martes, 29 de marzo de 2016

Escupiendo Rabia- El complejo del crítico, o Ya no disfrutamos con nada



Hace unos días, durante una conversación con unos amigos, salió el tema de las pelis de nuestra infancia. Cómo no, se mencionaron pelotazos como La Guerra de las Galaxias (la trilogía original; la otra no existe, y la nueva, pues veremos a ver cómo sale en conjunto), Willlow o la saga de Indiana Jones (sin mencionar el truñaco ese que sacaron sobre no sé qué calavera y que me decían que era Indiana Jones, pero que yo lo único que veía era un cúmulo de chorradas juntas). Hicimos mucho hincapié en un concepto interesante, y es en ese de que antiguamente veíamos una peli de estreno y flipábamos. Salíamos del cine pegando saltos como putos cabrones y diciéndole al colega con el que íbamos "¿Has visto eso?" "¿Y eso otro?" "¿Y eso?"

Hoy en día la cosa es muy diferente; ya no porque la calidad del cine haya decaído. No estoy del todo al cien por cien de acuerdo con eso... salen muchísimas películas cada año y, aunque lo mismo no flipamos con el pelotazo de turno (que tampoco nos obliga nadie), podemos fliparlo con una peli menos conocida. Hasta con alguna independiente y todo. Qué coño, hasta con una de serie-B, que nos plantamos en casa, despatarrados en el sofá y con una botella de lambrusco por delante. No, en realidad la causa me parece muy diferente. Me refiero a la que se lía cada vez que sale una serie o una peli. Independientemente de la calidad (ojo, algunas de las cosas que se hacen merecen llamarse mojones con todas las de la ley), siempre siempre siempre nos vamos a encontrar a un ejército de gente que va a despotricar hasta por el motivo más absurdo, tachando la peli en sí de "puta mierda", "basura pretenciosa" o vete tú a saber qué. Es un poco el horror de la era digital, donde parece que eres más guai cuanto más despotricas sobre un pelotazo de taquilla... o donde se generan auténticas hordas de pseudointelectuales que, aunque no tengan ni puta idea de lo que están viendo, te salen con una reflexión de chichinabo sobre las implicaciones psicosociales contemporáneas neurasténicas y astringentes del contenido de una subtrama meramente secundaria.


Yo tampoco tengo ni puta idea de lo último que acabo de escribir.
La diferencia es que no tengo problema en reconocerlo.


Puedo hablar también de las suculentas teorías cada vez que sale un puto trailer, donde ves al personal sacando sus dotes de clarividencia y contándote de qué va a ir la película de pe a pa aunque tú hayas visto apenas treinta segundos o (peor aún) un puto teaser, donde te muestran el título y poco más. De estas cosas surgen auténticas escuelas de filosofía posmoderna, donde hacen de eso de la especulación un nuevo arte, y son capaces de inventarse toda una trama para una saga entera, aunque de esa saga no haya más que una película. Muchos de estos pretendidos intelectuales de pose pura y dura son de los de enarbolar sus propias banderas y adjudicarlas a cosas que han visto o creído ver en una película e interpretarlas como absolutamente ciertas, so pena de que los demás que hemos ido nada más que a echar un rato "no podamos verla" o, más terrible todavía, no queramos, lo que nos convertiría en el enemigo. En resumidas cuentas, que parece ser que aquí la gente parece que no puede plantar el bullarengue sobre una butaca, sofá o sobre un cojín en el suelo y echar un buen rato... aquí la idea parece ser usar una película como baluarte para ir inculcando su propia ideología sobre los demás. Lo que viene siendo una excusa para ir condicionando o, directamente, coaccionando al prójimo.
La clásica venta de humo, achacada a los grupos religiosos, se transforma en la misma venta de humo, achacada al crítico de poca monta.
Unos te venden el dios en el que ellos creen; estos te venden su rollo ideológico. Diferente contexto, pero el mismo fin. Si me apuras, casi casi el mismo medio.



"¡La peli no es exactamente igual que el libro! ¡Varía en una única línea de diálogo! ¡Por tanto, es indigna!"
(Frase acreditada a todos aquellos que se piensan que adaptar un libro y convertirlo en película es tomarlo como si fuera la puta Biblia sin que se pueda salir uno un ápice. Yo a esto, digo lo de siempre: apartando a un lado temas como la cercanía de una película a un texto original, adaptar no equivale a reproducir. El que quiera ver una película esperándose el libro tal cual ellos se lo imaginan en el interior de su cerebro, que espabile de una vez y se quede con el libro. Ahorra disgustos, y a los demás tener que escuchar muchas chorradas)


Estas teorías acaban por generar debates a cual más ridículo, del tipo "A ver quién la tiene más grande". La madurez (nótese mi tono irónico, por no decir sarcástico) de este planteamiento llega a su masa crítica cuando el personal se pone a comparar churras con merinas y parece ser que no puede ver una película sin compararla con otra que haya salido por la misma época, o que haya salido no hace demasiado... aunque ambas películas partan de planteamientos más bien diferentes, o directamente solo compartan algunas ideas y el resto sean enfoques por completo distintos. El caso es que aquí la idea no es esa, sino coger y andar convirtiéndolo todo en una puñetera competición, si es posible acusando a aquellos que han preferido otra cosa de "no tener ni idea", o bien acusando a la película con la que han comparado SU película de plagio o cualquier otra estupidez. Ahora todo el mundo es crítico, y conoce perfectamente cómo funciona el lenguaje cinematográfico, tiene idea de narración, fotografía, escenografía, dirección de actores, etcétera, aunque sea solo para decirte que si una peli tiene buenos efectos especiales es un peliculón y quedarse tan pancho. Basta con tener un teclado, mirarte un par de blogs, entrar en un par de foros y tener una opinión. Eso ya te convierte en un experto.

He puesto el ejemplo del cine, pero como he indicado arriba, pasa también en el mundo de la televisión con las series (no olvidemos los cirios que se montaron con Perdidos y la chusta que nos comimos al final... básicamente porque se sospecha que el propio fandom estaba condicionando a los propios guionistas), con los libros y con todo el ocio en general.
Hasta la fecha, el ocio no era más que eso, ocio. Podía llenarte más o menos; podía contarte una temática más profunda que te hiciera pensar... o no (parece que ya nadie se acuerda de los pelotazos de acción de los 80, con el puto Stallone endiñando tiros a mansalva o con Chuck Norris pateando hocicos), pero el objetivo de que pudiéramos evadirnos con eso de la cultura del ocio estaba presente hasta no hace mucho.


El crimen es una plaga y él es el remedio.
Antes veíamos esto y decíamos "No veas el Stallone, cómo mola matando malos a cascoporro".
Ahora decimos: "Esta película no es más que un ejemplo de la retrógrada mentalidad republicana, donde los derechos civiles de los presuntos delincuentes son ninguneados por un policía filofascista, algo que debería ser impensable en un estado de derecho y en una democracia. Asímismo, la película es una aborrecible muestra de microneomachismo, donde el machirulo protege a una damisela en apuros, perpetuando así en los roles tiránicos de la malvada sociedad patriarcal. Además, ningún negro tiene un papel de rigor, siendo los hispanos los que aparecen, limitándose a un papel de parias sociales, lo que demuestra un rancio conservadurismo y una ideología racista que el director, a todas luces, pretende inculcar sobre el pobre espectador, que no tiene oportunidad alguna de pensar por sí mismo y decidir si la película es una película de ficción o, por el contrario, es un panfleto filonazi que quiere convertir a todas las mujeres en esclavas sexuales, a los negros y latinos en esclavos y fusilar a todos los delincuentes".
Leed esto de nuevo y decidme cuánto puede haber de realidad o cuánto me acabo de sacar del sobaco.
Luego me contáis.


Hoy en día parece que si una película o un libro no tiene su propio grupo de fans (con nombre identificativo registrado) no merece la pena. Si no hay cuarenta foros con cinco mil teóricos en cada uno de ellos especulando al tuntún sobre lo que pasará, no dentro de una temporada, sino al final de la serie o saga, la serie en sí no tendrá interés. Mucho menos si dicho elemento de ocio, del tipo que sea, no se encuentra un "enemigo" por definición. Porque si eres un trekkie, parece ser que te tiene que reventar La Guerra de las Galaxias y viceversa. Ambas cosas no pueden ser.
Hoy en día si eres fan de algo no basta y tienes que andar demostrándolo, como suelo decir. Sin embargo, no dejo de ver a diario cómo esos mismos que dicen ser fans, más que disfrutar de lo que ven, parecen pillarse unos berrinches de tres pares de cojones cada vez que la serie, peli o libro que tienen por delante no se ajusta al cien por cien a lo que tienen en sus sacrosantas cabezas... algo así como si la sorpresa de un final inesperado fuese un pecado imperdonable. No importa que dicho final esté justificado, sea lógico o incluso que tenga cierto sentido: no es lo que esperaban, ergo es una puta mierda pinchada en un palo y no hay más discusión.

Llega un punto en que esta actitud me preocupa, porque casi da la impresión de que el personal está llevándose la cultura del ocio a un terreno más que personal, llegando incluso a ser incapaces de diferenciar realidad de ficción. De separar lo que sucede en un mundo ficticio de lo que sucede en el nuestro y, dicho sea de paso, perdiendo toda esa capacidad de emocionarse de una forma positiva. En lugar de eso, lo único que queda es un encabrone continuo detrás de otro: gente que, más que evadirse y disfrutar con una historia, lo que hacen es ponerse de mala leche y considerar que eso que está pasando es una injusticia tan grande que hay que combatir a sangre y fuego a todos aquellos que piensen que no es más que una historia y que cada uno de nosotros tiene su vida fuera de ella. De ahí esas discusiones altamente gilipollescas que se pueden ver cada vez que hay un estreno, donde ya se ha perdido el término medio: por un lado, están los que ensalzan una obra de entretenimiento hasta el concepto de "obra maestra", pero no me da la impresión de que realmente disfruten con ello... es leer las alabanzas y el tufillo que sueltan es más bien el de decir "Admiradme, estoy dándoos lecciones a todos. Aquel que me dé la razón es guai, y los demás, pobres mortales, sois mongolitos profundos". Es decir, que más que ensalzar dicha obra, casi que parece una excusa para ensalzarse a sí mismos.
Por otro, los que enarbolan el estandarte del bando contrario, no muy diferentes: estos se pondrán a despotricar por la idiotez más insignificante, argumentando que les saca de la película o que es un error imperdonable. Ni que decir tiene que correrán como posesos a lanzarse al cuello de los primeros, para protagonizar sus propias Civil Wars.



Frase tipo:
"Esto sí que va a molar y no la mierda esa que están haciendo los de DC".
Se puede tomar al revés, por supuesto. La cosa es que, si vemos una peli, del planteamiento que sea, tendemos a asociarla a lo más cercano que se estrene.
Y suerte hemos tenido de que no comparen Deadpool con Batman vs. Superman, porque habría sido de traca... pero no va todo con respecto a los superhéroes: con Los Juegos del Hambre ya hubo comparativas con Battle Royale (acusando a la primera de plagio, pese a que partían de la misma idea, pero ambas historias la enfocaban de forma muy, muy diferente, hasta tal punto de no tener demasiado que ver entre sí). Sacan el Episodio VII de Star Wars y ya sale algún iluminado comparándolas con el reinicio de la saga de Star Trek, y diciendo si son mejores o peores.
Joder, ¿tan difícil es disfrutar de una película Y PUNTO?


Luego tenemos otros que van de profetas por la vida. Como ya he mencionado, son los que ya saben de qué va el argumento íntegro de una peli, minuto a minuto, solo con ver un trailer. Aparte de eso, tienen incluso los santísimos cojones, no ya de coger y de juzgar la peli y decirte si eso va a ser la repolla o un mierdón, sino que encima son capaces de entrar en páginas de votaciones de películas y poner su votación ANTES de que se haya estrenado a nivel mundial. Quién sabe, lo mismo cuando la peli  se haya visto, podrán estar ahí para decirle al mundo "¿Lo veis? Ya os dije que iba a ser la hostia/un truño de tres pares".

Lo más impactante de todo es que, si te pones a ver a cualquiera de estos seres y tienes un mínimo de idea del tema de lo que hablan (ya ni ser un experto, oye... un mínimo), te das cuenta de que, cuando la argumentación es un poco más que cero (mucho me temo que el "porque yo lo digo, que soy guai y tú no" es más común de lo que nos gustaría admitir), las explicaciones tienden a ser perogulladas que encima te suena a que las está diciendo más gente al mismo tiempo. Algo así como una fotocopia, de una fotocopia, de una fotocopia. Que bueno, es normal que la gente coincida en opinión... pero cuando incluso ves que usan las mismas palabras y todo es cuando la cosa ya acojona. Eso sí, todos, absolutamente todos, parecen contratados por Fotogramas para darte su excelsa opinión (que, generalmente, ninguno de los demás ha pedido) que parece estar firmada por los mismísimos Dioses. Porque aquí todo el mundo sabe de todo.


"La peli es buena. He dicho ¡Y os calláis, gilipollas, más que gilipollas!"


Y sí, me parece bien que todo el mundo tenga su opinión. Lo triste es cuando veo que:

a) Cada día más, parece estar de moda eso de tener la opinión de otro, en vez de la propia. Mola más si esa opinión se convierte en un movimiento cool, plataforma que reivindique alguna cosa o simplemente es una especie de tribu urbana con un nombre manufacturado que idolatre a dicha obra cultural.
b) Esa opinión, o ese gusto por una obra de entretenimiento, se convierte en un motivo más para el argumento del "Nosotros vs. Ellos" y, en lugar de acercar a la gente, lo que crea es bandos para que el personal tenga un motivo por el cual darse de hostias (por suerte, verbales la mayor parte de las veces) con el prójimo
c) La gente, en lugar de coger y separar su vida de este tipo de obras, se atribuye una especie de complejo quijotesco y no es capaz de distinguir, llegando a barbaridades como amenazar escritores por no estar escribiendo las veinticuatro horas del día o por no haber escrito als cosas tal y como ellos exigían, insultar actores que hacen de villanos en series o mamarrachadas del estilo que lo único que consiguen es dar una imagen más que vergonzosa de sí mismos.
d) Esa opinión ni siquiera tiene un margen de objetividad y se atribuyen a tal o cual obra todas y cada una de sus neuras personales, convirtiendo su vida en una cruzada con (o contra) dicha obra, tratando de "iluminar" a los demás, como si fueran tontitos del culo. Ya no porque la obra esté mejor o peor escrita o rodada, sino porque según ellos carece o demuestra según qué factores ideológicos que son, por supuesto, fundamentales para la vida de los demás.


Por ejemplo, esto: ha habido múltiples teorías que ASEGURAN (por encima de lo que digan los guionistas, que esos no tienen ni puta idea de nada) que estos dos son gays.
¿Mi punto de vista al respecto? Que francamente me da igual que sean gays o heteros. Como si son asexuales. Los personajes me funcionaron bien en la película, y con eso soy feliz como una perdiz. No necesito que dos personajes sean gays, heteros o bisexuales para que me sienta realizado como defensor de los derechos por las libertades sexuales; ya me encargo yo de hacerlo por mi cuenta considerando que una persona es una persona, independientemente de su orientación sexual, ni mejor ni peor por ser hetero, gay, transexual o bisexual, o dejar de serlo.
No creo que la relación entre ambos sea más o menos creíbles si lo son o no. Si resulta que lo son, pues oye, me parecerá muy bien; si resulta que no, pues tampoco le voy a dar muchas vueltas al respecto porque no es más que una obra de ficción, y mi vida no gira en torno a ella. Tengo cosas mejores que hacer.
Lo que no voy a hacer es usar mis propias obsesiones personales para proyectarlas en un objeto de entretenimiento que no he creado yo e ir diciéndole a nadie cómo tiene que escribir un guión. Este tipo de plataformeo posturil, con todos mis respetos, me parece una soberbia ridiculez.


Yo qué sé, para mí esto no es más que una pedazo de meada fuera del tiesto, qué queréis que os diga. Que conste que yo soy el primero en pedir que cualquier historia que me cuenten tenga un mínimo de sentido, y el primero en encabronarme cuando me la cuelan cuando me prometen una historia en condis y me cuentan una parida, pero... ¿Esto? ¿Este nivel de locura que se está viendo, con auténticas peleas de perros verbales, con esos posicionamientos tan marcados y esas sentadas de cátedra? Personalmente no lo entiendo. Tampoco es que quiera entenderlo, para ser sincero; no tengo ningún interés en entender a alguien que deja de sí mismo una imagen de absoluta ridiculez. Menos aún cuando intenta inculcarme sus ideales sociopolíticos solo por que he dicho que tal peli o libro me gusta o me deja de gustar; cuando se sube al púlpito y, desde la ignorancia más absoluta, empieza a hablar y hablar, demostrando que cuanto más habla, más la caga.

Lo peor es que no es él solo: antes uno hablaba, soltaba una idiotez y los demás nos encogíamos de hombros, pensábamos que acababa de soltar una chusta del tamaño de Texas por la boca, pasábamos de él y volvíamos a nuestras vidas. Ahora, cuando un cretino suelta su cretinez, hay unos doscientos cretinos por detrás que le jalean, crean culto a su payasada y la convierten en un movimiento social; por contra, otros doscientos cretinos se alzarán contra ellos y se cagarán en su puta madre, simplemente porque tienen gustos diferentes. Así de maduro y educado todo.


"¡Pues yo digo que tengo derecho a saltarme el cordón de seguridad en el paseo marítimo cuando hay temporal y a quejarme luego si una ola de cinco metros está a punto de tragarme!"
"¡Tienes toda la razón! ¡La policía no debería coartar nuestra libertad de movimiento! ¡Vamos a crear una plataforma para exigir ese derecho!"
"¡Venga, y le creamos un hashstag!"
"¡Guai! ¿Cómo lo llamamos?"
"#todostenemosderechoasertragadosporelmar"
"¡DE PUTA MADRE!"


Esto me hace pensar que al director de una peli o al que escriba un best-seller ya se la sopla a dos carrillos crear cualquier cosa decente: basta con soltar un poco de hype, que irá creciendo el solito como una bola de nieve (o de mierda) por Internet y tendrá legiones de gente dándose de hostias. Algo así como los que se mataban hace cuatrocientos años por un dios judío, musulmán o cristiano, pero al estilo del s.XXI: desde el sofá, tocándose los cataplines a dos manos, puteando al prójimo, poniéndose una chapita y... bueno, no haciendo nada más, aparte de pasarse el día de mala hostia o chupándose el culo con los que no les rechistan.
La razón de tu argumento hoy en día depende del colectivo al que pertenezcas.
Tu ideología se define por aquella a la que desprecias.
Todo es un hashtag, si no viene por medio de un buen hype no existe. Si no tiene haters, no merece el más mínimo interés. Si no hay teorías, especulaciones o debates alrededor, por absurdos que estos sean, ni te molestes.
La próxima vez que me digáis que sois individuos, que pensáis por vosotros mismos y que tenéis un criterio de lo más fiable, perdonad que me ponga escéptico, pero es que ya he visto demasiado.

martes, 22 de marzo de 2016

Angst- Capítulos, páginas y demás



Supongo que me debo considerar una persona sentimental. Si no he tenido roces con alguien, o no me he sentido dañado por esa persona, no suele importar el tiempo que hayamos estado separados: mantengo buenos recuerdos de ella y, si se da el caso de reencontrarnos, me suelo alegrar mucho. No importa que sea una vez al año, o cada dos años; en ese tipo de casos, siento que no ha pasado ni un solo día desde que nos vimos. Como mucho, emplear tiempo en ponernos al día el uno al otro, lo que en cierto sentido resulta hasta algo positivo.
Es un poco el caso de alguien con quien me reencontré hace apenas unos días. Resulta algo curioso, porque tampoco hablamos de una amistad de toda la vida, pero que en su momento sí fue una persona de cierta importancia para mí. Hoy en día, apenas tenemos contacto (lo típico, cada uno de nosotros lleva su vida, en ámbitos muy, muy diferentes), pero sí intento que éste sea al menos una vez al año, por los viejos tiempos, por breves que estos fueran. Como digo, soy una persona sentimental y me agrada hacer estas cosas.

Pero si te pones a pensarlo, cuando estas personas, por cordial que sea el trato que tienes con ellas hoy en día, ya han tomado su propio camino, es cuando te das cuenta. Son capítulos de tu vida que, para bien o para mal, se cerraron. De vez en cuando te gusta retomarlos por sentimentalismo puro y duro, pero sabes que eso forma parte del pasado y que, como tal, no hay vuelta atrás una vez las vidas de unos y otros se han afianzado en direcciones muy opuestas.
Quizás es a eso a lo que se reduce nuestra vida, o la gente que forma o ha formado parte de ella: a capítulos. Unos, más extensos; otros, algo más breves. Hay algunos que, una vez pasa el tiempo, los acabas viendo como anecdóticas notas a pie de página.


Vosotros estáis aquí. En alguna parte.


Yo no sé ya cuántos han formado parte de esas páginas. Vienen, van... en ocasiones reaparecen e incluso vuelven a desaparecer. Algunos dejan una huella muy fuerte, mientras que a otros apenas consigo recordarles con demasiada claridad. Apenas unos esbozos, unos leves detalles y poco más.
Tal vez a eso se reduce la relación que tenemos con el mundo: al efecto que producimos sobre él y, por supuesto, al que él produce sobre nosotros. Es posible que no seamos los mismos si aquellos que nos rodean (padres, amigos, amantes, enemigos acérrimos, perfectos desconocidos que hacen un cameo en nuestras vidas para luego desaparecer) no aportasen su grano de arena sobre nosotros. Es posible que sea cierto eso de que ningún hombre (o ser humano, antes de que algún imbécil se me ponga intensito con eso de la visibilidad de género y no pille la referencia literaria) es una isla. Por mucho que enfoquemos el mundo desde nuestra visión particular, no somos impermeables a él. Todo cuanto sucede a nuestro alrededor nos afecta, de un modo u otro, aunque sea cuando lo que sucede no nos importa en lo más mínimo... pues también dice de nosotros. De cómo vivimos lo que nos rodea.

Esa podría ser una de las razones que me convierten en la persona que soy. Tengo mucha tendencia a volver al pasado cada vez que surge la oportunidad. ¿Por qué? Suelo pensar que es porque soy una persona que procura aprender todo lo posible de su vida; de que cada día valga realmente para algo y no se limite a convertir oxígeno en dióxido de carbono. Como modo de aprendizaje, considero que recordar es algo tan importante como asimilar. Volver hacia atrás y repasar qué hiciste con tu vida en determinado momento, o bien lo que no hiciste. Cómo reaccionaste ante según qué cosas; cómo te portaste con según quiénes. Analizar todo eso y sacar tus propias conclusiones; tal vez no las más acertadas, ni las más sabias, pero las tuyas al fin y al cabo.
Consiste en mirarte las cicatrices de viejas heridas de batalla y recordar por qué fuiste herido. Por qué luchaste, qué fue lo que defendiste y qué fue aquello contra lo que te levantaste. Hacer balance de lo que duele, y de aquello por lo que merece la pena ser herido no una, sino mil veces.


Y van ya unas pocas.
Ah, antes de que lo preguntéis: esta espalda no es mía... pero sí, molaría que lo fuese.


No niego que sea un camino doloroso, pues consiste en abrir viejas heridas de una forma constante. En hacerse daño a uno mismo a un nivel íntimo y personal. Porque aprender no consiste solo en recordar los buenos momentos y quedarse solo con lo bonito; desde mi punto de vista, también consiste en no olvidar aquello que por poco nos hace mil pedazos y buscar el modo de estar preparado para el día en que eso se pueda volver a repetir. También, podemos decir que consiste en rememorar esas pequeñas y casi insignificantes victorias que hemos tenido a lo largo de nuestra vida antiheroica. Esos minúsculos triunfos que nos hicieron sentir los héroes que no somos por un momento. Esos cinco minutos de gloria, prácticamente literales, que nos hicieron creer que somos especiales. Que no somos una mota más en la masa gris que es la raza humana. Que hemos nacido para hacer algo grande, más allá de tener un trabajo, ganar el dinero posible a final de mes y sobrevivir como mejor se pueda.
Dicen que volver hacia atrás en las páginas de tu vida es negativo.
Yo creo que, como sucede con la mayor parte de cosas, lo es solo si abusas de ello.

A mí, al menos, me ayuda a ver patrones. Darme cuenta de cómo ha venido funcionando mi vida hasta ahora. No sé hasta qué punto puedo cambiarlos (hasta la fecha, no creo haberlo conseguido), pero al menos hace que me prepare mentalmente para según qué etapas. Para según qué acontecimientos que suceden en mi Universo personal de forma cíclica. Es mucho mejor que encontrarte una etapa del tipo "Caos, Desorden y tu alrededor patas arriba" con los pantalones bajados, creedme.
Por lo que a mí respecta, he conseguido identificar ciertos patrones o ciclos que se suceden de un modo más o menos concreto, respetando intervalos de tiempo relativamente estables (tampoco hablamos de matemáticas). Llevo media vida intentando encontrar el modo de evitarlos o alterarlos... estoy seguro de que eso es posible y no miento si os digo que lo he intentado cada vez que ha pasado. El problema radica en que no me considero una persona ni lista ni astuta. Actúo como mejor sé o del modo más correcto que me permiten mis valores, pero hasta el día presente, os juro que no he sido capaz de evitar nada de nada. En el mejor de los casos, me convierto en testigo de las circunstancias y, en la mayoría, me veo arrastrado por la corriente.


Algo así, pero quitadle el caballo.
Y la espada.
Ah, quitad también la postura épica y ponedlo más como si dijera "Ay, no, otra vez no".
Si conseguís visualizarlo, ya lo tenéis.


Odio eso.
Odio esa sensación de impotencia, de injusticia. Odio cuando mi Universo se pone patas arriba y, cuando no puedo limitarme a contemplar la que se está armando, me encuentro con que me llevo una buena parte de los golpes sin comerlo ni beberlo. Dedos acusadores, reproches e incluso ataques verbales. Nunca inicio una guerra, pero de un modo u otro siempre acabo metido en alguna hasta el cuello. Siempre me convierto, si no en el chivo expiatorio, en alguien que está en medio del fuego cruzado; cuando no, soy visto como traidor, hereje o apóstata. Se me ha juzgado con severidad cuando he decidido no tomar parte en una contienda, pero se me ha tratado del mismo modo cuando he considerado que debo hacerlo. Lo mire como lo mire, jamás me he sentido en una posición en la que sienta que he salido airoso, mucho menos en que acabe del lado del vencedor; todo lo contrario, generalmente acabo recibiendo de unos y de otros.

O de mí mismo.
No sé ya cuántas veces me he sentido fatal por no haber sabido ver venir las cosas, o peor: por haberlas visto venir y no haber sabido cómo actuar. Como he comentado alguna vez, me temo que tengo más corazón que cabeza. Quiero ayudar, quiero contribuir a que mi Universo no se convierta en un pozo negro, pero a menudo tengo la sensación de que, cuanto más lo intento, peor; pero es que si no lo intento, la cosa saldrá mal igualmente. Estas cosas me frustran, y no os podéis ni imaginar como: me siento inútil y torpe. Tengo la terrible sensación de que no importa cuántas veces haya repasado las páginas de mi vida; cometo los mismos errores una y otra vez, o bien cometo errores nuevos, que tal vez podría haber capeado gracias a la experiencia que se supone que he adquirido a lo largo de los años.
Pues no. No me siento ni más experimentado, ni más hábil ni mucho menos más astuto. Procuro ayudar en lo que puedo, porque no sé hacer otra cosa. No me veo a mí mismo haciendo otra cosa. Es lo que llevo intentando hacer desde que tengo uso de razón, o desde que puedo recordar. Intento ser mejor, marcar la diferencia en un mundo que no considero que me haya ayudado demasiado a mí. Intento no ser como aquellos que me han dejado en la estacada a lo largo de tantas páginas de mi vida.


Uno hace lo que puede.


No os imagináis lo jodidamente duro que es darte cuenta de que no llegas.
De que no importa lo mucho que te esfuerces, lo buena que sea tu voluntad. Da igual lo mucho que te importe querer hacer siempre lo correcto, de hacer felices a los demás (no a todos, pero por lo menos a los que te importen) y, por extensión, a ti mismo. Esforzarte, poner lo mejor de ti mismo, intentar aportar algo al mundo que te rodea y no convertirte en una causa más para que este mundo merezca irse a tomar por culo. Partirte el alma y darlo todo para darte cuenta de que no estás consiguiendo nada. De que tal vez te has puesto unas metas nobles, pero tan altas que están muy fuera de tu alcance.

Es ese momento en que te das cuenta de que no eres el héroe que te gustaría ser. No por el reconocimiento de las masas; eso no es lo que busca un héroe de verdad, sino por saber que estás contribuyendo a un lugar mejor. A una vida mejor.
Es terriblemente duro darte cuenta de que no estás arreglando nada. No estás contribuyendo a nada. De que te estás engañando a ti mismo, y lo único que estás haciendo es rellenar páginas en tu propio libro. Un libro que, si lo ves de un modo objetivo, no es una novela de caballerías, ni un poema épico. Como mucho, llegas a sátira o parodia, y gracias por haber participado.
No eres lo que te gustaría ser.
No encuentras el modo de serlo.
Ni siquiera eres capaz de serlo.


Acabo de enterarme de que esto tiene un nombre y todo.
Atelofobia.
Pues vale.


Y sí, lo mismo inspiras a otros alguna vez. Lo mismo tu influencia en un momento dado sí puede ayudar, del modo que la de otros puede ayudarte a ti... pero en tu fuero interno sabes que no es suficiente. Que así no haces de tu entorno un lugar mejor. Que ayudar de forma puntual está bien, pero no basta para poder sentir que estás siendo de utilidad. Que realmente vales para algo.
Y no, no es una cuestión de conseguir que los demás admiren a uno. Quiero hacer hincapié en que ese no es el objetivo, sino en el de poder decirse a uno mismo que sí, que realmente está a la altura de lo que quiere ser. De lo que espera de uno mismo.

Pero mientras se consigue o llegamos a ese punto de epifanía literaria en que nos damos cuenta de una vez por todas que no merece la pena intentar arreglar un Universo personal que parece llevar sus propias riendas independientemente de que lo hagas, nos tocará estar en este episodio de frustración constante. Haciendo las cosas como mejor sabemos, siguiendo nuestra determinación de hacer lo que está bien. Y supongo que, con eso, nos tocará llevarnos la guarnición habitual: la de ser prejuzgado, juzgado, flagelado, lapidado, crucificado o llevado a la hoguera.
Asume tu veredicto. Hagas lo que hagas, eres culpable.
Si no haces nada, también eres culpable.
No importa lo que elijas, todos los caminos te llevan al mismo sitio.
Asume tu sentencia, pues.
Disfruta.

domingo, 13 de marzo de 2016

Mondo Chorra- La ley del Embudo, o No soy responsable



No.
Lo siento, pero no.
Sé que os gustaría que fuese verdad, pero debo decíroslo: no soy responsable de las decisiones que toméis. No puedo andar detrás de vosotros, esperando que lo que se os pase por la cabeza no tenga consecuencias negativas para vosotros o, ya puestos, para nadie.
No soy responsable de vuestros desplantes, de vuestras mentiras o de vuestras palabras.
No soy responsable de vuestros actos, especialmente cuando lo que os mueve es el egoísmo.
No es culpa mía si los caminos que tomáis os llevan a unas consecuencias que no os gustan.
Vuestros errores no son los míos.

Supongo que es fácil buscar un mártir al que lapidar.
Es fácil pintar una diana en el pecho sobre aquellos que no aceptamos comulgar con ruedas de molino. Sobre aquellos que no estamos dispuestos a escuchar tonterías ni payasadas, ni reírle las gracias a aquellos que se consideran con carta blanca para hacer lo que les venga en gana.
Es tan sencillo cargar los errores de uno sobre otro, y tan difícil asumir la propia responsabilidad... Pero no. No voy a ser vuestro chivo expiatorio. No pienso cargar con la cruz de una jugada que os ha salido mal, porque sé de sobra que, de haber salido bien, ni siquiera repararíais en mí.
No, no pienso aceptar eso.


Soy una persona a la que le gusta ayudar, pero no pienso morir por los pecados de nadie.
Eso que quede clarito.


El asunto va sobre caminos.
Cada decisión que se toma es un camino; a veces, estas son duras y el camino elegido excluye a los que no. En otras, no es tan drástico y siempre se puede optar por vías alternativas, menos dramáticas, menos agresivas. Sin embargo, cada decisión que se toma es personal. A estas alturas de la vida, ya deberíais saber que cada una de ellas es vuestra y solo vuestra. Yo no puedo, ni debo, elegir por vosotros. Por tanto, no puedo, ni debo, sentirme responsable si esos caminos que elegís os llevan a mal puerto, o acarrean consecuencias que no esperabais.

No.
No soy omnisciente, no soy dios, ni maestro ni vuestra conciencia.
Como mucho, puedo responderos si me preguntáis lo que pienso. Puedo incluso daros mi más bienintencionado consejo, el cual puede ser acertado o no, pues no paso de ser humano convencional (y de esto espero que no haya duda, pues todo el que se molesta en conocerme aunque sea un mínimo, se dará cuenta de que yo no soy de joder a nadie porque me dé la gana, ni actúo para dañar a otros sin provocación previa. Para eso hay gente más capacitada que yo). Si desoís mi consejo, si ignoráis lo que pienso o simplemente no os importa lo que pueda deciros, pese a que me hayáis preguntado... lo siento, pero las consecuencias no me competen si resulta que al final no os gusta el resultado de lo que habéis obtenido.

No creo en ese tipo de dobles raseros. No creo en esa filosofía tan de moda en el Universo que me rodea, consistente en que cada uno hace lo que le da la gana y, si las cosas salen bien, es un triunfo personal pero, si salen mal, son culpa de los demás. Sé que algunos pensáis (o incluso decís, berreando a los cuatro vientos) que miento como un bellaco al decirlo. Por supuesto, queridos míos: yo soy un mentiroso compulsivo y lo que me salvan son mis exquisitas formas; sin embargo, a aquellos que habéis levantado ese fabuloso diagnóstico, os deseo que algún día podáis saber lo que es vivir en una lucha constante con vosotros mismos, sufriendo los mordiscos y arañazos de un sentido de la autocrítica que roza el sadismo. Viviendo en constante discusión conmigo mismo para no achacarme las culpas acerca de cosas que sé que no las tengo. Considerando todos y cada uno de mis errores como auténticos fracasos y cabreándome MUCHO conmigo mismo cada vez que los cometo. Sintiéndome responsable de actos que no he podido controlar, y luchando por desoír según qué voces en mi cabeza. Voces que me dicen cosas que no son ciertas, pero que me hablan constantemente y que, a veces, es muy difícil ignorar.


Y chillan a lo burro.


Quizás por eso algunos de vosotros hacéis uso de ese sentimiento que me suele poseer para aprovechar y depurar responsabilidades. Para hacer lo que queráis y salir indemnes. Para pedir explicaciones cuando vosotros jamás habéis dado una sola. Para estar a las maduras, pero no a las duras. O para no estar, a secas. Para olvidaros de todo y de todos, seguir los dictados de vuestros propios intereses y a los demás, pues que les vayan dando. Siempre es bueno que haya alguien para que cargue con las culpas de aquellos que vosotros solitos habéis estado haciendo, no una vez, sino cientos. Está fenomenal eso de la ley del embudo: para vosotros el lado ancho, y el estrecho para los demás. O, hablando de una forma más concreta, íntima y personal, para mí.

¿Cuántas veces he visto que me habéis culpado de vuestros propios fracasos? ¿Cuántas veces he tenido que callarme mientras veo que la estáis cagando de pleno, para luego tener que soportar que me echéis vuestra mierda encima? ¿Cuántas veces me habéis hecho responsable de vuestros errores, como si yo hubiera decidido por vosotros? ¿Cuántas veces habéis intentado darme pena cuando he actuado en consecuencia, desplante tras desplante? ¿Cuántas veces habéis intentado convencerme de que no os merecéis vuestro destino y, de forma directa o indirecta, habéis dicho que es cosa mía y solo mía?


Y, os lo digo muy clarito: estoy ya de deditos acusadores que me los toco.
A dos manos.


Lo siento, pero no.
Llegados a este punto de la vida, queridos míos, donde ya somos (o deberíamos ser adultos), somos dueños de nuestro silencio y esclavos de nuestras palabras. Esto se puede extrapolar a nuestras acciones o nuestras elecciones. Todo cuanto hacemos tiene unas consecuencias y, más vale que lo vayamos asumiendo, no siempre vamos a salir airosos de ellas. Es por eso que conviene dejarnos de idioteces y tener muy claro qué queremos hacer y lo que implica. Y una vez hemos llegado a esa decisión, ponerla en práctica, siendo muy conscientes de las implicaciones que puede tener en nuestro futuro, sobre nuestro entorno o sobre nosotros. Asumir que, efectivamente, podemos equivocarnos. Que lo mismo nuestro brillante plan no es tan brillante y que podemos meter la pata hasta el cuello. Que aquello en lo que confiábamos no era sino un error de percepción, y que debemos estar preparados para un acto de fe. Eso, y para una cura de humildad si esto acaba por suceder.

Lo que no se puede es actuar absolutamente sin uso alguno de mesura o responsabilidad. Hacer lo que a uno se le pasa por la cabeza primero, sin pensar. Sin siquiera considerar que eso puede provocar más mal que bien; sin siquiera tener en cuenta a la gente a la que se puede estar dañando. Lo que no se puede es actuar solo por beneficio propio y encogerse de hombros en caso de que se provoque un cataclismo.
Lo que no se puede es, una vez causado todo el daño posible a causa de una tremenda irresponsabilidad, echar balones fuera. Buscar a alguien a quien culpar por todas y cada una de las elecciones fallidas que habéis tomado.


Lanzar la paja sobre ojo ajeno es guai.
Así me lo aprendí yo.


Lo siento, pero no.
Vosotros sois muy libres, sí. Sois la libertad personificada, si os da la real gana.
Sois libres de hacer lo que queráis, de decir lo que queráis. De atacar a quién queráis o defender a quien queráis. Sois libres de ir, venir y volver. De enriqueceros, de ahorrar; de dilapidar el dinero de forma absurda o incluso de arruinaros.Podéis hablar con quién os dé la gana. Odiar a quien os dé la gana. Ignorar a quien os dé la gana. Acostaros con quién os dé la gana. Yo no os he obligado a ninguno a hacerlo, ni os he prohibido nada. Vosotros habéis tomado vuestras decisiones, y yo no he tenido nada que ver con ellas. Por eso, quiero que os quede claro que no voy a consentiros a ninguno que la paguéis conmigo si el tiro os sale por la culata. Se acabó eso de escuchar quejas y reproches donde hasta no hace mucho solo había muestras de pura desconsideración y de desinterés. Estoy muy harto y se me han acabado las ganas de escuchar cómo alguien viene a buscarme solo cuando la ha cagado para restregarme su mierda por la cara. De echarme cosas en cara por las que ellos mismos tendrían que agachar la cabeza y callarse. De que se me exijan a mí cosas que no se les exige a nadie más; ya puestos, que nadie exige para sí mismo. Yo no estoy para eso.

Así que, tomad nota de esto:
Sois muy libres de tomar vuestras decisiones, insisto. Sois libérrimos. Pero esa libertad va en doble dirección: elegid lo que os dé la gana, que yo no pienso deciros nada. Pero también cuento con que no volváis a tener la desfachatez de decirme ni media palabra cuando yo tome las mías en consecuencia.

martes, 1 de marzo de 2016

Escupiendo Rabia- Sobre galardones, reivindicaciones y otras cosas



Pues nada, que al DiCaprio le han soplado por fin un Óscar, y el personal se regocija con ello, porque el hombre se lo merecía y tal. Que no voy a decir yo que no, que aquí el amigo llevaba tiempo partiéndose el alma con Scorsese y otros directores, haciendo papelones uno detrás de otro (y alguna castaña, que tampoco es oro todo lo que reluce, seamos honestos), y la Academia pasaba de su ano, año tras año.
Pues ya se lo han dado.
Y ahora es cuando viene mi cúmulo de preguntas, de estas que hacen que me mosquee (entendamos por "mosqueo" el tener la mosca detrás de la oreja, y no un cabreo monumental). Por ejemplo, eso de que la peli por la que lo han galardonado es buena o deja de serlo. Ahí no voy a entrar a opinar, porque no la he visto, pero sí he visto otras que ha hecho y las cuales la Academia ha ignorado otras veces. ¿Las otras no eran dignas de Óscar? Pues a ver, no soy ningún experto, pero parece ser que ese "por fin" que tanto se repite por todas partes da a entender que lo mismo sí. Entonces, ¿por qué ahora?

Vamos más lejos: mencionemos el hecho de que Leo no ha sido el único en toda la historia del cine que ha estado persiguiendo un Óscar durante años y que han tardado mucho en dárselo. En la misma gala apareció por ejemplo el genial Ennio Morricone, que ha necesitado varias décadas para que lo galardonen por sus bandas sonoras. Y no hablamos de mero gusto en esto, porque podemos decir, sin ánimo a equivocarnos, que muchas de ellas forman parte de la historia del cine o incluso de la cultura popular (no hay más que escuchar la impresionante BSO de El Bueno, el Feo y el Malo para entender a lo que me refiero, y esto tan solo como un ejemplo). Viendo el caso que se le ha hecho a uno y a otro, ¿estamos diciendo entonces que DiCaprio se merece más un Óscar como actor que Ennio Morricone como compositor? Hablando más que de hechos (la permanencia en el tiempo me parece uno bastante claro) que de percepciones, mi respuesta personal es un no rotundo.
Pero podemos ir un poquitín más lejos. Podemos hablar de otros actores que han estado siempre a la altura de DiCaprio a nivel interpretativo, como Gary Oldman o Edward Norton, y que siguen ahí, esperando a que les den su Óscar... y no ha habido ni la mitad de revuelo en Internet porque no se lo hayan dado a ninguno. Si somos claros, han sido ignorados una y otra vez, y el gran público siempre ha reconocido tenerles respeto y decir que son grandes actores... pero ya está. Al parecer, lo que importaba era que el Óscar lo tuviera DiCaprio de una puta vez, y solo el; a los demás que les den por culo.


Que os follen.


¿Estoy diciendo con esto que DiCaprio no se merece el Óscar? En absoluto. Lo que estoy diciendo es que no entiendo ese revuelo con él y solo con él, como si fuera el único actor infravalorado en este planeta, o como si se lo mereciera más que otros que han demostrado haber tenido una trayectoria (si cabe) mayor que la suya a lo largo de la historia del cine. El personal ha querido ser justo con DiCaprio, a costa de ser injustos con los demás. Se ha volcado con una figura, en esa especie de arranque reivindicativo que tan de moda está, ignorando a cualquier otra en la misma situación. Lo que más rabia me da es que muchos de los que llevan todo un año dando por culo con memes y chistes, exigiendo el Óscar para Leo, igual no han visto ni una película suya desde Titanic y se han apuntado a esto por moda. Otra moda más, de las muchas que llevan pululando por Internet desde hace demasiado tiempo, revestida con un auge reivindicativo que huele a chusta en el momento en que acercas la nariz más de la cuenta.
Quizás por eso me da rabia que la Academia le dé el Óscar a DiCaprio AHORA, y no hace años. Que parezca haberlo hecho, no porque considere que el actor se lo merezca (desde hace tiempo, vengo pensando que la Academia ya no premia a los mejores en la industria del cine, sino que hace como cualquier otra Academia que vaya de "oficial" en esta vida: actúa de forma arbitraria, por cuestiones completamente ajenas a sus competencias, tales como la popularidad, acallar bocas o cualquier otra estupidez), sino porque ha habido un fandom de gente muy muy plasta que se ha pasado mucho tiempo dando la tabarra. Si mi teoría es cierta y a DiCaprio le han dado el Óscar realmente por eso, debo decir que la Academia ya puede decir que ha terminado de tocar fondo, tal y como el año aquel que "casualmente" empezaron a dar premios a varios actores afroamericanos a la vez, en una especie de intento cutre y descarado de quedar bien y demostrar que no son racistas (habiendo ignorado a los actores de esta raza durante años).


Halle Berry suele ser una gran actriz.
Pues bien, habían estado pasando de su culo hasta el año que fue galardonada, donde se premió a más actores afroamericanos, a los que también se había ignorado durante siglos. A todos de golpe.
Representación, vale.
Pero ya queda en duda si esto fue por ser buena o porque la Academia decidió ir de guai.


Y es que esto de ponerse a reivindicar llega un punto en que traspasa la buena intención y se queda en el postureo chorra y en pringar de mierda buenas ideas solo por ir de Martin Luther King por la vida. Nos hemos quejado durante años de lo que ha venido siendo la ceremonia de los Goya en España, donde se ha respirado un tufillo a manipulación política por parte del colectivo de actores que echa para atrás. Me explico: una cosa es defender una causa y otra muy distinta usar una gala de premios de cine como panfleto, donde la mayor parte de actores parece provenir de una única índole ideológica que hay que aplaudir por cojones. Pues bien, en los Óscar ha pasado tres cuartos de lo mismo este año, con reivindicaciones de todo tipo donde parece que no ha habido colectivo minoritario exigiendo (tócate los huevos con las maneras) presencia en el cine mainstream.

¿Con esto estoy diciendo que dichos colectivos no deberían tener presencia? Todo lo contrario. ¿Estoy diciendo entonces que no debería pedirse? Menos aún. Lo que digo es que el cine, al igual que la pintura, la música o cualquier manifestación artística, son justo eso: arte. Andar con este tipo de panfletos y forzar a los artistas o creadores a manifestar según qué ideologías o añadir según qué tramas o según qué tipo de personajes de forma obligatoria o bajo presión hace un flaco favor a la causa que se quiere defender y no pasa de simple y zafia propaganda política. Si nos ponemos serios con esto, nos daremos cuenta de que tanta protesta no va a normalizar a actores negros, homosexuales o lo que sea en el cine: lo que va a propiciar es que ahora las apariciones de actores o personajes de esta índole sea forzada, en ese ejercicio barato de "quedar bien", pero no de normalizar. Se normaliza cuando a un director le parece añadir a un personaje así a su trama porque lo considera correcto y sin tener que andar en plan "Ey, chavales, mirad que guai soy, que he puesto un negro aquí y un gay allá. ¡Y mirad, he puesto de paso una madre soltera, soy un moderno!"
Sinceramente, el personal se puede rasgar las vestiduras como quiera con este tipo de cosas, pero si yo fuera gay, negro o una madre soltera y un director incluyese a un personaje de mi condición de esta manera, no me sentiría representado; todo lo contrario, probablemente me sentiría insultado porque tendría la impresión de que están usando mi condición para ganar puntos con el público, en un ejercicio de demagogia bastante barata y, tal vez, realmente la causa de mi colectivo les importe de poco a una puta mierda.


"Pos vale, ya me he enterado de que el prota de esta peli es zurdo como yo... Pero de verdad, no necesito que me lo digan cada dos minutos para sentirme integrado, os lo digo en serio..."


El problema quizás es que hoy en día no importa si creas o no en lo que apoyas, y solo basta con que lo apoyes, a ser posible chillando más que los demás. Es un poco el caso de las declaraciones de Will Smith acerca de por qué se negó a ir a la ceremonia de los Óscar este año, pero ojo, no la emprendamos solo con él: si nos fijamos, su actitud ha sido exactamente la misma que la de muchos de esos guerreros sociales, que han ido de hipersusceptibles por la vida y han visto discriminación racial (o sexual, o lo que sea) hasta en las pegatinas de los Bollicaos. Ha molado más ir levantando el puño en alto e ir gritando "Yo soy más comprometido que todos esos hijos de puta" que ser una persona razonable e intentar cambiar las cosas poco a poco. ¿Que no te dan un Óscar, según tú, porque eres negro? Pues vale, Will, hay montones de premios de distinta índole que te pueden reconocer como actor. Tú mismo puedes producir y dirigir tus películas; es más, puedes hacer como Robert Redford y montar tu propio festival de cine independiente. No necesitas ir de guerrero, porque al hacerlo, lo que vas a hacer es decirle a la Academia que empiecen a premiar a actores negros sin ton ni son, solo por quedar bien. Eso no normaliza a la raza negra (ni a la comunidad homosexual, judía o lo que sea), sino que lo que hace es dar una visibilidad a alguien por motivos que no tienen nada que ver con el arte.
A menos que lo que te importe es que haya visibilidad y solo eso.


"Con esto se me ve por cojones".
Felicidades.


Y yo qué queréis que os diga, tanta reivindicación de postureo empieza ya a enfermarme, porque apesta a bienquedismo a kilómetros. Aquí cada uno tiene su rollo y, en lugar de creer en él, defenderlo como buenamente pueda y respetar cualquier postura que sea digna de respeto (que no todas lo son), tiene que berrear más, liarla más, hacer más campañitas y gestos vacíos y ser más beligerante con los demás. Por eso quizás me ha mosqueado un poco lo de DiCaprio: quizás él no venga de ningún colectivo minoritario, que yo sepa, pero eso no ha supuesto diferencia alguna; al personal le ha dado por defenderlo y se ha puesto de moda. Lo que ha imperado es hacer el mayor ruido posible, para que a la masa le den el caramelito que anda pidiendo. Y la Academia, como cualquier organismo últimamente, en vez de manifestarse firme, da la impresión de que simplemente se ha bajado los pantalones y ha actuado para quedar bien ante el clamor popular. Algo así como  lo de Forocoches cuando se las apañaron para que John Cobra fuera a Eurovisión, pero a una escala algo más global, y salvando las distancias, claro.
¿Y el cine? ¿Qué pasa entonces con el cine?
Bah, el cine aquí, como suele pasar con el arte en general para cualquier extremista, importa una mierda, por lo visto.

jueves, 25 de febrero de 2016

Angst- No soy lo que pensáis



Lo he oído una, mil veces.
He sido sometido a juicio, analizado, tasado y evaluado.
Declarado digno, declarado indigno. Héroe, maestro, discípulo inocente y traidor.
He escuchado cómo a mi alrededor los demás se permiten el lujo de opinar sobre mi vida y decirme qué debo hacer con ella; a casi nadie he oído preguntarme qué es lo que quiero. He escuchado en silencio, prestando mis oídos y raramente mis labios.
Opiniones, recomendaciones, órdenes.
Palabras, palabras, palabras.

He vivido cómo algunos han dicho admirarme, y luego he visto la decepción en sus ojos.
Porque no soy lo que pensáis.
Habéis tomado mis palabras como la Verdad. Habéis visto sabiduría en mí. Habéis confiado ciegamente en mi criterio, en lugar de pensar que no lo sé todo. Que soy humano y que puedo equivocarme.

Ese estribillo que suena en mis oídos, una y otra vez.
Esa imagen, donde parezco sabio, seguro de mí mismo, inteligente y fuerte.
Fuerte, yo.
Casi me dan ganas de reírme hasta no poder más.
Me habéis considerado una persona fuerte, incluso valiente. Habéis creído que puedo resistirlo todo, que mi voluntad no conoce límites. Que no hay situación ante la que no me rinda, que absolutamente nada en este mundo me hace daño. Que no hay mañana en que no me levante solo por inercia, aburrido del mundo que me rodea.

Qué poco me conocéis, queridos míos.
Si a estas alturas seguís pensando que siempre salgo triunfal de cualquier cosa a la que me enfrente, sin corte, magulladura o rasguño, queda claro que no soy lo que pensáis. Que nunca me habéis visto guardar silencio porque no me queda nada que decir; cuando he recibido golpes tan fuertes que me he quedado sin réplicas ingeniosas... o tal vez no han sido fuertes en absoluto, pero me pillan en un mal momento y hacen que yo solito me venga abajo. Cuando mi sarcasmo se acalla y lo único que queda alguien que se repliega sobre sí mismo y no quiere que le toquen, ni que le hablen, ni que le miren siquiera.

Muchos de vosotros habéis pensado que siempre estoy dispuesto a entrar en batalla, encarando la adversidad con una sonrisa socarrona, o con las palabras más acertadas. Algunos incluso habéis creído que tengo la respuesta a todo, que pase lo que pase, siempre sé cómo escapar airoso de cualquier situación.
Hay quien me ha considerado invencible, sin pensar en algo tan simple como que no soy diferente a vosotros. No soy lo que pensáis: si me pincháis, sangro.

Hay quien ha pensado que vivo en una constante guerra con el mundo, que estoy lleno de ira, o tal vez odio. Que desprecio todo aquello que no tiene que ver conmigo o con mi punto de vista. Me habéis visto como arrogante o soberbio. Nunca os habéis preguntado si eso que creéis que es ira no es más que amargura o una sensación de desesperanza. Si, cuando hablo con firmeza es porque hablo en una de esas pocas ocasiones en que me siento seguro. El resto de casos, si quisierais fijaros, ni siquiera abro la boca.
Nunca habéis pensado que a veces me pueda sentir triste. Que no siempre esté de humor, o que si parezco estarlo, no sea más que una fachada para negarme a mostrarme cómo estoy por dentro aquellos días que no me encuentro bien. Que, de vez en cuando, esté tan cansado de según qué situaciones en mi vida que me gustaría desaparecer sin apenas dejar rastro durante unos días y no hablar con nadie. Estar tranquilo en alguna parte donde pueda descansar del mundo que me rodea. Limpiar mi mente y recargar mis fuerzas.

Solo lucho por hacer las cosas lo mejor que sé, o lo mejor que puedo, pero eso no quiere decir que lo consiga. Fallo, tanto o más que vosotros, y cada uno de mis errores, creedme, cuenta para mí como un fracaso que raramente me perdono. El mal que ocasiono prevalece; el bien, quedará enterrado con mis huesos. Vivir conmigo y con esa sensación de que, haga lo que haga, nunca es lo bastante bueno, es duro; quizás no más duro que para el resto vivir consigo mismo, pero tampoco es un camino de rosas.

Vivo, pues, entre un intenso deseo de hacer mi entorno un lugar mejor y la constante frustración que supone no conseguirlo, o conseguirlo tan solo a medias. Hay quien piensa que soy capaz de conseguir cualquier cosa que me proponga, pero no es cierto: mis fracasos suelen superar siempre en aplastante número a mis victorias. No es de extrañar, por tanto, que me suela sentir torpe y patoso. Que abra la boca y sienta que estoy metiendo la pata constantemente, pese a mis buenas intenciones. Que sí, que sé que tengo virtudes, pero acaban quedando empañadas entre todas las cosas que se supone que debería ser, las que debería hacer o lograr, y que no consigo por más que lo intente.

Creéis que lucho movido por la esperanza, pero no soy lo que pensáis. A menudo, lucho desde una profunda inercia, simplemente porque no sé hacer otra cosa. En el resto de ocasiones, lucho por aquello que creo, solo para ser crucificado una y otra vez. No soy digno ni de envidia ni de admiración. Tampoco creo que sea digno de lástima.
Hablando claro, no sé de lo que soy digno.

Me he caído y me he vuelto a levantar una y otra vez, coleccionando heridas de todo tipo. Si fueran físicas, mi piel se parecería bastante a un mapa ajado, cosido y recosido. Cada una de esas heridas está ahí y no la he olvidado; cada una de ella forma parte de lo que he sido, de lo que soy y de lo que seguiré siendo. No siempre las viejas heridas me hacen más fuerte; todo lo contrario, con más frecuencia de la que me gustaría admitir, tienden a reabrirse. A sangrar. A torturarme.

La mayoría de vosotros no ve mi lado oscuro. El de una persona solitaria que tiende a analizar cada segundo de su existencia, juzgándose con dureza a sí mismo. Que se declara a sí misma culpable de cosas que todo el mundo olvida. Hay una parte de mí que no dejo que vea ninguno de vosotros; un rostro diferente, que solo yo conozco y con el que intento aprender a vivir cada día. Un rostro con el que hablo, discuto y me reconcilio. Un rostro que, en esencia, es mío.

La mayoría de vosotros solo ve de mí el lado burlón, el cínico. El irreverente o el vehemente. Casi todos se quedan en la fachada o, peor aún, a las puertas de lo que realmente soy. El papel de bufón, una de tantas armaduras que he vestido a lo largo de mi vida, y que yo mismo me he autoimpuesto para protegerme de un mundo que no entiendo. Que no me gusta, y en el que cada día más siento que encajo menos. Habéis pensado que mi conocimiento puede abarcar cualquier cosa, o que soy un teórico de la vida. Que sé cómo funciona todo; que puedo solucionarlo todo; que lo sé todo sobre las personas.

No soy fuerte, ni valiente.
No soy ni sabio ni inteligente.
No siempre soy un cínico,
y mi sonrisa a menudo no es más que una máscara.
Se me puede hacer daño, y mucho.
Con frecuencia, quien más daño me hace soy yo mismo.
No soy una guía, ni un referente. Ni gurú ni maestro.
No puedo deciros cómo vivir, porque eso no lo sé ni yo mismo.
La mayor parte de las veces creo no ser nadie. Nadie especial, al menos.
Casi siempre creo tener razón en esto último.

Pero lo que sí es cierto es que no:
No soy lo que pensáis.

martes, 2 de febrero de 2016

Angst- A mi Hermano Oscuro



Donde veis uno, bajo esta fachada que muestro al mundo, soy dos. No siempre es fácil distinguirnos, pero créeme, estamos ahí. Siempre el uno al lado del otro.
Tú y yo, Hermano Oscuro. Sí, estoy hablando de ti. Sé que puedes oírme, pues tus latidos son los míos; cada ápice de aire que tomas en una inspiración, yo lo expulso en una espiración. Dime, ¿cuántas veces hemos discutido entre nosotros? ¿Cuántas veces nos hemos gritado? ¿Cuántas veces nos hemos declarado odio mutuo para, más adelante, darnos cuenta de que no tenemos a nadie más y acabar abrazándonos en la oscuridad?
Debo aceptarlo: eres parte de mí, del mismo modo que yo soy parte de ti. Ambos formamos parte de un todo, pero no podemos estar el uno sin el otro. En cada batalla librada, has recibido los mismos golpes que yo. Has sufrido conmigo, has sangrado conmigo y te has retorcido de dolor. Hemos llorado juntos nuestras derrotas. Nos hemos levantado con la estricta compañía el uno del otro y hemos reanudado nuestro camino, a veces tomándonos de la mano, a veces ignorándonos porque nuestras posturas son irreconciliables.



Y sí, debería quererte, Hermano Oscuro. Al fin y al cabo, sé que eres el único que nació al mismo tiempo que yo, y que serás el único que me acompañe el día que abandone este mundo. Sé que estás conmigo, que estás junto a mí. Que ambos compartimos el interior de esa carcasa que dejamos ver a los demás. En nuestros peores momentos, eres la única voz que he oído dentro de mi cabeza, consolándome entre lágrimas. Junto a mí, has jurado venganza sobre aquellos que nos lastimaron sin provocación. Tú y yo hemos tomado decisiones importantes, hemos cometido graves errores y hemos aprendido de ellos. Nos hemos felicitado mutuamente en los momentos alegres, cuando hemos logrado lo que nos proponíamos.
Debería quererte, pero a veces te odio, y no te imaginas cómo. A veces te alías con aquellas fuerzas que conspiran en mi contra y frenas mi mano. Me impides soñar, me haces agachar la cabeza las raras veces que oigo un cumplido, me culpas por cosas que han sucedido a mi alrededor, haciéndome responsable cuando no debería serlo. Eres la voz que me dice que siempre puedo hacerlo mejor, aunque lo haya dado todo; que no soy lo bastante bueno, que debo cargar con una cruz que tú mismo has colocado sobre mis hombros.



Tú eres quien me crucifica, quien golpea con un martillo esos clavos que se incrustan en mis muñecas y no paran hasta atravesarme de parte a parte. Quien me muestra al mundo como alguien que debería avergonzarse por sus actos, pese a que es mi mano la que los ha guiado, siempre templada por buenas intenciones, aunque estas no te importan. Me conviertes en mártir, víctima y esclavo. Soy aquel que debe pagar por los pecados de otros.
No te importan mis sentimientos, reconócelo.
No te importa lo que me haces sufrir cada vez que tu hielo congela el fuego que llevo dentro. Eres un juez severo, ciego e implacable. Si tienes que lacerarme con tus palabras, no dudas en hacerlo en aras de tu Código. Por el bien de la justicia, me abofeteas, me gritas y me intimidas hasta que acabo acurrucado en un rincón. Por el bien de la justicia, dices... como si yo no creyese en ella. Como si yo no tuviese ese Don del que te vanaglorias, ese Ojo Místico con el que escrutas la injusticia por mucho que se quiera esconder. Eres cruel conmigo, Hermano Oscuro, y a veces creo que no quieres que yo exista; que mi sola presencia te incomoda. A veces creo que tú también me odias a mí.

¿Que no?
¿Que lo que haces, lo haces por mi bien?
Dime, ¿han sido por mi bien todas esas veces que me has hecho sentir como un monstruo, aun a sabiendas que no lo soy? ¿De verdad tienes el valor de decirme que te preocupas por mi bienestar cuando me torturas cada vez que te viene en gana?
Por tu culpa muy a menudo tengo que esforzarme para poder contemplar mi reflejo en el espejo y mantener la mirada. Porque intentas ridiculizarme, mostrarme como alguien de quien debería avergonzarme. Tras el brillo de mis ojos, se encuentra el destello de los tuyos, helado y metálico, duro y terrible. Esa mirada insoportable, que me recuerda lo que me gustaría ser pero que no alcanzo a ser. Que me dice, una y otra vez, que jamás lograré serlo. Casi puedo oír tu voz, preguntándome a quién quiero engañar. Que soy un fraude. Que no soy especial. Que soy mediocre en todo cuanto hago y que mis empresas jamás llegan a ninguna parte.



Eres prudente, dices.
Tienes los pies en la tierra.
Aseguras que lo haces para evitar que me decepcione cuando fracase... dando por hecho que voy a fracasar; para no vivir haciéndome ilusiones, ni con falsas esperanzas.
Dices tener buenas intenciones, pero al hablar, cortas mis alas; me anulas, me enmudeces. Haces que me sienta estúpido, y que cada palabra que quiera decir suene burda, torpe o ridícula. Dices querer ayudarme, pero te ríes de mí, me menosprecias y me insultas. Tu condescendencia no hace sino encadenarme al suelo e impedirme echar a correr. Me atas las manos y me amarras los brazos a la espalda. Me muestras imágenes del pasado para recordarme mis errores, mis fracasos. Todas y cada una de mis derrotas; las restriegas por mi cara como si fueran un trapo sucio. Me obligas a recordarlas con todo detalle, y no dejas de decirme en lo que me equivoqué. No me perdonas jamás por ello. No me das un respiro.
Quieres protegerme, insistes una y otra vez, pero me conviertes en el blanco de tus iras.
Cuando yo digo "Sí", tu palabra es siempre "No". Me ordenas agachar la cabeza, me envías a mi habitación. Me obligas a olvidarme de aquello que deseo, porque no me consideras digno. Quieres que sea perfecto en todo lo que hago, pero me impides ser feliz. Me impides incluso creer en la felicidad.

Me limitas, me atas, me mutilas... pero luego, cuando el tiempo me ha dado la razón, demostrando que debería haber hecho aquello que no me permitiste, me torturas de nuevo por haberte obedecido. Una vez más, la culpa es mía. Tu Sagrado Criterio, inviolable e inmutable, jamás se ve contrariado de este modo. Tu Palabra es la ley y, suceda lo que suceda, yo debo acatarla. Si sumamos una victoria, es porque todo ha ido según tus deseos; si es una derrota, yo debo pagar por ella.
Y llamas a eso protección.
Lo llamas amor, pero eres como ese Dios sádico y retorcido, que considera que el amor del prójimo debe ser puesto a prueba por medio de la tortura. Me obligas a amarte a costa de golpearme hasta dejarme sin aire, de pisotearme cuando estoy en el suelo. De gritarme cuando me siento mal.



Supongo que te preguntas por qué te escribo. Por qué ahora. La respuesta es sencilla: solo te pido una tregua, porque estoy muy cansado. Estoy muy cansado de escucharte, de que me aterrorices, de que me socaves y de que me impidas caminar sin trabas. Sé que soy lo bastante fuerte como para soportarte, pues lo llevo haciendo toda mi vida... pero hay veces en que, sencillamente, me sacas de quicio. A veces creo que yo soy el único que te soporta porque no existe nada sobre la faz de esta tierra que sea capaz de hacerlo. Creo que no me has abandonado porque, en el fondo, me necesitas para subsistir. Irónico, ¿no te parece? Me necesitas, pero ejerces tu violencia verbal sobre mí de forma sistemática, sin piedad.
Tal vez es porque no eres más que otro cobarde. Tal vez, Hermano Oscuro, eres aquello que yo debo controlar y no al revés; tal vez sea yo quien deba tomar las riendas y no tú, pues bajo tu mando no es que nos hayamos cubierto de gloria precisamente. Lo único que hemos obtenido, gracias a tu Código Sagrado y a tu estrechez de miras, es limitarnos una y otra vez. A vivir con miedo; contigo lo único que he escuchado siempre ha sido la palabra "No".
No.
Tal vez deberías ser tú quien escuchase esa palabra, para variar. Me pregunto cómo te sentaría. Me gustaría saber cómo debe ser, por una vez, que seas tú quien reciba una negativa. Que tu voz quede por completo silenciada. Por un día, me gustaría saber lo que es que estés completamente callado.



Es posible que estas palabras te estén asustando, o bien estés muerto de la risa porque sabes que jamás voy a poder vencerte del todo y que siempre estarás ahí. Que siempre tendrás algo que decir. Aunque vivimos juntos desde que nacimos, a veces me cuesta tanto sondearte que no siempre sé qué piensas a ese respecto. Nunca sé a ciencia cierta si eres débil y por eso me tratas como me tratas, o lo haces porque eres fuerte y te lo puedes permitir. Este es un juego que quizás no acabe nunca.
Pero quiero dejar de tener miedo, y lo sabes; eso quiere decir que, en un momento u otro, tú y yo, querido Hermano Oscuro, acabaremos por enfrentarnos. Al final, estaremos tú y yo y uno de los dos tendrá la última palabra.
Lo único que puedo decirte es que te prepares; porque yo también pienso hacerlo.