martes, 22 de diciembre de 2015

Escupiendo Rabia- ¿De verdad creéis en la democracia?




Hoy vamos a empezar con una reflexión políticamente incorrecta. Una declaración de intenciones, si queréis llamarlo así.
Veréis, yo no termino de creer en la democracia.
Vale, ¿habéis empezado a rasgaros las vestiduras y a berrear que apoyo los sistemas dictatoriales? ¿Habéis empezado ya a poner el grito en el cielo, y a apoyaros en vuestra clásica falacia de "Si no apoya a A, es que apoya a B, su total opuesto"? Venga, os dejo que berreéis lo que os dé la gana un ratito y ahora sigo.
¿Bien?
Planteaos esto: cuando uno va a un restaurante, espera que el camarero que le atienda sea el mejor de todo el establecimiento; del mismo modo que cuando uno va al médico, le gustaría ser examinado por alguien que esté tan preparado como el mejor. Pues si asumimos este principio, mi ideal de la política viene a ser tres cuartos de lo mismo.
Tiendo a pensar que, si tomamos este principio como cierto (en plan hipótesis, tampoco es que esté yo dando nada por sentado, ojo), la sociedad tendería a preferir un sistema oligárquico: consideramos que quien desempeñe una función o servicio hacia la comunidad debe partir de un nivel de preparación muy específico, o tener una meritología (que no meritocracia) que le respalde. Si no, pensemos en nuestra actitud un día que vayamos a operarnos y, por el motivo que sea, nos enteramos de que nuestro cirujano es lo más parecido a un carnicero y tiene récord de muertes en quirófano: pues eso, que no lo queremos ni en pintura y estamos como locos pidiendo que por favor nos pongan a alguien preparado.



Que sí, que Nick Riviera nos parece gracioso, pero no lo queremos operándonos ni en pintura.


Con el tema de la opinión, lo veo tres cuartos de lo mismo: ahora se ha puesto bastante de moda opinar absolutamente sobre todo, se haya estudiado el tema o no. Si me da la gana, yo puedo ponerme a hablar sobre ingeniería nuclear, medicina, educación, o (oh, sí) literatura sin haber estudiado ninguna de estas disciplinas. Que sí, que vale, que yo sí he estudiado literatura durante años; pues no os queráis imaginar la de gente que se ha leído unos cuantos libros, algún que otro manual de esos de "Pétalo en Twitter para vender tu libro como si fueran churros" y otro de esos de "Así se escribe bien, y si no, es que escribes mal" y ya ha venido  en plan académico, contándome verdaderas idioteces sobre lo que es la materia que yo llevo años estudiando. Extrapolad esto a vuestras carreras, vuestras profesiones o a cualquier área que hayáis trabajado de forma concienzuda y os daréis cuenta de lo terriblemente molesto que resulta que alguien venga a daros lecciones desde la más brutal ignorancia.
Pero tienen derecho a opinar, dicen.
Volvemos entonces a la cuestión de la oligarquía: existe el derecho a opinar, por supuesto, pero... ¿Es la opinión de alguien que no sabe de lo que está hablando igual de válida que la de alguien que sí? Podemos ponernos todo lo democráticos que queramos, pero para mí la respuesta es un rotundo no. Alguien que desconoce un asunto a la hora de hablar de él, jamás podrá tener una opinión con la misma validez que alguien que sí. Lamento decirlo, amigos Distópicos, pero en estos casos tenemos un ejemplo de que no, de que no todo el mundo es igual. No en este punto.


"Yo es que no entiendo de esto, pero es mi opinión".
Mantra moderno.
Pues vale.


Pasemos, pues, al tema de moda de esta última semana, que han sido las elecciones: sí, las elecciones. Las famosas elecciones. Esa rachita que me habéis dado, queridas almas de cántaro mías, dándome lecciones acerca de lo que está bien y lo que está mal. De cuál es la opción correcta y cuál el demonio encarnado. Muchos, muchos de vosotros, habéis intentado condicionarme, forzar mi voto en vuestro favor o simplemente persuadirme para que no vote a aquello que no os gusta. Habéis puesto vuestra opinión por encima de la mía, cuando yo ni siquiera he manifestado hacia dónde va a ir mi voto. Una vez más, habéis malinterpretado el derecho de la libertad de expresión (algo puramente democrático) con el derecho a vulnerar la opinión de los demás.
Como digo, no creo mucho en la democracia, ni siquiera en un sistema electoral basado simplemente en el número. No creo que la gente tenga más razón única y exclusivamente por ser mayoría; no creo que una persona que no tiene ni idea de lo que está votando tenga un voto con la misma validez que alguien que vota de forma concienciada. No me parece justo que se manipule a las masas desde la desinformación (sí, a la que muchos de vosotros habéis contribuido estos días, me temo) y que al final esto se convierta en un Club de la Lucha, donde los de una ideología se dan de hostias con los de la contraria... básicamente porque se supone que tienen que hacerlo.
No creo en la democracia tal y como está concebida, pero quiero que quede clara una cosa: es el sistema en que vivo y lo respeto. Creo que es mejor que muchos otros sistemas (por ejemplo, una dictadura; lo digo por si algún subnormal se piensa que por no parecerme el mejor sistema me voy a convertir en un fascista o algo así), pero me parece un sistema falible y mejorable.
Por el contrario, creo en el sistema oligárquico que he mencionado arriba, pero soy coherente: tampoco creo que, siendo como es el ser humano, fuera a funcionar a largo plazo. Al final todo sistema (formado por humanos falibles) acaba volviéndose falible y se corrompe a sí mismo.



Del mismo modo que tendemos a pensar que los mejores atletas son los que deberían ir a las Olimpiadas, tiendo a pensar que las mejores mentes son las que deberían gobernar un país.
Pero no nos confundamos: esto no es ninguna utopía; en ningún caso eso nos libraría de la corrupción, el enchufismo o el hijoputismo y, posiblemente, llegado el caso, estaríamos en las mismas (o peor) que hoy en día.
Pero, puestos a elegir si prefiero eso o un puñado de inútiles que encima sean corruptos, pues qué queréis que os diga...


La democracia también se corrompe a sí misma, ¿no lo habéis notado? En nuestro país, llevamos haciendo un mal uso de ella desde hace ya bastante. Para empezar, no hay más que ver esa actitud del humano de a pie, que se piensa que vivir en un sistema democrático es hacer lo que a uno le dé la puta gana porque tiene derecho. Pensar que vives en un sistema que te protege absolutamente de todo, pero al mismo tiempo ignorar que todos los derechos que ejerces debes hacerlos desde la responsabilidad. Que, como ciudadano, también tienes unos deberes.
Hemos tomado la mejor parte de la idea de la democracia y la hemos prostituido, vejado y tirado en una cuneta. Partiendo de ese principio, no hay más que ver cómo la hemos gastado cada vez que se ha hablado de política en este país. Incapaces de superar viejas rencillas (de la época de nuestros abuelos, por los clavos de Cristo), las hemos tomado como nuestras y nos hemos pasado por el forro eso de la pluralidad de opiniones o del derecho a que cada uno vote lo que le dé la puta gana, que para eso están las urnas. Yo soy de pensar que la gente que vota debería hacerlo de forma consciente y responsable, mirando con cierta cautela cuáles son las distintas alternativas de voto y dejarse de payasadas del tipo "Es que en mi casa se vota a esto", o "Ahora voto a estos para joder al gobierno"; pero como sé que la gente no es así y que la mitad de las veces ni siquiera tiene ni puta idea de lo que vota (esto lo he vivido en directo), pues oye, me jodo y me aguanto. Pienso que tenemos lo que nos merecemos y que, viendo el nivel de la educación en este país desde hace ya bastante, pues como que no damos para más.
No creo en el voto irresponsable, pero acepto que la gente lo haga; más que nada, porque está establecido en un sistema electoral que, como he comentado y que no me cansaré de insistir, respeto porque es el sistema en que vivo. Y porque, como persona escéptica, desconfío de que la opción en la que creo vaya a ser mejor. Simplemente lo creo, pero no necesito convencer a nadie, pues no me mueve una fe ciega ni esa seguridad tan firme que guía a unos cuantos iluminados que tengo que escuchar a diario.


Ahora todo el mundo parece profeta.
Y digo yo "Coño, qué suerte tenemos, que vivimos en una época en la que tienes un gurú en cada esquina para que te diga lo que tienes que pensar..."


Insisto: no creo mucho en la democracia. No como ese sistema infalible y utópico que la gente se cree que es. Pero, insisto también, creo que, de todos los sistemas políticos posibles, es de los menos malos. Prefiero que me gobierne un inútil que ha escalado el puesto dentro de su partido a base de comer congrios y lamer culos, a que me gobierne un hijo de puta que es igualmente inútil, pero al que se le ha puesto en sus santos cojones gobernarme, lo quiera el pueblo o no. De creer en algo, creería en un gobierno de gente preparada, que está donde está porque saben perfectamente lo que están haciendo, y tienen la conciencia suficiente para administrar el país de forma responsable. Con un sistema político así, tal vez no haría falta contar con que la gente fuese responsable a la hora de ejercer su voto, y ni siquiera haría falta plantearse eso de que haya que estudiar para poder votar. Si la gente fuese consciente de la responsabilidad que acarrea un voto, en lugar de pensar que está jugando un Madrid-Barcelona, tal vez las cosas fuesen diferentes.
La cuestión es que no cuento con ello. Me jodo y me aguanto, pues. Porque tampoco tiene por qué gustarme.


Pues no. No uta eto.


Si seguimos un poco ahondando en este tema, tampoco es que crea mucho en el bipartidismo. No le veo mucho sentido a que los mismos de siempre estén acomodados en sus puestos y se les eche solo cuando la han cagado MUCHO (y a veces, ni eso), para ser sustituidos por otros que, en definitiva, no es que supongan grandísimas diferencias. Soy más de creer en el pluralismo político (no lo veo del todo incompatible con que lo que gobierne sea una minoría altamente preparada) y en el derecho de cada uno a creer en la opción política que le salga de los cojones.
Subrayo esto porque esa actitud me ha venido matando estos días. Como he dicho, no creo en el bipartidismo. No estoy obligado a ello; pero, insisto una vez más, pienso que cada uno es libre de creer en ello si le da la gana. De ahí que haya visto burlas constantes a la democracia cuando en estas elecciones Marianete (bipartidista como él solo) haya vuelto a salir elegido. Las burlas hacia aquellos que los han votado han sido ATROCES, sobrepasando incluso el concepto de insulto. De subnormales para arriba los han puesto, lo que está precioso, cuando nos ponemos a pensar en lo demócratas que decimos ser todos.


"¿QUE HAS VOTADO A QUIÉN? ¡SUBNORMAL! ¡MONGOLO! ¡GILIPOLLAS! ¡HIJO DE LA GRANDÍSIMA PUTA! ¡POR TU CULPA Y DE TODOS LOS TONTOS DEL CULO QUE PIENSAN COMO TÚ NOS VAMOS A LA RUINA! ¡A LA PUTA RUINA!"


Que a ver, caballero, ¿a usted no le convence el resultado? Pues está en su derecho a decirlo y manifestarlo. Usted se encuentra en su pleno derecho a decir que esta elección le parece poco adecuada; puede incluso verla errónea y hasta decir que no cree que tal candidato le parezca la mejor opción como presidente para los próximos cuatro años. Es una postura respetable, que puede compartirse o no, pero no deja de ser un punto de vista.
Lo que no es respetable ni es un simple punto de vista es eso de manifestar verdaderas mamarrachadas como "España está llena de subnormales que votan a los de siempre" o el consabido "Disfrutad lo votado" o las clásicas amenazas de exilio (sin cumplirse, por supuesto) solo porque uno no está contento con el resultado, con un discurso de lloriqueo que hace que cualquiera que lo escuche se piense que vive en una dictadura (una de verdad) en la que le fueran a pegar un tiro en la nuca solo por ser de una ideología diferente a la del gobierno. Ver como hay grupos del tipo "Yo no voté a no sé quién, pues vete a la mierda" o "Si votaste a no se cuántos te jodes", demuestra de todo menos una conciencia democrática. Demuestra una absoluta falta de respeto hacia el resultado de unas elecciones y hacia aquellos que, por el motivo que sea, han depositado su confianza en tal candidato. Es pasar del derecho de la libertad de expresión al insulto, a la pataleta porque no ha salido el resultado electoral que uno quería.


"¡NO HA SALIDO LO QUE YO QUERÍA! ¡SOIS TODOS IMBÉCILES!"


Puede que yo no crea demasiado en la democracia (o no al menos como esa utopía que os habéis creído que es), pero al menos la respeto.
Vosotros habéis intentado influir en la opinión de los demás, diciéndoles lo que tienen o lo que no tienen que votar, como si eso fuera asunto vuestro. Dando por hecho que vuestra opción es mejor.
Habéis compartido información sin contrastar, a menudo bulos con bastante mala leche.
Os habéis enzarzado en auténticas peleas de insultos con la gente que no es de vuestra ideología. En el mejor de los casos, os habéis reído de aquellos que han manifestado seguir a formaciones distintas a la vuestra, como si aquello en lo que creéis estuviera libre de mácula alguna.
Habéis votado, muchos de vosotros, sin la más mínima conciencia. Desde una fe ciega en que vuestra opción es la mejor, que ríete tú de cualquier fanático del fútbol, religioso, o del tipo que sea. Pero se ve que, a la hora de votar, no existe el fanático. Solo el "concienciado".
Os habéis meado en el resultado de las elecciones (que, aunque no os guste cómo están planteadas, son legítimas y están reguladas por leyes, y no dejadas a la anarquía o la arbitrariedad) y os habéis comportado como unos auténticos energúmenos solo porque el resultado no es al que habéis votado vosotros. Habéis demostrado que no sois capaces de asumir que hay otros puntos de vista; que la mayoría (o al menos, la que ha salido reflejada en las urnas) no coincide con vuestro criterio. Pensáis que la democracia es la razón de esa mayoría, pero luego sois incapaces de aceptarla, cuando la mayoría dice algo que no os gusta.
Decidme: con estas actitudes tan respetuosas, tan dignas y tan civilizadas por vuestra parte, ¿de verdad creéis en la democracia?

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Angst- Palabras a mi Demonio Privado




Sé quién eres.
Te conozco.
Llevas a mi lado más tiempo del que puedo recordar. Has tomado mil rostros y has hablado con mil voces. Has aparecido mil veces y has desaparecido otras tantas, pero sé que, bajo todos tus disfraces, tras todas tus máscaras eres tú.
Siempre eres tú.
Apareces de improviso, desde la lejanía o en la sombra y siembras el caos en mi entorno. Caos y desolación. A veces no eres más que un rumor que toma forma a mis espaldas, o un susurro que me da señales de tu existencia. Poco más que una figura vaga, o tal vez un nombre que no significa gran cosa para mí. Cambian los nombres y los rostros pero, con los años, sé que eres tú. He aprendido a oler tu rastro. A sentir tu presencia. Apareces y te enfrentas a mí. A menudo ganas la partida de un modo claro; en otras ocasiones, lo haces de forma sutil y a la larga, pero siempre acabas ganando. Siempre acabas hiriéndome, a un nivel más íntimo y infligiéndome más dolor del que estoy dispuesto a admitir.
Sé que me estás escuchando, pues sé que siempre estás ahí. ¿Cuánto llevas —llevamos— jugando a esto? ¿Quince? ¿Veinte años? ¿Tal vez estuviste presente en mi alumbramiento?
Sé que me observas. Sé que esperas a que baje la guardia para volver, para atacarme y destrozarme. Quieres que me olvide de ti y finja que no existes, para regresar, más fuerte y dañino.
Sé que estás ahí. Mírame cuando te hablo.
¡MÍRAME, MALDITA SEA!
Mírame a los ojos y explícame por qué te tomas tantas molestias conmigo. ¿Diversión, tal vez? ¿O es que me atacas simplemente porque puedes?
Mírame y contempla tu obra: apareces, me dañas, sacas lo peor de mí y desapareces. Me das un tiempo para que me lama las heridas y mañana volveremos a jugar. Me has convertido en un lobo, en una víctima de los cambios, en un viajero del tren de las consecuencias. Gracias a tu esforzado trabajo, colecciono en mi alma todas las cicatrices que me has dejado. Es mentira lo que dicen, el tiempo no las cierra; simplemente hace que nos acostumbremos a ellas... pero están ahí. Siempre estarán ahí. Heridas que tú has causado, o que has hecho que yo mismo me cause.
Tus actos hacen que a veces me deteste. Me conviertes en alguien vulnerable, en alguien que descubre, con decepción, que no ha aprendido demasiado a lo largo de este camino que es la vida, y me odio cada vez que tengo que asumir mi propia debilidad. Me devuelves al punto de partida y me obligas a recorrer el mismo camino una y otra, y otra vez. Tantas que ya ni siquiera recuerdo cuántas.
Dime, ¿cuántas veces se ha repetido la misma historia?
¿Cuántas veces me has hecho protagonista de tu pequeño teatro?
¿Cuántas veces me has obligado a luchar, aun sabiendo que no queda nada por lo que luchar?
¿Cuántas veces he acabado, a causa de tu Mano, abierto en canal, empapado en sangre y apretando los dientes para resistir el dolor?
Responde, maldito seas. Ya que no vas a cejar en tu intento de atacarme de forma constante, por lo menos responde a mis preguntas. ¿Acaso te divierte? ¿Es que intentas demostrarme algo?
Si lo único que quieres es demostrarme que soy mortal, gracias: ya lo descubrí hace años; si tu lección es bajarme del pedestal y dejarme claro que soy falible, vulnerable o simplemente humano, soy consciente de ello a diario. No aprendo nada nuevo con cada herida que me propinas. En algunos momentos pienso que tampoco aprendo nada viejo, pues es el mismo argumento cada... No lo sé. Respóndemelo tú. ¿Cada dos años? ¿Tres? ¿Cinco?
Has convertido mi vida en un ciclo que se repite de modo ininterrumpido. Me has condenado a repetir mis mismos errores sin posibilidad alguna de evitarlos, como si de una maldición eterna se tratase. Me has obligado a llorar hasta que me quedé sin lágrimas. Me has obligado a vestir una armadura que nunca quise llevar. Me has obligado a pelear cuando toda batalla está perdida y ya no queda nada más que hacer, salvo caer sin remisión. Me has hecho llegar demasiado tarde como para actuar. Has hecho de mí una sombra, que está ahí, contemplando todo cuanto sucede y con las manos atadas. Has quebrado mis escudos, roto mis espadas y cortado mis alas.Me has transformado en un espectador de mi propia historia, encadenado a acciones que se suceden y que llevan al mismo desenlace. Para engañarme y hacerme creer que por fin te has marchado, en ocasiones, me proporcionas un efímero auge para que mi caída sea aún mayor. Me haces vislumbrar Arcadia para, de un solo y certero golpe, me envuelves en llamas y me envías directo al Abismo. Me obligas a escalarlo, porque sabes que lo haré. Sabes que no tengo otra alternativa. Saber que, me guste o no, por herido o destrozado que esté, al final siempre acabaré escalándolo para volver a empezar.
Porque me conoces.
Sabes la clase de persona que soy.
Sabes que me dejaré las uñas por trepar cada centímetro de esa pared. Sabes que apretaré los dientes y soportaré cómo tus armas me atraviesan de parte a parte. Sabes que, aunque me esté desgarrando por dentro, no puedo sino seguir caminando. Un paso tras otro, tras otro y otro más.
Creo que eso te divierte.
Te divierte humillarme, herirme casi de muerte. Disfrutas desangrándome, haciéndome arder, hundiendo tus garras en mi pecho y oprimiendo todo cuanto hay dentro. Te divierte dejarme en el suelo, moribundo, aullando de dolor en silencio. A veces he creído escuchar tu risa cuando me has visto así. Cuando has plantado tus botas sobre mi garganta, cuando has pateado la boca de mi estómago, una vez me he declarado vencido.
Disfrutas y te odio.
Te odio, no solo por lo mucho que disfrutas, sino porque haces que acabe odiándome a mí mismo. Odiándome por sentirme vulnerable, por no aprender de esa lección con la que me castigas una vez tras otra. Me odio porque huelo tu olor, siento tu espíritu acercarse y jamás, JAMÁS, he podido hacer nada por evitarlo. Has llegado, has visto y has prevalecido sobre mí.
Maldito seas.
Maldito seas por toda la eternidad.
¿Cuántas veces tendré que ser testigo de tus victorias, eh? ¿Cuántas veces mi misión será contemplar, humillado y derrotado, cómo me restriegas tus triunfos por el rostro? ¿Cuántas veces más piensas reírte de mí? Dime, ¿cuántas veces más pretendes golpearme hasta reventarme sin que siquiera tenga la más mínima oportunidad para devolvértela?
Eres un maldito cobarde. Un cobarde que jamás, en todos estos años que nos conocemos, que sé que existes, ha dado la cara. Su verdadera cara. Te has escondido tras mucha gente, a veces incluso tras gente que me ha caído bien. Incluso amigos. Me has hecho odiar a aquellos con los que he compartido mesa. Me has obligado a abandonarlos, a romper mi vínculo con ellos. Me has obligado a seguir mi camino y dar la espalda a quienes en el pasado han peleado a mi lado.
Me has convertido en protagonista de tu retorcido plan, en víctima y en monstruo. Conforme pasan los años, noto cómo tu influencia aumenta sobre mí, y mi alma se oscurece. Me hiciste perder la inocencia y, poco a poco, apagas mi alegría. Demasiadas cicatrices, demasiadas marcas de tus golpes para sonreír.
Has aparecido demasiadas veces para que conserve la fe, o acaso la esperanza.
Y supongo que ahí seguiras, ¿verdad? Seguirás ahí hasta el día que me vaya de este mundo. Tú y yo, mano a mano, bailando esta danza de frío y oscuridad. Tú sonreirás, y yo me iré apagando. Día tras día, año tras año. Sé que algún día acabarás drenando mis fuerzas por completo. Quién sabe, quizás ese es tu objetivo, quedarte con mi alma para que sigamos jugando a esto por toda la Eternidad. Creo que eso te encantaría.
Llegados a este punto en esta pequeña conversación en la que yo hablo y tú pareces ignorarme, ya solo me queda preguntarme qué es lo que se supone que debería hacer. Tú eres aquí el inteligente, me lo demuestras a diario; tú eres el inteligente mientras yo sigo siendo el pobre muchacho estúpido que se deja embaucar por tus engaños una y otra vez, así que te dejo que me lo digas. Voy a sentarme en alguna parte y voy a esperar a que dejes de reírte para que, por una vez en tu odiosa existencia, hables de una vez. Que hables muy claro y me expliques de qué va esto. Porque si va de demostrarme que eres superior, lo has hecho ya demasiadas veces. Si va de humillarme, felicidades; lo has conseguido. Si tu objetivo es simplemente acabar conmigo, vas por buen camino.
La cuestión es que yo no lo sé. Lo admito, no tengo ni idea de a qué estamos jugando. Solo sé que ganas cada vez que quieres jugar y yo, como buena víctima, sigo tu juego hasta que me abres en canal y sacas todo lo que encuentras en esa herida. Me desnudas, me hieres y vuelta a empezar.
Pero no por ello dejo de odiarte.
Jugamos a tu juego, jugamos según tus reglas. Yo pierdo, tú ganas.
Pero no por ello dejo de odiarte.
Te ríes de mí. Me apuñalas y yo no puedo defenderme.
Pero no por ello dejo de odiarte.
Me dejas tu rastro helado en el corazón y yo solo puedo ver cómo lo haces.
Pero no por ello dejo de odiarte.
Te pavoneas cuando me has vencido. Me arrastras por el suelo, desnudo y ensangrentado, para que todos contemplen lo que has hecho conmigo.
No puedo más que odiarte.
Si quieres seguir destruyéndome, ya sabes que no puedo impedírtelo. Nunca pude. Ya debe haberte quedado claro que no eres el inteligente, sino también el fuerte y poderoso. Que yo no soy más que un simple humano que no tiene la más remota idea de cómo defenderse de ti. Por eso lo único que me queda es el odio. El odio más ancestral y primario que jamás hayas podido imaginarte. No existe criatura sobre la faz de la tierra a la que odie más que a ti. Por todo lo que me has hecho, por todo lo que me haces y por todo lo que, con seguridad, seguirás haciéndome. Cada herida que me inflijas añadirá más odio a mi interior. Más odio dirigido contra ti y contra todo lo que representas. Contra todo lo que eres. No, no podré defenderme, eso ya lo tengo asumido. No podré devolverte el golpe jamás. Nunca te podré causar ni la mitad de sufrimiento del que me causas tú, es hora de admitirlo.
Pero no por ello dejo de odiarte.

jueves, 10 de diciembre de 2015

Angst- Sobre autodecepción, frustración y otras cosas del comer, o No vamos a salvar el mundo.



Era casi de esperar. Lo siento, queridos Distópicos, pero toca un post de esos donde vengo a daros la chapa con reflexiones pseudofilosóficas, sacadas totalmente del sobaco. Sí, una de esas mierdas que escribo de vez en cuando para que parezca que hasta le doy al coco y todo en lugar de pasarme el día pensando en pechotes turgentes y en tebeos de fulanos en mallas. Supongo que en este artículo toca ir cerrando lo que podríamos llamar la "Trilogía de la Decepción" de este blog, que se inició hace ya su tiempo hablando sobre como solemos sentirnos cuando decepcionamos a los demás, que se pudo ver en dos artículos: aquí y, como apéndice, aquí. El segundo apartado de esta serie tuvo lugar cuando hablé de cuando los demás nos decepcionan, que pudo verse tanto aquí  como aquí. Como en este blog nos gusta darle al tarro, avanzamos en este tema y pasamos al siguiente punto:
Cuando uno se decepciona a sí mismo.

Para empezar, me gustaría hablar un poco de ese concepto y aclarar que no creo que decepcionarse a uno mismo implique tener grandes expectativas o un alto concepto de la propia persona. Mucho me temo que eso no es para nada necesario. A veces solo falta con creer que podemos ser capaces de sobrellevar algo que no nos parece sobrehumano y descubrir que no podemos. Pensar a lo mejor que, de aquí a unos años, podemos llevar una vida quizás no perfecta, pero sí algo mejor que la que llevamos actualmente y darnos cuenta de que seguimos en un punto muy similar al que estábamos hace dos, cinco o puede que diez años. Es entonces cuando viene el concepto de la frustración, o cuando nos toca asumir, con sus grandes dosis de decepción; que igual, aunque no fuéramos por la vida creyéndonos los reyes del mambo nos hemos sobrevalorado sin darnos cuenta. Que nos hemos engañado a nosotros mismos en una cosa que es tan tonta que nos pone de mala leche darnos cuenta de que está por encima de nuestras capacidades.


Esas ganas de cagarte en todo simplemente porque no se te ocurre nada mejor que hacer.


Quizás por eso pasa que, cuando sucede algo que pone de manifiesto que no somos para tanto, o cuando alguien (de forma voluntaria o no) nos recuerda en el punto de la vida en que nos encontramos (por ejemplo, el famoso punto muerto o —los dioses no lo quieran— el punto sin retorno), nos ponemos de mala leche, o nos venimos abajo. Puede que incluso las dos cosas. Y ojo, lo mismo es que han querido tocarnos las pelotas, lo que implicaría que tiene sentido que nos cabreemos... pero en el fondo, gran parte de ese cabreo va destinado a nosotros mismos. A esa sensación de "Quiero y no puedo", de demostrar a quien nos habla, a la adversidad y, muy especialmente, a nosotros mismos que sí, que podemos. Que no somos esa clase de fracasados que las evidencias parecen demostrar que somos.

Supongo que hay gente que tolera el fracaso. No es malo, oye: no en el sentido de que tenemos que asumir que no somos perfectos; que, como humanos, somos seres falibles que cometemos errores. Que nos equivocamos o la cagamos de pleno. Es bueno y natural acostumbrarse a perder, porque es más fácil dar por sentado que puedes meter la pata en algún momento que ir por la vida creyendo que eres invencible. Que jamás puedes perder. Que eres un ser puto superior.
Y hasta aquí, la parte fácil de entender y de soportar.
Cuando vives día tras día, dándote cuenta de que no solo no has logrado cambiar tu vida para mejor, sino que además no tienes ni puta idea de cómo hacerlo, es cuando te encuentras en esa especie de callejón sin salida mental. Cuando te toca asumir que igual no te lo has montado nada bien; que estás estancado y que, si la gente te lo hace ver (o directamente te lo restriega por las narices, porque de todo tiene que haber), no es (solo) por sadismo: es que es una puta evidencia como un piano y tú eres el único que parece no verlo.


"¡Que la estás caaagaaaandoooo!"


El chiste es que tú si lo ves. Vaya si lo ves. La cuestión reside en un hecho interesante que la mayoría no parece notar, y es que eso lo ves perfectamente; lo que no ves es la salida, o no ninguna salida que consideres que vaya a mejorar lo que tienes. En todo caso, supondría un cúmulo de complicaciones que igual te salvan el culo por un lado pero que, a la larga (y digamos que lo sabes), reducen tus posibilidades de felicidad a cero. Dicho de otro modo, no es que tengas una existencia feliz y plena en estos momentos, pero todo te hace pensar que, si te pones a seguir los consejos de unos y otros, tu vida acabará siendo... bueno, la vida que otros quieren para ti y no la tuya. Y eso no es plan. Ni felicidad, ni hostias en vinagre. Y eso es frustrante.

Es muy frustrante que, por hache o por be, todo el puñetero planeta sepa qué es lo que te conviene; qué es lo mejor para tu vida. Qué es lo que necesitas, o cuál es la solución hasta para el más minúsculo de tus putos problemas. Coño, qué tonto del culo es uno que nunca se había dado cuenta, por muchas vueltas que le haya dado al tarro. Cosas que pasan, oye.
Pero seamos honestos, lo que nos jode no es que la gente venga a iluminarnos con su sapiencia o con sus fabulosas soluciones. Con el corazón en la mano, lo que nos jode es haber tenido que llegar al punto en que otros piensen que estamos en una situación en la que necesitamos que nos iluminen. Nos jode que puedan tener razón.


Aceptémoslo: nos van a dar de hostias, sí o sí.


Cuando éramos pequeños, contábamos con que las cosas nos salieran medio bien al crecer: estudiábamos (los que lo hacíamos) pensando que lo que hacíamos, aparte de gustarnos, sería el modo de ganarnos la vida, lo bastante como para poder tener un mínimo de estabilidad. Pensábamos que habría alguien en nuestro destino con quien compartir nuestra existencia y, si se terciaba y nos salía de los cojones (que tampoco tenía por qué ser), formar una familia y toda la mierda que se supone que tenemos que hacer con nuestra vida. Todas esas patrañas que nos llevan vendiendo por todas partes: en la publicidad, en las pelis, en los libros y donde queráis verlo. Es un poco esa idea de destino que nos quieren inculcar, donde parece ser que nos aguarda una vida medio en condis solo con desearlo, o (peor aún) solo porque cuando nos concibieron los Dioses estaban de buen rollo ese día.

O bien puede pasar el caso contrario, que cualquier puta cosa que hagamos parece abocada a irse a tomar por culo: no importa lo que estudiemos, a lo que nos dediquemos, o la gente a la que conozcamos. Al final, nada nos garantiza que la cosa llegue a buen puerto; más bien es al revés, donde ves que cualquier empresa que realices acabe degenerando hasta el puto desastre, que lo que estudiemos te convierta simplemente en uno más (tómese esto del modo más literal posible) o que los acercamientos con otros bichos vivientes se queden en algo nada más que regular, por ser optimistas y usando un eufemismo del tamaño del puto Texas.
En resumidas cuentas, que no tengas ni puta idea de qué hacer con tu vida, porque para cuando te has querido dar cuenta, las cosas se te han escapado de las manos y ahora no te encuentras el culo ni con un mapa.


Allá vamos de nuevo.


Quizás el meollo de la movida resulta ser que, por mucho que queramos creer en ello, no hay un destino. Quizás lo que pasa es que resultamos ser gente del montón, sin excusas metafísicas por medio. Es muy posible que no haya un Gran Plan Cósmico e Inefable aguardándonos en algún recodo del camino. Tal vez no haya Prueba de Fe alguna, que premie nuestra tesón o nuestra paciencia. El tiempo no pone a nadie en su sitio, por mucho que nos guste creer en esa idea, y conforme pasan los años te das cuenta de que la gente que te ha jodido, sin más razón aparente que simplemente la de tener la posibilidad de hacerlo, no ha recibido su merecido ni parece que sea posible que lo reciba ya. Ninguna de las afrentas ha sido vengada por un Universo justo, ni se han saldado las deudas que debían pagarse. Esa gente, lejos de llevarse su merecido, acaban llevando una vida mejor incluso que la tuya. Coño, hasta dirías que la vida les trata bastante bien.
Tal vez nos estamos llevando hostias de la vida, simplemente porque hemos jugado mal nuestras cartas, porque la hemos cagado en nuestras previsiones, porque hemos tomado una ristra de decisiones equivocadas o bien porque no hay ningún motivo en concreto.
Simplemente, puede que lo único que pase es que no seamos gente en absoluto especial. Que seamos una hormiga más de este hormiguero, o una pieza del engranaje que es el entramado social. Otro ladrillo más en el Muro. No somos hijos perdidos de ningún monarca europeo, ni nos va a llegar una carta de Hogwarts. No vamos a desarrollar superpoderes ni los alienígenas van a contactar con nosotros para darnos un Anillo de Poder con el que salvemos a la Humanidad. Quizás ha llegado la hora de reconocer, de una vez por todas, que los que la cagamos en esta vida somos nosotros. Que nadie va a salvarnos el culo ni demostrarnos que somos diferentes al resto de la humanidad. Que no hay un hechicero que, desde la distancia, nos envía sus peores deseos para que todo salga mal. No hay Mano Negra, ni complot contra nosotros. Puede que incluso no existan Fuerzas Invisibles que se alineen en nuestra contra y nos pongan las cosas difíciles. Asumir la existencia de todo eso es más romántico, y más fácil; porque asumir que los fracasos que cometemos son nuestros por nuestro error de juicio es algo duro.


Va a ser que no hay un Villano Oculto que nos lanza hechizos chungos para que fracasemos.


Esa puede ser una de las partes que más joden. No el cagarla o sufrir fracasos en sí, sino el hecho de darnos cuenta de que, por mucho que queramos ignorarlo, somos tan responsables de nuestros fracasos como vulnerables a ellos. Que se nos puede hacer daño. Que, como seres (presuntamente) humanos, podemos llegar a sufrir cada vez que nos llevamos una hostia. Llega un punto en que tenemos que asumir que somos falibles, que somos mortales; no somos dioses, ni gigantes. Ni siquiera héroes. Nuestra tarea, pues, es acabar por asumir que no solo cometemos errores, sino que estamos abocados a repetirlos de vez en cuando, queramos o no. Nos demos cuenta o no. Y que sonreír y poner buena cara a la Adversidad, cada vez que nos endiña un revés con la mano abierta, no nos hace ni más felices, ni menos falibles. Qué cojones, ni siquiera acaba con la frustración. Porque a mí decidme lo que os salga del culo, pero negar la frustración con una sonrisa por cojones o con una frase vacía de contenido no la hace desaparecer, ni la transforma en felicidad ni cualquier payasada de filosofía new age de chichinabo que me quieran meter por el pescuezo.


No creo que esto valga para nada.
Aunque, como siempre, vosotros podéis creer lo que os salga del ojo del culo.


No somos nadie, en realidad. Nadie relevante, al menos.
No vamos a salvar el mundo.
Probablemente no hagamos nada en esta vida por lo que se nos recuerde, y de aquí a un par de generaciones, como mucho, nadie sepa ni quienes fuimos. No vamos a convertirnos en mesías, y lo más seguro es que no seamos capaces de solucionar absolutamente nada en este mundo, más allá de lo estrictamente cercano. No vamos a dejar ninguna huella. No nos vamos a convertir en estrellas del rock, y nuestras palabras, lo más probable, no van a suponer una inspiración para nadie. Nuestra palabra no va a ser decisiva para cambiar el rumbo de la historia, y no vamos a dejar legado de grandeza alguno.
Quizás ha llegado el momento de asumir que somos gente corriente, y que jamás vamos a dejar de serlo. Tal vez eso evite que, cada vez que nos demos una hostia, pensemos que el Universo algún día nos va a compensar por todo lo que hemos tenido que tragar; viendo cómo funcionan las cosas, lo mismo estamos tragando para acostumbrarnos a tragar más, y ya está. Molaría creer lo contrario y pensar que de verdad cabe la posibilidad de que algún día tengamos una Revelación que cambiará el mundo tal y como lo conocemos, o que nos caerá un rayo encima que nos convertirá en seres especiales. Eso, de verdad que lo digo, estaría genial, pero la experiencia nos está demostrando, día a día, que no. Que si existe un Universo oculto y desconocido justo detrás del nuestro, lleno de misterios y esas cosas, le debemos importar una putísima mierda. Que si existe magia de algún tipo, somos gente tan vulgar y mundana que ésta no se nos acerca ni para tocarnos con un palo.
Quizás nos queda soñar, y pensar que algún día podríamos ser lo que sabemos que jamás seremos. Eso, al menos (y de momento) es gratis. Otra cosa es que realmente nos sirva para algo.

lunes, 7 de diciembre de 2015

Escupiendo Rabia- DCUO, no tan Free-To-Play o Tanto pagas, tanto juegas.



Hará cosa de un par de añitos o tres, me pillé de forma gratuita (no penséis mal, se ofrecía de forma gratuita y no hubo pirateo por medio) el juego para Play Station DC Universe Online. Uno de esos juegos MMORPG (no, la gata no ha pisoteado el teclado: esto significa Massive Multiplayer Online Role Playing Games) en los que te diseñas un personajito, le añades unas características básicas y lo pones a darse de hostias en un mundo virtual donde encuentras a otros jugadores que pululan por arriba y por abajo. Una premisa sencillita, pero muy entretenida, que aseguraba no pocas horas de entretenimiento.

Os explico un poco cómo va, a grandes rasgos: una vez te creas tu personaje, te cuentan de qué va la movida. Tienes la opción de elegir en qué bando juegas (héroe o villano) y qué mentor tienes (Superman/Lex Luthor, si te unes a los metahumanos; Batman/El Joker, con los tecnológicos y Wonder Woman/Circe con los de naturaleza mágica). Empiezas, cómo no, desde nivel 1, siendo un héroe novatillo y participando en las misiones que te van encomendando desde tu centro de misiones. Gracias a dichas misiones, vas recopilando equipo y subiendo de nivel. Esto permitirá a tu personaje ir aumentando sus poderes, que vas desbloqueando de tu menú gracias a los puntos que consigas con las llamadas "proezas" (algunas sencillitas, como explorar sitios, y otras más jodidas, como darte de leches contra otros jugadores); también tienes acceso a nuevo equipo o nuevas armas, que van aumentando tus características básicas. Además, puedes configurar tu aspecto visual, de modo que personalizar a tu muñeco va a depender (aparte de lo que juegues y el equipo que consigas), de tu imaginación a la hora de vestirlo.


O de tus ganas de cachondeo.


Rapiñando equipo de aquí y allá y participando en las diferentes misiones (protagonizadas por personajes de DC de toda la vida) acabas llegando a nivel 30, y es aquí donde empieza el juego de verdad. Se te desbloquean varias misiones, aparecen nuevos enemigos y es cuando la cosa se pone diferente: una vez has llegado a ese tope de nivel, tu objetivo será ir aumentando tu puntuación de combate, que viene a ser una forma de evaluar tus habilidades: cuanto mejor sea tu equipo, más alta es dicha puntuación, y se te irá permitiendo acceder a otras misiones restringidas para jugadores que tengan un mínimo de puntos, a fin de que no quede la cosa demasiado descompensada. Aparte, encontramos eventos por temporadas, en los que una vez al año (por ejemplo, en San Patricio o Navidad) se desbloquean misiones que podemos jugar durante unos días para ir pillando equipo adicional. Asimismo, empiezan a darte lo que se llaman "Marcas", que son la moneda de pago con la que puedes pillarte equipo del que venden los personajes icónicos. Este será el equipo que, en su mayor parte, aumentará no solo tus habilidades, sino tu puntuación de combate. Conforme mejor sea tu equipo, más alta será.


Dejando de lado la inmensa variedad de equipo, armas, poderes y características, el juego en sí cuenta con una ventaja: como buen juego online, está pensado para que los distintos jugadores colaboren entre sí, bien contra la inteligencia artificial, bien contra otros jugadores en el otro bando (es decir, si eres un héroe, contra los que juegan como villanos y viceversa). Se pueden producir, de este modo, buenos equipos, en los que cada personaje puede elegir cuál será su papel en la partida: Ataque (dar hostias), Sanador (sus habilidades curan a sus compañeros durante la batalla, muy útiles), Tanque (primera línea de combate) o Control (muy efectivos contra enemigos poderosos, pues reducen sus características y aumentan las del grupo). Hay misiones además clasificadas por el número de jugadores, pasando desde las clásicas misiones en solitario hasta misiones para ocho jugadores. Como podéis ver, se trata de un juego con una enorme posibilidad de opciones a elegir.


El método de juego, aunque complejo al principio, se pilla al poco tiempo y acabas cogiéndole el tranquillo para lo que realmente mola: DAR HOSTIAS.


Hasta aquí lo bonito y lo precioso.
Pasemos a explicar un poco por qué este post se encuentra en esta sección (dedicada a críticas de cosas que no deberían ser como son) y no en otras. Tengo que reconocer que, pese a lo mucho que suelo disfrutar jugando a DCUO, la sensación general es agridulce, casi más agria que dulce. Empiezo a explicar por qué:

En primer lugar, el juego es entretenido, pero muy descompensado: aunque sea gratuito, los programadores no nacieron ayer y son de todo menos altruistas; hay varios tipos de jugadores, aparte de los que juegan gratis. Son, por supuesto, los jugadores Premium y Legendarios. La diferencia entre estos dos últimos es la que estriba entre pagar por algo una sola vez y hacerse una suscripción por un tiempo determinado. Es obvio que estos dos tipos de jugadores cuenten con algunas ventajas sobre los jugadores de pago. Como digo, es un juego gratuito, pero no una ONG, y se entiende que hay que sacar beneficio por alguna parte. En eso estamos todos de acuerdo. En lo que no veo razón de ser alguna es en el hecho de que las diferencias entre los jugadores gratuitos y los que no lo son sean tan abismales. Por ejemplo, cada personaje cuenta con un "monedero" en el que va ganando un dinero virtual. Dicho dinero se suele emplear para reparar equipo (esencial entre misión y misión), o comprar algunos artilugios de apoyo (tales como las Soder Colas, que reponen nuestra energía y demás chismes). Un personaje gratuito puede almacenar hasta un máximo de 1500 moneditas para gastos varios (y si ganas una cantidad superior, va a un fondo llamado "fideicomiso", donde se te guarda esa pasta para el día en que te dé por pagar), mientras que la cantidad de capital que puede almacenar cualquiera de los otros dos jugadores es superior. Esto, en principio, no debería estimar problema alguno si el máximo de precio de los artículos que puedes comprarte fuera 1500... pero no es así. A lo largo del juego nos vamos a dar cuenta de que hay artilugios de equipo que están pensados única y exclusivamente para los jugadores de pago, lo que ya va creando una casta de jugadores, estimada en si pagan o no, en lugar de por lo buenos jugadores que sean.
Ya vamos mal, pero esto es solo el principio.


Que molar mola, pero tiene cosas que te hacen decir "¿Pero qué puta mierda es esta ahora, macho?"


Conforme sigues investigando en el juego, te das cuenta de que esa limitación te corta las alas en la zona del broker, que es un sitio donde se venden más artilugios de estilo o equipo. Aquí puedes encontrarte equipaciones que, alegremente, llegan hasta el millón y pico de unidades de moneda, de modo que te puedes ir olvidando de llevar según qué cosas a menos que te hagas una cuenta de pago.
Esto del equipo no es el único caso de corte de alas para los jugadores gratuitos: también nos vamos encontrando que entre un 50 y un 60% de las misiones andan restringidas en paquetes DLC. Esto quiere decir que solo están disponibles si compras el susodicho paquete para poder jugarlas; si no, tu personaje estará obligado a jugar una y otra vez todas las misiones disponibles para todos los jugadores hasta que consiga hacer algo con su vida. Muchas actualizaciones y versiones de DCUO a lo largo de los años, pero no han tenido la deferencia de añadir ni una sola misión gratuita en todo este tiempo.


Lo que puedes hacer en la zona del broker si eres premium: manejar PASTA y para comprar cosas caras.


Y es en el punto de las misiones donde encontramos el caso más flagrante y descarado de ese sistema de castas que los programadores de DCUO han ido creando a lo largo del tiempo. Digo "han ido creando" porque antes la cosa no era así. Hasta hace un tiempo, conforme ibas participando en misiones por encima de nivel 30, ibas ganando lo que se llamaban "Marcas de Triunfo". Dichas marcas, como he comentado arriba, eran la moneda esencial para poder comprar equipo chachi de los personajes icónicos de DC, y lo que te permitía ir avanzando poquito a poco. Sabías que nunca ibas a estar al nivel de un Premium o mucho menos un Legendario, pero sabías que tenías oportunidad de hacer algo. Dependiendo de la misión que hubieras cumplido, podías ganar desde un par de Marcas hasta unas 500 (estas últimas, en misiones mensuales). A diferencia de lo que sucedía con la divisa corriente, no tenías un límite de Marcas y podías obtener tantas como misiones hubieras superado; eso sí, había misiones que estaban hechas para jugar una vez por semana o incluso al mes. Podías jugarla, pero los trofeos quedaban restringidos hasta que se desbloqueara la posibilidad de recompensa. Lento, pero llevadero. El equipo más chulo era caro, pero sabías que jugando con mucha paciencia, podías ir almacenando Marcas hasta conseguirlo y así volverte un poco más potente.


"¡Con esto lo voy a petaaaarrrr!"


La cosa cambia y se pone cabrona cuando, de un año a esta parte, los programadores deciden cambiar el reglamento del juego por la puta cara. Se crea una nueva versión, que se han ido dedicando a actualizar (de forma bastante porculera, por cierto), a razón de cada semana hasta la fecha presente. Imagina tu sorpresa cuando ves que las más de 200 Marcas de Triunfo que tenías almacenadas han DESAPARECIDO y las han convertido en otras Marcas del juego que no te valen para lo que estabas reservándolas. El concepto de Marca de Triunfo en sí ha desaparecido y en su lugar aparecen las llamadas Marcas de Victoria, con la idea de "simplificar el juego" (o eso dicen). Aquí se aprecia la jugada, porque los programadores no han convertido los trofeos almacenados en sus equivalentes, sino en lo que les ha dado la gana y, de paso, en algo que es bastante más inútil que lo que uno tenía... Pero la verdadera PUTADA surge cuando te pones a jugar y te das cuenta de varios factores que ven el descaro con el que se ha hecho todo:

1- El número de Marcas obtenidas en cada misión cumplida: A partir de esta última revisión del juego, nos damos cuenta de que DCUO se vuelve especialmente rácano y reduce de forma drástica el número de Marcas obtenidas por cada victoria. De un máximo de 500 que podían obtenerse por misión, la cosa baja a DOS. Los precios de los equipos icónicos, pese a reducirse un poco, hacen que no nos salgan las cuentas. Antes tenías que pagar unas 1200 Marcas por una de las piezas más caras, pero sabías que, jugando y ahorrando, era viable. Ahora, pese a que cada pieza puede costar un máximo de unas 50 Marcas o así, te das cuenta de que la cosa se ha puesto más que cuesta arriba, y no solo por este factor, sino por los dos siguientes que, en suma, hacen que te des cuenta de que DCUO no te quiere ver si eres un jugador gratuito.


"Hola, hola, hola, ¿dispuesto a que te la metamos doblada con esta nueva versión, mierdecilla?"


2- El nivel de dificultad: Una grandísima putada que hace que la diferencia entre jugadores se haga más patente; DCUO nunca ha sido un juego fácil, pero sabías que aumentando tu equipo había posibilidades de mejorar y, por tanto, de sobrevivir a las misiones antes de que se te jodiera todo lo que llevases encima y tuvieras que abandonar para repararlo. Ahora, el nivel de dificultad ha aumentado tanto que, a menos que te encuentres por encima del nivel 100, es virtualmente imposible sobrevivir a misiones tales como las de la Fortaleza de la Soledad o incluso algunas que antes podías hacer con ciertas complicaciones. Es decir, que a menos que en tu equipo haya al menos un jugador con esa puntuación, sabes que estás jugando básicamente para perder el tiempo. Y, como veremos en el apartado siguiente, nos daremos cuenta de que dichos jugadores van a ser los jugadores de pago.

3- La limitación de las Marcas por misión dependiendo de la puntuación de combate: la verdadera GRAN PUTADA que, junto con lo ya mencionado, hace que te den ganas de comprarte cualquier otro juego de Play y mandar a los de DC Entertainment a zurrir mierda. Como mencioné arriba, dependiendo de la misión que jugases, podías ganar entre 2 y 500 Marcas, y solo dependía de tu paciencia eso de ir avanzando en el juego. Pues bien, con esta última versión, nos damos cuenta de que eso ya da igual. Aun viendo la racanería a la hora de repartir Marcas, en el momento en que superes un 78 o así de puntuación de combate, va a dar igual lo paciente que seas porque (y aquí es donde recae la guasa) NO VAS A GANAR MÁS MARCAS. Sí, amigos Distópicos: los listos de los programadores han decidido limitar el reglamento para que los jugadores gratuitos que superen una cierta puntuación no tengan más oportunidades que la Cámara (una pantalla de bonus en la que accedes UNA VEZ POR SEMANA y te llevas, como recompensa, UNA MARCA) para poder conseguir la divisa con la que comprar equipo icónico. Si acaso, recibes algo de equipo, pero no compensa en lo más mínimo.


El equipo en la tienda marcado en rojo implica que no puedes comprarlo. Cada día hay más de ellos.
Bienvenido al mundo de los jugadores gratuitos.


Hay otros detalles, tales como el hecho de que cuando juegas en Arenas contra otros jugadores, se ve con más descaro incluso la diferencia que supone entre ser jugador de pago o no (el juego no distribuye las Arenas igualando la puntuación de sus jugadores, sino que los coloca a cascoporro, dando lugar a partidas descompensadísimas que duran apenas quince segundos). En el caso de las Leyendas, donde encarnas a un personaje icónico, te das cuenta de que las posibilidades para comprarlos (con sus Marcas correspondientes) van desapareciendo en favor de aquellos personajes que son de pago: conforme pasa más el tiempo, las opciones de conseguir nuevos personajes de Leyendas en base a tu juego van desapareciendo; en su lugar, son sustituidos por otros, que directamente te vienen con la opción de compra online.


"Algún día todo cuanto abarca vuestra vista será de pago"


Como puede verse, esta intención de favorecer a los jugadores Premium/Legendarios ha pasado de ser un mero objetivo más a convertirse en el rasero por el que los programadores han decidido sacrificar a una buena parte de jugadores. Ya no hablamos de que ser un jugador de pago te compense o te dé ciertos beneficios, lo que había sido medianamente lógico y entendible hasta la fecha: es que directamente se dedica a discriminar a los jugadores gratuitos de tal manera que no tengan la más mínima oportunidad de hacer algo una vez lleguen a determinado punto, si es que llegan y no se han aburrido antes de estar para que todo cristo les dé de hostias.
Ante esto, supongo que la defensa es la de siempre: que esto es un juego gratuito y que no se puede esperar más; que el que quiera disfrutarlo en su totalidad, que lo pague y que nadie obliga a jugar a los gratuitos. Lo típico, que si fuera gratis para todo el mundo los programadores no obtendrían beneficio y al fin y al cabo esto es una industria. Argumentos, sí, pero que llegados a este punto me suenan a excusas que no me convencen.

Explico por qué:

1. Si tantas ganas tenían de que el juego estuviera pensado para los jugadores que pagan, no creo que la manera más honesta de hacerlo sea cambiando las reglas cada vez que les da la gana. A lo largo del último año nos hemos encontrado una enorme cantidad de "Actualizaciones" que, lejos de mejorar el juego (los bugs siguen estando, y algunos son tan cafres que te dejan bloqueada la consola, obligándote a reiniciarla de la forma más dañina), lo que han hecho ha sido convertirlo en un "Paga o te largas, que aquí no te queremos (subnormal)". Algo que demuestra una falta de respeto muy grande a aquellos jugadores que respetaron las premisas iniciales del juego y se dedicaron a jugar las partes jugables para todos sin protestar. Con esta capada tan grande incluso de las partes para jugadores gratuitos, lo que están haciendo, de una forma bastante descarada, ya no es fundar un sistema de castas poco igualitario (antes ya lo había, aunque ahora sea una exageración): es simplemente impedir a todos esos jugadores que jueguen al mismo juego que ellos mismos habían ofrecido a bombo y platillo como "plataforma de juego gratuita".


"¿Gratuita? ¿Te creíste que esto era un Free-To-Play?
¡GILIPOLLAAAAS!"


2. Ese lema de "Si no te gusta te vas", parece haberse convertido en una especie de mantra y resulta incluso hipócrita, ya que incluso el jugador Premium parece verse obligado a ir comprando paquetes de vez en cuando si no quiere pasarse todo el puñetero día jugando a lo mismo. Sinceramente, si tenían previsto convertir DCUO en una plataforma en la que se facilitase de forma tan descarada a los jugadores Legendarios, lo verdaderamente honesto habría sido no haberlo dejado en descarga gratuita jamás. ¿Que a los señores programadores no les gustan los jugadores gratuitos? Excelente, incluso respetable: que vendan el puto juego como se venden todos los demás, que es en una tienda y den ahí la opción Premium al menos, pero que no vengan con la monserga santurrona de ofrecer el juego gratuito y colarlo como si todo el mundo pudiera jugarlo (lo que ha venido siendo así durante un tiempo) para luego dar la patada a todos los usuarios que, de pronto, ya no interesan.

3. Parece que en estos tiempos que corren ya no se concibe que un jugador pueda jugar a un juego sin andar aflojándose los cuartos en cada puta partida. Ya no hablo de DCUO, que empezó siendo un juego de descarga gratuita para convertirse en un juego en el que ya mismo tendrás que pagar por iniciar sesión en él. No es más que una muestra de en lo que se parecen haber convertido los juegos que tienen acceso a plataformas virtuales como la PSStore, en los que las opciones bloqueadas ya no las desbloqueas en base a las horas y horas de juego que has invertido tras los 50 o 60 pavos que te gastaste en comprarlo: aparte, te encuentras con que parte del contenido del juego te lo tienes que descargar, previo pago, de la plataforma. Y si no lo pagas, pues te jodes.


Claro que igual los tontos fuimos nosotros: desde el principio vimos que el jeta de Jim Lee estaba metido en el apartado creativo del juego y lo pasamos por alto...


Mi reflexión ante este último punto es que esto parece haberse convertido en algo tan normal que el usuario medio acabará (si no lo ha hecho ya) por defenderlo. Ahora los buenos jugadores parecen ser los jugadores que son sumisos y que, obedientemente, pagan por los paquetes DLC, por los skins o por las bandas sonoras adicionales. PSStore (o cualquier plataforma online) ya no parece premiar la fidelidad de sus jugadores por otro rasero que no sea por la pasta que se vayan dejando cada cierto tiempo, y no hay más que ver sus foros para darnos cuenta de que la filosofía reinante es esta, donde vemos que los jugadores que más están comentando son aquellos que alaban las "mejoras" del juego (ignoro si es que los jugadores gratuitos ni se molestan en protestar, o simplemente sus comentarios "desaparecen", o son aplastados por los de aquellos que defienden este "Tanto pagas, tanto juegas"). No contentos con eso, y lejos de respetar sus decisiones, la política parece ser, ya no la de no premiar a aquellos que son fieles, sino la de castigar a dichos jugadores, imponiéndoles limitaciones cada vez más grandes, que resaltan las diferencias entre unos y otros de una forma cada vez más parcial e injusta, y que a la larga lo que hacen es invitarlos a que se vayan a tomar por culo. Y una empresa que castiga a sus clientes, desde mi punto de vista, no es una buena empresa. Se ponga como se ponga y venda lo que diga que venda.


Y, digan lo que digan, ponerte a jugar a un juego en el que tengas que estar gastándote pasta constantemente solo para poder aguantar más de diez minutos en una partida sin que te vapuleen NO MOLA.


Si la filosofía es "Tanto pagas, tanto juegas", tal vez lo que directivos así merezcan es que NADIE juegue por un tiempo y, en el momento en que las cifras hablen, veremos si les merece la pena ir discriminando usuarios. Sin embargo, sé que esta idea no es más que una utopía, idealista e irreal. Siempre habrá gente que agache la cabeza y que se ampare en el "Es que esto es así". Siempre habrá gente que defienda lo injusto, poniéndose de lado de aquellos que se aprovechan de los demás. Siempre habrá gente que diga que, como ellos pagan y disfrutan de los beneficios, los demás deben hacerlo por cojones o, si no, que se vayan a la puta calle. Mientras existan esos jugadores, o esos de "Necesito jugar a esto, da igual lo que me gaste", así nos lucirá el pelo y DCUO no será sino otro ejemplo más de que lo que no debería ser acaba siendo.

viernes, 4 de diciembre de 2015

Escupiendo Rabia- El Cuñadismo Ilustrado, o Militancia cansina



Pues no, queridos Distópicos: a lo que se ve, ya no somos París, y ya parece que nos hemos olvidado del niño Sirio que murió en el mar. Ya ni siquiera nos acordamos del Ébola, plaga con la que parecía que íbamos a morir todos sin remisión, ni nos ponemos lápices rotos en nuestros perfiles para luchar en pos de la libertad de expresión. En cuestión de una o dos semanas, nos quitamos la causa que toca defender, como el que se quita un abrigo y, sin orden de transición (que es lo verdaderamente fuerte del tema), nos vamos a otra cosa. Mañana, o tal vez la semana que viene, pues los Dioses Antiguos o Nuevos dirán.

A lo largo de estas semanas tras la tragedia de París (el resto de tragedias en el resto del mundo, por algún motivo, parecen haber importado de "poco" a "puta mierda" a muchos de esos que se daban golpes de pecho para demostrar lo afligidos que estaban), nos hemos encontrado muestras de odio supino a cosas tan banales como el Black Friday y, cómo no, a la Navidad. Está de moda putear el consumismo y cualquier cosa que venga de allende los mares, sin pensar que lo hacemos desde nuestros móviles última generación, nuestros ordenadores chupis o mientras vemos una serie americana o calzamos ropa Reebok o vete a saber qué marca. Porque en esta vida hay que ser coherente, señores.


Y tener al menos una razón para odiar.


Llegamos al tema de moda que está eclipsando a ese odio anticonsumista que manifiestan todos los Marxistas de sofá, que es, por supuesto, el de las elecciones. Por si no hemos tenido acceso a noticias de ningún tipo, resulta que las próximas presidenciales caerán el 20 de diciembre. Eso se traduce en que, tal y como pasase en las últimas elecciones, el personal ya empieza a bombardear las redes sociales con noticias dispuestas a "concienciar" e "informar" a la sociedad en vistas a los comicios.
Quizás os preguntéis por qué entrecomillo ambas palabras. En caso de que lo estéis haciendo, no tengo problema en responderos:
Lo entrecomillo porque no me creo una puta mierda pinchada en un palo.

No hay más que ver el plan de las supuestas noticias que nos vamos encontrando, día sí y día también: noticias que tienen, nos pongamos lo bien puestos que queramos, un tufillo que rezuma un propagandismo, como poco, descarado. Una forma velada de ir por ahí presumiendo de ideología, como si lo que fuera a votar uno fuese fiable al cien por cien y, lo de los demás, pues una puta mierda, una opción errónea o una gilipollez, dependiendo de lo beligerante que sea el articulista. En caso alguno vamos a encontrarnos con una forma objetiva (a veces, ni siquiera respetuosa) de ir enfocando las cosas. Nos pongamos como nos pongamos, todo esto rezuma unas ganas de condicionar el voto del prójimo que a mí por lo menos me hacen pensar muy seriamente acerca de qué cojones nos hemos creído que es la democracia.


"La democracia es eso que mola para hacer que la gente me dé la razón. Si no me la dan, no creen en la democracia y ya puedo bombardearlos".
Pos algo así, por lo visto.


Y es que no deja de ser dolorosamente gracioso: últimamente han proliferado muchos chistes sobre el arquetipo de los cuñados, que encuentro bastante graciosos, pese a que no tengo ningún cuñado que responda al perfil de listillo/enterado que sabe de todo y que te da a entender, de forma más o menos descarada, que no tienes ni puta idea de nada en la vida y que su mierda no huele porque es mejor que la de cualquier ser humano. Sin embargo,entiendo el tópico, y me río... pues como me río del tópico de la suegra (bueno, alguna suegra subnormal sí que he tenido, de modo que hasta me siento identificado con ese) o de cualquier otro. La cuestión es que ese tópico del cuñado nos demuestra que es relativamente común encontrarnos en nuestro entorno a algún listillo que nos viene dando lecciones sobre... bueno, sobre cualquier cosa; intentando condicionar nuestro criterio, si no imponernos el suyo de forma abierta y descarada. Personajes que parten de la base de que lo que le gusta a ellos es lo mejor y que todo lo que no entre en ese Reino Utópico es básicamente mierda pestosa. Conocemos gente así y, por lo general, nos dan cien patadas en los higadillos.

Pero llegamos al terreno de la política, amigos Distópicos, y aquí parece ser que no hay normas. De buenas a primeras, todo el mundo sabe de política, todo el mundo entiende de economía, pensiones, bienestar social y hasta de cómo hacer una vichisoisse sin que te salgan grumos. Todos, absolutamente todos los cuñados surgen hasta de debajo de las piedras para convencerte (no de forma directa, pero sí usando otros procedimientos) de que votes a SU formación, que es la que va a salvar a este país de tontos del culo sin memoria. Son esos que te llegan compartiendo noticias de su formación, con datos de todos colores (o mejor dicho, de uno solo: el de SU formación), "demostrando" que todo irá mejor con X partido en el gobierno. Partiendo de un principio de fe que ríete tú de un coro de Testigos de Jehová tocando a tu puerta.


De tres en tres. A lidiar con ellos.


Justo como esos Testigos, tenemos gente que predica esa buena nueva, contando las hazañas de lo que se puede encontrar en el programa electoral de SU partido, con una total confianza de que lo van a cumplir a rajatabla sin salirse ni un ápice. Como poniendo la mano en el fuego por aquellos a los que van a votar, sin un resquicio de la más mínima duda; dando por hecho de que SU formación lo va a hacer todo de puta madre, sin cometer errores. Ellos lo han visto ya clarito y tú, que te limitas a manifestar tu derecho constitucional a no declarar tu ideología en público, o que igual no lo ves tan claro, eres gilipollas perdido por no verlo.
Luego tenemos el caso contrario, que son aquellos que hacen la política que hemos heredado de nuestros políticos de la etapa más reciente de nuestro país, basada principalmente en putear al contrario en lugar de defender la propia ideología. Son aquellos que se pasan todo el santo día bombardeando redes sociales con noticias, en teoría, orientadas a informar, pero que rezuman más o menos una idea que se resume con esta frase: "¿Lo ves? Cualquier cosa que votes (salvando MI partido) es un error. Una puta mierda. Como no votes a los míos nos esperan cuatro años de oscuridad, miseria y tiranía".


"¡A la mierda! ¡Nos iremos todos a la mismísima mierda!"


Es en esto último donde reside la quintaesencia del cuñadismo de estos supermilitantes: en esa especie de idea que consiste en dar por sentado que SU partido es tan moralmente superior a cualquier otro, o que tiene un programa tan genial, que se pueden ir permitiendo el lujo de decirles a los demás a quién no tienen que votar, y dejando caer a quién sí, por si cuela y ganan algún voto más para "los suyos". Algo que, si me pongo a pensarlo, me resulta muy discutible desde el punto de vista democrático. Porque a ver, es democrático que uno manifieste su expresión con total libertad siempre y cuando no ataque o insulte a nadie, y en eso estamos de acuerdo; lo que no me lo parece tanto es ir, por muy sutilmente que se quiera hacer, con la expresa intención de meterse en lo que va a votar o dejar de votar el prójimo. Si pienso que la democracia (al menos, tal y como yo la concibo, que me puedo equivocar) tiene algo es que cada uno tiene su derecho a votar a quien le salga de los putos cojones sin tener que dar explicaciones a nadie. Es por eso que me sorprende ver tanta gente dándose golpes de pecho sobre lo demócratas que son y, al mismo tiempo, formar parte de grupos de opinión con nombres tan tolerantes como "¿Votaste a tal partido? Pues vete a la mierda". Porque claro, en este país, vamos con la memoria justa y parece que solo vemos la mierda del partido más reciente, sin pensar que cualquier formación política, a estas alturas de la vida, se ha visto salpicada por la corrupción, ha cometido errores de cualquier tipo, o simplemente ha hecho cosas que no tienen por qué convencer a todo el mundo. Si no aceptamos ese principio, es harto difícil que podamos considerarnos demócratas.


"Yo soy tolerante y demócrata, pero pa los que no votan a los mismos que yo... ESTO PA ELLOS Y PA SU PUTA MADRE"


La parte absurda de todo esto es cuando te das cuenta de que, en un entorno como es una red social o incluso nuestro círculo de amigos, lo más probable (que no seguro) es que la gente que nos rodea sea medianamente afín a nosotros en ideología; por tanto, ir a convencer a quien ya está convencido, si lo pensamos, es algo que resulta ridículo. Es algo así como predicar a un converso y lo que genera es un debate en el que la pluralidad de opiniones (al menos, en líneas generales) es tirando a reducida.
Pero pongamos el caso contrario: pongamos que tenemos a uno de esos supermilitantes que empieza a plantar noticias de una marcada ideología X sobre un público meta de ideología Y. La pregunta es: ¿qué coño se quiere conseguir con esto? ¿Que el público meta cambie de opinión? ¿Bajo qué pretexto? ¿Que la ideología X es, de forma definitiva e incontestable, superior? ¿Cómo lo sabe el seguidor de X, si no es por medio de la fe? ¿Qué le garantiza a dicho seguidor que tal partido que defiende no la va a cagar cualquier día de estos, o que se la meta doblada a la nación en el momento en que sean investidos?
Desde mi punto de vista, la respuesta a esta última pregunta es NADA. Por lo que a mí respecta, cuando voto a tal o cual partido (insisto en no manifestar públicamente mi ideología: me atengo a mi derecho constitucional y, en segundo lugar, no es asunto vuestro), siempre lo hago con el maleficio de la duda, desde el más total de los escepticismos. Soy de la filosofía de esperar lo mejor, pero prepararme siempre para lo peor, por lo que me vais a disculpar, pero no me siento nunca tan optimista como vosotros cuando deposito mi papeleta con el voto. Porque llevo muchos años viviendo en este país y todavía nadie me ha dado duros a cuatro pesetas. Promesas, muchas... pero ya está. Por eso me resulta tan chocante ese idealismo 2.0 que estoy viendo a cada día que pasa. Me cuesta comprender esa fe ciega y esa ilusión que tanta gente está depositando en tal o cual formación política. Como si un partido, de la ideología que fuera, no estuviera conformado por humanos, falibles y corruptibles como cualquier hijo de vecino. Como si ni siquiera se concibiera la idea de que el partido al que vamos a votar pueda equivocarse o, peor aún, metérnosla doblada.


"El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra".
Esto lo llega a decir Yisas en España hoy en día y le hubiera llovido una tormenta de pedradas que no hubiera hecho falta ni crucificarlo.


Ese optimismo que estoy viendo a cada día que pasa parece transformarse en una especie de superioridad ideológica que permite a estos supermilitantes dar lecciones a los demás, algo así como esos profetas en los mercados, diciéndonos que vendrá un futuro mejor si elegimos la opción correcta y no las demás. Esto además se mezcla con esa necesidad que hay hoy en día de proclamar a los cuatro vientos la pertenencia a tal o cual colectivo, a tal o cual grupo. Porque como digo siempre, no parece bastar con formar parte de algo: hay que demostrarlo las putas veinticuatro horas del día; hay que ser más militante que los demás. Hay que hacer más ruido y cagarse más fuerte en los muertos del contrario. En eso parece haberse convertido nuestra sociedad.

Y al final, la cosa es siempre la misma: en este país al menos (aunque no niego que pase en otras partes), aquí lo que se lleva es la bipolaridad. O eres de A o eres de B, y si no das la razon a A en todo como a los tontos, eres de B, y por tanto lo fans de A tendrán derecho a cagarse en tu puta madre. Aquí realmente no se sigue tal o cual idea con el sentido común necesario. Me duele admitirlo, pero la impresión que tengo es que el españolete medio no vota con conciencia de estado; no vota porque crea que su voto es algo que debe hacerse con responsabilidad y con la intención de querer lo mejor para el país. Aquí, en muchos casos, se vota para joder al gobierno regente, o bien porque uno cojea de tal pie a causa de haberlo mamado en casa y eso de escuchar lo que pueda decir otra formación es algo así como una blasfemia.
Asumámoslo: en este país la política es como ser seguidor de un equipo de fútbol. Los votamos lo hagan como lo hagan, porque son "los nuestros".


Aunque esto no hemos llegado a verlo en las urnas.


Yo al menos tenía ya asumido este último punto, por lo que nunca tuve mucha esperanza en que este país votase jamás a un candidato digno; todo lo más, que se le depusiera en el momento en que la hubiera cagado MUCHO y se votase al que estuviera en la oposición por dar por culo, aunque no tuviera programa electoral o aunque dijera soberanas gilipolleces en un debate (esto ha pasado ya, y diría que varias veces, con partidos distintos). Lo que me parece fuerte es que, si no teníamos ya bastante con la propaganda que usan unos y otros para intentar vendernos la moto, ahora el ciudadano de a pie se suma a la movida y él también se dedica al bombardeo propagandístico. Irónico, considerando que hasta no hace demasiado la visión de los políticos era la de "Todos son unos mentirosos y ninguno vale para nada" (visión, como quien dice, muy genial a la hora de querer irse para la urna electoral y depositar su voto. Siempre he dicho que los extremos son malos); pues bien, ahora el ciudadano se posiciona y, no contento con ello, se dedica a hacerle el trabajo sucio a los partidos, publicitando su propaganda de forma gratuita. ¿Para qué necesitan ahora los partidos carísimas campañas publicitarias, cuando unos cuantos periódicos o blogs de ideología afín pueden ir largando noticias parciales y animar al ciudadano a compartirlas?


"Nunca es demasiada poca publicidad".
Pues también es verdad.


Es aquí cuando llegamos al clásico "Cuñado vs. Cuñado", donde los cuñados de una y otra ideología acaban enfrentándose a la hora de compartir noticias de una y otra vertiente política, tan sesgadas y tan subjetivas (cuando no abiertamente falsas) que no hay huevos de ver un punto común. Es aquí entonces, cuando ese debate árido que llevamos siglos viendo en el Congreso, donde unos y otros se echan mierda mutuamente, llega al ciudadano. Esto ya venía pasando de antes, con la novedad de que ahora la gente considera estar más informada de todo (porque claro, TODO lo que se lee en Internet es verdad) y van con esa especie de Verdad Absoluta como si fuera la puta Excalibur. Como si los demás, con el mismo acceso a la información, fueran unos ignorantes de la vida que no tienen ni puta idea de nada. Porque el voto de uno es como los pedos: jamás huele a mierda, pero los de los demás son como una puta cloaca.


Nunca confíes en un pedo al cien por cien.
Cuando menos te lo esperes, te traicionará y se volverá contra ti.


Por lo que a mí respecta, este flujo de noticias (cuya veracidad o imparcialidad pondré siempre en tela de juicio, porque no me fío de nada ni de nadie cuyo mensaje de fondo sea "Vota a tal" o "No votes a cual") tiene sobre mí el mismo efecto que cuando me ponen fotos de animales torturados para concienciarme de lo mala que es la gente con los animales: me causa un tremendo rechazo (con el tema de la tortura animal, lo tengo claro: no necesito que me pongan a un perro descuartizado para que sepa que eso está mal. Si apoyo la lucha contra el maltrato animal es porque sé que está mal, y no porque nadie me tenga que concienciar a base de ponerme imágenes que me revuelven las tripas), y me hace sentir que se me trata con condescendencia, o como si fuera directamente gilipollas. Yo parto de un principio muy sencillo, y es que tengo mis ideas lo bastante claras... o lo mismo no, y voy probando a revisarlas de vez en cuando. La cuestión es que no necesito (es más, no creo que nadie lo necesite realmente) que venga nadie, como si fuera un tutorial o un libro de instrucciones a decirme, aconsejarme, sugerirme o a pedirme que vote a tal o cual partido. Mucho menos si ese partido es al que va a votar dicha persona, por lo que su criterio, de entrada, ya me resulta sesgado. Si quiero informarme acerca de a quién necesito votar lo puedo hacer yo solito, gracias. Todavía puedo elegir por mí mismo; puedo equivocarme en mi elección o no, pero soy consciente de esa posibilidad. Prefiero considerarla, a ir por la vida creyéndome que mi formación política es más guai que la de los demás, e ir repartiendo lecciones como si fueran Lacasitos. Creyéndome que el partido al que voy a votar es tan superior que puedo permitirme ningunear al que van a votar los demás. Libre de mácula, infalible y fiable al cien por cien. Lo siento, pero no creo mi ideología tan superior como para llegar a ese punto. Por eso jamás me veréis decirle a nadie a quién debe o no debe votar. Jamás me veréis disfrutar de la victoria de una formación política como si el éxito fuera mío, o reírme de aquellos que han votado a una que no me convence. Jamás me veréis diciendo imbecilidades tales como "Disfrutad lo votado" cuando el partido regente la caga, porque soy consciente de que ese partido a lo mejor podría ser al que hubiese votado yo.


"¡Hemos ganaaaaooo, oeoeoe!"


La cuestión de todo esto es que no tengo ni puta idea de a dónde va a parar toda esa gente que ejerce la militancia cansina. A decir verdad, tampoco es que me importe. Francamente, me importa un huevo a quién vote el prójimo. No es asunto mío, como no es asunto mío ni su orientación sexual, a qué dioses reza o cuál es su superhéroe favorito. No lo voy preguntando y, cuando alguien me lo pregunta a mí, lo primero que tiendo a pensar es qué coño le importa a quien me lo pregunta. Bastante tengo con vivir mi vida, plantearme lo que hacer con ella y tomar decisiones (entre ellas, el voto) lo más correctas posibles.
Lo único que puedo decir es que si pretendéis convencerme de lo superior que es vuestra ideología, lo más bonito que os puede pasar es que os diga que me paso vuestra opinión por mi metafórico coño y que os vayáis a pastar de una puta vez. Y si os jode que os suelte esto, pues no vengáis a dar por culo, hostia ya.