martes, 29 de marzo de 2011

Escupiendo Rabia- Los jóvenes, esos grandes desconocidos



Hoy tenía previsto preparar algún Spanish Bizarro (ya lo había hablado hacía unos días con una Distópica que me lo sugirió), o bien un Truño, gracias a la película que sufrí este fin de semana, como el que no quiere la cosa. Pero oye, te pones a ver la tele cinco minutos mientras te haces el desayuno y es que te hacen hablar.

En plena televisión nacional aparece un debate sobre el origen, influencia y demás características de los botellones, donde un grupo de personas se pregunta por qué son tan populares entre los jóvenes. Un tema de actualidad, porque han apuñalado al enésimo chaval en uno de estos, y no es la primera vez que vemos en Cuatro a alguno, tajado perdido, cantando los grandes éxitos de Raphael subido en el capó de un Megane de segunda mano tuneado.
En el debate ninguno de los tertulianos baja de los cuarenta años. Viva la era de la información de primera mano.



Algunos de los componentes de la mesa de debate.

Y no es un hecho aislado. Cuando estaba de prácticas en el CAP (lo que hoy en día es un Máster de Aptitud Pedagógica) pasaba tres cuartos de lo mismo: nos inflaban con asignaturas teóricas de contenido tan "interesante" como saber cómo era el sistema educativo en la época de Primo de Rivera (muy útil, considerando lo parecidas que son ambas épocas y que ya prácticamente no queda nadie vivo que estudiara por aquel entonces para decirnos si el sistema realmente estaba bien o mal planteado) y clases como "Psicología", una ciencia a la que respeto, pero que considero que a veces trabaja desde la ignorancia.

Antes de que los psicólogos que pasen por este blog carguen contra mí, explicaré a lo que me refiero: me refiero al concepto de clases tan absurdas como "Concepto de grupo de clase". Sí, como lo oís. Dimos una clase teórica referente a cómo estaba dividida una clase socialmente. Aprender a identificar los distintos grupos, a sus líderes y los roles que desempeñaba cada uno: la chica guapa, el empollón, el obeso (antes eran simple y llanamente gordos y no pasaba nada), etc. En resumen, que perdimos unas dos horas de nuestra vida en estudiar gilipolleces que alguien con un mínimo de interés y unas dotes de observación no especialmente agudas podían descubrir.

La idea, pues, consistía en tratar al alumnado como si fueran ratoncitos de laboratorio. Una especie aparte que estudiar. Unas criaturas misteriosas imposibles de entender al cien por cien, pero un contenido teórico, escrito en un despacho por un abuelete de ochenta años con sesenta másters a sus espaldas, era más que suficiente para entender El Sentido de Todo.
Perdonadme si me río.


"Hace cuarenta años que no salgo de mi despacho ni para mear, pero he descubierto cómo funciona la sociedad moderna"

Me gustaría que os dieseis cuenta de lo ridículo que resulta todo esto. Desde hace unos quince, casi veinte años para acá, el choque generacional se ha convertido en algo cada vez más acusado. Normal, teniendo en cuenta lo rápido que avanzan las cosas y el enorme impacto de la alta tecnología en la vida diaria. A los que ya estamos en edad "adulta" o "más o menos adulta" (hablo, por supuesto, desde un punto de vista físico. Hay cincuentones que no madurarán en su vida, ya lo sabéis) nos cuesta más adaptarnos a los Ipods, Ipads, Mp4, Mp5, cámaras digitales, memorias multimedia, televisores en HD, 3D, tabletas gráficas, PDAs y demás cacharros cuyos nombres son un puñado de siglas. A muchos nos sacas de AC/DC y ahí nos quedamos. Pero si lo veís desde el punto de vista de nuestra generación, no resulta tan raro: yo, a los seis o siete años, manejaba mejor el video (el analógico de cintas de toda la vida) que mi madre. Ahora es igual, sólo que con cacharros más sofisticados.


Niños pequeños que manejan un ordenador mejor que nosotros. No os asusteis ni los envidieis: ellos se han criado con eso desde pequeños, a diferencia de nosotros. Es lo más lógico.

Quizás la gran diferencia se produce en el momento en que la alta tecnología supone un cambio en las comunicaciones. No tarda en llegar la queja de que los jóvenes están aislados, que se pasan el día delante del ordenador, que si tal que si cual. Si eso es así, todavía sigo sin entender por qué las redes sociales están teniendo tanto impacto: puede que los jóvenes hoy en día no precisen tanto de un contacto físico para relacionarse con alguien. Sí, es más frío, más impersonal. Me pregunto qué dijeron hace unos ciento y pico de años cuando inventaron el teléfono. O unos siglos atrás, cuando la gente usaba el correo para comunicarse a larga distancia.

Pero no quiero salirme del problema que estoy tratando.
La cuestión es que hoy en día el puretilla medio (es decir, la gente que está entre mi generación, y de ahí hacia arriba en edad) en realidad no quiere mojarse el culo. Mucho quejarse de los jóvenes, mucho protestar, mucho decir que si esto que si lo otro... pero me gustaría que los Distópicos hicieseis el experimento: a todos esos que dicen entender a la juventud, o a todos esos que exponen unas teorías de libro, con mil encuestas (la mitad absurdas y que no llegan a ninguna conclusión útil) y yo no sé cuántos estudios... a todos esos me gustaría que les preguntáseis con cuántas personas por debajo de los treinta años han tratado personalmente. A cuántas han preguntado acerca de lo que realmente le importa a la juventud o deja de importarle. Cuáles son sus verdaderos valores. Esa clase de cosas que hacen que un método científico (porque presumen de ser científicamente rigurosos) tenga veracidad y que llegue a algo.


O quizás el problema es que es mucho más fácil elaborar tu teoría crítica (a menudo despellejando, pero quedándose en la superficie) en base a cosas que en realidad te importan un carajo y con unos pocos datos sesgados. Es mucho más guai ir a la tele (o escribir un libro, que también está de moda eso) y formar parte de un debate sobre los jóvenes cuando:

a) No tienes hijos
b) No tienes contacto alguno con gente de la edad de los que podrían ser tus hijos
c) Realmente te da igual lo que hagan los jóvenes, porque los consideras una pandilla de indeseables aunque no sepas ni de lejos lo que es un jóven
d) No tienes ni idea del mundo real, pero sí un montón de títulos que acreditan que eres un sabio incuestionable
e) tus tendencias políticas o religiosas te llevan a condenar a la hoguera cosas que tu no harías (o bien que harías si tuvieras unos años menos, pero que no tienes narices de admitir)


Y es que muchos se ponen en este plan antes de preguntar siquiera...

Que yo no apoyo las iniciativas de macrobotellón no es ningún secreto. Yo no iba ni a los dieciocho. Pero si me preguntan por qué la gente lo hace, tengo mi propia respuesta; no lo apoyo, pero lo entiendo. Y no porque sea más listo ni más sabio que cualquiera de los gafapastas que salen en la tele con sus estudios. Quizás es porque he hecho algo arriesgado. Algo que muchos (por suerte, no todos) educadores, pedagogos, sociólogos, psicólogos, psicopedagogos y demás no se han molestado en hacer: simplemente he preguntado por ahí.

Y esto no es más que una elucubración. Una conjetura si quereis; llamadlo incluso una especulación, porque cada casa es un mundo y no hay dos casos iguales... pero me pregunto si los choques generacionales fuesen tan grandes si unos cuantos de nosotros nos molestásemos en escuchar a nuestros hijos de vez en cuando. Si en vez de querer mirar a los chavales con microscopio, como el que mira una cobaya dentro de la jaula para ver si su ingesta de alimento ha incrementado notablemente en las últimas semanas, nos preocupásemos por entenderlos de verdad. Ya lo decía Michael Caine en El Caballero Oscuro, al que me permito parafrasear libremente en este post: "¿Cómo puedes pretender solucionar algo que ni siquiera estás seguro de entender totalmente?"

También pasa otro caso: nuestra sacrosanta sociedad es hipócrita como ella sola. Los padres que se quejan a menudo de las conductas de sus hijos han sido vistos a veces en botellones (no a lo mejor los macros de las universidades, pero sí en otros con sus colegas) o yéndose de juerga a ponerse hasta el culo de todo (dando más positivos en los tests de la Guardia Civil que un ciclista dopado en un control sorpresa) mientras dejan a los críos con los abuelos. Luego se rasgan las vestiduras al descubrir que cuando éstos llegan a la adolescencia se comportan igual que ellos.
"Mi hijo no habla conmigo", y tú pensando "Ah, ¿pero es que a ti te ha importado alguna vez lo que piense? Alguna vez has intentado entender su punto de vista? Alguna vez has hecho algo que no sea decir 'yo soy mayor, por tanto tengo la razón, aunque piense que los negros y los chinos vienen de Saturno y que en realidad están dotados de cinco órganos sexuales diferentes'?" Si la respuesta es no (que no siempre es así, seamos honestos), puede (y sólo puede) que a lo mejor esos padres que tanto lloriquean no sean tanto unas víctimas como tengan una parte de responsabilidad en el tema. Pero ninguno lo va a reconocer.
La ridiculez y la incoherencia al poder, como siempre.

Ejem, beber en la rue no es legal... luego si lo hacen en vuestro portal, no os quejeis.

Luego, la típica tradición española: quejarse a posteriori, claro. El sistema educativo que va de tolerante y dialogante, pero que sigue con la óptica desfasada de no molestarse en conocer mínimamente a la persona a la que se está formando. No decimos que ésta se convierta en un colega tuyo, claro. Yo estoy totalmente en contra del pensamiento que muchos intentan imponer: para mí una clase no es una democracia y debe haber una barrera infranqueable entre el docente y el estudiante. Ahora bien: esa barrera no quiere decir "paso del pueblo llano, que son escoria que no merece ni que la mire a la cara". No quiere decir llegar y despreciar a la gente. No quiere decir evaluar los conocimientos en base a juicios personales, que deberían quedarse en la misma puerta del aula.

Y es que no conocer a un alumno porque no te importa es tan malo como no conocerlo y juzgarlo de antemano. También he visto casos así, de gente que se ha frustrado bastante ante una asignatura o materia que se les daba realmente bien, simplemente porque a su profesor no se le ha puesto en las narices que esa persona despunte. Ni siquiera que apruebe.
No, no me vengais con eso de que "los profesores también son seres humanos y cometen errores". Últimamente (no voy a citar casos ni nombres) he oído barrabasadas y salvajadas tan grandes acerca de ciertos estudiantes, escupidas con una mala leche y un hijoputismo tan grande que no hay cabida al error. Si los profesores son (somos) tan humanos como los demás, hay que tener en cuenta el nivel de responsabilidad que manejan (la formación de una generación entera no es moco de pavo) y hacer una criba muy consecuente: si hablamos de una formación de valores, al primer profesor con tendencias racistas, xenófobas o que vaya por ahí diciéndole a niñas de catorce años "entrad en clase que os voy a follar una detrás de otra" (eso último lo he llegado yo a ver en un instituto), se le echa a la calle sin remedio ni turno de réplica. Si hablamos de formación en conocimientos, se estudia su promedio de aprobados y suspensos. Si suspende más de la mitad de sus matriculados, se va a la calle también. ¿Acaso no echaríais de un hospital a un médico que se carga a todos sus pacientes? Si ese profesor, como muchos que hay, entra y se niega a dar la clase, se le sanciona por abandono de puesto de trabajo. Y santas pascuas.


¿Por qué nos es más fácil pedir la expulsión de un tío que ha cometido una falta dentro de un campo de fútbol que el que la ha cometido al eludir sus responsabilidades?

Pero por favor, no me vengáis tocando la moral y echando toda la culpa al estudiantado, que parece que os habéis olvidado que muchos de vosotros, hace treinta y pico de años, corríais delante de los Grises. Os cagábais en vuestros padres a sus espaldas. Os saltabais clases. Os hacíais chuletas. No vengais diciendo que la nueva generación es mierda, porque muchos de vosotros no tenéis ni zorra de nada. No os habéis mezclado entre ellos. No habéis intentado entender cuáles son los valores que tienen. Qué les preocupa. No, es más fácil ver los realities de mierda y pensar que todos los chavales son así. Pues nada, que sepáis una cosa: los jóvenes no son inocentes. No. Tienen su parte de responsabilidad en el problema... pero no la única. Cuando veais el nivel de fracaso escolar, el nivel de alienación, el nivel de incomunicación y, en general, como la sociedad se va a la mismísima mierda, a ver quién de vosotros tiene las narices de reconocer que sí. Que también vosotros habéis puesto vuestro granito de arena para que nos vayamos todos a tomar por culo.

sábado, 19 de marzo de 2011

Mesa de Autopsias- Dexter, el Oscuro Pasajero, de Jeff Lindsay



Hará cosa de dos, puede que tres años, cuando la industria del cine no estaba sacando nada más que truños uno detrás de otro, cuando todo eran remakes chusqueros de películas clásicas o adaptaciones de libros que jamás debían haberse hecho, me habló un amigo de una serie de televisión llamada Dexter. En plena época de Héroes, Perdidos y Flashforward, parecía que pocas cosas iban ya a sorprender.
Sin embargo, este tío me la vendió como una serie de "sangre y venganza". Palabras mágicas.

Pues nada, que me puse a ver las dos primeras temporadas que había por aquel entonces. Y oye, lo cierto era que enganchaba. Un asesino en serie con una psicopatía que ríete tú de Jason Voorhees capturaba a sus víctimas a golpe de ketamina y las hacía showarma con una sierra de calar. Bueno, otra historia más de psicópatas asesinos, ¿no?
Pues no.
La frescura de esta serie radicaba en un concepto tan original como cargado de humor negro: el asesino en sí formaba parte del cuerpo de Policía... y sus víctimas eran otros asesinos en serie.

Tras haber visto ambas temporadas (todavía tengo pendiente ver las otras dos que han visto la luz a fecha de escritura de estas líneas), descubrí que estaban basadas en una serie de novelas, escritas por un tal Jeff Lindsay. Me costó un poco encontrarlas, por eso de haberme perdido la primera edición y haber esperado a que sacasen la edición bolsillo, pero por fin me hice con las dos primeras. Esta Autopsia, como habréis deducido vosotros solitos, queridos Distópicos, se va a centrar en Dexter: el Oscuro Pasajero. Más adelante (más que nada, cuando me la lea), os pasaré la de Querido Dexter.

El argumento es bien similar al que puede descubrir cualquiera que (como yo), haya dado con la serie antes que con la novela en la que ésta está basada. Narrada en primera persona, el agente Dexter Morgan nos va narrando su vida de cara al público mientras que, al mismo tiempo, nos va explicando cómo lleva adelante su doble vida. El entorno es la calurosa ciudad de Miami, alejada de la convencional imaginería de ciudad lluviosa y oscura, donde los asesinos en serie campan a sus anchas. Otra vuelta de tuerca a las típicas historias de este tipo.

De un modo bastante similar al que nos plantea la serie, tenemos que hay un nuevo jugador en la ciudad: un asesino que descuartiza prostitutas, sin dejar gota alguna de sangre. Esto, por supuesto, desconcierta a la brigada de Homicidios y excita de un modo bastante enfermizo a Dexter, que no puede evitar sentir un cierto vínculo con el homicida.





Personajes: Al estar narrada en primera persona, es casi obvio que el autor se decanta por perfilar más al personaje de Dexter que a los demás, que (dada su condición sociópata), aparecen descritos muchas veces de un modo sencillo, casi limitándose a dar cuatro trazos. Destaca quizás la presencia de Deborah, hermana adoptiva del protagonista, descrita como una mujer de aspecto explosivo (literalmente, "parecía sacada del catálogo de bañadores de Sports Illustrated") y un carácter fortalecido por un padre más atento a controlar a un hijo psicópata que a prestar atención a su hija natural, amén de sufrir un salvaje acoso laboral por parte de sus superiores y compañeros.
En segundo lugar, destaca la presencia de la mujer al mando de la Brigada de Homicidios, María Laguerta, que se muestra como un personaje terriblemente ambicioso y con una malsana fijación por salir en los medios de comunicación; también aparece descrita como una lameculos con una impresionante labia. En resumidas cuentas, una trepa integral que hace que el lector desconfíe constantemente de ella a la hora de llevar a cabo cualquier investigación.
Pero quizás el Sargento Doakes, junto con Deborah, puede ser el personaje secundario de mayor interés en la novela, puesto que es el único que tiene un mal presentimiento acerca de Dexter. Como bien menciona éste, "algo bastante preocupante, en un sitio lleno de personas que deberían reconocer la naturaleza oscura del ser humano". Tal y como se ve en esta novela, el personaje no está del todo desarrollado, quedando (quizás) pendiente para la secuela.
También aparece Rita, "novia" de Dexter, aunque aquí queda claro que no es más que un simple instrumento para que éste mantenga su fachada de normalidad: los psicópatas, por definición, suelen ser personas solitarias. El protagonista, por tanto, siguiendo el Código de Harry, su padre adoptivo, se busca una mujer con la que pasar el rato y así no levantar sospechas. Hay algún indicio de lo que podría ser el inicio de una relación algo más "normal", pero al igual que pasa con Doakes, sólo aparece perfilado y a la espera de más detalles.

Estilo: El punto fuerte de la novela sin lugar a dudas. Dexter nos va narrando la historia con la frialdad propia de alguien que carece por completo de sentimientos. Eso, sin embargo, no le impide narrarla con grandes dosis de ironía que hacen que el lector tenga que sonreir (o reirse directamente) ante algunas frases soltadas con una mala leche y un humor negro tremendos. Me viene a la cabeza una frase que dice algo así como: "Mírenme a mí. Soy un pilar de la comunidad" (dicho por un tipo que se dedica a matar gente, descuartizarla y tirar los pedacitos al mar). No faltan descripciones con un ingenioso tono humorístico, que emplea para ridiculizar a otros personajes (una constante de principio a fin en la novela). Me gustó mucho una en particular, cuando explica que Doakes "se materializó" en una escena del crimen a la orden de LaGuerta. No pude evitar pensar en un genio maligno que surgía de una nube de humo al oír chasquear los dedos de su ama.

Trama y subtramas: El punto más pobre de la novela y que hace que su calidad baje estrepitosamente por momentos. El Oscuro Pasajero engancha desde el primer momento, pero desarrolla las subtramas (el pasado de Dexter, sus asesinatos, la vida de Deborah o su relación con Doakes o LaGuerta) de un modo tan pobre que da la impresión de que Jeff Lindsay ha tenido por delante todo un campo fértil por explotar, pero que no ha sabido sacarle partido, limitándose a la simple investigación del Asesino del Hielo. El tempo, además, se acelera de tal manera que pasa de no aburrir a la sucesión de escenas sin transición ni desarrollo, haciéndonos pensar que tenía que terminar la novela en una fecha concreta.
Así pues, encontramos un final que, (a mi juicio, por supuesto, Rumbo a la Distopía no es la Verdad Universal, sino una alternativa a lo que podéis encontrar en cualquier parte... o tal vez más de lo mismo, vosotros juzgáis) resulta atropellado y carente de toda la intensidad dramática que debería tener. El giro argumental (ligeramente distinto a la serie, por cierto) que hay en los últimos capítulos sorprende, pero no llega a brillar precisamente por la simpleza a la hora de narrarlo: pasa esto, pasa a lo otro, tal, cual y listo. La investigación que llevas siguiendo toda la novela cae por su propio peso y aparecen evidencias traídas por los pelos que llevan a Dexter a un punto que se asemeja bastante a un Deus Ex Machina en toda regla: sin que hayamos recibido muchas pistas, llegamos a la explicación que, surgida de la nada, nos lleva a un climax. Y así acaba la cosa. Desde mi punto de vista, simplón.



Valoración y comparación con su adaptación: Si tengo que definir a Dexter: el Oscuro Pasajero, sin duda, usaría los términos "buena idea, pero tristemente desaprovechada".

Es cierto que la idea de un psicópata que se esconde entre la gente como una persona más resulta terriblemente atractiva. Jeff Lindsay se aleja del concepto clásico del psicópata como monstruo de feria que va por ahí matando campistas con una máscara de hockey o del petimetre medio mariquita que tiene a su madre momificada en el sótano. Dexter ejerce de ejemplo claro del depredador que se adapta en el ambiente y que se forja una máscara tan perfecta que prácticamente nadie es capaz de descubrirla. Si a eso añadimos el factor "Yo soy la justicia" que trae implícito (gracias a Harry que, pese a no ser un hombre del todo políticamente correcto, quiere lo mejor para su hijo y, especialmente, para la gente que rodea a éste), vemos que la novela cuenta con unas bazas que deberían convertirla en todo un referente para cualquiera que escriba novela negra, comedia negra, o cualquier cosa que quieran teñir de negro.

Pero, como he mencionado arriba, las aparentes prisas del escritor por acabarla y la casi total ausencia de desarrollo de unos personajes que podrían dar bastante juego (no me refiero, claro está, a los chicos del laboratorio, a los que Dexter lógicamente no presta atención alguna), sino de aquellos que pueden (y deberían) ser pilares de una narración, ejerciendo como apoyo y/o como contrapunto de un protagonista hacen que a eso de la mitad de la novela ésta vaya perdiendo fuelle y nos quedemos tan sólo con el particular (y sobresaliente) estilo del autor.

La serie, por su parte, parece haber cogido todos los puntos negativos y haberlos desarrollado de un modo bastante exhaustivo, paliando ese efecto y dándole una tridimensionalidad más que notable. El efecto Deus Ex Machina queda borrado de un plumazo insertando toda una subtrama que, si bien puede parecer un poco forzada al crítico más duro (que quizás la tildaría como "no del todo creíble"), tampoco hace que el espectador se eche las manos a la cabeza ante la chorrada que acaba de ver. Todos los personajes sufren un crecimiento psicológico considerable, algo muy de agradecer, considerando que la historia trata precisamente acerca de cómo puede adaptarse una mente perturbada en una sociedad quizás no demasiado sana tampoco.
Gracias al formato serie, pues, esta historia pierde muchísimo de esa sensación de "atropello" y llevando un tempo más que correcto, en lugar de "inflar" la trama, como podría haber pasado en otros casos. Por una vez y sin que sirva de precedente, me veo obligado a decantarme por la adaptación audiovisual de una obra escrita. Espero que Jeff Lindsay haya aprendido de esas cosas y en Querido Dexter sea capaz de sorprenderme.

martes, 15 de marzo de 2011

Mondo Chorra- Parecidos razonables, o "ataques de originalidad Distópica"



Pues sí, amiguitos Distópicos. Que no todo va a ser mala leche y rabia desatada, que muchos de vosotros ya estáis empezando a creeros que voy por la vida echando espumarajos por la boca. Hoy vamos a asemejarnos un poco al rebaño y, en un ataque de originalidad sin precedentes, vamos a ir iniciando una ronda de "parecidos razonables". Que sí, que eso está más visto ya que la famosa teta de Sabrina, pero es algo que siempre me ha hecho mucha gracia (desde que los pusieron de moda los chicos de El Informal, y ahora con más motivo, ya que los está llevando uno de mis amores platónicos televisivos, Paula Prendes, en Sé lo que hicisteis).

En lo que sí vamos a intentar ser originales es en los parecidos que vamos a utilizar. Puede que muchos ya os suenen (si los personajes en sí se parecen, es lo que tiene); sin embargo, os diré que los personajes a comparar van a ser, o bien, parecidos que yo he sacado, o bien otros que han sacado amigos míos. Copiarle los parecidos a mi querida Paula no está muy bien, que digamos (aunque igual, si ella acaba por entrar en este foro un día, encuentre material y sea ella quién me copie a mí jajajajajaja)

Bueno, el primero que he encontrado está destinado a conciliar las mentes mas frikis con aquellas que gustan de cosas más mundanas, como es el fútbol. Si pertenecéis a este último grupo, estoy completamente seguro de que reconoceréis sin problema alguno a un tipo llamado Özil, que a día de hoy juega en el Real Madrid.


Bueno, pues aquí tenemos el parecido razonable. Los amantes de la literatura de terror y de todo el rollo pulp y freak estáis casi casi obligados a conocer a un referente de este género. Bien puede gustaros o bien puede pareceros un coñazo (he oído ambas opiniones y me parecen bastante razonables, cuando escucho sus argumentos), pero no cabe duda de que no deja indiferente. Me refiero, sin duda, a H.P. Lovecraft.




Pasamos a temas algo más actuales. Del Madrid actual y la Nueva Inglaterra de los años 20 nos movemos a la Libia de la segunda década del siglo XXI. Creo que si habéis leído los periódicos o habéis visto las noticias últimamente, nuestro segundo personaje con clon no necesita mucha más tarjeta de presentación: llamado genocida y dictador con "actitud positiva" a partes iguales, el señor Gadaffi es un tío que físicamente tampoco pasa desapercibido. No por guapo, claro, sino por tener unos rasgos faciales, digamos, particulares. Tanto que cualquiera podría pensar que es difícil encontrarle parecido, ¿verdad?


Pues si os gusta el rock, así en líneas generales (nada de cerrarse en subgéneros como black metal, doom metal, power metal, oxidado metal), no os costará nada reconocer al doble del líder libio. Este parecido lo encontró una amiga mía, en realidad... al principio no había caído, pero ahora no puedo evitar ver las noticias e imaginarme a este tío guitarra en mano, como el señor Santana.




También puede pasar que un músico se parezca a otro. O que un cantante se parezca a... a una cantante. Nos movemos a los años 60, donde encontramos precisamente al ídolo de la amiga que me habló del parecido razonable anterior. En esta época surgió una mujer que se hizo famosa por ser una de las primeras damas del rock. Una voz inolvidable y difícilmente inigualable. Hablo, por supuesto, de la gran Janis Joplin.



Bueno, pues nos vamos a trasladar unos diez añitos o así y nos vamos a mover a Inglaterra. Allí surgió una banda llamada originariamente Polka Tulk. Si me refiero a ese nombre seguramente os sonará a mierda, ¿verdad? ¿Y si os digo que esa banda (por motivos lógicos) se cambió el nombre por Black Sabbath? Al igual que Janis, supusieron un gran cambio en la historia de la música, acabando por ser proclamados inventores virtuales del Heavy Metal. Muchos otros grupos podrían recibir también este galardón, pero es cierto que los Sabbath han calado bastante hondo en el subconsciente colectivo. Muy especialmente me refiero a su primer cantante, al que muchos conocéis por estar como una auténtica cabra (miles de anécdotas lo confirman) o bien por haber protagonizado su propio reality. Hablo, cómo no, de Ozzy Osbourne. Juzgad las coincidencias faciales, pese a la diferencia de sexo.




Volvemos al fútbol, y nuevamente al Real Madrid. Y es curioso, porque a mí el fútbol ni me va ni me viene, pero es cierto que hay una cantera de gente que se parece a otra gente (ya veréis, ya). En este caso, me voy a referir a otro compañero del amigo Özil (no confundir con Ozzy, mencionado en el párrafo superior). Si os gusta el tema, conoceréis a un tipo llamado Khedira...



Pues también tiene un doble. En este caso, el actor que ha protagonizado cafradas tales como Bruno o Borat. Damas y caballeros, Sacha Baron Coen:




Seguimos con el fútbol. En este caso, nos movemos al panorama internacional para hablar de un tipo que se encuentra jugando en Inglaterra, concretamente en el Arsenal. Si al menos os gustan los partidos internacionales (es mi caso, los veo a veces, aunque el fútbol no me entusiasme), os sonará la cara de Cesc Fábregas.



Hace algunos años, cuando la Eurocopa, una amiga me habló de este parecido razonable. Yo no tenía muy presente la cara del futbolista (ya he mencionado que para mí el fútbol es algo más bien superfluo en mi vida), pero cuando me lo dijo me fijé.
Es igualito a Sylar, el antagonista de Héroes.



Seguimos con las series y con el fútbol. Este parecido razonable lo dieron por la tele cuando el Mundial de fútbol y, pese a ser el único que no es del todo original, no me he podido resistir a incluirlo. Las razones son básicamente personales. Veréis, la serie a la que me refiero es una de mis favoritas; tengo un amigo que es declarado fan incondicional y el tío se la sabe de pe a pa... entenderéis ahora que no pueda pasarlo por alto, ¿verdad? Os hablo de Dexter. (Próximamente, en Rumbo a la Distopía tendréis la autopsia de la novela en que se basa la serie, por cierto). Pues nada, aquí su protagonista, Michael C. Hall:



Y aquí, Xabi Alonso, también del Real Madrid:



Luego tenemos otros parecidos que son directamente escalofriantes. Especialmente cuando una persona viva se parece a una persona muerta. Es el caso del actor Gordon Levitt, al que yo no conocía hasta que una amiga me habló de él. Fue verle la cara y casi me hago caca del susto.




Entendedme, no es que el chico sea feo ni mucho menos... es que a mí me recuerda poderosamente a una persona fallecida no hace demasiado, y claro... las asociaciones pueden ser, como poco, espeluznantes. Echad un vistazo a Heath Ledger y ya me diréis.



Y hasta aquí, nuestra sesión de parecidos razonables. Si alguno de vosotros desea hacer algún aporte, comentario o decir que tengo la habilidad fisonómica de un extra de Ensayo sobre la ceguera, ya sabe que este es su blog.


Bueno, no, es el mío, pero es una forma de decir que puede sentirse como en casa. Eso sí, nada de dejar tirados los calcetines sucios por ahí ni de comer panchitos en el sofá. Ese derecho me lo reservo yo.


jueves, 10 de marzo de 2011

Escupiendo Rabia- La Señora de las Tijeras y sus Increíbles Amigos



No tardará en volver a hacerlo, señores. Pocas veces una persona que no conozco me causa tanta rabia y repulsión como esta tipa. Usaría términos más contundentes, pero en esta era de represión, demagogia y lagrimitas de cocodrilo ante las críticas mejor me libro de problemas. Paso de cagarme en la puta madre de una persona que ha prostituido su profesión. Se ha prostituido a sí misma como artista y como persona y que se ha dejado embaucar por las repugnantes fauces de la política.

Seguramente, volverá a hacerlo.
No tuvimos bastante con que esta señora censurase una de las entregas de la serie Saw (sin verla) porque le salió de su santo kiwi. No tuvimos bastante cuando se sacó del mismo la ley que "para prevenir la piratería" bloqueaba servidores que enlazaban con páginas extranjeras, asemejándonos cada día más a la "libertad de expresión y comunicación" que se respira en países tan sumamente democráticos como China.

Ahora resulta que la fiscalía va y arremete contra un director de cine en Sitges, porque el contenido de su película es pornografía infantil. Tenemos una ministra de InCultura que, no sólo hace gala de un caso extremo de esquizofrenia, al no distinguir lo real de la ficción. Ahora también unos fiscales que no saben siquiera que la pornografía es aquella que muestra escenas de sexo explícito.
Pero, ¿para qué necesitan ellos saber nada? Tienen poder. El mismo poder que ha obtenido a base de venderse, como la Mujer de Babilonia de la que nos habla el Apocalipsis. Y con ese poder no necesitan más que usar sus Tijeras y cargar contra todo aquello que detesta: en este caso, el cine más o menos polémico o más o menos extremo.


"Chas, chas!!! Que vooooyyy!!!"

Censurar películas. Como si ella fuese una santa. Como si ella misma no mostrase a jóvenes amancebándose unos contra otros. Borrachos. De fiestón. Tomando más drogas que Ozzy Osbourne en sus tiempos mozos. Como si ella misma no hubiese echado al barro la sagrada profesión del Artista (escritor, dibujante, músico, escritor de cine, lo que queráis) al subvencionar con dinero del Estado sus propias películas. No, pero ella puede hablar. Ella está en posesión de la verdad. Ella jamás se equivoca. Es el puto Dios hecho pellejo y hueso, que ni se ruboriza cuando el presidente de la Academia de cine, sintiéndose traicionado por su más que discutible labor, cada vez más represiva, dimite en sus narices y le dedica un discurso que deja muy claro que el mundo artístico está cambiando. Que o nos ponemos las pilas todos o que la difusión de nuestra película se irá a tomar por el mismísimo culo.

Pero eso a ella le soba su Real Raja. A ella y a los listos de sus amiguitos, demagogos y puritanos por doquier. Porque ella tiene sueldo vitalicio. Porque a ellos no le tose ni Dios. Porque gracias a las lamidas vaginales que le dedican sus compañeros de partido y simpatizantes ella ya tiene más que suficiente para satisfacer su ya henchido ego. Gracias a eso, se ve respaldada y se cree con derecho a decirle a la gente lo que puede y no puede ver. A tomar por culo los valores democráticos que se supone que defienden. A la mierda con la capacidad que tiene el pueblo para elegir. Ellos ordenan. Ellos mandan. Y los demás, pobres votantes (o no votantes, simple pueblo llano), nos tenemos que joder con sus decisiones. Con su constante impertinencia. Con su chulería insoportable que hace que a muchos nos entren ganas de hacer como en Egipto, como en Sudán, o incluso en Islandia (cosa que no ha trascendido apenas a la prensa, ¿por qué será? ¿Acaso da miedo que un gobierno en pleno dimita? ¿Que eso se repita en otro país europeo?)



Estamos hablando de censura. Sí, amigos Distópicos. Censura. Ni democracia, ni libertad de expresión ni pollas untadas en manteca colorá. Si un colectivo de soplapollas ve una peli y decide que el resto de la gente no puede verla porque a ellos no les sale de los cojones, es censura. Aquí no vale reirnos de los americanos (la película a la que me refiero, A Serbian Film, será distribuida en Estados Unidos con recortes... algo menos de lo que probablemente pasará aquí si la fiscalía es tan demagógica como parece). Y hablamos de un país que tuvo que proponer el 555 en los teléfonos de las películas porque había gente que llamaba a los números que salían. Un país que es experto en prohibir cosas. Pues bien, les hemos ganado. Ahora nos vamos a reir de nuestra puta madre, para que veáis.
Me comenta un amigo y colaborador asiduo de Rumbo a la Distopía que la película en sí es una mierda como la copa de un pino. Por mí, vale. No pienso ni discutirlo ni suscribirlo. Por mi parte, me parece una opinión más que respetable, teniendo en cuenta que los argumentos que plantea me parecen lógicos y razonables (de hecho, yo mismo pienso que el hacer cine por el mero hecho de provocar es hacer el gilipollas, pero otros pueden verlo de otra manera). Unos pueden estar de acuerdo, y otros no. Aquí no se está defendiendo la impresionante calidad de la cinta ni su fuerza narrativa. Ni siquiera que el contenido de la película sea apto para todos los públicos, o para los estómagos mas cafres del planeta. Aquí lo que se está defendiendo es que otra gente, al igual que este amigo, puedan verla y flipar con ella o cagarse en la madre del director por cenutrio. Pero que al menos haya una oportunidad de poder tener una opinión.

Y es que ahora vamos de puritanos. Porque a alguien se le ha puesto en los huevos decir que somos un país católico, meándose en el principio de Aconfesionalidad que se refleja con toda claridad en la Constitución del país y en los principios democráticos con los que los políticos de una y otra rama se pajean constantemente. Estos catolicuchos de mierda (porque el verdadero Cristianismo se basa en el respeto, y el que diga lo contrario que venga a contradecir unos cuantos años de educación católica que he recibido) van por ahí en posesión de la verdad, condenando al Infierno a todo aquel que no piensa como ellos y formando sus asociaciones de Padres y Defensores de la Moral, que presionan a los medios, a los jueces o a los fiscales para que retiren según qué cosas. Son de los que dicen implantar unos valores, que en realidad son más falsos que Judas. Los Amos del Miedo (ver el post de este blog titulado Hablemos del Miedo para mayor información) La gente que habla de castidad y esas mierdas, pero miran para otro lado cuando algún hijo de la gran puta se la mete (de verdad y no en una película) a un crío en una sacristía. Eso no es censurable, ¿verdad? Con esos tíos miráis para otro lado. Los justificáis. Incluso os hacéis las víctimas diciendo que es que se sentían tentados, o mierdas aún más grandes como algo que escuché una vez acerca del amor hacia los jóvenes por parte de no sé qué obispo.


"Dejad que los niños vengan a mí" es una frase que más de uno ha tomado en un sentido un poco retorcido...

Estos católicos de medio pelo, que son los que miden a la gente por su dinero (ellos se consideran cristianos, para mí son unos putos fariseos) son los que se ponen a ver películas y van por ahí diciendo que no, que eso es inmoral. Que incita a tal o cual cosa.
Cree el ladrón que todos son de su condición.
Igual es que se piensan que todos los demás somos unos reprimidos y que nos vamos a sentir motivados a matar gente sólo porque veamos que un ACTOR, un PERSONAJE, lo hace en una PELÍCULA. Pongo estas palabras entre mayúsculas por si alguien no se ha enterado aún de que una película NO es real. Lo que ves no es cierto. La gente no muere en las pelis, salvando accidentes. No ves asesinatos, violaciones, ni siquiera palizas en directo. Más esquizofrenia.

Ya se ha hablado de censurar cuentos infantiles porque muestran unos valores "atrasados y misóginos". Y sin embargo, no han pensado nunca en censurar la Biblia por mostrar intolerancia con otras tendencias sexuales (la destrucción de Sodoma y Gomorra), con otras creencias (el odio contra los adores de Baal cuando Moisés baja del monte tras haber recibido las Tablas de la Ley), el genocidio (la Inundación, las Siete Plagas, nuevamente la destrucción de Sodoma y Gomorra), la misoginia (la figura de Eva como criatura creada para "obedecer" a Adán y responsable de todos los males, o el papel pasivo de la Virgen María que nunca tuvo ni voz ni voto ante eso de parir al Mesías), la violencia extrema o el linchamiento (el Martirio de Cristo y su Crucifixión). Venga, echadle cojones y protestad en contra de eso. ¿O es que para eso que miráis hacia otro lado?

La destrucción de Sodoma y Gomorra. Para muchos, un mito; para otros, fue verdad. Curioso que los que piensan esto último voten por censurar historias ficticias por mostrar valores nada correctos y no decidan censurar una historia que propugna la intolerancia, el genocido y la mala leche más absoluta. ¿Dónde está la coherencia?

Si amas el cine, te das cuenta de que precisamente la mentira que es, es el quid de su encanto. Saber que vas a ver una peli y que ahí realmente no está sufriendo nadie. Ni la chica va a morir cayéndose de un acantilado, ni su padre ha sufrido un terrible infarto. Ni siquiera el malo muere de verdad, aunque desees que lo merezca. Es una mentira a la que acudimos voluntariamente y que participamos de ella.
Pero aquí llega la Señora de las Tijeras (o llegará, mejor dicho, en el momento en que la fiscalía diga que la película debe ser prohibida) y sus amigos los Amos de Títeres diciendo que no. Que no podemos pensar por nosotros mismos. Que eso no debe verlo nadie. Sin turno de réplica. Volviendo a eras más oscuras contra las que todos despotrican.

Como digo (y apuntan más colaboradores habituales de este blog), si la película es una mierda, si busca el morbo y la polémica, quien debe darle la patada en el culo es la gente no yendo a verla. Pero en ningún caso esto debe justificar una censura. Nadie debe decirnos lo que se debe o lo que no se debe ver.


Tijeras por un lado, títeres por otro...

Vamos más allá entonces, recogiendo opiniones que he leido por ahí y que suscribo al cien por cien: detenemos entonces a Anthony Hopkins por apología del canibalismo, ¿verdad? Podemos detener también a Kevin Bacon por haber abusado sexualmente de Bradd Pitt y sus amigos cuando eran niños. Incluso venga, vamos más allá. Podemos detener Schwartzenegger por regicidio en Conan el Bárbaro. O incluso por violencia de género en Terminator III. ¿Nadie ha pensado en detener a Antonio Resines por provocarle el aborto a una embarazada en Celda 211?

Ah, pero es que el tema es que salen niños, ¿no? Cito más títulos: Trainspotting (un bebé con la cabeza al revés). Drácula, de Coppola: tres vampiras se comen a un recien nacido. El Exorcista. Una niña poseida (que el Vaticano interponga una demanda contra Satán, por favor, que es muy malo y se lo merece). Me remito nuevamente a Sleepers. Mystic River. La chica de al lado. Los pilares de la Tierra. Lolita. Historias buenas, muy buenas, regulares, mediocres, malas o sublimes que hoy en día sería imposible que se publicasen o se distribuyesen sin ser prohibidas o recortadas a golpe de tijeretazo limpio. Pensad en qué será lo siguiente si les dan la razón: podrán prohibir entonces clásicos como La Letra Escarlata (porque muestra un adulterio, o lo que los puritanos consideraban adulterio); Otelo, porque podría incitar a la violencia de género; El Paraíso Perdido por mostrar un poema en el que el protagonista es Lucifer. Películas como Taxi Driver podrían aparecer censuradas por mostrar a Robert de Niro con una Jodie Foster (prostituta, por Dios!!!) de unos trece años. O bien volver a censurar Mandingo por mostrar una relación sin previo matrimonio.

Pensad en eso.

La hipocresía es precisamente esa: rasgarse las vestiduras diciendo qué malos que son los otros, pero al mismo tiempo dándole pasta a los críos para que vean cualquier cosa en el cine, sin importarles una mierda dónde coño se meten cuando salen (recuerdo un grupo de macacos de 13 años pidiendo entradas en mi ciudad para ver Eyes Wide Shut. Fue la propia taquillera la que les recordó la calificación por edades, no sus padres, porque... oh, sorpresa. No estaban allí para decir nada. Igual muchos de ellos estaban más pendientes protestando en pro de derechos de sus hijos, mientras estos estaban intentando ver una peli de tetas en el cine, qué risa, ¿verdad?)
Decir que el cine es malo es una mentira de cojones. Pero lo mejor es que los mismos que lo dicen son aquellos que permiten que sus hijos vean en el telediario a las putas tres de la tarde cómo le dan matarile a una señora en Alcobendas a puñalada limpia o cómo los israelíes se lían a hostias entre ellos a tiro limpio. Ahí la gente que palma es real. Y contra eso no se hace nada. Que no me vengan a hablar de protección del menor ni putas hostias.


El fin no justifica los medios. Como ejemplo, recordad que la madre de Carrie también quería "proteger" a su hija. No os cuento cómo se lo montó...

Y es que estas cosas hacen que se me inflamen las tripas de un modo brutal. Medio planeta abogando por la protección de sus hijos y resulta que ni siquiera los cuidan ellos: los ultraconservadores tienen niñeras que lo hacen por ellos mientras éstos están ocupados en comprarse un traje nuevo para ir a misa; otros no llegan a tanto y sencillamente los aplatanan delante de la tele mientras ellos están en el curro.
La tele haciendo su agosto, por otra parte: mostrándonos gente cuyo mayor éxito en la vida es no haber dado un puto palo al agua, pero basta con haberse metido en un reality, haberle comido la polla a un actor porno cubano o sencillamente por gritar la hostia de fuerte en un programa que se emite a las cuatro de la tarde. Para justificarse, mierdas del calibre de "horario infantil" y "horario protegido". Por mis cojones.

Aquí es cuando me pongo carroza y digo que mi generación no estaba tan "protegida" y los casos de gilipollez crónica eran mucho menores: a las 6 de la tarde echaban el puto Barrio Sésamo y dibujos animados por un tubo. Puede que fuesen más o menos "culturales". Puede que sus valores fuesen más o menos cristianos, pero os aseguro que no había tanta censura, ni una panda de hijos de puta cuyo mayor problema en la vida es la falta de sexo y un exceso de tiempo libre que se dedicase a decirnos lo que podíamos o no podíamos ver. En líneas generales, todos sabíamos distinguir la realidad de la ficción y no pasaba absolutamente nada, o al menos nada que no pudiese pasar en cualquier época.



Y es que es muy bonito echar la culpa a los demás, cuando ves que tus ejemplares hijos se convierten en unos balas perdidas porque no has estado ahí para escucharles. Para preocuparte de que puedan tener algún problema. No, es más fácil decir que han fallado los demás. Que la culpa es de la tele, de los profesores y de un señor que pasaba por la calle.
Pues a esa gente es a la que escucha nuestra Amiga de las Tijeras. A esos y a los que piensan que la cultura debe ser de pago. A esos que envían a sus siniestros agentes a infiltrarse en todos los sectores de la sociedad para que paguen, paguen, paguen, todas las multas y más que a ellos se les pongan en los cojones porque van de protectores del artista.

Y una leche, protectores del artista.
Por eso músicos, escritores o pintores de todo el paìs tenemos que buscarnos la vida por nosotros mismos, ¿verdad? Porque vuestra industria de mierda es tan asquerosamente endogámica que el nivel de comidas de rabo para hacerse un hueco es tan asquerosamente grande que, o te partes mucho los cuernos para darte a conocer o te comes un mojón. Y no me digáis que no sé de lo que hablo. Precisamente conozco gente metida tanto en el mundo de la música como en el de la escritura y sé de buena tinta que la mitad de las veces no importa que seas un artista excepcional. Ni siquiera uno bueno. Es cuestión de suerte, de caer bien y de tener los contactos adecuados. De tragar una cantidad de mierda que sólo tu perseverancia y tu fe en ti mismo evita que te mueras de asco y que acabes dejándolo para ponerte una camisa blanca y acabar confinado en una puta oficina de ocho a tres. ¿A quién coño estáis defendiendo entonces, me lo podéis explicar?


Ah, no, a estos no los protegéis. A estos los multáis. ¿Será porque no tienen acciones en vuestras casas de discos?

Aunque igual eso es lo que quieren. Como en Fahrenheit 451, igual es que el objetivo es hacer que los creadores vayamos desapareciendo poco a poco, desanimados. Enmudecidos. Censurados. Así tendréis un mundo poblado por ovejitas que digan "beeee beeee" a todo cuanto digáis.
Pues yo os digo una cosa: olvidaos.
Meteos las tijeras por el culo.
Muchos de nosotros seguiremos pensando por nosotros mismos.
Veremos lo que queramos ver (o lo que nos dejéis ver), pero no tenemos por qué defender moral alguna.
Y sí, seguiremos pensando que aquellos que nos imponéis vuestros nobles criterios no sois más que una panda de lavadores de cerebros.
No pensamos rendirnos.

viernes, 4 de marzo de 2011

Mondo Chorra- Sobre corrección política, paños calientes y demás imbecilidades



Hace un montón de años, allá por el siglo XVI o XVII, cuando estaba en el instituto, conocí a un tipo que, si bien parecía molar más que los bocatas de chorizo, resultó ser un gilipollas de tomo y lomo. No entraré en detalles de por qué acabamos por mandarnos a la mierda mutuamente ni sacaré trapos sucios que no merece la pena sacar.

El caso es que este tío iba de "sincero" por la vida. Y la verdad es que lo parecía, al menos en un principio. Lo que pasa es que luego vas conociendo mejor a las personas. Y al mismo tiempo, vas conociendo a otras personas. Tú mismo evolucionas un poco y vas aprendiendo a ver las cosas de otro modo. Y te das cuenta de que lo que ese tío llamaba sinceridad no era tal; en realidad no era más que una excusa para poder permitirse el lujo de soltar lo primero que se le pasaba por la chorra, especialmente orientado a insultar al prójimo. Ni que decir tiene, además, que la mitad de las veces era por joder: la inmensa mayoría de la gente no le había hecho nada, pero el chico estaba cabreado con el mundo. Pues muy bien.

Y pasaron tan sólo un par de años y me di cuenta de que este tío no era ni mucho menos tan sincero como pretendía hacernos creer: acabó por juntarse con gente que aseguraba que le caía como el culo y por lamer un par de sfínteres que juraba y perjuraba que no iba a acercarse. Un tío grande. Lo último que supe de él fue que me lo encontré hace algunos años en la parada del autobús y se acercó a mí, contándome su vida como si siguiésemos siendo amigos.
Imaginaos la cara que puse.


Con dos diferencias: una, que yo no soy pelirrojo. Dos, que ni harto de vino me pondría una camisa tan espantosa...

Os cuento esta historia porque precisamente no es algo aislado.
Cuanto más tiempo vivo rodeado de otras personas (amigos, conocidos, compañeros de trabajo, incluso familia), más cuenta me doy de lo falsos e hipócritas que somos. Y cada día me doy más cuenta del terrible asco que me da eso.
Por supuesto, no creo que tengamos que hacer como el personaje arriba citado y usar la sinceridad para ir despotricando contra la gente. Eso se parecería más a lo que mencioné en el post de La Cultura del Despelleje. No van por ahí los tiros.

Decir la verdad o lo que se piensa no tiene por qué ser algo malo en absoluto. No, si partimos de la base de que no siempre vamos a escuchar cosas que nos guste oír, lo cual es algo asumido; quizás la ventaja consiste en saber que, cuando oímos algo bueno, sabemos que no es mentira. Que no nos están adulando ni haciendo la pelota. Yo no sé vosotros, pero me sentiría muy a gusto si tuviese esa certeza cada vez que alguien me dice algo.

Pero no, resulta que se hace justo al revés: cuando alguien hace algo bueno, la gente se saca puntos negativos de la manga nada más que para joder; o bien esa misma persona hace la mediocridad del siglo y tiene a su alrededor toda una legión de gañanes que le encumbran día sí y día también. Tenemos la cultura del despelleje ligada a la cultura de la lamida rectal. Todo de golpe y a la vez.

Este chico ya ha pillado la idea, más o menos. Como este blog no es para mayores de 18 años (una vez más con la corrección política) no he puesto imágenes más fuertes, no sea que la censura decida cerrarlo (ay...)

Así aparecen muchas veces los "Héroes oficiales", que son aquellos que hasta el simple hecho de ir a cagar resulta una auténtica gesta heroica, en la que faltan los mismísimos Dioses bajando del Olimpo para felicitar al susodicho por haber sufrido los dolores del parto con tanto estoicismo. Y como Éstos últimamente no se prodigan mucho, tenemos al grupo de pelotillas dispuestos a hacer reverencias ante tan magnífica propaganda.
También aparecen los "Pringaos oficiales", que son aquellos que pueden construirte un puente de piedra con las dos manos que, como no son Héroes Oficiales, nadie les hace ni puto caso. Dobles raseros y hazañas que molan más por haberlas hecho quien las ha hecho.

Y es que la hipocresía y la falsedad, desde mi punto de vista, a menudo van entrelazadas con la estupidez humana. Sí, sí. Echaos las manos a la cabeza si queréis, pero pensad en cuántas veces alguien ha pasado de vosotros como de la mismísima mierda. Os ha ninguneado, os ha ignorado o incluso os ha puesto a caer de un burro a vuestras espaldas. Y luego, en según qué momentos de vuestra vida, fijaos como esa misma gente reaparece, cual supervillano cutre de tebeo, con una sonrisita en la boca, con sus palabras más chupiguais, queriendo saber de vosotros como si no hubiera roto un plato.

"Hola, no sé si te acuerdas de mí, pero me tiré a tu mujer, a tu hija y a tu madre después de haberlas emborrachado, lo grabé todo en video y lo subí a Youtube. El caso es que me había acordado de ti el otro día como el que no quiere la cosa y pensaba si te apetecería que nos echásemos unas cervezas. Por cierto, ¿qué tal están tu mujer, tu hija y tu madre? Espero que bien..."

Llamadme rencoroso si queréis. Llamadme vengativo, colérico o incluso intolerante. Por decir exactamente lo que pienso he oído esas cosas, o incluso otras mucho peores (al final siempre llego a la conclusión de que son el recurso fácil del que no tiene forma humana de argumentar en contra de estas cosas). Pero es que soy de la arcaica forma de pensar que cuando alguien te manda a la mierda, se niega a saber de ti o simplemente se comporta como un perfecto imbécil día sí y día también durante años, estamos hablando de afrentas que no se solucionan haciendo borrón y cuenta nueva.
Miradlo de esta manera: si tú vas a una tienda, te compras un jersey y, después de ocho o nueve años, se te rompe... no vas a descambiarlo, ¿verdad? Pues trasponedlo a las relaciones humanas e intentad explicarme por qué la gente se cree que la gilipollez prescribe. Y si sois de ese credo (lo cual me parece respetable), por favor, intentad darme argumentos que yo pueda entender.

Y es que no entiendo tampoco a los Kofi Annan que nos vamos encontrando por la vida. Aquellos que se enteran de una de estas historias de modo parcial, generalmente sesgado y la mayor parte de las veces acaban sin tener ni puñetera idea de qué va el asunto. Esos Pacificadores, cuyos argumentos tienen la misma fuerza que la ONU (y generalmente la gente con dos dedos de frente les hace el mismo caso, para qué nos vamos a engañar), que se plantan en medio y te dicen que hables con la persona que te ha mandado a hacer puñetas, que así no se puede ir por la vida.
¿PERDONA?

Eso es como si un buen día, Francia decide invadir España (o si queréis, trasladáos a las guerras Napoleónicas, cuando pasó de verdad) y quedarse con todos sus recursos naturales, matando de hambre al pueblo. Y, tras unos... no sé, pongamos veinte años de ocupación, la Comunidad Internacional le diga a los españoles que tienen que llevarse bien con los franceses. ¿Vosotros con qué postura os quedaríais?
A esos pacificadores, a esos desfacedores de entuertos, les pido que por favor me expliquen qué coño les pasa por la cabeza para coger la lanza, ponerse la armadura plateada, subirse al caballo blanco y vayan por ahí diciéndole a la gente que no pasa nada, que no hay motivos para cabrearse. Que pelillos a la mar.

Una mierda.
Es una postura hipócrita, esa de mirar para otro lado con lo malo e ignorar todo aquello que no esté revestido de color Teletubbie. Más aún cuando la emplan para recordarte que si no formas parte del Clan de la Sonrisita en la Cara Ante Gente a la que Ni Tragas eres malo. Malo malísimo. Intolerante. Un ser terrible escupido por el mismísimo Infierno.
Pues no. Ni soy de ese credo ni voy a caer en la trampa de tener que pedir disculpas por decir la verdad, le duela a quien le duela. No tengo por qué justificarme por negarme a hacerle la pelota a nadie. Por tener que aparentar que alguien me cae bien. No, no soy así, y el que me conoce lo sabe. ¿Soy mejor que los demás, acaso? Lo dudo, pero desde luego que no soy peor. Porque cuando la cago, al menos tengo el detalle de pagar por ello. Muchos están ahí para recordármelo; quizás lo que cabrea es que esta vez sea yo quien esté trazando la línea en el suelo...


Hablemos de moral y filosofía al respecto. Venga, si queréis argumentos, os daré argumentos; como siempre, todo lo sólidos que se me ocurren, procurando siempre encontrar una postura medianamente racional acerca de lo que digo (luego, como siempre, podéis estar de acuerdo conmigo o corregirme, que para eso está el apartado de comentarios; pero no me digáis que no sé de lo que hablo).
Vamos a hablar de lo que es justicia, para ir abriendo boca. No hablo de leyes, ni de códigos civiles o penales. Me refiero a lo que es justo y a lo que no. A lo que entendemos por lo que "moralmente está bien y lo que moralmente está mal". La justicia no es esta sarta de mierda a la que me vengo refiriendo desde el principio de este post. La justicia, desde el punto de vista aristotélico (llamadme pedante, pero ya os he dicho que iba a argumentar. Si os molestan estos principios, como decía Groucho Marx, tengo otros más abajo) consiste en que todos, absolutamente todos, debemos recibir exactamente lo que damos. Ni más, ni menos. En el momento en que fallamos a ese principio, la Balanza se desequilibra y la justicia se va al carajo.

Kant hablaba de algo por el estilo. Siempre fue un filósofo que me resultó complejo y pejigueras a la hora de estudiarlo, pero se me quedó bastante bien su apartado referente a la ética. Este señor decía que no debemos comportarnos con la gente de un modo que no nos gustaría que usase nadie para comportarse con nosotros. En resumidas cuentas: si no quieres que la gente que te rodea te haga cosas malas, no le hagas cosas malas a esa gente.

La religión católica, de la que la mayor parte de la gente se ha quedado con la chorrada de "Poner la otra mejilla", también hace referencia a un detalle que me gusta: "Por sus obras los conoceréis" (Mateo 7:16). ¿Cómo se interpreta eso? Muy sencillito: que la buena gente no lo es por lo que dice, sino por lo que hace. Ya pueden llamarse Pepito, Juanita o Gumersindo. Ya pueden ser animadoras, jefes del club de debate, director del periódico del colegio, tener una 100 de sujetador o un miembro viril que sirva de asta para la bandera en la plaza del pueblo. Si esa gente se comporta como unos perfectos imbéciles (no hablamos de llegar tarde a una cita, por supuesto, sino de imbéciles en toda regla), tienen que someterse al mismo rasero que el resto de los mortales.
Porque a muchos de los demás bien que nos la lían cuando la hemos cagado. Bien que hemos tenido que escuchar censuras de todo tipo, mientras que otros, que parecen haber nacido bajo una Estrella de las Gordas, hacen cosas mucho peores y resulta que es que ellos "son así". Con eso ya lo tenemos todo arreglado. Justificado. Carta blanca para los que son guais.

He puesto el ejemplo más obvio que es el del físico, pero seguramente todos vosotros conoceréis a gente a la que se le permite todo por ser quiénes son...

Y así funciona todo esto. Vamos creando, todos nosotros (de esto no se libra nadie), una sociedad basada en mentiras. En la que, precisamente por esto, cada día nos cuesta más fiarnos del prójimo. Donde las expectativas que se van creando (tanto sobre uno mismo como las que uno crea sobre los demás) son cada día más aplastantes y, por tanto, las decepciones son cada vez mayores.
Es la cultura del ponerse buena cara por delante y de llamarse perro judío a las espaldas (al primero que me llame antisemita por esto le meto una hostia por querer ver donde no hay: en este contexto queda claro que es una expresión coloquial). De ser más falsos que el puto Judas.
Luego no lloréis si veis que la gente os falla. Vosotros, nosotros, somos todos responsables de hacer girar esta rueda. Lo que pasa es que cuando nos viene todo de vuelta, jode. Pues para la próxima, pensad en lo que habéis jodido vosotros a los demás y ya me diréis si habeis salido tan mal parados, después de todo.

Pero esto no queda aquí. Trasciende lo meramente social y va mucho más allá. Héroes y Víctimas aparecen a todos los niveles y manifestar en público una determinada postura (por muy bien que la argumentes) que no es la que está de moda conlleva que la gente se eche las manos a la cabeza, aunque piense exactamente lo mismo que tú. La razón, supongo, es que los valores de hoy en día no han mejorado con el paso de los siglos. Si bien los autores de cada época denunciaban la hipocresía de su sociedad y nosotros, en nuestra Magnánima Sabiduría los leemos con condescendencia en plan "hay que ver qué falsos que eran", resulta que nosotros somos exactamente igual de mentirosos. Igual de pelotas. Igual de cobardes, que no tenemos lo que hay que tener para decir lo que pensamos, sea bueno o malo.
Ya os hablé anteriormente de la libertad de expresión. Esta no es más que otra razón por la cual me parece una patraña.

Héroes y Víctimas oficiales. Las hay en todas partes. Y también habrá imbéciles que se posicionen, da igual si entienden del asunto o no...

Hubo alguien que dijo que el sabio es aquel que piensa lo que dice, en lugar de decir lo que piensa. Yo (que ni me considero ni sabio, ni demasiado inteligente, pero al menos sí me considero una persona honesta, le pese a quien le pese) digo que, con semejante planteamiento, paso de la sabiduría; aunque, por otra parte, también digo que el que no piensa absolutamente nada antes de hablar y que no es consecuente ni con lo que dice ni con lo que piensa, es el mentiroso de la peor clase: el que se miente a sí mismo. Y en definitiva, no es más que otra razón para pensar que el mundo se está yendo a tomar por culo por superpoblación de gilipollas.

lunes, 28 de febrero de 2011

Escupiendo Rabia- Superhéroes rosas




No hemos aprendido.

Lo que yo os diga, la raza humana y, en especial, el homo hispanicus, somos algunas de las criaturas más subnormales que ha parido el planeta Tierra. Ya está bien de putear a los americanos, a los que miramos para justificarnos. Basta de decir "pues ellos son peores". Eso no vale.

Parece ser que la gente, que el pueblo y la prensa, no tienen memoria.
Yo era pequeño y me acuerdo. Me acuerdo del cipote que se montó (y con razón), cuando algún hijo de la grandísima puta se cargó a tres chavalillas en Alcásser que lo único que hicieron fue cometer el error de topar con gente demasiado poderosa, con gente demasiado enferma y con demasiada mala leche, que les hicieron pasar una noche que para las pobres muchachas se quedaba.

No voy a entrar en la crónica negra, ni en lo que hicieron con ellas. Ya hay montones de informes forenses al respecto y gente que, en su día, se informó mucho mejor que un niño de unos diez años (la edad con la que contaba yo por aquella época, año arriba, año abajo).
En realidad, quería hablar del show mediático que se montó por aquel entonces. La Gran Nieves Herrero, en un alarde de profesionalidad, metió al pueblo entero en su plató de televisión justo el mismo día en que se habían enterado del hallazgo de los cuerpos de las pobres criaturas. No quiero ni acordarme de las preguntas que le hizo a la gente (incluídos los padres) al respecto.

Con este caso se abrió la Era del Morbo y la Carroña en nuestra tele.
Algún tiempo después (avancemos nuestros calendarios hacia 1993 o 1994), la misma Periodista de Calidad, se encargó de cubrir el reportaje sobre los asesinatos del rol: tres frikis con una psicopatía de caballo se cargaron a un señor en una parada de autobús. Resultó que, como psicópatas que eran, confundieron su juego de rol con la realidad y así acabó el tema. La señorita Herrero se encargó de preguntar a todo el que se le ponía por delante si el juego en sí era peligroso. Hasta aquí bien, ¿verdad? No habría estado mal si hubiera sido una pregunta de sí o no. No una pregunta retórica: "Es peligroso, ¿verdad?". Ahí yo era un poco más mayor para entender las cosas. No me costó reconocer en lo más mínimo que la tía disfrutaba echando por el barro algo de lo que no tenía ni la más mínima idea.


Cuidado: más allá de su apariencia inofensiva, estos chicos son psicópatas en potencia y juegan a algo muy, muy peligroso...

Así fue cuando empezaron a surgir los llamados realities, donde nos mostraban un mundo tan negro y tan podrido que te daba susto salir a la calle aunque fuese para mear en una esquina. Ya no quedaba asesinato, atraco con violencia, paliza, suicidio o violación libre de las cámaras. Cuanta más sangre y más detalles se dieran, mejor. Los medios eran tan agresivos o más que las cosas que mostraban.

Y llegamos a la década de 2000 y 2010. El puñetero siglo XXI. El futuro. ¿Habéis visto lo que tenemos?
Exacto. Más circo.

Ahora resulta que los medios se erigen como adalides de la justicia. Vemos a Mercedes Milá que va por ahí cazando pederastas, cámara oculta en mano, con micrófonos ocultos, escondida en una furgoneta, haciendo la labor que debería hacer la Policía.
Vemos interrogatorios inquisitoriales en la tele, como el caso que da origen a este post, cuando el otro día hicieron confesar en un plató de televisión a la mujer de Santiago del Valle, diciendo que éste se había cargado a la pobre niña.
Veo cómo el padre de la criatura (en un comprensible estado emocional bastante tocado) agradece a los medios la ayuda prestada... y los medios, en respuesta, se sienten como los Vengadores. Como La Liga de la Justicia. Como los putos X-Men.
Para justificar semejante pasada, empiezan a hablar de su derecho a informar. De su derecho a denunciar las injusticias. Como si se creyeran los putos periodistas del Watergate, empiezan a decirnos que esto es lo que prima en una sociedad democrática.
Y ya estamos con la democracia, para no variar...


Más o menos es así cómo debían sentirse nuestros bienamados periodistas al sentir que eran más guais que la poli. Que habían descubierto a un criminal y lo habían puesto entre rejas...

La democracia no es sólo tener derechos. La libre expresión, en contra de lo que nos quieran vender, no consiste en soltar lo primero que nos salga de los huevos. No nos permite tomarnos la justicia por nuestra mano (por mucho que queramos, como el padre de esa niña) para que nosotros capturemos a los criminales. Para que nos saltemos todo el proceso judicial. Para que hagamos lo que nos de la gana. Eso es demagogia pura y dura: el viejo lema de "pero es que en mi casa se juega así" (como decía Luis Piedrahita en su monólogo, "ya te pueden pillar jugando al tres en raya con cocaína, que diciendo eso quedas exculpado).

La democracia es además ser consciente de que por cada derecho que tenemos, tenemos también obligaciones. Deberes. Responsabilidades. De eso no habla nunca la prensa. Son el Cuarto Poder, y su dominio consiste en tirar la piedra y esconder la mano.
En la entrevista que vi anoche, la piedra ya había descalabrado a más de un juez, y luego escondieron la mano al decir que no tienen tanto poder como para hacer presión sobre los tribunales. El Cuarto Poder tiene potestad para eso y para más. Ellos mismos dijeron que el Washington Post fue capaz de destituir un senador en los Estados Unidos. ¿Y dicen que la prensa no es capaz de presionar a los jueces? Por favor.

La prensa en España (vamos a centrarnos en mi país; otros que viváis en otra parte podréis aportar vuestras experiencias personales en otra parte) es aquella que es capaz de joderle la vida a alguien sólo por un pálpito o porque simplemente les sale de las pelotas. Me remitiré una y otra vez al caso de Dolores Vázquez, que fue condenada SIN PRUEBAS por un tribunal popular (¿Un tribunal popular en un caso de asesinato? ¿Estamos locos?), gracias a la cojonuda presión mediática, a la que le dio la gana de acusar a una mujer que estaba peleada con la madre de la víctima.
Intelectuales de la talla de la Gran Ana Rosa Quintana (famosa por ir de adalid de la moral después de haber plagiado una novela, que no habría sido retirada del mercado si su "negro" no hubiera abierto la boca) ya hablaban de la mujer como culpable ANTES de que se hubiese pronunciado un veredicto. Ella y muchos otros, como apuntan algunos de los distópicos más fieles. Mi pregunta es: ¿es esto democracia? ¿Es esto el supuesto de que una persona es inocente hasta que se demuestra su culpabilidad en un juicio?



La prensa en España es esa que, en el momento en que está de moda denunciar los casos de maltrato (digo moda porque hasta hace quince años no salía jamás algo así en la tele... y dudo mucho que sea una lacra moderna de la sociedad) es capaz de decir que una mujer ha sido asesinada y, sin tener siquiera acceso al informe forense, sin haber hablado siquiera con la Policía, y sin tener ni una puñetera pista, ya te sueltan en el titular "posible caso de violencia de género". Son como Dios. Lo saben todo. Lo ven todo. Con un par de cojones. ¿Que a lo mejor es verdad? Nadie lo niega. Pero, ¿quién coño son ellos para meterse en el trabajo policial?

Y hay cosas aún más escalofriantes: es el hecho de pensar que su ansia de carnaza no tiene límite. Que sonríen cada vez que consiguen desmayos en un plató de televisión, porque saben que eso es un puto triunfo. Que el morbo que regalan a espuertas les genera audiencia. Que gracias a la audiencia se crecen, se vienen arriba y se consideran a sí mismos como lo único que defiende a la sociedad del caos. Así van, como modernos superhéroes, pasándose por el forro todo el proceso judicial (que vale que es lento, que vale que no es el mejor... pero está para algo; ¿qué pasaría si de repente todos nos dedicásemos a perseguir a aquellos que consideramos sospechosos de algo? Esto sería la jungla), permitiéndose juzgar a la gente sin absolutamente ninguna responsabilidad. Sin pensar que igual se equivocan. Que están poniendo en la picota a un inocente. Que le están arruinando la vida a alguien. Eso les da exactamente igual, porque su poder lo marcan los índices de audiencia. Si la han cagado, las disculpas funcionan a la perfección: una disculpa hipócrita y a ver a quién se machaca hoy.





Y la verdad es que me cabrea, para qué negarlo. Me cabrea esta doble moral de la sociedad de mi país, que habla de derechos para lo que les da la gana y para quienes les da la gana (los periodistas que van de justicieros son de la misma calaña, si no los mismos, que hacen entrevistas a perseguidos por la justicia e imputados en algún caso, pagándoles cifras escandalosas; ahí no pasa nada. El pueblo asqueado con el paro y todos sin un puto duro, pero chorrocientos millones a un subnormal que se chotea de la ley española mientras está en Quintocoño tomando daikiris). Que habla de libertad de expresión y al mismo tiempo implanta una censura escandalosa y repugnante (no hace mucho escuché un debate acerca de nombrar una comisión que regulase los contenidos en televisión. Lo que en otras épocas menos "libres" llamaban censores), que es cada día más asfixiante.

Los mismos que hablan de democracia son aquellos que se pasan por el culo principios tan básicos como la presunción de inocencia. Los mismos que te dicen "de esto mejor no hablar". Son exactamente los mismos hipócritas que nos hablan de proteger a los menores (como si fueran una especie aparte, más débil y más idiota, aunque no hayan hablado con un menor en su puta vida) mientras toda esta mierda (o la mitad) la ponen en horas en que un crío puede estar viendo la tele.

Me cabrea el ensalzamiento de la víctima, a la que no hacen recordarle una y otra vez que es una víctima antes que una persona. Es el caso de la Enfermera Gollum de la serie South Park, que nació con su siamés muerto pegado en la cabeza e iba por ahí con el feto colgando. De pronto, todo el mundo decidió que la buena mujer era una causa más que una enfermera y le dedicaron tanta atención que era igual o peor que si la hubieran ignorado, obligándola a participar en desfiles en los que sólo aparecía ella y creando premios sólo para que ella los tuviese.


La enfermera Gollum, participando ella sola en un humillante desfile pro-igualdad que, paradójicamente, no hace más que ensalzar la diferencia y recordarle a todo el mundo que la pobre mujer es diferente, cuando ella lo único que quería era hacer su trabajo honradamente, como cualquiera.

Me pone enfermo el hecho de que haya víctimas que empleen su condición para llenar los platós y formar parte del circo, corrompiéndose y prostituyéndose por un puñado de dinero. Me comentan que el padre de una de las niñas de Alcásser fue uno de los pioneros en estas prácticas. Los datos que han llegado a Rumbo a la Distopía son bastante extensos, pero haré un resumen diciendo que este señor se aprovechó de la violación, tortura y muerte de su hija para crear una fundación, montar una empresa (él la llamaba organización), sacar un montón de pasta e ir viviendo del cuento, mientras los padres de las otras dos muchachas se desmarcaban de su concepto de hacer marketing con la muerte de una hija, que le permitió aumentar su patrimonio de una forma descarada. Muy bonito, eso de aprovechar algo tan macabro. De explotar a tu pobre hija, a la que mataron unos hijos de puta. Me pregunto si ese hombre se creería mejor que ellos.
Y no es el único caso de gente que busca hacerse famosa a costa de la desgracia. Acordaos del caso de la mujer del supuesto maltratador al que se enfrentó el profesor Neyra. Y el propio profesor Neyra (ya hablé ampliamente de este caso en un post anterior), aclamado como héroe en un principio, demostró sus verdaderos colores al salir del coma. Que no me vengan hablando de valores. Ni víctimas ni verdugos los tienen ya.

Y sí, me toca muchísimo los huevos que me hablen de democracia, como si fuera la Luz frente a las Tinieblas, para que luego lea la Constitución y descubra que todo el puto país se la pasa por el forro de los cojones. Muchos parece que ni siquiera saben de qué coño están hablando, como si nuestro sistema de gobierno fuera el Godot que nos lo soluciona todo, pero que jamás viene. Luego hablan en contra de la Iglesia... pero estos lo único que hacen es hablar de la Constitución y la Democracia como aquellos fanáticos religiosos de las películas hablaban de la Biblia: la tenían todo el día en la boca, pero no se cortaban un pelo en odiar a sus enemigos (algo muy cristiano, dónde va a parar) y quemar en la hoguera a los que pensaban diferente.



La democracia no es jauja: es elección del pueblo, PERO por un pueblo responsable que debe saber a dónde les encaminan sus decisiones. Por gente que tiene la obligación de ser consecuente y, si los contenidos que hay en una televisión no convencen, no dejar que implanten la censura, sino ser ellos mismos quienes elijan no verlos. En un mundo democrático ideal, la gente pensaría por sí misma y no se harían juicios paralelos: se esperaría a que la justicia actuase y luego se estaría de acuerdo o no, pero no se haría como en la puta Edad Media, que se colgaba a la gente sólo por encontrar un culpable a quien odiar.
Lo que tenemos, pues, es un país de borregos que se dejan manipular por los medios como si fueran putas marionetas. Un país de lloricas y tontos del culo que no hacen más que decir "pero es que yo tengo derecho", sin pensar en sus obligaciones para con el sistema. Gente que llora mucho, muchísimo, pero que no aporta absolutamente nada.

Señores, si queréis mi opinión, hace años que no vivimos en democracia, por mucho que nos insistan (suelo pensar que cuanto mas te insisten acerca de algo, más intentan convencerte de una mentira). Vivimos en lo que (creo) dijo Aristóteles, cuando mencionó que no existe el sistema de gobierno perfecto, porque tiende a la corrupción. Vivimos en la puta demagogia.