterío organizado por un puñado de chalados que se han puesto a entonar consignas. Todo lo que habíamos conseguido hasta ahora, por poquito que fuese, se empieza a ver emponzoñado, ridiculizado y tirado a la cuneta por algunos que piensan que es mejor organizar acciones llamativas, berrear y montar cirios allá donde van. Si antes estábamos empezando a hacernos escuchar y respetar, ahora arquean las cejas al escucharnos decir que creemos en el feminismo, porque se piensan que lo próximo que haremos será despelotarnos en la parroquia del barrio en mitad de una misa.


"¡Me vais a escuchar por putos cojones! ¡Y si no me escucháis os meto una litrona rajada por el culo, na más que por hijoputas!"


Hasta ahora pensaba que se trataba de una primacía de la forma sobre el fondo. Que se debía a que la filosofía imperante en los últimos años, donde prima el activismo mamporrero, de que el fin justifica los medios. Que, cada día que pasa, hay más gente que piensa que, para hacerte escuchar, tienes que hacer ruido y si no, estás perdiendo el tiempo.
Ahora lo sigo pensando, pero no me quedo con esa idea. Hablándolo con un amigo hace unas semanas y comentándolo con más gente que sí considero concienciada y razonable, hemos estado llegando a una conclusión (no sé si cierta o no) de que hay un triste componente añadido en todo esto. De que muchos, muchísimos de estos seres que son capaces de entonar discursos de guerrilla urbana, y de entonar consignas que suenan a palizas verbales, en realidad ni siquiera creen de verdad en aquello que defienden. Yo antes pensaba que se debía a que el personal necesita tener un motivo para odiar, o simplemente formar parte de algo para sentirse integrados en una sociedad que cada vez nos aliena más y más. No niego que estos fanáticos de última generación se encuentren en las filas de estos colectivos, pero uno de estos amigos míos me dio una luz que me hizo pensar en algo en lo que no había caído.
Que esto no es más que narcisismo.


"Ni selfis ni pollas. Con esto voy a petarlo"


Cuando se forma parte de un colectivo, uno lo ve de una forma más o menos intensa  la mayor parte de las veces. Están los fanáticos, que creen en ello de tal manera que no tienen miedo a sacrificar todo lo que consideren necesario para obtener sus fines, que consideran tan sagrados que priman por encima de cualquier medio por aberrante que este resulte. Hasta ahí, todo resulta plausible... pero pensemos en aquellos que están apareciendo por todas partes; esos seres que lo primero que hacen es autoidentificarse con la chapita de "Defensor de", como si la ideología de uno (o peor, lo que uno odia) fuese lo único que le definiese como persona. Pensemos a mirar con detenimiento la actitud de estos seres, consistente en airear en medios públicos (como redes sociales) las barbaridades que les han soltado a otros para reafirmarse en su ideología. Sus mensajes de odio. Incluso sus fotos demostrando lo afines que son a La Causa.
Es fácil ver a cualquiera de estos seres buscando el aplauso fácil, de esperar cómo suben sus alegatos a la espera de que otros les aplaudan, de que se sientan como el Defensor Definitivo. Algunos incluso parecen aspirar a convertirse en referentes. Intentan usar terminología intelectual, aun a riesgo de usar una falacia tras otra. Hablan de concienciar, pero lo único que hacen es atacar a otros, llevárselos a su terreno, revolcarse en el barro para salir triunfantes, con una medalla que demuestre (una vez más, hablamos de tener que andar demostrando cosas, como si estuviéramos de nuevo en ese grupo de machos-alfa que he mencionado al principio) su implicación.


"Vale, voy a hacer una reflexión sesuda e invitar a la reflexión a aquellos que no han visto los sutiles e imperceptibles matices filoheteropatriarcales que se destilan del nombre de los ingredientes de una ensalada César. Uh, César... el nombre de un tirano varón heterosexual... eso invita a la reflexión acerca de la invisibilización de la figura femenina en los nombres que se usan en nuestra gastronomía. Vale, pues me apunto eso... y el que no lo vea, es que forma parte del sistema opresor".


No deja de ser curioso el hecho de que tal implicación resulta vacua. Sus alegatos reivindicativos no son más que alegatos de odio y violencia verbal, que revisten con una causa que defender, en calidad de prebenda moral. Toda la lucha, toda esa intelectualidad que se destila no resulta ser más que otra pose, otra chapita que ponerse para darse palmadas en la espalda y (lo que es más flagrante) mendigar las de otros. A estos seres, con toda probabilidad, les importa un carajo lo que dicen defender; para ellos, no es más que otra moda a la que apuntarse. Una moda peligrosa, pues aquí hablamos ya no de defender algo, sino de ridiculizarlo al hacerlo de esta manera. De hacer retroceder lo que se ha venido consiguiendo a lo largo de los últimos años a costa de levantar el puño, gritar mucho y hacer poca cosa. A causa de gente así, aquellos que hemos estado ejerciendo nuestra lucha de forma silenciosa (o al menos sin gritar), negándonos a creer lo que la sociedad nos ha dicho que teníamos que creer e ignorando los insultos soterrados de aquellos que no eran capaces de entender que no pensamos como ellos, hemos caído al fondo de lo más bajo. Si antes éramos vistos como raros o mojigatos o lo que sea, ahora hemos pasado a ser identificados con esas bestezuelas de puños en alto. Y éstas, con estos discursos de guerrillero trasnochado, lo único que han hecho han sido darle la razón a aquellos que venían de la vieja guardia y pensaban que la lucha por la igualdad era un idealismo cutre.
Felicidades.

jueves, 2 de febrero de 2017

Angst- Cuando no queda nada que decir




Cuando no queda nada que decir, sientes que has perdido toda batalla posible.
Sientes cómo todo cuanto pudiste hacer y no hiciste se convierte en aquello que no crees que merezca la pena ya.
Cuando no queda nada que decir es cuando ya se ha agotado la vía diplomática. Cuando descubres que da igual lo que digas; el espectáculo ha terminado, se baja el telón y empiezan a apagarse las luces. El silencio y la oscuridad lo inundan todo a tu alrededor y las risas y las palabras se convierten en ecos silenciosos.

Cuando no queda nada que decir es cuando descubres que te has rendido porque ya no ves sentido a seguir en una lucha en la que eres la única de ambas partes que está haciendo algo. Cuando nadas contra corriente, cuando todo ser vivo a tu alrededor se ha dejado arrastrar y ahora está lejos de ti. Ese momento en que miras el universo que te rodea y te das cuenta de que estás esforzándote por algo que tal vez ha durado ya demasiado en tu vida.
Cuando no queda nada que decir es el momento donde todo cambia. El principio del fin, la cuesta abajo. Ahora oyes risas, pero esas risas suenan diferentes, quizás porque no participas en ellas. Risas que se te antojan burlonas, casi insultantes. Risas que te dicen "No te necesito".
"No me importas".

Cuando no queda nada que decir te encoges de hombros y notas cómo la carga que tenías sobre tus hombros empieza a aligerarse. Sientes que toda esa lucha que tuviste dentro, todo ese afán por querer hacer mejor las cosas, toda esa angustia por querer y no poder, se relajan. Todo se vuelve frío ahí dentro. Porque, en el fondo, no queda nada por lo que luchar.
Cuando no queda nada que decir el brillo de los ojos y las sonrisas se apaga. Algo muere. Se emprende un nuevo camino y se cierran otros tantos. Los que antaño fueran buenos recuerdos quedan sucios a causa de la decepción y la frustración. Has luchado, sí, y mucho; y el resultado es un buen puñado de nada.

Cuando no queda nada que decir arrojas las armas al suelo. Respiras hondo y dices "Hasta aquí hemos llegado". Decides que no tiene el más mínimo sentido dar un paso más. Te resulta absurdo hacer nada más. "¿Para qué?", te preguntas. Nada ni nadie te responden.
Cuando no queda nada que decir decides que luchar contra molinos, intentar derribar murallas con tus palabras y, en definitiva, querer hablar cuando sabes que no te van a escuchar digas lo que digas, son tareas ridículas. Suponen un desgaste de energías tan grande que no merece la pena seguir.

Cuando no queda nada que decir forjas una nueva armadura. Más resistente, más oscura, con suerte más impenetrable... pero helada en su interior. Fundas tu propio reino y te sumerges en él, esperando que para variar nadie ponga los pies en él sin tu permiso, porque es lo que necesitas.
Cuando no queda nada más que decir lo único que pides es que por favor te dejen tranquilo de una vez, porque con cada intento de ser razonable lo que te has encontrado es una avalancha de golpes uno detrás de otro. Un repertorio de reproches y palabras dañinas que ahora sabes que no necesitas. Que nunca necesitaste. Ya solo te queda esperar que, para variar, no la emprendan contigo.
Lo gracioso es que tampoco cuentas demasiado con ello.

Cuando no queda nada que decir los sentimientos se apagan. El humor se agria. No eres el que eras. El pasado está bien fresco en tu memoria para recordarte las promesas incumplidas, las palabras vanas, los pactos rotos, los abiertos desplantes. Es justo ese momento en que te paras a pensar y reaccionas: asumes que tú jamás te habrías comportado de la manera que se han portado contigo y dices que ya basta. Harto de ser vapuleado, ninguneado y machacado de forma insistente y constante.
Cuando no queda nada más que decir decides poner fin a una etapa y quemas los campos a tu alrededor. Dejas que el General Invierno avance y que los dioses se apiaden de aquellos que decidan internarse en la estepa desierta, pues solo van a encontrar hambre, frío y una interminable explanada de tierra árida.

Cuando no queda nada que decir asumes que has hecho las cosas lo mejor que has podido. Que has sabido. Que has creído. Que jamás has obrado de mala fe. Que has cometido errores, sí, pero nada digno de las represalias que has recibido. En cambio te has sentido juzgado, flagelado y crucificado. Humillado y vejado. Has pagado por los pecados de otros a quienes ni siquiera conoces.
Cuando no queda que decir sufres la revelación que te dice que, por muchos errores que hayas cometido, por falible y humano que seas, no has merecido tal trato. Y sin embargo, lo has sufrido, no una, sino reiteradas veces. Te has estado preguntando por qué, tantas veces como lo has sufrido, hasta que ha llegado ese día, en el que ya no hace falta ninguna conversación para darte cuenta de que te estabas haciendo las preguntas equivocadas. No necesitabas saber por qué, pues cualquier explicación a partir de aquí no es más que una excusa.
La pregunta es por qué no actuaste tú en su debido momento. Por qué no pusiste freno a todo esto.
Tampoco eres capaz de dar con una respuesta clara. ¿Porque te importaba, quizás? ¿Porque pensaste que no era el modo de hacer las cosas?

Cuando no queda nada que decir llegas a la conclusión de que, si lo que tuvieras que decir en su momento -explicaciones que igual no eran necesarias, asumir culpas que en el fondo no tenías, tener que respetar cómo tu dignidad era socavada una, y otra, y otra vez- no sirvió para nada, ahora es igualmente inútil escuchar cualquier cosa que te digan.
Cuando no queda nada que decir lo único que necesitarías sería una disculpa que no vas a obtener, porque quien te daña de esta manera, demostrando que no importas nada, jamás se va a parar a pensar que lo que tu sientas tiene relevancia alguna. Llegados a este acto, solo esperas que el silencio te haga un favor y al menos no vuelvan a hacerte más daño.

Cuando no queda nada que decir abandonas. Donde habrá quien vea cobardía, tú en realidad verás hastío. Verán miedo donde tú simplemente verás la decisión de coger y dejar marchar las cosas. Porque habrás decidido que ya no tiene razón de ser seguir intentando detener la lluvia con las manos. Vaciar el mar en un agujerito en la arena. Sostener el peso del mundo.
Sabes que siempre has intentado ser honesto.
Que siempre has actuado de la mejor forma posible.
Que jamás harías daño deliberado a nadie sin provocación, mucho menos a los que te rodean
Que vives acorde a los valores que consideras más adecuados.
Pero cuando no queda nada más que decir y ves que todo eso no ha parecido importar a quienes te han hecho daño, tomas tus decisiones. Del mismo modo que aquellos que decidieron dañarte a ti tomaron las suyas en su momento.

sábado, 28 de enero de 2017

Escupiendo Rabia- El derecho a comportarte como un hijo de la grandísima puta



Una de las cosas que siempre me han enseñado en mi casa ha sido eso de que hay ciertos límites que jamás se deben sobrepasar. Uno de ellos consiste en no insultar a otros sin provocación previa, especialmente cuando esos otros no pueden defenderse. Más grave aún es el caso si ese del que hablamos no puede defenderse porque está muerto. Este principio es sencillo: si vas a poner a caldo a alguien, asegúrate de que tenga una mínima oportunidad de defenderse y de escuchar lo que tú tengas que decir sobre él. Si no, más te vale que te calles la (puta) boca, porque no quedas ni como un transgresor ni como un defensor de nada, ni leches en vinagre: eres un cobarde de la más baja estofa.

De un tiempo a esta parte he comentado lo que ha venido siendo una crisis de valores que parece asolarnos como sociedad, con el mismo ímpetu que una avalancha. Sumemos eso al anonimato que la gente parece encontrar en las redes sociales y en esa constante justificación que se tiene (de una forma incorrecta y basada en la más pura de las ignorancias acerca de nuestras leyes) amparándose en el humor negro, la transgresión y la libertad de expresión. Para flipar, si tenemos en cuenta que aquí ahora todo el mundo parece ser juez, jurado y verdugo a la hora de insultar, escarniar o incluso amenazar de muerte a quien sea en una red social. Eso sí, sin dar un nombre verdadero, sin dar la cara. Tirando la piedra a base de insultos y escondiendo la mano, generalmente borrando sus cuentas o, si les trincan, diciendo "Es que yo puedo decir lo que quiera".

Ha venido pasando de una forma muy reiterada últimamente en cierta red social en la que no tengo cuenta porque, a cada día que pasa, me da más la impresión de ser un caldo de cultivo para auténticos animales. Cuando digo animales, me refiero, no tanto en el sentido biológico de la palabra (una criatura que lucha por sobrevivir), sino en el sentido social: energúmenos que no parecen haber tener ni la menor idea de lo que es la educación, la empatía o el saber estar. Gente que se cree terriblemente graciosa y que, tras estas bromas o tras esta "sinceridad" (lo entrecomillo porque la sinceridad no consiste en obviar lo bueno y resaltar lo malo, por mucho que quieran justificarse en ello) lo único que buscan es tener un motivo para odiar.
Estos mismos, probablemente, serán los primeros en ponerse un lazo contra el bullying cada vez que un chaval se suicida, pero maticemos esto: se lo pondrán en una foto de perfil, de cara a la galería, donde se les pueda aplaudir. En su vida cotidiana, son los que acosan a otros, bien en redes sociales, bien en sus vidas. Puede incluso que sean víctimas de acoso y que, incapaz de superarlo, decidan ponerse la piel del lobo y atacar a otros inocentes para conseguir el aplauso fácil que no han conseguido en su día a día.


Algunos piensan que el mundo les debe algo solo por el hecho de haber nacido.
Y, como tal, se creen con el derecho a comportarse como les dé la gana.
Sin consecuencias, sin responsabilidades.
Porque ellos son guais.


Francamente, me da igual.
Hace algo más de una semana, una adolescente salió en la televisión con un sueño: quería ser astronauta e ir a Marte. El sueño de una adolescente que no quiere la pasta rápida, ni busca ser famosa de una forma fácil ni andar viviendo del cuento. Hablamos de alguien que, lo consiga o no, tiene un sueño que implica estudiar muchísimo, trabajar muy duro y hacer muchos sacrificios.
Esa chica fue vapuleada de la forma más cruel en las redes sociales, y no por ese sueño, no: estos animales la lincharon por algo que, según ellos, era un defecto físico. Supongo que estos seres habrán sido paridos por los Mismísimos Dioses como entidades físicamente perfectas, lo que los pone en la perfecta disposición para juzgar a otros. Seres que están por encima del Bien y del Mal y que pueden permitirse el lujazo de no tener que mirarse al espejo para no enamorarse de sí mismos y andan por ahí, sintiéndose con el derecho de poder insultar a una niña. Insisto, a una niña. Muy valientes, muy machotes. Sus madres estarán orgullosas de haber llevado en el vientre a gente así durante nueve meses y traerlos a este mundo para que nos iluminen a todos los demás con sus ingeniosos comentarios.


O cuando murió Emilio Botín, por poner solo otro ejemplo. Empezaron a surgir chistes de muy dudoso gusto. Todos los que lo hicieron parecieron creerse el puto V por eso de reírse de la muerte de un banquero, porque... claro, los banqueros son todos el mal y si uno se ríe de la muerte de una mala persona es un tío genial.
Bellísimas personas, todos, dónde va a parar.


Luego fue Bimba Bosé.
Aclaro que nunca he seguido mucho a esta mujer. Ni tampoco a su tío, más allá de lo que escuchaba mi madre de su música cuando era pequeño y poco más. Lo digo por si alguien se piensa que esta familia subvenciona este blog o que me tocan de cerca o algo. La verdad es que no. Ni siquiera los conozco.
Pero que los conozca o no importa una soberana mierda para que la actitud de una panda de degenerados (no tienen otro nombre, y si alguien se da por aludido, que se joda) me revuelva las tripas. Volvemos aquí a la excusa del humor negro que muchos de estos payasos (entiéndase, un payaso es un imbécil que se cree gracioso, pero solo él lo piensa) esgrimen como mantra. Bajo esa excusa barata se han soltado verdaderas burradas, que nadie con un mínimo de sangre en las venas soltaría, ya no de Bimba Bosé; no las soltaría DE NADIE, porque son de un desagradable que repugna.
Sorprende que los dioses o la naturaleza misma hayan malgastado carne en crear gente así, capaz de soltar semejante chorro de mierda por la boca (o por los dedos, considerando que usan un teclado). Porque debes ser muy mierda como ser humano para esconderte detrás de una pantalla e irte a meterte con una mujer (u hombre, o niño, me da igual) que le ha echado más cojones que tú para enfrentarse a una enfermedad y, por la razón que sea, ha perdido la batalla. Hay que ser de una ralea inferior como ser (no me atrevo a usar la palabra humano aquí, porque sería llegar al insulto a nuestra especie) para reírte de algo tan brutal como es el cáncer y cachondearte, siempre enmascarado, siempre escondido, de las personas que están despidiendo a esa persona que acaba de fallecer. Me pregunto cómo sería la situación si, en lugar de esconderse tras una pantalla, alguno de estos iluminados lo hace en el mismo funeral y le suelta esos chistes tan ingeniosos a la familia de la persona que acaba de ser enterrada. Me pregunto si estos bufones de mierda tendrían esos arrestos para abrir la boca delante de un entorno que no les va a aplaudir como lo hacen tras una pantalla. Me pregunto si serían tan valientes para dar la cara y estar preparados para que se la revienten allí mismo.


Otro que ha caído estos días ha sido el hijo de Donald Trump, del que se han reído por su forma de caminar.
Vale que muchos no crean que este presidente sea el más indicado para gobernar Estados Unidos.
Vale que no tenga unas ideas que gusten.
Pero su hijo es un niño de diez años, y no es su padre. No se ha presentado a unas elecciones, ni ha sido elegido presidente.
El insulto, pues, ha sido gratuito. Y, tratándose de un niño, de lo más cobarde.


Pero volvamos a la empatía, porque algunos parece que no saben de qué va, o se piensan que el mundo está para reírles la gracia, para servir a sus caprichitos de niños pequeños o vete a saber qué. Me pregunto si ellos mismos se tomarían con tanto sentido del humor la muerte de sus propios familiares, si ellos mismos estuvieran despidiéndolos y alguien les hiciese lo mismo que ellos mismos han hecho. Me encantaría saber si entonces hablarían con tanta ligereza del derecho a la libertad de expresión y tildarían de fascista a todo aquel que les haya dicho en el pasado que se podrían morder un poquito la lengua con las imbecilidades que sueltan por la boca. O si berrearían tanto contra un sistema que intenta poner medidas legales para que este tipo de basura no se repita. Porque cualquiera con un mínimo de sentido común sabe que si uno gasta una broma, debe estar preparado para recibirla. Es muy cómodo y muy cagueta al mismo tiempo eso de ser siempre el que se da, pero esconderse o salir corriendo como ratas para no ser el que recibe.
Muy maduro. Muy de gente responsable, coherente y sensata.

Pasan los días y la cosa no parece mejorar. La impunidad con la que parecen sentirse tras cada ataque hace que estos gilipollas aislados parezcan aplaudirse los unos a los otros, como una panda de putos simios que solo buscan hacer ruido. Solo buscan odiar. Solo buscan una víctima.
Aquí es cuando vemos de qué está hecho cada uno en el momento en que se puede poner una máscara o un nick o como se le quiera llamar: se desata la homofobia, como se ha hecho con Miguel Bosé; vuelve el bullying más racio, a base de meterse con el físico de otros, como esta chica que quería ir a Marte; se multiplican los ataques verbales de ideología machista, llamando "guarras" a chicas cuyo único pecado es hacerse una foto con la ropa que les da la gana (o sin ropa, como si ahora a chavales de 20 años les escandalizase ver una teta. No pasaba ni en la época de mis padres, joder); chicas de apenas veinte años que van por la vida de intelectuales tildando de machistas a todo ser viviente que no les dé la razón; gente que ve política en todas partes y se dedica a atacar a aquellos que no son de su misma ideología.
Amenazas, insultos, burlas crueles, todo vale. Estos personajillos parecen creerse en la cúspide de la sociedad y consideran que el fin (defender lo que sea, o atacar lo que sea) justifica los medios (vejar a todo bicho viviente que se les ponga por delante). Todos se erigen en jueces absolutos, todos levantan su pulgar y, desde su cómodo sofá, delante de su ordenador, dictan sentencia. Eligen quién va a ser la próxima víctima y no paran hasta haberla escarniado.
Nunca piensan que cualquier día les puede tocar a ellos, tal y como está la cosa. A ellos, a sus familiares o a gente que les importe.


"¡Hostia, me la han devuelto!"
¿Qué esperabas? ¿Impunidad toda la vida?


Tiene cojones que se hable del extremismo fuera de nuestras fronteras como si fuera una amenaza terrible que se gesta en el horizonte y no nos damos cuenta de que ese extremismo ya está aquí, en occidente. No con la misma ideología en concreto, pero sí con los mismos argumentos, la misma mala hostia y las mismas obsesiones. No usarán armas, pero el objetivo viene a ser tres cuartos de lo mismo: aplastar a quien consideran "indigno", y no parar de lapidarlo (a base de "opiniones", como las llaman) hasta que, bien esa persona tome medidas legales, bien se busquen a otro, o bien (en el peor de los casos, el más extremo y por suerte el menos frecuente) la víctima cometa una tontería porque no pueda soportar el bombardeo de imbecilidades al que se ve sometida.
Si viviéramos en una sociedad con unos valores medianamente decentes, si eso sucediera pesaría sobre las conciencias de aquellos que se han sentido tan crecidos a la hora de vapulear en masa a una sola persona que no les ha hecho absolutamente nada (lo que se conoce de forma vulgar como linchamiento). La cuestión es que la sociedad en que vivimos está jodidamente enferma. En el momento en que cosas como esa suceden, la falta de empatía que impera este mundo hace que eso de tener conciencia suene a marcianada. Todo se convertirá en postureo barato, se colgarán algunas fotos en homenaje a la víctima y arreando.
Pero nadie se sentirá responsable de haberse comportado como un hijo de la grandísima puta.


"¿Arrepen-qué?"


Que una red social, asimismo, parezca tener una política bastante permisiva hacia esto tampoco es que ayude. No deja de alucinarme la galopante hipocresía de la mayor parte de plataformas que conozco, donde impera más la censura hacia los desnudos que el controlar que la gente no haga apología de la violencia. Se pervierte de una forma brutal el derecho a la libertad de expresión y empieza el asunto a convertirse en una especie de piscina de barro donde todos saltan a ver quién suelta la animalada más grande. Quién comete el insulto más vulgar. Quién alcanza el mayor nivel de rastrería. Quién se retrata a sí mismo como un ser despreciable de la forma más flagrante. Si ya de por sí es grave que este mal campe a sus anchas, más grave aún es que no parezca haber mucha prisa por cortarlo de raíz.
El sistema judicial suele ser bastante tajante a la hora de defender el honor de las personas, especialmente si este es vulnerado en un medio público. Se hace lo que se puede, pero la cuestión es que quizás si el personal hubiese sido criado con unos mínimos valores, con la educación necesaria para no comportarse como gente a la que te daría asco presentarle a tus padres, no sería necesario ni que el sistema actuase. Más que nada, porque a nadie se le ocurriría soltar las cosas que se están viendo últimamente y que hacen que cualquiera que sea más o menos honrado se plantee seriamente eso de no coger e irse al monte a vivir.


"Al carajo ya".


Hace ya algún tiempo comenté que estas plataformas de mentecatos parecían estar adueñándose de las redes sociales como una auténtica plaga. Una lepra que estaba provocando que mucha gente cogiese, cerrase sus cuentas y se dedicase a algo más productivo, como ver crecer los geranios en el balcón de casa.
No creo que esa sea precisamente la solución. Al hacerlo se les está dando poder. Se crea una Idiocracia de neanderthales que campan a sus anchas y que están haciendo del mundo virtual su patio de recreo particular. Todos hemos visto el caso de algún conocido nuestro, o conocido de conocido, que cada vez que sube algo resulta ser de dudoso gusto: chistes que, más que ser graciosos, nos hacen decir "Joder, macho, te has pasado", comentarios humillantes disfrazados de broma, o que se enzarzan día sí y día también con otros amigos nuestros en discusiones absurdas que lo único que causan es una terrible vergüenza ajena.
Y muchos de nosotros los hemos conservado en nuestras listas de amigos.

No hemos intervenido en esas peleas monumentales en nuestros muros, o hemos consentido sus insultos. Hemos callado al ver chistes desagradables que se ríen de gente ya muerta o de discapacitados. Hemos visto cómo han subido imágenes en las que hacen apología de la violencia, escudándose en una revolución que se han sacado del sobaco. Los hemos visto pedir la muerte de gente que no comulga con sus ideas o de gente que no conocen en absoluto.
Y nos hemos callado.


"No he visto nadaaaa..."


Quizás ese es el problema: nos echamos las manos a la cabeza cuando alguno de estos espantajos suelta una barbaridad que clama al cielo, pero no solemos pensar que han llegado a ese punto porque nadie los ha puesto en su sitio antes. Nadie los ha ignorado, ni los ha borrado de sus listas de amigos. Nadie parece haberlos bloqueado cuando se han pasado y, mucho menos, nadie ha inundado los servidores de la red social de turno denunciando el perfil. A nadie se le ha ocurrido hacer una captura de la pantalla de estas barbaridades light y ponerla en manos de la Unidad de Delitos Informáticos para que, por lo menos, investiguen a estos personajes.
Todos hemos conocido a fantoches de este tipo porque o han sido amigos nuestros o amigos de amigos. Bajo esa hipertolerancia que se ha desarrollado en los últimos años a según qué gente, casi parece que está feo mandar a hacer gárgaras a alguien que se ríe del maltrato a la mujer, a alguien que dice que la solución del maltrato consiste en matar a todos los hombres (como otra "intelectual" en un vídeo hace unas cuantas semanas), a gente que que ningunea, escarnia, insulta o amenaza a otros usuarios. Parece que nos da miedo quedar como intolerantes, pero en cambio toleramos la intolerancia de estos seres. Toleramos sus discursos llenos de odio, sus sarcasmos insultantes, su violencia verbal, sus argumentos de fanáticos. Su mierda ideológica, en resumidas cuentas. Porque, vamos a ser claros: si tienes una ideología y eres incapaz de asumir que otros tienen una diferente, odias a esos otros solo por ello y encima te crees con el derecho a vapulearlos verbalmente, no importa lo bonita que sea tu ideología: la acabas de llenar de mierda. Y no, no mereces el respeto que pides, porque tú no lo tienes con nadie. Esto va en ambas direcciones, te guste o no.


"¡Esos desgraciaos no nos dan la razón! ¡Adelante! ¡INSULTAD! ¡AMENAZAD! ¡APLASTAD! ¡Demostrad que defendéis lo vuestro mejor que nadie! ¡REÍOS DE AQUELLOS QUE NO OS CAEN BIEN! ¡HUMILLADLOS PÚBLICAMENTE! ¡Tenéis pleno derecho a ello! ¡Pero solo vosotros, ellos no! ¡ELLOS NO PUEDEN NI TOSEROS!"


Quizás es por eso por lo que nosotros, en nuestro intento de ser civilizados, hemos cedido terreno a aquellos que no lo son. No queriendo entrar en discusiones (o, mejor dicho, no queriendo que esos nos la monten), nos hemos callado y hemos mirado para otro lado cuando se ha montado. No hemos actuado de la forma más tajante, que es coger y expulsar a esa gente de nuestras vidas, porque avasallar de esa manera ya es un buen motivo para hacerlo. Quizás, si volviéramos a una época no tan remota, donde al que era un payaso integral se le condenaba al ostracismo de los payasos y se le tomaba tan en serio como se le debe tomar a un payaso, esta gente no montaría las que está montando ahora. No se sentiría tan envalentonada, ni tan impune. Quiero pensar que la mierda no abunda tanto y que la mayoría de la gente todavía se asquea al leer según qué clase de cosas (ojo, QUIERO pensarlo). Si esto es así, es tan sencillo como que la mayoría de la gente haga el vacío a la mierda, de manera que la mierda solo se relacione con la mierda y se muera de asco. Quizás así las cosas empezarían a cambiar, porque... si tenemos que esperar a que las redes cambien sus políticas referentes a los términos de usuarios, ya podemos esperar sentados.

No lo sé, solo es una especulación mía. Me gustaría pensar que ese derecho a comportarse como hijos de la grandísima puta que algunos se creen que tienen es un derecho que ha sido otorgado por aquellos que, simplemente, no se arremangan cuando las cosas se ponen feas. Partiendo de esa base, es tan sencillo como que recordemos que somos nosotros los que les hemos dado ese derecho con nuestra pasividad, y que se lo podemos arrebatar en el momento en que nos hartemos.
La cuestión es: ¿estamos ya lo bastante hartos o todavía tenemos que esperar al próximo desfile de salvajadas cuando muera alguien?

martes, 24 de enero de 2017

Mondo Chorra- Los que luchamos contra el Caos



En este mundo hay dos clases de personas, a mi juicio.
Por un lado están aquellos que viven según un código y otros que simplemente hacen lo que les da la puta gana.
Vamos a centrarnos en los primeros. Aquellos que viven según un código suelen ser gente que entienden que jamás harían a nadie lo que no querrían que les hiciesen a ellos. Hablamos de gente que procura hacer las cosas lo mejor que pueden o saben (independientemente de que tengan éxito o fracaso en lo que hagan, pero al menos han intentado hacer todo cuanto ha estado en su mano). Gente que lucha, día a día, por soportar los dictados de su conciencia y se esfuerza por no ser autoindulgente.
Hablamos de gente que lo da todo, ya sea en lo que hagan, como en las relaciones con el resto de individuos. Personas que se preocupan porque todo en su entorno se encuentre en orden, buscando el equilibrio, ya sea con los demás, ya sea consigo mismos.

Para ese tipo de personas, existen ciertas máximas que son inquebrantables. Una de ellas es la de no faltar jamás a la propia palabra. Por eso, raramente pactarán nada con nadie o harán promesa alguna si no confían en que vayan a poder cumplirla (hablo, por supuesto, en términos de que dicha promesa pueda cumplirse por voluntad propia; se entiende que, si se rompe por cuestiones ajenas a uno o imprevistas, ahí no hay nada que ser humano alguno pueda hacer). La palabra es la ley. Un juramento es un juramento y, tal y como menciona Bill Willingham, es lo que nos diferencia de los animales. No hay lugar a interpretaciones en esto. No hay dobles lecturas, ni ambigüedades.
Si faltas a tu palabra de forma deliberada, o por dejadez, no existe nada en la faz de este mundo que te diferencie de un vulgar mentiroso.


A veces las cosas SÍ son así de simples.
A veces SÍ pueden limitarse a la dualidad blanco-negro.
Lo que pasa es que a menudo las emborronamos con una escala de grises y matices que nos desvían de lo que realmente importa.


Supongo que, por eso, ese tipo de gente no da más confianza de la que recibe y considera este tipo de desplantes (a eso de faltar a la palabra por parte de otros) como una desfachatez de lo más absoluta. Alguien que incumple su palabra, para ellos, pierde todo cuanto había ganado. Deja de ser lo que fuera en su momento y, ya da igual que sea madre, padre, amigo, hermano o pareja: esa persona muy difícilmente será vista como lo que antaño fue.
Podéis llamarlo orgullo, si os da la gana, pero no nos despistemos con las interpretaciones que mencionaba arriba, pues es más sencillo de lo que parece: si alguien falta a su palabra, si rompe un pacto de forma unilateral, si no incumple lo prometido, no es de fiar. Asi de sencillo, sin medias tintas, ni justificaciones ni tonterías. Todo cuanto pueda decir al respecto será tomado como excusas que no ayudan en lo más mínimo a limpiar su imagen.

Lo de dar confianza se traduce en que este tipo de personas raramente te va a dejar de lado a menos que consideren tener no uno, sino más de un motivo de peso para ello. Y aun así, suelen actuar con muchísima cautela. Pueden parecer temperamentales, pero no toman decisiones drásticas a la ligera. Observan y meditan, quizás más tiempo del  necesario, pero entendámoslo: hablamos de asuntos que consideran importantes, tales como el entorno. Nadie medianamente en sus cabales toma una decisión importante a la ligera.
Precisamente por eso suelen llevar de mal tirando a fatal eso de sentirse en la estacada. Deja tirado a alguien así (especialmente si lo consideras amigo o alguien de una mínima importancia en tu vida), sin un buen motivo (que no excusa) y sin una disculpa y, como diría Ennis, ya puedes ir corriendo a alistarte con los demás gilipollas, porque serás otra razón por la cual el mundo se va a la mierda.


"Y un cojón. De esta salimos los dos".


Es por ello que suceden que, en el momento en que hay una desavenencia o ruptura de cualquier tipo, es harto complicado que haya vuelta atrás. Recordemos lo del pacto. Dos amigos pueden prometerse amistad, pero en el momento en que deciden romperla, para ellos también cuenta como una promesa. Una promesa de que todo ha terminado aquí, y lo que se ha hecho no se deshace. Y si no, haberlo pensado mejor. Dicho de otro modo, una separación en términos no del todo amistosos no es como comprar  un jersey y luego descambiarlo cuando nos parezca. Dicha situación, para ellos, es el último lugar al que se quiere llegar, cuando ya no queda nada más que decir y dicha relación esta rota, muerta y enterrada. Venir un cierto tiempo después a intentar reanimarla rezuma a chiste malo. A desdecirse. A echar por tierra todo lo pactado, una vez más.

Podéis llamarlo rencor, si queréis. Me remito por segunda vez a eso de las interpretaciones. El rencor es ser incapaz de perdonar algo que no tiene importancia. La dignidad nos enseña que, cuando ha habido una ofensa difícilmente perdonable, precisamente porque es importante, cometemos una soberana estupidez al perdonar de forma ciega, sin que haya habido una buena conversación por medio donde la otra persona nos exponga, de forma ordenada y coherente, cuáles han sido sus motivos a la hora de actuar así. Es negar la importancia del daño sufrido (pese a haber sido serio) y justificar al que lo hace. Es hacer borrón y cuenta nueva, cuando esa persona que nos dañó no se ha molestado en explicarse. Ni en pedir disculpas. Simplemente reaparece, como si nada hubiera pasado.
No sé si logro explicar la soberana ridiculez que rezuma de esa idea.


"Sí, te reventé la cara. Te di una paliza cuando estabas en el suelo. Luego me meé en tu cara y me cagué en tu boca. Te saqué fotos y las mandé a todo el mundo para que se descojonaran. Jamás me disculpé, ni puta falta que me hizo. Pero tú y yo guai, ¿verdad?"


Supongo que este tipo de cosas son las que hacen que la brecha entre aquellos que tienen un código de conducta, o valores, o como queramos llamarlos, es insalvable, frente a aquellos que hacen lo que les da la puta gana sin atender a consecuencias. Sin pensar a quién están jodiendo. Aquellos que se dejan llevar por los impulsos, sin responsabilidad alguna acerca de sus actos o sus palabras lo único que consiguen es ponerse en contra de cualquiera que, un buen día, se levanta con la tolerancia a que le toquen el alma a dos manos reducida a cero.
Porque esas cosas suenan a abierta falta de respeto.
A cachondeo.
Incluso a egoísmo.

La naturaleza nos enseña a sobrevivir, pero hay muchas formas de hacerlo. Podemos sobrevivir funcionando como depredadores, pisoteando a todo bicho viviente que nos rodea. Podemos mentir, avasallar, aprovecharnos de otros, humillar, traicionar o simplemente pasar de todo cristo y comportarnos como si el resto del planeta estuviera a nuestra disposición. Podemos movernos por la conveniencia y arrimarnos al sol que más calienta y, cuando la situación cambia (o consideramos que cambia), si te he visto, no me acuerdo. Haciendo un ejercicio de coherencia, tiene sentido si al actuar así nos encontramos con un muro de hormigón en el momento en que intentamos quedar bien con alguien que se mueve por medio de una férrea escala de valores. Porque la gente que vive en orden no puede soportar el caos que implican estas actitudes.


Os dejamos aquí una silla, para que cuando os canséis de daros de leches contra el muro tengáis donde plantar el culo.


Podéis llamarlo falta de respeto hacia la gente "libre". Por tercera vez, me remito a eso de la interpretación.
Quiero que penséis qué respeto implica tratar a los demás de la manera que he mencionado. Bien puede que no haya mala intención en ello, pero es que no tiene que haberla para que estas actitudes constituyan una ofensa. Es posible que no seáis capaces de mantener un pacto con una persona, pero esas cosas se pueden hablar de una forma honesta y yendo de cara (lo que implicaría un cierto respeto hacia la otra persona, pese a haber evidentes desavenencias), no dejando que vuestras actitudes revelen lo que sois y hagan un retrato de vosotros que seríais incapaces de tolerar en otros. Porque, en muchas ocasiones, trae más cuenta declarar intenciones y dejar claros los cambios de parecer (que no están prohibidos, ni mucho menos) que hacer que vuestros actos emponzoñen lo que habíais pactado previamente y no dar lugar a dudas de que, no solo sois incapaces de cumplir vuestra palabra, sino que tampoco tenéis el valor necesario para admitirlo.
Pensad en lo respetable que resulta que os dejen de lado, o que simplemente veáis que lo que os hacen no solo no se parece a lo que os habían prometido, sino que resulta ser todo lo contrario. Es tan respetable como lo es que se rían de vosotros en vuestra cara o que escupan sobre vuestros valores. Porque una promesa, por lo general, no solo implica a quien la hace. Implica a todos aquellos que la escuchan y que cuentan con que se cumpla. Faltar a esa promesa es convertirse en una decepción viviente.


"Ah, ¿que tú si hiciste la promesa con intención de cumplirla? JAJAJJAJAA PRINGAO"


He mencionado alguna vez que una vez conocí a alguien que me dijo que, si no tienes valores, no eres nada. Nadie de fiar.
Han pasado muchos años desde que dijo eso y no lo he olvidado.
A día de hoy sigo pensando que tiene toda la razón del mundo. Sigo pensando que en esta vida, como he mencionado al principio de este post, hay dos tipos de personas: aquellos que tienen unos valores, que se rigen por un código de conducta, basado en buscar la estabilidad en su vida y el entorno, que da importancia al esfuerzo y a hacer bien las cosas; gente que se preocupa por que aquellos que les rodean se encuentren bien. Que intentan no convertirse jamás en una razón para las preocupaciones de aquellos que les importan. Gente que intenta llevar las cosas a buen puerto en la medida de sus capacidades, que lucha por lo que cree y ayuda a quien lo necesite, sin esperar demasiado a cambio, más allá de no ser pateados a la primera de cambio.
Y luego están los otros. Los que piensan que tienen todo el derecho del mundo a hacer lo que les dé la gana, sin responsabilidad alguna. Sin reconocer que así no se puede ir por la vida. Sin asumir de una santa vez que, si estás viviendo en una sociedad, no puedes ser una causa más por la cual la sociedad sea una mierda.


Pillad la metáfora. Nosotros somos el saco.


Gente así ha convertido un mundo que podía haber sido más sencillo y más justo en una letrina. Un mundo en el que cada día es más difícil poder depositar tu confianza en ser humano alguno. Donde el fin (que es la satisfacción personal de uno) parece justificar los medios, por aberrantes o antisociales que estos sean. Un mundo en el que la política y la filosofía más básicas son "Aplasta antes de que te aplasten". "No confíes en nadie". "Vela por lo tuyo y a los demás que les den".
Es gracias al triunfo de gente así como hemos hecho que nuestro mundo sea una auténtica mierda. Le hemos dado el poder a todos aquellos que se comportan de esa manera pensando que son más fuertes, más listos. Que comportarse como depredadores o carroñeros es lo que les otorga el triunfo. Que los hace mejores.
Solemos pensar que su camino es más corto, más sencillo, más irrefutable; en cambio, el nuestro se presenta cuesta arriba, más lento, más duro. Menos tentador. Es por eso por lo que son mayoría. Por lo que ganan y nosotros perdemos.


Y ahí vienen, una vez más...


¿Queréis que sea sincero?
Me da igual. Me da igual la fuerza que se supone que cobren. Me da igual que sean más. Que digan tener la sartén por el mango. Me dan igual sus estrategias, sus juegos, o simplemente esa costumbre de tomar el mundo como si no hubiera nada por lo que responsabilizarse. No me importa que hagan sin cuestionarse el daño que hacen, ni tampoco sus constantes excesos. Ni sus palabras dañinas, ni su desdén, ni ninguna de todas y cada una de las promesas que rompen.
Me da igual que mi camino sea más difícil. Me da igual tener que prepararme para el combate cada vez que encuentro a alguien que resulta rendirse a este Caos. Me da igual la de veces que acabe desterrado, o teniendo que decirle a alguien que me ha importado que se acabó, porque mi aguante tiene un límite y, una vez se agota, ya no queda nada más que decir. No me importa que otros vivan su vida entregándose a su santo avolunto, o que pisoteen y machaquen a los que les rodean. Tampoco que haya gente que prometa una cosa y luego haga la contraria.
Creo en lo que creo.
Mis valores son los que son.
Sé exactamente lo que vale mi palabra.
Sé dónde acaba mi satisfacción personal y dónde empieza el bien común.
Yo ya tengo claro en qué lado estoy.