Hay veces en que sientes una terrible vergüenza ajena, dependiendo del contexto en el que arrastres el culo. En mi caso concreto, no tengo reparo alguno en decir que la he sentido en ciertos grupos íntegramente formados por tíos (mejor dicho, por según qué tíos), donde escuchas discursos que son como poco vomitivos. Hablo de esos grupos donde prima la testosterona y los machos-alfa compiten entre sí por ver quién la tiene más grande, aun hablando desde un punto de vista metafórico. Si alguno de vosotros ha estado o formado parte de esos grupos entenderá a lo que me refiero. Esa actitud de tener que estar demostrando cada puta cosa que haces o dices, como si todo quedase en entredicho hasta que (de nuevo hablando de forma metafórica) te sacas el nabo y lo plantas sobre la mesa para que todos vean que no hay trampa ni cartón.
Grupos donde las conversaciones acerca del sexo opuesto es lo más parecido a hablar del menú de un restaurante y se habla de la mujer como un cachocarne con tres orificios que explorar a pollazo limpio, o bien tirando de una desbordante imaginación, con los dedos, la lengua o cualquier objeto. Ya ni entro en sutiles frases como "todas las tías son unas guarras" o, siendo más sencillos (porque a veces es que el personal pasa de ir de preciosista por la vida), asimilar "tía" con "guarra" y al carajo.
Digno lugar de mención tiene eso de ir aireando las intimidades con alguna moza (sin pregunta previa al respecto, porque parece que es asunto tuyo saber cómo un colega le mete el nácaro a una moza, por dónde, en qué lugar y bajo qué circunstancias), como si fueran la puta toma de Jerusalén. Relatar un cipotazo como una hazaña épica que hace que la "guarra" de turno (tócate los cojones con la forma de ilustrar el asunto, y sin contar con el permiso de la susodicha para contarlo) gima hasta dieciocho orgasmos seguidos, y sin sacar la tranca.
Sí, a veces da vergüenza que semejantes personajes compartan género contigo.
"Ay. La cosa tiene cojones"
Puedo seguir ahondando un poco en el asunto, si queréis. Podemos hablar un poco de esa actitud de simio perdonavidas que le hace un favor a una chica por empotrarle el higo con el rabo. De usar cada conquista como un trofeo que exhibir, y de justificar lo injustificable al alardear de esa actitud. Puedo hablar también de esa especie de filosofía con la que han educado a algunos, que estipula que un hombre y una mujer jamás, bajo ningún concepto, pueden ser amigos, porque tarde o temprano querrá tirársela. Ningunear, de paso, a otros hombres que sí tenemos amigas y que nos sentimos cómodos entre mujeres, precisamente porque no pensamos que por haber nacido con un potorro entre las piernas las convierta en putas o demonios, ni mucho menos tengamos la obligación de trincárnoslas a todas. Que nos gusta rodearnos del sexo opuesto porque sentimos que no tenemos que competir con nadie. Que no tenemos nada que demostrar. No solo no lo entienden, sino que lo ridiculizan.
Incluso puedo hablar de esos colegas, supermachos ellos, que son capaces de dejar tirado a un amigo para meterla en caliente. Capaces de causar verdaderos conflictos en el entorno que les rodea, porque su primera necesidad es la de satisfacer el gusto de sus testículos, sin importar el daño que se haga alrededor, o de la gente a la que se joda. Esos cracks de la vida, capaces de mentir, manipular y montar auténticos cirios solo porque consideran más importante el tener otra muesca en el cinturón que en tener un entorno a su alrededor medianamente pacífico y estable. Seres que piensan que, donde hay una tía a la que follarse, no hay amigos ni hostias en vinagre que valgan.
Y más cojones.
Gente así en alguna ocasión me ha llegado a justificar cosas verdaderamente repugnantes, tales como que hay que insistir a una moza para llevársela al catre hasta que acceda, aunque sea por no escucharte. Que cuando hay una agresión, en muchos casos, es la víctima la que la provoca; porque parece ser que la carne es débil y que, si te sientes provocado, acabas cayendo. Y usar este argumento para quitar hierro a algo que es sencillamente aberrante. O para minimizar una responsabilidad que recae en el cien por cien sobre el agresor.
Como hombre, he tenido que escuchar cosas que me han revuelto las tripas por parte de gente que, con los años, han ido por la vida mostrándose como caballeros románticos, entregados esposos o incluso respetabilísimos padres de familia. La gente como yo, que no les hemos reído las gracias, hemos sido acusados de mojigatos, santurrones o (uy, qué horror) homosexuales. Porque supongo que es más fácil poner una etiqueta en el que piensa que piensas como un puto retrasado y anotarlo en la lista de seres a los que odias que coger y plantearte si, en el fondo, no te estás comportando como un puto cerdo.
Cojones la cosa tiene.
Quizás es una cosa de educación, no sé. Ante esto se suele hablar de patriarcado, generalmente usando el término como sinónimo de maldad. Algo así como si un malvado ser sentado en un trono planificase de forma de liberada la humillación sistemática de toda criatura dotada de vagina. No es así, pero a menudo se plantea la cuestión como si lo fuera, y la verdad es que me parece algo simplista y maniqueo.
Yo puedo decir que, debido a ciertas circunstancias personales que no mencionaré aquí porque no son vuestro puto asunto, me he criado en un entorno básicamente matriarcal durante la mayor parte de años de mi vida y he huido bastante de las concepciones que he planteado arriba. Pero no nos engañemos, no ha sido solo por haberme criado entre mujeres, ni mucho menos. A mí nunca me ha venido nadie a hablarme de la tiranía de los hombres ni me ha hablado de un Malvado Imperio Falocentrista que disfruta pisoteando a las mujeres. No creo que mi educación como tal se deba a haberme criado entre mujeres, o no estrictamente por eso. Creo que la cosa es algo más profunda, pues hablamos de unos valores algo más generales. Me explico: a mí se me ha enseñado desde siempre que nadie debe abusar de nadie. Esto no englobaría ni mucho menos solo a ese heteropatriarcado tirano y opresor del que todo el mundo se ha puesto a hablar tan solo de unos años para acá; hablo también de las diferentes clases sociales, de los distintos grupos étnicos (antes se les podía llamar "razas", ahora suena mal, por lo visto) y demás. Llamadme raro, pero a mí me criaron con la noción de que todo el mundo, independientemente de su sexo, su raza y demás, debe ser tratado con un mínimo de dignidad.
Yo creo que no es ninguna gilipollez.
Partiendo de una base tan sencilla, es fácil suponer que no vamos a ir por la calle llamando a los africanos "Negros de mierda", del mismo modo que no llamamos putas a las mujeres ni maricones a los homosexuales. No en un contexto serio, por supuesto. Existe un lugar, íntimo y privado, para soltar chistes burros (no me veréis nunca soltarlos en un medio público, porque luego vienen las malinterpretaciones y los linchamientos y como que paso) o para decirle a una amiga cachoguarra porque a ti te acaba de llamar pichacorta. Hablamos de contextos que permiten según qué términos y donde estos se entienden y hasta son de esperar. Nunca con desconocidos, y menos en ciertos medios. Es lo que he llamado alguna vez ser responsable con lo que dices, más que autocensurarse.
Pero volvamos al tema. Creo que al respecto de esto a veces tendemos a ver solo una mota en el cuadro, en lugar de prestar atención al cuadro completo. A veces, la práctica consiste en limitarse a la parcelita de lo que uno defiende e ignorar deliberada o inconscientemente todo lo demás. En el caso de la lucha de género, a veces parece que se olvida que estamos hablando de una igualdad en pos de la dignidad de los individuos, y lo que se busca es pasar a la historia por haber cometido una hazaña. Algo así como lo que hablaba de llevarse a una moza al catre y hacer que gima como una gacela, pero revestido de una ideología algo más molona y de una forma algo menos descarada.
"Yo defiendo a los varones heterosexuales mayores de cincuenta que tocan el piano. Has elegido un mal día para joderme".
Quizás eso hace que a veces me avergüence también de según qué defensas. Me explico: no tengo por qué justificar mi creencia acerca de la igualdad de género. Creo en ella, y si pensáis que no es verdad es más problema vuestro que mío. No me importa eso. Lo que me importa es que, de cara a la galería, están saliendo muchos que dicen defenderla, lo que me parece bien. Todos aquellos que creemos en la igualdad nos alegramos de que esa actitud de cabestro en celo empiece a decrecer en relación a la gente verdaderamente concienciada. Lo malo es cuando ves que la actitud de muchos de esos individuos o colectivos que levantan el puño para reivindicar dicha igualdad lo hacen de una forma que no te representa.
Y he ahí lo jodido.
Lo ideal sería que cualquier persona que tenga una ideología similar pueda hablar y hacer que te sientas más o menos identificado con ella. Es decir, no tienes por qué estar de acuerdo en todos y cada uno de los puntos que postula, pero siempre puedes decir "En esencia, estoy con lo que dice". Con tus matices, con tus propios puntos de vista, tus experiencias y demás, pero que sientas que esa persona represente tus ideales si habla en público. En eso radicaría, desde mi punto de vista, la idea de consenso.
Lo malo es cuando esa persona dice hablar en favor de esa ideología concreta y no solo no te sientes representado por ella, sino que te da hasta vergüenza cuando habla. Bien por su discurso, bien porque lleva ciertos puntos al extremo, bien porque saca por completo de quicio la idea con la que tú te sentías identificado. Sea por el motivo que sea, sabes que esa noción de consenso se ha ido al garete, del mismo modo que sabes que en el momento que cuando aquello que piensas se ve radicalizado por otros lo último que quieres es que te asocien con tal ideología o movimiento.
En definitiva, notas cómo hay gente que empieza a ridiculizar aquello en lo que crees... con el agravante de que encima parece que te están haciendo el favor por hablar en público aquello que se supone que piensas. Es algo tan vergonzoso como cuando el macho-alfa de turno deja a tu género a la altura de la babucha cada vez que hace que una muchacha se sienta como un cacho de carne y, de modo comprensible, acabe contribuyendo a la idea de que no hay por dónde coger a los tíos.
"¡Cojones ya, hijos de la gran puta! ¡Me cago en vuestras putas madres, panda de soplapollas! ¡Ahora os exijo que haya igualdad de sueldo o quemo vuestras putas casas con vuestras putas familias dentro, panda de cabrones!"
¿Veis? Se puede pedir algo noble y no tener el más mínimo respeto a la hora de pedirlo. Imaginad la reacción que se consigue con esto.
El fin jamás debería justificar los medios, aunque mucha gente que así se consiguen las cosas más rápido.
Así, del mismo modo que existen tíos que tienen toda la puta culpa de que aquellos que vamos de buenas tengamos que demostrar que no somos unos cerdos con piel de cordero, también existen colectivos que hacen que aquellos que creemos en la igualdad tengamos que andar justificándonos que DE VERDAD creemos en la igualdad y no vamos por ahí pidiendo la cabeza (o la castración) de nadie. Que aquello en lo que creemos es algo que tiene su razón de ser y no es un griterío organizado por un puñado de chalados que se han puesto a entonar consignas. Todo lo que habíamos conseguido hasta ahora, por poquito que fuese, se empieza a ver emponzoñado, ridiculizado y tirado a la cuneta por algunos que piensan que es mejor organizar acciones llamativas, berrear y montar cirios allá donde van. Si antes estábamos empezando a hacernos escuchar y respetar, ahora arquean las cejas al escucharnos decir que creemos en el feminismo, porque se piensan que lo próximo que haremos será despelotarnos en la parroquia del barrio en mitad de una misa.
"¡Me vais a escuchar por putos cojones! ¡Y si no me escucháis os meto una litrona rajada por el culo, na más que por hijoputas!"
Hasta ahora pensaba que se trataba de una primacía de la forma sobre el fondo. Que se debía a que la filosofía imperante en los últimos años, donde prima el activismo mamporrero, de que el fin justifica los medios. Que, cada día que pasa, hay más gente que piensa que, para hacerte escuchar, tienes que hacer ruido y si no, estás perdiendo el tiempo.
Ahora lo sigo pensando, pero no me quedo con esa idea. Hablándolo con un amigo hace unas semanas y comentándolo con más gente que sí considero concienciada y razonable, hemos estado llegando a una conclusión (no sé si cierta o no) de que hay un triste componente añadido en todo esto. De que muchos, muchísimos de estos seres que son capaces de entonar discursos de guerrilla urbana, y de entonar consignas que suenan a palizas verbales, en realidad ni siquiera creen de verdad en aquello que defienden. Yo antes pensaba que se debía a que el personal necesita tener un motivo para odiar, o simplemente formar parte de algo para sentirse integrados en una sociedad que cada vez nos aliena más y más. No niego que estos fanáticos de última generación se encuentren en las filas de estos colectivos, pero uno de estos amigos míos me dio una luz que me hizo pensar en algo en lo que no había caído.
Que esto no es más que narcisismo.
"Ni selfis ni pollas. Con esto voy a petarlo"
Cuando se forma parte de un colectivo, uno lo ve de una forma más o menos intensa la mayor parte de las veces. Están los fanáticos, que creen en ello de tal manera que no tienen miedo a sacrificar todo lo que consideren necesario para obtener sus fines, que consideran tan sagrados que priman por encima de cualquier medio por aberrante que este resulte. Hasta ahí, todo resulta plausible... pero pensemos en aquellos que están apareciendo por todas partes; esos seres que lo primero que hacen es autoidentificarse con la chapita de "Defensor de", como si la ideología de uno (o peor, lo que uno odia) fuese lo único que le definiese como persona. Pensemos a mirar con detenimiento la actitud de estos seres, consistente en airear en medios públicos (como redes sociales) las barbaridades que les han soltado a otros para reafirmarse en su ideología. Sus mensajes de odio. Incluso sus fotos demostrando lo afines que son a La Causa.
Es fácil ver a cualquiera de estos seres buscando el aplauso fácil, de esperar cómo suben sus alegatos a la espera de que otros les aplaudan, de que se sientan como el Defensor Definitivo. Algunos incluso parecen aspirar a convertirse en referentes. Intentan usar terminología intelectual, aun a riesgo de usar una falacia tras otra. Hablan de concienciar, pero lo único que hacen es atacar a otros, llevárselos a su terreno, revolcarse en el barro para salir triunfantes, con una medalla que demuestre (una vez más, hablamos de tener que andar demostrando cosas, como si estuviéramos de nuevo en ese grupo de machos-alfa que he mencionado al principio) su implicación.
"Vale, voy a hacer una reflexión sesuda e invitar a la reflexión a aquellos que no han visto los sutiles e imperceptibles matices filoheteropatriarcales que se destilan del nombre de los ingredientes de una ensalada César. Uh, César... el nombre de un tirano varón heterosexual... eso invita a la reflexión acerca de la invisibilización de la figura femenina en los nombres que se usan en nuestra gastronomía. Vale, pues me apunto eso... y el que no lo vea, es que forma parte del sistema opresor".
No deja de ser curioso el hecho de que tal implicación resulta vacua. Sus alegatos reivindicativos no son más que alegatos de odio y violencia verbal, que revisten con una causa que defender, en calidad de prebenda moral. Toda la lucha, toda esa intelectualidad que se destila no resulta ser más que otra pose, otra chapita que ponerse para darse palmadas en la espalda y (lo que es más flagrante) mendigar las de otros. A estos seres, con toda probabilidad, les importa un carajo lo que dicen defender; para ellos, no es más que otra moda a la que apuntarse. Una moda peligrosa, pues aquí hablamos ya no de defender algo, sino de ridiculizarlo al hacerlo de esta manera. De hacer retroceder lo que se ha venido consiguiendo a lo largo de los últimos años a costa de levantar el puño, gritar mucho y hacer poca cosa. A causa de gente así, aquellos que hemos estado ejerciendo nuestra lucha de forma silenciosa (o al menos sin gritar), negándonos a creer lo que la sociedad nos ha dicho que teníamos que creer e ignorando los insultos soterrados de aquellos que no eran capaces de entender que no pensamos como ellos, hemos caído al fondo de lo más bajo. Si antes éramos vistos como raros o mojigatos o lo que sea, ahora hemos pasado a ser identificados con esas bestezuelas de puños en alto. Y éstas, con estos discursos de guerrillero trasnochado, lo único que han hecho han sido darle la razón a aquellos que venían de la vieja guardia y pensaban que la lucha por la igualdad era un idealismo cutre.
Felicidades.









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