martes, 22 de marzo de 2016

Angst- Capítulos, páginas y demás



Supongo que me debo considerar una persona sentimental. Si no he tenido roces con alguien, o no me he sentido dañado por esa persona, no suele importar el tiempo que hayamos estado separados: mantengo buenos recuerdos de ella y, si se da el caso de reencontrarnos, me suelo alegrar mucho. No importa que sea una vez al año, o cada dos años; en ese tipo de casos, siento que no ha pasado ni un solo día desde que nos vimos. Como mucho, emplear tiempo en ponernos al día el uno al otro, lo que en cierto sentido resulta hasta algo positivo.
Es un poco el caso de alguien con quien me reencontré hace apenas unos días. Resulta algo curioso, porque tampoco hablamos de una amistad de toda la vida, pero que en su momento sí fue una persona de cierta importancia para mí. Hoy en día, apenas tenemos contacto (lo típico, cada uno de nosotros lleva su vida, en ámbitos muy, muy diferentes), pero sí intento que éste sea al menos una vez al año, por los viejos tiempos, por breves que estos fueran. Como digo, soy una persona sentimental y me agrada hacer estas cosas.

Pero si te pones a pensarlo, cuando estas personas, por cordial que sea el trato que tienes con ellas hoy en día, ya han tomado su propio camino, es cuando te das cuenta. Son capítulos de tu vida que, para bien o para mal, se cerraron. De vez en cuando te gusta retomarlos por sentimentalismo puro y duro, pero sabes que eso forma parte del pasado y que, como tal, no hay vuelta atrás una vez las vidas de unos y otros se han afianzado en direcciones muy opuestas.
Quizás es a eso a lo que se reduce nuestra vida, o la gente que forma o ha formado parte de ella: a capítulos. Unos, más extensos; otros, algo más breves. Hay algunos que, una vez pasa el tiempo, los acabas viendo como anecdóticas notas a pie de página.


Vosotros estáis aquí. En alguna parte.


Yo no sé ya cuántos han formado parte de esas páginas. Vienen, van... en ocasiones reaparecen e incluso vuelven a desaparecer. Algunos dejan una huella muy fuerte, mientras que a otros apenas consigo recordarles con demasiada claridad. Apenas unos esbozos, unos leves detalles y poco más.
Tal vez a eso se reduce la relación que tenemos con el mundo: al efecto que producimos sobre él y, por supuesto, al que él produce sobre nosotros. Es posible que no seamos los mismos si aquellos que nos rodean (padres, amigos, amantes, enemigos acérrimos, perfectos desconocidos que hacen un cameo en nuestras vidas para luego desaparecer) no aportasen su grano de arena sobre nosotros. Es posible que sea cierto eso de que ningún hombre (o ser humano, antes de que algún imbécil se me ponga intensito con eso de la visibilidad de género y no pille la referencia literaria) es una isla. Por mucho que enfoquemos el mundo desde nuestra visión particular, no somos impermeables a él. Todo cuanto sucede a nuestro alrededor nos afecta, de un modo u otro, aunque sea cuando lo que sucede no nos importa en lo más mínimo... pues también dice de nosotros. De cómo vivimos lo que nos rodea.

Esa podría ser una de las razones que me convierten en la persona que soy. Tengo mucha tendencia a volver al pasado cada vez que surge la oportunidad. ¿Por qué? Suelo pensar que es porque soy una persona que procura aprender todo lo posible de su vida; de que cada día valga realmente para algo y no se limite a convertir oxígeno en dióxido de carbono. Como modo de aprendizaje, considero que recordar es algo tan importante como asimilar. Volver hacia atrás y repasar qué hiciste con tu vida en determinado momento, o bien lo que no hiciste. Cómo reaccionaste ante según qué cosas; cómo te portaste con según quiénes. Analizar todo eso y sacar tus propias conclusiones; tal vez no las más acertadas, ni las más sabias, pero las tuyas al fin y al cabo.
Consiste en mirarte las cicatrices de viejas heridas de batalla y recordar por qué fuiste herido. Por qué luchaste, qué fue lo que defendiste y qué fue aquello contra lo que te levantaste. Hacer balance de lo que duele, y de aquello por lo que merece la pena ser herido no una, sino mil veces.


Y van ya unas pocas.
Ah, antes de que lo preguntéis: esta espalda no es mía... pero sí, molaría que lo fuese.


No niego que sea un camino doloroso, pues consiste en abrir viejas heridas de una forma constante. En hacerse daño a uno mismo a un nivel íntimo y personal. Porque aprender no consiste solo en recordar los buenos momentos y quedarse solo con lo bonito; desde mi punto de vista, también consiste en no olvidar aquello que por poco nos hace mil pedazos y buscar el modo de estar preparado para el día en que eso se pueda volver a repetir. También, podemos decir que consiste en rememorar esas pequeñas y casi insignificantes victorias que hemos tenido a lo largo de nuestra vida antiheroica. Esos minúsculos triunfos que nos hicieron sentir los héroes que no somos por un momento. Esos cinco minutos de gloria, prácticamente literales, que nos hicieron creer que somos especiales. Que no somos una mota más en la masa gris que es la raza humana. Que hemos nacido para hacer algo grande, más allá de tener un trabajo, ganar el dinero posible a final de mes y sobrevivir como mejor se pueda.
Dicen que volver hacia atrás en las páginas de tu vida es negativo.
Yo creo que, como sucede con la mayor parte de cosas, lo es solo si abusas de ello.

A mí, al menos, me ayuda a ver patrones. Darme cuenta de cómo ha venido funcionando mi vida hasta ahora. No sé hasta qué punto puedo cambiarlos (hasta la fecha, no creo haberlo conseguido), pero al menos hace que me prepare mentalmente para según qué etapas. Para según qué acontecimientos que suceden en mi Universo personal de forma cíclica. Es mucho mejor que encontrarte una etapa del tipo "Caos, Desorden y tu alrededor patas arriba" con los pantalones bajados, creedme.
Por lo que a mí respecta, he conseguido identificar ciertos patrones o ciclos que se suceden de un modo más o menos concreto, respetando intervalos de tiempo relativamente estables (tampoco hablamos de matemáticas). Llevo media vida intentando encontrar el modo de evitarlos o alterarlos... estoy seguro de que eso es posible y no miento si os digo que lo he intentado cada vez que ha pasado. El problema radica en que no me considero una persona ni lista ni astuta. Actúo como mejor sé o del modo más correcto que me permiten mis valores, pero hasta el día presente, os juro que no he sido capaz de evitar nada de nada. En el mejor de los casos, me convierto en testigo de las circunstancias y, en la mayoría, me veo arrastrado por la corriente.


Algo así, pero quitadle el caballo.
Y la espada.
Ah, quitad también la postura épica y ponedlo más como si dijera "Ay, no, otra vez no".
Si conseguís visualizarlo, ya lo tenéis.


Odio eso.
Odio esa sensación de impotencia, de injusticia. Odio cuando mi Universo se pone patas arriba y, cuando no puedo limitarme a contemplar la que se está armando, me encuentro con que me llevo una buena parte de los golpes sin comerlo ni beberlo. Dedos acusadores, reproches e incluso ataques verbales. Nunca inicio una guerra, pero de un modo u otro siempre acabo metido en alguna hasta el cuello. Siempre me convierto, si no en el chivo expiatorio, en alguien que está en medio del fuego cruzado; cuando no, soy visto como traidor, hereje o apóstata. Se me ha juzgado con severidad cuando he decidido no tomar parte en una contienda, pero se me ha tratado del mismo modo cuando he considerado que debo hacerlo. Lo mire como lo mire, jamás me he sentido en una posición en la que sienta que he salido airoso, mucho menos en que acabe del lado del vencedor; todo lo contrario, generalmente acabo recibiendo de unos y de otros.

O de mí mismo.
No sé ya cuántas veces me he sentido fatal por no haber sabido ver venir las cosas, o peor: por haberlas visto venir y no haber sabido cómo actuar. Como he comentado alguna vez, me temo que tengo más corazón que cabeza. Quiero ayudar, quiero contribuir a que mi Universo no se convierta en un pozo negro, pero a menudo tengo la sensación de que, cuanto más lo intento, peor; pero es que si no lo intento, la cosa saldrá mal igualmente. Estas cosas me frustran, y no os podéis ni imaginar como: me siento inútil y torpe. Tengo la terrible sensación de que no importa cuántas veces haya repasado las páginas de mi vida; cometo los mismos errores una y otra vez, o bien cometo errores nuevos, que tal vez podría haber capeado gracias a la experiencia que se supone que he adquirido a lo largo de los años.
Pues no. No me siento ni más experimentado, ni más hábil ni mucho menos más astuto. Procuro ayudar en lo que puedo, porque no sé hacer otra cosa. No me veo a mí mismo haciendo otra cosa. Es lo que llevo intentando hacer desde que tengo uso de razón, o desde que puedo recordar. Intento ser mejor, marcar la diferencia en un mundo que no considero que me haya ayudado demasiado a mí. Intento no ser como aquellos que me han dejado en la estacada a lo largo de tantas páginas de mi vida.


Uno hace lo que puede.


No os imagináis lo jodidamente duro que es darte cuenta de que no llegas.
De que no importa lo mucho que te esfuerces, lo buena que sea tu voluntad. Da igual lo mucho que te importe querer hacer siempre lo correcto, de hacer felices a los demás (no a todos, pero por lo menos a los que te importen) y, por extensión, a ti mismo. Esforzarte, poner lo mejor de ti mismo, intentar aportar algo al mundo que te rodea y no convertirte en una causa más para que este mundo merezca irse a tomar por culo. Partirte el alma y darlo todo para darte cuenta de que no estás consiguiendo nada. De que tal vez te has puesto unas metas nobles, pero tan altas que están muy fuera de tu alcance.

Es ese momento en que te das cuenta de que no eres el héroe que te gustaría ser. No por el reconocimiento de las masas; eso no es lo que busca un héroe de verdad, sino por saber que estás contribuyendo a un lugar mejor. A una vida mejor.
Es terriblemente duro darte cuenta de que no estás arreglando nada. No estás contribuyendo a nada. De que te estás engañando a ti mismo, y lo único que estás haciendo es rellenar páginas en tu propio libro. Un libro que, si lo ves de un modo objetivo, no es una novela de caballerías, ni un poema épico. Como mucho, llegas a sátira o parodia, y gracias por haber participado.
No eres lo que te gustaría ser.
No encuentras el modo de serlo.
Ni siquiera eres capaz de serlo.


Acabo de enterarme de que esto tiene un nombre y todo.
Atelofobia.
Pues vale.


Y sí, lo mismo inspiras a otros alguna vez. Lo mismo tu influencia en un momento dado sí puede ayudar, del modo que la de otros puede ayudarte a ti... pero en tu fuero interno sabes que no es suficiente. Que así no haces de tu entorno un lugar mejor. Que ayudar de forma puntual está bien, pero no basta para poder sentir que estás siendo de utilidad. Que realmente vales para algo.
Y no, no es una cuestión de conseguir que los demás admiren a uno. Quiero hacer hincapié en que ese no es el objetivo, sino en el de poder decirse a uno mismo que sí, que realmente está a la altura de lo que quiere ser. De lo que espera de uno mismo.

Pero mientras se consigue o llegamos a ese punto de epifanía literaria en que nos damos cuenta de una vez por todas que no merece la pena intentar arreglar un Universo personal que parece llevar sus propias riendas independientemente de que lo hagas, nos tocará estar en este episodio de frustración constante. Haciendo las cosas como mejor sabemos, siguiendo nuestra determinación de hacer lo que está bien. Y supongo que, con eso, nos tocará llevarnos la guarnición habitual: la de ser prejuzgado, juzgado, flagelado, lapidado, crucificado o llevado a la hoguera.
Asume tu veredicto. Hagas lo que hagas, eres culpable.
Si no haces nada, también eres culpable.
No importa lo que elijas, todos los caminos te llevan al mismo sitio.
Asume tu sentencia, pues.
Disfruta.

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