Sé quién eres.
Te conozco.
Llevas a mi lado más tiempo del que puedo recordar. Has tomado mil rostros y has hablado con mil voces. Has aparecido mil veces y has desaparecido otras tantas, pero sé que, bajo todos tus disfraces, tras todas tus máscaras eres tú.
Siempre eres tú.
Apareces de improviso, desde la lejanía o en la sombra y siembras el caos en mi entorno. Caos y desolación. A veces no eres más que un rumor que toma forma a mis espaldas, o un susurro que me da señales de tu existencia. Poco más que una figura vaga, o tal vez un nombre que no significa gran cosa para mí. Cambian los nombres y los rostros pero, con los años, sé que eres tú. He aprendido a oler tu rastro. A sentir tu presencia. Apareces y te enfrentas a mí. A menudo ganas la partida de un modo claro; en otras ocasiones, lo haces de forma sutil y a la larga, pero siempre acabas ganando. Siempre acabas hiriéndome, a un nivel más íntimo y infligiéndome más dolor del que estoy dispuesto a admitir.
Sé que me estás escuchando, pues sé que siempre estás ahí. ¿Cuánto llevas —llevamos— jugando a esto? ¿Quince? ¿Veinte años? ¿Tal vez estuviste presente en mi alumbramiento?
Sé que me observas. Sé que esperas a que baje la guardia para volver, para atacarme y destrozarme. Quieres que me olvide de ti y finja que no existes, para regresar, más fuerte y dañino.
Sé que estás ahí. Mírame cuando te hablo.
¡MÍRAME, MALDITA SEA!
Mírame a los ojos y explícame por qué te tomas tantas molestias conmigo. ¿Diversión, tal vez? ¿O es que me atacas simplemente porque puedes?
Mírame y contempla tu obra: apareces, me dañas, sacas lo peor de mí y desapareces. Me das un tiempo para que me lama las heridas y mañana volveremos a jugar. Me has convertido en un lobo, en una víctima de los cambios, en un viajero del tren de las consecuencias. Gracias a tu esforzado trabajo, colecciono en mi alma todas las cicatrices que me has dejado. Es mentira lo que dicen, el tiempo no las cierra; simplemente hace que nos acostumbremos a ellas... pero están ahí. Siempre estarán ahí. Heridas que tú has causado, o que has hecho que yo mismo me cause.
Tus actos hacen que a veces me deteste. Me conviertes en alguien vulnerable, en alguien que descubre, con decepción, que no ha aprendido demasiado a lo largo de este camino que es la vida, y me odio cada vez que tengo que asumir mi propia debilidad. Me devuelves al punto de partida y me obligas a recorrer el mismo camino una y otra, y otra vez. Tantas que ya ni siquiera recuerdo cuántas.
Dime, ¿cuántas veces se ha repetido la misma historia?
¿Cuántas veces me has hecho protagonista de tu pequeño teatro?
¿Cuántas veces me has obligado a luchar, aun sabiendo que no queda nada por lo que luchar?
¿Cuántas veces he acabado, a causa de tu Mano, abierto en canal, empapado en sangre y apretando los dientes para resistir el dolor?
Responde, maldito seas. Ya que no vas a cejar en tu intento de atacarme de forma constante, por lo menos responde a mis preguntas. ¿Acaso te divierte? ¿Es que intentas demostrarme algo?
Si lo único que quieres es demostrarme que soy mortal, gracias: ya lo descubrí hace años; si tu lección es bajarme del pedestal y dejarme claro que soy falible, vulnerable o simplemente humano, soy consciente de ello a diario. No aprendo nada nuevo con cada herida que me propinas. En algunos momentos pienso que tampoco aprendo nada viejo, pues es el mismo argumento cada... No lo sé. Respóndemelo tú. ¿Cada dos años? ¿Tres? ¿Cinco?
Has convertido mi vida en un ciclo que se repite de modo ininterrumpido. Me has condenado a repetir mis mismos errores sin posibilidad alguna de evitarlos, como si de una maldición eterna se tratase. Me has obligado a llorar hasta que me quedé sin lágrimas. Me has obligado a vestir una armadura que nunca quise llevar. Me has obligado a pelear cuando toda batalla está perdida y ya no queda nada más que hacer, salvo caer sin remisión. Me has hecho llegar demasiado tarde como para actuar. Has hecho de mí una sombra, que está ahí, contemplando todo cuanto sucede y con las manos atadas. Has quebrado mis escudos, roto mis espadas y cortado mis alas.Me has transformado en un espectador de mi propia historia, encadenado a acciones que se suceden y que llevan al mismo desenlace. Para engañarme y hacerme creer que por fin te has marchado, en ocasiones, me proporcionas un efímero auge para que mi caída sea aún mayor. Me haces vislumbrar Arcadia para, de un solo y certero golpe, me envuelves en llamas y me envías directo al Abismo. Me obligas a escalarlo, porque sabes que lo haré. Sabes que no tengo otra alternativa. Saber que, me guste o no, por herido o destrozado que esté, al final siempre acabaré escalándolo para volver a empezar.
Porque me conoces.
Sabes la clase de persona que soy.
Sabes que me dejaré las uñas por trepar cada centímetro de esa pared. Sabes que apretaré los dientes y soportaré cómo tus armas me atraviesan de parte a parte. Sabes que, aunque me esté desgarrando por dentro, no puedo sino seguir caminando. Un paso tras otro, tras otro y otro más.
Creo que eso te divierte.
Te divierte humillarme, herirme casi de muerte. Disfrutas desangrándome, haciéndome arder, hundiendo tus garras en mi pecho y oprimiendo todo cuanto hay dentro. Te divierte dejarme en el suelo, moribundo, aullando de dolor en silencio. A veces he creído escuchar tu risa cuando me has visto así. Cuando has plantado tus botas sobre mi garganta, cuando has pateado la boca de mi estómago, una vez me he declarado vencido.
Disfrutas y te odio.
Te odio, no solo por lo mucho que disfrutas, sino porque haces que acabe odiándome a mí mismo. Odiándome por sentirme vulnerable, por no aprender de esa lección con la que me castigas una vez tras otra. Me odio porque huelo tu olor, siento tu espíritu acercarse y jamás, JAMÁS, he podido hacer nada por evitarlo. Has llegado, has visto y has prevalecido sobre mí.
Maldito seas.
Maldito seas por toda la eternidad.
¿Cuántas veces tendré que ser testigo de tus victorias, eh? ¿Cuántas veces mi misión será contemplar, humillado y derrotado, cómo me restriegas tus triunfos por el rostro? ¿Cuántas veces más piensas reírte de mí? Dime, ¿cuántas veces más pretendes golpearme hasta reventarme sin que siquiera tenga la más mínima oportunidad para devolvértela?
Eres un maldito cobarde. Un cobarde que jamás, en todos estos años que nos conocemos, que sé que existes, ha dado la cara. Su verdadera cara. Te has escondido tras mucha gente, a veces incluso tras gente que me ha caído bien. Incluso amigos. Me has hecho odiar a aquellos con los que he compartido mesa. Me has obligado a abandonarlos, a romper mi vínculo con ellos. Me has obligado a seguir mi camino y dar la espalda a quienes en el pasado han peleado a mi lado.
Me has convertido en protagonista de tu retorcido plan, en víctima y en monstruo. Conforme pasan los años, noto cómo tu influencia aumenta sobre mí, y mi alma se oscurece. Me hiciste perder la inocencia y, poco a poco, apagas mi alegría. Demasiadas cicatrices, demasiadas marcas de tus golpes para sonreír.
Has aparecido demasiadas veces para que conserve la fe, o acaso la esperanza.
Y supongo que ahí seguiras, ¿verdad? Seguirás ahí hasta el día que me vaya de este mundo. Tú y yo, mano a mano, bailando esta danza de frío y oscuridad. Tú sonreirás, y yo me iré apagando. Día tras día, año tras año. Sé que algún día acabarás drenando mis fuerzas por completo. Quién sabe, quizás ese es tu objetivo, quedarte con mi alma para que sigamos jugando a esto por toda la Eternidad. Creo que eso te encantaría.
Llegados a este punto en esta pequeña conversación en la que yo hablo y tú pareces ignorarme, ya solo me queda preguntarme qué es lo que se supone que debería hacer. Tú eres aquí el inteligente, me lo demuestras a diario; tú eres el inteligente mientras yo sigo siendo el pobre muchacho estúpido que se deja embaucar por tus engaños una y otra vez, así que te dejo que me lo digas. Voy a sentarme en alguna parte y voy a esperar a que dejes de reírte para que, por una vez en tu odiosa existencia, hables de una vez. Que hables muy claro y me expliques de qué va esto. Porque si va de demostrarme que eres superior, lo has hecho ya demasiadas veces. Si va de humillarme, felicidades; lo has conseguido. Si tu objetivo es simplemente acabar conmigo, vas por buen camino.
La cuestión es que yo no lo sé. Lo admito, no tengo ni idea de a qué estamos jugando. Solo sé que ganas cada vez que quieres jugar y yo, como buena víctima, sigo tu juego hasta que me abres en canal y sacas todo lo que encuentras en esa herida. Me desnudas, me hieres y vuelta a empezar.
Pero no por ello dejo de odiarte.
Jugamos a tu juego, jugamos según tus reglas. Yo pierdo, tú ganas.
Pero no por ello dejo de odiarte.
Te ríes de mí. Me apuñalas y yo no puedo defenderme.
Pero no por ello dejo de odiarte.
Me dejas tu rastro helado en el corazón y yo solo puedo ver cómo lo haces.
Pero no por ello dejo de odiarte.
Te pavoneas cuando me has vencido. Me arrastras por el suelo, desnudo y ensangrentado, para que todos contemplen lo que has hecho conmigo.
No puedo más que odiarte.
Si quieres seguir destruyéndome, ya sabes que no puedo impedírtelo. Nunca pude. Ya debe haberte quedado claro que no eres el inteligente, sino también el fuerte y poderoso. Que yo no soy más que un simple humano que no tiene la más remota idea de cómo defenderse de ti. Por eso lo único que me queda es el odio. El odio más ancestral y primario que jamás hayas podido imaginarte. No existe criatura sobre la faz de la tierra a la que odie más que a ti. Por todo lo que me has hecho, por todo lo que me haces y por todo lo que, con seguridad, seguirás haciéndome. Cada herida que me inflijas añadirá más odio a mi interior. Más odio dirigido contra ti y contra todo lo que representas. Contra todo lo que eres. No, no podré defenderme, eso ya lo tengo asumido. No podré devolverte el golpe jamás. Nunca te podré causar ni la mitad de sufrimiento del que me causas tú, es hora de admitirlo.
Pero no por ello dejo de odiarte.

No hay comentarios:
Publicar un comentario