Cuando no queda nada que decir, sientes que has perdido toda batalla posible.
Sientes cómo todo cuanto pudiste hacer y no hiciste se convierte en aquello que no crees que merezca la pena ya.
Cuando no queda nada que decir es cuando ya se ha agotado la vía diplomática. Cuando descubres que da igual lo que digas; el espectáculo ha terminado, se baja el telón y empiezan a apagarse las luces. El silencio y la oscuridad lo inundan todo a tu alrededor y las risas y las palabras se convierten en ecos silenciosos.
Cuando no queda nada que decir es cuando descubres que te has rendido porque ya no ves sentido a seguir en una lucha en la que eres la única de ambas partes que está haciendo algo. Cuando nadas contra corriente, cuando todo ser vivo a tu alrededor se ha dejado arrastrar y ahora está lejos de ti. Ese momento en que miras el universo que te rodea y te das cuenta de que estás esforzándote por algo que tal vez ha durado ya demasiado en tu vida.
Cuando no queda nada que decir es el momento donde todo cambia. El principio del fin, la cuesta abajo. Ahora oyes risas, pero esas risas suenan diferentes, quizás porque no participas en ellas. Risas que se te antojan burlonas, casi insultantes. Risas que te dicen "No te necesito".
"No me importas".
Cuando no queda nada que decir te encoges de hombros y notas cómo la carga que tenías sobre tus hombros empieza a aligerarse. Sientes que toda esa lucha que tuviste dentro, todo ese afán por querer hacer mejor las cosas, toda esa angustia por querer y no poder, se relajan. Todo se vuelve frío ahí dentro. Porque, en el fondo, no queda nada por lo que luchar.
Cuando no queda nada que decir el brillo de los ojos y las sonrisas se apaga. Algo muere. Se emprende un nuevo camino y se cierran otros tantos. Los que antaño fueran buenos recuerdos quedan sucios a causa de la decepción y la frustración. Has luchado, sí, y mucho; y el resultado es un buen puñado de nada.
Cuando no queda nada que decir arrojas las armas al suelo. Respiras hondo y dices "Hasta aquí hemos llegado". Decides que no tiene el más mínimo sentido dar un paso más. Te resulta absurdo hacer nada más. "¿Para qué?", te preguntas. Nada ni nadie te responden.
Cuando no queda nada que decir decides que luchar contra molinos, intentar derribar murallas con tus palabras y, en definitiva, querer hablar cuando sabes que no te van a escuchar digas lo que digas, son tareas ridículas. Suponen un desgaste de energías tan grande que no merece la pena seguir.
Cuando no queda nada que decir forjas una nueva armadura. Más resistente, más oscura, con suerte más impenetrable... pero helada en su interior. Fundas tu propio reino y te sumerges en él, esperando que para variar nadie ponga los pies en él sin tu permiso, porque es lo que necesitas.
Cuando no queda nada más que decir lo único que pides es que por favor te dejen tranquilo de una vez, porque con cada intento de ser razonable lo que te has encontrado es una avalancha de golpes uno detrás de otro. Un repertorio de reproches y palabras dañinas que ahora sabes que no necesitas. Que nunca necesitaste. Ya solo te queda esperar que, para variar, no la emprendan contigo.
Lo gracioso es que tampoco cuentas demasiado con ello.
Cuando no queda nada que decir los sentimientos se apagan. El humor se agria. No eres el que eras. El pasado está bien fresco en tu memoria para recordarte las promesas incumplidas, las palabras vanas, los pactos rotos, los abiertos desplantes. Es justo ese momento en que te paras a pensar y reaccionas: asumes que tú jamás te habrías comportado de la manera que se han portado contigo y dices que ya basta. Harto de ser vapuleado, ninguneado y machacado de forma insistente y constante.
Cuando no queda nada más que decir decides poner fin a una etapa y quemas los campos a tu alrededor. Dejas que el General Invierno avance y que los dioses se apiaden de aquellos que decidan internarse en la estepa desierta, pues solo van a encontrar hambre, frío y una interminable explanada de tierra árida.
Cuando no queda nada que decir asumes que has hecho las cosas lo mejor que has podido. Que has sabido. Que has creído. Que jamás has obrado de mala fe. Que has cometido errores, sí, pero nada digno de las represalias que has recibido. En cambio te has sentido juzgado, flagelado y crucificado. Humillado y vejado. Has pagado por los pecados de otros a quienes ni siquiera conoces.
Cuando no queda que decir sufres la revelación que te dice que, por muchos errores que hayas cometido, por falible y humano que seas, no has merecido tal trato. Y sin embargo, lo has sufrido, no una, sino reiteradas veces. Te has estado preguntando por qué, tantas veces como lo has sufrido, hasta que ha llegado ese día, en el que ya no hace falta ninguna conversación para darte cuenta de que te estabas haciendo las preguntas equivocadas. No necesitabas saber por qué, pues cualquier explicación a partir de aquí no es más que una excusa.
La pregunta es por qué no actuaste tú en su debido momento. Por qué no pusiste freno a todo esto.
Tampoco eres capaz de dar con una respuesta clara. ¿Porque te importaba, quizás? ¿Porque pensaste que no era el modo de hacer las cosas?
Cuando no queda nada que decir llegas a la conclusión de que, si lo que tuvieras que decir en su momento -explicaciones que igual no eran necesarias, asumir culpas que en el fondo no tenías, tener que respetar cómo tu dignidad era socavada una, y otra, y otra vez- no sirvió para nada, ahora es igualmente inútil escuchar cualquier cosa que te digan.
Cuando no queda nada que decir lo único que necesitarías sería una disculpa que no vas a obtener, porque quien te daña de esta manera, demostrando que no importas nada, jamás se va a parar a pensar que lo que tu sientas tiene relevancia alguna. Llegados a este acto, solo esperas que el silencio te haga un favor y al menos no vuelvan a hacerte más daño.
Cuando no queda nada que decir abandonas. Donde habrá quien vea cobardía, tú en realidad verás hastío. Verán miedo donde tú simplemente verás la decisión de coger y dejar marchar las cosas. Porque habrás decidido que ya no tiene razón de ser seguir intentando detener la lluvia con las manos. Vaciar el mar en un agujerito en la arena. Sostener el peso del mundo.
Sabes que siempre has intentado ser honesto.
Que siempre has actuado de la mejor forma posible.
Que jamás harías daño deliberado a nadie sin provocación, mucho menos a los que te rodean
Que vives acorde a los valores que consideras más adecuados.
Pero cuando no queda nada más que decir y ves que todo eso no ha parecido importar a quienes te han hecho daño, tomas tus decisiones. Del mismo modo que aquellos que decidieron dañarte a ti tomaron las suyas en su momento.

No hay comentarios:
Publicar un comentario